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   América la indómita

Mexicanos al grito de guerra cantamos
pero a la montaña ni locos nos vamos
turistas y extraños, se acercan en vano
¿pa' que se preocupan?
derechos humanos si aquí
la justicia sale sobrando.
Lila Downs -Sale Sobrando

A Raúl le robaron hace unos días su lap top. Una computadora nuevecita, con no sé cuántos megas en Ram y cientos de gigas en Rom; conexión inalámbrica, pantalla ancha y antivirus pagado hasta el año 2008. Suerte que el nuevo propietario no tendrá que preocuparse por eso. ¿La información de Raúl? Bueno, lo poco que salvó estaba en su USB y un par de discos... pero qué diablos, no era tan importante, ni que fuera el presidente de la nación.

A Rogelio sí le fue peor. Fue durante una conferencia que él dictó en un país vecino: en el momento de la pausa se descuidó por un instante y cuando miró hacia la mesa, tampoco estaba su computadora. El problema es que él sí era ministro, y llevaba documentos importantes sin respaldar. La buscaron debajo de las mesas, entre los concurrentes, la vocearon, la rastrearon, pero no, se había esfumado. Tan importante era el personaje, que fueron a las Malvinas, a Polvos Azules y a Polvos Rosados... cuando dieron con el aparato (porque los altos personajes tienen una suerte mágica), lo encontraron sin archivos, con nuevos programas y a punto de cambiar de número de serie. Lástima, le dijeron: "Lo bueno es que usted está a salvo..."

Llegué a la municipalidad. En el despacho de información había un señor de unos sesenta años, pequeño y con cara de estar disfrutando tanto de su periódico que me dio pena interrumpirlo para una pregunta tan boba. Esperé un minuto, dos, y luego carraspeé un poco... "Mmhh mmhh". El hombre apenas levantó la mirada, distraídamente, como para que pudiera observar el grueso cristal de sus lentes y volvió a su periódico, cuya contraportada presentaba a una morena con un diminuto bikini que apenas le cubría el... salvas sean las partes. Me quedé petrificado. ¿Me habré convertido en un fantasma?

El profesor debía de dar su clase de diez a doce. Son las diez con veinte y aún no hace acto de presencia. Los alumnos comienzan a impacientarse. No es que ansíen su clase, sino que se comienzan a preguntar si le darán, una vez más, el famoso "cuartazo" para ir a mejores ocupaciones -como comer tacos en la esquina, o jugar un "tochito" en el campo- o si se quedan, porque ha sucedido que llega a la hora cuarenta y se molesta porque no lo esperaron. La última vez les bajó medio punto por haberse organizado e ido a preguntar a la secretaría académica. Calidad total.

Esta es nuestra Latinoamérica, el continente nuevo, el mundo de los aventureros y de los audaces, el del p : el orden del caos.

Un mundo que siempre está a punto: a punto de llegar al primer mundo estuvo México con Salinas, a punto de firmar un TLC estuvo Perú con Toledo, a punto de lograr la revolución de masas estuvo Cuba con Fidel, a un paso del estrellato con Bucáram, Ecuador; a nada de superar a los europeos estuvo Argentina con Ménem; a punto está Chávez de volver a probar el comunismo con sus connacionales... América reinicia siempre su perífrasis ineludible de sueña-avanza-escala-descansa-confíate-cae en picada-aterriza-vuelve a soñar-arranca de cero: en este continente la historia es más recurrente que el ciclo del agua. Otros le llaman América, la de las inercias.

Y... ¿hay culpables? ¿Hay soluciones? ¿Acaso fue tan fuerte el golpe emocional de ver hombres con armaduras y montados en animales de cuatro patas pisando los territorios del Inca o del Emperador? ¿O es que fue más duro el golpe de los balines que vomitaron los arcabuces? ¡Pero si eso sucedió hace más de quinientos años! ¿O será la influencia croata, española, rusa, ucraniana, francesa, libanesa, israelí, africana, china, japonesa, irlandesa, escocesa, holandesa, portuguesa, italiana, ugandesa, etíope, egipcia, germana, palestina, británica, india, y de, discúlpenme a los que olvido, todos aquellos inmigrantes que vinieron a probar suerte al nuevo mundo?

Latinoamérica. ¿Acaso existe Sajoniamérica? Tal vez debería llamarse Globamérica. En este continente nos gusta experimentar en cabeza propia: dejarte robar, dejarte maltratar, dejarte mentir, aceptar puntapiés y pisotones, tolerar malos servicios, caras largas sin sonrisa, ser utilizados por los políticos que nos olvidarán tan pronto lleguen al poder... Nos encanta la vida de novela: amor y odio en un capítulo, encono y amistad, guerra y paz, comunismo y ultra derecha... y todo va y viene, como las olas en el Caribe, que en ocasiones sueltan brisa y en otras tormenta. ¿Cuál es el sentido de vivir aguantando todo esto?

Hay días que uno siente desánimo por pertenecer a una tierra en la que su gente ya no lucha, en que su población vive hincada y con la cabeza baja; en la que sus habitantes se comen todo lo que le dicen los medios, degustando la embarrada de mentiras que le untan en las fosas nasales y en la punta de la lengua; el continente donde nunca hay culpables ni responsables.

En otras ocasiones sientes tristeza. Tristeza por esa calidad de educación que deja tanto que desear, en la que sólo unos cuantos pueden salir de su pobreza cultural, pero sobre todo sufres de decepción, porque la historia tiene razón: ciclos y ciclos, y esta región no termina de cambiar: el presente nos rige, el futuro es para las nuevas generaciones, los que vendrán después, pues ellos sí romperán la maldición, no nosotros... ¿Qué le habrá pasado a este continente que no le hicieron conciencia del mañana?

Una tierra que en el fondo de su corazón tiene a la solidaridad, y que abre sus brazos para prestar ayuda a la familia y a los fuereños: "te doy la mitad de mi casa, te dejo mi coche, te apadrino la boda, te ayudo con tus estudios..." pero que en la realidad sólo prueba su egoísmo: "que mi casa esté segura, pero si en la acera del frente un hombre golpea a su mujer o una niña es violada, lo siento: ese no es mi problema; mientras el que no caiga en esa coladera abierta sea yo; con tal de que no me castiguen a mí..."

Cada mañana desayunamos un nuevo fraude, almorzamos enterándonos que don Espiridión, el político que creíamos honesto, hizo de las suyas, y en la cena nos encontramos con que él no es culpable, sino la mano invisible del mal: nueva justificación y pretexto que todos creemos: al final nadie renuncia, nadie es responsable, y don Espiridión recupera la compostura, el rostro inefable y su cuadro cuelga de nuevo en la municipalidad... y no sólo lo permitimos, sino que nos encanta. ¿Será que de niños no nos contaron suficientes cuentos?

André Bretón decía que Latinoamérica es uno de los pocos lugares del mundo en que la realidad supera a la ficción, y no se equivocaba: las historias de nuestros héroes son mejores que cualquier novela de García Márquez, las noticias sensacionalistas superan una historia borgesiana, nuestras leyes sonrojarían a Kafka.

En este mundo extraño el robo es visto con normalidad. Si no hay muertos y heridos, no hay necesidad de moverse del escritorio, y finalmente es algo lógico y normal: dónde hay ricos y pobres en una desigualdad tan marcada, es comprensible que quien hurta sea un poco el accionar social de la mano invisible de Robin Hood, quitando una migaja al rico y repartiéndola entre los desvalidos. Y si lo recuperas en el mercado negro, bueno, estás pagando un pequeño precio por mover la economía... Hace unos años un político brasileño tenía como lema: "Roba, pero hace obras" América, la indómita.

En el llamado mundo en desarrollo hay una regla básica: el que daña paga. Si engañaste a tus votantes, renuncias; si uno de tus empleados hizo un fraude, tú también tienes que responder por ello, si tu empresa contamina, paga. Pero en este continente nos regimos por relaciones sociales y pequeños grupos de oligarcas que detentan el poder y lo transfieren como si de títulos nobiliarios se tratara. Acá, somos tan pocos y nos conocemos tan bien, que la justicia sale sobrando.

Pero los latinos somos más que eso. Un buen ritmo de samba une a Lula y Alckmin, una deliciosa salsa hace que los colombianos se olviden de los paramilitares, un apetitoso cebiche nos quita el mal sabor de boca de las declaraciones de Alan, un amistoso partidito de futbol y una cerveza para olvidar que Julio López aún no aparece.

Ritmo, cerveza, fiesta y jolgorio: los de abajo del Río Grande tenemos un carácter maravilloso: basta un abrazo, una palmeada en el hombro, una sonrisa y un "yaaa, pues así son las cosas acá, amigo, ¿qué le podemos hacer?" para hacer un borrón y cuenta nueva. Hasta el próximo engaño. Ahhh... latinoamericanos.

Yo por eso, mejor me voy a tomar una cervecita y disfrutar del sol: para olvidar y reírme de mi desgracia. Total, ¿quién les dijo que vivimos mal?

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(*) Trovador d’époque

Réplica y comentarios al autor: samorales@hotmail.com




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