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Nadie és mejor para espiar las vidas
ajenas que aquel que no tiene nada qué hacer.
Existen personas que con
tal de entrometerse en los pliegues más íntimos de la vida del
vecino gastan más dinero y desperdician más tiempo de lo que
costaría realizar diez acciones buenas. Todo esto lo hacen
gratuitamente, por el único placer de satisfacer su curiosidad
aunque no recibén mayor paga.
Preguntan, indagan,
cavilan, se inventan una cantidad de cosas que nada tienen que ver
con el interesado. ¿Por que? Por ociosos. ¿Para qué? Para nada. Por
la pura comezón de poder murmurar, pór el morbo de meterse donde
nadie les llama a ver qué encuentran. Harto escuchadas son las
frases que comienzan diciendo: ¿ya se enteraron? “No es por
criticar, pero...”. ‘A que no te imaginas lo que me acaban de
decir”. “Te voy a contar un secreto, pero por favor, prométeme que
no se lo vas a decir a nadie”. Al chismoso se le quema la lengua por
contar a los demás lo que a nadie le importa.
Por el contrario, qué
valioso ese hombre cuyos labios están blindados por la discreción y
la reserva. Que no juzga a su prójimo, que no condena, que comprende
y disculpa dentro de su corazón porque sabe que el honor de toda
persona es sagrado.
José Manuel, L C
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