ALICIA A TRAVÉS DEL ESPEJO

Lewis Carrol

 

capítulos 3-4 capítulos 5-6 capítulos 7-8

 

 

1.LA CASA DEL ESPEJO

Desde luego hay una cosa de la que estamos bien seguros y es que el gatito blanco no tuvo absolutamente nada que ver con todo este enredo... fue enteramente culpa del gatito negro. En efecto, durante el último cuarto de hora, la vieja gata había sometido al minino blanco a una operación de aseo bien rigurosa (y hay que reconocer que la estuvo aguantando bastante bien); así que está bien claro que no pudo éste ocasionar el percance.

La manera en que Dina les lavaba la cara a sus mininos sucedía de la siguiente manera: primero sujetaba firmemente a la víctima con un pata y luego le pasaba la otra por toda la cara, sólo que a contrapelo, empezando por la nariz: y en este preciso momento, como antes decía, estaba dedicada a fondo al gatito blanco, que se dejaba hacer casi sin moverse y aún intentando ronronear... sin duda porque pensaba que todo aquello se lo estarían haciendo por su bien.

Pero el gatito negro ya lo había despachado Dina antes aquella tarde y así fue como ocurrió que, mientras Alicia estaba acurrucada en el rincón de una gran butaca, hablando consigo misma entre dormida y despierta, aquel minino se había estado desquitando de los sinsabores sufridos, con las delicias de una gran partida de pelota a costa del ovillo de lana que Alicia había estado intentando devanar y que ahora había rodado tanto de un lado para otro que se había deshecho todo y corría, revuelto en nudos y marañas, por toda la alfombra de la chimenea, con el gatito en medio dando carreras tras su propio rabo.

-¡Ay, pero qué malísima que es esta criatura!- exclamó Alicia agarrando al gatito y dándole un besito para que comprendiera que había caído en desgracia. -¡Lo que pasa es que Dina debiera de enseñarles mejores modales! ¡Sí señora, debieras haberlos educado mejor, Dina! ¡Y además creo que lo sabes! añadió dirigiendo una mirada llena de reproches a la vieja gata y hablándole tan severamente como podía... y entonces se encaramó en su butaca llevando consigo al gatito y el cabo del hilo de lana para empezar a devanar el ovillo de nuevo. Pero no avanzaba demasiado de prisa ya que no hacía más que hablar, a veces con el minino y otras consigo misma. El gatito se acomodó, muy comedido, sobre su regazo pretendiendo seguir con atención el progreso del devanado, extendiendo de vez en cuando una patita para tocar muy delicadamente el ovillo; como si quisiera echarle una mano a Alicia en su trabajo.

-¿Sabes qué día será mañana? -empezó a decirle Alicia-. Lo sabrías si te hubieras asomado a la ventana conmigo... sólo que como Dina te estaba lavando no pudiste hacerlo. Estuve viendo cómo los chicos reunían leña para la fogata... ¡y no sabes la de leña que hace falta, minino! Pero hacía tanto frío y nevaba de tal manera que tuvieron que dejarlo. No te preocupes, gatito, que ya veremos la hoguera mañana!

Al llegar a este punto, a Alicia se le ocurrió darle dos o tres vueltas de lana alrededor del cuello al minino, para ver cómo le quedaba, y esto produjo tal enredo que el ovillo se le cayó de las manos y rodó por el suelo dejando tras de sí metros y metros desenrollados.

-¿Sabes que estoy muy enojada contigo, gatito? -continuó Alicia cuando pudo acomodarse de nuevo en la butaca-, cuando vi todas las picardías que habías estado haciendo estuve a punto de abrir la ventana y ponerte fuera de patitas en la nieve! ¡Y bien merecido que te lo tenías, desde luego, amoroso picarón! A ver, ¿qué vas a decir ahora para que no te dé? ¡No me interrumpas! -le atajó en seguida Alicia, amenazándole con el dedo-: ¡voy a enumerarte todas tus faltas! Primera: chillaste dos veces mientras Dina te estaba lavando la cara esta mañana; no pretenderás negarlo, so fresco, que bien que te oí! ¿Qué es eso que estás diciendo? (haciendo como que oía lo que el gatito le decía) ¿que si te metió la pata en un ojo? Bueno, pues eso también fue por tu culpa, por no cerrar bien el ojo... si no te hubieses empeñado en tenerlo abierto no te habría pasado nada, ¡ea! ¡Y basta ya de excusas: escúchame bien! Segunda falta: cuando le puse a Copito de nieve su platito de leche, fuiste y la agarraste por la cola para que no pudiera bebérsela. ¿Como?, ¿que tenías mucha sed?, bueno, ¿y acaso ella no? ¡Y ahora va la tercera: desenrollaste todo un ovillo de lana cuando no estaba mirando!

-¡Van ya tres faltas y todavía no te han castigado por ninguna! Bien sabes que te estoy reservando todos los castigos para el miércoles de la próxima semana... ¿Y qué pasaría si me acumularan a mi todos mis castigos, -continuó diciendo, hablando más consigo misma que con el minino, -qué no me harían a fin de año? No tendrían más remedio que mandarme a la cárcel supongo, el día que me tocaran todos juntos. O si no, veamos... supongamos que me hubieran castigado cada vez a quedarme sin cenar; entonces cuando llegara el terrible día en que me tocara cumplir todos los castigos ¡me tendría que quedar sin cenar cincuenta comidas! Bueno, no creo que eso me importe tantísimo. ¡Lo prefiero a tener que comérmelas todas de una vez!

-¿Oyes la nieve golpeando sobre los cristales de la ventana, gatito? ¡Qué sonido más agradable y más suave! Es como si estuvieran dándole besos al cristal por fuera. Me pregunto si será por amor por lo que la nieve besa tan delicadamente a los árboles y a los campos, cubriéndolos luego, por decirlo así, con su manto blanco; y quizá les diga también «dormid ahora, queridos, hasta que vuelva de nuevo el verano»; y cuando se despiertan al llegar el verano, gatito, se visten todos de verde y danzan ligeros... siempre al vaivén del viento. ¡Ay, qué cosas más bonitas estoy diciendo! -exclamó Alicia, dejando caer el ovillo para batir palmas, -¡Y cómo me gustaría que fuese así de verdad! ¡Estoy segura de que los bosques tienen aspecto somnoliento en el otoño, cuando las hojas se les ponen doradas!

-Gatito ¿sabes jugar al ajedrez? ¡Vamos, no sonrías, querido, que te lo estoy preguntando en serio! Porque cuando estábamos jugando hace un ratito nos estabas mirando como si de verdad comprendieras el juego; y cuando yo dije «jaque» ¡te pusiste a ronronear! Bueno, después de todo aquel jaque me salió bien bonito... y hasta creo que habría ganado si no hubiera sido por ese perverso alfil que descendió cimbreándose por entre mis piezas. Minino, querido, juguemos a que tú eres... y al llegar a este punto me gustaría contaros aunque sólo fuera la mitad de todas las cosas que a Alicia se le ocurrían cuando empezaba con esa frase favorita de «juguemos a ser...» Tanto que ayer estuvo discutiendo durante largo rato con su hermana sólo porque Alicia había empezado diciendo «juguemos a que somos reyes y reinas»; y su hermana, a quien le gusta ser siempre muy precisa, le había replicado que cómo iban a hacerlo si entre ambas sólo podían jugar a ser dos, hasta que finalmente Alicia tuvo que zanjar la cuestión diciendo -Bueno, pues tu puedes ser una de las reinas, y yo seré todas las demás-. Y otra vez, le pegó un susto tremendo a su vieja nodriza cuando le gritó súbitamente al oído -

¡Aya! ¡Juguemos a que yo soy una hiena hambrienta y tu un jugoso hueso!

Pero todo esto nos está distrayendo del discurso de Alicia con su gatito:

-¡Juguemos a que tu eres la Reina roja, minino! ¿Sabes?, creo que si te sentaras y cruzaras los brazos te parecerías mucho a ella. ¡Venga, vamos a intentarlo! Así me gusta... -Y Alicia cogió a la Reina roja de encima de la mesa y la colocó delante del gatito para que viera bien el modelo que había de imitar; sin embargo, ]a cosa no resultó bien, principalmente porque como dijo Alicia, el gatito no quería cruzarse de brazos en la forma apropiada. De manera que, para castigarlo, lo levantó para que se viera en el espejo y se espantara de la cara tan fea que estaba poniendo... -y si no empiezas a portarte bien desde ahora mismo -añadió- te pasaré a través del cristal y te pondré en la casa del espejo! ¿Cómo te gustaría eso?

-Ahora que si me prestas atención, en lugar de hablar tanto, gatito, te contaré todas mis ideas sobre la casa del espejo. Primero, ahí está el cuarto que se ve al otro lado del espejo y que es completamente igual a nuestro salón, sólo que con todas las cosas dispuestas a la inversa... todas menos la parte que está justo del otro lado de la chimenea. ¡Ay, cómo me gustaría ver ese rincón! Tengo tantas ganas de saber si también ahí encienden el fuego en el invierno... en realidad, nosotros, desde aquí, nunca podremos saberlo, salvo cuando nuestro fuego empieza a humear, porque entonces también sale humo del otro lado, en ese cuarto... pero eso puede ser sólo un engaño para hacernos creer que también ellos tienen un fuego encendido ahí. Bueno, en todo caso, sus libros se parecen a los nuestros, pero tienen las palabras escritas al revés: y eso lo sé porque una vez levanté uno de los nuestros al espejo y entonces los del otro cuarto me mostraron uno de los suyos.

-¿Te gustaría vivir en la casa del espejo, gatito? Me pregunto si te darían leche allí; pero a lo mejor la leche del espejo no es buena para beber... pero ¡ay, gatito, ahí está ya el corredor! Apenas si puede verse un poquito del corredor de la casa del espejo, si se deja la puerta de nuestro salón abierta de par en par: y por lo que se alcanza a ver desde aquí se parece mucho al nuestro sólo que, ya se sabe, puede que sea muy diferente más allá. ¡Ay, gatito, qué bonito sería si pudiéramos penetrar en la casa del espejo! ¡Estoy segura que ha de tener la mar de cosas bellas! Juguemos a que existe alguna manera de atravesar el espejo; juguemos a que el cristal se hace blando como si fuera una gasa de forma que pudiéramos pasar a través. ¡¿Pero, cómo?! ¡¡Si parece que se está empañando ahora mismo y convirtiéndose en una especie de niebla!! ¡Apuesto a que ahora me sería muy fácil pasar a través! - Mientras decía esto, Alicia se encontró con que estaba encaramada sobre la repisa de la chimenea, aunque no podía acordarse de cómo había llegado hasta ahí. Y en efecto, el cristal del espejo se estaba disolviendo, deshaciéndose entre las manos de Alicia, como si fuera una bruma plateada y brillante.

Un instante más y Alicia había pasado a través del cristal y saltaba con ligereza dentro del cuarto del espejo. Lo primero que hizo fue ver si había un fuego encendido en su chimenea y con gran satisfacción comprobó que, efectivamente, había allí uno, ardiendo tan brillantemente como el que había dejado tras de sí -De forma que estaré aquí tan calentita como en el otro cuarto -pensó Alicia- más caliente aún, en realidad, porque aquí no habrá quien me regañe por acercarme demasiado al fuego. ¡Ay, qué gracioso va a ser cuando me vean a través del espejo y no puedan alcanzarme!

Entonces empezó a mirar atentamente a su alrededor y se percató de que todo lo que podía verse desde el antiguo salón era bastante corriente y de poco interés, pero que todo lo demás era sumamente distinto. Así, por ejemplo, los cuadros que estaban a uno y otro lado de la chimenea parecían estar llenos de vida y el mismo reloj que estaba sobre la repisa (precisamente aquel al que en el espejo sólo se le puede ver la parte de atrás) tenía en la esfera la cara de un viejecillo que la miraba sonriendo con picardía.

-Este salón no lo tienen tan bien arreglado como el otro- pensó Alicia, al ver que varias piezas del ajedrez yacían desperdigadas entre las cenizas del hogar; pero al momento siguiente, y con un «¡ah!» de sorpresa, Alicia se agachó y a cuatro patas se puso a contemplarlas: y las piezas del ajedrez se estaban paseando por ahí de dos en dos!

-Ahí están el Rey rojo y la Reina roja -dijo Alicia muy bajito por miedo de asustarlos, -y allá están el Rey blanco y la Reina blanca sentados sobre el borde de la pala de la chimenea... y por ahí van dos torres caminando del brazo... No creo que me puedan oír continuó Alicia- y estoy casi segura de que no me pueden ver. Siento como si en cierto modo me estuviera volviendo invisible.

En ese momento algo que estaba sobre la mesa detrás de Alicia empezó a dar unos agudos chillidos; Alicia volvió la cabeza justo a tiempo para ver como uno de los peones blancos rodaba sobre la tapa e iniciaba una notable pataleta: lo observó con gran curiosidad para ver qué iba a suceder luego.

-¡Es la voz de mi niña! -gritó la Reina blanca, mientras se abalanzaba hacia donde estaba su criatura, dándole al Rey un empellón tan violento que lo lanzó rodando por entre las cenizas. -¡Mi precioso lirio! ¡Mi imperial minina!- y empezó a trepar como podía por el guardafuegos de la chimenea.

-¡Necedades imperiales!- bufó el Rey, frotándose la nariz que se había herido al caer y, desde luego, tenía derecho a estar algo irritado. con la Reina pues estaba cubierto de cenizas de pies a cabeza.

Alicia estaba muy ansiosa por ser de alguna utilidad y como veía que a la pobre pequeña que llamaban Lirio estaba a punto de darle un ataque a fuerza de vociferar, se apresuró a auxiliar a la Reina; cogiéndola con la mano y levantándola por los aires la situó sobre la mesa al lado de su ruidosa hijita.

La Reina se quedó pasmada del susto: la súbita trayectoria por los aires la había dejado sin aliento y durante uno o dos minutos no pudo hacer otra cosa que abrazar silenciosamente a su pequeño Lirio. Tan pronto hubo recobrado el habla le gritó al Rey, que seguía sentado, muy enfurruñado, entre las cenizas -¡Cuidado con el volcán!

-¿Qué volcán?- preguntó el Rey mirando con ansiedad hacia el fuego de la chimenea, como si pensara que aquel fuese el lugar más indicado para encontrar uno.

-Me... lanzó... por... los aires- jadeó la Reina, que aún no había recobrado del todo el aliento. -Procura subir aquí arriba... por el camino de costumbre... ten cuidado... ¡No dejes que una explosión te haga volar por los aires!

Alicia observó al Rey blanco mientras este trepaba trabajosamente de barra en barra por el guardafuegos, hasta que por fin le dijo -¡Hombre!

A ese paso vas a tardar horas y horas en llegar encima de la mesa. ¿No sería mejor que te ayudase un poco?- pero el Rey siguió adelante sin prestarle la menor atención: era evidente que no podía ni oírla ni verla.

Así pues, Alicia lo cogió muy delicadamente y lo levantó por el aire llevándolo hacia la mesa mucho más despacio de lo que había hecho con la Reina, para no sobresaltarlo; pero antes de depositarlo en ella quiso aprovechar para limpiarlo un poco pues estaba realmente cubierto de cenizas.

Más tarde Alicia diría que nunca en toda su vida había visto una cara como la que puso el Rey entonces, cuando se encontró suspendido en el aire por una mano invisible que además le estaba quitando el polvo: estaba demasiado atónito para emitir sonido alguno, pero se le desorbitaban los ojos y se le iban poniendo cada vez más redondos mientras la boca se le abría más y más; a Alicia empezó a temblarle la mano de la risa que le estaba entrando de verlo así y estuvo a punto de dejarlo caer al suelo.

-¡Ay, por Dios, no pongas esa cara, amigo! -exclamó olvidándose por completo de que el Rey no podía oírla.

-¡Me estás haciendo reir de tal manera que apenas si puedo sostenerte con la mano! ¡Y no abras tanto la boca que se te va a llenar de cenizas!... ¡Vaya! Ya parece que está bastante limpio -añadió mientras le alisaba los cabellos y lo depositaba al lado de la Reina.

El Rey se dejó caer inmediatamente de espaldas y se quedó tan quieto como pudo; Alicia se alarmó entonces un poco al ver las consecuencias de lo que había hecho y se puso a dar vueltas por el cuarto para ver si encontraba un poco de agua para rociársela. Lo único que pudo encontrar, sin embargo, fue una botella de tinta y cuando volvió con ella a donde estaba el Rey se encontró con que ya se había recobrado y estaba hablando con la Reina; ambos susurraban atemorizados y tan quedamente que Alicia apenas si pudo oír lo que se decían.

El Rey estaba entonces diciéndole a la Reina: -¡Te aseguro, querida, que se me helaron hasta las puntas de los bigotes!

A lo que la Reina le replicó: -¡Pero si no tienes ningún bigote!

-iNo me olvidaré jamás, jamás -continuó el Rey- del horror de aquel momento espantoso!

-Ya verás como sí lo olvidas -convino la Reina- si no redactas pronto un memorandum del suceso.

Alicia observó con mucho interés cómo el Rey sacaba un enorme cuaderno de notas del bolsillo y empezaba a escribir en él. Se le ocurrió entonces una idea irresistible y cediendo a la tentación se hizo con el extremo del lápiz, que se extendía bastante más allá por encima del hombro del Rey, y empezó a obligarle a escribir lo que ella quería.

El pobre Rey, poniendo cara de considerable desconcierto y contrariedad, intentó luchar con el lápiz durante algún tiempo sin decir nada; pero Alicia era demasiado fuerte para él y al final jadeó:

-¡Querida! Me parece que no voy a tener más remedio que conseguir un lápiz menos grueso. No acabo de arreglármelas con este, que se pone a escribir toda clase de cosas que no responden a mi intención...

-¿Qué clase de cosas! -interrumpió la Reina, examinando por encima el cuaderno (en el que Alicia había anotado el caballo blanco se está deslizando por el hierro de la chimenea. Su equilibrio deja mucho que desear)-. ¡Eso no responde en absoluto a tus sentimientos!

Un libro yacía sobre la mesa, cerca de donde estaba Alicia, y mientras ésta seguía observando de cerca al Rey (pues aún estaba un poco preocupada por él y tenía la tinta bien a mano para echársela encima caso de que volviera a darle otro soponcio) comenzó a hojearlo para ver si encontraba algún párrafo que pudiera leer, -...pues en realidad parece estar escrito en un idioma que no conozco- se dijo a sí misma.

Y en efecto, decía así:

Durante algún tiempo estuvo intentando descifrar este pasaje, hasta que al final se le ocurrió una idea luminosa:

-¡Claro! ¡Como que es un libro del espejo! Por tanto, si lo coloco delante del espejo las palabras se pondrán del derecho.

Y este fue el poema que Alicia leyó entonces:  

GALIMATAZO

Brillaba, brumeando negro, el sol;

agiliscosos giroscaban los limazones

banerrando por las váparas lejanas;

mimosos se fruncían los borogobios

mientras el momio rantas murgiflaba.

¡Cuidate del Galimatazo, hijo mío!

¡Guárdate de los dientes que trituran

Y de las zarpas gue desgarran!

¡Cuidate del pájaro Jubo-Jubo y

que no te agarre el frumioso Zamarrajo!

Valiente empuñó el gladio vorpal;

a la hueste manzona acometió sin descanso;

luego, reposóse bajo el árbol del Tántamo

y quedóse sesudo contemplando...

Y asi, mientras cabilaba firsuto.

¡¡Hete al Galimatazo, fuego en los ojos,

que surge hedoroso del bosque turgal

y se acerca raudo y borguejeando!!

¡Zis, zas y zas! Una y otra vez

zarandeó tijereteando el gladio vorpal!

Bien muerto dejó al monstruo, y con su testa

¡volvióse triunfante galompando!

¡¿Y haslo muerto?! ¡¿Al Galimatazo?!

¡Ven a mis brazos, mancebo sonrisor!

¡Qué fragarante día! ¡Jujurujúu! ¡Jay, jay!

Carcajeó, anegado de alegria.

Pero brumeaba ya negro el sol

agiliscosos giroscaban los limazones

banerrando por las váparas lejanas,

mimosos se fruncian los borogobios

mientras el momio rantas necrofaba...

-Me parece muy bonito -dijo Alicia cuando lo hubo terminado-, sólo que es algo difícil de comprender (como veremos a Alicia no le gustaba confesar, y ni siquiera tener que reconocer ella sola, que no podía encontrarle ni pies ni cabeza al poema). Es como si me llenara la cabeza de ideas, ¡sólo que no sabría decir cuáles son! En todo caso, lo que sí está claro es que alguien ha matado a algo...

-Pero ¡ay! ¡Si no me doy prisa voy a tener que volverme por el espejo antes de haber podido ver cómo es el resto de esta casa! ¡Vayamos primero a ver el jardín!

Salió del cuarto como una exhalación y corrió escaleras abajo... aunque, pensándolo bien, no es que corriera, sino que parecía como si hubiese inventado una nueva manera de descender veloz y rápidamente por la escalera, como se dijo Alicia a sí misma: le bastaba con apenas apoyar la punta de los dedos sobre la barandilla para flotar suavemente hacia abajo sin que sus pies siquiera tocaran los escalones. Luego, flotó por el vestíbulo y habría continuado, saliendo despedida por la puerta del jardín, si no se hubiera agarrado a la jamba. Tanto flotar la estaba mareando, un poco, así que comprobó con satisfacción que había comenzado a andar de una manera natural.  

2. EL JARDIN DE LAS FLORES VIVAS

-Veré mucho mejor cómo es el jardín -se dijo Alicia- si puedo subir a la cumbre de aquella colina; y aqui veo un sendero que conduce derecho allá arriba...; bueno, lo que es derecho, desde luego no va... -aseguró cuando al andar unos cuantos metros se encontró con que daba toda clase de vueltas y revueltas- ...pero supongo que llegaría allá arriba al final. Pero ¡qué de vueltas no dará este camino! ¡Ni que fuera un sacacorchos! Bueno, al menos por esta curva parece que se va en dirección a la colina. Pero no, no es así. ¡Por aquí vuelvo derecho a la casa! Bueno, probaré entonces por el otro lado.

Y así lo hizo, errando de un lado para otro, probando por una curva y luego por otra; pero siempre acababa frente a la casa, hiciera lo que hiciese. Incluso una vez, al doblar una esquina con mayor rapidez que las otras, se dio contra la pared antes de que pudiera detenerse.

-De nada le valdrá insistir -dijo Alicia, mirando a la casa como si ésta estuviese discutiendo con ella-. Desde luego que no pienso volver allá dentro ahora, porque sé que si lo hiciera tendría que cruzar el espejo... volver de nuevo al cuarto y... ¡ahí se acabarían mis aventuras!

De forma que con la mayor determinación volvió la espalda a la casa e intentó nuevamente alejarse por el sendero, decidida a continuar en esa dirección hasta llegar a la colina. Durante algunos minutos todo parecía estar saliéndole bien y estaba precisamente diciéndose -esta vez sí que lo logro- cuando de pronto el camino torció repentinamente, con una sacudida, como lo describió Alicia más tarde, y al momento se encontró otra vez andando derecho hacia la puerta.

-Pero ¡qué lata! -exclamó-. ¡Nunca he visto en toda mi vida una casa que estuviese tanto en el camino de una! ¡Qué estorbo!

Y sin embargo, ahí estaba la colina, a plena vista de Alicia; de forma que no le cabía otra cosa que empezar de nuevo. Esta vez, el camino la llevó hacia un gran macizo de flores, bordeado de margaritas, con un guayabo plantado en medio.

-¡Oh, lirio irisado! -dijo Alicia, dirigiéndose hacia una flor de esa especie que se mecía dulcemente con la brisa-. ¡Cómo me gustaría que pudieses hablar!

-¡Pues claro que podemos hablar! -rompió a decir el lirio-, pero sólo lo hacemos cuando hay alguien con quien valga la pena de hacerlo.

Alicia se quedó tan atónita que no pudo decir ni una palabra durante algún rato: el asombro la dejó sin habla. Al final, y como el lirio sólo continuaba meciéndose suavemente, se decidió a decirle con una voz muy tímida, casi un susurro:

-¿Y pueden hablar también las demás flores?

Tan bien como tú -replicó el iris-, y desde luego bastante más alto que tú.

-Por cortesía no nos corresponde a nosotras hablar primero, ¿no es verdad? -dijo la rosa-. pero ya me estaba yo preguntando cuándo ibas a hablar de una vez, pues me decía: «por la cara que tiene, a esta chica no debe faltarle el seso, aunque no parezca tampoco muy inteligente».

De todas formas tienes el color adecuado y eso es, después de todo, lo que más importa.

-A mí me trae sin cuidado el color que tenga -observó el lirio-. Lo que es una lástima es que no tenga los pétalos un poco más ondulados, pues estaría mucho mejor.

A Alicia no le estaba gustando tanta crítica, de forma que se puso a preguntarles cosas:

-¿A vosotras no os da miedo estar plantadas aquí solas sin nadie que os cuide?

-Para eso está ahí en medio el árbol -señaló la rosa-. ¿De qué serviría si no?

-Pero ¿qué podría hacer en un momento de peligro? -continuó preguntando Alicia.

-Podría ladrar -contestó la rosa.

¡Ladra «guau, guau»! -exclamó una margarita-, por eso lo llaman «guayabo».

-¡¿No sabías eso?! -exclamó otra margarita, y empezaron todas a vociferar a la vez, armándose un guirigay ensordecedor de vocecitas agudas.

-¡A callar todas vosotras! -les gritó el lirio irisado, dando cabezadas apasionadamente de un lado para otro y temblando de vehemencia-. ¡Saben que no puedo alcanzarlas! -jadeó muy excitado, inclinando su cabeza hacia Alicia, que si no ya verían lo que es bueno!

-No te importe -le dijo Alicia conciliadoramente, para tranquilizarlo.

E inclinándose sobre las margaritas, que estaban precisamente empezando otra vez a vociferar, les susurró:

-Si no os calláis de una vez ¡os arranco a todas!

En un instante se hizo el silencio y algunas de las margaritas rosadas se pusieron lívidas.

-¡Así me gusta! -aprobó el lirio-. ¡Esas margaritas son las peores!

¡Cuando uno se pone a hablar, rompen todas a chillar a la vez de una forma tal que es como para marchitarse!

-¿Y cómo es que podéis hablar todas tan bonitamente? -preguntó

Alicia, esperando poner al lirio de buen humor con el halago-. He estado en muchos jardines antes de este, pero en ninguno en que las flores pudiesen hablar.

-Coloca la palma de la mano sobre el lecho de tierra de nuestro macizo, -le ordenó el lirio- y entonces comprenderás por qué.

Así lo hizo Alicia.

-Está muy dura la tierra de este lecho -comentó-, pero aún así no veo qué tiene que ver eso.

-En la mayor parte de los jardines -explicó el lirio- los lechos de tierra son tan muelles... que se amodorran las flores.

Eso le pareció a Alicia una razón excelente y se quedó muy complacida de conocerla.

¡Nunca lo habría pensado! -comentó admirada.

En mi opinión, tú nunca has pensado en nada -sentenció la rosa con alguna severidad.

-Nunca vi a nadie que tuviera un aspecto más estúpido -dijo una violeta de una manera tan súbita que Alicia dio un respingo, pues hasta ese momento no había dicho ni una palabra.

-¡A callar! -le gritó el lirio irisado-. ¡Como si tú vieras alguna vez a alguien! Con la cabeza siempre tan disimulada entre las hojas, ¡estás siempre roncando y te enteras de lo que pasa en el mundo menos que un capullo!

-¿Por casualidad hay alguna otra persona como yo en el jardín? - preguntó Alicia, prefiriendo no darse por enterada del comentario de la rosa.

-Pues hay otra flor que se mueve por el jardín como tú -le contestó ésta-. Me pregunto ¿cómo os la arregláis?

-Siempre te estás preguntando algo -rezongó el lirio irisado.

Continuó la violeta:

-Pero tiene una corola más tupida que la tuya.

-¿Se parece a mí? -preguntó Alicia con mucha viveza, pues le pasaba por la mente la idea de que ¡a lo mejor hubiera otra niña como ella en aquel jardín!

Bueno, la otra tiene un cuerpo tan mal hecho como el tuyo -explicó la rosa-, pero es más encarnada... y con pétalos algo más cortos, me parece...

-Los tiene bien recogidos, como los de una dalia -añadió el lirio irisado- , no cayendo desordenadamente, como los tuyos.

-Pero ya sabemos que no es por culpa tuya -interpuso generosamente la rosa-. Ya vemos que te estás empezando a ajar y cuando eso pasa, ya se sabe, no se puede evitar que se le desordenen a una un poco los pétalos.

A Alicia no le gustaba nada esa idea, de forma que para cambiar el tema de la conversación continuó preguntando:

-¿Y viene por aquí alguna vez?

-Estoy segura de que la verás dentro de poco -le aseguró la rosa-. Es de esa clase que lleva nueve puntas, ya sabes.

-Y ¿dónde las lleva! -preguntó Alicia con alguna curiosidad.

-Pues alrededor de la cabeza, naturalmente -replicó la rosa-. Me estaba preguntando precisamente por qué será que no tienes tú unas cuantas también. Creía que así es como debía ser por regla general.

-¡Ahí viene! -gritó una espuela de caballero-. Oigo sus pasos, pum, pum, avanzando por la gravilla del sendero.

Alicia miró ansiosamente a su alrededor y se encontró con que era la Reina roja.

-¡Pues sí que ha crecido!- fue su primera observación; pues, en efecto, cuando Alicia la vio por primera vez entre las cenizas de la chimenea no tendría más de tres pulgadas de altura... y ahora, ¡hétela aquí con media cabeza más que la misma Alicia!

-Eso se lo debe al aire fresco -explicó la rosa-, a este aire maravilloso que tenemos aquí afuera.

-Creo que iré a su encuentro -dijo Alicia, porque aunque las flores tenían ciertamente su interés, le pareció que le traería mucha más cuenta conversar con una auténtica reina.

-Así no lo lograrás nunca -le señaló la rosa- Si me lo preguntaras a mí, te aconsejaría que intentases andar en dirección contraria.

Esto le pareció a Alicia una verdadera tontería, de forma que sin dignarse a responder nada se dirigió al instante hacia la Reina. No bien lo hubo hecho, y con gran sorpresa por su parte, la perdió de vista inmediatamente y se encontró caminando nuevamente en dirección a la puerta de la casa.

Con no poca irritación deshizo el camino recorrido y después de buscar a la Reina por todas partes (acabó vislumbrándola a buena distancia de ella) pensó que esta vez intentaría seguir el consejo de la rosa, caminando en dirección contraria.

Esto le dio un resultado excelente, pues apenas hubo intentado alejarse durante cosa de un minuto, se encontró cara a cara con la Reina roja y además a plena vista de la colina que tanto había deseado alcanzar.

-¿De dónde vienes? -le preguntó la Reina- y ¿adónde vas? Mírame a los ojos, habla con tino y no te pongas a juguetear con los dedos.

Alicia observó estas tres advertencias y explicó lo mejor que pudo que había perdido su camino.

-No comprendo qué puedes pretender con eso de tu camino contestó la Reina-, porque todos los caminos de por aquí me pertenecen a mí...; pero, en todo caso -añadió con tono más amable-, ¿qué es lo que te ha traído aquí?. Y haz el favor de hacerme una reverencia mientras piensas lo que vas a contestar: así ganas tiempo para pensar.

Alicia se quedo algo intrigada por esto último, pero la Reina la tenía demasiado impresionada como para atreverse a poner reparos a lo que decía.

-Probaré ese sistema cuando vuelva a casa -pensó-, a ver qué resultado me da la próxima vez que llegue tarde a cenar.

-Es tiempo de que contestes a mi pregunta -declaró la Reina roja mirando su reloj-. Abre bien la boca cuando hables y dirígete a mí diciendo siempre «Su Majestad».

-Sólo quería ver cómo era este jardín, así plazca a Su Majestad...

-¡Así me gusta! -declaró la Reina dándole unas palmaditas en la cabeza, que a Alicia no le gustaron nada- aunque cuando te oigo llamar a esto «jardín»... ¡He visto jardines a cuyo lado esto no parecería más que un erial!

Alicia no se atrevió a discutir esta afirmación, sino que siguió explicando:

-...y pensé que valdría la pena de subir por este camino, para llegar a la cumbre de aquella colina...

-Cuando te oigo llamar «colina» a aquello... ¡Podría enseñarte montes a cuyo lado esa sólo parecería un valle!

-Eso sí que no lo creo -dijo Alicia, sorprendida de encontrarse nada menos que contradiciendo a la Reina-. Una colina no puede ser un valle, ya sabe, por muy pequeña que sea; eso sería un disparate...

La Reina roja negó con la cabeza:

-Puedes considerarlo un disparate, si quieres -dijo-, ¡pero yo te digo que he oído disparates a cuyo lado éste tendría más sentido que todo un diccionario!

Alicia le hizo otra reverencia, pues el tono con que había dicho esto le hizo temer que estuviese un poquito ofendida; y así caminaron en silencio hasta que llegaron a la cumbre del montecillo.

Durante algunos minutos Alicia permaneció allí sin decir palabra, mirando el campo en todas direcciones...

¡Y qué campo más raro era aquel! Una serie de diminutos arroyuelos lo surcaban en línea recta de lado a lado y las franjas de terreno que quedaban entre ellos estaban divididas a cuadros por unos pequeños setos vivos que iban de orilla a orilla.

-¡Se diría que está todo trazado como sí fuera un enorme tablero de ajedrez -dijo Alicia al fin-. Debiera de haber algunos hombres moviéndose por algún lado... y ¡ahí están! -añadió alborozada, y el corazón empezó a latirle con fuerza a medida que iba percatándose de todo-. ¡Están jugando una gran partida de ajedrez! ¡El mundo entero en un tablero!..., bueno, siempre que estemos realmente en el mundo, por supuesto. ¡Qué divertido es todo esto! ¡Cómo me gustaría estar jugando yo también! ¡Como que no me importaría ser un peón con tal de que me dejaran jugar...! Aunque, claro está, que preferiría ser una reina.

Al decir esto, miró con cierta timidez a la verdadera Reina, pero su compañera sólo sonrió amablemente y dijo:

-Pues eso es fácil de arreglar. Si quieres, puedes ser el peón de la Reina blanca, porque su pequeña, Lirio, es demasiado niña para jugar; ya sabes que has de empezar a jugar desde la segunda casilla; cuando llegues a la octava te convertirás en una Reina... -pero precisamente en este momento, sin saber muy bien cómo, empezaron a correr desaladas.

Alicia nunca pudo explicarse, pensándolo luego, cómo fue que empezó aquella carrera; todo lo que recordaba era que corrían cogidas de la mano y de que la Reina corría tan velozmente que eso era lo único que podía hacer Alicia para no separarse de ella; y aún así la Reina no hacía más que jalearla gritándole: «¡Más rápido, más rápido!» Y aunque Alicia sentía que simplemente no podía correr más velozmente, le faltaba el aliento para decírselo.

Lo más curioso de todo es que los árboles y otros objetos que estaban alrededor de ellas nunca variaban de lugar: por más rápido que corrieran nunca lograban pasar un solo objeto.

«-¿Será que todas las cosas se mueven con nosotras?» -se preguntó la desconcertada Alicia.

Y la Reina pareció leerle el pensamiento, pues le gritó: -¡Más rápido! ¡No trates de hablar!

Y no es que Alicia estuviese como para intentarlo, sentía como si no fuera a poder hablar nunca más en toda su vida, tan sin aliento se sentía.

Y aún así la Reina continuaba jaleándola:

-¡Más! ¡Más rápido! -y la arrastraba en volandas.

-¿Estamos llegando ya? -se las arregló al fin Alicia para preguntar.

-¿Llegando ya? -repitió la Reina-. ¡Pero si ya lo hemos dejado atrás hace más de diez minutos! ¡Más rápido! -y continuaron corriendo durante algún rato más, en silencio y a tal velocidad que el aire le silbaba a Alicia en los oídos y parecía querer arrancarle todos los pelos de la cabeza, o así al menos le pareció a Alicia.

-¡Ahora, ahora! -gritó la Reina-. ¡Más rápido, más rápido!

Y fueron tan rápido que al final parecía como si estuviesen deslizándose por los aires, sin apenas tocar el suelo con los pies; hasta que de pronto, cuando Alicia ya creía que no iba a poder más, pararon y se encontró sentada en el suelo, mareada y casi sin poder respirar.

La Reina la apoyó contra el tronco de un árbol y le dijo amablemente:

-Ahora puedes descansar un poco.

Alicia miró alrededor suyo con gran sorpresa.

-Pero ¿cómo? ¡Si parece que hemos estado bajo este árbol todo el tiempo! ¡Todo está igual que antes!

-¡Pues claro que sí! -convino la Reina-. Y ¿cómo si no?

-Bueno, lo que es en mi país -aclaró Alicia, jadeando aún bastante cuando se corre tan rápido como lo hemos estado haciendo y durante algún tiempo, se suele llegar a alguna otra parte...

-¡Un país bastante lento! -replicó la Reina-. Lo que es aquí, como ves, hace falta correr todo cuanto una pueda para permanecer en el mismo sitio. Si se quiere llegar a otra parte hay que correr por lo menos dos veces más rápido.

-No, gracias; no me gustaría intentarlo -rogó Alicia-; estoy muy a gusto aquí... sólo que estoy tan acalorada y tengo tanta sed...

-¡Ya sé lo que tú necesitas! -declaró la Reina de buen grado, sacándose una cajita del bolsillo-. ¿Te apetece una galleta?

A Alicia le pareció que no sería de buena educación decir que no, aunque no era en absoluto lo que hubiese querido en aquel momento.

Así que aceptó el ofrecimiento y se comió la galleta tan bien como pudo, ¡y qué seca estaba! ¡No creía haber estado tan a punto de ahogarse en todos los días de su vida!

-Bueno, mientras te refrescas -continuó la Reina-, me dedicaré a señalar algunas distancias.

Y sacando una cinta de medir del bolsillo empezó a jalonar el terreno, colocando unos taquitos de madera, a modo de mojones, por aquí y por allá.

-Cuando haya avanzado dos metros -dijo, colocando un piquete para marcar esa distancia- te daré las instrucciones que habrás de seguir... ¿Quieres otra galleta?

-¡Ay, no, gracias! -contestó Alicia-. Con una tengo más que suficiente.

-Se te ha quitado la sed, entonces, ¿eh? -comentó la Reina.

Alicia no supo qué contestar a esto, pero afortunadamente no parecía

que la Reina esperase una respuesta, pues continuó diciendo:

-Cuando haya avanzado tres metros, te las repetiré, no vaya a ser que se te olviden. Cuando llegue al cuarto, te diré «adiós». Y cuando haya pasado el quinto, ¡me marcharé!

Para entonces la Reina tenia ya colocados todos los piquetes en su sitio; Alicia siguió con mucha atención cómo volvía al árbol y empezaba a caminar cuidadosamente por la hilera marcada.

Al llegar al piquete que marcaba los dos metros se volvió y dijo:

-Un peón puede avanzar dos casillas en su primer movimiento, ya sabes. De forma que irás muy de prisa través de la tercera casilla... supongo que lo harás en tren... y te encontrarás en la cuarta antes de muy poco tiempo. Bueno, esa casilla es de Tweedledum y Tweedledee... En la quinta casilla casi no hay más que agua... La sexta pertenece a Humpty Dumpty... pero ¿no dices nada?

-Yo... yo no sabía que tuviese que decir nada... por ahora... -vaciló intimidada Alicia.

-Pues debías haber dicho -regañó la Reina con tono bien severo- «Pero ¡qué amable es usted en decirme todas estas cosas»... Bueno, supondremos que lo has dicho... La séptima casilla es toda ella un bosque... pero uno de los caballos te indicará el camino... y en la octava ¡seremos reinas todas juntas y todo serán fiestas y ferias!

Alicia se puso en pie, hizo una reverencia y volvió a sentarse de nuevo.

Al llegar al siguiente piquete, la Reina se volvió de nuevo y esta vez le dijo:

-Habla en francés cuando no te acuerdes de alguna palabra en castellano... acuérdate bien de andar con las puntas de los pies hacia afuera... y ¡no te olvides nunca de quién eres!

Esta vez no esperó a que Alicia le hiciera otra reverencia, sino que caminó ligera hacia el próximo piquete, donde se volvió un momento para decirle «adiós» y se apresuró a continuar hacia el último.

Alicia nunca supo cómo sucedió, pero la cosa es que precisamente cuando la Reina llegó al último piquete, desapareció. Sea porque se había desvanecido en el aire, sea porque había corrido rápidamente dentro del bosque (-Y vaya que si puede correr -pensó Alicia) no había manera de adivinarlo; pero el hecho es que había desaparecido y Alicia se acordó de que ahora era un peón y que pronto le llegaría el momento de avanzar.

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