GUERRA AL CIBERCRIMEN
Marzo 2001
Nació con la Red y maduró
con ella. Provoca pérdidas multimillonarias a las empresas y los expertos creen
que "lo peor aún está por llegar"
Internet es, por ahora, un territorio sin ley. El año 2000 acabó con pérdidas
multimillonarias para numerosas empresas relacionadas con las tecnologías de la
información (TI), con el robo de datos estratégicos de los Estados y con la
difusión de destructivos virus a través de la Red, amén de incursiones en las
tarjetas de crédito y los datos privados de los grandes que en este mundo son,
entre ellos el propio Bill Gates. Pero lo realmente preocupante no son estos
hechos en si mismos, ni tan siquiera el que sólo se haya logrado detener al 1%
de los ciberdelincuentes, sino el que los propios expertos reconozcan que lo
peor "aún está por llegar".
Con 500 millones de internautas en todo el mundo, el año pasado fue el de la
explosión de la Red. Este ha traído consigo cosas tan positivas como el auge
del comercio electrónico, el acercamiento de los gobiernos a sus ciudadanos y,
para éstos, posibilidades de mejora personal insospechadas, como puede ser el
acceso a una amplísima variedad de información, hasta hace poco vedada a la
mayor parte de los mortales.
Desgraciadamente, también los delitos que, directa o indirectamente, necesitan
la tecnología para su comisión, han crecido de forma excepcional.
Las cifras, aunque marean, no engañan. Si en 1999 las empresas de todo el mundo
perdieron unos 250.000 millones de pesetas por los ataques de hackers, para
2000, la firma Omni Consulting eleva esta cifra hasta casi un billón... sólo
en Europa. La encuesta, realizada entre 3000 compañías de todo el continente,
muestra que más del 5% de sus ingresos se evaporan en la Red. Aún más
escalofriantes son las noticias que llegan desde el otro lado del Atlántico.
Un reciente informe de la agencia Meridien Research reveló que, durante el año
pasado, el fraude en las tarjetas de crédito ascendió a 300.000 millones de
pesetas. Peor todavía, sus estimaciones hablan de que, para 2005, habrá que
multiplicar por 10 esta cifra. Y eso que el robo del número de las tarjetas tan
sólo representa una pequeña parte del problema.
Un caso típico del proceder de estos nuevos delincuentes tuvo lugar hace unos
meses en California. El modus opernadi de los hackers cosistía en
acceder a las bases de datos de comercios online para apropiarse de los datos de
sus clientes. Posteriormente, cargaban en las cuentas pagos por el acceso a una
web de contenido pornográfico que, a tal efecto, ellos mismos habían puesto en
marcha. Por lo que se ve, los ladrones confiaban, dada la naturaleza del
servicio, en la discreción de los falsos clientes, ya que casi nadie se atreve
a admitir públicamente que accede a un sitio web de contenido pornográfico.
Si bien es cierto que, a diferencia de Estados Unidos, en España el pago vía
Internet está aún en pañales, la preocupación es creciente. Prueba de ello
es la campaña publicitaria lanzada recientemente por American Express. Esta
compañía acaba de presentar una nueva tarjeta con garantías antifraude. De
esta manera, si el poseedor de una de ellas cree que un tercero la ha utilizado
ilegalmente, sólo será necesario que lo comunique a la compañía y ella se
encargue de buscar al usurpador.
De todas formas, si las empresas quieren que el comercio electrónico despegue
de una vez en España, son ellas y no sus clientes las que deben mejorar la
protección de sus servicios. Según datos de Cyberguardian, empresa
especializada en ofrecer sistemas de seguridad a negocios y organismos que
saltan a la Red, sólo el 5% de lo presupuestado por las compañías comerciales
va destinado a diseñar un proyecto a prueba de los hackers.
Para su consejero delegado, José Ramón López, es una cifra insuficiente.
"Es imposible la seguridad al 100% pero sí al 50%", afirma. Ante
todo, se necesitan mecanismos de barrera (firewalls o cortafuegos) que impidan
la entrada. Si, a pesar de todo, ésta tiene lugar, sólo una reacción rápida
puede minimizar el daño. Esto se consigue, por ejemplo, con la existencia de
servidores secundarios para reponer la información perdida.
En Cyberguardian han detectado que el número de los ataques a empresas se ha
multiplicado por dos en lo que va de año. "Hasta 1999 los
ciberdelincuentes eran expertos en informática, hoy en día cualquiera puede
serlo", continúa este directivo. No en vano en la Red hay más de 100.000
páginas web dedicadas al hacktivismo, que cuenta con 30.000 seguidores. Está
claro que el mayor número de internautas está provocando una democratización
del fenómeno hacker.
Los hechos parecen darle la razón a López. Frente a figuras míticas del
pasado reciente, como Kevin Mitnick, que poseían amplios conocimientos en
materia de seguridad, hoy en día lo que predomina son los aficionados. Un
jovencito canadiense de sólo 15 años, apodado Mafiaboy, es un buen ejemplo.
Una de sus gamberradas provocó en febrero de 2000 una de las mayores catástrofes
que, junto al virus I love you, se recuerdan en la corta historia de la Red.
Mediante la técnica conocida como denegación de servicio (DoS) bloqueó los
servidores de empresas de la talla de Ebay, Amazon, la cadena de Televisión CNN
o la propia Microsoft. Tras varias horas de pánico y unos centenares de
millones de pesetas perdidos, todo volvió a la calma. Mafiaboy, detenido tras
meses de arduas investigaciones, fue llevado ante el juez, en enero pasado, por
saltarse una de sus condiciones de la libertad condicional... la de asistir
todos los días a clase.
Por otro lado, la creciente sofisticación de estas armas tecnológicas permite
que cualquiera pueda ser, sin saberlo, un hacker. Cuando alguien se conecta a
Internet, convierte su ordenador en puente para un posible ataque masivo. Hay
programas como Nessus o Satan que rastrean la Red en busca de computadoras
indefensas, con puertos abiertos. De esta manera, el intruso se adueña de la máquina
y la utiliza para sus fines, ya se trate de un ladrón de datos, de un espía o
de un simple bromista. En vista de esta situación, el miedo y el desconcierto
se instalan entre los internautas y, sobre todo, entre los potenciales usuarios
de los servicios de comercio electrónico.
Según el abogado Carlos Sánchez Almeida, especializado en ciberdelitos y
derechos en Internet, una de las causas, ignorada hasta ahora por los
economistas, de la reciente crisis de las punto.com ha sido la pérdida de
confianza en su seguridad. Para este colaborador de la revista Kriptópolis, una
de las referencias obligadas en esta materia, "pese a quien pese, Internet
es, por definición, un medio inseguro". Las empresas y los gobiernos d
eben invertir más dinero para defenderse y garantizar su seguridad, pero sin
hacerse ilusiones. "Los hackers siempre irán por delante", añade Sánchez.
Igual que en la vida no virtual, el delincuente siempre va por delante de la
Ley.
Para este abogado, la situación es explosiva a medio plazo, porque
"Internet es un coto privado de los informáticos, sus conocimientos
parecen esotéricos a ojos de los demás, los ejecutivos de las empresas y los
altos funcionarios del Estado están en sus manos" y, por el momento, no
parece que esta premisa vaya a cambiar. Sin embargo, esto no quiere decir que
todo joven con conocimientos de programación sea, en potencia un hacker. Sánchez
Almeida afirma que "la imagen tradicional sobre estos técnicos es
falsa". Su afición por burlar la seguridad de los sistemas de comunicación
no basta para considerarles delincuentes, es necesario comprobar sus
intenciones. Para los defensores de este movimiento, no es lo mismo alterar el
aspecto visual de una web que el espionaje industrial.
De hecho, en sitios como Ciberpol
hay ejemplos de hackers buenos, también conocidos como hackers blancos,
especializados en buscar, bloquear y denunciar páginas relacionadas con la
pornografía infantil o el terrorismo. También los hay que se
introducen en las páginas de las grandes corporaciones y de las entidades
financieras para dejar el típico mensaje de "he estado aquí", a fin
de demostrar la falta de seguridad de alguno de estos sitios. Una broma no
siempre apreciada.
Buena parte de las denuncias recibidas por las unidades centrales de delitos
tecnológicos, tanto de la Policía como de la Guardia Civil provienen de
ciberdelincuentes que han violado la ley.
Además de las medidas de autoprotección de las empresas y de la
intencionalidad de los hackers, hay un tercer aspecto que se debe tener en
cuenta, como es la legislación contra el cibercrimen. Aunque es propio del
Derecho ir por detrás de los cambios sociales, en lo que se refiere a Internet
el retraso tiene tintes preocupantes, cuando no simplemente alarmantes. El
concepto del tiempo y de la distancia, en la era del ciberespacio, ha cambiado
radicalmente y los legisladores no parece que se hayan percatado aún de ello.
Esto es lo que se deduce de un demoledor informe publicado en diciembre. El
estudio, realizado por la asesoría McConnell International, analiza las leyes
de 55 países y sus esfuerzos para adaptarlas a los nuevos tiempos. Destaca, en
primer lugar, que sólo 10 estados cuentan con normas para combatir, si no
todos, sí alguno de los delitos más habituales. A la cabeza de las reformas
figura Estados Unidos pero también países como Turquía, donde parece primar
el control de la información sobre la seguridad. En este apartado, España se
encuentra en el grupo de gobiernos que han iniciado el proceso de reformas.
Entre sus conclusiones sobresalen0 la necesidad de aplicar las leyes existentes
y, ante la universalidad de la Red, la coordinación entre el mayor número
posible de naciones. Siguiendo esta indicación, el Consejo de Europa está
elaborando una Convención sobre el delito cibernético. Su aprobación
definitiva se prevé para este verano.
El informe concluye con una seria advertencia, aquellos países que no se doten
de nuevas leyes, "se volverán cada vez más incapaces en la nueva economía".
Se trataría de una nueva división entre un primer y un tercer mundo tecnológico.