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Quienes de un modo u otro padecimos la acción de los gobiernos represivos de las décadas de los 60 y 70, no podemos comprar la idea que se intenta sembrar en estos días, de que padecemos un gobierno asesino y represor. Uno inútil quizás. Uno torpe seguramente. Uno incapaz evidentemente. Pero ni represor ni asesino. México padeció durante este sexenio un gobierno encabezado por un presidente que no sólo no supo serlo. No quiso serlo. Por eso inició él mismo, a la mitad del camino, la campaña para sustituirle.
Lo que ocurre en Oaxaca es en todos sentidos lamentable. Pero el gobierno federal nada puede hacer para obligar al supuesto gobernador de ese estado, Ulises Ruiz, a retirarse solicitando licencia. El poder legislativo tampoco puede hacerlo, a menos que le iniciara un juicio político al personaje de marras. El PRI, partido que le llevó al poder, pagará nuevamente en las urnas su decisión inopinada de sostenerle con su apoyo incondicional cuando es más que evidente que Ulises Ruiz no podrá gobernar Oaxaca ni ahora ni después. Empeñado en sostenerse en el poder, este hombre obsesionado por la gubernatura ha puesto en peligro la estabilidad de Oaxaca y la del país entero, arriesgando quizás su propia vida de manera absurda.
La polarización que el país vive desde el pasado dos de julio ha ido creciendo de manera oscilante y preocupante. No se ve cómo pueda la izquierda más fuerte en el país, la perredista, aprovechar la ocasión para crecer y fortalecerse. Para conseguir incorporar en la agenda legislativa y en los diversos espacios del poder los temas y los cambios que ayuden al país a reducir la desigualdad que a todos nos lastima. Por ello resulta el río revuelto el escenario donde grupos radicales ven la oportunidad de hacerse notorios y protagónicos. No sería extraño ver a sus líderes, otrora cercanos al Dr. Simi y al PRI, en los próximos años ocupando curules y posiciones de gobierno variadas desde las cuales puedan reproducir esas viejas formas de hacer política en beneficio de sus propios liderazgos. De concretarse, lo harán muy probablemente acompañados y respaldados por el oportunismo de algunos de los partidos de la vieja izquierda (PRD, Convergencia y PT), cuyas prácticas son, por decir lo menos, rudimentarias. En efecto, hacen falta liderazgos distintos, preparados e inteligentes para conducir las batallas que demanda el nuevo milenio.
Por ello urge, a tres años de distancia del proceso que renovará nuestras cámaras de diputados y de senadores, iniciar las acciones que nos permitan llevar a esos espacios legislativos a hombres y mujeres de una izquierda distinta, republicana, democrática, socialdemócrata. Una izquierda que sepa acercar y conciliar al pensamiento liberal con el socialdemócrata. Para hacer posible respetar los derechos individuales y colectivos en un marco que favorezca la lucha contra la desigualdad e injusta distribución de la riqueza. Una que sepa reconocer, en nuestras diferencias, la fortaleza y riqueza de nuestra sociedad. Para aprovecharlas, claro está, en la construcción de acuerdos en los que, cediendo todos un poco, la sociedad en su conjunto resulte beneficiada. Gobernar para todos. Nada más, pero nada menos.
El 2009 parece lejano, pero en realidad está a la vuelta de la esquina. Imagine lector amigo, para esa contienda, conseguir un congreso en el que participaran hombres y mujeres como Gilberto Rincón Gallardo, Patricia Mercado, José Woldenberg, Ricardo Raphael, Sergio Aguayo, Alberto Begné, Martha Lamas, Roger Bartra, Julieta Fierro, Eduardo Pérez Haro y Ricardo Becerra, por mencionar algunos nombres destacados. Estoy seguro que muchos nos sentiríamos representados. Trabajaré, en los siguientes años, por intentar convencerles de que sean ellos algunos de nuestros representantes. Ayúdame a convencerlos. Encontremos juntos la forma de hacerlo.
Réplica y comentarios al autor: trasquila@hectorcastillo.org
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