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Pasa el tiempo y comienzas a pintar canas. Quieres recordar los buenos momentos de tu juventud todos los días, pero en realidad no estás viejo, es sólo que el físico no aparenta los años que tienes en el alma; a pesar de todo, te sigues considerando joven.
Un joven de veinte, luego un joven de treinta, después un joven de cuarenta y luego un adulto de cincuenta y, bueno, de pronto te llega la edad y ya eres un viejo, y nada más.
Los fierros, como los humanos, también envejecen: pierden su brillo, su color, su cromo, su flexibilidad y su resistencia: nada, ni nadie, soporta el paso del tiempo. Ni Fidel Castro, ni el vocho, ni el Columbia, ni una maldita moneda: todo se añeja, se oxida, se dobla, se despinta.
No es el barril, ni la acción del sol, ni lo salado del mar: es su continua y repetida presencia. No es la droga la que te mata, no es el fútbol el que te atrofia; tampoco son tus ideas las que terminan por ser malas; no es el humo del cigarro, ni la gota de alcohol en tu estómago. Ni siquiera el roce de la llanta en el pavimento o el frotamiento de dos piezas de metal. Es el tiempo.
Primero te ríes de él, pues sólo te preocupa mamar y dormir. Después lo vas conociendo cuando notas cómo se acaba la tarde y, con cierta tristeza, tienes que volver a casa, pues un niño no anda solo por la calle a esas horas.
Después lo olvidas de nuevo y vives sólo de presentes: fiestas, reuniones, borracheras, sueños de un futuro que se vislumbra largo e inagotable: la adolescencia no conoce a Cronos: los días duran cuarenta, sesenta horas, y las noches no tienen límite. Las fiestas son interminables, no hay nada finito.
Años más tarde, en la juventud, el tiempo ya no es todo tuyo: también te es impuesto por otros: fechas de entrega, plazos que se vencen, mensualidades que se acumulan... todos fijan límites que habrás de respetar si quieres ir bien por el camino social. Pospones lo importante por lo urgente y te dejas regir. Muchos sucumben en este momento, entregando los mejores años de su existencia al proyecto de alguien más o preparando el instante para el salto que tal vez nunca den: el retiro en que harán, al fin, lo que siempre quisieron hacer de sus vidas.
Se dice que maduras (aunque a veces me pregunto para qué, si uno se divierte más siendo lo contrario) y entonces intentas poner orden en tu vida y hacer proyectos, asignar prioridades y establecer plazos. Uno, dos, tres... Haces de ti el propio controlador de tu tiempo, pero éste pasa inexorablemente, y con dificultad te permite realizar tus ideas. Entonces te das cuenta de que eres un joven de cuarenta.
Y te inquieta lo que has dejado de hacer. Comienzas a comprender las imposibilidades de todos tus planes. Hay que elegir, sucumbiendo ante la evidencia: tus mejores años, como la arena, se van de las manos, sin que puedas hacer nada por evitarlo.
Si tienes la capacidad de reinventarte, elegirás como meta la satisfacción de tus más caros ideales, reemprenderás el camino y tal vez el tiempo te otorgue una mínima prórroga. Aún podrás alcanzar el sueño.
Lustros después, mirarás hacia atrás para preguntarte si has hecho lo correcto y con probabilidad serás un joven de cincuenta, con ganas de reiniciar, pero ya no serás el mismo. Entonces verás a los viejos y comenzarás a pensar como ellos, a dar consejos a los nuevos, a recordar la implacabilidad de Cronos, a decir que todo ha cambiado y que antes era distinto.
Querrás enmendar errores, pensarás en tu abuelo, que te dijo a los ochenta y dos que su presente eran horas extra, que lo poco o lo mucho lo había hecho antes, mucho antes, orgulloso que a los ochenta pueda escuchar el soplo del viento, la sonrisa de los demás y ver las muecas de otros.
Así, de pronto, te verás reflejando en él y comprenderás que has llegado a viejo, pero que en realidad tu alma jamás se preparó para serlo, aunque el cuerpo se cansa de recordarte que ya no estás para reemprender una vida.
¿Te preguntarás entonces dónde dejaste tu juventud? ¿Querrás saber si sirvió de algo tu esfuerzo? ¿Te preocupará haber dejado de hacer?
Una vida humana es tan efímera que tal vez sólo deberíamos optar por vivirla a nuestro ritmo y a descubrirnos en ella; a recorrerla y usarla, a oxidarla y asolearla, a frotarla y desgastarla, no a preocuparnos por tenerla reluciente y brillante: evitar hacer de ella un auto de colección, sino un vehículo todo terreno para descubrir nuevos horizontes.
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(*) Trovador d’époque
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