mundodistinto
(espero recordarlo fielmente)
El mundo parecía distinto la última vez que conversé con el Viejo. Caminábamos por la playa, en la paz del atardecer. Los caseríos, allá adelante, más allá de la caleta, se teñían de un anaranjado cada vez más pálido.
Se sentó cerca de la orilla, tomando un puñado de arena y dejándolo escurrir de a poco entre los dedos.
- Antonio, anoche, creo que después de pasar esa racha de viento fuerte, tuve un sueño lindo y raro al mismo tiempo. Estaba cansado de tanto andar por un desierto de arenas muy blancas. Sabía que alguien iba cerca de mí, pero no podía verlo. De pronto aparezco en un palacio alto, tanto que el techo no se veía; de un pasaje enladrillado que quedaba a mi derecha, empiezan a salir unos bueyes mansos, en gran cantidad, como treinta o más. Entonces me desperté, y no pude volver a conciliar el sueño en toda la noche.
-Ojalá supiese interpretar los sueños, porque con este, tendría un buen trabajo -dije, un poco en broma.
-No te rías, porque para comprender lo que te voy a decir, tenés que estar bien serio. Estoy bastante viejo, no creo que viva mucho más. Pero antes que llegue ese momento, quiero dejarte algo como herencia. Todo hombre tiene algún secreto, yo no iba a ser la excepción. Tomá, guardalo, pero no lo abras mientras viva.
Me dio un paquetito envuelto en papel de panadería. Se hizo un hondo silencio, no supe qué decir. Luego me despedí de él "hasta la próxima".
Como no era temporada de playas, tuve que caminar varias cuadras hasta la parada del ómnibus. Me encontré con Alcides, que venía del trabajo. Hablamos de amigos comunes.
El lunes de mañana fui al Centro a hacer un trámite. Estaba un poco fresco, el cielo límpido, intensamente azul. Me sentí feliz por vivir en mi ciudad. Caminé dos cuadras, llegué frente al edificio de oficinas, entré sin encontrar a nadie, el ascensor estaba en planta baja, subí y toqué el número cinco. En el instante en que empezó a moverse, sentí una indecible opresión en el pecho. Tuve que volver a planta baja… corrí a la parada del ómnibus que va a esa playa.
El viaje se me hizo eterno, no pude pensar en nada concreto. Parecía un autómata.
Al llegar a los caseríos, lo que parecía absurdo cobró sentido. En la casita del Viejo había varios vecinos y allí, en la pieza, estaba él, ya ajeno a este mundo, con una expresión calma, como dormido. Unos parientes se habían hecho cargo de todo. Después del impacto inicial, pude cambiar algunas palabras con su hermano menor. Me explicó que le había dado un ataque al corazón, hablamos cosas de él, los "parece mentira, vendía salud"… "pero si el otro día estuve charlando con él"…
Recordaba lo que decía: "cuando me vaya, no me lloren. Miren siempre adelante".
Al volver a casa, encontré una carta de Venezuela, firmada por mamá, papá, Román y Verónica. Me enteré de las últimas noticias: tu hermano cambió de trabajo… mamá extraña horrores… Pensé si había hecho bien aceptando que también mis padres se fueran, si no habría podido hacer algo…
Recordé el paquete aún sin abrir. Lo saqué del cajón del escritorio. Apesadumbrado, lo desenvolví. Contenía simplemente un papel y una llave. El papel, amarillento por el tiempo, era un plano, y decía: "Ubicación de la gruta". Lo estudié bien: la "gruta" estaba, al menos en el plano, relativamente cerca de la ruta, en unas sierras.
Me informé acerca de la línea que pudiera dejarme más cerca del lugar. Preparé la mochila con todo lo necesario, ante la eventualidad de tener que quedarme y esperar varias horas por el ómnibus de regreso. Llevaba conmigo la carta para Venezuela, para dejar en el Correo, de pasada. El martes estuve en el almacén con Guido, el socio de Román y mío. Estaba trabajando con su hija, normalmente; consideré que podía prolongar mi licencia unos días más. Compré un pasaje para salir en la madrugada del miércoles y puse la carta en el Correo de Dieciocho, en el Cordón.
Mientras hacía todo eso, pensaba si realmente existiría la tal gruta. ¿No sería una invención del Viejo? Pero no era posible que me mintiese, siendo como era.
Al otro día, muy de madrugada, subí al ómnibus. Estaba ocupada más o menos la tercera parte de los asientos. Hablé con el guarda para que me avisase en el lugar, y me miró como pensando… qué hay ahí, si es un desierto ese tramo de la ruta… no pudo resistir y me preguntó.
-¿Qué va a hacer por esos parajes?
-Voy a hacer una exploración de la zona, soy geólogo…
No dijo nada, se quedó pensando, mirándome, comparando mi cara con la palabra geólogo.
Era realmente en medio de la nada. El ruido del motor al alejarse el ómnibus me sonó a despedida.
El lugar era agreste, pero magnífico. Miré el mapa: pude ubicar correctamente el cerro que aparecía en él. Estaba cerca…
Lo "cerca" me llevó más de dos horas de fatigosa caminata entre piedras y espinos. El cerro estaba rodeado de espeso monte nativo, esplendoroso, un arroyito de aguas cristalinas… nada distinto que sirviese de señal. El canto de todo tipo de pájaros acompañaba aquella verde sinfonía visual. Daba la impresión de que allí nunca había estado nadie, a pesar de algún alambrado medio desvencijado. Entonces descubrí una especie de sendero, parcialmente ahogado por los yuyos y pastizales pero todavía reconocible. Seguí por él, se desviaba un poco a la derecha, prolongándose en el arroyo por un puente de piedras que apenas asomaban del agua. Del otro lado estaba más marcado entre la vegetación… llegaba hasta unas rocas grandes que eran las primeras estribaciones del cerro. Al pie de las mismas, en un recoveco de difícil acceso, casi totalmente oculta por los arbustos, había una especie de puerta tosca de madera. Dificultosamente aparté los ramajes, ayudándome con mi cuchillo de caza. Me costó abrir la cerradura. Adentro hacía frío, más de lo que yo esperaba. Alumbrándome con la linterna, vi que había un pasadizo natural en la roca, como de dos metros de alto y luego una "habitación" como de tres por cuatro, de paredes bastante lisas, parecía haber sido labrada en la roca, tal vez agrandando una cueva natural. Allí había una mesa de madera, rodeada de sillas medio desvencijadas. Hacia la parte opuesta a la entrada, había un armarito cerrado con candado, cuya llave estaba sobre la mesa. Más que armario resultó ser biblioteca. Libros antiguos, valiosos, un viejo cuaderno, que retiré cuidadosamente y puse sobre la mesa, para un mejor examen. Había traído unas velas, pero en la cueva había tres, rústicas, tipo cirio, con las que logré una iluminación aceptable.
El cuaderno, amarillento, tenía un título: Secretos de la vida, Montevideo, 1952. Nada más. Era la letra del Viejo, indudablemente.
Miré mi reloj: doce y media. Había traído una vianda. Apagué las velas-cirios y me fui a almorzar, dándome el lujo de beber agua pura del arroyo en mi jarrito de latón. Un rato después, emprendí la subida al cerro, buscando la ladera más fácil.
En la cima, dominando los alrededores, pensaba, meditaba en el sentido de esos "secretos de la vida". El Viejo muchas veces me dijo que la vida era como un camino, por el que sentía un gran amor; camino que guardaba sus secretos, sin embargo.
"Fijate Antonio que el hombre que no quiere la vida, no construye, no sigue el camino. Puede decir muchas cosas, pero en el fondo, no quiere la vida, no sigue su senda".
Se había hecho tarde. El cielo estaba totalmente gris. Cuando cayeron las primeras gotas, entré a la gruta y preparé una improvisada cama entre la mesa y la biblioteca, aprovechando unas frazadas moras que había allí, en el cajón de abajo del armario. Me puse a revisar los cajones y los libros, algunos tenían manuscritos guardados entre sus hojas, notas viejas, cartas…
Esa noche tuve un sueño parecido al que me contó el Viejo. Estaba navegando con otras personas por un río subterráneo, en un túnel de piedras lustrosas. Hacia delante se veía una luz intensa que se acercaba.
Al otro día, al salir de la cueva, pude ver que la tormenta había pasado. Era una mañana espléndida. Puse las cosas en orden, salí, aseguré bien la puerta. Recorrí el sendero con optimismo, animado por el sol radiante y el canto de los pájaros. No tuve que esperar mucho el ómnibus, llegó casi enseguida. Me senté donde pudiera mirar el cerro… me pareció ver una luz, más o menos para el lado de la cueva, pero no, no podía ser. Cosas de la imaginación.
Esa misma tarde, ya en casa, recibí una visita.
-¡Francisco! ¡Qué sorpresa! ¿Cómo
andás?
-Bien, gracias, me estoy por ir y quería hablar contigo.
- Pero pará, vos ¿también te vas del país?
-No, del país no, si querés verlo así: voy a Punta del Este.
Reí francamente. Francisco siempre decía "a Punta no entro ni aunque me paguen".
-¿Qué te pasó? ¿Te dio un ataque de
algo?
-No, lo que pasa es que voy a ver si consigo trabajo en la temporada. Sabés
cómo es esto.
-¿La patrona y las nenas van contigo?
-No, se quedarían acá. En realidad voy dos o tres meses. Depende de cómo esté
la cosa allá.
-Che, hablando de todo un poco, tengo dos noticias para vos. Una es un poco
triste. ¿Te acordás de don Duarte?
- Sí, aquel viejito buenísimo que vivía cerca de la playa.
-Falleció, pobre.
Mi mente volaba lejos, en un horizonte de mar y arena, en la hoguera que el Viejo preparaba en la playa donde nos reunía a Román, a la Negra, a Alberto, a Carola… para hablar de tantas cosas, de los misterios, de la vida en otros mundos, cosas que a veces nos parecían demasiado fantásticas… pero allí, en el anochecer del verano, en la playa solitaria, cuando aparecían las primeras estrellas, todo era, simplemente, verdad.
-¿Era solo?
-No, tenía familia. Che, me dejó algo como herencia. Es una especie de cueva
al pie de un cerro, un lugar de lo más extraño.
-¿Qué había ahí? Una olla enterrada con el oro… pah, eso quisiera yo. Vivo todo
el día amargado, Antonio.
-Ah, Paco, dale para adelante. No te dejes achicar por los problemas… si no
no salimos. No pierdas la claridad por los problemas, Paco, vas a ver que se
te da. Aunque no sea mucho, se te da. Así me decía el difunto Duarte, que había
que trabajar esperanza. La esperanza se trabaja, no se tiene, decía. Si uno
tiene la esperanza sola, no tiene nada, se queda con ella y al final se convierte
en amargura, se vuelve lo que hubiera sido, que es el vinagre del vino puro
de la esperanza.
-En realidad tenés razón. Yo mismo voy a hacer esto… para trabajar esperanza, como decís vos.
Sentado en mi cuarto, frente a la ventana, mientras ordenaba los papeles y sacaba las cuentas del día, volvía a mi memoria, indefectiblemente, el cuaderno incomenzado. Secretos de la vida. Recónditas selvas llenas de ruido y color. El verde del mar. Secretos de la vida. "Muchas palabras por aquí, muchas por allá, te aseguro que la vida no necesita de tanta cosa. A la vida hay que amarla de verdad, porque en los diplomas, no cabe".
A tía Pola le interesó mucho lo de la "herencia". Quería saber en detalle qué libros eran, me preguntaba si los había traído conmigo.
-No pude, tía. Solamente traje el cuaderno en la mochila, Secretos de la Vida, Montevideo, 1952.
-Secretos de la Vida… ¿escrito por el propio don Duarte?
La tía conocía al Viejo de mucho tiempo atrás, antes de la muerte del hijo, cuando él frecuentaba la Biblioteca. El Viejo decía que la vida no cabía en los libros, él, que conocía a todo el personal de la Biblioteca por su nombre.
-Ah, don Duarte… un genio, políglota, estudioso, autodidacta en el verdadero sentido de la palabra, incansable… lástima que quedó mal, pobre.
La tía no sabía que el Viejo conservaba toda su lucidez, o tal vez la había incrementado a extremos… insospechados.
En esto apareció Mercedes con un rollo de hojas en la mano, atadas con una cinta rosada, y me leyó unos poemas que había escrito para la Escuela. Viste, Antonio, decía la tía Pola, guiñándome el ojo, Mechita va a escribir como Juana, igualito.
El viernes siguiente fue el casamiento de Nico, en los Carmelitas. Después, una fiesta impresionante. Las tías me sugerían posibles candidatas, pero yo hacía caso omiso, porque había visto a Jenny, y me puse a charlar con ella. Hacía mucho que no nos veíamos, la última vez habíamos terminado discutiendo… esta vez fue distinto, ella se tenía que ir enseguida, porque tenía no sé qué jornada, pero me dijo que la llamara. Me sentí feliz. Salí un instante y caminé hasta la esquina, por Larrañaga… se oían los Bee Gees… "How deep is your love".
Un día habíamos salido de excursión con un grupo de amigos. Era un simple paseo: para nosotros, toda una aventura. Salida a lo "boy scout". Nos sentíamos hombres, aunque el único adulto era el padre de uno de los niños, líder de la Asociación. Me habían prestado una Spica -lujito de radio en su estuche de cuero- y era el encargado oficial de las noticias y la música. Pasaban los Beatles. All you need is love… ya en esa época conocía a Jenny, que era una gordita pecosa, insoportable. Jamás se me hubiese ocurrido relacionar la canción con Jenny… pero ahora… Secretos de la vida.
La mañana siguiente llegó carta de Punta del Este. Francisco, contándome que estaba todo bien, haciendo algún dinero, y extrañando como loco. Esa misma tarde fui al cine. Lástima, Jenny estaba demasiado ocupada estudiando para unos exámenes. Es eso, realmente es por eso, me dijo por teléfono.
El invierno reinaba en Montevideo. Esa
tarde, aprovechando el primer rato de sol en muchos días, fui a la Rambla. Es
hermoso caminar tranquilamente, dejando a los ojos perderse en la distancia. En
un rincón del muro, dormitaba un viejito de barba, ataviado con un sobretodo
raído, pantalones y zapatos que concordaban con su imagen general. A su
costado, envuelta en papel de diario, una botella con algo indescifrable. Cuando
pasé a su lado, se despabiló un instante y me invitó a tomar un trago. Me dio
lástima. Más allá, un hombre de uniforme deportivo, que había bajado de un
coche moderno, empezó a practicar cortas carreras. Una señora paseaba a su
perrito, un caniche blanco tocayo mío, lo que me hizo reír mucho.
Al verme, Antonio comenzó a ladrar furiosamente.
-Quieto, Antonio, no molestes al señor.
-Pero si no es nada, señora. Además, es mi tocayo.
-Su tocayo… qué bien, ¿viste, Antonio?
Al rato se había quedado todo tan quieto, que el mar y yo parecíamos los únicos protagonistas de la tarde. De la Rambla a lo de la tía Mercedes, no serían más de cinco cuadras. Me quedé un buen rato, hablando de bueyes perdidos. La tía estaba preparando una de sus famosas cazuelas, capaces de ahuyentar el frío.
-¡Bárbaro! Por fin algo distinto a mis comidas diarias. Una pila de tiempo que no como algo de verdad, tía.
Durante la cena, y en ausencia de Tito, que había salido con unos compañeros de estudios, Mercedes no pudo resistir y se despachó:
-Me preocupan tus padres. Me escribió mi
hermano confidencialmente, pero te cuento igual, porque quedé mal. No se
adaptan para nada, redondamente. El caso de Verónica y Román es distinto,
ellos no tienen tantas raíces acá, están estudiando allá, tienen todo el
futuro por delante. Pero mi hermano querido, no se está adaptando. ¿Y si les
pedimos que vuelvan, no sé, inventamos algo, hacemos algo?… no digo ahora
mismo, porque estamos en un invierno muy crudo, que a tu mamá no le va a sentar
bien. Pero para octubre o noviembre…
-Puede ser. Yo no quise decir nada en su momento, pero fue una locura. Papá
quedó mal con lo del cierre de la fábrica, después de tantos años, no pensó
más nada y se fue, para mí estaba asustado, en el fondo. No asustado de ninguna
persona, bien sabés cómo es, pero sí de no poder volver a levantar un negocio.
Yo me tendría que haber ido también, tía, pero quise seguir por el almacén,
porque de alguna forma nos vamos arreglando bien. Si él estuviera, esto sería
mucho mejor, más grande, con más surtido, él se da idea para todo. Se lo dije
en la última carta que les mandé.
El tío Juan Manuel estaba esperando, me miraba como para decirme algo, pero no lograba colarse entre las palabras de tía… al final tosió, para llamar la atención, se aclaró la garganta y me dice:
-Digo, que con el Tito estamos armando una discoteca. Bah, el de la idea es él…
-Y vos hacés el trabajo, ¿verdad?
-Ja, algo así. Si te escucha… el tío ponía cara fingidamente seria.
-La verdad no ofende. Bueno, según qué verdad sea, ¿no?
Después el tío me estuvo contando sobre un sueño que tuvo, en el cual caminaba por una calle empedrada de losas de mármol, hacia un lugar donde iban a darle un documento de color azul. Estaba preocupado, porque en ese momento esperaba el resultado de un análisis que se había hecho, y justamente en el Laboratorio donde siempre se los hacían, los ponían en un sobre azul. Yo le decía que eran simples casualidades. Tal vez lo de la discoteca fuese una forma de luchar contra su temor.
El lunes, mientras me aprontaba para ir al almacén, me asaltó la impresión de que la visita a mis tíos había sido un sueño, o algo que había leído en alguna parte. Me miré en el espejo con inquietud… detrás de mi imagen, me pareció ver en un segundo, una forma confusa y gris que giraba lentamente. Lancé un grito y cerré los ojos, pero cuando los abrí, no había más que mi cara reflejada en el espejo. El sol se filtraba por los vidrios esmerilados. Los vecinos de al lado pusieron la radio a todo volumen. El locutor daba las noticias de la mañana, en un ritmo rápido, como para despertar a los oyentes.
El miércoles de mañana mateábamos con Guido -estaba todo demasiado tranquilo- contemplando el movimiento de la calle a través de la ventana. Me acordé de lo del lunes, le conté lo que me había pasado y se rió. Me hizo una broma acerca de Jenny, diciéndome que era ella que venía a verme, y nos reímos de buena gana. La figura y la personalidad de ella no se parecía en nada a una forma gris.
A las tres, el cielo se había oscurecido
totalmente. Empezó a llover de golpe, fuerte, muy fuerte, parecía que hubiese
anochecido.
El resto de la tarde, aprovechamos para arreglar la mercadería y hacer algunos
carteles. A las seis y media había parado de llover. Cerramos temprano. Al llegar
a casa, me estaba esperando Francisco.
- Hola Antonio. Aquí me ves, de regreso.
- ¡Cómo andás! se ve que no pudiste aguantar más, eh!
Entramos y me contó unas cuantas cosas de su trabajo. El viaje a Punta del Este no le dejó demasiado: pudo ahorrar un poco, como para tener algo de reserva y pagar algunas cosas imprescindibles, pero nada del otro mundo. Surgió el tema del Viejo, nuevamente.
-¿Pero qué fue lo que trajiste de la cueva?
Fui a buscar el paquete con el cuaderno, unas hojas sueltas con apuntes y un par de libros interesantes. Realmente no lo había abierto, como si esperase algo…
Paco miró el cuaderno con detenimiento…
-¿Vos llegaste a ver esto con buena luz?
-No, fue a la luz de unos cirios.
-Te digo porque ¿ves aquí? Hay una serie de puntos muy borrosos, una especie de códigos. Fijate, están mismo sobre los renglones.
Al verlo con más luz, era evidente. Había una acumulación de puntos sobre los renglones, que empezaba como en la décima página del cuaderno.
-Es algo extraño. Nunca hablamos de este código, ni mencionó algo parecido… aunque, pensándolo bien, sí se refería a los libros escritos en código que nunca han podido ser descifrados…
-¿Le escribiste algo de esto a Román?
-Sí, le conté que el Viejo había fallecido y así, por arriba, lo de la
herencia. Me contestó que lo iba a estudiar cuando viniera, para las
vacaciones, pero claro, yo qué sé cuándo va a tener vacaciones…
Los demás apuntes eran transcripciones de textos antiguos, algo de Filosofía, una anotación al margen "para la próxima reunión"…
Mucho después de que Paco se fuese,
seguía revisando detenidamente el cuaderno, ojalá hubiese podido descifrarlo,
pero ¿cómo?
Las vacaciones de Román habían llegado. Antonio fue a buscarlo al Aeropuerto, con los tíos, Guido y la hija. Aún a la distancia, se dieron cuenta inmediatamente que era él, por los brazos en alto y los saltos que pegaba al descender el último peldaño de la escalerilla.
Trajo la noticia de que sus padres habían
decidido venirse, por lo cual en definitiva volverían todos, en cosa de seis
meses.
Al día siguiente, Antonio y Román hablaron acerca del Viejo y la herencia. Román miró el cuaderno detenidamente, con expresión de asombro, curiosidad y respeto, pasando las hojas con sumo cuidado.
-Tendríamos que hablar con el hermano de don Duarte, Apolinario. Estoy seguro de que sabe algo más, o puede ayudarnos a interpretar esto.
La vieja sensación había retornado. Esa sensación en el estómago, ese darse cuenta de estar desde hace años girando, girando en la rueda, como una ardilla. Eso mismo, una ardilla en su rueda(*). Todo podía haber sido distinto, su mundo podía haber sido distinto, si su hermano no lo hubiese convencido de no dar ninguna publicidad a esos conocimientos... Tal vez sea normal que un viejo sienta este cansancio infinito, este tedio, esta desconfianza de todo, esta nostalgia, pero además está la certeza casi absoluta de que pudo ser distinto. Pero no fue. Miró la foto amarillenta hasta que sus ojos se empañaron. Aquellos dos muchachos llenos de vida, de ilusión, de sueños.
Golpearon a la puerta. Como quien despierta, Apolinario pronunció un cansado "ya va".
Reconoció inmediatamente a Antonio… Los hizo pasar, agradeciéndoles la visita de entrada, como acostumbraba a hacer el Viejo. Su hermano le había dicho que tenía muchas esperanzas cifradas en ellos, eso lo recordaba vívidamente.
El cuaderno era un viejo conocido. Lo tomó en sus manos…
-Bueno, realmente yo… no lo recuerdo muy bien, pero … está bien. Finalmente la vida me está dando una especie de revancha y voy a aceptarla. ¿Tienen ganas de escuchar historias viejas?
Ambos asintieron rotundamente.
-Hace mucho tiempo, Aquilino Duarte y yo hicimos un gran descubrimiento. Pero empiezo por el principio. Eramos jóvenes, alegres, interesados en aprender, a pesar de esto, las condiciones económicas no nos permitían acceder a estudios formales, no pudimos hacerlo. Hicimos entonces el propósito de estudiar informalmente y reunirnos con gente que supiera de distintas disciplinas. Por aquella época había otro espíritu, más tiempo, era otra cosa, como le habrán oído decir a más de un veterano. Así conocimos gente de mucha valía. Se nos ocurrió sistematizar todo esto en una serie de apuntes, hilaciones, relaciones entre una cosa y otra y como nos veían amables, interesados y éramos, modestia aparte, bastante buena gente, incluso nos ayudaron a perfeccionar nuestro sistema, que empezó a crecer, como una especie de enciclopedia informal. Muchos sabían que esto existía y aumentaba, al margen de lo oficial, pero era como un rumor destinado a perderse en el piélago de las historias olvidadas, como hay tantas, por cierto. Un día, por medio de un diplomático amigo, de esas amistades de boliche, llegamos a conocer a cierto personaje que decía tener un sistema similar, aunque no lo había creado él. Era más bien un coleccionista. Cuando lo conocimos, por razones que les explicaré después, nos invitó casi inmediatamente a visitar el archivo original, del cual ni siquiera podía mostrarnos una hoja, menos adelantarnos algo de su contenido.
Apolinario hablaba casi exactamente igual que Aquilino. No tanto o no solo por el tono de voz, reflexivo, pausado, era aquella vieja sensación de estar al borde de un descubrimiento... Román cerraba los ojos un instante y le parecía sentir la arena, el calor del fuego, la dulce y cálida sensación de la mano delicada de Carola en la suya…
-Ustedes se preguntarán por qué no les habló
específicamente de esto, sin embargo estoy seguro de que todo lo que les dijo
se refería casi exclusivamente a ello, o estaba contenido en... El caso es que
nos pasaron las cosas más raras e inesperadas. Primero, viajamos a Italia, nosotros,
que nunca habíamos salido de nuestro país. Imagínense lo que fue. Hasta el día
de hoy me parece que todo fue un sueño, pero no, sé que sucedió en realidad.
Allí, en los alrededores de cierta ciudad que no viene al caso mencionar, nos
hospedamos en una villa muy lujosa, rodeada de parques arbolados, fuentes, rosedales…
algo paradisíaco, realmente. Se vivían tiempos muy difíciles: la guerra era
inminente. La noche de nuestra llegada, después de una regia cena servida en
una mesa larga, con cubiertos de plata y mantelería bordada en oro, todo con
el escudo familiar de esta persona, nos hizo bajar al sótano. Allí, en un mueble
cerrado, macizo, de madera lustrada, con tres cerraduras muy antiguas, había
una serie de libros. Estos eran la transcripción, impresa discretamente en una
de las primeras imprentas llegadas a la región, de una cantidad inmensa de manuscritos,
pergaminos, que se hallaban en una amplísima galería que estaba detrás de una
gruesa puerta, a la cual solamente nos permitió echar un vistazo, para constatar
que realmente existía.
"Hace tiempo estoy bastante preocupado" nos dijo. "La guerra
está en las puertas, conozco las fuerzas e intereses que se mueven detrás
de todo esto, demasiado bien. Alguien de mucho poder me está buscando, anda
detrás de estos documentos. Por ahora mis influencias políticas han podido defenderme
bastante bien, pero no sé hasta cuándo voy a resistir. Es muy difícil trasladar
todo esto, pero no en el caso del resumen que les mostré antes, que puede llevarse
perfectamente en un baúl grande".
Le preguntamos qué era en definitiva, todo aquello…
Dudó bastante, antes de contestar…
"es… una biblioteca antigua. Muy antigua, tanto como se puedan imaginar.
Una serie de documentos que se ha ido ampliando a través del tiempo,
aumentando, aumentando. Sin embargo, lo esencial… es, bueno, es bastante
conocido el suceso, no creo necesario extenderme sobre el punto."
Entonces nos contó algo que ya sabíamos, una historia muy antigua, ahora súbitamente iluminada con nuevas luces. Un pasado terriblemente remoto, de pronto puesto allí, delante nuestro. Pero ¿por qué? ¿por qué nosotros?
La respuesta no podía ser más sencilla. La copia fidedigna de aquella maravilla debía estar en un país sereno, alejado, que no llamase demasiado la atención. El había pedido referencias acerca de nosotros, muchas referencias, estas habían sido ampliamente satisfactorias, sobre todo en cuanto a nuestra cabal honestidad y discreción.
"Esto no es ciencia, muchachos. Esto es anterior a toda la ciencia y jamás ha pasado bajo su escrutinio. No tengo nada contra la ciencia, pero no me gustaría ver disecar este cuerpo vivo de sabiduría bajo su árido microscopio. Menos verlo en manos de ciertos poderosos… Esto es crónica viva, real, fidedigna, de cosas que acontecieron en un pasado muy remoto. Hay aquí cosas que dijo Jesucristo y no encontrarán en ningún otro lado. Hay aquí obras de filósofos griegos de los que ustedes no conocen siquiera el nombre. Y tanto más. ¿Entienden por qué hay que alejar todo esto de la prepotencia del poder? Serán los celosos cuidadores de este resumen de mi biblioteca, hasta que todo se normalice. Entonces yo, o alguien muy bien identificado que les envíe, nos llevaremos de nuevo los libros. Confío ampliamente en ustedes, amigos".
Luego nos explicó que los libros se habían resumido, extractando lo esencial de una forma muy inteligente, con abreviaturas y códigos, por lo cual cada tomo equivalía al menos a diez libros. Aquel hombre habría perecido en un voraz incendio que destruyó su palacio, luego de un bombardeo, se decía que ninguna bomba la alcanzó realmente y que sus restos no aparecieron, pero tampoco apareció jamás a reclamar los libros. Con el tiempo fuimos dándonos cuenta de que el peso de este secreto, y lo que creíamos la imposibilidad de transmitirlo a alguien, nos agobiaba. Entonces aparecieron ustedes, como de casualidad, cuando mi hermano empezó con las charlas del método de conocimiento y estudio…
Pasó el tiempo. También a don Apolinario le llegó su hora, aunque, a decir verdad… ya no se sentía como la ardilla en su rueda. Había logrado abrir la jaula. Eso tal vez fuese más importante que saber tantas cosas del pasado, algunas de ellas muy terribles, no tanto por ellas mismas, sino por lo diferentes que eran de la versión oficial de la historia del mundo…
A Román y Antonio les había ido muy bien, se hicieron muy conocidos en el mundo empresarial. Muchos dicen que se distinguieron siempre por un conocimiento superior, una prudencia y una sabiduría poco comunes, otros agregan que las principales causantes de su éxito eran Carola y Jenny…
Muy pocos saben que un día de verano, intensamente caluroso, lo pasaron en aquella cueva, haciendo un pozo y volvieron muy despacio, en una camioneta, para cuidar mejor su cargamento.
Y yo mismo, porque fui tan amigo de Antonio, aunque supiese exactamente en qué lugar están hoy esos libros…
No lo diría.
(*) Una ardilla que gira, gira en su rueda. Esta es una idea central del pensamiento del filósofo Jean Jacques Lafortune:
"La miro y me parece estar allí, sin otro propósito que hacer girar una rueda que emite un chirrido casi como el de la ardilla, que no es tal, sino más bien otro animalito cuyo nombre... A veces las ideas giran en mi cabeza, febriles, dan vueltas y vueltas, sin propósito alguno, sin descargarse jamás a tierra, entregando solamente una brizna de acciones rutinarias, como si utilizase solamente una parte ínfima del cerebro, como si mi verdadero espíritu hubiese huído de este mundo precipitadamente, o tal como imaginara Dante -en una especie de venganza literariamente consumada- algún demonio hubiese tomado mi lugar. En tal caso, no sería uno maligno, sino aquel repleto de modismos y lugares comunes, repitiéndose a sí mismo invariablemente… en las peores cosas, claro".