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Falta todavía un par de meses para la elección del dos de julio y ha comenzado a ocurrir algo que algunos analistas pronosticaron hace mucho tiempo: una batalla entre dos: entre el candidato de la poco moderna centroizquierda mexicana, Andrés Manuel López Obrador, y el candidato de la atrasada centroderecha nacional, Felipe Calderón. Escenario poco halagüeño pero tampoco como para rasgarse las vestiduras. Para fortuna de los constructores de la democracia mexicana, Roberto Madrazo no tiene ya oportunidad.
El escenario que surge, sin embargo, puede ser riesgoso al polarizar no la lucha que se da entre los candidatos y partidos mencionados, sino a la ciudadanía misma. Es común encontrar en la calle, en el taxi, en la plaza, en las sobremesas, en las escuelas y universidades, en el ámbito laboral, etc., conversaciones a veces exaltadas con relación a que si gana López Obrador será un peligro para México, particularmente para la economía nacional. Igualmente, del otro lado, comentarios sobre la ultraderecha apoderada de los espacios de poder a través del Yunque, que nos conducirá a tener catecismo en las escuelas públicas y el inminente retiro de la pastilla del día siguiente de ganar Felipe Calderón. Ni lo uno ni lo otro. No habrá tragedia. La democracia mexicana, aunque adolescente, ya tiene la fortaleza suficiente para evitar escenarios drásticos. Se entienden estos temores porque en nuestra cultura política se sobredimensiona la capacidad (para hacer bien o para hacer mal) que puede tener un líder cualquiera, cuando lo que es urgente es construir un México institucional. Pero es natural que nos cueste deshacernos de nuestra propensión a construir pedestales para próceres y Tlatoanis.
Si bien es un hecho innegable la existencia de una veta autoritaria y poco democrática en López Obrador, recordemos que gran parte de ella prosperó en el Distrito Federal, porque el partido que predomina en la preferencia de sus ciudadanos dispone de mayoría abrumadora en el congreso local y actúa como lo hiciera el PRI en el Congreso por décadas, de manera inopinada, siguiendo el mandato de un liderazgo unipersonal. Eso nos lleva a señalar que lo realmente peligroso para las democracias son las victorias apabullantes de unos grupos sobre otros, los llamados carros completos. Cuando los congresos logran ponderar la pluralidad política y social existente en las calles, las cosas caminan con paso firme. Quizás no tan rápido como uno quisiera pero no hay tampoco en esas circunstancias virajes desestabilizadores. Porque están todos los tabiques sobre sus cimientos. La invitación que yo hago entonces al ciudadano es a diferenciar su voto, para crear los contrapesos para que ningún presidente intente reacomodos totales de manera irresponsable. Lo mismo para el caso de los gobiernos locales, particularmente en el caso del Distrito Federal, donde una sola tendencia domina y, en el natural ejercicio monopólico del poder, trastoca y lastima (a querer o no) los derechos ciudadanos de los que disienten, pero con mucha frecuencia también la de sus propios feligreses.
Es una realidad que Felipe Calderón es un hombre conservador. Dice tener las manos limpias pero se rodea de algunos hombres y mujeres con manos sucias. Por ello le rechazan en los eventos que realiza en las universidades, a cuyas invitaciones él ha comenzado a rehuir. Es evidente que la perspectiva de Calderón y la de su partido favorece a los que más tienen, a los dueños de la riqueza nacional y que intentará imponer un sistema fiscal que les sea propicio, lo que agravaría las distancias existentes entre los que ganan más y los que menos tienen. La verdad sea dicha, de ganar Calderón no le será posible imponer estos cambios en virtud de los contrapesos que habrá seguramente en el Congreso.
Por ello insisto en que no deben espantarnos con el petate del muerto. Lo que debe preocuparnos a los ciudadanos no es tanto si ganará un hombre en particular, sino quiénes ocuparán los espacios en las diferentes cámaras. Es ahí donde la verdadera lucha tendrá lugar. Es ahí donde las decisiones se tomarán, sobre asuntos de política fiscal, desarrollo económico, educación, ciencia y tecnología, salud, programas sociales, etc. La mala noticia es que la mayoría de los candidatos de los partidos que pueden acceder a estos espacios no fueron convocados por esas capacidades, experiencias ni habilidades. Lo fueron en virtud de la lucha por esos y otros espacios de poder, y los consiguieron en función de la fuerza de sus grupos. Ahí está la verdadera tragedia, si bien hay que reconocer que estas incapacidades estarán equilibradas y ponderadas por los diversos partidos de siempre, lo que hará difícil que aún sometidos a los liderazgos de sus partidos puedan decidir sobre los diferentes asuntos nacionales sin tener que ponerse de acuerdo.
La participación en el debate de candidatos, en muchos sentidos la ganadora Patricia Mercado, candidata de Alternativa, puede atraer ahora el voto de grupos de ciudadanos independientes. Mercado tiene oportunidad particularmente entre los grupos de votantes volátiles que deciden su voto sin preocuparse mucho por el espacio geométrico que ocupen los candidatos, sino que se preocupan más por tener gobernantes responsables y preparados para construir un México democrático y moderno. Esta franja de votantes es la que puede también definir el triunfo entre Andrés Manuel y Felipe, a la que el primero parece estar insultando con sus comentarios como el de que las encuestas están trucadas cuando no le favorecen y cuando en consecuencia las liga a los eternos complots que parecen habitar ya sólo en su mente.
Patricia Mercado, es cierto, no ganará la contienda presidencial, pero al haber conseguido Alternativa ganar la lucha interna contra los mercenarios de la política que lastimaron la lucha de los campesinos mexicanos por participar en el desarrollo sustentable y con justicia del país, consiguió dar un paso en la construcción de un nuevo partido de centroizquierda nacional, republicano y liberal. Ahí está para dar fe de ello el discurso de Alternativa de la que Mercado es su principal vocera. Un partido que puede nacer este dos de julio al refrendar su registro en las urnas.
Si me pregunta, amigo lector, cuál es la principal diferencia que veo entre la izquierda del PRD y la que impulsa Alternativa, es que la primera es una izquierda corporativa que hace uso de clientelas, mientras que la segunda es una izquierda de ciudadanos libres. Una izquierda dispuesta a compartir y ejercer el poder de manera responsable: construyendo un México institucional donde quepan todas las diferencias. Una izquierda sin liderazgos mesiánicos, ni soluciones únicas.
Réplica y comentarios al autor: trasquila@hotmail.com
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