Antonio Chavira. Ciudad Victoria. Cuento tamaulipeco.

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Entre las almas

 

 

 

Antonio Chavira

Hacia las dos de la madrugada al fondo del panteón de Las Ánimas, seis federales pusieron una hilera de cuatro villistas pegados de frente, a una pared larga encalada y como de dos metros de altura. Uno de los próximos a ser fusilados fue Cruz Alfaro, recién llegado de la frontera y acompañado por tres hombres. Esa noche, al tiempo que a Cruz le destrozaron a balazos la columna vertebral y la nuca; Lucinda Villacaña, su madre, abrió los ojos encerrada en un profundo sueño, del cual le era imposible recordar una sola cosa al despertar. Esa vez cumplió treinta noches seguidas de despertar intranquila. Sentada en la cama miró a Valentín; dormido a su lado con dificultades para respirar, como si la fuerza de sus pulmones ya no fuera suficiente para hacer circular el aire por dentro de él.

–Valentín —dijo Lucinda con una voz llorosa débil y le sacudió el hombro–, ¿dónde andará Cruz? –preguntó como hipnotizada, adormecida.  

Los años de Valentín aletargaron su cuerpo, y como si fuera un viejo motor; eran necesarios varios minutos para arrancar en razón. Atravesar de regreso la aduana del sueño, era como una pesquisa, donde el objeto de la búsqueda era él mismo. Cuando despertó por completo, se enderezó despacio y se levantó de la cama.

–¿Quién? –preguntó Valentín.

El viejo agachado encendió el quinqué puesto en el suelo en una esquina del cuarto, su sombra deforme en el techo y la pared, Lucinda con el sudor frío y la incertidumbre del sueño persistente; así fue todo el mes anterior a ese día, luego salir un rato a oler la hierba cuando es madrugada, a arrullarse con los grillos, y a mirar cada una de las plantas que Lucinda identificó con nombres de personas. Cleopatra era una flor amarilla; sembrada en una maceta de madera adornando la entrada de la casa, la última del recorrido y la más apreciada por ella. Antes de volver a entrar en la casa e intentar regresar al sueño; era costumbre envolverse en un cariñoso diálogo con Cleopatra, para tranquilizar el alma con su perfume. Esa madrugada no escucharon los grillos, el silencio le causó escalofríos a Lucinda, toda la noche se sintió en Las Ánimas una paz lúgubre y un clima helado que entró silbando por las ventanas y por debajo de las puertas. Eran los primeros días de enero.

Al amanecer Valentín se sentó en una piedra; con una lumbre en el suelo y preparó agua para tomar café con su mujer. Ella vino hacia afuera por el pasillo de la casa, con dos trenzas en el pelo demasiado flacas y hasta la cintura, al llegar a la puerta empujó el mosquitero que regresó jalado por un resorte y una tabla, cuando salió. Se sentó a un lado de Valentín en un sillón de palo y tejido con pita, y se meció tres veces empujando con los dedos de los pies contra la tierra.

 –Vale –dijo Lucinda–, yo creo que ya me voy a morir.

 Y Valentín la miró con los ojos entrecerrados, hacía quince años Lucinda dijo lo mismo,  cuando se le mojó un espejo con agua de lluvia en la calle, llegó con la cara blanca, y ayunó cuatro días, una mujer muy supersticiosa.

–Cállate hombre –le dijo Valentín y chistó.

–Anoche, después que te desperté, cuando volvimos a dormir; soñé la muerte Vale, soñé que se me caían los dientes, quebrados todos como si fueran de barro, eso es la muerte.

–¡Ay! Lucinda, hace años que tú ya no tienes dientes –le dijo.

–Pues soñé que sí tenía, y los sentí quebrarse en mi boca, cuando yo misma me arrancaba a pedazos la carne del brazo derecho.

–Además, cuando se sueña eso no es uno el muerto, sino otro.

Guardaron silencio unos segundos, Poco creyó Valentín que algo pudiera suceder debido al sueño de Lucinda, le dio un dolor en la cabeza, no habló ninguno de los dos. Pero Lucinda se intranquilizó, no eran nada más los nervios de no haber visto a Cruz desde hace mucho, para ella fue un aviso.

 –Tan claro está que, no me deja descansar por las noches –pensó.

Miraron hacia el camino situado frente a la casa, un camino largo, herboso, que sube y baja hasta treparse en un cerro verde, que antes de amanecer, cuando el cerro duerme; la gente, sale a respirar el aire verde transparente, claro y fresco que exhala el cerro dormido.

La mañana comenzó a clarear el día, Lucinda y Valentín terminaron el café, rodeados de flores y plantas, y bajo la enramada que cubre la entrada de su casa. El sereno; frío, dulce y atrapado en la enramada, le lloró sobre la cara a Lucinda, que levantó la vista para buscar al cenzontle, un pájaro que todas las mañanas les cantaba, parado en las ramas mientras ellos tomaban café. Le preguntó a Valentín si lo había visto antes que ella saliera. No lo oyó, ni se vio parado donde siempre.

  –Seguro fue el que se murió –dijo él–, y tú si tienes poderes premonitorios vieja.

 Lucinda pensó intrigada, quiso creer  en la idea de Valentín, ojalá se haya muerto el cenzontle, no estuvo tranquila con eso, recordó a su hijo sin decir nada.

 –Tiene ya tres meses de no venir a vernos –pensó–, y la revolución deja muchos muertos por todos lados, no, no, ya se murió el cenzontle–. Se dijo a sí misma y otra lágrima del sereno le cayó en el pie.

Sentados afuera de su casa, bajo la enramada; escucharon las voces de unas personas aproximándose, Lucinda se meció otras tres veces en el sillón, en espera de ver quiénes eran. Las voces se oyeron juntas como un murmullo, como cuando la gente va por ahí pagando mandas, de rodillas. Eran cinco mujeres todas más jóvenes que Lucinda. La del frente era Santa; barriendo el suelo con un manojo de hierbas, y dijo en lengua desconocida, rezos o sabrá Dios qué eran. Detrás de ella cuatro jovencitas que vivían con el padre en la iglesia, huérfanas desde que la más grande cumplió quince años, nada más con la cara agachada hablando para adentro y como diciendo que sí con la cabeza.

–¿Qué fue? –dijo Valentín cuando pasaron por enfrente y apenas lo escucharon–. Santa se enderezó del suelo y se le acercó despacio a Valentín y a Lucinda. Barrió de paso los árboles y las plantas con las hierbas que traía.

–Vamos a ver a los muertos de anoche –dijo Santa–, a ver si no es algún pariente, o suyo.   –Y les pasó las hierbas por los pies.

–¿Cuáles muertos? –preguntó Lucinda soltando la primera palabra con esfuerzo–. Apoyó las manos en las rodillas y se levantó.

–Anoche fusilaron a alguien allá por el panteón –dijo Santa–. Sorprendida de que aquellos dos que ya se sabían de memoria la vida y todos los sonidos de Las Ánimas, no hubieran escuchado la tronadera.

 –Ya ves  –le dijo Lucinda a Valentín que también se levantó–, te dije. –Y se encaminaron a ver a los muertos.

Ya eran seis los que caminaron atrás de Santa, y en medio de las voces lloronas y bajitas de los rezos: los viejitos. Iban al panteón de Las Ánimas a encontrar a Cruz Alfaro y tres más, hinchados en carne y sangre con apenas cara.

 –¿Y pa´ que son las ramas ésas? –preguntó Valentín–, si ya los vamos a hallar muertos.

 –Son pal mal agüero que anda aquí –contestó Santa volteando a verlo otra vez sorprendida de que tampoco eso hubieran notado–. Y Valentín no dijo nada, Lucinda menos.

 –Anoche se abrieron todas las jaulas y los falsetes –les dijo Santa–, y se fueron todos los animales, no hay ni uno en todo el pueblo.

 Y las otras cuatro miraron de pies a cabeza a Valentín y a Lucinda. Todo el pueblo supo del fusilamiento y no quisieron salir, unos miraban por dentro de las casas, escondidos detrás de las cortinas.  

 –Pobres –pensó Clemente cuando vio pasar a los padres de Cruz–. Ya sabía que sí era Cruz, fue temprano a verlo, a buscar los fusilados una hora después que se oyó el último tiro.

 –Los muertos están en el panteón –les dijo desde la ventana con un vaso de leche en la mano–. Y Lucinda quiso preguntar por Cruz pero no pudo, apenas caminaba, y si le decía que sí, que sí era Cruz, se iba a morir antes de llegar a verlo aunque fuera así, muerto. Nadie habló hasta que llegaron.

El panteón destripado, todas las tumbas abiertas. Cuando entraron a Lucinda se le taparon los oídos y se agarró de Valentín que a su vez se mareó pero se sostuvo, se sintió un olor muy fuerte a tierra mojada, Santa se detuvo.

 –Qué les dije –y los miró a todos–, aquí hay algo, en este pueblo hay algo malo–. Les dijo–. Y sintieron que el aire les pasó rosando por la espalda. En el fondo vieron los cuerpos y a tres niños  picándoles la cara y el estómago con ramas y huesos, otros tres niños salieron de una tumba, cargando ropa y zapatos de cuantos esqueletos pudieron desvestir.

 –¡Sht!, vámonos –les gritó Valentín y aplaudió una sola vez con fuerza. En segundos el panteón quedó en completo silencio. Cuando Lucinda miró a Cruz, y se tiró sobre el cuerpo quebrada en llanto, abrazándole la cabeza con la cara de él pegada al pecho, cuando probó su sangre, en ese momento empezó a morirse ella también.

A Cruz Alfaro lo enterraron sin funerales ni nada, no se pudo tener en ningún lado sin que se llenara de moscas, Lucinda pidió que lo enterraran esa misma tarde.

Al día siguiente, se prepararon desde el medio día para ir a la iglesia a misa de siete de la noche. Ya estando ahí, antes de comenzar, el murmullo envolvió a todos adentro, el techo altísimo, sostenía unas cadenas que acercaban la luz de las arañas que tenían cristales colgando de las patas. Las largas bancas de encino brilloso sostuvieron de a siete u ocho a los asistentes, muchos parados, y así nada más entrando, a la derecha de la puerta recargadas en la pared; las “hijas” del padre, que vinieron con Santa el día del panteón. La más cercana a la puerta le agarró el brazo a Lucinda, del codo, y le ayudó a pasar el marco de madera que tenía la entrada en el suelo, y luego regresó con dos pasos para atrás, y lo mismo de la otra vez; hablando para adentro. Valentín y Lucinda encontraron espacio hasta el frente.

–La acompaño en su cruz –le dijo Celio el carnicero, sentado por un lado de ella–. Con una fuerte carraspeada del padre y el sonido de la campana que sonó el monaguillo, todo mundo se quedó callado y comenzó la misa.

 –Nos hemos reunido esta noche para pedir a Dios, por el eterno descanso del alma de Juan Rosario Hernández Padilla –dijo el padre, que prolongó la penúltima sílaba de cada palabra con voz resonante.

 –Fidel Romero Díaz –siguió–. Y todo mundo entre el vapor de los cuerpos y el eco de la iglesia.

 –Ricerio Campos Treviño –Lucinda siente dos palmaditas del carnicero en la rodilla.

 –Y Cruz Alfaro Rojas, que perdieron la vida buscando la libertad de su pueblo.

  A Lucinda se le hizo más fuerte el olor a madera y a carne sudada, como si oliera a licor ahí adentro. Para la confesión se formaron casi todos, y el calor se sintió más fuerte y el aire se humedeció. Adelante las cuatro hijas del padre, luego todo el pueblo y hasta el último de la fila Lucinda sin Valentín.

Cuando llegó su turno, se metió a un cubículo de madera con formas de cielos y ángeles talladas en las paredes, y se sentó en un banco pegada al biombo que le impidió ver la cara del padre. Le habló del sueño de los dientes y el padre descartó que fuera posible la premonición.

 –Sólo Dios sabe quién muere y cuándo –le dijo–. Y diez Ave Marías le impuso, le habló de las tumbas abiertas, tema que el padre evadió con diez más, de sus ganas de morirse para encontrarse con su hijo, cincuenta Ave Marías fueron.

 –¿Tú crees hija, que cuando el hombre muere, volverá a vivir? –dijo el padre con serenidad.  

–No sé –contestó Lucinda con los pensamientos hechos piedra–. El murmullo afuera del cubículo y el ambiente espeso embriagador.

–Todos los días de mi edad esperaré a que venga mi liberación; entonces llamarás y yo te responderé –recitó el padre la Biblia–, Las almas han de ir al cielo, cuando se hayan liberado del cuerpo–. Fue lo último que le dijo a Lucinda.

Después de las limosnas les deseó una tranquila noche y todos salieron de la iglesia como las hormigas salen del hormiguero.

Esa noche comenzó a llover y no paró hasta casi febrero, todo ese tiempo Lucinda ya no quiso comer, de la pura angustia de querer saber si lo iba a ver ya después de muerta, en algún lugar.

 –En el más allá –pensó–, y si lo vuelvo a ver ¿Cómo ha de ser?, ¿Así floreado como la última vez?–. Y Valentín temió que fuera a morir de pura tristeza, ya estaba en los puros huesos y por las noches, muchas veces deliró.

 –Sí mijito sí –decía–. Riendo muy bajito dormida. La humedad les empapó el alma y se las hizo más pesada, a veces paró de llover un rato en las madrugadas y luego siguió más fuerte. Del cerro, a chorros escurrió el agua e inundó las casas del rededor, fue la vez que más duro y largo llovió en Las Ánimas. Jamás se vio eso antes, todo el mes. Los agricultores perdieron todo, los animales se fueron antes y ni esperanzas de que volvieran, ni el cenzontle, sabrá Dios que habría sido de él. Pero claro está que se fueron al presentir el diluvio y la inundación, bien, porque el pueblo se hundía cada día más. La gente apenas pudo dormir con el agua por todos lados. Lucinda rezó día y noche pidiendo morir de una vez para saber qué sigue, y si es cierto que uno va a encontrarse con todos los tiempos y todos los seres de la existencia, cuando se haya desprendido del cuerpo y uno sea pura alma.

Valentín supo que no durarían mucho, ni él ni Lucinda, a ella matándola la tristeza y los años, a él matándolo el hecho de ver a su esposa con deseos de morir. Ni siquiera una veladora se le pudo prender  a Cruz, las goteras del techo de palma, se la apagaron cuantas veces lo intentaron, y no hubo lugar donde la humedad no estuviera ya establecida.

 –¿Qué andaba haciendo mijo en esas chingaderas? –pensó Valentín–. Sin saber por qué lo mataron, y sin haber hablado de eso desde que lo vieron todo roto tirado en el panteón. Parado debajo de la enramada con los pies metidos en el lodo, Valentín se decidió a buscar a Clemente, a preguntarle qué sabía del fusilamiento. Que le contara algo del final de la vida de Cruz, que otros vieron y él no.

 –¿Tú viste cómo estuvo? –Le preguntó cuando llegó a verlo–. Valentín empapado y con los pies enzoquetados, con apariencia de animal viejo, con los pelos grises mojados y escurriéndole en la cara, la barba como de chivo ya le apestaba, a húmedo, a viejo.

 –Yo no vi nada Vale –le contestó Clemente–. Que llegó después de los tiros, a ver nada más quiénes eran.

 –Pero Amado Lutero sí vio –añadió–, el que hace guardia ahí. –Y Valentín lo miró bien atento recargado en el marco de la puerta.

 –Ahí estuvo trepado en un árbol, escondido viendo todo –le dijo Clemente–. Fue entonces a buscar a Amado Lutero.

–¿Tú viste cuando fusilaron a Cruz? –le preguntó cuando se sentaron–. Amado  en un sillón, y Valentín en un banco de madera. Lutero se quedó en silencio unos segundos, entrecerró los ojos y le tomó el hombro al viejo. Todo el pueblo de Las Ánimas supo cómo pasaron las cosas. Todo mundo pronto se enteró de que Lucinda, desdichada, y a fuerza de despreciar la vida; moría poco a poco. Lutero se sintió muy avergonzado por Valentín.

 –Pobre viejo –pensó–, Sí, yo lo vi –le dijo–, los trajeron en rastra, amarrados de las patas a la silla de los caballos–. Valentín callado mirándolo con ojos inundados le pidió que le contara todo lo que supiera. Platicaron durante una hora.  

A Cruz y los otros tres, los agarraron con una carreta llena de rifles, se los llevaron para matarlos en el panteón, los alinearon de frente a la pared y el general del ejército federal, trepado en su caballo y con el fuete encajado en la bota derecha; les dijo que le señalaran en qué tumbas escondieron el resto de las armas. Después de haberles sacado, a fuerza de tortura; que tenían otra mitad enterrada en el panteón. Dos meses y medio duró Cruz metido en la revolución, su trabajo era cruzar armas de El Paso Texas, para acá y Villa le pagaba diez pesos por flete, comida y uniforme. Cruz fue el primero que quiso dar la ubicación de los rifles escondidos, señaló tres tumbas y luego lo pusieron otra vez en la pared para fusilarlos a los cuatro, minutos después abrieron esas tumbas y nada, Cruz mintió, no hubo rifles, puros muertos. Entonces las destaparon todas  hasta que encontraron la “mula” y se llevaron todo.

–Ya no llores Valentín, tu hijo ya está con Dios, descansando –dijo Lutero–. Y Valentín agachó la cara,  lloró parado en la puerta viendo la lluvia y la tierra hecha lodo, salió sin decir una palabra, se fue perdiendo entre el aguacero, y lloró todo el camino con muchas ganas. Cuando llegó a su casa se cambió la ropa y se quedó dormido con Lucinda, que ya se había curado de despertar en las madrugadas.

El resto del mes Lucinda en la cama ya no quiso levantarse.

–Vente viejita, ya levántate –le dijo un día Valentín–. Pero ella ni siquiera le respondió, se acercó a la cama y le llevó una taza de café.

 –Dale un trago, Ya levántate –insistió él–. Y nada, no contestó nada, despierta, con la mirada puesta en el techo y las manitas palma arriba a los costados, fría, gris. Valentín salió a buscar a Santa, quizá con una barrida Lucinda se levantara.

 –De perdido que duerma un rato –pensó–. Y veinte minutos después regresó con Santa que traía un huevo en la mano y unas ramas de albahaca. Puso las cosas en la mesa mientras entre los dos levantaron a Lucinda que tomó el aspecto de una inválida, y la sentaron en la entrada de la casa bajo la enramada. Santa comenzó a barrerla primero con la albahaca, el Padre Nuestro y el olor de la hierba alborotado, luego le apretó con las manos la cabeza; la frente y la nuca.

 –Lucinda Villacaña vente no te quedes –dijo.

–Ahí voy –contestó Lucinda–. Y Santa le apretó las sienes.

–Lucinda Villacaña vente no te quedes.

–Ahí voy –contestó ella–. Luego la limpia con el huevo, y rezó lo mismo que el día que hallaron los cuerpos, la limpió quince minutos y Lucinda se quedó bien dormida, la metieron a la casa y la acostaron en la cama. Durmió hasta el día siguiente, cuando ya se había parado el agua por completo.

El sol con ganas de secar todo de un tirón, con más fuerza que nunca, no se pudo ni mirar para arriba. Al medio día se sintió el calor más sofocante de todos los años en la vida de ese pueblo. Lucinda murió entonces, treinta de enero a las dos de la tarde, ahí acostada nada más ya no se movió. Se le evaporó la vida y se le fue para el cielo a encontrarse con Cruz.

Esa misma tarde, Valentín se cortó la barba, bañó a Lucinda y la peinó, le puso una bata de flores verdes en tela blanca, y la acostó en la cama que acercó a la puerta. Luego le hizo un velo con una tela y lo colgó sobre la cama formándole un pabellón en la entrada de la casa, abajo le puso unas veladoras y un retrato de él. Lucinda nunca quiso retratarse, pero él puso el suyo, porque lo sintió como un tipo de promesa con ella. Caminó a la esquina del cuarto, del mueble viejo e hinchado de madera, sacó del segundo cajón cinco pesos. Le compró unas medias y zapatos a Lucinda, cuando volvió se los puso y se sentó en la entrada de la casa, a velarla. Santa se acercó primero y diez minutos más tarde, llegaron las hijas del padre, que susurraban oraciones como modo natural de respiración, se descubrieron la cabeza frente a la cama y con Lucinda de cuerpo presente. Las muchachas le dieron el pésame a Valentín y se sentaron con ellos, al paso de unos minutos hablaron un poco. Santa le hizo preguntas a Valentín sobre lo que platicó Lucinda en sus últimos días, y las jovencitas contaron lo que ellas vivieron, cuando los federales entraron en la madrugada para sacar a su padre y su madre, y los colgaron a los dos afuera de su casa ahí en la calle, por haberse robado unos animales. Santa interrumpió hablando de una segunda vida, donde uno reencarna en algún animal, en un tigre de bengala quiso ella, y las jovencitas soltaron una apretada risa muy despacio. Valentín se sintió tranquilo, y aunque no lo supo, fue porque hacía mucho tiempo, no escuchaba la risa de alguien, y se sintió muy suave, se aligeró.

 –Ahorita Lucinda ya debe saber –dijo Valentín.

–¿Qué? –preguntaron pronto las cuatro jovencitas casi al mismo tiempo–. Y su voz tuvo eco en Valentín,  Santa lo miró esperando la respuesta, Valentín contestó.

 –Si uno se junta con todos cuando muere, y que los vuelve a ver –dijo mirando hacia el camino del cerro, donde se le congeló la mirada entre los árboles.

La noche cayó y nadie más que ellas cinco, estuvieron con Valentín velando a Lucinda. A las nueve de la noche Valentín se quedó solo en su casa, con Lucinda en cama. Salió a ver el cielo y a encontrar familiaridad con las estrellas, le dio mucho gusto saber que en ese momento, en que miró al cielo, Lucinda estaría ya contenta, con Cruz.

Ahí comenzó a sentir que una cantidad insoportable de vida se le metió al cuerpo, la respiración se aceleró un poco y se profundizó, volteó a ver a Lucinda dentro de la casa y caminó hacia ella. Le comenzó a doler respirar, pero reconoció que fue la vida lo que iba a reventarlo, de la Cleopatra amarilla nacía un botón, claro y apretado, y su perfume nuevo, se fue detrás de Valentín cuando pasó por un lado de ella. Al entrar se recostó a un lado de Lucinda, y no contuvo una risa que le vino desde adentro, y que lo limpió. Rió por varios minutos, a pesar de que estaba reventándole el corazón y las entrañas. Así dan cosquillas por dentro cuando se le sale el alma a uno, la vida hace un remolino adentro de nosotros antes de salir. Estuvo seguro que moriría, y su muerte representó su felicidad y su renacimiento. Murió consciente el viejo, supo que ese era el desprendimiento porque ya lo esperaba, eso es de lo que Lucinda habló antes de morir, entonces lo reconoció y lo atravesó todo. Y del otro lado, del lado de todas las vidas que no tienen cuerpo, ahí es como en el espacio, las mentes flotan como los planetas en el cosmos, es como un océano en el que uno puede nadar en espíritus no en agua, y todo existe, pero nada se ve, y todo suena pero nada se oye. Valentín, sintió a Lucinda y a Cruz pasar a un lado de él, y dejar una estela de suave frío. Hizo el intento de ir detrás, pero en un instante dejó de sentirlos, se fueron alejando juntos, se perdieron entre el infinito mar de almas que se mueven intranquilas, desbocadas por escoger en qué reencarnar.

 

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Este registro se añadió el 28 de octubre 2009

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Antonio David Chavira Cano, nació en Ciudad Victoria, Tamaulipas el 28 de octubre de 1988. Cursó la primaria en la escuela Lauro Aguirre y la secundaria en la General #1 de la misma ciudad. Luego de terminar la preparatoria ingresó a la Universidad Autónoma de Tamaulipas a la licenciatura en Ciencias de la Comunicación. Ese año comenzó a trabajar escribiendo el libreto de un programa televisivo llamado “La fiaka”, que se trasmitió por Televisa Victoria y después por Canal 10. Durante su paso por la universidad escribió y dirigió, dos cortometrajes que fueron proyectados en el cineclub universitario. En el año 2013 fue becario del primer Festival Internacional de Cine de Tamaulipas, y dos meses después se proyectó su primer cortometraje formal en la Cineteca del Centro Cultural Tamaulipas. En agosto de ese mismo año se publicó su primer cuento “La época de Clara Cubergman” en el periódico Expreso de Ciudad Victoria, otros de sus cuentos permanecen inéditos. En el 2013 se integró al taller literario del ITCA coordinado por el maestro José Luis Velarde.