Desde
luego hay una cosa de la que estamos bien seguros y es que el
gatito
blanco no tuvo absolutamente nada que ver con todo este
enredo...
fue enteramente culpa del gatito negro. En efecto, durante el
último
cuarto de hora, la vieja gata había sometido al minino blanco a
una
operación de aseo bien rigurosa (y hay que reconocer que la estuvo
aguantando
bastante bien); así que está bien claro que no pudo éste
ocasionar
el percance.
La
manera en que Dina les lavaba la cara a sus mininos sucedía de la
siguiente
manera: primero sujetaba firmemente a la víctima con un pata y
luego
le pasaba la otra por toda la cara, sólo que a contrapelo,
empezando
por la nariz: y en este preciso momento, como antes decía,
estaba
dedicada a fondo al gatito blanco, que se dejaba hacer casi sin
moverse
y aún intentando ronronear... sin duda porque pensaba que
todo
aquello se lo estarían haciendo por su bien.
Pero
el gatito negro ya lo había despachado Dina antes aquella tarde y
así
fue como ocurrió que, mientras Alicia estaba acurrucada en el rincón
de
una gran butaca, hablando consigo misma entre dormida y
despierta,
aquel minino se había estado desquitando de los sinsabores
sufridos,
con las delicias de una gran partida de pelota a costa del ovillo
de
lana que Alicia había estado intentando devanar y que ahora había
rodado
tanto de un lado para otro que se había deshecho todo y corría,
revuelto
en nudos y marañas, por toda la alfombra de la chimenea, con
el
gatito en medio dando carreras tras su propio rabo.
-¡Ay,
pero qué malísima que es esta criatura!- exclamó Alicia agarrando
al
gatito y dándole un besito para que comprendiera que había caído en
desgracia.
-¡Lo que pasa es que Dina debiera de enseñarles mejores
modales!
¡Sí señora, debieras haberlos educado mejor, Dina! ¡Y
además
creo que lo sabes! añadió dirigiendo una mirada llena de
reproches
a la vieja gata y hablándole tan severamente como podía... y
entonces
se encaramó en su butaca llevando consigo al gatito y el cabo
del
hilo de lana para empezar a devanar el ovillo de nuevo. Pero no
avanzaba
demasiado de prisa ya que no hacía más que hablar, a veces
con
el minino y otras consigo misma. El gatito se acomodó, muy
comedido,
sobre su regazo pretendiendo seguir con atención el
progreso
del devanado, extendiendo de vez en cuando una patita para
tocar
muy delicadamente el ovillo; como si quisiera echarle una mano a
Alicia
en su trabajo.
-¿Sabes
qué día será mañana? -empezó a decirle Alicia-. Lo sabrías si
te
hubieras asomado a la ventana conmigo... sólo que como Dina te
estaba
lavando no pudiste hacerlo. Estuve viendo cómo los chicos
reunían
leña para la fogata... ¡y no sabes la de leña que hace falta,
minino!
Pero hacía tanto frío y nevaba de tal manera que tuvieron que
dejarlo.
No te preocupes, gatito, que ya veremos la hoguera mañana!
Al
llegar a este punto, a Alicia se le ocurrió darle dos o tres vueltas de
lana
alrededor del cuello al minino, para ver cómo le quedaba, y esto
produjo
tal enredo que el ovillo se le cayó de las manos y rodó por el
suelo
dejando tras de sí metros y metros desenrollados.
-¿Sabes
que estoy muy enojada contigo, gatito? -continuó Alicia
cuando
pudo acomodarse de nuevo en la butaca-, cuando vi todas
las
picardías que habías estado haciendo estuve a punto de abrir la
ventana
y ponerte fuera de patitas en la nieve! ¡Y bien merecido que te
lo
tenías, desde luego, amoroso picarón! A ver, ¿qué vas a decir ahora
para
que no te dé? ¡No me interrumpas! -le atajó en seguida Alicia,
amenazándole
con el dedo-: ¡voy a enumerarte todas tus faltas! Primera:
chillaste
dos veces mientras Dina te estaba lavando la cara esta mañana;
no
pretenderás negarlo, so fresco, que bien que te oí! ¿Qué es eso que
estás
diciendo? (haciendo como que oía lo que el gatito le decía) ¿que si
te
metió la pata en un ojo? Bueno, pues eso también fue por tu culpa,
por
no cerrar bien el ojo... si no te hubieses empeñado en tenerlo
abierto
no te habría pasado nada, ¡ea! ¡Y basta ya de excusas:
escúchame
bien! Segunda falta: cuando le puse a Copito de nieve su
platito
de leche, fuiste y la agarraste por la cola para que no pudiera
bebérsela.
¿Como?, ¿que tenías mucha sed?, bueno, ¿y acaso ella no?
¡Y
ahora va la tercera: desenrollaste todo un ovillo de lana cuando no
estaba
mirando!
-¡Van
ya tres faltas y todavía no te han castigado por ninguna! Bien
sabes
que te estoy reservando todos los castigos para el miércoles de la
próxima
semana... ¿Y qué pasaría si me acumularan a mi todos mis
castigos,
-continuó diciendo, hablando más consigo misma que con el
minino,
-qué no me harían a fin de año? No tendrían más remedio que
mandarme
a la cárcel supongo, el día que me tocaran todos juntos. O si
no,
veamos... supongamos que me hubieran castigado cada vez a
quedarme
sin cenar; entonces cuando llegara el terrible día en que me
tocara
cumplir todos los castigos ¡me tendría que quedar sin cenar
cincuenta
comidas! Bueno, no creo que eso me importe tantísimo. ¡Lo
prefiero
a tener que comérmelas todas de una vez!
-¿Oyes
la nieve golpeando sobre los cristales de la ventana, gatito?
¡Qué
sonido más agradable y más suave! Es como si estuvieran dándole
besos
al cristal por fuera. Me pregunto si será por amor por lo que la
nieve
besa tan delicadamente a los árboles y a los campos, cubriéndolos
luego,
por decirlo así, con su manto blanco; y quizá les diga también
«dormid
ahora, queridos, hasta que vuelva de nuevo el verano»; y
cuando
se despiertan al llegar el verano, gatito, se visten todos de verde
y
danzan ligeros... siempre al vaivén del viento. ¡Ay, qué cosas más
bonitas
estoy diciendo! -exclamó Alicia, dejando caer el ovillo para
batir
palmas, -¡Y cómo me gustaría que fuese así de verdad! ¡Estoy
segura
de que los bosques tienen aspecto somnoliento en el otoño,
cuando
las hojas se les ponen doradas!
-Gatito
¿sabes jugar al ajedrez? ¡Vamos, no sonrías, querido, que te lo
estoy
preguntando en serio! Porque cuando estábamos jugando hace un
ratito
nos estabas mirando como si de verdad comprendieras el juego; y
cuando
yo dije «jaque» ¡te pusiste a ronronear! Bueno, después de
todo
aquel jaque me salió bien bonito... y hasta creo que habría ganado
si
no hubiera sido por ese perverso alfil que descendió cimbreándose
por
entre mis piezas. Minino, querido, juguemos a que tú eres... y al
llegar
a este punto me gustaría contaros aunque sólo fuera la mitad de
todas
las cosas que a Alicia se le ocurrían cuando empezaba con esa
frase
favorita de «juguemos a ser...» Tanto que ayer estuvo discutiendo
durante
largo rato con su hermana sólo porque Alicia había empezado
diciendo
«juguemos a que somos reyes y reinas»; y su hermana, a quien
le
gusta ser siempre muy precisa, le había replicado que cómo iban a
hacerlo
si entre ambas sólo podían jugar a ser dos, hasta que finalmente
Alicia
tuvo que zanjar la cuestión diciendo -Bueno, pues tu puedes ser
una
de las reinas, y yo seré todas las demás-. Y otra vez, le pegó un
susto
tremendo a su vieja nodriza cuando le gritó súbitamente al oído -
¡Aya!
¡Juguemos a que yo soy una hiena hambrienta y tu un jugoso
hueso!
Pero
todo esto nos está distrayendo del discurso de Alicia con su gatito:
-¡Juguemos
a que tu eres la Reina roja, minino! ¿Sabes?, creo que si te
sentaras
y cruzaras los brazos te parecerías mucho a ella. ¡Venga,
vamos
a intentarlo! Así me gusta... -Y Alicia cogió a la Reina roja de
encima
de la mesa y la colocó delante del gatito para que viera bien el
modelo
que había de imitar; sin embargo, ]a cosa no resultó bien,
principalmente
porque como dijo Alicia, el gatito no quería cruzarse de
brazos
en la forma apropiada. De manera que, para castigarlo, lo
levantó
para que se viera en el espejo y se espantara de la cara tan fea
que
estaba poniendo... -y si no empiezas a portarte bien desde ahora
mismo -añadió- te pasaré a través del cristal y te pondré en la casa del
espejo!
¿Cómo te gustaría eso?
-Ahora
que si me prestas atención, en lugar de hablar tanto, gatito, te
contaré
todas mis ideas sobre la casa del espejo. Primero, ahí está el
cuarto
que se ve al otro lado del espejo y que es completamente igual a
nuestro
salón, sólo que con todas las cosas dispuestas a la inversa...
todas
menos la parte que está justo del otro lado de la chimenea. ¡Ay,
cómo
me gustaría ver ese rincón! Tengo tantas ganas de saber si
también
ahí encienden el fuego en el invierno... en realidad, nosotros,
desde
aquí, nunca podremos saberlo, salvo cuando nuestro fuego
empieza
a humear, porque entonces también sale humo del otro lado, en
ese
cuarto... pero eso puede ser sólo un engaño para hacernos creer
que
también ellos tienen un fuego encendido ahí. Bueno, en todo caso,
sus
libros se parecen a los nuestros, pero tienen las palabras escritas al
revés:
y eso lo sé porque una vez levanté uno de los nuestros al espejo y
entonces
los del otro cuarto me mostraron uno de los suyos.
-¿Te
gustaría vivir en la casa del espejo, gatito? Me pregunto si te
darían
leche allí; pero a lo mejor la leche del espejo no es buena para
beber...
pero ¡ay, gatito, ahí está ya el corredor! Apenas si puede verse
un poquito del corredor de la casa del espejo, si se deja la puerta de
nuestro
salón abierta de par en par: y por lo que se alcanza a ver desde
aquí
se parece mucho al nuestro sólo que, ya se sabe, puede que sea
muy
diferente más allá. ¡Ay, gatito, qué bonito sería si pudiéramos
penetrar
en la casa del espejo! ¡Estoy segura que ha de tener la mar de
cosas
bellas! Juguemos a que existe alguna manera de atravesar el
espejo;
juguemos a que el cristal se hace blando como si fuera una gasa
de
forma que pudiéramos pasar a través. ¡¿Pero, cómo?! ¡¡Si parece
que
se está empañando ahora mismo y convirtiéndose en una especie
de
niebla!! ¡Apuesto a que ahora me sería muy fácil pasar a través! -
Mientras
decía esto, Alicia se encontró con que estaba encaramada
sobre
la repisa de la chimenea, aunque no podía acordarse de cómo
había
llegado hasta ahí. Y en efecto, el cristal del espejo se estaba
disolviendo,
deshaciéndose entre las manos de Alicia, como si fuera una
bruma
plateada y brillante.
Un
instante más y Alicia había pasado a través del cristal y saltaba con
ligereza
dentro del cuarto del espejo. Lo primero que hizo fue ver si
había
un fuego encendido en su chimenea y con gran satisfacción
comprobó
que, efectivamente, había allí uno, ardiendo tan
brillantemente
como el que había dejado tras de sí -De forma que estaré
aquí
tan calentita como en el otro cuarto -pensó Alicia- más caliente
aún,
en realidad, porque aquí no habrá quien me regañe por acercarme
demasiado
al fuego. ¡Ay, qué gracioso va a ser cuando me vean a través
del
espejo y no puedan alcanzarme!
Entonces
empezó a mirar atentamente a su alrededor y se percató de
que
todo lo que podía verse desde el antiguo salón era bastante
corriente
y de poco interés, pero que todo lo demás era sumamente
distinto.
Así, por ejemplo, los cuadros que estaban a uno y otro lado de
la
chimenea parecían estar llenos de vida y el mismo reloj que estaba
sobre
la repisa (precisamente aquel al que en el espejo sólo se le puede
ver
la parte de atrás) tenía en la esfera la cara de un viejecillo que la
miraba
sonriendo con picardía.
-Este
salón no lo tienen tan bien arreglado como el otro- pensó Alicia,
al
ver que varias piezas del ajedrez yacían desperdigadas entre las
cenizas
del hogar; pero al momento siguiente, y con un «¡ah!» de
sorpresa,
Alicia se agachó y a cuatro patas se puso a contemplarlas: y las
piezas
del ajedrez se estaban paseando por ahí de dos en dos!
-Ahí
están el Rey rojo y la Reina roja -dijo Alicia muy bajito por miedo
de
asustarlos, -y allá están el Rey blanco y la Reina blanca sentados
sobre
el borde de la pala de la chimenea... y por ahí van dos torres
caminando
del brazo... No creo que me puedan oír continuó Alicia- y
estoy
casi segura de que no me pueden ver. Siento como si en cierto
modo
me estuviera volviendo invisible.
En
ese momento algo que estaba sobre la mesa detrás de Alicia empezó
a
dar unos agudos chillidos; Alicia volvió la cabeza justo a tiempo para
ver
como uno de los peones blancos rodaba sobre la tapa e iniciaba una
notable
pataleta: lo observó con gran curiosidad para ver qué iba a
suceder
luego.
-¡Es
la voz de mi niña! -gritó la Reina blanca, mientras se abalanzaba
hacia
donde estaba su criatura, dándole al Rey un empellón tan violento
que
lo lanzó rodando por entre las cenizas. -¡Mi precioso lirio! ¡Mi
imperial
minina!- y empezó a trepar como podía por el guardafuegos de
la
chimenea.
-¡Necedades
imperiales!- bufó el Rey, frotándose la nariz que se había
herido
al caer y, desde luego, tenía derecho a estar algo irritado. con la
Reina
pues estaba cubierto de cenizas de pies a cabeza.
Alicia
estaba muy ansiosa por ser de alguna utilidad y como veía que a
la
pobre pequeña que llamaban Lirio estaba a punto de darle un ataque
a
fuerza de vociferar, se apresuró a auxiliar a la Reina; cogiéndola con lamano
y levantándola por los aires la situó sobre la mesa al lado de su
ruidosa
hijita.
La
Reina se quedó pasmada del susto: la súbita trayectoria por los aires
la
había dejado sin aliento y durante uno o dos minutos no pudo hacer
otra
cosa que abrazar silenciosamente a su pequeño Lirio. Tan pronto
hubo
recobrado el habla le gritó al Rey, que seguía sentado, muy
enfurruñado,
entre las cenizas -¡Cuidado con el volcán!
-¿Qué
volcán?- preguntó el Rey mirando con ansiedad hacia el fuego
de
la chimenea, como si pensara que aquel fuese el lugar más indicado
para
encontrar uno.
-Me...
lanzó... por... los aires- jadeó la Reina, que aún no había
recobrado
del todo el aliento. -Procura subir aquí arriba... por el
camino
de costumbre... ten cuidado... ¡No dejes que una explosión te
haga
volar por los aires!
Alicia
observó al Rey blanco mientras este trepaba trabajosamente de
barra
en barra por el guardafuegos, hasta que por fin le dijo -¡Hombre!
A
ese paso vas a tardar horas y horas en llegar encima de la mesa. ¿No
sería
mejor que te ayudase un poco?- pero el Rey siguió adelante sin
prestarle
la menor atención: era evidente que no podía ni oírla ni verla.
Así
pues, Alicia lo cogió muy delicadamente y lo levantó por el aire
llevándolo
hacia la mesa mucho más despacio de lo que había hecho
con
la Reina, para no sobresaltarlo; pero antes de depositarlo en ella
quiso
aprovechar para limpiarlo un poco pues estaba realmente cubierto
de
cenizas.
Más
tarde Alicia diría que nunca en toda su vida había visto una cara
como
la que puso el Rey entonces, cuando se encontró suspendido en
el
aire por una mano invisible que además le estaba quitando el polvo:
estaba
demasiado atónito para emitir sonido alguno, pero se le
desorbitaban
los ojos y se le iban poniendo cada vez más redondos
mientras
la boca se le abría más y más; a Alicia empezó a temblarle la
mano
de la risa que le estaba entrando de verlo así y estuvo a punto de
dejarlo
caer al suelo.
-¡Ay,
por Dios, no pongas esa cara, amigo! -exclamó olvidándose por
completo
de que el Rey no podía oírla.
-¡Me
estás haciendo reir de tal manera que apenas si puedo sostenerte
con
la mano! ¡Y no abras tanto la boca que se te va a llenar de
cenizas!...
¡Vaya! Ya parece que está bastante limpio -añadió mientras
le
alisaba los cabellos y lo depositaba al lado de la Reina.
El
Rey se dejó caer inmediatamente de espaldas y se quedó tan quieto
como
pudo; Alicia se alarmó entonces un poco al ver las consecuencias
de
lo que había hecho y se puso a dar vueltas por el cuarto para ver si
encontraba
un poco de agua para rociársela. Lo único que pudo
encontrar,
sin embargo, fue una botella de tinta y cuando volvió con ella
a
donde estaba el Rey se encontró con que ya se había recobrado y
estaba
hablando con la Reina; ambos susurraban atemorizados y tan
quedamente
que Alicia apenas si pudo oír lo que se decían.
El
Rey estaba entonces diciéndole a la Reina:
-¡Te
aseguro, querida, que se me helaron hasta las puntas de los
bigotes!
A
lo que la Reina le replicó:
-¡Pero
si no tienes ningún bigote!
-iNo
me olvidaré jamás, jamás -continuó el Rey- del horror de aquel
momento
espantoso!
-Ya
verás como sí lo olvidas -convino la Reina- si no redactas pronto un
memorandum
del suceso.
Alicia
observó con mucho interés cómo el Rey sacaba un enorme
cuaderno
de notas del bolsillo y empezaba a escribir en él. Se le ocurrió
entonces
una idea irresistible y cediendo a la tentación se hizo con el
extremo
del lápiz, que se extendía bastante más allá por encima del
hombro
del Rey, y empezó a obligarle a escribir lo que ella quería.
El
pobre Rey, poniendo cara de considerable desconcierto y
contrariedad,
intentó luchar con el lápiz durante algún tiempo sin decir
nada;
pero Alicia era demasiado fuerte para él y al final jadeó:
-¡Querida!
Me parece que no voy a tener más remedio que conseguir
un
lápiz menos grueso. No acabo de arreglármelas con este, que se
pone
a escribir toda clase de cosas que no responden a mi intención...
-¿Qué
clase de cosas! -interrumpió la Reina, examinando por encima el
cuaderno
(en el que Alicia había anotado el caballo blanco se está
deslizando
por el hierro de la chimenea. Su equilibrio deja mucho que
desear)-.
¡Eso no responde en absoluto a tus sentimientos!
Un
libro yacía sobre la mesa, cerca de donde estaba Alicia, y mientras
ésta
seguía observando de cerca al Rey (pues aún estaba un poco
preocupada
por él y tenía la tinta bien a mano para echársela encima
caso
de que volviera a darle otro soponcio) comenzó a hojearlo para
ver
si encontraba algún párrafo que pudiera leer, -...pues en realidad
parece
estar escrito en un idioma que no conozco- se dijo a sí misma.
Y
en efecto, decía así:
Durante
algún tiempo estuvo intentando descifrar este pasaje, hasta que
al
final se le ocurrió una idea luminosa:
-¡Claro!
¡Como que es un libro del espejo! Por tanto, si lo coloco
delante
del espejo las palabras se pondrán del derecho.
Y
este fue el poema que Alicia leyó entonces:
GALIMATAZO
Brillaba,
brumeando negro, el sol;
agiliscosos
giroscaban los limazones
banerrando
por las váparas lejanas;
mimosos
se fruncían los borogobios
mientras
el momio rantas murgiflaba.
¡Cuidate
del Galimatazo, hijo mío!
¡Guárdate
de los dientes que trituran
Y
de las zarpas gue desgarran!
¡Cuidate
del pájaro Jubo-Jubo y
que
no te agarre el frumioso Zamarrajo!
Valiente
empuñó el gladio vorpal;
a
la hueste manzona acometió sin descanso;
luego,
reposóse bajo el árbol del Tántamo
y
quedóse sesudo contemplando...
Y
asi, mientras cabilaba firsuto.
¡¡Hete
al Galimatazo, fuego en los ojos,
que
surge hedoroso del bosque turgal
y
se acerca raudo y borguejeando!!
¡Zis,
zas y zas! Una y otra vez
zarandeó
tijereteando el gladio vorpal!
Bien
muerto dejó al monstruo, y con su testa
¡volvióse
triunfante galompando!
¡¿Y
haslo muerto?! ¡¿Al Galimatazo?!
¡Ven
a mis brazos, mancebo sonrisor!
¡Qué
fragarante día! ¡Jujurujúu! ¡Jay, jay!
Carcajeó,
anegado de alegria.
Pero
brumeaba ya negro el sol
agiliscosos
giroscaban los limazones
banerrando
por las váparas lejanas,
mimosos
se fruncian los borogobios
mientras
el momio rantas necrofaba...
-Me
parece muy bonito -dijo Alicia cuando lo hubo terminado-, sólo
que
es algo difícil de comprender (como veremos a Alicia no le gustaba
confesar,
y ni siquiera tener que reconocer ella sola, que no podía
encontrarle
ni pies ni cabeza al poema). Es como si me llenara la cabeza
de
ideas, ¡sólo que no sabría decir cuáles son! En todo caso, lo que sí
está
claro es que alguien ha matado a algo...
-Pero
¡ay! ¡Si no me doy prisa voy a tener que volverme por el espejo
antes
de haber podido ver cómo es el resto de esta casa! ¡Vayamos
primero
a ver el jardín!
Salió
del cuarto como una exhalación y corrió escaleras abajo...
aunque,
pensándolo bien, no es que corriera, sino que parecía como si
hubiese
inventado una nueva manera de descender veloz y rápidamente
por
la escalera, como se dijo Alicia a sí misma: le bastaba con apenas
apoyar
la punta de los dedos sobre la barandilla para flotar suavemente
hacia
abajo sin que sus pies siquiera tocaran los escalones. Luego, flotó
por
el vestíbulo y habría continuado, saliendo despedida por la puerta
del
jardín, si no se hubiera agarrado a la jamba. Tanto flotar la estaba
mareando,
un poco, así que comprobó con satisfacción que había
comenzado
a andar de una manera natural.
2.
EL
JARDIN DE LAS FLORES VIVAS
-Veré
mucho mejor cómo es el jardín -se dijo Alicia- si puedo subir a la
cumbre
de aquella colina; y aqui veo un sendero que conduce derecho
allá
arriba...; bueno, lo que es derecho, desde luego no va... -aseguró
cuando
al andar unos cuantos metros se encontró con que daba toda
clase
de vueltas y revueltas- ...pero supongo que llegaría allá arriba al
final.
Pero ¡qué de vueltas no dará este camino! ¡Ni que fuera un
sacacorchos!
Bueno, al menos por esta curva parece que se va en
dirección
a la colina. Pero no, no es así. ¡Por aquí vuelvo derecho a la
casa!
Bueno, probaré entonces por el otro lado.
Y
así lo hizo, errando de un lado para otro, probando por una curva y
luego
por otra; pero siempre acababa frente a la casa, hiciera lo que
hiciese.
Incluso una vez, al doblar una esquina con mayor rapidez que
las
otras, se dio contra la pared antes de que pudiera detenerse.
-De
nada le valdrá insistir -dijo Alicia, mirando a la casa como si ésta
estuviese
discutiendo con ella-. Desde luego que no pienso volver allá
dentro
ahora, porque sé que si lo hiciera tendría que cruzar el espejo...
volver
de nuevo al cuarto y... ¡ahí se acabarían mis aventuras!
De
forma que con la mayor determinación volvió la espalda a la casa e
intentó
nuevamente
alejarse por el sendero, decidida a continuar en esa
dirección
hasta llegar a la colina. Durante algunos minutos todo parecía
estar
saliéndole bien y estaba precisamente diciéndose -esta vez sí que
lo
logro- cuando de pronto el camino torció repentinamente, con una
sacudida,
como lo describió Alicia más tarde, y al momento se encontró
otra
vez andando derecho hacia la puerta.
-Pero
¡qué lata! -exclamó-. ¡Nunca he visto en toda mi vida una casa
que
estuviese tanto en el camino de una! ¡Qué estorbo!
Y
sin embargo, ahí estaba la colina, a plena vista de Alicia; de forma
que
no le cabía otra cosa que empezar de nuevo. Esta vez, el camino la
llevó
hacia un gran macizo de flores, bordeado de margaritas, con un
guayabo
plantado en medio.
-¡Oh,
lirio irisado! -dijo Alicia, dirigiéndose hacia una flor de esa
especie
que se mecía dulcemente con la brisa-. ¡Cómo me gustaría que
pudieses
hablar!
-¡Pues
claro que podemos hablar! -rompió a decir el lirio-, pero sólo lo
hacemos
cuando hay alguien con quien valga la pena de hacerlo.
Alicia
se quedó tan atónita que no pudo decir ni una palabra durante
algún
rato: el asombro la dejó sin habla. Al final, y como el lirio sólo
continuaba
meciéndose suavemente, se decidió a decirle con una voz
muy
tímida, casi un susurro:
-¿Y
pueden hablar también las demás flores?
Tan
bien como tú -replicó el iris-, y desde luego bastante más alto que
tú.
-Por
cortesía no nos corresponde a nosotras hablar primero, ¿no es
verdad?
-dijo la rosa-. pero ya me estaba yo preguntando cuándo ibas
a
hablar de una vez, pues me decía: «por la cara que tiene, a esta chica
no
debe faltarle el seso, aunque no parezca tampoco muy inteligente».
De
todas formas tienes el color adecuado y eso es, después de todo, lo
que
más importa.
-A
mí me trae sin cuidado el color que tenga -observó el lirio-. Lo que
es
una lástima es que no tenga los pétalos un poco más ondulados, pues
estaría
mucho mejor.
A
Alicia no le estaba gustando tanta crítica, de forma que se puso a
preguntarles
cosas:
-¿A
vosotras no os da miedo estar plantadas aquí solas sin nadie que os
cuide?
-Para
eso está ahí en medio el árbol -señaló la rosa-. ¿De qué serviría si
no?
-Pero
¿qué podría hacer en un momento de peligro? -continuó
preguntando
Alicia.
-Podría
ladrar -contestó la rosa.
¡Ladra
«guau, guau»! -exclamó una margarita-, por eso lo llaman
«guayabo».
-¡¿No
sabías eso?! -exclamó otra margarita, y empezaron todas a
vociferar
a la vez, armándose un guirigay ensordecedor de vocecitas
agudas.
-¡A
callar todas vosotras! -les gritó el lirio irisado, dando cabezadas
apasionadamente
de un lado para otro y temblando de vehemencia-.
¡Saben
que no puedo alcanzarlas! -jadeó muy excitado, inclinando su
cabeza
hacia Alicia, que si no ya verían lo que es bueno!
-No
te importe -le dijo Alicia conciliadoramente, para tranquilizarlo.
E
inclinándose sobre las margaritas, que estaban precisamente
empezando
otra vez a vociferar, les susurró:
-Si
no os calláis de una vez ¡os arranco a todas!
En
un instante se hizo el silencio y algunas de las margaritas rosadas se
pusieron
lívidas.
-¡Así
me gusta! -aprobó el lirio-. ¡Esas margaritas son las peores!
¡Cuando
uno se pone a hablar, rompen todas a chillar a la vez de una
forma
tal que es como para marchitarse!
-¿Y
cómo es que podéis hablar todas tan bonitamente? -preguntó
Alicia,
esperando poner al lirio de buen humor con el halago-. He
estado
en muchos jardines antes de este, pero en ninguno en que las
flores
pudiesen hablar.
-Coloca
la palma de la mano sobre el lecho de tierra de nuestro macizo,
-le
ordenó el lirio- y entonces comprenderás por qué.
Así
lo hizo Alicia.
-Está
muy dura la tierra de este lecho -comentó-, pero aún así no veo
qué
tiene que ver eso.
-En
la mayor parte de los jardines -explicó el lirio- los lechos de tierra
son
tan muelles... que se amodorran las flores.
Eso
le pareció a Alicia una razón excelente y se quedó muy complacida
de
conocerla.
¡Nunca
lo habría pensado! -comentó admirada.
En
mi opinión, tú nunca has pensado en nada -sentenció la rosa con
alguna
severidad.
-Nunca
vi a nadie que tuviera un aspecto más estúpido -dijo una violeta
de
una manera tan súbita que Alicia dio un respingo, pues hasta ese
momento
no había dicho ni una palabra.
-¡A
callar! -le gritó el lirio irisado-. ¡Como si tú vieras alguna vez a
alguien!
Con la cabeza siempre tan disimulada entre las hojas, ¡estás
siempre
roncando y te enteras de lo que pasa en el mundo menos que
un
capullo!
-¿Por
casualidad hay alguna otra persona como yo en el jardín? -
preguntó
Alicia, prefiriendo no darse por enterada del comentario de la
rosa.
-Pues
hay otra flor que se mueve por el jardín como tú -le contestó
ésta-.
Me pregunto ¿cómo os la arregláis?
-Siempre
te estás preguntando algo -rezongó el lirio irisado.
Continuó
la violeta:
-Pero
tiene una corola más tupida que la tuya.
-¿Se
parece a mí? -preguntó Alicia con mucha viveza, pues le pasaba
por
la mente la idea de que ¡a lo mejor hubiera otra niña como ella en
aquel
jardín!
Bueno,
la otra tiene un cuerpo tan mal hecho como el tuyo -explicó la
rosa-,
pero es más encarnada... y con pétalos algo más cortos, me
parece...
-Los
tiene bien recogidos, como los de una dalia -añadió el lirio irisado-
,
no cayendo desordenadamente, como los tuyos.
-Pero
ya sabemos que no es por culpa tuya -interpuso generosamente
la
rosa-. Ya vemos que te estás empezando a ajar y cuando eso pasa,
ya
se sabe, no se puede evitar que se le desordenen a una un poco los
pétalos.
A
Alicia no le gustaba nada esa idea, de forma que para cambiar el
tema
de la conversación continuó preguntando:
-¿Y
viene por aquí alguna vez?
-Estoy
segura de que la verás dentro de poco -le aseguró la rosa-. Es
de
esa clase que lleva nueve puntas, ya sabes.
-Y
¿dónde las lleva! -preguntó Alicia con alguna curiosidad.
-Pues
alrededor de la cabeza, naturalmente -replicó la rosa-. Me estaba
preguntando
precisamente por qué será que no tienes tú unas cuantas
también.
Creía que así es como debía ser por regla general.
-¡Ahí
viene! -gritó una espuela de caballero-. Oigo sus pasos, pum,
pum,
avanzando por la gravilla del sendero.
Alicia
miró ansiosamente a su alrededor y se encontró con que era la
Reina
roja.
-¡Pues
sí que ha crecido!- fue su primera observación; pues, en efecto,
cuando
Alicia la vio por primera vez entre las cenizas de la chimenea no
tendría
más de tres pulgadas de altura... y ahora, ¡hétela aquí con media
cabeza
más que la misma Alicia!
-Eso
se lo debe al aire fresco -explicó la rosa-, a este aire maravilloso
que
tenemos aquí afuera.
-Creo
que iré a su encuentro -dijo Alicia, porque aunque las flores
tenían
ciertamente su interés, le pareció que le traería mucha más cuenta
conversar
con una auténtica reina.
-Así
no lo lograrás nunca -le señaló la rosa- Si me lo preguntaras a mí,
te
aconsejaría que intentases andar en dirección contraria.
Esto
le pareció a Alicia una verdadera tontería, de forma que sin
dignarse
a responder nada se dirigió al instante hacia la Reina. No bien
lo
hubo hecho, y con gran sorpresa por su parte, la perdió de vista
inmediatamente
y se encontró caminando nuevamente en dirección a la
puerta
de la casa.
Con
no poca irritación deshizo el camino recorrido y después de buscar
a
la Reina por todas partes (acabó vislumbrándola a buena distancia de
ella)
pensó que esta vez intentaría seguir el consejo de la rosa,
caminando
en dirección contraria.
Esto
le dio un resultado excelente, pues apenas hubo intentado alejarse
durante
cosa de un minuto, se encontró cara a cara con la Reina roja y
además
a plena vista de la colina que tanto había deseado alcanzar.
-¿De
dónde vienes? -le preguntó la Reina- y ¿adónde vas? Mírame a
los
ojos, habla con tino y no te pongas a juguetear con los dedos.
Alicia
observó estas tres advertencias y explicó lo mejor que pudo que
había
perdido su camino.
-No
comprendo qué puedes pretender con eso de tu camino contestó
la
Reina-, porque todos los caminos de por aquí me pertenecen a mí...;
pero,
en todo caso -añadió con tono más amable-, ¿qué es lo que te ha
traído
aquí?. Y haz el favor de hacerme una reverencia mientras piensas
lo
que vas a contestar: así ganas tiempo para pensar.
Alicia
se quedo algo intrigada por esto último, pero la Reina la tenía
demasiado
impresionada como para atreverse a poner reparos a lo que
decía.
-Probaré
ese sistema cuando vuelva a casa -pensó-, a ver qué resultado
me
da la próxima vez que llegue tarde a cenar.
-Es
tiempo de que contestes a mi pregunta -declaró la Reina roja
mirando
su reloj-. Abre bien la boca cuando hables y dirígete a mí
diciendo
siempre «Su Majestad».
-Sólo
quería ver cómo era este jardín, así plazca a Su Majestad...
-¡Así
me gusta! -declaró la Reina dándole unas palmaditas en la cabeza,
que
a Alicia no le gustaron nada- aunque cuando te oigo llamar a esto
«jardín»...
¡He visto jardines a cuyo lado esto no parecería más que un
erial!
Alicia
no se atrevió a discutir esta afirmación, sino que siguió
explicando:
-...y
pensé que valdría la pena de subir por este camino, para llegar a la
cumbre
de aquella colina...
-Cuando
te oigo llamar «colina» a aquello... ¡Podría enseñarte montes a
cuyo
lado esa sólo parecería un valle!
-Eso
sí que no lo creo -dijo Alicia, sorprendida de encontrarse nada
menos
que contradiciendo a la Reina-. Una colina no puede ser un valle,
ya
sabe, por muy pequeña que sea; eso sería un disparate...
La
Reina roja negó con la cabeza:
-Puedes
considerarlo un disparate, si quieres -dijo-, ¡pero yo te digo
que
he oído disparates a cuyo lado éste tendría más sentido que todo un
diccionario!
Alicia
le hizo otra reverencia, pues el tono con que había dicho esto le
hizo
temer que estuviese un poquito ofendida; y así caminaron en
silencio
hasta que llegaron a la cumbre del montecillo.
Durante
algunos minutos Alicia permaneció allí sin decir palabra,
mirando
el campo en todas direcciones...
¡Y
qué campo más raro era aquel! Una serie de diminutos arroyuelos lo
surcaban
en línea recta de lado a lado y las franjas de terreno que
quedaban
entre ellos estaban divididas a cuadros por unos pequeños
setos
vivos que iban de orilla a orilla.
-¡Se
diría que está todo trazado como sí fuera un enorme tablero de
ajedrez -dijo Alicia al fin-. Debiera de haber algunos hombres
moviéndose
por algún lado... y ¡ahí están! -añadió alborozada, y el
corazón
empezó a latirle con fuerza a medida que iba percatándose de
todo-.
¡Están jugando una gran partida de ajedrez! ¡El mundo entero en
un
tablero!..., bueno, siempre que estemos realmente en el mundo, por supuesto.
¡Qué divertido es todo esto! ¡Cómo me gustaría estar
jugando
yo también! ¡Como que no me importaría ser un peón con tal
de
que me dejaran jugar...! Aunque, claro está, que preferiría ser una
reina.
Al
decir esto, miró con cierta timidez a la verdadera Reina, pero su
compañera
sólo sonrió amablemente y dijo:
-Pues
eso es fácil de arreglar. Si quieres, puedes ser el peón de la Reina
blanca,
porque su pequeña, Lirio, es demasiado niña para jugar; ya
sabes
que has de empezar a jugar desde la segunda casilla; cuando
llegues
a la octava te convertirás en una Reina... -pero precisamente en
este
momento, sin saber muy bien cómo, empezaron a correr desaladas.
Alicia
nunca pudo explicarse, pensándolo luego, cómo fue que empezó
aquella
carrera; todo lo que recordaba era que corrían cogidas de la
mano
y de que la Reina corría tan velozmente que eso era lo único que
podía
hacer Alicia para no separarse de ella; y aún así la Reina no hacía
más
que jalearla gritándole: «¡Más rápido, más rápido!» Y aunque
Alicia
sentía que simplemente no podía correr más velozmente, le
faltaba
el aliento para decírselo.
Lo
más curioso de todo es que los árboles y otros objetos que estaban
alrededor
de ellas nunca variaban de lugar: por más rápido que
corrieran
nunca lograban pasar un solo objeto.
«-¿Será
que todas las cosas se mueven con nosotras?» -se preguntó la
desconcertada
Alicia.
Y
la Reina pareció leerle el pensamiento, pues le gritó: -¡Más rápido!
¡No
trates de hablar!
Y
no es que Alicia estuviese como para intentarlo, sentía como si no fuera
a poder hablar nunca más en toda su vida, tan sin aliento se sentía.
Y
aún así la Reina continuaba jaleándola:
-¡Más!
¡Más rápido! -y la arrastraba en volandas.
-¿Estamos
llegando ya? -se las arregló al fin Alicia para preguntar.
-¿Llegando
ya? -repitió la Reina-. ¡Pero si ya lo hemos dejado atrás
hace
más de diez minutos! ¡Más rápido! -y continuaron corriendo
durante
algún rato más, en silencio y a tal velocidad que el aire le silbaba
a
Alicia en los oídos y parecía querer arrancarle todos los pelos de la
cabeza,
o así al menos le pareció a Alicia.
-¡Ahora,
ahora! -gritó la Reina-. ¡Más rápido, más rápido!
Y
fueron tan rápido que al final parecía como si estuviesen deslizándose
por
los aires, sin apenas tocar el suelo con los pies; hasta que de
pronto,
cuando Alicia ya creía que no iba a poder más, pararon y se
encontró
sentada en el suelo, mareada y casi sin poder respirar.
La
Reina la apoyó contra el tronco de un árbol y le dijo amablemente:
-Ahora
puedes descansar un poco.
Alicia
miró alrededor suyo con gran sorpresa.
-Pero
¿cómo? ¡Si parece que hemos estado bajo este árbol todo el
tiempo!
¡Todo está igual que antes!
-¡Pues
claro que sí! -convino la Reina-. Y ¿cómo si no?
-Bueno,
lo que es en mi país -aclaró Alicia, jadeando aún bastante cuando
se
corre tan rápido como lo hemos estado haciendo y durante
algún
tiempo, se suele llegar a alguna otra parte...
-¡Un
país bastante lento! -replicó la Reina-. Lo que es aquí, como ves,
hace
falta correr todo cuanto una pueda para permanecer en el mismo
sitio.
Si se quiere llegar a otra parte hay que correr por lo menos dos
veces
más rápido.
-No,
gracias; no me gustaría intentarlo -rogó Alicia-; estoy muy a gusto
aquí...
sólo que estoy tan acalorada y tengo tanta sed...
-¡Ya
sé lo que tú necesitas! -declaró la Reina de buen grado, sacándose
una
cajita del bolsillo-. ¿Te apetece una galleta?
A
Alicia le pareció que no sería de buena educación decir que no,
aunque
no era en absoluto lo que hubiese querido en aquel momento.
Así
que aceptó el ofrecimiento y se comió la galleta tan bien como
pudo,
¡y qué seca estaba! ¡No creía haber estado tan a punto de
ahogarse
en todos los días de su vida!
-Bueno,
mientras te refrescas -continuó la Reina-, me dedicaré a señalar
algunas
distancias.
Y
sacando una cinta de medir del bolsillo empezó a jalonar el terreno,
colocando
unos taquitos de madera, a modo de mojones, por aquí y
por
allá.
-Cuando
haya avanzado dos metros -dijo, colocando un piquete para
marcar
esa distancia- te daré las instrucciones que habrás de seguir...
¿Quieres
otra galleta?
-¡Ay,
no, gracias! -contestó Alicia-. Con una tengo más que suficiente.
-Se
te ha quitado la sed, entonces, ¿eh? -comentó la Reina.
Alicia
no supo qué contestar a esto, pero afortunadamente no parecía
que
la Reina esperase una respuesta, pues continuó diciendo:
-Cuando
haya avanzado tres metros, te las repetiré, no vaya a ser que
se
te olviden. Cuando llegue al cuarto, te diré «adiós». Y cuando haya
pasado
el quinto, ¡me marcharé!
Para
entonces la Reina tenia ya colocados todos los piquetes en su sitio;
Alicia
siguió con mucha atención cómo volvía al árbol y empezaba a
caminar
cuidadosamente por la hilera marcada.
Al
llegar al piquete que marcaba los dos metros se volvió y dijo:
-Un
peón puede avanzar dos casillas en su primer movimiento, ya
sabes.
De forma que irás muy de prisa través de la tercera casilla...
supongo
que lo harás en tren... y te encontrarás en la cuarta antes de
muy
poco tiempo. Bueno, esa casilla es de Tweedledum y
Tweedledee...
En la quinta casilla casi no hay más que agua... La sexta
pertenece
a Humpty Dumpty... pero ¿no dices nada?
-Yo...
yo no sabía que tuviese que decir nada... por ahora... -vaciló
intimidada
Alicia.
-Pues
debías haber dicho -regañó la Reina con tono bien severo- «Pero ¡qué
amable es usted en decirme todas estas cosas»... Bueno,
supondremos
que lo has dicho... La séptima casilla es toda ella un
bosque...
pero uno de los caballos te indicará el camino... y en la octava
¡seremos
reinas todas juntas y todo serán fiestas y ferias!
Alicia
se puso en pie, hizo una reverencia y volvió a sentarse de nuevo.
Al
llegar al siguiente piquete, la Reina se volvió de nuevo y esta vez le
dijo:
-Habla
en francés cuando no te acuerdes de alguna palabra en
castellano...
acuérdate bien de andar con las puntas de los pies hacia
afuera...
y ¡no te olvides nunca de quién eres!
Esta
vez no esperó a que Alicia le hiciera otra reverencia, sino que
caminó
ligera hacia el próximo piquete, donde se volvió un momento
para
decirle «adiós» y se apresuró a continuar hacia el último.
Alicia
nunca supo cómo sucedió, pero la cosa es que precisamente
cuando
la Reina llegó al último piquete, desapareció. Sea porque se
había
desvanecido en el aire, sea porque había corrido rápidamente
dentro
del bosque (-Y vaya que si puede correr -pensó Alicia) no había
manera
de adivinarlo; pero el hecho es que había desaparecido y Alicia
se
acordó de que ahora era un peón y que pronto le llegaría el momento
de
avanzar.