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Ha comenzado el año 2007 y sus primeros días transcurren, en términos de nuestra política nacional, casi en la misma tesitura con la que concluyó el 2006. Si bien es un hecho que la lamentable crispación política que generó el proceso electoral del año pasado no está presente más, los absurdos y la falta de acuerdos entre las principales fuerzas políticas (y al interior de las mismas) no se han ido, y parece que no lo harán. A cambio, los desencuentros de ahora producen otro tipo de acuerdos. A veces vergonzosos.
La lucha por la gubernatura en Yucatán es una muestra clara de que el poder puede transformar a cualquiera. De modo similar al VIH-Sida que según el periodista Ricardo Rocha y sus entrevistados no existe (según él este virus es una especie de versión posmoderna de Los Mitos de Cthulhu), el pudor parece tampoco existir en las dirigencias nacionales y estatales de los diversos partidos políticos. Mientras que a los panistas les parece absurda la inscripción de su otrora destacada militante Ana Rosa Payán como candidata a gobernar Yucatán representando ahora al denominado Frente Amplio Progresista, a los miembros de este frente, tanto del PRD, PT y Convergencia no les incomoda impulsar a una de las mujeres más conservadoras y mejores representantes de la derecha mexicana. Todo indica que el Frente de marras resultó más amplio que progresista. El oportunismo, pues, es sólo mal visto en los bueyes de mi compadre. La dirigencia del PRD parece no darse cuenta que no es posible cruzar por entre estercoleros ni pantanos y llegar pulcramente al final del trayecto, cuando en lugar de emplear alas para intentar volar se decide mejor andar a gatas (i.e., arrastrándose).
Uno de los mayores problemas inherentes a las ideologías (de cualquier signo o clase) es la obligada pertenencia, de quien las profesa, a una especie de séquito casi religioso. Porque por definición su adopción implica una suerte de restricción a la libertad de pensarlas y cuestionarlas. Esto es así porque las ideologías incorporan siempre, en mayor o menor medida, una serie de dogmas que se convierten en una suerte de principios básicos. Por eso se constituyen algunos de sus principios en ideas más cercanas a la fe que a la razón. Quizás por eso suele verse como un traidor a quien por alguna razón, cambia de punto de vista en la política y con ello a veces de partido. Nada malo habría si así lo hiciera por convencerse con distintas razones y no por convenir a intereses económicos personales o de un grupo, como suele ocurrir con los trapecistas que vuelan del PRI al PRD al PAN y hasta hacia los chiquipartidos, sin recato, sin orden ni mesura, abandonados del pudor y omisos de la vergüenza que puede producir un primer mal salto. En pocas palabras es posible entender que un personaje afín o perteneciente a un partido conservador se convenza de luchar por mayor justicia social y se mueva con ello hacia un pensamiento más liberal. Puede ocurrir también que un hombre con un pensamiento cercano a los intereses populares y que opina que las políticas asistenciales son la clave para resolver los problemas de pobreza que los mercados capitalistas cobijados por los gobiernos a modo producen, considere después, que las políticas asistenciales deben irse sustituyendo por programas de apoyo a proyectos productivos y de desarrollo para los grupos sociales marginados. El primero, desde una óptica simplista y reduccionista se ha movido de la derecha a la izquierda, mientras el segundo lo ha hecho en sentido inverso. Esto pasa, y no debiera producir sorpresa, molestia ni mucho menos espanto. Pero muy distinto es lo que motiva, por ejemplo, a Ana Rosa Payán a buscar la gubernatura de su estado abanderada por un grupo de partidos supuestamente identificados por profesar lo opuesto al pensamiento político de este conservador personaje de la derecha mexicana.
Pero esta propensión a vestir por conveniencia propia la camiseta del equipo contrario, sin menoscabo del portero mexicano Oswaldo Sánchez quien fue vendido de las Chivas al Santos por volición y convicción propias en un contexto muy diferente, ha sido vista con la misma preocupación por muchos ciudadanos en otros personajes de la política mexicana como Demetrio Sodi, del PRD al PAN, en Leonel Cota y Ricardo Monreal, del PRI al PRD, Porfirio Muñoz Ledo del PRI al PRD al desaparecido PARM, Francisco José Paoli del otrora PMT al PAN, en Jorge Kawaghi del PVEM al partido Nueva Alianza, de Pancho Cachondo del PAN a Convergencia y un montón de etcéteras, incluyendo el traslado de hombres de la izquierda sin partido a la derecha como el caso de Jorge Castañeda. Todo en nombre de la causa. La causa personal, por supuesto.
¿Creerán estos personajes y los dirigentes de los partidos que los azuzan que sus historias no se manchan cuando al mejor postor aran en sentido contrario? Heberto Castillo solía decir que "el arte de la política consistía en andar en la mierda sin mancharse". ¿Será que nuestros personajes de esta Trasquila entendieron nadar en vez de andar?
Réplica y comentarios al autor: trasquila@hectorcastillo.org
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