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Más allá de nuestra personal percepción sobre lo que hizo y no hizo el hombre que despacha en los Pinos, más allá incluso de la propia percepción que sobre su gestión tiene el presidente Fox, en menos de veinticinco años ya se tendrá el juicio sereno, objetivo e implacable de la historia.
Sin embargo, mucho antes, desde el 2 de diciembre de este 2006, el ciudadano Fox comenzará -sin duda- ese proceso mental personalísimo, íntimo, por fuerza sincero y por obligación honesto, que tiene que ver con ese sentimiento del que nuestros mayores nos advertían y que se llama remordimiento de conciencia.
Y ése será su compañero constante, permanente, de día y de noche, arriba o abajo, dentro y fuera, con prozac y sin él. Ahí estará cuando monte a caballo, o se prepare para asistir a misa o salga de viaje. Para bien o para mal lo estará acompañando hasta el último día de su vida, ya sin el recurso de los miles de spots de radio y TV que repetían millones de veces las "bondades" de su ejercicio, ni la presencia de una corte aduladora e interesada en alimentar la existencia de un país llamado foxilandia.
Y ahí estarán también las mil y una anécdotas, desde el día que recibió la investidura presidencial ante el Congreso de la Unión dirigiéndose a su familia, hasta el día que le exigió a Felipe Calderón su renuncia como secretario de Estado. También le lastimará el recuerdo del fallido desafuero. Le mortificará, sin duda, evocar el desaguisado que provocó en materia de relaciones exteriores, uno de los escasos temas en que México era respetado y reconocido. Ya ni hablar del gigantesco ridículo que pasó a ser parte del anecdotario internacional con la oficiosa y ofensiva actitud asumida con Fidel Castro con aquél inolvidable "comes y te vas". O qué decir del famoso: "¿Y yo por qué?" Y así, como metal que resuena o címbalo que retiñe sin extinguirse jamás, una tras otra, cientos de anécdotas más.
Sí hoy, con todo el poder, busca evadir cualquier encuentro con los simpatizantes de López Obrador, ¿qué será mañana cuándo uno de estos lo confronte en cualquier lugar? ¿Con qué tranquilidad asistirá a ofrecer sus ya anunciadas "conferencias" o a presentar sus libros o memorias, si siempre estará la posibilidad de que lo aborden con todos estos temas? Aún se recuerda aquella bofetada que recibió el Lic. José López Portillo por parte de una señora en un centro comercial en los Estados Unidos, que con ese acto sacaba toda la rabia acumulada de una ciudadana que se vio afectada por la conducta del ex presidente.
Hoy existe tanto ruido en nuestro país, que ya casi nadie puede escuchar lo que dice el todavía presidente. Es el ruido de los asesinatos y los secuestros, de la violencia desatada en muchos rincones de nuestra patria; es el ruido de organismos internacionales que un día sí y el otro también reseñan el atraso que en muchos rubros México padece; es el ruido del dolor y sufrimientos que padecen 582 mil mexicanos que cruzan anualmente la frontera; es el ruido que provoca la reiterada advertencia que hace -con justa razón- Antonio Garza, embajador de los Estados Unidos en México; es el ruido del estrepitoso fracaso de aquella "madre de todas las batallas", encabezada por el programa México Seguro; es el ruido de los millones de ciudadanos que votaron por AMLO y que se saben víctimas de un fraude electoral propiciado por Fox más que por Felipe Calderón. Es el ruido desgarrador de un pueblo que por seis años se vio sometido a innumerables actos fallidos de un gobierno que no supo ser. Es el ruido de las determinaciones sin fundamento como aquella de querer tener un gabinete sexenal y haber solicitado la renuncia equivocada, dejando en el gabinete a personas que prefirieron dar explicaciones en lugar de resultados.
Dicen los que saben que el remordimiento es más intenso cuando la naturaleza que lo provoca tiene más que ver con lo que se pudo haber hecho, y no se hizo.
Réplica y comentarios al autor: salvadorordaz@mexico.com
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