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El año 2006 concluyó de manera por demás atropellada. La buena noticia dentro de todo esto fue que por fin Vicente Fox salió de los Pinos. La paradoja es que aunque quizás nunca estuvo ahí, era urgente que ya se fuera. Fox se fue sin haber cumplido su palabra de terminar con un régimen antidemocrático. Y es que Fox le falló a la ciudadanía no solamente por haber sido muchas y en gran medida inalcanzables las expectativas que levantó al inicio del su sexenio, sino por su clara torpeza política y su pobre compromiso con la lucha por la transformación democrática que se hizo evidente al intentar de manera burda el desafuero de López Obrador y que se reafirmó con su desaseada participación en apoyo de la campaña de Felipe Calderón. Hechos que fueron sancionados por grandes y diversos sectores sociales en el caso del desafuero, y nada más y nada menos que por el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, en el segundo caso.
El final atropellado del 2006 (y del sexenio) lo fue en gran medida porque fue aderezado por la deleznable actitud de gran parte de nuestra clase política, tanto de izquierda como de derecha, que actuó de forma rupestre tensando inopinadamente el ambiente político nacional y poniendo en jaque (y en verdadero peligro) a gran parte de nuestras aun imberbes instituciones.
En mi opinión resulta lamentable constatar el bajo nivel de nuestros representantes populares en las cámaras de diputados y senadores, así como el de los cuadros dirigentes de la mayoría de los partidos políticos. Produce desasosiego, a veces asco, a veces pena, a veces tristeza y casi siempre preocupación. Duele de muchas formas, por decir lo menos. En el verdadero fondo de todo esto lo que subyace es la ignorancia. Y la ignorancia se cura educando, se cura leyendo y reflexionando.
Cuando una madre, por ejemplo, pone en riesgo a su hijo al sentarlo en un automóvil en el asiento del copiloto (así sea en la más moderna y segura sillita infantil) lo hace seguramente por que ignora que, en caso de un accidente, la posibilidad de morir o salir seriamente lastimado es mucho mayor en ese asiento que viajando en uno trasero. Pero hasta para explicarle a ella esa circunstancia se requiere tacto. Para hacerlo eficazmente con todas las madres potenciales se requiere una campaña y se requiere diseñar nuevos reglamentos. Del mismo modo, cuando una persona arroja basura en la calle, en el campo, los ríos o las playas, lo hace porque no ha aprendido (no está al tanto) de las ventajas sanitarias y ecológicas que ello representa para todos, incluyéndole a este hipotético pero cada vez más frecuente personaje. Siguiendo con esta línea de ideas, ¿ha pensado alguna vez amable lector por qué no nos orinamos en la calle? Algunos lo hacen, es verdad. Pero cuando lo hacen, salvo circunstancias justificadamente excepcionales (vgr. por algunas enfermedades), ocurre de ese modo porque los desinhibe el uso de alcohol u otras sustancias que afectan nuestra racionalidad de manera temporal. Ocurre también cuando la educación del que lo hace es más bien terriblemente pobre. Es cierto que orinarse en la calle, sin ser delito, es una falta administrativa sujeta a una sanción que incluye un castigo económico. Pero no es (no debiera ser) esa la razón por la que no nos orinamos (o defecamos) en plena vía pública. Las razones sanitarias son el principal argumento, aunque no el único. Igualmente, respetar el semáforo en rojo tiene que ver con un asunto de orden y seguridad que reduce la posibilidad de un accidente y por ello es conveniente para todos y cada uno de nosotros. No nos pasamos un alto porque entendemos esa circunstancia, y no porque exista una sanción económica en caso de hacerlo. La educación tiene que ver con entender la diferencia entre quien respeta el reglamento porque comprende su relevancia y no porque conoce las sanciones a que puede estar sujeto.
Por ello, cuando nuestros diputados se comportan (cada vez más frecuentemente) como verdaderos vándalos, hay poco que hacer. Las más de las veces, por lo avanzado de sus edades, no hay ya remedio. Perro viejo no aprende gracia nueva, dice el adagio popular. Pero no es sólo por eso. ¿Qué puede hacerse con un diputado o una diputada que actúa movido o movida más por intereses, instintos y por consignas que de una manera racional y educada? ¿Puede educarse a un hombre o una mujer de mediana edad (o incluso mayor) que le debe su posición política (y con ello su ingreso) a los grupos que manejan los partidos (de cualquier signo político)? Aunque ello no es imposible, la historia nos muestra que es poco, muy poco probable. ¿Qué hacer entonces? La respuesta, en mi opinión, es simple. Invertir en la educación de las nuevas generaciones. Modificar, actualizar y enriquecer los planes de estudio que impacten en nuestros niños y jóvenes. Los árboles torcidos no pueden enderezarse, es verdad, pero podemos invertir en la educación de nuestros niños para construir un país distinto, uno de ciudadanos que no puedan ser víctimas de las bandas políticas que ordeñan el erario público y que nos impiden avanzar en la construcción de un México moderno.
¿Cómo hacerlo? La respuesta no parece fácil. Cuando el más popular líder de la izquierda de nuestro país se refiere a sus rivales de manera visceral e insultante, y cuando se justifica y festeja la barbarie de algunos grupos sociales en el nombre de "la causa", cualquiera que ésta sea, es porque a la causa se le considera por encima de la ética. Es porque a la educación se le considera como un asunto secundario desde tiempos inmemoriales. En México al menos.
En efecto, los partidos políticos en México (en general) difieren muy poco con relación a la importancia que ellos le dan a los asuntos relativos a la educación, la cultura, la ciencia y la tecnología. En ellos, el analfabetismo sobre estos temas es un asunto que trasciende las ideologías y que los hace iguales. Por ello, el gobierno de Felipe Calderón propuso un presupuesto insultante para la cultura y otro, muy menor también para la ciencia y la tecnología. Con el nivel cultural de Fox resulta lógico entender el retroceso que hubo en el presupuesto para ciencia y tecnología que llevó a México a reducir la inversión en este rubro de casi 0.45 por ciento del PIB alcanzado en el sexenio de Ernesto Zedillo a poco menos de 0.38 en el último año del ranchero de Guanajuato. Pero la propuesta del gobierno de Calderón terminó por reducirla a 0.35 por ciento, propuesta que, a decir verdad, el Congreso no entendió que era menester mejorar. Ello nos reveló que el nuevo gobierno tampoco entiende que no es posible arribar al primer mundo por la puerta de servicio. Sucede que la relevancia de las llamadas sociedades del conocimiento es un tema que rebasa la capacidad de abstracción de nuestra clase política en su conjunto. Esa es la realidad. Por la ignorancia de la misma que le es inherente, más que por estulticia, que también (hay que reconocerlo) abunda en ese ámbito. Por ello nuestros políticos no logran entender que la inversión en educación tarde o temprano conduce a mejores estadios de desarrollo. Por ello los diputados aprobaron un presupuesto para educación, cultura y para ciencia y tecnología que nos garantiza permanecer unos años más en el subdesarrollo.
Mal empieza el sexenio el ahora pequeño presidente Felipe Calderón. Y mal lo hacen los diputados federales, ratificando en ambos casos que los olmos no producen peras. La verdadera nueva mala noticia del año que empieza es que esta visión, producto de esa ignorancia colectiva, durará por lo menos seis años más.
Réplica y comentarios al autor: trasquila@hectorcastillo.org
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