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Se antoja, ante la conflictiva vida política en que nos movemos, intentar algunos criterios que busquen, en el espacio de la verdad y del pensamiento crítico, premisas que nos ayuden a explicar y entender por qué el país ha permitido que se resquebraje su unidad. Podrían surgir de tales empeños elementos para intentar retomar rumbos en la economía y la política que nos permitan crecer. Así podríamos insistir también en la precisión de nuestra visión de Estado y de país, y analizar los motivos que nos han llevado a olvidarles.
Hemos dedicado, durante los últimos años, a condenar el pasado -sobre todo el que se vivió con el PRI como partido hegemónico-, pero sin interés ni capacidad para construir un futuro, que no sólo sea mejor, sino que represente una renovada visión histórica del porvenir. Veníamos del conflicto entre clases dominantes y nos hemos quedado allí. El 2000, con su alternancia, no abrió nuevos horizontes. El conflicto es el sustrato de la vida política actual. Era el momento de realizar la negociación histórica para crear o recrear las instituciones para un México moderno, pero no supimos hacerlo.
En efecto, venimos de una transición nacional, truncada por la inacción. ¿Se nos olvidó pensar? El Presidente de la República debió cooperar con la conformación del estado moderno. No pudo o no quiso, y sólo destruyó sistemáticamente la imagen del Ejecutivo. Se olvidó que las oportunidades de cambio son únicas. La historia recoge a Benito Juárez, como grande y sabio, porque se rodeó de lo mejor de su generación -no siempre personajes que congeniaran con su manera de ser y actuar-. Con ellos creó una patria y le dio la fortaleza del derecho. Nosotros apenas nos quedamos en una alternancia sin visión.
¿Acaso se pretende volver a los tiempos de la colonia y la "bula" papal que nos hacía irracionales? ¿Se pondrá la política contemporánea "de rodillas" -convertida en espectáculo- ante las formas mediáticas de dominación, en donde mandan la complicidad y el dinero? Aún hay tiempo de normar los usos de los medios y encauzar la confrontación política a senderos que conduzcan a lograr un mayor contacto con los pueblos y las comunidades.
Entender el cambio de grupos en el poder sin que se lleven a cabo modificaciones profundas a las estrategias de desarrollo y a las instituciones que se encargarán de aplicarlas, nunca nos llevará a mejores situaciones. El desarrollo es el tránsito de un pueblo, al lado de su gobierno, a un estadio más alto y, por lo mismo, más complejo de su acción histórica. Necesitamos generar en la sociedad ese impulso creador, regenerador y reformador; ése que se presenta cuando vamos de un estadio a otro en la historia de un pueblo.
Para que tal cosa ocurra, el pueblo debe ser -decía Gramsci- médula fundamental del Estado. Ese es el compromiso del proceso electoral del 2006. Respetar la conciencia del pueblo, prohijar su participación abierta y sana, sin un manejo "clientelar", es el sentido más importante de la acción política para los años venideros, si es que queremos sacar a la nación del pantano. Devolvámosle al pueblo la capacidad de decidir su futuro.
La crisis de valores en la vida económica, política y social sólo puede ser enfrentada con éxito a través de la acción solidaria. Superemos la apatía que nos encierra en la discusión estéril, si no en la absoluta inacción. Mientras no tengamos una visión de Estado como nación organizada para el presente y el porvenir, la riqueza producida seguirá siendo botín de grupos. Este es un handicap que requiere atención inmediata y generalizada en los ámbitos del poder económico, político y social del país. La lucha política es honrosa, cuando lo que se ventilan son ideas, proyectos, planes para el futuro; es decir, cuando la convivencia se fortalece en el análisis; cuando el spot mediático indica rumbos, impulsa valores e incita a la conciencia.
La organización de la sociedad está detenida. Impulsémosla para que ocupe su lugar en la construcción del futuro. Las dos caras del nuevo México pueden encontrarse en un gobierno fuerte, emanado de un proceso electoral transparente, incluyente, creíble. Un gobierno que, unido a la sociedad organizada, sin partidismos o distingos de clase o religión -la otra cara del México que queremos-, sea capaz de imponer el respeto al derecho, la igualdad ante la ley, tan importantes como la libertad de palabra. Esos valores democráticos pueden ayudarnos a crecer como pueblo y a recuperar nuestro destino como nación.
Réplica y comentarios al autor: v_barcelo@hotmail.com
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