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Dicen los que saben que el presupuesto público de una nación es directamente proporcional al índice de desarrollo que se pretende alcanzar con él. Sin embargo, en este enunciado parece que no se toma en cuenta una de las barreras más duras con las que se enfrenta el potencial desarrollo de un país cualquiera: el tamaño de su corrupción.
De acuerdo a recientes estudios sobre el tema, diversos organismos y estudios como los del Índice de Opacidad de Price Waterhouse Coopers, Transparencia Internacional, Índice sobre la Medición de la Corrupción y Buen Gobierno, junto con otros más, México es uno de los países más corruptos del planeta.
De ahí que exista la generalizada percepción de que si los dos billones 260 mil 412 millones 500 mil pesos que conforman el Presupuesto de Egresos de la Federación 2007 aprobado por la Cámara de Diputados se ejercieran con honestidad rigurosa, habrían de alcanzar para atender el doble de las grandes demandas sociales de seguridad, empleo, educación, salud y vivienda, de lo que ahora alcanza.
Pareciera que el ancestral anhelo de formar parte del concierto de las grandes naciones desarrolladas se estrella una y otra vez contra el impenetrable muro de la corrupción mexicana. Frente a él, no hay presupuesto que alcance, ni logrando los mejores niveles de ahorro ni destinando grandes fondos a la inversión. La mejor manera de avanzar hacia el desarrollo es reduciendo a niveles mínimos la corrupción, y lo demás son sueños guajiros.
No es posible seguir escudándose en aquella falsa premisa que habla de que cuándo seamos país desarrollado tendremos menos corrupción. Hoy, los expertos en la materia coinciden que el desarrollo no disminuye la corrupción; y no es que sean menos corruptos por ser desarrollados, más bien son desarrollados por ser menos corruptos.
El presidente Calderón al inicio de su gestión tiene la espléndida oportunidad de mostrarse congruente con sus postulados de campaña. Es el momento de tomar al toro por los cuernos y pedir la ayuda del pueblo para que por cada ciudadano haya un vigía que combata y denuncie la corrupción en cualquier parte en la que ésta se manifieste. Por supuesto, instrumentado mecanismos de blindaje suficientes y necesarios para que esta labor se realice sin perjuicio del ciudadano.
Miles, millones de mexicanos responderíamos a su llamado. Su legitimidad y autoridad moral serían incuestionables, porque el pueblo sabe y está harto de que de cada peso presupuestado sólo le lleguen centavos, lo que se traduce en menos escuelas, hospitales, caminos, carreteras, en desempleo, violencia y hambre. Sí, el pueblo ya sabe que la corrupción nos cuesta a todos.
El presidente Calderón tiene la oportunidad de cubrirse con el manto de la historia si, además, se decide a librar la buena batalla contra la corrupción usando todas los instrumentos del poder disponibles. Imagínese usted si el CISEN estuviese consagrado a detectar actos de corrupción en PEMEX y en todas las dependencias de la administración pública federal.
Ya no son suficientes las expresiones de voluntad política en contra de la corrupción, se necesitan medidas concretas y definitivas.
Es tiempo de exigir responsabilidades, es tiempo de reconocer entre nosotros que la sociedad que no reclama, se corrompe.
Réplica y comentarios al autor: salvadorordaz@mexico.com
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