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   Mexicanos contra mexicanos, ¿una mejor sociedad?

Los mexicanos, como parte del zoológico humano, somos paradójicos, complicados, complejos y difíciles de ser entendidos. Nos precede una larga cadena de comportamientos indiferentes, impensados y saturados de apatía; signos, todos ellos, de una postura fatalista del porqué de las cosas que nos suceden. Esto es como si los movimientos sociales de nuestro pasado histórico hayan servido únicamente para llenar puentes, días de ocio y fiestas huecas, carentes de sentido y bañadas de festividades que proporcionan las excusas para seguir huyendo de la necesaria tarea de construir un destino compartido para todos. Dentro de estas características que, me parece, retratan al mexicano, se encuentra, ni duda cabe, la que nos hace pensar que necesitamos de nadie para resolver nuestras vidas y, por lo tanto, nuestras existencias temporales en un mundo cada vez más materializado. Un mundo donde la densidad de la atmósfera ha aumentado, al grado que casi nadie se atreve a volar, en su preocupación sensible de llenarse la tripa y saturar los sentidos de experiencias de corta duración. Pensamos que tenemos el enemigo frente a nosotros y dedicamos gran parte de nuestras energías a combatir y competir con ese terrible ser que nos amenaza, según nosotros, constantemente. Sin embargo, el hecho persiste que los seres humanos somos interdependientes, nos guste o no; interdependencia necesaria para la preservación equilibrada de la sociedad entera. El lenguaje cooperativo nace de las raíces mismas de la familia, donde nuestras madres (centro de las familias) nos enseñaron a ser compartidos con nuestros hermanos y hermanas, y esta enseñanza es la que nos debe impulsar de manera consciente a ver la humanidad como nuestra familia terrenal.

La prehistoria muestra que la cooperación en el transcurrir de los tiempos, desde que el hombre se erigió en dos extremidades, ha sido benéfica para el desarrollo y evolución de la tribu, ahora llamada sociedad. Las ideas de justicia social y de equidad se originan en el ethos de la cooperación. Se nos ha dicho hasta la saciedad que es bueno mostrar buen comportamiento en nuestro medio social, que debemos estar comprometidos con nuestros semejantes, que debemos aportar a nuestra sociedad algo de nuestro propio ser, etc. Si en realidad, es decir, en nuestro diario actuar, mostráramos sentido de cooperación, podríamos aventurarnos a decir que habrían menos guerras, habrían menos peleas intrafamiliares, habría menos violencia y habrían menos acciones codiciosas que producen pobreza. Por otro lado, si cooperásemos podríamos unir nuestros esfuerzos en la lucha por solucionar problemas de salud pública y prever efectos de desastres naturales. (Si Bush no hubiera agredido a Irak, la gran cantidad de dólares para reparar los diques que rodean Nueva Orleáns no hubiera faltado.) Podríamos decir, entonces, que la cooperación como virtud social y personal, pide de nosotros el deber olvidarnos, cuando sea necesario, de nuestros deseos personales, en favor del bien comunitario y social. La cooperación nos exige hacer sacrificios personales con la firme creencia de que aquello que es bueno para toda la comunidad es bueno en el mediano y largo plazo para nosotros.

La prehistoria también nos muestra que los individuos organizados en equipos pueden realizar proyectos que individualmente jamás se habrían podido concretizar. Sabemos que cuando se iniciaron las primeras civilizaciones, la cooperación (no la competencia) fue esencial para la producción de alimentos, obras de irrigación, división de las responsabilidades en el trabajo, preservación de la cultura, etc. Sin embargo, no siempre ha sido voluntaria, pues en ocasiones, como cuando la naturaleza produce problemas colectivos impredecibles, el trabajo conjunto obligado de todos los integrantes de la comunidad logra resolver o paliar las contingencias de tales tragedias. La cooperación es la base de la vida moderna y siempre lo fue en las sociedades del pasado.

Entonces, ¿para qué la competencia? Parece ser que para poder "progresar" los seres humanos deben o tienen que competir. Nuestra sociedad "moderna", productora de cientos de miles de productos y servicios, nos envía a luchar contra quienes dicen tener las soluciones a los problemas que nosotros también ofrecemos resolver, y como toda organización humana imperfecta, las desigualdades en la distribución y beneficio de tales productos terminan por hacerse presentes en nuestro entorno. Las estructuras jerárquicas en las antiguas sociedades significaban que quienes se encontraban entre la clase económicamente dominante lograban más beneficios, que aquellos que se encontraban en la base de los sistemas productivos. Esto, me parece, se convirtió en el deporte de las comparaciones, donde la percepción individual de que otros tenían más cosas, generó deseos competitivos para lograr "tener más" que el otro. No importaba si en el proceso se era menos, pues tener era más importante que ser. Podemos ver con claridad que en los tiempos actuales, la riqueza trae prestigio a sus poseedores no importando cómo la consiguieron. Además, infla sus egos y les hace creer que son los eternos ganadores en las competencias sociales. Estos deseos de tener cada día más conducen a la codicia, pecado capital que envilece al hombre, pues como decía Bacon: "El hombre codicioso es como el mono, entre más sube, más enseña el trasero". El problema que genera la codicia es que no tiene un término natural; o sea, el codicioso no llena, poco le satisface, y se ve impulsado por fuerzas desequilibradas que le conducen al deseo ilimitado de estar compitiendo constantemente. La conducta de la persona competitiva (alimentada por la codicia), me parece, es guiada por el sentimiento de que los bienes son escasos y que en consecuencia debe salir a pelear para lograr su tajada. Tiene una actitud acerca del mundo y de lo que la buena vida es, que subyace en la idea de que todo es una arena para gladiadores, en donde hay ganadores y perdedores.

Si esto no es verdad, simplemente echemos un vistazo a lo que sucede diariamente a nuestro alrededor: se compite por medallas y trofeos en los deportes, se compite para lograr las mejores calificaciones en la escuela, se compite en el trabajo para lograr ser ascendidos, se compite en los reality shows para ganar fama y dinero rápido, se compite en los negocios para acumular dinero y ganancias, se compite en la política para llegar al poder y así dominar a los ciudadanos y tener una posición donde la ley sea utilizada a conveniencia. Así, los ganadores de las competencias logran carteras llenas de dinero y espíritus enfermos de ego. Pero, ¿qué le sucede a los perdedores? ¿Cuál es la relación numérica entre ganadores y perdedores? Es obvio que siempre hay más perdedores que ganadores.

Podemos decir que el lado positivo de la competencia es la innovación y el pensamiento creativo, el desarrollo de métodos eficaces para la solución a problemas sociales, etc. La competencia inicia a la persona en un curso de acción que se apoya en el esfuerzo constante para estar siempre delante de "sus competidores". Como resultado de estos esfuerzos, podemos encontrar los nuevos productos y la renovación de las instituciones que prestan servicios sociales. No se podría dudar que la codicia es una fuerza que impulsa a la gente a competir. Podríamos hasta aventurar la hipótesis de que fue la codicia la que ayudó a la especie humana a mantener el ritmo de progreso. Pero, después de todo lo que hemos vivido y presenciado a lo largo de varios lustros, me pregunto: ¿La competencia y la codicia servirán a nuestra especie en el presente como lo hizo en el pasado?

¿Será que la competencia inherentemente fomenta un individualismo fuera de toda ética y fuera de toda moral? Para poder tener una idea de la respuesta a esta pregunta, fijemos nuestra atención en que la mayoría de las personas, hoy en día, primero ven por ellos, después para ellos y terminan en ellos; cuando se fijan en los demás, lo hacen con sospecha, viéndolos como rivales en potencia. La gente sospecha de los demás y es invadida por el temor. Así, la competencia separa y rompe vínculos sociales, incluidos los de la familia, construye grupos impenetrables y hace de la cooperación algo utópico. Esto puede ser fatal para la especia humana. El torpe individualismo y el deseo insano de tener más, nos está llevando a ignorar problemas como la destrucción de la capa de ozono, los tsunamis, la fuerza destructiva de los huracanes, el calentamiento global, el crecimiento poblacional ilimitado, la deforestación de nuestros bosques, la inatención a los problemas de salud, la irresponsabilidad y cinismo vergonzante de los disfuncionales funcionarios públicos, la cosificación de la persona, etc. Estos hechos se originan en esta competencia desmedida y enferma de tener más y más, de aparentar más, de inflar la imagen para que la "sociedad bonita aplauda". Si lo que estamos haciendo hasta ahora es todo lo que podemos hacer, entonces nos estamos condenando a nuestra propia extinción, y es patético observar como cada ser humano pelea contra otros seres humanos, cuando lo que más necesitamos y que es lo que nos puede salvar como civilización, es la cooperación en escala universal.

Réplica y comentarios al autor: aguilarluis@prodigy.net.mx




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