CIUDAD
Estaba cerca de una urbe considerablemente poblada, famosa por su actividad comercial... pero a Ciudad... el progreso le trajo una calle principal asfaltada, entroncada con la ruta, y un cartel: CIUDAD. Población: 10.000. Altitud sobre el nivel del mar, 50 metros.
Era, a pesar de las apariencias, un centro de interés turístico. En mucho mayor grado que Altavista, o Palma. Sus habitantes solo hablaban lo indispensable, complementando sus monosílabos con gestos. Dos días determinados la ciudad quedaba desierta. Todo lo hecho para averiguar adónde se dirigía la gente, había sido infructuoso. Su inteligencia vencía a la más hábil de las maniobras. Por eso, el interés por llegar allí se renovaba de año en año. Cada quien esperando ser el descubridor del secreto.
Los visitantes menospreciaban otros espectáculos: la Catedral de San Román, con dos campanarios de distinta altura, el Museo, el Parque, las Sierras Morenas. Cual espías, sus cámaras acechaban constantemente a los pobres ciudadanos. No había quien viajase a la ciudad vecina, sin ser seguido por algunos curiosos.
Esta situación no provocaba la menor reacción de su parte. Se habían acostumbrado a vivir de esa manera extraña. Además, no todo el año era así. En el duro invierno, ningún turista osaba acercarse. La humedad constante, los vientos y el bajo cero...
Las luces del Centro se difuminaban, distantes, en la niebla. Antonio preparaba su golpe de efecto, el argumento preciso e irrebatible, capaz de resolver victoriosamente su discusión con Pedro. Eso último, ESO que había dicho, carecía de un elemento importante, lo que precipitaba su "ruina".
Pedro le negó esa pequeña satisfacción:
-Me doy por vencido. Tu capacidad dialéctica no tiene límite. Solo por esta vez, ganás.
-Me alegro que reconozcas la debilidad de tu argumento, estimado.
-Igualmente, no importa. Quería contarte algo. Tengo pensado visitar Ciudad, ese lugar donde la gente no habla, y una vez al año...
-Sí, ya sé. Fui una vez, y, te aseguro, no repetiré la experiencia.¡Pobre gente! Partía el alma verlos asediados por los fotógrafos.
-Eso me intriga.
-¿La curiosidad de la gente? Quieren ver algo distinto, son capaces de recorrer medio mundo para ver algo que los divierta o los saque de sus problemas por un rato.
-Al decir "me intriga" quise dar a entender mi interés por el fenómeno humano en esa región.
-¿Fenómeno humano? Dejalos vivir a su aire. Tendrán sus motivos y su sentido de la vida... y... no estamos autorizados a...
Pedro fue a la agencia turística, donde le aclararon los detalles del viaje:
-En Ciudad no hay hoteles. Puede alojarse en alguno de Altagracia.
Volvió a leer el folleto: "hermosa vista de la Catedral"... "Ciudad desierta"..."vista desde las sierras"... información sobre su origen, y algunos acontecimientos de su historia, como la batalla del Cerro Grande o la gesta liberadora de Fontes. Ni una palabra sobre la manía de sus habitantes (si es que de eso se trataba).
Había imaginado toda suerte de explicaciones: una sociedad secreta que se reúne una vez al año para celebrar un ritual, una familia de seres dotados de facultades telepáticas, y otras no menos fecundas o delirantes. Recordó sus frecuentes lecturas sobre ciudades perdidas en el tiempo. Pero este misterio asentado sobre la dura tierra, visible y vivo, era otra cosa.
Antonio no comprendería nunca su afán por acercarse a esa gente. Para él eran personas con las que no había que meterse, y punto. No entendía que su actitud difería esencialmente de la de aquellos turistas: quería sumergirse en ese clima y aprender de ellos su inusual estilo de vida.
El tren se acercaba rápidamente a Altagracia.
Después de dejar sus cosas en el hotel, Pedro dedicó cierto tiempo a recorrer Altagracia: su punto fuerte era el comercio. Como toda ciudad de frontera. Su aspecto cambiaba en las cercanías del río Azul: callejuelas angostas, empedradas, casas antiguas, algunas majestuosas, otras aludiendo con cierta dignidad a mejores tiempos. El río, un espectáculo aparte, orillas arenosas, aguas límpidas (por esos tiempos era un delito ensuciar el agua, ni hablar del vertido de residuos industriales). De allí se obtenía el agua potable para varias poblaciones de la comarca, Ciudad incluida. Pedro vio pescadores de rostros serios, niños, mujeres. Todos participaban de una forma u otra en una labor colectiva que parecía no haber cambiado en siglos.
Esa noche, en el hotel, estudió la situación. "Nadie jamás los vio irse, pero los curiosos montan guardia rodeando la Ciudad por todos lados. Solo queda una posibilidad".
Resueltamente, caminó por la ruta iluminada por los primeros rayos del sol. La hora en que todo comienza, se decía... se sentía un explorador. El cielo y las sierras se distinguían ahora claramente. Respiró hondo. Avanzó hasta el final de un repecho. Se sentó en el pasto, junto a un árbol.
Desde ahí se veía, más hermosa que en las fotos. Un lugar donde todo se había detenido, hasta las palabras.
Por la ruta se acercaba otro caminante. Pronto llegó hasta la cima de la colina.
-¿De paseo?
-No exactamente. En realidad vengo a descubrir el secreto de esta gente. Deben tener un... sentido cósmico de la vida, que es lo que estoy buscando.
El caminante tomó una piedrita y, mientras la tiraba al aire rítmicamente, le dijo:
-Esta piedrita es el Cosmos: venerable, sagrada, diré. Antes que el género humano subiera en este mundo, ya estaba. Aquí, allá, quién sabe, formando parte de un conjunto, hasta que se fragmentó. Sin embargo, hacía falta que estuviésemos tú y yo para hablar sobre la piedrita, para darle nombre e historia, para darle sentido.
-¿Usted vive aquí?
-Sí, hace años llegué con Matilde para dar clases en el Instituto, y aquí nos quedamos. Si quiere puede quedarse unos días con nosotros. Me llamo Rogelio, Rogelio Almirón.
-Pedro Benítez. Gracias por la invitación, pero... ¿por qué confía en mí? podría ser un periodista más, un curioso, alguien en busca de emociones...
-La confianza no se explica. Para mí, por lo menos, la confianza no empieza en las palabras. Debe ser porque estoy acostumbrado a observar, simplemente, a observar en silencio. Puedo equivocarme, pero me arriesgo. Sé que no me defraudarás.
Finalmente llegaron a Ciudad. Recorriendo la calle principal, se cruzaron con algunos transeúntes. Estos no parecían fijarse en él. Frente a la Plaza, estaba el Instituto. Rogelio vivía en una casa contigua.
Entraron. Le presentó a su esposa, dispusieron una pequeña habitación para él.
Por la noche,
después de la cena, Rogelio le dijo:
-Cuando llegamos aquí, ya habíamos oído de las particularidades del lugar,
pero eso no nos quitaba el sueño, si bien sabíamos que nuestra tarea docente
tenía que ver con... eso. Un día, mientras intentaba ordenar las
cosas en el sótano, vi que detrás de un viejo armario, sobresalía una línea
de ladrillos diferentes al resto, como si hubiese una puerta, luego clausurada.
Con esfuerzo, logré retirar el pesado mueble. Picado por la curiosidad,
resolví abrir un boquete en la pared, tratando en lo posible de quitar
los ladrillos enteros, por si me veía obligado a colocarlos nuevamente. Así lo
hice, y me resultó muy fácil. Descubrí una puerta de hierro medio oxidada.
Tenía un pasador, solamente, pero no cerrojo. Al otro lado, oscuridad. Fui a
buscar una linterna... me adentré entonces en un túnel bien construido. Habré
recorrido unos cincuenta metros... el pasaje desembocaba en un amplio salón
circular, de techo abovedado. En las paredes se abrían puertas rectangulares o
redondeadas, correspondientes a otros tantos túneles, excepto en un sector que
ocupaba una gran puerta, de un metal indefinible, como de ocho o nueve metros de
alto.
-Y eso, ¿con qué
fin se...?
-Mañana lo descubrirás. Es veintiuno de marzo, el primer día de la Ciudad
desierta.
Al otro día, Pedro, Matilde y Rogelio estaban frente al túnel. Entraron, lo recorrieron casi hasta el final, para no ser vistos. De todos los pasajes llegaban mujeres, hombres, niños. Los siguieron a cierta distancia.
Uno de ellos, muy anciano, vestía una amplia túnica y parecía tener autoridad sobre todos. Les habló, rompiendo el silencio más espeso...
-Hoy comienza el intercambio. Decidirán dónde quieren permanecer.
Abrió la puerta. Un poderoso haz de luz azul irrumpió en el salón, que era mucho más grande de lo que parecía. Pronto se hizo más intenso...
TODO desapareció. Se encontraron en medio de una explanada, iluminados por una luz puramente anaranjada. A lo lejos se divisaban ríos, ciudades, montañas, en un resplandor como de atardecer eterno. El lugar concentraba... como un ... collage, tiempos y regiones diferentes, en un ensamblaje de espacios que los ojos de Pedro no podían terminar de integrar en una única visión coherente. Se acercaba un grupo numeroso. Unos de túnica, otros de trajes enterizos que a Pedro le parecieron equipos deportivos. Vestidos de todas las épocas y culturas, y otros totalmente indefinibles. Mujeres, hombres, niños, de todas las razas. A una señal del anciano, muchos, la mayoría, avanzaron, intercambiándose uno a uno, uno por uno...
Rogelio le instó a seguirlo, hablándole al oído.
-Vamos a explorar uno de los caminos. Hay que apresurarse, si no la puerta se cerrará.
Caminaron por una estrecha senda, llegando a una especie de agujero nítidamente perfilado en ese espacio. Del otro lado, había una ciudad. Se veían altas torres cilíndricas, con la materialidad indiferente de cualquier ciudad, unidas a gran altura por tubos transparentes. Naves esféricas, brillantes, surcaban el cielo velozmente...
-Volvamos.
Al otro día, Pedro se despidió de sus amigos.
-¿Vas a volver?
-Sí, algún día.
-Serás bienvenido siempre, sea cuando fuere "algún día".
Han pasado otros años. Ciudad ya no es asediada por los turistas, cansados de no poder develar el misterio.
Pedro lee el diario. Un titular llama su atención: hay una foto de Ciudad... "ha vuelto a ser noticia. Algunos vecinos de Altagracia, una población cercana, nos dieron esta primicia. Ciudad ha quedado desierta. La Razón ha destacado un equipo periodístico al lugar, para informarles más extensamente..." y recuerda a Antonio... que ya no podrá acompañarle, ni protestar jocosamente y negarse por esta vez. Ya no.
El sendero se hacía largo bajo la llovizna. Y la colina parecía mucho más empinada... o serían los años...
La misma calle, desierta, y un viento ululante y desolador. La misma casa, las puertas abiertas... pero allá abajo, en el sótano, no sobresalía ninguna fila de ladrillos. La pared había sido cuidadosamente revocada, y de eso debía hacer tiempo, mucho tiempo. De pronto, algo, una leve sombra en el rabillo de su ojo izquierdo, llamó su atención y giró la cabeza: en medio de la pared blanca, había una inscripción:
1984
Te esperamos
R. y M.
En Montevideo, julio de 1982.