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"Ningún éxito en la vida, compensaría el fracaso de nuestra familia."
Spencer W. Kimball
En mi calidad de supervisor académico, hace unos años pedí a trescientos veintiséis niños en edad escolar que escribieran, sin dar sus nombres, lo que ellos opinaban de sus padres. En un lugar cercano a la dirección de la escuela, planeamos leer las respuestas de los niños a los padres, que curiosos por saber lo que los niños habían escrito sobre ellos, asistieron en gran número a la reunión.
Los padres que acudieron eran de todas las escalas sociales. Allí se encontraban gerentes de bancos, obreros, profesionistas, secretarias, vendedores, comerciantes, panaderos, sastres, fabricantes y constructores; cada persona con un valor definido de sí mismo medido en proporción al dinero, a las habilidades y a su conducta.
Después de leer los escritos, los padres y el maestro concluyeron que la mayor parte de los pensamientos de los niños podía reducirse a una frase: "a mí me gusta mi papá porque me escucha y juega conmigo".
Ningún niño mencionó la casa, el auto, la colonia, los alimentos, la ropa, ni siquiera los juguetes. Los padres que asistieron a la reunión provenían de muchas profesiones, ocupaciones y condiciones sociales; pero cuando terminó la reunión, los padres quedaron divididos en dos grupos: amigos y compañeros de sus hijos o prácticamente desconocidos de sus hijos.
En aquella oportunidad aprendí que nadie es demasiado rico o pobre para platicar o jugar con sus hijos.
Me parece que en México estamos perdiendo valiosas oportunidades de convivir con nuestros hijos. Y las consecuencias las podemos evidenciar en la proliferación de narcotiendas en todo el país; en el creciente índice de suicidios de los jóvenes en muchas ciudades de nuestro territorio; y en el elevado número de jóvenes que desertan de la secundaria y la preparatoria.
De acuerdo a los resultados de la Encuesta Nacional de Dinámica Familiar que realizó el año pasado el Sistema Nacional del DIF y el Consejo Nacional de Población (CONAPO), se manifiestan claramente elementos que advierten sobre la desintegración de la familia mexicana: violencia a través de gritos en el hogar, conflictos económicos, divorcios, adicciones, dificultades de convivencia y de comunicación, y problemas relativos a la conducta o educación de los hijos.
En México existen 21 millones de familias y, a pesar de sus fortalezas tradicionales, la institución de la familia se ve seriamente amenazada. Es sintomático que para las mujeres jóvenes, la figura más cercana a ellas es la amiga y hasta el tercer lugar la madre; y para los hombres jóvenes, la figura más cercana es el amigo y hasta el tercer lugar son los padres. Lo trágico es que precisamente es el amigo o la amiga quien induce a tomar el primer trago, el primer cigarrillo de marihuana o la primera dosis de droga.
Sabemos por Internet que se están creando clubes de fans en Monterrey en torno a la oscura y tenebrosa historia del joven que hace un tiempo participara en el asesinato de dos niños e intentara matar a la que había sido su novia. Si esto es verdad, estamos más mal de lo que las encuestas señalan. Este es un síntoma grave de la degradación social por la que atravesamos. Es evidente que estamos fallando como padres, como gobierno y como sociedad.
Es urgente que rescatemos aquellos valores que nos impulsan a ser mejores padres de nuestros hijos, mejores hijos de nuestros padres y mejores ciudadanos de nuestro país.
En el plano institucional, más que establecer el día de la familia por decreto, habría sido mil veces más ético y productivo canalizar los miles de millones de pesos que se usaron en infinidad de spots de radio y TV para promover la imagen presidencial, en diseñar y aplicar una campaña nacional seria y profunda que impulsara los valores familiares. A lo mejor miles de jóvenes no estarían padeciendo muchos de sus actuales problemas, incluidos los jóvenes Bribiesca.
Réplica y comentarios al autor: salvadorordaz@mexico.com
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