Chapala
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Isla de Mezcala

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Poca es la gente que conoce la historia que encierra la Isla de Mezcala. Frente al poblado del que toma su nombre, Mezcala es el mudo testigo de la prolongada batalla entre insurgentes y las fuerzas leales a la corona española, en donde los  insurrectos  infligieron una de las peores vergüenzas a las tropas realistas.
 En noviembre de 1812, la isla de Mezcala se convirtió en fortificación  para los rebeldes a la corona, una vez  de que se enteraron que serian atacados por las fuerzas realistas desde varios puntos.

 Comandados por los insurgentes José Encarnación Rosas y José Santa Ana, habían derrotado en varias ocasiones a las fuerzas realistas y tomado las plazas de La Barca y Poncitlán, llevándose con ellos las armas que les habían quedado como botín de aquellas batallas.
Los hombres resistieron la primer batalla que se escenifico en el año de 1813,  subsiguieron mas batallas sin que los realistas lograran hacerlos rendir; las fuerzas españolas establecieron sobre las  aguas del lago una fuerza naval de bloqueo, pero no hubo día en que los insurgentes no las burlaran o atacaran algún buque disgregado. 
No fue sino hasta 1816 cuando una epidemia que menguó las fuerzas rebeldes y  la falta de provisiones, obligaron a los rebeldes a entregar la isla y las armas mediante un acuerdo y a condición de que no se persiguiera a ninguno de los defensores, que se les dejara regresar a sus poblados y sus casas fueran reconstruidas. 
Era la primera vez que los españoles perdonaban a alguna fuerza insurgente, pero dado al heroísmo que sostuvieron por espacio de cuatro años de batallas casi a diario, José de la Cruz gobernador de la Nueva Galicia, mantuvo las condiciones de la entrega y permitió que los defensores volvieran tranquilos a sus hogares en las aldeas alrededor del lago. 
Montados en un par de balsas inflables (prácticamente de juguete) Raimundo, Vicente, Alejandro y yo “zarpamos” desde la población de Mezcala hacia la isla. Ante la pobre destreza para manejar los remos y la poca ayuda de un viento en contra, veíamos como los lugareños nos pasaban en sus pangas con motor y llegaban a la isla en quince minutos, mientras que a nosotros nos llevo casi dos horas el  “atracar”.
Rocas, huisaches, sembradíos de chayote y las pocas ruinas de la prisión son el paisaje que domina a la isla.
Llegando a la isla, nos acercamos a lo que alguna vez fue una prisión que fue construida en 1819 para contener a los prisioneros de Guadalajara. Una capilla, un patio rodeado de mazmorras  y algunos muros es lo que queda de ese enigmático lugar. La cantera que llevaban las ventanas y pisos, ha sido saqueada y el tiempo hace su trabajo dejando moribunda a esta pintura del pasado y que se desvanece poco a poco.
alexamarc@hotmail.com