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Hace seis años, en días como los de ahora, sin ser panistas, en el fondo de nuestra conciencia muchos mexicanos no veíamos tan mal que perdiera el PRI; sobre todo ante un personaje que aglutinaba en su persona los atributos personales que "garantizaban" el cambio anhelado: campirano, valiente, honesto, con experiencia empresarial, transparente... Todo indicaba un hombre exitoso. Daba la sensación que aquello que se proponía lo llevaba a feliz término. En fin, se sentía en el ambiente el advenimiento de un ser capaz de asumir cualquier riesgo -cualquiera- con tal de provocar ese cambio que hasta el más escéptico reconocía como absolutamente necesario.
En aquel momento, la gestión, sin el respaldo de una carga mediática adecuada en el Distrito Federal, había eclipsado -tal vez- injustamente al gobierno del Ing. Cuauhtémoc Cárdenas, verdadero arquitecto de la vida democrática del México del siglo XXI. No podemos ni debemos olvidar que en 1988 él pudo optar por el poder o por la democracia, guerra civil o paz. Su opción todos la sabemos y el que vendría a usufructuar aquella decisión sería Vicente Fox. Sí, el campo estaba limpio, listo para que el demagogo y populista ofreciera todo, sin el mínimo sentido de responsabilidad histórica o personal. Prometió todo y sin medida: desde los 15 minutos para resolver el conflicto de Chiapas hasta el siete por ciento de crecimiento anual en nuestra economía.
Aquellas máscaras o facetas del candidato Fox fueron directamente proporcionales a las expectativas que despertó en una buena parte del pueblo de México. Fueron enormes, formidables, rebasaron nuestras fronteras y al principió se le recibía como a un verdadero Jefe de Estado. Su triunfo imponía respeto entre aquellos gobernantes, reyes y magistrados que lo recibían en el extranjero.
Sólo fue al principio. Lenta pero inexorablemente -como la humedad-, la cruda realidad fue asumida con tristeza y decepción por los mexicanos, y reflejada en los partes diplomáticos de las embajadas de todo el mundo acreditadas en nuestro país.
Sí. El encanto había terminado. Ni una de las muchas promesas de campaña se convirtió en acto de gobierno.
Una a una, las máscaras de los atributos fueron cayendo. Fox no fue valiente. Persisten grupos de poder intocados e intocables. Ni hay evidencias de un manejo empresarial exitoso. Basta recordar que permitió que el 75% de los excedentes en el precio del petróleo, lamentable e impunemente, se destinaran a un escalofriante gasto corriente. Lástima, demasiado tarde nos enteramos por distinguidos guanajuatenses que como empresario local condujo a la quiebra todos aquellos negocios en los que participó. Asimismo, el presidente tampoco es transparente. Existen serias dudas sobre el enriquecimiento inexplicable de sus familiares más cercanos. Vaya, resulta que tampoco es campirano. Hoy nos damos cuenta que lo que a él y a su señora esposa verdaderamente les fascina son los viajes al extranjero y estar en contacto estrecho con la realeza y los magnates del poder político y económico del mundo.
Del atributo de exitoso, las estadísticas lo dicen todo: el 95 por ciento de los programas anunciados al inicio de su sexenio con la parafernalia propia de su "gabinetazo", es decir, con bombo y platillo, hoy son sólo tristes y costosísimas anécdotas. De igual manera baste recordar que el ciudadano Fox recibió un México que ocupaba el 33 lugar en competitividad mundial. Lo está ahora dejando en el lugar 41, etcétera, etcétera ad infinitum.
Sin embargo, de todos aquellos atributos, uno solo todavía podía conservar. El reducto final que le daría razón de ser a su sexenio: ser el presidente de la democracia. Sí, ineficiente, inepto, de escasos resultados y numerosos actos fallidos, pero demócrata.
Con la declaración del senador y presidente del Partido Verde Ecologista, Jorge Emilio González Martínez, en el sentido de que Vicente Fox le pidió hacer una alianza con el PAN porque "no permitirá -sic- que ni Andrés Manuel López Obrador ni Roberto Madrazo ganen la elección del 2 de julio", la última de las máscaras ha caído. La copa de la vida se llena una vez y ahora ha quedado vacía. Y nuestros votos y los doce mil millones de pesos que costará el proceso electoral. ¿Para qué gastarlos si Fox "no permitirá" que ganen sus adversarios?
Réplica y comentarios al autor: salvadorordaz@mexico.com
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