Jesús Ademir Morales Rojas

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Relatos sobre K

 

 

 

Jesús Ademir Morales Rojas

Improvisación

K baja por la escalera. No sabe a ciencia cierta a que planta del edificio tiene que acudir. La hora de su cita se aproxima. Junto a él hay varias personas que luchan por descender  por el estrecho pasillo. Pugnan por adelantarse unos a otros y ganar un peldaño más. Como no tiene una referencia clara del número de planta, en donde tiene que presentarse, se guía por el número de personas que salen de la escalera para ingresar a cada uno de los pisos del viejo edificio. K conjetura, que el que le corresponde, es en donde más personas descenderán. Pero hasta el momento esto no ha sucedido. La bajada se va volviendo ya muy larga. K ni siquiera recuerda ya como ha podido ascender tanto. Algunas parejas se han formado, por el trato continuo que han desarrollado al proseguir en su dilatado contacto. Estos enamorados buscan abrazarse sin dejar de avanzar, y se atraviesan al camino de los otros. Resuenan maldiciones e improperios mezclados con palabras de ternura y arrumacos. La marcha continua. K percibe a sus espaldas ronquidos y murmuraciones. Algunos de las personas participantes del descenso de la enorme escalera se han dormido ya. Pero impulsados por los demás, siguen avanzando, dejándose llevar por la voluntad abstracta del bloque humano. K se sorprende, personas que creía ya habían dejado la fila en movimiento, vuelven a aparecer, inesperadamente, para estorbar su marcha con un pie necio o un codo insolente. Aburridos, varios comienzan a entonar melodías de taberna. En el pasillo en penumbras de la escalera, rebotan los ecos de risas y chistes de color subido de tono. K se indigna. Algunos se han comenzado a desnudar y agitan su ropa al son de las canciones. K se debate desesperado: siente que se ahoga en ese mar de abrazos y apretujones. Finalmente, parece notar que la masa se calma, es posible, de acuerdo a su actitud, que por fin hayan podido alcanzar el piso que deseaban: comienzan a darse los buenos días y a desearse la mejor de las suertes. K vuelve a respirar. Abren una puerta. Comienzan a salir todos. Cuando K finalmente lo logra, se llena de estupefacción. El umbral que han atravesado no conduce, sino a una escalera en ascenso. Pronto es arrastrado por la multitud que se apresura a llevar a cabo la marcha obligada. Su rostro lleno de confusión  queda oculto por ese río de cuerpos y pasos, que se pierden y lo pierden, en una vuelta de la escalera en espiral. Suben.

 

La rosa azul

K está enamorado y celoso. Desde hace algún tiempo su novia se muestra distraída, bastante nerviosa. K sabe que algo sospechoso está ocurriendo. Cada vez que llega a verla, siente que alguien ha partido al momento. Si le telefonea desde el trabajo, casi no le responde. Cuando camina por la calle, percibe que la gente lo mira y le dedica mofas disimuladas. Ella, aparentemente con inocencia, le está dando largas a la fecha de su unión matrimonial. K se consterna y reclama a la joven. Ella se siente agredida. Llora. Discuten.

Al día siguiente K, arrepentido, al salir del trabajo, piensa en sorprenderla en su domicilio con una visita conciliatoria. Ha pensado obsequiarle una preciosa flor azul: una rosa. Pero cuando va a la tienda por ella, le dicen que han comprado ya la última. K se resigna.     Frente al domicilio de su novia, pasa un auto a toda velocidad: casi arrolla a K. El, furioso, hace un gesto obsceno al cafre, y le dirige una trompetilla burlona con la boca y con las manos. Arriba por fin al lugar. Se dispone a abrir la puerta, con una llave que ella misma le ha dado. Mientras lo hace, escucha rumores y pasos agitados dentro. El rostro de K se vela de ira. Se apresura a ingresar. Cuando lo hace, encuentra a su novia, sola, rubicunda y sonriente. Ella lo abraza como si quisiera ganar tiempo. Se escucha una puerta hacia la parte posterior de la casa. La salida trasera. K se dirige allí. No hace caso de los urgentes llamados de la chica, presto a sorprender al intruso. Muy cerca ya de la puerta de salida, algo dejado en el piso lo distrae: una rosa azul. K se detiene de golpe, picaporte en mano.

Siente un frío inusual en la espalda.

Afuera se escucha una feroz trompetilla.

 

Ardid (Infierno 8)
K y Virgilio transitan dificultosamente a través del Infierno. De pronto aparece a su paso Dite, la laberíntica y temible ciudad de los demonios. Para seguir su marcha, es preciso atravesarla. No hay rodeos posibles. Toca Virgilio al portón. Abren. Habla entonces, Virgilio con los demonios. Estos, de pronto niegan con la cabeza. Cierran insolentes, en la cara del poeta. Virgilio vuelve al lado de K, pálido de rabia. Se consterna K, pero Virgilio lo tranquiliza: pronto arribará un enviado de lo alto para atender su percance, y permitirles seguir. Se sientan en una roca a esperar. Pero pasa el tiempo y no llega nadie. K no deja de mirar afligido al cielo, suspirando, y Virgilio se agobia de tedio, mientras hace garabatos con una rama en la arena calcinada. Pronto K, no puede más: se decide. Propone una estrategia a Virgilio, un ardid para ingresar a Dite. Llamará uno de los poetas en la puerta delantera y poco después otro en la posterior. Mientras los demonios atiendan confundidos, y dejen desguarnecida una de las entradas, para acudir a la otra, será el momento preciso de adentrarse subrepticiamente allí. Virgilio está de acuerdo y se frota las manos lleno de contento. Proceden como lo habían planeado. Virgilio llama en la puerta principal y se oculta. Abren los demonios y se asoman. K en ese instante llama a la otra puerta. Los demonios se apresuran allá, dejando libre el paso. K regresa corriendo al lado de Virgilio y ambos entran apresuradamente a Dite. Cierran ambas puertas sin demora. Golpean entonces los demonios indignados. K y Virgilio ríen y se felicitan como un par de cómplices. Pero justo en ese momento, escuchan grandes pesos siendo arrastrados. Sorprendidos por completo, nos pueden hacer ya nada. Los demonios han clausurado con rocas enormes, por fuera, ambas entradas.

De esta manera K y Virgilio quedaron atrapados en el laberinto del Infierno, para toda la eternidad.

 

Indiferencia

Tras una noche agitada, K despertó convencido de haberse transformado en un grotesco insecto. Todo era diferente para él, todo distinto. Esta nueva relación con su entorno, le ofrecía nuevas posibilidades de ser. Hasta algunas, que jamás había soñado. Salió de su habitación para ver cómo reaccionaba su familia, ante su singular metamorfosis. Ellos le aguardaban en la mesa, durante el desayuno. Pero al verlo llegar, no manifestaron ninguna reacción en lo absoluto. Lo saludaron con el tono de siempre. Sus alimentos habituales lo aguardaban. El, trató de hacerles saber lo mucho que había cambiado. Lo prodigioso de ese acontecimiento. Ellos lo escucharon con una sonrisa y le hablaron conciliatoriamente. Le explicaron que había tenido pesadillas, y que seguro aún no se recuperaba de ellas. Que se calmara y que comiera. K se alejó de ellos, airado. Se encerró en su habitación. No, no era posible. Le mentían, podían ver su nuevo yo, pero no querían aceptarlo. Era un insecto ahora, sentía sus antenas, su miríada de patitas a los costados, su caparazón rígido a la espalda. Le estaban engañando al no atestiguar su transformación evidente. Corrió a mirarse al espejo. También era falaz. Por algún mecanismo atroz, le impedía reconocer en ese reflejo alterado, sus nuevas facciones. K miró detrás del espejo, buscando algún truco. Angustiado de dudas arrojó el cristal al suelo, en donde se hizo trizas. K se inclinó y vio allí, en cada fragmento, su alterado rostro. Imposible contemplarse allí. Se arrojó al lecho a llorar su pena. Escuchaba a sus zumbidos tristes, logrando estremecer la casa entera. Súbitamente tuvo una esperanza. Su más querido ser, su hermana menor. Ella no podría mentirle. Estaban tan cercanos. Se agazapó en un rincón y esperó hasta la vuelta de su hermanita, ausente en ese momento. Pero pasó el día y la noche y ella no regresó. A la mañana siguiente, K desesperado, salió de la casa lleno de premura, ante la indiferencia de todos. Se aproximó al puente que cruzaba el río caudaloso. Y lleno de aflicción, se arrojó a las aguas. Cuando caía, en su último instante, K pudo ver el rostro angustiado de su hermana menor, llamándole asomada, en el barandal del puente. Y hasta en ese postrero instante guardó la esperanza, de que sus alas plegadas despertarían ya, y lo salvarían para llevarlo hasta ella… y más allá, detrás, hasta el mudo cielo azul.

 

K en el castillo

Había pasado tanto tiempo, desde que K intentaba tramitar ese asunto en el Castillo infructuosamente, que un día comenzó a sospechar que el tiempo mismo estaba en contra del éxito de su tentativa. Desconfiado desde entonces, llevaba siempre consigo un martillo, y cada que un reloj suyo perdía la hora, K lo hacía añicos sin titubeos. Un día, luego de innumerables golpes, se dio accidentalmente en la mano. Y entonces K cayó al suelo, desmoronado en fina arena.

***

Siempre que K buscaba arribar al Castillo, este parecía retroceder sin explicación alguna. Entonces K pensó que si se dirigía hacia cualquier otra parte, menos allí, tarde o temprano llegaría hasta el, sin buscarlo. Sin embargo, luego de fatigosos recorridos que le consumieron la vida, en el último respiro, el errabundo K se percató de que el Castillo era quien había estado persiguiéndolo a él. Y ahora finalmente quizá lo había alcanzado por fin. Pero K esto ya no alcanzó a comprobarlo. *** ;K dejó a su novia Frieda al cuidado de su par de jóvenes asistentes, a fin de movilizarse lo más ágilmente posible y por fin tramitar su ingreso al Castillo. Pero tras múltiples frustrados intentos K, cansado y lleno de impotencia, renunció a ello, ansiando volver al hogar a los brazos de Frieda. Cuando llegó a casa sólo halló una nota: La joven había escapado para siempre. No quería ser buscada. Frieda era feliz ahora, con los asistentes, en lo más profundo del Castillo.

***

Cuando K golpeaba el portón del Castillo para que lo dejaran entrar, siempre escuchaba que abrían, sí, pero la puerta posterior. Cuando iba hacía allí, la encontraba cerrada. Pensó entonces cambiar de estrategia y llamaba primero a esa puerta accesoria. Pero era ahora la principal la que se abría. Entonces K desesperado, se arriesgo a tocar una de las puertas y correr lo más rápido posible a la otra, tocar allí y regresar de nuevo hasta lograr su objetivo. Tanto lo intentó y tan fútilmente, que en uno de esos recorridos cayó al suelo, rendido. Entonces escuchó, como alguien con su voz agradecía en la puerta en donde no estaba, y pasaba dentro del Castillo. Estupefacto, se arrastró hacía allí. No había nadie.

***

K un día, luego de su trabajoso empeño, por fin entró al inmenso edificio. Nadie le impidió el paso. Nadie le puso obstáculo alguno ya. Nadie le obligó realizar largas esperas, ni a presentar documentos imposibles. Nadie le cerró las puertas. Porque el Castillo estaba vacío por completo. K no supo que pensar de esto. Y no lo hizo, porque el viento cerró las puertas del edificio abandonado y ya nunca volvieron a abrirse.

***

Cuando K logró por fin su objetivo y llegó hasta el Castillo, no quiso ir más adelante. Se acostó a dormir de tan fatigado que estaba. Entonces Franz despertó. ¿Tú ya llegaste?

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Escritor mexicano


Jesús Ademir Morales Rojas nació en la Ciudad de México en 1973. Cursó estudios de Filosofía en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México. Además, es diplomado en Historia del Arte por la Universidad del Claustro de Sor Juana y en Museología (mención honorífica) por parte del Museo del Carmen, el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes y el Instituto Nacional de Antropología e Historia. Ha colaborado en diversas publicaciones literarias virtuales como Crítica, Destiempos, AXXÓN y Literatura Virtual.

Ha participado en varias redes de blogs orientadas a la cultura y la educación. Actualmente forma parte del equipo de redactores de la red Hoyreka!" y del proyecto de creación de contenidos Coguan, cuyo fundador y Director General es el Dr. Carlos Bravo.

Jesús Ademir es administrador de redes sociales y gestiona cuentas de los blogs Hoyreka y es el responsable del área de social media en la firma TratoHecho.com

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Otras colaboraciones suyas incluyen la redacción de artículos para la productora argentina especializada en contenidos online Bee!

 


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Ademir convoca imágenes reflejadas en espejos infinitos en la serie de narraciones reunidas bajo el título Hipnerotomaqia. Surgen ahí personajes, fantasmas y monstruos cotidianos para protagonizar sueños interminables donde cambian de aspecto, tanto como las palabras del narrador que las retuerce hasta sacar nuevos significados de los signos convencionales.

Todos los que han soñado saben que la percepción se altera para mostrar realidades imposibles. Los tiempos se confunden y el futuro deja de ser consecuencia del pasado. Hay un orden propuesto por el autor, para adentrarse en estas ocho lecturas, aunque bien sepa que es imposible establecer normas que precisen una estrategia de lectura.

Así que invito al amable lector a conocer cualquiera de las partes que integran esta obra.

 José Luis Velarde

Hipnerotomaquia

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