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La justificación por la fe produce la santificación

Adolph Harstad

Sínodo Evangélico Luterano

 

Introducción

 

El número de conferencias asignadas para esta convención de la CELC es siete, el “número sagrado.” Siete, comenzado con la semana de la creación en el primer capítulo de la Biblia, se asocia con la obra santa y misericordiosa de Dios. Ambos la justificación y la santificación seguramente son esto. Seis de las siete tratan de la obra de Dios de la justificación, su acto de declarar inocentes y santos a los pecadores porque Jesús, que fue sin pecado, es el que sirvió como su sustituto y pagó él mismo la pena por todos sus pecados como el Cordero Santo. Una de las siete trata ahora de la santificación, también una obra misericordiosa de nuestro Dios santo, en la cual produce la renovación y la vida santa en los que conocen su justificación.

 

El autor de ambos la justificación y la santificación es el mismo Dios santo y misericordioso, como lo están demostrando las siete conferencias. Pero al seguir esta presentación, se nos recordará varias de las distinciones entre estas dos doctrinas cuyo santo autor es el mismo. Un vistazo a los títulos de las seis conferencias sobre la justificación también sugiere algunas de esas diferencias. Especialmente los títulos de los números 2, 3, 7. No podemos sustituir la palabra santificación por justificación en estos tres títulos y reclamar el nombre de “Conferencia Evangélica Luterana Confesional.”

 

La palabras “santificar” y “santificación”

 

Según la Concordancia Analítica de Young, el sustantivo inglés sanctification (santificación) y el verbo sanctify (santificar), aparecen unas 135 veces en el Antiguo y el Nuevo Testamentos de la versión del Rey Jaime. El verbo hebreo del Antiguo Testamento detrás de la traducción santificar es kadash, cuya raíz tiene que ver con “apartar.” El verbo griego del Nuevo Testamento detrás del verbo inglés por santificar es hagiazo, “hacer santo”; Los sustantivos griegos con la misma raíz son hagiasmos, que significa “santidad, consagración, santificación,” y hagiosune, “santidad”.

 

La definición de la “santificación”

 

Conforme a su uso en la Escritura empleamos el término “santificación” en dos sentidos, uno más amplio y otro más estricto.

 

En el sentido más amplio la “santificación” se refiere a toda la obra misericordiosa que Dios el Espíritu Santo hace mediante su palabra, desde llevar a los pecadores a la fe y procediendo hasta guardar a los creyentes en esa fe hasta que alcancen la vida eterna en el cielo. En este sentido amplio la santificación incluye la obra de Dios de “la justificación por la fe.” Los que han presentado las otras seis conferencias así estaban escribiendo también sobre una parte de la santificación. Se ve este uso amplio del término en 2 Tesalonicenses 2:13: “de que Dios os haya escogido desde el principio para salvación, por la santificación del Espíritu y fe en la verdad.” (Véanse también Hech. 26:18; Efe. 5:26; 1 Ped. 1:2) Lutero a veces utiliza el término santificación en este sentido amplio en sus catecismos, y también nosotros lo hacemos al describir la obra amplia del Espíritu Santo en el Tercer Artículo del Credo como la santificación.

 

En el sentido más estricto la santificación se refiere a la obra del Espíritu Santo que sigue a la justificación por la fe y consiste en renovar al creyente y producir en él obras de renovación. Algunos términos que significan lo mismo que la santificación en este sentido estricto son los siguientes: renovación, transformación, restauración, la vida nueva, vida piadosa, vida santa y crecimiento espiritual. Algunos sinónimos por los actos de esta nueva vida que también son una parte de la santificación en el sentido estricto son éstos: frutos de la fe, frutos del Espíritu, buenas obras, actos de piedad. El sentido más estricto del término se ve en la Escritura en 1 Tesalonicenses 4:3: “Esta es la voluntad de Dios, vuestra santificación: que os apartéis de inmoralidad sexual...” El griego en ese versículo que la NIV traduce con “ser santificado” es el sustantivo hagiasmos, literalmente “santificación.” Para otros versículos que se refieren a la santificación en el sentido estricto, vea, por ejemplo, Romanos 6:19,22; 2 Cor. 7:1; 1 Tes. 4:7).

 

De lo que se ha presentado arriba es evidente que hablando propiamente dividimos inclusive el sentido estricto de la santificación en dos aspectos: 1.) la renovación interna del Espíritu Santo en el Cristiano, y 2.) la expresión de esa renovación interna en la nueva vida de buenas obras del cristiano. Obviamente hay una relación “causa y efecto”, o “antecedente y consecuencia” entre los dos aspectos. El aspecto #1 es la nueva naturaleza espiritual formada por el Espíritu cuando crea la fe que apropia a la persona la justificación; y el aspecto #2 involucra las buenas obras que son el resultado y la evidencia de la santidad que el Espíritu creó. Esta distinción dentro del sentido estricto de la santificación se puede ver en Gálatas 5:25: “Ahora que vivimos en el Espíritu, andemos en el Espíritu.”

 

Ya que dos personas pueden hacer la misma obra u obras similares (por ejemplo, los sacrificios de Caín y Abel), pero con una es una obra de santificación delante de Dios y para el otro no la es, debemos saber lo que la Escritura quiere decir con buenas obras o actos de santificación. Dios el Espíritu Santo, la fe en Cristo, Cristo adentro, el amor y la palabra como guía son los elementos que forman la definición. Los pasajes bíblicos que siguen hablan de estos elementos y revelan el significado de las obras de santificación. “Porque somos hechura de Dios, creados en Cristo Jesús para hacer las buenas obras.” (Efe. 2:10)  “Dios es el que produce en vosotros tanto el querer como el hacer, para cumplir su buena voluntad.” (Fil. 2:13) “Sin fe es imposible agradar a Dios.” (Heb. 11:6) “Con Cristo he sido juntamente crucificado; y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí. Lo que ahora vivo en la carne, lo vivo por la fe en el Hijo de Dios, quien me amó y se entregó a sí mismo por mí.” (Gál 2:20) “Pues en Cristo Jesús ni la circuncisión ni la incircuncisión valen nada, sino la fe que actúa por medio del amor.” (Gál 5:6) “El amor de Cristo nos impulsa.” (2 Cor. 5:14) “¿Con qué limpiará el joven su camino? Con guardar tu palabra.” (Sal. 119:9) Un catecismo así ofrece esta definición sencilla: “Una buena obra es todo lo que hace el creyente conforme a la palabra de Dios por amor y gratitud por toda la bondad de Dios.” (Luther’s Catechism. NPH. 1982). Aunque podríamos agregar los otros elementos incluidos en los versículos que hemos presentado arriba, esta definición fundamental seguramente será útil.

 

Es ese sentido estricto de la santificación que es la materia de esta conferencia. Aun en este sentido la santificación es un asunto grande. Pero como nos ha dado dirección el título asignado a esta conferencia, nos limitamos a enfocarnos en la relación entre la justificación por la fe y la santificación. No nos apartaremos mucho del pensamiento central de que la justificación por medio de la fe produce la santificación.

 

El orden de la justificación y la santificación

 

Llegamos inmediatamente a la cuestión crítica. ¿Qué es lo que viene primero, la justificación por la fe o la santificación? La respuesta a esta pregunta fundamental afecta toda la teología. La respuesta que todos daríamos por naturaleza, aparte de la revelación divina, sería totalmente equivocada y estaríamos espiritualmente muertos por causa de ella. Es solamente por la gracia de la revelación del evangelio de Dios que podemos exclamar la respuesta a nuestra pregunta desde las cumbres de las montañas con toda confianza, llenos de gozo.

 

Pablo escribe: “Así que consideramos que el hombre es justificado por la fe, sin las obras de la ley.” ¿Puede haber duda allí acerca del orden? La justificación no tiene que esperar las obras del pecador antes de llegar al escenario. Las palabras del salmista también demuestran el orden: “Pero en ti hay perdón, para que seas reverenciado.” (Sal. 130:4). Y otra vez: “Por el camino de tus mandamientos correré, cuando ensanches a mi corazón.” (Sal. 119:32). Nuestro Salvador lo dice tan claramente: “Yo soy la vid, vosotros las ramas. El que permanece en mí y yo en él, éste lleva mucho fruto.”

 

¡La justificación mediante la fe, que no es otra cosa que ser injertado en Cristo por la fe y así recibir el perdón de los pecados, viene primero! Dios en su amor inmerecido nos cuenta santos herederos de salvación sólo por causa de Cristo, y recibimos este estado de gracia libremente por la fe que Dios mismo nos da. Nuestro estado admirable no depende de ninguna forma de lo que nosotros hacemos. Todo está basado en lo que él ya ha hecho. Y esto no puede ser deshecho, así como Cristo no puede ser no crucificado y no resucitado. Cualquier intento de hablar de la santificación tiene que comenzar con esta revelación misericordiosa de la Escritura de Dios. Las primeras cinco conferencias seguramente han establecido de base de la Escritura esta verdad maravillosa. Lo diremos otra vez. La justificación viene primero y la santificación viene después como consecuencia.

 

Todas las religiones naturales de este mundo tienen el orden completamente equivocado. Con solamente dos posibilidades de lo que viene primero, podríamos estar pensando que la ley de promedios llevaría a alguien a llegar a lo correcto, pero nunca sucede. La razón por la cual el hombre natural consistentemente invierte el orden y piensa que es necesario hacer alguna buena obra es la “opinión de la ley” (opinio legis) que está tan profundamente enraizada, o la actitud de la justicia por las obras. Mira todas las ideas religiosas inventadas por los hombres y verás que “la opinión de la ley” es un principio indiscutido. Mira a los antiguos desesperados buscando ganar el favor con sus deidades por sus acciones para que crezcan sus cosechas, se eviten las plagas o se garantice la vida después de la muerte. Primero tienen que hacer algo, luego resultará la satisfacción de sus dioses. Mira a  padres sacrificando a sus hijos a Molec, para que esa acción humana cree un estado propicio entre ellos y un dios. Analiza los postulados de cualquiera de las religiones y cultos de hoy y allí está la opinión de la ley. El hombre primero tiene que hacer buenas obras, o someterse, o sintonizarse con alguna “fuerza”, o levantarse con la meditación, o agradar a algún intermediario; y entonces de alguna forma se encontrará en una condición aceptable.

 

Puede parecer injusto en este contexto recordar los intentos frenéticos del joven Lutero para hacerse justo ante Dios.  Pero el principio bajo el cual el monje desesperado operó fue el mismo que el de toda religión inventada por los hombres: primero tengo que hacer algo con mis acciones para crear un estado en que Dios pueda decirme que está en paz conmigo. Primero yo y mis obras, luego Dios se agradará de mí. La diferencia entre el cristianismo y la teología hecha por los hombres se explica sencillamente con la cuestión del orden. ¿Qué es lo que viene primero, la justificación o la santificación? Tristemente, gran parte de la cristiandad visible queda confundida acerca del orden. La confrontación entre “la opinión de la ley” y la revelación de la Escritura parece dejar a muchos tan confundidos e inestables teológicamente como el boxeador que acaba de recibir un golpe a la cabeza. Y es doblemente trágico el hecho de que gran parte de la iglesia visible oficialmente rechaza el orden bíblico. Qué las Sagradas Escrituras, en las manos del pueblo querido de Dios en estas iglesias, les ayude a ver el orden aunque sus líderes estén confundidos o les lleven al error.

 

Aun luteranos confesionales que conocen bien la doctrina de la justificación pueden tropezar a veces y al menos en expresiones desafortunadas poner una vida de buenas obras antes de la justificación. Aunque nuestro nuevo yo conoce y se deleita en el orden correcto, nuestro antiguo yo, con sus opiniones naturales antiguas a veces habla y hace burbujas en las aguas en  las que diariamente se está ahogando. Los padres cristianos al disciplinar a sus hijos cristianos pueden tropezar y exclamar en su frustración algo como: ¿Cómo puede Dios agradarse de ti, así como te comportas?

 

Si nosotros los predicadores escucháramos grabaciones de todos los sermones que hemos declamado, cuántas afirmaciones desafortunadas y erróneas podríamos encontrar en cuanto al orden de la justificación y la santificación. Gran parte de La distinción entre la ley y el evangelio de C. F. W. Walther se centra en ayudar a los predicadores a evitar las trampas de invertir este orden. La Tesis VII dice: “En tercer lugar, la Palabra de Dios no se divide correctamente cuando el evangelio es predicado primero y después la ley; la santificación primero y después la justificación; la fe primero y después el arrepentimiento; las buenas obras primero y después la gracia.” En su “Discurso Once” Walther presenta el bosquejo de un sermón acerca de lo cual dice: “Este bosquejo es sencillamente horrible.” Este bosquejo que pone el carro antes del caballo es como sigue:

            El verdadero cristianismo.

                        Consiste

                        1) en la vida cristiana,

                        2) en la verdadera fe

                        3. en un fin bienaventurado.

 

Franz Pieper en su Dogmática cristiana dice: “Y aun los teólogos que teóricamente definen correctamente la relación de la fe y las obras son tentados a perder de vista esto en la práctica.” (Tomo III, p. 13)

 

Los dos hombres nombrados fueron profesores del abuelo y el padre respectivamente de este ensayista. Recibieron buena enseñanza. Me hubiera gustado que lo que ellos aprendieron de Walther y Pieper pudiera haberse pasado a mí naturalmente por sus genes y que yo podría pasarlo también naturalmente a mi prole. Pero a causa del pecado heredado y el opinio legis, cada generación de luteranos tiene que considerar las claras Escrituras por sí misma, regocijarse en su herencia de la reforma, mantener vigilia y enseñar bien a sus hijos. La “opinión de la ley”, la diestra de nuestra vieja naturaleza, sigue tocando la puerta para atraernos otra vez al orden antiguo invertido.

 

¿Qué es el resultado cuando el orden de la justificación por la fe y la santificación deliberada y consistentemente se invierten? Sencillamente, ¡la persona no tiene ninguna de las dos cosas! “Porque todos los que se basan en las obras de la ley están bajo maldición.” (Gál 3:10). Han rechazado su justificación; y no tienen la santificación porque está presente como producto de la justificación. La vida de la persona sin la justificación por la fe ante los ojos de Dios sólo puede ser una vida de pecado, de exhibir externamente una vida decente, o la desesperación. No puede ser una vida de santificación en ningún sentido bíblico del término. ¿Es importante tener el orden correcto firmemente en la mente y el corazón? Es asunto de la vida o la muerte para nosotros y para la gente a quienes servimos. A causa del amor fiel de Dios para con su iglesia, conocemos el orden correcto revelado en su palabra. Es nuestra herencia que recibimos a través de la Reforma. Qué el Espíritu que primero nos ha mostrado nuestra justificación (1 Cor. 2:9-10) y ahora nos está santificando, nos dirija en la práctica de lo que él ha revelado.

 

La justificación y la santificación son unidos inseparablemente en la relación de causa y efecto

 

Cuando decimos que la justificación por la fe viene primero y la santificación sigue, estamos hablando en el sentido lógico, en el sentido de causa y efecto. Pero con referencia al tiempo, suceden simultáneamente. En ninguna parte hablan las Escrituras de la justificación como si existiera por algún tiempo sin la santificación. En ninguna parte hablan las Escrituras de la santificación como existiendo separada de la justificación. En donde no hay santificación, no hay justificación por la fe. En donde hay justificación por la fe, también hay santificación. No están confundidas, pero son inseparablemente unidas. Jesús dijo antes de su muerte y resurrección: “Yo soy la vid, vosotros las ramas. El que permanece en mí y yo en él, éste lleva mucho fruto. Pero separados de mí, nada podéis hacer.” (Juan 15:5) Nuestras Confesiones por tanto dicen: La fe y las buenas obras concuerdan  y se complementan muy bien, pero es la fe sola, sin las obras, la que se apropia la bendición, y no obstante, jamás y en ningún momento está sola.” (FC-SD III, 41, p. 591). Otra vez nuestras confesiones dicen: “Una vez que el hombre ha sido justificado por la fe, esta fe verdadera y viva obra por el amor, Gál. 5:6), de modo que así, la fe justificadora siempre va seguida y acompañada de buenas obras, si en realidad es una fe verdadera y viva, pues nunca existe tal fe sola, sino en unión con el amor y la esperanza.” (FC-Ep. III, 11, p. 509). Tan pronto que existe la fe justificante, existe la santificación. Para expresarlo con sencillez, la fe inmediatamente produce la santificación.

 

La fe obrada por el Espíritu y la santificación

 

¿Cómo es que la fe, que se apropia la justificación y nos da nuestro estado santo, también tiene el poder de producir la santificación? La respuesta fundamental es que la fe es la obra del Espíritu Santo mediante la Palabra y por tanto es potente, dinámica, vivificante, productiva. Otras conferencias han citado las Escrituras que revelan que la fe  es un don de Dios, particularmente del Espíritu ( Mat. 10:16,17; 1 Cor. 12:3: Rom. 5:5) obrado en nosotros por los medios de gracia (2 Tes. 2:13,14; Rom. 10:17; 2 Tim. 3:15). Y no se va rápidamente por la puerta de atrás de nuestros corazones tan pronto que obra la fe. Sigue presente con poder a través de la palabra, fortaleciendo esa fe que él obra para producir en nosotros el amor, la gratitud y todos los frutos del Espíritu en el árbol que él ha vivificado. Así confesamos con el himno:

            “Oh Santo Espíritu, fuente de gracia,

            el bien en mí lo atribuyo a ti.”

 

Lutero en su “Prefacio a Romanos” escribe del gran poder de esa fe generada por el Espíritu que produce la santificación.

 

“Pero la fe es una obra divina en nosotros que nos transforma y nos hace nacer de nuevo de Dios, Juan 1:13; mata al viejo Adán y nos hace un hombre distinto de corazón, de ánimo, de sentido y de todas las fuerzas; trayendo el Espíritu Santo consigo. La fe es una cosa viva, laboriosa, activa, poderosa, de manera que es imposible que no produzca el bien sin cesar. Tampoco pregunta si hay que hacer buenas obras, sino que antes que se pregunte las hizo, y está siempre en el hacer. Pero quien no hace tales obras es un incrédulo, anda a tientas. Busca la fe y las buenas obras, y no sabe lo que es la fe o las buenas obras, y habla y charla mucho sobre ambos.

 

La fe es una viva e inconmovible seguridad de la gracia de Dios, tan cierta que un hombre  moriría mil veces por ella. Y tal seguridad y conocimiento de la gracia divina hace al hombre alegre, valiente y contento frente a Dios y a todas las criaturas, que es lo que realiza el Espíritu Santo en la fe. Por eso se está dispuesto y contento sin ninguna imposición para hacer el bien y servir a cualquiera, para sufrir todo por amor y alabanza a Dios que le ha mostrado tal gracia. Por consiguiente, es imposible separar la obra de la fe, tan imposible como es separar el arder y el resplandecer del fuego.”

 

Puede haber tal cosa como la “ortodoxia muerta”, es decir, personas que conocen intelectualmente la doctrina de la justificación por la fe sin creerla. El escritor del himno expresa este pensamiento.

 

            “Vano es confesar

            Las doctrinas de la iglesia

            Si no vives conforme a tu credo

            Y muestras tu fe con palabra y obra.

            Observa la regla: A otros haz

            Como quieras que te hagan.”

 

Pero no puede haber tal cosa como “fe muerta que justifique”. Eso es imposible, es una contradicción. “Todo árbol sano da buenos frutos.” (Mat. 7:17)  El “buen árbol” es una persona que está plantada por la fe en Cristo y su palabra. “Será como un árbol plantado junto a corrientes de aguas, que da su fruto a su tiempo y cuya hoja no cae.” (Sal. 1:3)

 

El principio de sólo por la fe de la Reforma no disminuye o minimiza la santificación. ¡Todo lo opuesto! La exalta, porque pone la justificación por la fe, el poder que produce la santificación, en su lugar correcto conforme a la Biblia. La santificación es algo viva, floreciente, y da su fruto en dondequiera que se aprecia la justificación por la fe y se considera la doctrina por la cual la iglesia se queda firme o se cae.

 

Mira a Abraham para ver la fe que justifica produciendo la santificación. En Génesis 15:6 tenemos aquel pasaje del Antiguo Testamento en el cual vemos la justificación por la fe con tanta claridad como vemos el sol de mediodía en un día despejado en Puerto Rico.

“El creyó a Jehovah, y le fue contado por justicia.” Ahora mira lo que produjo esa fe en Abraham en materia de la santificación. Cuando fue llamado por Dios a abandonar su país y la casa de su padre para ir a una tierra extraña, sencillamente fue, aunque no sabía a dónde iba. (Gén 12:1; Heb. 11:8,9) Velo como el pacificador, el hombre de corazón generoso, cuando había querellas entre sus siervos y los de Lot. (Gén. 13) Obsérvalo rescatando a Lot y a otros, protegiendo su propiedad. Míralo orando apasionadamente, rogando ante el Señor por la liberación de los justos en Sodoma y Gomorra. Velo ofrecer voluntariamente a su propio hijo mediante el cual vendría la Simiente prometida, si Dios así lo mandaba. Un comentario sobre Génesis dice respecto a esto: “La fe de Abraham en las promesas de Dios no estaba solamente sobre su corazón como espuma sobre la cerveza para usar la comparación gráfica de Lutero. La confianza de Abraham en lo que Dios prometió le habilitó para responder al llamamiento de Dios” (People’s Bible, Genesis, p. 125)

 

Piensa también de la fe de Racab, y lo que produjo en su nueva vida. La ex prostituta, que ahora tenía la fe dada por el Espíritu, recibió a los espías de Israel, les mostró bondad, les alojó, les escondió, les aconsejó. Su fe viva y sus actos consecuentes se notan en Josué 2, Santiago 3:25 y Hebreos 11:31.

 

El Nuevo Testamento tiene ejemplos abundantes que podemos citar de la fe que justifica obviamente produciendo la santificación. (Zaqueo, María ungiendo a Jesús, la mujer por el pozo, los apóstoles, etc.) La fe que Dios da siempre produce corazones renacidos y frutos del Espíritu. Y cuando hablamos en el Espíritu de dar toda gloria a Dios, no tenemos que estar tímidos en decir esto acerca de la gente que está reunida aquí. Tan pronto como Dios te ha dado la fe en tu Salvador y te ha hecho heredero del cielo, tu fe que el Espíritu ha producido y el amor y la gratitud están produciendo la santificación con sus maravillosos frutos del Espíritu. No es solamente un deseo que todos seamos santificados cuando se nos da el don de la fe. Es una misericordiosa realidad inmediata que es asegurada por el Espíritu y revelada en la Escritura. “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas.” (2 Cor. 5:17) “Porque somos hechura de Dios, creados en Cristo Jesús para hacer las buenas obras que Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas.” (Efe. 2:10) “Pero el fruto del Espíritu es: amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y dominio propio. Contra tales cosas no hay ley, porque los que son de Cristo Jesús han crucificado la carne con sus pasiones y deseos.” (Gál. 5:22-24) Estos pasajes no hablan de la santificación solamente como lo que Dios quiere de nosotros y lo que esperamos que suceda en nosotros. Hablan de lo que Dios ya está produciendo en nosotros como producto de la justificación por la fe.

 

La santificación como un proceso continuo

 

La segunda conferencia enfatizó que “la justificación es completa.” En este punto hay una diferencia evidente entre la justificación y la santificación. Dios no justifica o perdona a los pecados litro por litro y barril por barril. Justifica completamente a la vez, como el juez en la corte declarando sencillamente que el criminal no es culpable. “¿Quién acusará a los escogidos de Dios? El que justifica es Dios.” (Rom. 8:33) “Bendice, oh alma mía, a Jehovah, y no olvides ninguno de sus beneficios. El es quien perdona todas tus iniquidades.” (Sal. 103:3)

 

La santificación, sin embargo, involucra el crecimiento, es una actividad continua, es un proceso del Espíritu que continúa en nosotros, es un asunto de “más y más”, como revelan las siguientes Escrituras. “Por lo demás, hermanos, os rogamos y exhortamos en el Señor Jesús que conforme aprendisteis de nosotros acerca de cómo os conviene andar y agradar a Dios, tal como estáis andando, así sigáis progresando cada vez más.” (1 Tes. 4:1) “Sino que, siguiendo la verdad con amor, crezcamos en todo hacia aquel que es la cabeza: Cristo. De parte de él todo el cuerpo, bien concertado y entrelazado por la cohesión que aportan todas las coyunturas, recibe su crecimiento de acuerdo con la actividad proporcionada a cada uno de los miembros, para ir edificándose en amor.” (Efe. 4:15-16) “No mintáis los unos a los otros; porque os habéis despojado del viejo hombre con sus prácticas, y os habéis vestido del nuevo, el cual se renueva para un pleno conocimiento, conforme a la imagen de aquel que lo creó.” (Col. 3:9-10) La imagen de Dios que se perdió por el pecado no es restaurada instantáneamente. Pero el proceso está en acción.

 

Mencionamos dos creyentes del Antiguo Testamento arriba y sus actos de santificación. Aunque fueron completamente justificados por la fe, aunque andaban en la santificación como resultado de la fe, también pecaron. Moisés y el autor de Josué nos cuentan sus pecados sin cuestionar su justificación. Abraham miente dos veces acerca de Sara diciendo que era su hermana y recibe reprensión aun de incrédulos. Racab, en medio de sus obras de fe, también miente. Su santificación está lejos de ser completa. La Biblia también revela los pecados de otros héroes de la fe, tales como Sara, Jacob, Moisés, Josué, Elías, María, Pedro y los otros discípulos. Juan, un creyente justificado que escribe a otros cristianos justificados por esto dice: “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros.” (1 Juan 1:8) Las Escrituras obviamente no hablan de una perfección en la santificación como algo realizada o posible en esta vida.

 

Nuestras confesiones enseñan: “Puesto que en esta vida recibimos solamente las primicias del Espíritu y el nuevo nacimiento no es completo, sino que sólo ha empezado en nosotros, el combate y la lucha entre la carne y el espíritu permanece aún en los que han sido elegidos y verdaderamente regenerados; pues se percibe una gran diferencia entre los cristianos, no sólo porque uno es débil y el otro fuerte en el espíritu, sino también porque cada cristiano se siente gozoso en el espíritu en ciertos momentos y temeroso y alarmado en otros; en ciertos momentos siente un amor ardiente hacia Dios, al igual que una fe fuerte y una esperanza firme, y en otros momentos se siente frío y débil.” (FC-SD. II. 68, p. 576) Los luteranos confesamos en el Catecismo Menor que “diariamente pecamos mucho.” Otra vez dice Lutero:

 

“Una voluntad entregada totalmente a Dios (tota voluntas) no existe en esta vida. Es por esto que constantemente estamos pecando cuando hacemos el bien, aunque menos en una ocasión y más en otra. Depende de la medida de la impetuosidad de la carne con sus deseos impuros... Por tanto el hombre justo es como una herramienta oxidada que Dios se ha empeñado en afilar; corta mal mientras está oxidada y hasta que esté perfectamente afilada.” (Citado en Ewald Plass, What Luther Says, v. 1, p. 236-237)

 

“Esta vida no es la justicia, sino crecimiento en la justicia; no salud, sino curación; no el ser, sino el llegar a ser; no el descanso, sino el ejercicio. Todavía no somos lo que seremos, pero estamos creciendo hacia ello; el proceso no ha terminado, sino sigue; esto no es el fin sino el camino; todo todavía no brilla con gloria, pero todo se está purificando.” (Edición de Holman, Vol. III, p. 31)

 

Las Escrituras no contestan explícitamente la pregunta de por qué Dios no santifica instantáneamente y perfectamente a los creyentes al mismo tiempo que los declara completamente santos. Pero la pregunta seguramente se contesta en términos de atraernos a Cristo, a nuestra justificación por la fe, para que no nos miremos a nosotros con orgullo; y también se contesta en términos de hacernos anhelar el cielo en donde la lucha con nuestra vieja naturaleza se habrá terminado y nuestra santificación será completa. La conclusión confiada de Pablo, después de relatar la guerra que sigue entre su yo nuevo y el yo viejo, y después de gritar: “¿quién me librará de este cuerpo de muerte?”, nos conduce a esa respuesta. Clama: “Pero gracias a Dios, quien nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo.” (1 Cor. 15:57) Lutero dice:

 

“Es cierto, el Espíritu Santo a veces permite que los cristianos yerran y tropiecen y permite que haya pecado en ellos. Y lo hace con el mismo propósito de guardarnos de tomar placer en nosotros mismos, como si fuéramos santos por nuestra propia cuenta. Más bien debemos aprender lo que somos y de quién tenemos nuestra santidad; de otro modo nos haríamos arrogantes y presuntuosos. (Citado en Ewald Plass, What Luther Says, Vol. 1, p. 237)

 

¿Cuáles propósitos sirve la enseñanza de que nuestra santificación es un proceso continuo no terminado en este lado del cielo?

 

·        Impide la arrogancia y el orgullo en nosotros mismos, preservando en nosotros la humildad cristiana, como nos recuerdan las palabras de Lutero arriba.

 

·        Nos consuela preservándonos de la desesperación. Algunos de los argumentos más fuertes del diablo comienzan con las palabras: “Y tú te llamas cristiano ¡¿e hiciste eso?! Nos llamamos cristianos no por virtud de una santificación completada, sino por virtud de nuestra justificación. Aun nuestros actos espirituales de la santificación están manchados y no son la base de nuestra justificación. Estoy contento de que no tengo que probar al diablo que pertenezco a Cristo de base de mi vida. Estoy contento de que soy un cristiano luterano que puedo junto con ustedes hacer esta afirmación.

 

“Creemos, enseñamos y confesamos además,  que si bien los que profesan la fe genuina y han sido en verdad regenerados, se ven afectados aún por muchas debilidades y defectos, hasta el momento mismo de su muerte, sin embargo, no por ello deben dudar de la justicia que se les ha imputado mediante la fe, ni de la salvación de sus almas, sino que deben estar en la completa seguridad de que por causa de Cristo tienen un Dios misericordioso, pues así lo afirman la promesa y la palabra del santo evangelio.” (FC-Ep, III, 9, p. 509).

 

He servido en tres de los cuerpos eclesiásticos representados aquí. No me ha hecho perfectamente santificado ser miembro en ninguno de estos tres cuerpos de la CELC. (Casi puedo oír un coro de varias naciones, tribus y lenguas diciendo: “¡Al menos tiene la razón en eso!”) Tampoco son los otros miembros de esos cuerpos perfectos. En cualquier país y cultura en que estamos haciendo la obra evangélica de Dios, su pueblo en su debilidad se tropiezan, se caen, y vuelven a los viejos pecados. Nosotros mismos también somos esa clase de gente. Pero todavía somos suyos por la gracia. Y para su servicio sigue afilándonos a nosotros, sus herramientas enmohecidas, con su palabra y sacramentos, más bien que descartarnos como inútiles.

 

·        Nos ayuda a evitar un espíritu de juicio en cuanto a otros. La debilidad de otros no los identifica como incrédulos fuera del reino de Dios, más que nuestro pecado lo hace. Un estudio reciente de estudiantes de los años 6 a 12 en las escuelas luteranas en los Estados Unidos indicó que esos estudiantes “no participan tanto en tomar y manejar, tomar en exceso, y relaciones sexuales, por ejemplo, que los de la misma edad en las escuelas públicas.” (Metro Lutheran) Mientras nos regocijamos en tales estadísticas, también sabemos que las escuelas luteranas, las iglesias luteranas, y los hogares luteranos no están exonerados de los pecados de la carne. Pecados, de hecho pecados chocantes de debilidad de los cristianos, seguirán saliendo a la luz. Durante los días de escribir esta conferencia varios ejemplos desalentadores de debilidad en la santificación en el caso de otros luteranos confesionales llegaron a revelarse. Sin embargo, nuestra actitud hacia los demás cristianos que han pecado y se han arrepentido podrá ser la de Juan: “Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis. Y si alguno peca, abogado tenemos delante del Padre, a Jesucristo el justo. El es la expiación por nuestros pecados, y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo.” (1 Juan 2:1-2)

 

·        Nos exhorta al progreso continuo en nuestro camino de santificación. Estamos en una carrera que dura toda la vida. No debemos pararnos, hay que progresar. Despreciando la voluntad de Dios para nuestras vidas y rechazar su poder para santificar tiene consecuencias desastrosas. (Heb. 10:26-27; 1 Tim. 1:18-20: 1 Cor. 6:9ss). El pecado voluntario puede estrangular nuestra fe y hacernos caer de la carrera. Pero en sus medios de gracia Dios nos adiestra para la carrera y nos da poder para progresar, así como hizo con los que han corrido antes de nosotros. “Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que tan fácilmente nos enreda, y corramos con perseverancia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe...” (Heb. 12:1-2)

 

·        También continuamente dirige nuestra atención a nuestra justificación por la fe para seguridad y motivación. Solamente allí tenemos la garantía del perdón y de nuestro estado en que estamos ante Dios por su gracia. Sólo allí estamos renovados y motivados para progresar en la vida santa. Las Escrituras lo dicen frecuentemente y con claridad. Lo que Dios ha hecho por nosotros inspira y produce la santificación. La tesis que es el título de esta conferencia encuentra su apoyo en los siguientes pasajes y muchos más. Algunos de ellos sencillamente afirman el hecho de que la justificación por la fe produce la santificación; otros exhortan a la santificación de base de la justificación, porque solamente ella, mediante el Espíritu, tiene tal poder.

 

Oh Jehovah, si tienes presente los pecados, ¿quién podrá, oh Señor, mantenerse en pie? Pero en ti hay perdón, para que seas reverenciado. (Sal. 130:3-4)

 

Y él murió por todos para que los que viven ya no vivan más para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos. (2 Cor. 5:15)

 

Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios que presentéis vuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios, que es vuestro culto racional. No os conforméis a este mundo; más bien, transformaos por la renovación de vuestro entendimiento... (Rom. 12:1-2)

 

Porque el amor de Cristo nos impulsa, considerando esto: que uno murió por todos; por consiguiente, todos murieron. Y él murió por todos para que los que viven ya no vivan más para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos. (2 Cor. 5:14-15)

 

 

Por tanto, sed imitadores de Dios como hijos amados, y andad en amor, como Cristo también nos amó y se entregó a sí mismo por nosotros como ofrenda y sacrificio en olor fragante a Dios. (Efe. 5:1-2)

 

 

Porque la gracia salvadora de Dios se ha manifestado a todos los hombres, enseñándonos a vivir de manera prudente, justa y piadosa en la edad presente, renunciando a la impiedad y a las pasiones mundanas. (Tit. 2:11-12)

 

Amados, ya que Dios nos amó así, también nosotros debemos amarnos unos a otros. (1 Juan 4:11)

 

La cooperación en la santificación

 

En la conversión a la fe que justifica estamos completamente pasivos. Pero en la santificación verdaderamente cooperamos con el Espíritu Santo. Esto obviamente es otra de las grandes distinciones entre las dos doctrinas. ¿Sorprende a los luteranos oír que el hombre coopera con el Espíritu en la santificación? De ningún modo. Es el lenguaje de la Escritura y por tanto de nuestras Confesiones. Las Escrituras hablan del hombre convertido según su nueva naturaleza como de uno que verdaderamente desea lo que Dios desea. La Fórmula de la Concordia en este asunto cita el Salmo 110:3, Rom. 8:14, y Gál. 5:17 y este pasaje: “Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios.” (Rom. 7:22. La Fórmula luego dice:

 

Síguese de esto, pues, que tan pronto como el Espíritu Santo, como se ha dicho, mediante la palabra y los santos sacramentos, ha empezado en nosotros esta obra de la regeneración y la renovación, nosotros en efecto podemos y debemos cooperar, aunque todavía en forma débil, mediante el poder del Espíritu Santo. Pero esta cooperación no se verifica mediante nuestras virtudes carnales y naturales, sino gracias a las nuevas virtudes y los nuevos dones que el Espíritu Santo nos ha concedido en la conversión, según lo afirma San Pablo expresamente al declarar que, como colaboradores que somos con Dios, no recibimos en vano la gracia divina (2 Cor. 6:1) [véase nota en el Libro de Concordia acerca de esta cita de 2 Cor. 6:1]. Ahora bien, esto no ha de entenderse sola y únicamente del modo siguiente: El que ha sido convertido, hace el bien siempre que Dios lo rija, guíe y conduzca con su Espíritu Santo; tan pronto empero como Dios aleja de él su mano misericordiosa, no podrá perseverar ni por un momento más en la obediencia a Dios. En cambio, resulta inadmisible entenderlo en el sentido de que el convertido coopera con el Espíritu Santo a la manera como dos caballos tiran juntamente de un carro; pues quien así lo entiende ignora la verdad divina.” (FC SD II, 65,66, p. 575-576)

 

Los escritores de himnos expresan el espíritu de cooperación de nuestra nueva naturaleza:

 

Con Cristo estar quisiera

Ya libre de mi mal. (CC 279)

 

Qué mi vida entera esté

Consagrada a ti, Señor. (CC 25)

 

Esta cooperación en la santificación, por supuesto, de ningún modo contribuye a la justificación por la fe, que no depende de otra cosa sino las obras completadas de la gracia de Dios en Cristo.

 

Dios mismo siempre es el autor de la cooperación del creyente justificado, de su actitud voluntaria y las obras de santificación que siguen. “Porque Dios es el que produce en vosotros tanto el querer como el hacer, para cumplir su buena voluntad.” (Fil. 2:13) (Note la cita arriba mencionada en la Fórmula de la Concordia acerca de la cooperación no siendo comparable a dos caballos juntos tirando un carro.)

 

La santificación y la predicación de la ley

 

 

Mientras el evangelio es el único motivo para la santificación, la ley también se debe predicar a los cristianos mientras crecemos en nuestra nueva vida que ha resultado de nuestra justificación por la fe. Solamente tenemos que ver el patrón repetido en las cartas de Pablo para ver la demostración de esta verdad. Primero vendrá una sección que dice lo que Dios por gracia ha logrado para nosotros. Luego siguen las palabras “por lo tanto,” (la palabra griega oun) como transición. Luego sigue una sección que dirige la respuesta agradecida del cristiano conforme al “tercer uso de la ley”, la ley como guía o regla. Pablo con esto expresa lo siguiente. “Esto es lo que ha hecho tu Dios misericordioso por ti, ahora esto es como Dios mismo quiere que lo agradezcas y le glorifiques. Aquí están las cosas mismas que él quiere, no cosas que tú puedas inventar o adivinar como agradables a él. Esta es su voluntad, su ley, que ahora es tu deleite ya que has sido librado de su condenación.”

 

Ejemplos en las cartas de Pablo de motivar partiendo de la justificación a la palabra o afirmación de transición, a la santificación dirigida por el tercer uso de la ley, se ven en Romanos 12: “Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios que presentéis vuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios, que es vuestro culto racional. No os conforméis a este mundo... que nadie tenga más alto concepto de sí que el que deba tener... compartiendo para las necesidades de los santos; practicando la hospitalidad...” Otra vez en Efesios 4: “Por eso yo, prisionero en el Señor, os exhorto a que andéis como es digno del llamamiento con que fuisteis llamados: con toda humildad y mansedumbre, con paciencia... El que robaba no robe más... Ninguna palabra obscena salga de vuestra boca... Sed bondadosos y misericordiosos los unos con los otros...” Y otra vez en Colosenses 3: “Siendo, pues, que habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba... Dejad también vosotros todas estas cosas: ira, enojo, malicia, blasfemia y palabras groseras de vuestra boca... No mintáis... Vestíos de profunda compasión, de benignidad... La palabra de Cristo habite abundantemente en vosotros, enseñándoos y amonestándoos los unos a los otros...”

 

¿Por qué decimos algo que es tan obvio de la Escritura, es decir que los cristianos necesitan la predicación de la ley según el tercer uso de la ley, (junto con sus usos primero y segundo como freno y espejo)? Es porque el “antinomismo” siempre anda rodando. A veces, tal vez, no sea una forma crasa del antinomismo, sino sencillamente la negligencia de la predicación necesaria de la ley.

 

Nuestras confesiones dicen:

 

“Creemos, enseñamos, y confesamos que la ley debe ser predicada con diligencia no sólo a los incrédulos e impenitentes, sino también a los verdaderos creyentes, a los que verdaderamente han sido convertidos, regenerados y justificados mediante la fe.” (FC-Ep. VI, 3, p. 516)

 

Si fuéramos cien por ciento el nuevo hombre, es cierto que no necesitaríamos la ley. Conoceríamos por instinto la voluntad de Dios y la seguiríamos a la perfección. Pero no somos cien por ciento nuevos. Se está renovando nuestro nuevo ser.

 

Lutero escribió palabras poderosas acerca de la necesidad de predicar la ley a los cristianos en su vida de santificación.

 

Mis amigos los antinomios predican muy bien — y no puedo sino creer que lo hacen con gran seriedad —  acerca de la misericordia de Dios, el perdón de los pecados y otras cosas contenidas en el artículo de la redención. Pero huyen de esta inferencia como del diablo, que tienen que hablar a la gente del Tercer Artículo, de la santificación, es decir, de la nueva vida en Cristo... Son excelentes predicadores de la verdad de la Pascua, pero miserables predicadores de la verdad de Pentecostés. Porque no hay nada en su predicación acerca de la santificación del Espíritu Santo y acerca de la vinificación para una nueva vida. Es correcto alabar a Cristo en nuestra predicación; pero Cristo es el Cristo, y ha adquirido la  redención del pecado y la muerte con este mismo propósito de que el Espíritu Santo cambie nuestro viejo Adán en uno nuevo, que debemos estar muertos al pecado y vivir para la justicia, como enseña Pablo en Romanos 6:2ss, y que debemos comenzar este cambio y crecer en esta nueva vida aquí, y consumarla después. Porque Cristo ha obtenido para nosotros no solamente gracia (gratium), sino también el don (donum) del Espíritu Santo, para que obtengamos de él no solamente el perdón de los pecados sino también el cesar del pecado. Todos, entonces que no cesan de su pecado y siguen en su antiguo camino malvado, tienen que haber obtenido otro Cristo de los antinomios. El Cristo genuino no está con ellos, aunque claman con la voz de todos los ángeles: ¡Cristo! ¡Cristo! Tendrán que ir al infierno con su nuevo Cristo.” (Lutero en su tratado “Acerca de los concilios y la iglesia.” Citado en Ley y Evangelio de Walther, p. 122ss)

 

¡Fuertes palabras, es cierto! Muestran que en la mente de Lutero la justificación por la fe y la santificación están bien ligadas. Si nos vamos a llamar “luteranos” y no “antinomios,”

enseñemos las dos cosas en el balance de la Escritura, con seriedad, con fuerza, con claridad, continuamente. Walther sigue comentando sobre las palabras de Lutero.

 

“Lutero ha dado una descripción extrema de la predicación antinomia. Ninguno de ustedes fácilmente imitará ese método. Pero es fácil caer en algo similar....

“Merecen ser recordadas las palabras de Lutero sobre los predicadores de la Pascua y el Pentecostés. Está bien que en la Pascua recalques con gran fuerza y expandes sobre la victoria de Cristo sobre el pecado, la muerte, el diablo y el infierno. Pero también tienen que ser buenos predicadores de Pentecostés y decir a sus oyentes: ‘Arrepiéntanse, porque entonces el Espíritu Santo vendrá con su gracia y les consolará, iluminará y santificará.’ Nunca alcanzaremos perfecta santificación en esta vida, pero tenemos que hacer un comienzo y progresar en este esfuerzo. Porque el que no crece mengua, y el que mengua finalmente dejará enteramente de usar lo que Dios le ha dado. Terminará como una rama muerta en la vid.”

 

 Acerca del tercer uso de la ley, el escritor del himno nos recuerda:

 

            A los que en Cristo auxilio encuentran

            Y quisieran abundar en obras de amor

            Demuestra cuáles obras su deleite son

            Y hacerse deben, como buenos y rectos. (Matías Loy, TLH 295)

 

El valor de las obras de la santificación

 

Las obras de la santificación no contribuyen nada a la salvación, la cual es “don de Dios. No es por obras, para que nadie se gloríe.” (Efe. 2:8-9) Además, ninguna de nuestras obras es completamente santa, sino son manchadas con el pecado de nuestro viejo ser que está mezclado con ellas. Entonces, ¿qué es su valor, además de su valor obvio para alguien que ha recibido ayuda por la bondad cristiana?

 

1. Las obras de la santificación tienen valor porque Dios las quiere, ha pagado un gran precio para producirlas y las acepta por causa de Cristo.

 

Pablo dice: “Esta es la voluntad de Dios, vuestra santificación.” (1 Tes. 4:3) El hijo justificado de Dios seguramente no menospreciará lo que desea su misericordioso Padre.

 

De hecho, un propósito explícito de la obra de Jesús, un propósito de la justificación, es la santificación, como declaran las Escrituras. No somos salvos solamente del pecado, Satanás y el infierno, sino para la santificación en esta vida y el perfecto servicio para siempre en el cielo. Zacarías en su canción dice: “Ha levantado para nosotros un cuerno de salvación en la casa de su siervo David... para concedernos que, una vez rescatados de las manos de los enemigos, le sirvamos sin temor, en santidad y en justicia delante de él todos nuestros días.” (Luc. 1:69, 74, 75) Pablo escribe: “Y él murió por todos para que los que viven ya no vivan más para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos.” (2 Cor. 5:15) “Porque somos hechura de Dios, creados en Cristo Jesús para hacer las buenas obras que Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas.” (Efe. 2:10) Pedro también escribe: “El mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero a fin de que nosotros, habiendo muerto para los pecados, vivamos para la justicia.” (1 Ped. 2:24)

 

Además, “sus buenas obras, aunque todavía son imperfectas e impuras, son aceptables a Dios por medio de Cristo.” (FC SD, VI, 23, p. 613) Pedro dice que los cristianos ofrecen “sacrificios espirituales, agradables a Dios por medio de Jesucristo.” (1 Ped. 2:5) De Hebreos 11:4ss  es claro que Dios libremente acepta los actos de los que viven “por fe.” Lo que Dios acepta tiene que tener valor para él.

 

2.  Jesús dice que nuestras obras de santificación resultan en alabanza y gloria para Dios. “Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, de modo que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.” “En esto es glorificado mi Padre: en que llevéis mucho fruto y seáis mis discípulos.” (Juan 15:8) Todo lo que resulta en la alabanza y gloria de Dios es de valor inestimable.

 

3. Son de gran valor para el creyente porque son una manera de decir gracias a Dios por su don de la justificación por la fe. La gratitud busca expresarse y encuentra la manera de hacerlo en actos de amor aceptados por nuestro Salvador, quien nos asegura: “En cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis.” (Mat. 25:40)

 

4. Dios utiliza nuestra vida de santificación en el evangelismo y la obra misionera para obtener una audiencia para la doctrina de la justificación por la fe. La vida del cristiano no es un medio de gracia, pero puede conducir a que una persona oiga el evangelio que sí lo es. Desde el tiempo de los primeros cristianos hasta el presente, los creyentes, demostrando amor, gozo, paz, paciencia, bondad y otros frutos del Espíritu, han motivado esta pregunta de los incrédulos: ¿Qué es la “razón de la esperanza que hay en vosotros?” En los días de la persecución, cuando se notaron estos frutos en el rostro de los mártires, la sangre de los cristianos que se morían llegó a ser semilla. Solamente en el cielo se verá con claridad el valor de las obras de amor en cuanto al evangelismo y la obra misionera.

 

Las obras de santificación dan evidencia externa de la justificación por la fe. Este último punto nos dirige otra vez al título de esta conferencia: “La justificación por la fe produce la santificación.” La santificación provee evidencia de la justificación de la cual fluye. La fe que justifica es invisible, pero lo que produce no lo es. Cuando Jesús te dice en el último día “en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis,” (Mat. 25:40), en efecto estará diciendo que has demostrado la fe justificante que él libremente te dio y mediante la cual recibiste la vida eterna. Al indicar lo que hiciste, estará demostrando a ti y a todos los demás la fe mediante la cual fuiste justificado. El escritor del himno dice en poesía:

 

Quien con sincero corazón

En Cristo fiel confiare

Y con amor y compasión

Al prójimo ayudare,

Justo ante Dios por fe será;

mas por las obras probará

Que de este Dios es hijo. (CC 457:4)

 

 

Por consiguiente, los actos de amor que reflejan la justificación son algo de gran valor. Señalan aquella gran “doctrina por la cual la iglesia se queda firme o se cae” que es el tópico de la conferencia séptima y última de nuestra conferencia.