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Camino y, mientras lo hago, medito y reflexiono. Busco incansablemente respuestas a los retos que como mexicanos enfrentamos día con día. Y dirijo la mirada del espíritu hacia el horizonte del alma de todos quienes somos eternos escrutadores de espacios desconocidos y aún no andados. Trato de imaginar cómo será el mundo cuando las generaciones que poco a poco se integran al mundo del trabajo se apliquen al pragmatismo crudo; cuando lo que se busque sea únicamente lo práctico, lo que produce de manera inmediata un resultado económico positivo, soslayando en tal acto los principios eternos de los que emanan los valores, de los que tanto se habla en nuestra sociedad actual, tan moderna y posmoderna. Observo desde la pantalla del televisor el comportamiento destructivo de los profesores en Oaxaca, desde donde han enviado una señal directa y clara a quienes han sido puestos bajo su responsabilidad educativa. Han mostrado a sus alumnos cómo el uso de la violencia es aceptable y encomendable, dado que ellos, sus profesores, depositarios del saber y del conocimiento, con sus hechos han mostrado este camino a las futuras generaciones. Con la toma de palacios municipales y los plantones frente a oficinas públicas, han iniciado una práctica de laboratorio que se podría llamar: "la incapacidad para usar sus recursos intelectuales para mejorar sus propias condiciones de vida". Esto significa que, no teniendo el potencial para desarrollar formas educadas y civilizadas en la lucha por sus derechos, han optado por caminos violatorios de las leyes, y han mostrado en toda su realidad el testimonio de sus antivalores. Han, por ende, perjudicado a millones de estudiantes que han quedado privados de sus derechos educativos.
Remedio no tiene. La labor docente es trascendental para la evolución de la sociedad o para su devolución. En el caso de Oaxaca, se observa un retroceso (para que los profes de por allá entiendan, un reversón de la maquinaria educativa o, como se dice en la costa, un caminar hacia atrás como lo hacen los cangrejos). No se dan cuenta que no es únicamente su responsabilidad transmitir conocimientos o desconocimientos a sus alumnos.
El aspirante a maestro, iniciado como un profesor, debe darse cuenta que ante los ojos de sus alumnos es, las más de las veces, un modelo a seguir, no importando la etapa de desarrollo en la que se encuentren sus alumnos. Esta influencia se da dentro y fuera del aula. Pero las características del mundo posmoderno en que vivimos, caracterizado por el desencanto, la decepción, la desesperación y un mediano grado de cinismo, hacen de la labor del verdadero profesor una que se perfila como difícil, compleja y a veces hasta incomprendida.
El profesor, al estar durante largas horas frente a sus alumnos exhibe para bienestar o malestar de quienes toman clase con él, sus virtudes y sus defectos, el conocimiento o no de la materia, su preocupación por quienes le escuchan o su fría indiferencia hacia ellos. Por ende, se encuentra ante la gran oportunidad de potenciar habilidades escondidas en los jóvenes espíritus de sus alumnos, ante la gran oportunidad de hacer una diferencia en las vidas de las nuevas generaciones; o, por otro lado, lastimarlos y mostrarles la cara desagradable de una vida llena de frustración y desesperanza.
Así, me parece, todo profesor que se precie de buscar la senda del maestro, debe por necesidad y por convicción vivir. Dije vivir, cuando menos, dentro de algunos valores como:
Superación. Concepto bastante trillado y mencionado en el mundo del trabajo y de cualquier actividad humana. Superación, que significa ir venciéndose a sí mismo, a las propias limitaciones, las propias obsolescencias y todas aquellas viejas maneras de hacer las cosas. La auto superación se presenta cada vez que el profesor aprende herramientas nuevas de enseñanza; cuando confía en su propia inteligencia para diseñar lecciones que hacen historia; cuando desea con pasión mostrar a sus alumnos cómo se abren los caminos al conocimiento y les incita a creer en ellos mismos; cuando es capaz de forjarse nuevos canales de comunicación mediante el concurso de todas las áreas del conocimiento humanos: la filosofía, la ética, la economía, la antropología, las ciencias biológicas, las ciencias físicas, las matemáticas, en fin; cuando tiene la visión y capacidad y deseo de ayudar a sus alumnos a encontrar todas las conexiones que tienen todas las disciplinas del saber. Debe darse cuenta que, mediante la auto superación, logrará ser un mejor ser humano cada día y estará dando testimonio de su humanismo, de su amor por la cátedra pero, sobre todo, del amor verdadero, la entrega total a sus alumnos. Mediante la auto superación, vive la experiencia de mostrar sus defectos pero, sobre todo, de mostrar cómo pudo vencerlos mediante el esfuerzo diariamente sostenido.
Debe vivir su vocación docente desde el punto de vista de sus propios alumnos; es decir, debe ser empático con ellos. Debe ser justo, debe amar a todos por igual, pues en sus alumnos está sembrada la esperanza de un mundo mejor. Debe darse el tiempo de conversar con todos y cada uno de quienes se encuentran bajo su tutela; debe ser un buscador de tesoros espirituales guardados bajo la dura caparazón de la adolescencia y de la juventud; debe ser un medio para lograr construir en el aula una auténtica comunidad de aprendizaje donde se vivan los valores del respeto y de la responsabilidad.
Debe estar al tanto del ser humano que yace a unos cuantos centímetros de la piel, y que busca el apoyo y comprensión de su profesor; debe estar atento y diseñar algunos métodos para lograr que sus alumnos logren la aprehensión de los conocimientos que se ponen a consideración del grupo.
Jamás se permitirá humillar, y siempre habrá de corregir con el ánimo de hacer entender que más cerca se está de la verdad cuando se yerra que cuando simplemente se abstiene de actuar, precisamente por temor a equivocarse. Debe hacer uso del buen humor y ser capaz de compartir momentos personales de su propia vida, mostrando de esta manera su humanidad.
Ser empático significa dejar los problemas personales en casa, para tratar de ver la realidad a través del corazón y de la mente de sus pupilos. Ningún profesor puede ostentar el título de tal, si su manera de actuar contradice sus palabras. En la actualidad, son necesarios profesores que por su conducta muestren caminos de vida dignos de ser imitados. ¿Cómo pedir a los estudiantes que vivan de manera civilizada si ante las cámaras de televisión destruyeron con mazos la propiedad pública? No, cuando se dan estos ejemplos el daño al espíritu de los muchachos ya ha sido infligido. Ya se mostró un grave desvío del comportamiento recto.
Si el profesor es exigente, también debe exigirse a sí mismo ser puntual, cumplir con su palabra, ser entregado hacia los demás, y debe ser cuidadoso con su vestimenta y con sus costumbres personales. Debe mostrar un vocabulario acorde a su investidura, debe ser respetuoso, debe ser flexible sin dejar de ser exigente. Debe ser un motivador para que los alumnos cumplan con las normas de la institución en donde trabaja y donde los jóvenes acuden a instruirse. Jamás debe defraudar a sus superiores; debe cumplir hasta el último tema con el contenido de la materia, y jamás debe faltar a clase; y cuando por enfermedad así suceda, habrá de recuperar la clase no impartida. En dos palabras: ser congruente.
Por si lo anterior no fuera suficiente, el docente debe estar revestido de sencillez, para estar en una posición de entrega hacia quien necesite de él o ella. No es lo mismo ganarse la fama de ser un profesor "perro" mediante un autoritarismo amenazante, que ganarse la fama de ser un profesor "exigente" desde la posición de servicio ganándose la autoridad moral con el esfuerzo cotidiano en el campo del conocimiento.
Los peores enemigos de la sencillez son la soberbia, el ego desequilibrado, la vanidad y el deseo de competir con sus colegas; o sea, sentirse el sabelotodo y el gran profesor de la comunidad educativa. También se muestra esta característica, la sencillez, cuando se es capaz de compartir los conocimientos con los demás, sin reclamar reconocimiento por tales actos. No cabe duda que la vanidad se cuela en este punto. También dentro de esta característica, el profesor debe siempre apegarse a la verdad, "siempre hablar con la verdad" y jamás inventar historias. Tener la capacidad de reconocer los errores propios que como ser falible se tienen y la firme convicción de corregirlos, y disculparse con quien sea, cuando sea necesario.
En la actualidad es necesario recuperar el valor de la lealtad, evitando a toda costa la murmuración, la crítica, la difamación, el chisme, etc. El profesor muestra lealtad cuando muestra una disposición a respetar las normas de su institución, a respetar a sus jefes, a sus colegas. Y, cuando por alguna "razón" haya algo que le moleste, deberá tener los arrestos necesarios para manifestar respetuosamente su desacuerdo a quien corresponda. El chisme y el comentario destructivo a espaldas de los superiores son una muestra de deslealtad. También debe ser guardián celoso de comentarios confidenciales a los cuales, por motivo de trabajo, haya tenido acceso.
Por último, debe mostrar entusiasmo, optimismo y alegría en todo lo que hace. Buscar sonreír en lugar de mostrar enojo; vivir con buen humor manteniendo un clima de respeto. Debe buscar la paz interior, misma que puede encontrarse al saberse único y diferente, y vivir en la confianza de sus creencias personales, diferentes a las de los demás.
Ser alegre implica llevar en alto el espíritu; implica ver en los demás las infinitas posibilidades de paisajes jamás vistos; ser capaz de servir exigiendo nada a cambio; soñar con la esperanza de que sus alumnos habrán de portar las enseñanzas a lo largo de sus vidas; ser capaz de permanecer fiel al trabajo docente sin tener necesidad de la felicitación, del premio o del aplauso.
Cuando veo los actos que se han suscitado en Oaxaca, y lo que algunos dizque profesores han hecho a lo largo de sus infames hechos, no me queda más que concluir que en nuestro México hacen falta profesores que deseen alcanzar el grado de maestros. Técnicos de la educación ya hay demasiados: esos quienes creen que pararse ante el grupo, escupir repeticiones de lo que miles de autores han dicho antes, es todo lo que se necesita para hacerse acreedores de un sueldo y de una pensión. A estos profesorcillos les hace falta integridad, reflexión, pasión, amor por sus pupilos, profesionalismo y, sobre todo, la convicción de que ellos pueden hacer una diferencia positiva en la vida aquellos que estuvieron un tiempo bajo su tutela.
Réplica y comentarios al autor: aguilarluis@prodigy.net.mx
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