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   Ni mesías ni tlatoanis

La construcción de una democracia sólida implica, necesariamente, la demolición de la tendencia natural del ser humano a construirse liderazgos mesiánicos (de izquierda o de derecha), cuya naturaleza es irremediablemente autoritaria. Puede decirse, de un modo general, que cuando escuchamos a grupos sociales, de índole diversa, proferir consignas, gritos y aplausos a favor de un líder social, lo que hacemos es asistir a una reproducción más de un tipo de comportamiento que forma parte de nuestra más elemental y primitiva naturaleza. En lo personal, siento pena ajena cuando soy testigo de este comportamiento, independientemente de si surge para apoyar a líderes sociales con los que yo tengo o no afinidad política.

No comparto la idea de que la democracia sea una característica que defina a la izquierda. La historia mundial y la nuestra nos demuestran más bien que en el pensamiento de la izquierda ha existido tradicionalmente una propensión a suponer que hay un posicionamiento correcto y uno incorrecto. Visto en forma de caricatura, que hay un bien y un mal. La idea de la existencia de unas supuestas fuerzas del mal encabezadas por el innombrable da testimonio de ello. Por ello consideran relevante un liderazgo capaz de derrotarles. Como en los cuentos infantiles donde el monstruo es masacrado por un príncipe (una especie de autoridad mesiánica) que al hacerlo no sólo suele rescatar a una princesa, sino a todo su reino.

En lo personal, me asusta la idea tan arraigada en muchos que opinan que para que México pueda cambiar y avanzar en el plano político y económico es fundamental el surgimiento de un especie de superhombre o supermujer que nos venga a decir cómo y por donde. Algunos vieron a ese líder en Vicente Fox en el 2000. Hay que reconocerle que, quizás como consecuencia de esa propensión nuestra a la construcción de liderazgos, la historia nos demostró que su participación fue clave en la fractura de la hegemonía del PRI que duró más de 70 años, pero su liderazgo resultó inútil para cambiar el país que recibió en sus manos, quizás un poco porque no existió en él verdaderamente esa intención, pero sobre todo porque la transformación de un país requiere de la construcción de instituciones múltiples y diversas. Es indudable también, que hubo otros que en su momento vislumbraron ese liderazgo en el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas, al grado de que el ingeniero se ganó el mesiánico y peligroso calificativo de líder moral del PRD. Es una verdad de Perogrullo que la figura de Cárdenas resultó también clave en la construcción de nuestra aún débil e imberbe democracia. De manera contradictoria, liderazgos como éste construyen y derriban en forma simultánea. Construyen porque convergen en ellos diversos grupos sociales que terminan formando organizaciones y partidos. Y derriban porque suponen que solamente su visión de cambio es justa y verdadera. Y quien piensa que la razón está de un lado, anula siempre, por definición, la posibilidad de la razón del otro. Y no existe democracia que pueda existir prescindiendo del otro. Por ello opino que ni el de Fox, ni el de Cárdenas fueron nunca liderazgos verdaderamente democráticos. Por ello opino que aquél que desde hace ya algunos años asume Andrés Manuel López Obrador tampoco lo es. Menos cuando su proceder propicia inexorablemente una evidente de subordinación de funcionarios de partido y de gobierno como el caso paradigmático de Alejandro Encinas, quien sin el menor pudor se le somete sin renunciar a su posición de jefe de gobierno interino, pero sí en cambio renunciando a sus tareas de gobernar para todos en nuestra gran metrópoli del Distrito Federal. O bien por el temor que también propicia, a decir de muchos y cercanos personajes de López Obrador, quienes no se atreven a contrariar la opinión de un fuerte liderazgo que sobre la base de multitudinarias manifestaciones decidió a priori su supuesto nombramiento de presidente legítimo con una votación a modo y por ello ridícula, que dibuja su volición autoritaria y caricaturiza, sin querer, su propensión al mesianismo.

Pero ese mesianismo no ha sido el defecto de unos pocos. Más bien todo indica que parte de nuestra cultura priísta y patriarcal suele reproducirle a diestra y siniestra, como muestran los casos señalados. Por ello Jorge Castañeda opinó en su momento que bastaba un proyecto bien construido y un líder para cambiar a México. Siendo Castañeda un hombre inteligente y preparado, resulta preocupante suponer que estuviera realmente convencido de ello.

La verdad es que la historia del mundo nos enseña que los países avanzados tienen instituciones fuertes y liderazgos personales más bien débiles, mientras que en los países pobres, eufemísticamente llamados países de economías emergentes, ocurre lo opuesto: liderazgos fuertes con instituciones débiles. Por ello, la apuesta para México, y quizás para muchos de los países de la América Latina, debiera ser aprovechar algunos de esos liderazgos, pero comprometiéndoles a trabajar en la construcción de instituciones fuertes. Por esa razón, la izquierda mexicana no debería apostarle al vandalismo social como forma de acción política porque no sólo no se ve cómo pueda resultarle efectiva en la consecución de sus demandas de mayor justicia social y mejor distribución de la riqueza, sino porque a la postre terminarían precisamente por debilitar aun más nuestro endeble andamiaje institucional. Peor aun para ellos, porque terminarían reduciendo en el siguiente ciclo electoral su número de representantes en los diversos espacios de gobierno.

En suma, opino que para avanzar en la construcción de un México más democrático se requiere reconocer al otro, al que opina diferente, como contrapeso fundamental y necesario. Para conseguirlo habrá que caminar en la construcción de nuevas izquierdas y derechas cada vez más plurales y democráticas. Que acepten que la posibilidad de un México más justo y más próspero demanda la conciliación entre el pensamiento liberal y el de la izquierda. Para poder conseguir, de manera útil e inteligente, hacer posible coexistir los derechos colectivos con los derechos individuales. Para poder construir instituciones fuertes y abandonar, cada vez más, la idea de que requerimos a un iluminado Tlatoani para cambiar favorablemente nuestro destino.

Réplica y comentarios al autor: trasquila@hectorcastillo.org




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