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   El sueño vivo de Jaime Perches

Conocí a Jaime Perches en los años calientes de la guerra fría y en los días nublados de la guerra sucia. Me lo presentó Eduardo Montes (q.e.d) en la remozada casona del PCM, enclavada en la calle de Durango. Era una persona circunspecta que me impresionó por su mirada profunda y la fuerza de sus grandes silencios, celosamente guardados en la discreción de sus opiniones. Pude valorarlo cuando el partido, en pleno crecimiento ciudadano, al final de los setentas y ochentas, era "un costal lleno de renos y dinos" con ideas brillantes y contrapuestas sobre cómo emprender la "transición democrática". Tal vez, estas vivencias se lean mejor al saber que Jaime Perches, tras el movimiento ferrocarrilero, había padecido las secuelas de las represiones militares, carcelarias y laborales, producidas por el panóptico revolucionario del Estado mexicano de los años sin cuentas.

Jaime Perches fue un renovado quijote al servicio de la organización partidaria. Estaba convencido de que el camino para la emancipación del pueblo era unificar el proyecto ideológico. Con esa pulsión vital, fue leal al antiestalinismo de Valentín Campa y al metadiscurso anticaudillsta de Martínez Verdugo. Jaime, con el grupo compacto de Arnoldo, sostuvo un discurso crítico al socialismo de Estado -el socialismo realmente inexistente- que paralizaba las lenguas disidentes y atenazaba impunemente en el territorio del Gulag. Perteneció a la generación de comunistas mexicanos que no se empequeñecieron ante los prejuicios, el dogmatismo y el despotismo del "charrismo sindical" establecido.

Perches supo de todos los seísmos y rentismos de la(s) izquierda(s) lombardista y talamantera, confrontándolas, seguramente, debido a que gozaba de una salud mental protodemocrática, cultivada desde la enseñanza materna, y porque soñó, desde joven, con la utopía comunista y una ortodoxia imposible. Formó parte del grupo de compañeros que se propusieron un PCM crítico e independiente del PCUS y lucharon contra las divisiones de la izquierda local e internacional, fomentadas, perversamente, por el marxismo totalitario y burocrático del estalinismo, el maoísmo y el castrismo.

Me encontré nuevamente con Jaime Perches hace un puñado de meses. Le comenté que buscaba una entrevista con el encargado del despacho de gobierno y los bufones de izquierda, que resguardaban las oficinas de palacio. Me indicaron que lo analizarían. Quizá te sirva de consuelo -me dijo-, pero a mí no me han promovido y lo he intentado muchas veces. Me platicó que estaba escribiendo un libro sobre el movimiento ferrocarrilero e impulsando con otros compañeros el movimiento "dignidad ciudadana". Le respondí que me parecía una luminosa contraseña que debía cuidarse de especuladores electorales y obligaba encararla como una vía abierta, como un objeto deseado para ciudadanos deseantes, en un país donde los derechos ciudadanos-humanos no están plasmados en la Constitución, y no son respetados, ni por la(s) izquierda(s) ni por la derecha(s). Las obligaciones y los derechos ciudadanos-humanos se afirman ejerciéndolos.

Un día antes de que, con su ojo lánguido, "la putilla del rubor helado", cobardemente, lo sedujera en su camioneta, hablamos de las deficiencias y la mala calidad de los servicios de salud, el transporte y la paranoia pública en la zona metropolitana. Quedamos de vernos para valorar si publicábamos el libro Socialismo Liberal de Carlo Rosselli, un socialista democrático que no tenía dudas de cómo llegar al socialismo libertario mediante el desarrollo del método liberal y el perfeccionamiento de la democracia. Rosselli pensó prematuramente su tiempo. Escribió su libro en plena depresión económica y después de la primera crisis del marxismo que dio paso al revisionismo y a la socialdemocracia. Fue ultimado muy joven por el fascismo y escribió sus reflexiones al iniciar el siglo XX.

Quienes críticamente apreciamos a la generación antiimperialista de Jaime Perches y deseamos -para cambiar la vida- un país democrático, socioliberal, neorrepublicano y pretendemos reconstruir el actual estado-nación, capturado por intereses privados y globalizado por la economía capitalista, no podemos apagar la luz, dejar de tomar café, guardar silencio, ni endulzar el discurso. No debemos tolerar el capitalismo de compinches ni los gobiernos de compinches. Podemos encontrar, sin populismos, sin caudillismos, ni mesianismos -por más legítimos que se perciban-, nuevos sentidos participativos, republicanos y neoinstitucionales. Las preocupaciones terrenales, cada vez más mundializadas, son demasiado elocuentes.

El sueño libertario y justiciero de Jaime Perches, y su vía férrea: el socialismo democrático y la utopía comunista, será posible con la radicalización -día a día- de la democracia participativa y la cimentación de una igualdad básica, mediante la construcción ética de ciudadanos, más saludables, mejor educados y productivamente calificados. El socialismo y el comunismo no resultarán del desastre capitalista (como sostenía el "marxismo-leninismo científico"), serán producto de su éxito -y para alcanzar el éxito del capitalismo-; el liberalismo y la democracia son los fines y los medios efectivos para lograrlo.

Al socialismo y el comunismo, el perfeccionamiento conceptual del liberalismo y la radicalización de la democracia participativa le son imprescindibles. En la incertidumbre del llamado poscomunismo, han muerto el padre primordial, dios, el rey, el pueblo y el proletariado. Sólo queda vivo el demos. Con la afirmación de las relaciones ciudadanas, organizadas en el espacio público no-estatal, será realizable la asociación libre de productores, el fin de la opresión y la libertad como no explotación, ni dominación.

Para matar la muerte y denegarla como el "amo absoluto", se me ocurre ofrendar al camarada Jaime Perches, en cualquier ferrocarril o astillero donde se encuentre su antaño sueño, vivo y ardiente, la lectura (traducción libre) de uno de los poetas alemanes del joven Borges, Johannes Robert Becher:

A los compañeros

Ciudades se hunden en seres comunales
En uniones y escombros
¿Todavía aquí hay firmeza?
¿Dónde compañía?
Jamás se irán los hunos infernales
Al infinito la mirada abierta
Y sin negar a dios ningún momento
Y aún con vosotros entre reyertas
Y al exhalar yo mi postrer aliento
Mi orgullo será hallar
En lo profundo de nuestra edad
Vuestra figura
¡Hermanos!
Los que escogió mi voluntad probada
Os agradezco
Firmes veteranos
Que en la perpetua perdición del mundo
No perdiese la vida
Entre la nada.

El compañero Jaime Perches Manzano, murió el 27 de septiembre de 2006. Las circunstancias que rodearon su muerte no han sido esclarecidas por las autoridades.

(*) Centro de Estudios del Espacio Público no Estatal. Profesor de la FCPyS-UNAM

Réplica y comentarios al autor: EspacioPublico_noEstatal@hotmail.com




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