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NOVENA DEL SEÑOR DE LOS MILAGROS

 

Realizar Acto de contrición

 

DIA PRIMERO

Después de persignarse se dirá: Señor y Dios eterno infinito de todas las perfecciones y atributos yo, la más pobre, vil y despreciable de todas las criaturas, postrada en el más humilde rendimiento ante vuestra soberana Majestad, os confieso con todo mi corazón como a mi Dios y Señor, así en el cielo como en la tierra y en todo el universo. Y penetrado íntimamente del conocimiento de la miseria y de mi bajeza me confundo en vuestro divino acatamiento, considerándome la criatura más indigna de vuestra infinita dignación, por más que habéis querido poner en mis ojos, conservándome en la vida y en el ser que he recibido únicamente de Vos, para que me empleara sólo en servicio de vuestro amor y voluntad. Pero ingrato y desconocido a los grandes y especiales beneficios de vuestro amor, yo, Dios mío, me he ólvidado enteramente de Vos y poniendo mi corazón y mi amor en las criaturas me he apartado con la mayor torpeza e ingratitud de vuestro servicio y voluntad. Lo conozco y lo confieso, Señor y Dios mío, conozco que no os he amado, que no os he servido como debiera añadiendo a esta monstruosa ingratitud el desprecio más abominable y vil también conozco y confieso amargamente que os he ofendido, que he quebrantado una y mil veces vuestra divina voluntad y mandamientos. Cuánto me arrepiento Señor y Dios Altísimo. Cuánto me duele el delito y la traición que con vuestra Majestad soberana he cometido. Quisiera haber muerto primero que ofenderos y quisiera morir mil veces antes que volveros a ofender. Con esta resolución con todo el amor de mi corazón me atrevo a levantar mis ojos hacia Vos implorando humildemente vuestra bondad y misericordia para conservarme siempre en esta resolución. Y convencido de la infinita piedad con que miráis a los hombres, a quienes habéis querido salvar, empleando en su rendición tesoros infinitos de vuestro amor, yo, la primera, me postro en vuestra presencia soberana a implorar los méritos de esa misma redención para con ellos cubrir mis delitos y obtener el perdón de ellos, ahora y por toda la eternidad. Amén.

ORACION AL PADRE ETERNO

Padre, eterno y clementísimo Dios que por un exceso de compasión y caridad con los hombres, quisisteis que bajase vuestro Unigénito desde el seno de vuestra gloria a tomar carne humana y hacerse hombre; encargándole la más importante obra: de la redención y la libertad del linaje humano, sujetándole a ese fin, a todos los castigos que debiera sufrir el hombre por el delito de haberse rebelado contra vuestra Majestad soberana, haciéndolo participante de todos los abatimientos y humillaciones que han venido después de su delito. Y os adoro, y os reverencio, con toda mi alma, por esta tan singular misericordia, con la cual habéis querido salvarnos de nuestros pecados, a costa de tormentos y de la sangre que derramó vuestro preciosísimo Hijo sobre una cruz; y en retorno y agradecimiento a tan soberano beneficio os ofrezco esta mi sangre, los tormentos y la muerte de vuestro divino Hijo, en cuyos méritos confío, para la redención y gracia a mis culpas, consagrando estos nueve días en memoria de esta muerte que con tanto amor sufrió por nosotros en la Cruz. Dignaos, Señor y Padre misericordioso, desterrar de mi corazón todos los afectos del pecado, ilustrad con vuestra divina luz mi en- tendimiento, encended mi alma y la de todos los devotos de vuestro divino Hijo crucificado, en un amor perfecto hacia Vos consagrándome en estos días con la pureza debida a la contemplación de vuestro Hijo Jesús, en los que confiatnos para ser admitidos a vuestra santísima gracia y conseguir vuestra gloría eterna. Amén.

 

Consideraciones.

Primer día. 

Consideración sobre el amor que Jesucristo tuvo a los hombres, el cual le obligó a admtir la muerte en una Cruz.

Oh alma mía! Ven al calvario alli es el lugar del sacrificio de JESUS: allí lo ha llevado el amor, hecha víctima de los delitos de los hombres. Ah! ¿Quién dijera que después de conducido de tribunal en tribunal en donde ha tolerado una tras otra las mayores afrentas e ignominias, ansioso todavía de tormentos, no había de quedar satisfecho hasta no haber agotado las heces del más amargo cáliz de dolor. Pues así es: míralo alma mía, mira bien ese cuadro espantoso, dibujado con sangre, los inmensos deseos que Jesucristo ha tenido que padecer y morir sólo por tu bien. Registra y lee atentamente ese sagrado libro que se muestra en el Calvario hasta donde ha podido llegar la sed insaciable de su amor sin darse por contento tener traspasada con azotes sus espaldas, abofeteadas sus mejillas y magullados con terribles golpes todo su cuerpo ahora se deja en el Calvario, al arbitrio de sus bárbaros asesinos, los que añadiendo dolor a dolor han llevado hasta el colmo de indignación taladrando, con formidables clavos sus pies y manos sacrosantas.

Oh JESUS mío. Dios de amor y misericordia. ¿No era bastante haber derramado una sola gota de vuestra purísima sangre para dejar comprobado vuestro inmenso amor hacia los hombres? No quedó el hombre redimido enteramente de su penosa esclavitud con uno solo de vuestros tormentos padecidos por su libertad? Ay, Dios mío Quién tuviera un amor infinito para corresponder infinitamente a vuestro divino amor... Encended, Jesús mío, nuestros corazones en esas llamas de vuestro amor. Avivad entre nosotros el fuego de esa inmensa caridad con que habréis querido abrasaros. Ahora mismo nuestros corazones endurecidos con el hielo de los vicios, ni sienten, ni hacen el debido aprecio de vuestro amor. Dios mío: alentad nuestros corazones; avivad en ellos nuestra caridad; haced que este pueblo, que desde muy a principios se ha esmerado en los afectos de vuestra sagrada Imagen enclavada en la Cruz se penetre ardientemente en los incendios de vuestro amor para que aborrezca el pecado y consagre toda la vida a vuestro servicio y voluntad.

 

 

ADORAClON A LAS CINCO LLAGAS DE JESUCRISTO

Os adoro, Santísima llaga de la mano derecha de nuestro Señor Jesucristo, y os suplico por el dolor que entonces sintió vuestra alma purísima que mi alma sea penetrada del dolor y sentimiento de haber empleado mis acciones en ofender a vuestra divina Majestad. Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

Os adoro, Santísima llaga de la mano izquierda de Nuestro Señor Jesucristo, y os suplico por el dolor que entonces sintió vuestra alma purísima, que mi espíritu sea penetrado rIel más firme propósito y resolución de nunca jamás desviarme del camino derecho que lo conduce a la gloria. Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

Os adoro, Santísima llaga del pie derecho de nuestro Señor Jesucristo, y os suplico por el dolor que entonces sintió vuestra alma purísima, que me conciba los deseos más eficaces de mantenerme siempre firme en la observancia de vuéstros divinos mandamientos. Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

Os adoro, Santísima llaga del pie izquierdo de Nuestro Señor Jesucristo, y os suplico por el dolor que entonces sintió vuestra alma purísima, que todas mis acciones y movimientos se encaminen a vuestro amor y servicio. Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

Os adoro, Santísima haga del costado de Nuestro Señor Jesucristo, y os suplico por el dolor que entonces sintió vuestra alma purísima, que mi corazón sea traspasado con el dolor de las culpas consagrándoos enteramente en obsequio de vuestro divino amor. Padrenuestro,Avemaría y Gloria.

ORACION IMPLORANDO EL AUXILIO DE MARIA SANTISIMA

Jesús amantísimo, recibid las súplicas y ruegos con los que me dirijo a Vos, como a verdadero refugio en mis necesidades. Volved los ojos a esta pobre miserable alma vacía de vuestra divina gracia y colmada de vicios y pasiones groseras, único fruto que ha sacado de seguir ciegamente sus deseos. Por vuestra pasión santísima os pido en especial para que mi alma no sé pierda me hagáis sentir el dolor verdadero que todas mis ofensas, y si todas mis súplicas no son bastantes por su tibieza o por no estar acompañadas de la pureza debida, me dirijo hacia Vos, uniendo mis oraciones con las de Vuestra Santísima Madre María. Oh Madre de Dios y de los hombres. Por vuestros santísimos dolores, penas y sentimientos que dividieron vuestro corazón amante al pie de la cruz ayudadme a aclamar a Jesucristo, vuestro Hijo verdadero, encaminad hacia El mis ruegos y mis súplicas, en especial para que mi alma no se pierda y que desde ahora viva sujeto a la guarda de su ley y de sus mandamientos, y si fuere de su divino beneplácito y del vuestro, Madre purísima, que me conceda también lo que pido en esta novena, así la salud de mi cuerpo, como el remedio para todas mis necesidades y la de mis prójimos. Todo esto lo apoyo Jesús mío, en tos méritos y las sújetas de María, interponiendo también el patrocinio de vuestro amado discípulo San Juan por cuyo medio espero que no dejaréis desatendidos mis deseos sujetándome en todo a vuestra divina voluntad. La salve, Padrenuestro, Avemaría, a San Juan Apóstol.

Aquí, confiando en Dios, pedirá cada uno lo que desea alcanzar.

AFECTOS Y SUPLICAS A JESUS CRUCIFICADO

Señor que por tu bondad Quisiste bajar del cielo Dádnos alivio y consuelo En toda necesidad.

¿Y quién puede concebir Oh mi dulce Redentor Lo infinito de tu amor Que al mundo te hizo venir Tan sólo por redimir A toda la humanidad? Señor que por tu bondad, etc.

Desde entonces eh tormento Y ha aflicción te persigue Las penas juntas te siguen Y tu dolor va en aumento Cuando eh entendimiento Del hombre hacia la eternidad. Señor que por tu bondad, etc.

Cuando con aguda lanza Tu costado traspasaron Tus penas no te aumentaron Más se afirmó tu esperanza De ha bienaventuranza Por toda la eternidad. Señor que por tu bondad, etc.

Yo te adoro buen JESUS Te pido con fervor De ampararme con tu cruz. Y huyendo del mal con tu luz Obre el bien con tu libertad. Señor que por tu bondad, etc.

Con indecible furor Te ultrajan los sayones Con sarcasmos y baldones, Gozándose en tu dolor; Mas en tu infinito amor Perdonaste su maldad. Señor que por tu bondad, etc.

Hacia el Calvario caminas Mi adorado buen Jesús Llevando una tosca cruz, A cuyo peso te inclinas Ya coronado de espinas Oh inaudita crueldad. Señor que por tu bondad, etc.

En tres horas de agonías Sobre la cruz clavado ¿A quién decir será dado Lo que allí padecerías? ¿Con cuánto pesar verías De los hombres la impiedad? Señor que por tu bondad, etc.

Por esa mortal herida De tu pecho sacrosanto Haz que cese mi quebranto Y encuentre salud cumplida Y la paz apetecida Ventura y felicidad. Señor que por tu bondad, etc.

Dadme siempre algún consuelo Pues espero en Ti con fe Que yo te bendeciré Con el más constante anhelo Para merecer el cielo Por toda la eternidad. Señor que por tu bondad, etc.

Señor que por tu bondad Quisiste bajar del cielo Dádnos alivio y consuelo En toda necesidad.

ANTIFONA

Oh Cruz santísima, Arbol el más precioso entre los árboles del Libano en cuyos brazos estuvo pendiente la vida del mundo, en los que triunfó Jesús y venció para siempre con su muerte a la misma muerte.

V. Te adoramos y te bendecimos, oh Señor Jesucristo.

R. Porque redimiste al mundo con tu Cruz.

ORACION

Oh Dios que renovásteís los milagros de la pasión, en la invención gloriosa de vues- tra cruz, concedednos que con el precio de, este leño de vida consigamos alcanzar la viøn da eterna.

Hoy se da principio a la confesión general, si debiera hacerse, si no se hará la conw fesión actual empleando los nueve días de la novena en cierta distribución de lección, oración y demás ocupaciones piadosas.


DIA SEGUNDO

Consideración sobre los deseos de Jesucristo de que los hombres aprovechen su amor.

Quién dijera Jesús que los hombres de todos los tiempos y de todas las edades reunidos en este día, bajo la bandera de su cruz viniesen a participar de los frutos preciosos de su sacrificio. Qué ansias las suyas tan ardientes. Qué deseos tan eficaces los suyos de salvar a todos y redimirlos a costa de sus tesoros, con el precít infinito de su misma sangre. Levanta tus ojos, alma mía, míralo en el Calvario, escucha atenta dirigiéndose al Padre, le ruega con las súplica más encarecidas aún por los mismos v.rdugos que le atormentaron. Padre, le dice: verdad es que. mis enemigos me atormentaron; que ahora mismo me persiguen enfurecen contra mi sangre; pero ellos no saben lo que hacen, son rudos e ignorantes; perdónalos, Padre mío.

Así habla Jesús, oh alma mía y no sólo son de ahora sus deseos fervientes de salvar a todos y sacarlos del poderío del demonio y del pecado. ¿A quién no son constantes en toda Jerusalén, en Judea y en los lugares todos por donde ha ido esparciendo los saludables frutos de su apostolado y de su misión? ¿Quién no le ha visto al la- do de una samaritana junto al pozo de agua, imagen de la vida; en la compañía de una Magdalena, levantando blandamente sus manos sobre ella para quitarle todos sus delitos y maldades, en la casa del publicano? ¿Quién no le ha visto devorado por la sed de saciar a los hombres, buscando aquí y allá por los pecadores, además de haber regado por todas partes la doctrina de la salvación, Sa que hubiera bastado para que los hombres todos viniesen a reunirse bajo su bandera? Pero ahora sobre la cruz ¿quién podrá explicar dignamente lo que es su amor y la eficacia de sus deseos para que uno solo de los hombres no se pierda?

Míralo en ti misma, alma mía. Mira cuántas veces ha enviado sobre ti sus luces, avisos y desengaños; mira cuántos otros quizá tus conocidos, parientes o amigos, tocados de su divina luz, han venido a su santo templo a implorar sus auxilios y conversión han conseguido. Cuántas mudanzas, cuántos arrepentimientos han conseguido a sus divinos píes y se han ejecutado a su influjo.

Dios y Jesús mío, Redentor de mi alma. Volved a mí vuestros divinos ojos, soy uno de aquellos ministros del furor que atormentándose desde el Calvario y en todos los lugares he concurrido a desperdiciar vuestra sangre causándome la muerte más inhumana. Levantad, Señor, por mí el primero, vuestra divina voz, pidiendo al Padre, que me perdone. Ay, Dios mío, me olvidé que os ofendía y ultrajaba a mi mismo Padre, a mi Dios, cuando tan osadamente pecaba contra vuestra santísima ley. No permitáis que yo malógre los frutos de vuestra redención; haced que verdaderamente contrito, me resuelva en estos nueve días a la reforma de mí vida para que sirviéndoos desde ahora, os goce después para siempre. Amén.

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DIA TERCERO

Consideración sobre las señales que manifestó Jesucristo en la Cruz.

Bien puede el hombre animarse por miserable y pecador que sea, en los ojos de Dios. A pesar de los tormentos que despedazan cruelmente el corazón de Jesús, cercado como se halla en un mar inmenso de dolores y angustias, el amor al Jefe y Cabeza todo es obra de su muerte, hombre, el deseo de salvarlo, sus ansias porque no se pierda, todo esto crece a medida que crecen sus tormentos. Considera, oh alma mía, que cuanto ha practicado hasta ahora el amor a los hombres, y el momento en que debiera rehusar su amor por los desprecios que ha recibido de ese mismo, se dedica a comunicarse amoroso olvidando ofensas e ingratitudes. Sí, alma mía, a ese mismo hombre a quien Jesucristo ofrece en este día abrir las puertas del Paraíso conducirlo a una mansión de gloria y darle millares de tesoros que lo hagan feliz y bienaventurado, ese mismo es aquel pecador que poco antes él ha ofendido y quebrantado indignaménte sus preceptos, y que convencido de sus delitos se prepará para expiarlo en el suplicio, más volviencté ahora los ojos a Jesucristo, que está a su lado, le dice penetrado de dolor: “Acuerdate de mí cuando vengas a tu reino”. Nada más se necesita; basta este dolor o arrepentimiento para qúe aunque sea el mayor y más abominable de los pecadores lo reciba, alma mía. Y en efecto, con esto manifiesta Jesús las señales más convincentes de salvar al pecador por grande que sea.

Oh Dios mio! que fuera yo ese dichoso ladrón para que dieráis ,a conocer en mí vuestro especial amor. Aliéntate, alma mía, y apresúrate a ponerte delante de Jesús el día de sus grandes misericordias; eres semejante al buen ladrón por el hurto que has hecho a Dios del tiempo por el desprecio bien culpable con que has manejado los caudales de su amor con los cuales habríais comprado ya una dicha verdadera. Cuántas veces he dado continuamente a tu corazón y te he convidado a penitencia ofreciéndote también el Paraíso? Ah! ingrata y desconocida vuelve sobre ti, considera atentamente lo mucho que has hecho por tu amor. Qué tesoros te ofrece para la vida eterna. Y aún desde ahora qué de beneficios, auxilios y medios de salvación en tantas indulgencias y gracias te ha dado por medio de su Vicario en la tierra, todo con el objeto de suavizante y llamarte al camino de su reino. No pierdas tiempo. Apresúrate, alma mía, a recibir a manos llenas las muestras visibles del grande amor de tu Dios. Amén.

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DIA CUARTO

Consideración sobre el grande intérés de Jesús para que los hombres no malogren su amor.

En dónde hallarás, alma mía, un padre tan bondadoso, una Madre tan compasiva y tierna, un amigo más fiel y consolador, un patrón más aplicado a tu interés y descanso, sino sólo en Jesucristo? Ah!, sumergida en tantas angustias, oprimido de dolores a cuál más agudo y cruel, no por eso ha desviado de ti su compasiva mirada, antes bien momento por momento quiero mostrate que sólo el cuidado de tu salvación es el mayor y más grande de todos. Qué interés el suyo! Mientras los verdugos sedientos de sangre, no quieren sino multiplicar sus tormentos, Jesús, con más fuertes ansias, también aumenta más y más sus cuidados, anímádo del único interés de tu propio bien. ¿Quieres Conocer hasta dónde llega el vivo interés y los cuidados amonosos que por ti lo animan? Míralo, pues, alma mía, sobre el calvario, haciendo depósitos continuos de sangre, los que ha aplicado a sus sacramentos, consumiendo también una virtud infinita y soberana para salvarte. Miralo cubriendo con su sangre como un muro inexpugnable el valor y el mérito de sus sacramentos, para qué, si el hombre nace, vive y muere halle siempre pronto los recursos de su misericordia y todo el interés en su corazón, en su provecho y bien.

En esta hora terrible de agonía sacando fuerzas de su misma flaqueza ha querido que el hombre vea hasta dónde llegan sus cuidados, pues lo único que ha podido salvarse de entre los hombres en el naufragio espantoso de la naturaleza humana, el único bien que ha dejado a Jesucristo entre los mismos hombres, ese bien precioso que siempre se ha mostrado agradable y dulce a sus ojos también se une en la cruz al cúmulo inmenso de sus beneficios para salvar y hacer mucho más dichosos a los hombres. Alma mía: ¿Por qué no tiemblas ahora de horror y espanto al ver tu ingratitud y maldad cuando oyes a Jesús dándote por Madre, haciéndote hijo de la que es su Madre, la consoladora única en el inmenso mar de las angustias que lo atormentan? Ay, Jesús dulcísimo, que no puedo yo explicar los grandes motivos que debieran arrebatar fuertemente a los hombres en vuestro amor! Cuántos beneficios en este sólo beneficio! Cuántos intereses en nuestro bien, sólo porque María, su madre sea también nuestra. Templo santo que me escuchas, tú lo dirás algún día si cuando ha venido el pecador dentro de sus muros.

María la prímera entre sus ángeles tutelares no ha corrido a recibir sus oraciones y llevadas a la Cruz, cumpliendo exactamente con los oficios de la Madre más amorosa de los hombres. Tú has visto portentos, obrados por la mano del milagroso Señor de Buga; siendo su Madre María el conducto por donde los pecadores han llegado a obtener sus piedades. Tú viste renovarse a esfuerzos de copioso sudor que cubría esa santa imagen, su rostro y sus miembros, para que el pecador se anime, y el angusdo que Jesucristo comienza por su imagen a abrir las puertas de sus bondades; viste salir de tu recinto uno tras otro, los pobres, los enfermos, los necesitados, a bendecir una y mil veces las aguas de tu piscina saludable, y todo esto, todos los prodigios de Jesús, los ha obrado por medio de su Madre que dio a los hombres en cuyo pecho han descansado los grandes cuidados a beneficio de los mismos hombres. Conócelo desde luego, alma mía. Conoce ya a tu Jesús y Salvador; conoce su amor para que así mismo le ames, le sirvas y llores tus ofensas en verdaderas lágrimas. Amén.

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DIA QUINTO

Consideración sobre las penas y sufrimientos de Jesús al ver que los hombres no apreciaban su amor.

No hay alivio ni consuelo para Jesús, acércate alma mía al Calvario; oye a Jesucristo hablar con su padre quejándose amargamente de su desamparo. La sangre que ha derramado, sus tormentos, la muerte misma que va a sufrir no le afligen ni desconsuelan tanto como el verse desamparado. Pero no creas alma mía, que el Eterno Padre lo ha abandonado, o se niega a recibir sus sacrificios; lo que atormenta a Jesús es el ver que tú, la primera, te separas de su cruz por el pecado; que perdiendo infelizmente el fruto saludable de su sangre, le vuelves las espaldas y lo desamparas. Esta es la gran pena, el mayor sentimiento de Jesús en esta hora, Considera, pues, con qué espadas tan agudas se verá traspasado su corazón santísimo, al ver el ningún aprecio que los pecadores hacen de su muerte. Tantos millones de infieles y herejes y multitud de innumerables pecadores e impíos que se presentan ahora a su sagrada vista desnudos de méritos, vacíos de su gracia, desamparados de sus auxilios, llenos únicamente de vicios y pasiones groseras, vestidos con la librea del mundo, esclavos de sus antojos y deseos. Todo lo veo y lo siento con mayor pena en esta cruz. Al paso que crece también la pena de verse desamparado de los pecadores. Ay, quién pudiera, Dios mío, quitar la infamia del pecado y que no angustiase sobremanera vuestro corazón; pero no quiere Jesús más consuelo ni más alivio sino que los pecadores se conviertan, que bañados todos con su sangre sacrosanta se unan a su cruz y os salven. Resuelvéte alma, a dejar ya los males del vicio, y entra por la senda de las virtudes. Acuérdate que a pesar de la ingratitud con que te muestras, jamás ha estado tan cerca de ti, llamándote con sus inspiraciones para que vuelvas a su misericordia y no lo pierdas de vista. De cuántos peligros no te ha librado, aguardando la ocasión más oportuna para hacerse dueño de tú corazón. Cuántas veces habrá separado el rayo de tu cabeza, domando el imperio de las aguas, impedido la frialdad y destemplanza de los aires para que no perezcas y te pierdas como felizmente habría perecido en estos semejantes peligros tantas almas a quienes ha protegido visiblemente por su devoción a su sagrada imagen y ellas quizás tú, la más favorecida; con el fin de que no se malogre su redención. Oh, Jesús mío, haced que yo estime de veras vuestros beneficios; que sienta en el alma el desamparo de vuestra gracia en que me han dejado mis vicios. Obligad, forzad, si es posible mi alma a que siempre os ame y os sirva, que aborrezca en estos nueve días, fodos sus delitos y permanezca siempre firme en los propósitos de amaros eternamente. Amén.

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DIA SEXTO

Consideración sobre los deseos que tuvo Jesús de padecer más torturas por amor a los hombres.

Ahora es tierripo alma mía, de que vuelvas un momento sobre ti misma y veas hasta donde ha podido llegar tu ingratitud y tu perfidía para con Jesús. Todavía suspira ardientemente por su salvación, sigue tus pisadas, se te pone delante, te llama y te ruega que vengas a recibir los frutos de su misericordia y de su piedad. Con ese fin te dice dulcemente, oh, alma mía, la sed me atormenta, y acaba en esta cruz, yo muero de sed de tu salvación. Si la sed de salvar a los pecadores y padecer por ellos hasta la muerte con tal que no se condenen. Este es uno de sus mayores tormentos; que la insulten y blasfemen los verdugos como el hombre maldito de Dios y dejado de su gracia; que le den hiel y vinagre en vez de refrigerio, que despedacen su costado y dividan su corazón no importa que aumenten sus padecimientos, con tal que tú, alma mía, no perezcas; que se pierdan todos sus tesoros, fortunas, su misma vida nada importa con tal que le reserves para sí las almas. ¿Se dará por ventura otro amor? En que piensas, alma mía que desde ahora no das principio a pagar la deuda infinita que has contraído de día en día con Jesucristo, cada lágrima de sus ojos es un beneficio inmenso que no tienes cómo responder. Y qué será cada clavo de sus manos; cada espina de su cabeza, cada azote de sus espaldas, cada llaga de su cuerpo? Alcanzada como te hallás de una deuda tan antigua a Jesucristo, quieres aún aumentar el precio de ella? Jesús suspira por más tormentos y tú suspiras por más ofensas? Jesús se aflige con la sed de tu salvación y de tu dicha y tú has de consumirle con el ardor la sed de las grandezas, riquezas y los placeres. No es dable en vista de tanto amor rehusar por más tiempo tus ojos al llanto, tus oídos a su llamamiento, tu corazón a los continuos golpes con que quiere despertarte del funesto letargo del vicio en que vives; no es dable alma mía! Dile ya a Jesús: Dios mío, basta ya de tormentos, muchos son los que hasta aquí os han hecho padecer mis delitos. Justo es que no os ofenda aunque jamás hubíérais padecido por mí, Jesús que no os ofenda más.

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DIA SEPTIMO

Consideración sobre el grande gozo de Jesús al ver lo que ha sufrido y padecido por el amor al los hombres.

Mira alma mía, hasta dónde han podido las amarguras y los tormentos de Jesús, que no hay parte de su cabeza que no tenga su espina, lugar en sus espaldas, que no tenga azote; lado de sus miembros que no tenga su llaga y su dolor. Acaso ha quedado vena de su cuerpo que no esté dislocada? Acaso puede recibir ya más tormentos? Atiende, alma mía, a las quejas que te da Jesús por boca de Isaías; piensa tú qué pudiera haber hecho por ti, que no lo haya hecho, hay acaso tormentos que no haya padecido? Hay dolores y tribulaciones que no hayan sufrido sus espaldas? así te habla Jesús, alma mía. Pero lleno de amor y gozo al ver que por él no ha faltado que si no te salvas y rehusas sus llamamientos y sus voces, no es por falta suya, ni por defecto de su redención, la que abundante hubiera desatado las duras presiones de que tanto tiempo te aprisionan con la culpa. Tú misma has rehusado tus oídos, endurecido torpemente tu corazón y cuando Jesús ha corrido lleno de amor a tomar sobre sí la cruz de los padecimientos, tú le has vuelto la espalda, mostrando tus ojos y tu rostro a sus enemigos a quienes has dado tu mismo corazón. Podías haber hecho más por ofender a Jesús? Hay acaso un delito o crimen nuevo que no haya cometido? Qué más podías hacer alma mía, en ofénsas a Jesús, días que habeis comenzado: Conozco mis delitos, conozco que no habéis padecido más y más por mi felicidad, y yo, ingrato, he cometido ofénsas para mi propia ruina e infelicidad. Ya me encamino a vuestros brazos; ya vuelvo mis ojos a Vos y lleno de fe confío que me perdonareis y me daréis vuestra santísima gracia para siempre amaros y serviros. Amén.

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DIA OCTAVO

Consideración sobre los sacrificios que Jesús ha hecho de sí mismo por el amor a los hombres.

No quiere Jesús, oh alma mía, traspasar de sí el cáliz de su pasión y de su muerte, sino que resignado a la voluntad de su Eterno Padre se ha sometido voluntariamente hasta agotar sus más amargas heces. Qué conformidad la suya! Y cuando ya siente sin sangre las venas sin vigor ni aliento su espfritu, qué aliento tan nuevo el que recibe su alma purísima, para hacer completo el sacrificio de su amor. Nada ha faltado en su pasión. Todo lo más triste, amargo y sombrío ha concurrido desde el Calvario para hacer más cruel e intolerable el suplicio. Todo está acabado y perfeccionado, sus deseos de redimir a los hombres, el ansia de morir por ellos en una cruz, todo se ha reunido a perfeccionar enteramente su sacrificio. Cuando ve que no le separa de la muerte, sino un momento muy corto, oh alma mía!, si pudieras conocer toda la extensión, todo el valor de su infinito gozo, en dejar perfectamente satisfechos sus deseos. ¡Entrad, alma, en estecorazón abierto de Jesús. ¡Mira a El y observa con atención todo lo que ha podido el ansia y el deseo de sacrificarse por tu amor. Dios mío: es posible que le quede al hombre, que agote no sólo ese mar de sentímientos en que debiera ser hundido y que se haga dueño enteramente de vuestros sacrificios habiendo sido tan costosos a vuestra santa persona? Cuando el hombre todo entero ahora y siempre debiera ser vuestro; cuando debiera agotar justísimamente todo el cáliz de vuestra ira, ya no es posible mantenerse por más tiempo en ingratitud, en indolencia y endurecimiento. El que no le hayas hecho? ¿Hasta dónde quieres extender tu perfidía? Vuelve ya las espaldas al enemigo, eleva tus ojos a Jesucristo fíjalos en el calvario; aprende allí lo que es amor, lo que es padecer por tu bien y pagar beneficios por ingratitudes. Acuérdate que a pesar de tu maldad, jamás has venido a la presencia de Jesús, a pedirle beneficios en este su Santo Templo que no lo hayas conseguido. No has sido siempre un paño de lágrimas, el médico de tus enfermedades? No has conseguido más que una vez la salud con el aceite de su lámpara, se ha limpiado el sudor de su santísimo Cuerpo? Qué señales son éstas, sino deseo de aficionarte a su devoción y a su culto y ganar entonces su corazón, mostrándote a tus ojos cubiertos de llagas, oprimido de angustias y dolores para que te animes a vencer y no te deslumbres con el temor de los castigos que debes temer de su venganza, Jesús mío, por vuestras santísimas llagas, acabad en mí las obras de misericordia sacrificio de Jesús por amor está ya completo. Tiempo es ya muy sobrado de su sacrificio; ni espíritu, ni aliento, ni sangre, ni su vida misma queda ya en la Cruz, porque todo lo entrega y sacrifica por amor tuyo. Ya es tiempo de que te apresures con pasos de dolor y compasión a ofrecerte todo entero el sacrificio de ti mismo. Para qué sirven tu vida, tus pasiones, tus deseos y tu mismo corazón, si no han de entrar en el sacrificio que por tantos títulos le debes a Dios? Dios mío, dueño verdadero de mí mismo, Héme aquí, vuestro soy y debo serlo para siempre. Ah! que me tiado no desaliente en sus peticiones vienfuera posible entregarme entero a Vos y arrebatar del mundo la parte desventurada que de mucho tiempo he dado de mí, sin caer en la cuenta del hurto espantoso que os hacía. Pero esto no es posible. Conozco que perdí infelizmente aquella parte de mi vida que sacrifiqué el mundo y a los vicios; no me queda ya otro recurso que ofreceros los restos de mi vida. Ay de mí! las obras miserables del mundo y las pasiones, los años y señores a quienes consagré ciegamente. Acabad en mí Jesús mío es tos deseos y, que comenzando a amaros de veras con vuestros auxilios, continúe y acabe en tu servicio. Amén.

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DIA NOVENO

Consideración de la muerte de Jesús por el infinito amor a los hombres.

Oh alma mía !Llegará a tanto tu desventura que no tiembles ni te estremezcas al consrderar que Jesús no ha muerto por ti en la cruz y tan sólo por tu amor! Cuánto es que has oído que otro padezca y haya muerto por ti? Ay, Dios mío! Dios de amor. Dónde hallaré palabras con qué expresar el profundo sentimiento que debe apoderarse de nuestros corazones, al ver tal extremo de amor, tal exceso de misericordia y de bondad. Mira y considera con pura atención, alma mía, el estrago espantoso que la pasión ha causado en Jesús antes que muera. No es más que un vivo esqueleto y apenas encuentra la muerte para cebarse en todos sus miembros. Después que ha padecido los crueles tormentos, que ha derramado toda su sangre, que ha luchado por tres horas con las más terribles agonías pendiente de la Cruz, le ha dado por último licencia a la muerte, habiendo encomendado su espíritu al Eterno Padre, de este modo acaba Jesús no a impulsos del dolor, sino el de su propio amor. Observa con cuidado, alma mía, el funesto estrago que la pasión ha causado a Jesús: ojos marchitos, semblante pálido, mejillas enjutas, labios renegridos, miembros fuertemente estirados, en fin, la muerte es un patíbulo afrentoso, ha sido el compelmento y ella no ha hecho otra cosa que poner fin a su martirio. Considera, alma mía qué esfuerzos de amores en los últimos instantes, de esos mortales desgraciados, autores de su muerte. Pero al mismo tiempo qué regocijo, qué júbilo el suyo porque asegura para siempre sus conquistas en los mismos hombres. Y manda a abrir las puertas de su Gloria, ya confunde el pecado, ya aterra al demonio; establece y hace fecunda su Iglesia poniéndole la marca de su religión, en la que reúne miembros suyos a los el Jefe y Cabeza todo es obra de su muerte, redimidos de quienes será perpetuamente la obra de su redención, de su amor. Enjuga tus lágrimas, alma mía, razón es que sientas con un dolor infinito la muerte de Dios; pero también es razón de que te regocijes en vista de su amor y de sus inmensos bienes que has ganado con él. Ya tienes un verdadero Padre, un consolador seguro, un guía que te conduzca dichosamente al descanso eterno.

Salvador mío, bendita sea para siempre vuestra pasión sacrosanta, benditos vuestro amor y humildad; mírame ahora con vuestra especial misericordia; Jesús mío, que yo me consagre a vuestro servicio y amor. Que se logren en mí los preciosos frutos de vuestra sangre. Recibid mis súplicas y mis ruegos, haced Redentor mío, que mi corazón se encienda de día en día más y más en vuestro obsequio y en vuestro culto. Volved los ojos misericordiosos hacia vuestra Iglesia Santa, protegiéndola con vuestros especiales auxilios, amparad a sus ministros, defended a todos sus fieles, sostened vuestro brazo poderoso sobre este pueblo afortunado en vuestro amor y dicha en amaros. Haced Dios mío, que sean eficaces mis deseos y que saque los frutos de esta novena para nunca ofenderos y amaros para siempre. Amén.

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© 2004  Jose A. Lopez M.