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   Juicio de residencia moderno

Inició con un golpe de timón...

Hace muchos años, en los tiempos de la Colonia, existía un procedimiento judicial establecido en el derecho castellano e indiano que se refería básicamente en que, al terminar su responsabilidad político-administrativa, los funcionarios de cierto nivel estaban sujetos a una exhaustiva investigación de las acciones más relevantes de su desempeño administrativo. Durante seis meses, el alto empleado no podía alejarse del lugar donde había trabajado y tampoco podía aceptar otra posición hasta que concluyera dicho juicio. Los principales cargos en la administración colonial estaban sometidos a este procedimiento, empezando con el virrey como Presidente de Audiencia, hasta el cargo de alguacil, pasando por el de alcaldes.

Sus decisiones, sus declaraciones, incluso sus omisiones pasaban por el tamiz de los reclamos de aquellos que se sentían agraviados por la actuación de los funcionarios. Por lo general, quien fungía como juez era la persona que lo sustituiría en el cargo. Esta práctica judicial tenía una enorme importancia, tal vez porque era la única posibilidad de llamar a cuentas a aquellos que representaban a la autoridad, incluso al rey y, acaso, como el momento anhelado que servía como catarsis social. El juicio de residencia fue cancelado por el texto reflejado en la constitución española de 1812.

Sin embargo, cientos de años después, la reminiscencia de aquel juicio de residencia -descartando el inútil informe a la nación que anualmente rinde el ejecutivo- la encontramos en la responsable actitud que, lenta pero inexorable, va asumiendo quien tiene el mandato constitucional del relevo. Y, seguramente, en lo más profundo de la mirada decepcionada de aquellos que fueron gobernados.

Ya inició. Ahí está la lapidaria declaración de Arturo Sarukhán Casamitjana, coordinador de asuntos internacionales del equipo de transición del presidente electo Felipe Calderón, quien criticó la actual política exterior de México al decir que nuestra nación ha perdido el liderazgo en América Latina, y no sólo eso, sino que ha desarticulado "estos últimos años" su red de cabildeo ante sectores importantes de la sociedad estadounidense.

La declaración de Arturo Sarukhán no deja margen a ningún tipo de ambigüedad. Anunció que habrá un "golpe de timón" para corregir los errores importantes y desafortunados de "conducción, mapeo e instrumentación política en materia internacional. Es necesario que México retome los principios de política exterior como guía y no a rajatabla o como camisa de fuerza que limiten su actuación en todos los ámbitos".

Ni las reconvenciones reiteradas de Antonio Garza, embajador de Estados Unidos en México, han calado tanto en el desmadejado equipo foxista, como el señalamiento de Sarukhán. Aquí se valida la sabiduría de nuestros abuelos cuando señalaban que para que la cuña apriete, debe ser del mismo palo.

No deja de ser paradójico el hecho de que hace seis años, los términos con los que calificaba el equipo entrante a la administración del presidente Ernesto Zedillo, eran de franco reconocimiento en todos los rubros. Ni por asomo se escuchó una crítica del tamaño, proporción y significado a la que vertió, con todo tino, Arturo Sarukhán.

La costosísima campaña mediática, con miles de spots de radio y televisión que hacen referencia a un lugar llamado foxilandia, las reiteradas y desesperadas declaraciones del presidente saliente, que -ahora sí- buscan la benevolencia de la historia, serán como un castillo de arena que no soportarán el embate de la más suave de las olas impulsadas por el soplo de la realidad nacional. Lástima. Y sólo es el principio.

Réplica y comentarios al autor: salvadorordaz@mexico.com




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