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Un cubetazo de agua helada recibieron los legisladores al conocer sobre el veto presidencial al nuevo régimen fiscal de PEMEX. Así fue para los legisladores de todos los partidos, pero especialmente para los panistas, quienes durante muchas semanas habían participado en la construcción de una iniciativa que por fin evitaría el estrangulamiento de PEMEX. Fueron jornadas interminables de discusión y análisis en las que -hay que reconocerlo- por fin nuestros diputados y senadores privilegiaron los intereses nacionales antes que los partidistas o de grupo.
Provocó verdadero estupor saber las "razones" que adujo el presidente Fox para dar su veto: que se dejaría sin dinero al fisco federal, a Hacienda y a los estados y municipios, cuestión que fue rotundamente rechazada por el Presidente del Senado, Enrique Jackson, quien precisó que con la Reforma Fiscal se le deja a la paraestatal recursos que ella misma genera y que urgentemente está necesitando para su propio desarrollo. De lo que se trata, señaló Jackson, es de que PEMEX "no esté solamente sirviendo como una fuente de ingresos para el fisco, los que Hacienda o el gobierno federal manejan con una gran discreción...".
Independientemente de que queda demostrada la proclividad presidencial de decir verdades a medias, mi convicción personal es de que aún cuando fuera cierto que disminuiría el presupuesto de la federación y el de los estados y municipios, el sacrificio valdría la pena. La verdad es que una vez más el presidente Fox perdió otra oportunidad de posicionarse bien en la historia. Podría haber hecho con un poquito de esfuerzo y voluntad, mediante un llamado urgente a la conciencia colectiva para participar en un esfuerzo nacional de austeridad, a fin de fortalecer a Pemex, una industria que tanto ha dado a México: escuelas, universidades, carreteras, presas, formidables obras de infraestructura, sin las cuales nada de lo que hoy se ufana el presidente Fox en su costosísima campaña de spots hubiese sido posible. Nada.
Fox se fue por el camino más fácil: el veto presidencial. Lo otro implicaba trabajo, decisión, voluntad y compromiso. Consistía en llamar a todo su gabinete para exigirles un programa de austeridad en el que, de cara a la nación, cada secretario de estado mostrara su patriotismo aportando el esfuerzo de su economía, eliminando a conciencia todos los gastos superfluos y programas asistencialistas no prioritarios.
Sin ninguna duda todos participarían. El nacionalismo del bueno -como carga genética ancestral- brotaría en los más: en el ciudadano común y corriente, en académicos, intelectuales, gobernadores, presidentes municipales, lideres sindicales y en partidos políticos.
El Presidente Cárdenas ya encarnó en su momento histórico la esencia misma de un sentimiento colectivo. No importó el riesgo, ni el sacrificio por venir, ni amedrentaron las amenazas y los augurios derrotistas de dentro y de fuera.
Hoy se trata de mantener para México lo que le es propio. No se requiere de audacia ni temeridad, sino de trabajo, imaginación y esfuerzo, para que el petróleo -y la industria petroquímica- sea la fuente de prosperidad que pueda sacarnos de las angustias que hoy padecemos.
El nuevo régimen fiscal era el primer paso para hacer de PEMEX una fuente de riqueza que, con la participación de nuestros trabajadores, técnicos y científicos, volviera a llevarnos, gracias a una administración responsable y eficiente, a nuevos planos de bienestar y fortaleza.
Lástima. En lugar de una cruzada nacional por la austeridad para dar suficiencia a PEMEX, se nos endilga la comodidad de un veto, y eso que el Presidente dice que está entero. ¡Imagínese si estuviera cansado!
Réplica y comentarios al autor: salvadorordaz@hotmail.com
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