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 EL IMPERIO RUSO
Un estado moderno
El último zarismo

EL COMIENZO DE LA INDUSTRIALIZACIÓN EN RUSIA

El comienzo de la industrialización en Rusia



En el panorama de las estructuras constitucionales y de la vida política que caracterizan a Europa en las décadas que siguen a 1870 también afectaron a Rusia, aunque en su caso no se puede hablar de verdaderas instituciones constitucionales ni de vida política como las de los países de Europa occidental y central. En el imperio zarista, todo el poder se concentraba en las manos del zar sin que existiera ninguna garantía constitucional. El monarca -según las leyes- era jefe del Estado y de la Iglesia y soberano autócrata y absoluto por derecho divino. Los ministros -ocho hasta 1900 y después catorce- cumplían las órdenes del zar. Un consejo imperial tenía funciones consultivas, y una suprema corte, creada en 1864 transformando el antiguo Senado, administraba justicia.
En estas condiciones puede tener alguna validez una división en períodos según los años de reinado de cada monarca. La tiene, por cierto, en cuanto se refiere al reinado de Alejandro II (1855-1881), el zar que inauguró una época de importantes reformas y fue asesinado después de haber salido indemne de seis atentados anteriores. Estos actos terroristas denuncian el malestar y la tensión de la sociedad rusa y, a falta de otros medios de expresión más libres y eficaces, el nivel de la vida política.


 

Alejandro II, el zar que liberó a su pueblo A la vez que era liberado el fanatismo revolcuionario empezó a hacer mella entre la juventud. Alejandro II murió asesinado por un "nanodirik"

Abolición de la servidumbre



Con la emancipación de los siervos (1861), la reforma del sistema judicial y la representación electiva de las provincias (los zemstvo, 1864), Alejandro II había dado un impulso notable a la transformación social. El zar y sus consejeros eran conscientes de que la modernización del Estado era incompatible con las viejas instituciones y por ello aceptaban algunos modelos del desarrollo de Europa occidental. Pero las reformas -fue imponente la agraria, que rompió el equilibrio rural y probablemente hubiera sido inconcebible en un régimen constitucional que representara a las clases propietarias se producían en un anacrónico clima de despotismo, aunque fuera ilustrado.

No hay que olvidar que los cambios se decretaron y emprendieron al comienzo de los años sesenta, cuanto triunfaban las previsiones optimista de un desarrollo pacífico y progresivo, que habría podido conciliar la autocracia zarista con el progreso social. La rebelión polaca de 1863, la guerra franco-prusiana y la Comuna de París demostraron que la realidad era mucho más difícil y contradictoria.

La servidumbre de los campesinos, que dependían personalmente de los señores y los terratenientes, era una característica esencial de la situación que se vivía en las zonas rurales antes de 1861. Los siervos podían ser vendidos con o sin tierra, solos o con sus familias. La l1uvela de Gogol, Las a/mas muertas, es a la vez una violenta sátira y una descripción realista de la servidumbre de la gleba vigente y las operaciones comerciales que podía propiciar. La emancipación creó enormes problemas. En principio, la refoln1a reconocía que la tierra era propiedad de los señores, pero obligaba a los propietarios a asignar a los campesinos, o a la comuna agraria (obscina), viviendas y parcelas suficientes para mantener a sus familias. Los campesinos estaban obligados a pagar a largo plazo las tierras y viviendas con la ayuda del Estado y quedaban liberados del trabajo personal obligatorio.

La reforma tenía proporciones gigantescas, alcanzaba a cerca de veinticinco millones de campesinos que, si bien dejaban de ser siervos, permanecían ligados a las comunidades (obscina mir), en las antípodas del individualismo agrario que en el resto de Europa hacía, o había hecho, desaparecer el antiguo espíritu comunitario. Además, al separa las fincas campesinas de la propiedad señorial, los campesinos perdían parte de las tierras que antes cultivaban como siervos: si se tiene en cuenta que durante el largo proceso de la reforma, la población creció, pasando de cincuenta y siete millones en 1987 a ochenta millones en 1898, se comprende hasta qué punto también aumentó la presión demográfica sobre la tierra, creando un estado de tensión social agravado y multiplicado por el proceso simultáneo de industrialización que afectaba a las grandes ciudades.
El análisis de las condiciones del campo en Rusia sugirió un original socialismo agrario que se expresó en el «populismo». Veía en las comunidades agrarias y la solidaridad campesina los elementos que garantizarían futuras formas igualitarias y socialistas sin pasar por la experiencia individualista y capitalista. La imposibilidad de manifestar opiniones públicamente y de organizar agrupaciones políticas abiertamente reforzaba entre los jóvenes intelectuales las tendencias radicales, revolucionarias y anárquicas y alimentaba el terrorismo.

Entre 1874 y 1881 se recrudecieron los atentados terroristas, sobre todo de la organización «Voluntad del pueblo», cuyos miembros estaban convencidos de que bastaba el asesinato del zar para sublevar a los campesinos y abrir el camino a las reformas constitucionales. Sucedió todo lo contrario. Alejandro III (1881-1894) acentuó la política autoritaria y represiva, reduciendo drásticamente las competencias de los consejos de provincias, distritos y comunas, a la administración de los asuntos locales y sometiéndolos a la dirección y el control de los «capitanes de campaña», instituidos en 1889, que dependían de los gobernadores y del gobierno central. Suprimió, además, la mínima autonomía conseguida por las universidades durante el período reformador de Alejandro II, alejando su régimen de los círculos intelectuales embarcados en una oposición más decidida. Reforzaba esta oposición una considerable minoría de cerca de seis millones de judíos sometidos a disposiciones que limitaban su libertad de movimientos, residencia, instrucción y actividad profesional. Muchos progrom, ataques a las personas y bienes de los judíos, fueron instigados o alentados por la policía zarista.





La modernización económica -que se manifestaba en la acelerada construcción de la red ferroviaria- las contradictorias consecuencias de la reforma agraria y el comienzo de la industrialización empezaban a incidir en las estructuras tradicionales de la sociedad rusa. Con la difusión del marxismo también se volvían más encendidos los términos de las polémicas intelectuales, enfrentando a los partidarios de una renovación basada en los valores comunitarios del campesino y la confianza en el movimiento espontáneo de las masas, con los que sostenían la necesidad de un rápido desarrollo capitalista, que crearía y reforzaría el proletariado industrial, única clase revolucionaria.

Sobre todo en la década de 1890-1900, mientras no ocurren cambios notables en el plano político, puesto que el nuevo zar, Nicolás II (1894-1917) reafirma su total fidelidad y confianza en el gobierno absoluto, avanzan el desarrollo económico y los cambios sociales, favorecidos por un ministro de excepcional capacidad como Witte, convencido de que, para sostener la industrialización, había que terminar con las comunidades rurales, alentar las inversiones extranjeras, proteger la industria nacional y extender la red ferroviaria. Fue Witte quien, pese a los costos enormes, inspiró y llevó a cabo la construcción del ferrocarril transiberiano. La producción industrial de Rusia se triplicó largamente durante la década sentando las bases de la gran industria pesada que concentraba, especialmente en Moscú y Petrogrado, un fuerte proletariado. Lenin, agudo observador de los nuevos acontecimientos, escribió entre 1896 y 1898 un libro sobre el desarrollo del capitalismo en Rusia. Aunque tendía erróneamente a acentuar la incidencia de las transformaciones, sobre todo en el medio rural, advertía exactamente el sentido de los cambios que profundizaban las contradicciones sociales, incorporaban nuevos elementos de juicio y abrían nuevas perspectivas de acción política, haciendo anacrónico el programa de los populistas.


















La formación de Rusia