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Las campañas presidenciales han arrancado ya, y a pesar de que aún faltan cuatro largos meses de bombardeo tanto entre los candidatos como hacia el electorado, todo indica que no habrá cambios importantes y que Andrés Manuel López Obrador será muy probablemente nuestro próximo presidente. Parece que México tendrá por fin un presidente de izquierda. No de una izquierda republicana, liberal y moderna, es cierto, pero será un gobierno de izquierda. Un peldaño más de la escalera hacia un México más justo. Así pienso que debemos verle los hombres y mujeres de izquierda. Ello a pesar de los defectos personales del candidato y de lo atrasado (desde el punto de vista político) de algunos sectores que lo respaldan dentro y fuera del PRD.
El candidato del PAN, Felipe Calderón tuvo hacia el final del 2005 un arranque impresionante, pero una vez reanudadas las campañas en el 2006 fue posible constatar que se trató solamente de una llamarada de petate. No es que se le haya acabado el gas, como dice el adagio popular, sino que su propio conservadurismo terminó por enterrarle. A pocos jóvenes de este país les gustaría un presidente chapado a la antigua, sobre todo en asuntos relacionados con el uso de anticonceptivos y que niegue derechos sociales a los homosexuales, entre otras cosas. De cualquier manera, a Calderón le sería muy difícil imponer sus prejuicios a una sociedad que ha cambiado mucho en los últimos cincuenta años con respecto a temas como la anticoncepción, el aborto, el respeto a la libertad para ejercer la sexualidad. Por ello, los jóvenes en las universidades lo reciben con recelo. La caída de su preferencia inicial es pues un asunto profiláctico: contra Calderón, el condón. Así parecen pensar.
Roberto Madrazo, por su parte, no tiene ninguna oportunidad de ocupar Los Pinos el próximo mes de diciembre. Para fortuna del sistema político nacional, Madrazo ha conseguido lo que Vicente Fox no se atrevió a hacer: dar la puntilla al PRI. Eso hay que agradecérselo al político tabasqueño. Es un regalo para todos. Un efecto adicional es que su campaña podría repercutir desfavorablemente en las oportunidades de sus futuros candidatos a ocupar espacios en las Cámaras de Diputados y de Senadores. Si a ello agregamos que el PRI entregó un número importante de estos espacios al PVEM, en una alianza que todo indica les restó votos, el número de diputados y senadores del tricolor muy probablemente disminuirá en el próximo ciclo. Enhorabuena.
Roberto Campa, el candidato del Partido Nueva Alianza, no tiene ninguna oportunidad, y se ve difícil que un partido surgido del impulso corporativo que imprimió Elba Esther Gordillo como producto de la lucha interna en el PRI pueda conseguir su refrendo el 2 de julio próximo. Ello a pesar de que Campa es un político hábil y de discurso ágil. Su nuevo partido carece de cuadros y de propuestas. Es como una botella vacía con la corcholata puesta.
Patricia Mercado de Alternativa Socialdemócrata y Campesina, en cambio, ha presentado en su campaña presidencial una plataforma política de izquierda moderna, socialdemócrata, liberal y republicana. Su apuesta no es a ocupar Los Pinos, sino a atraer el voto suficiente para construir un nuevo instrumento de izquierda más acorde al mundo del siglo XXI. Desafortunadamente, su candidatura enfrenta, al interior de su propio partido, a líderes de algunos sectores campesinos. Grupos cuyas formas de hacer política fueron heredadas del viejo PRI y para quienes lo importante no es construir un instrumento diferente, sino sólo un espacio para su propia expresión, por atrasada que nos parezca. Patricia ha encontrado poco eco en los medios. Los diarios suelen omitir en sus páginas sus actos de campaña y suelen dar espacio sólo a la pugna que internamente vive su partido. Alternativa difícilmente refrendará su registro en el 2006. Tal vez, entonces, algunos miembros de la llamada columna socialdemócrata de ese nuevo partido decidan iniciar un nuevo intento hacia el 2009, o quizás construyan paralelamente una alianza con la nueva corriente del PRD denominada Movimiento por la Democracia, que encabezan Pablo Gómez e Inti Muñoz en un intento de modernizar al partido del sol azteca, tan propenso ya a las prácticas clientelares y corporativas heredadas del PRI, particularmente las que ocurren cada vez más en el Distrito Federal.
De cualquier manera, uno no debiera preocuparse mucho por quién gane las elecciones presidenciales del 2006. México dio un paso importante hace seis años. A pesar del mal gobierno foxista, en términos de resultados (hay que reconocer que fue un mal necesario), el país en el 2006 es ya otro muy distinto al del siglo que apenas terminó. La ciudadanía sabe que es ella quien elegirá al nuevo presidente de México y a sus representantes populares. Ya no es válido, ni como recurso retórico, decir que el imperialismo yankee impondrá al nuevo presidente mexicano. Nosotros decidiremos. Escogeremos al menos malo, si se quiere, pero lo haremos nosotros. Y es que gane quien gane, el nuevo presidente no podrá irse por la libre con sus propuestas y ocurrencias. Será un presidente acotado y, a diferencia de los que extrañan las mayorías en el Congreso, los llamados carros completos, para mayoritear y aplastar al oponente, el ejercicio democrático obligará a la negociación para llegar a acuerdos políticos. Por ello tiene razón Carlos Slim al señalar que la diversidad del Congreso es mejor que una falsa y peligrosa hegemonía. Porque obliga a ejercer el oficio de la política con inteligencia y con responsabilidad. Este es precisamente el tema que debiera por lo tanto preocuparnos más. ¿Quiénes ocuparan las curules en la Cámara de Diputados y en la Cámara de Senadores? Desafortunadamente, los partidos han soslayado la importancia de elegir para esos cargos públicos a las personas preparadas para discutir sobre los asuntos económicos, fiscales, de educación, ciencia y tecnología, de salud y de políticas sociales en general. Las pugnas internas por ir a esos espacios han conducido a que el proceso de selección de los que serán los candidatos esté basado no en sus capacidades sino en la fuerza política de los grupos que les impulsan. Muchos de esos grupos, hay que reconocerlo, son demasiado rupestres. Esa es la verdadera tragedia que vivirá nuestro país al despertar el 3 de julio de este año: un Congreso sin oficio, sin las habilidades técnicas para enfrentar los retos del nuevo milenio y sin la capacidad política para negociar y llegar a los acuerdos que nos permitan como nación aspirar a un México más justo y con un crecimiento económico que garantice la oportunidad de construirlo. Al tiempo.
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