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El 2006 ha finalizado. Importantes y graves acontecimientos lo caracterizaron, tanto en el ámbito mundial como en el mexicano. Las nebulosas perspectivas de la economía planetaria -en especial la del imperio- nos acosaron impunemente. Por acá, como resultado de un controvertido proceso electoral, tenemos ahora un nuevo gobierno federal que intentará atender los mismos problemas que tenemos desde el 2000, acentuados muchos de ellos por el caudal de barbaridades realizado en el sexenio de "foxilandia". Éste culminó dejando dos presidencias: una legal y la otra "legítima", ejerciendo esta última acciones de resistencia social. Aún es muy temprano para vaticinar una tendencia visible a la necesaria reconciliación nacional. Pero este es el requisito necesario para avanzar.
Los años que vienen son cruciales para el acomodo de México en el contexto mundial. Seguir atados vergonzosamente al imperio, deterioraría todavía más nuestra situación. Hemos ido cuesta abajo en lo que respecta al gobierno que terminó, convirtiéndonos en un simple "peón de brega", al que se castiga con muros ignominiosos, que pretenden detener un éxodo creciente de personas, producto de políticas neoliberales aplicadas indiscriminadamente, en honor a los intereses del mercado.
Al menos, el Ejecutivo federal transitará el año que viene con un presupuesto a modo, aprobado unánimemente, pero que poco deja para el desarrollo social, menos aún para una inversión sólida que saque de la frustración a importantes núcleos de población nacional.
Por otro lado, atrae el programa de cien puntos del gobierno de Calderón que trata sobre aspectos relacionados con el exterior. La determinación de abrir espacios de diálogo y negociación con Centroamérica -aclarar lo de la refinería para Tabasco y revisar a fondo las estrategias del proyecto fallido del Plan Puebla Panamá- junto a los tres grandes de Sudamérica (Argentina, Brasil y Chile), quienes están embarcados en un serio empeño integrador, suena bien. Empero, lo que importa es la tesis que se presentará en cada caso.
México, en aras de servir al imperio, ha descuidado un poco las relaciones con estas áreas. Eso debe tomar ahora otro cauce. Hay dos rutas: la bolivariana y la martiana. Nada que ver con posturas actuales de Venezuela o Cuba, desde luego. Bolívar planteó y planeó una integración regional para enfrentar al imperio del norte. Martí pugnó por una patria latinoamericana unida, en torno a la libertad y la justicia. Su amalgama es la ruta precisa para mantener la tendencia histórica de México, en su lucha sostenida por la libertad, la soberanía y la independencia.
La propuesta de canalizar inversiones productivas a los polos de desarrollo regional entre nuestro país, los Estados Unidos y Canadá, es una idea con "espíritu chocarrero". Pretende ayudar a los poderosos del norte a cumplir compromisos tácitos de política económica integradora, pero el TLC no permitirá corregir diversos asuntos, fundamentalmente los agropecuarios, que están literalmente "matando de hambre" a los campesinos mexicanos. Son raíz y razón de que más de medio millón de mexicanos crucen la frontera de la muerte cada año.
En el continente latinoamericano, se dio un sesgo muy importante en las tendencias políticas de los gobiernos de la región. La izquierda en el poder se hizo presente en los principales países del área -salvo México. Juntos enfrentan al imperio en duras batallas diplomáticas, "dando al traste" con el afán de crear un solo organismo integrador regional, bajo la férula del gobierno estadounidense. En su lugar se fortalece la integración del Cono Sur y se lanza el proyecto de la unidad Bolivariana, bajo el auspicio de Venezuela, aunque aún no está claramente definido en sus aristas económicas.
Sin embargo, mucho empeño habrá de ponerse en la región, para no verse apabullada por las nuevas maneras de comercializar y de producir. Las transnacionales son ya el poder económico más vigoroso en el mundo. Son ellas las globalizadoras. Al menos en el caso nuestro, nos encajonan como nación de servicios, llenando nuestros hogares de productos producidos en otros continentes y naciones.
Mucho tendrá que hacerse y negociar con nuestros pares al Sur, para superar las tendencias desnacionalizadoras, atentatorias de la soberanía nacional. ¿Estará el gobierno federal en esta sintonía? No se aprecian en su composición cuadros capaces de entender la urgencia del cambio de rumbo.
O nos relacionamos con el exterior, respetando los intereses nacionales, o los movimientos de la conciencia popular seguirán teniendo eco y probablemente acrecentarán su presencia social. En un descuido y estaríamos en un grave momento, si el pueblo mide su incremento salarial frente a los beneficios que acrecientan los grandes capitales, que se mueven ya en los ámbitos de la decisión política oficial. Sensibilidad social es el compromiso urgente. No más demagogia oficial.
Réplica y comentarios al autor: v_barcelo@hotmail.com
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