Audio: Ariel Delgado, década del 60
Ariel Delgado fue durante años, “la voz de las noticias”. Una
definición que implicaba el halago de ser el informativista más escuchado de su
país. Su estilo singular creó una línea que hoy siguen sus sucesores en la emisora que lo lanzó a la
fama: Radio Colonia. Lo que sigue no sólo es la síntesis de su trayectoria
sino, también un testimonio de la historia de los argentinos.

TATO DONDERO
– ¿ En qué época empezó en Radio Colonia?
–
En mayo del 58. Venía de Radio del Estado, la que ahora se llama Radio
Nacional, donde trabajaba desde noviembre del 55. Cuando entré en Colonia me
fui a Uruguay; en planilla empecé a figurar el lº de julio de 1958.
– ¿ Cómo era la radio en aquella época?
– Era muy pobre. Se trabajaba en forma muy pintoresca.
El locutor era también operador, y tentamos una máquina de escribir al costado
de los platos. Entonces redactábamos ahí los informativos mientras pasábamos el
disco. Era una explotación espantosa; o sea, éramos locutor, operador e
informativista, que es como llaman los uruguayos a los periodistas de
noticiero. Hacíamos todo, la radio era muy chica: tres habitaciones y trabajábamos
muy pocos. En el informativo, por ejemplo, éramos cuatro.
– ¿ Con qué fuentes informativas contaban?
– Nos basábamos en los diarios de Buenos Aires y
Montevideo, afánabamos todo lo que podíamos a las otras radios y teníamos el
servicio de una agencia muy pintoresca que se llamaba Saporiti, que la dirigía
un viejo periodista, Leandro Saporiti, que de última sacaba la información del
diario La Prensa. Se tomaba todo a mano, los teléfonos eran a magneto, y
escribíamos carillas y carillas. Era una cosa muy parecida a una joda.
– ¿Qué etapas vivió la radio?
– La radio fue así hasta el 62-63. En ese entonces yo
me vine a Buenos Aires y entré en Crónica, que funcionaba en Riobamba entre
Sarmiento y Cangallo, donde ahora es el estudio Estrellas. Y hacía informativos
de Crónica que salían en Radio Libertad. En eso estuve dos años, mientras
tanto, el dueño de Crónica, Héctor Ricardo García, a través de mí y de otra
gente, tomó contacto con los dueños de Colonia y finalmente la compró.
– ¿ Y volvió allí?
–
Cuando García compró Colonia, yo quedé como director – te hablo de fines del 65
– y estuve hasta el 80. Oscar García era el propietario y yo la cara visible,
el director, el que recibía las cachetadas.
– ¿ Qué cambió a partir de ahí?
– Poco a poco se fue dedicando más a temas e información
políticos; a la cosa que ocurría en aquellos tiempos: azules y colorados, el
derrocamiento de los presidentes constitucionales. Ese infierno de cosas. Y
fuimos subiendo la audiencia, no por mérito de uno sino porque informaba, cada
vez que en la Argentina había lío las radios ponían la marchita militar y
bueno, había que escuchar Colonia para saber qué pasaba. Comunicado número 1,
2, 3 hasta el 150, que de vez en cuando los escribía Grondona y nosotros
simplemente leíamos los cables de agencia, leíamos lo que escuchábamos en otras
radios, o era publicado en los diarios uruguayos y algunos argentinos, y eso
parecía sensacional.
– ¿ Ése era el lugar que iba a ocupar la radio?
–
Éramos el tuerto en el país de los ciegos, nadie informaba nada de nada. Parece
que Colonia estaba destinada a hacer lo que acá no se podía hacer. Me acuerdo
que cuando era chico, a mediados de los cuarenta, se había prohibido en la
Argentina la película “El gran dictador”, donde Charles Chaplin ridiculiza a
Hitler y a Mussolini, y desde Quilmes salía los fines de semana para Colonia una
lanchita para llevar gente al cine Estela, de Colonia, para verla; la radio fue
también eso, acá los militares se pasaron de ridículos siempre.
– ¿En toda esta época, los estudios estuvieron allá?
– Siempre estuvo allá la radio físicamente. En Buenos
Aires tuvo un pequeño estudio auxiliar. Incluso cuando se hizo cargo García
transmitíamos todo desde Colonia;
después yo, hasta por una comodidad personal, hice instalar un estudio en las oficinas
de Crónica, en Ríobamba 280 primero, y cuando Crónica se mudó a Azopardo y
Garay, a allí. Iba toda la transmisión desde Uruguay menos mis informativos,
los de 13 a 14 y el de 22 a 23 horas.
– ¿ Cuándo empezaron a tener inconvenientes con la información que
daban?
– No tuvimos problemas hasta el gobierno-desgobierno
de Isabel-López Rega. No simpatizábamos con el comisario López Rega, ni él con
nosotros. Hubo que levantar campamento y no se volvió a transmitir desde acá
mientras estuve yo.
– ¿ Y en Uruguay también tuvieron problemas?
–
Radio Colonia nunca tuvo problemas con el gobierno uruguayo; la libertad de
prensa en Uruguay era total y absoluta, podías decir cualquier cosa, nadie
preguntaba nada. Hasta que vino la dictadura uruguaya, recién entonces hubo
problemas con la
información,
no se podía decir Tupamaros, como después pasó acá. Era una limitación grande,
pero como nosotros estábamos orientados al público argentino, mucho no nos
perjudicaba.
– ¿ Cómo se manifestaron en esos tiempos las distintas formas de
censura?
– Con Isabel-López Rega inventaron dos formas de
molestarnos. Una: “legal” (legal
las
pelotas), nosotros pasábamos declaraciones de la oposición o una acción de la
guerrilla y de acá se quejaban a Montevideo y allá nos clausuraban.
Sufrimos
tres clausuras, clausuras de 10 días, lo que es mortal. Por otro lado sacaron
un decreto a los avisadores argentinos prohibiendo publicitar en radios
extranjeras. El destinatario directo era Colonia. Lo que nos causó muchos
prejuicios porque el 85 por ciento de los avisadores eran argentinos.
Como
si todo esto fuera poco, como dicen los vendedores de los colectivos, la planta
transmisora de Radio Nacional, en Pacheco, tiene una frecuencia muy poderosa,
que se llama frecuencia para navegación, que se utiliza para comunicarse con
los barcos argentinos.
Esa
tremenda potencia la ponían en el 550 de Radio Colonia con un zumbido que se
llama portador. No escuchábamos la radio, ni dentro de la emisora. Estas fueron
las distintas dificultades que fuimos sorteando. Fuimos sobreviviendo con
interferencias, molestias y clausuras, pero sin amenazas hasta el 24 de marzo
del 76.
– ¿ Qué cambió entonces?
–
Al día siguiente del golpe militar leí un cable de la agencia Reuter. Decía que
Isabel había intentado resistirse cuando le desviaban el helicóptero y no les
gustó la noticia a estos señores. Respondieron a su estilo; lo secuestraron a
García, lo tuvieron como una semana desaparecido, detenido en un barco fondeado
en el puerto. Ese fue nuestro debut durante la dictadura. A partir de entonces
sí hubo amenazas, emisarios, individuos que mandaba el almirante Massera a
Colonia, a los que recibía yo. Eso junto a las amenazas del régimen uruguayo,
que era totalmente solidario con los militares argentinos. No había forma de
protestar, de demostrar que éramos una pequeña radio de pueblo atacada por un
gobierno blindado.
– ¿ Y la censura argentina?
–
Un día me llamó Kaminsky para decirme que había convenido con la dictadura no
dar información de la llegada de la Comisión de la OEA de Derechos Humanos (CIDH) y sus actividades-Entonces yo dije:
“Bueno, vos sos el dueño, pero yo no leo más los informativos”. Metí violín en
bolsa y meses después, en julio o agosto del 80, convinimos que en vez de los
informativos pasaba a tener una columna diaria a las 9.15 de la mañana. De dos
horas de informativo pasé a tener 5 minutos. Pero seguí con el tema obsesivo de
ese momento, que era el de los derechos humanos. Cuando le dieron el Premio
Nobel de la Paz a Pérez Esquivel hice un comentario. Dos días después opiné a
favor de Jacobo Timerman, a quien le habían quitado la ciudadanía después de
meterlo preso y torturarlo. Y eso colmó la paciencia de los milicos, que nunca
tienen mucha. Irrumpieron en las oficinas de Microfón dos sujetos del Estado
Mayor con los que Kaminsky mantenía diálogo; se hacían llamar coronel Ortega y
teniente coronel Calatayud y le dijeron: “Si ese hijo de puta lee una noticia
más,
usted
muere”. Así terminó mi campaña en Radio Colonia, porque no quería hacer de
figura decorativa, de director administrativo de una radio del pueblo. Porque
la radio era buena como informativo, pero en sí era muy chiquita. Yo vivía en
Buenos Aires. Cuando empezaron a aparecer autos raros, Ford Falcon, mi familia
fue al Uruguay, y no pudiendo trabajar ni aquí ni állá, nos fuimos a Roma.
– ¿Qué síntesis le queda de su experiencia en Colonia?
–
A mí me gustó muchísimo. Me sirvió de mucho. Viví en el lugar que me gustaba,
con el trabajo que me gustaba, creo que dentro de los límites de uno, se
cumplió con lo que se podía esperar de la radio en los momentos tan
particulares que nos tocó vivir. Trabajé en muchas radios y Colonia es la que
más recuerdo. En su momento la radio cumplió con el papel de mantener una
lucecita. Recuerdo que fuimos los únicos que informamos la desaparición de
Rodolfo Walsh. Es difícil ser periodista en este país si te la tomás en serio.
(Fuente: “Homenaje a la Radio”, Suplemento especial de “La Maga”, Buenos Aires, Argentina, setiembre de 1993. Escaneado y OCR, Horacio A. Nigro, Uruguay, 31 de enero de 2001)