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Pablo Neruda,

 

    Información biográfica

    Poema I: Cuerpo de mujer
    Poema II: En su llama mortal la luz te envuelve
    Poema III: Ah, vastedad de pinos
    Poema IV: Es la mañana llena de tempestad
    Poema V: Para que tú me oigas
    Poema VI: Te recuerdo como eras en el último otoño
    Poema VII: Inclinado en las tardes
    Poema VIII: Abeja blanca zumbas
    Poema IX: Ebrio de trementina
    Poema X: Hemos perdido aún este crepúsculo
    Poema XI: Casi fuera del cielo
    Poema XII: Para mi corazón basta tu pecho
    Poema XIII: He ido marcando con cruces de fuego
    Poema XIV: Juegas todos los días
    Poema XV: Me gusta cuando callas
    Poema XVI: En mi cielo al crepúsculo
    Poema XVII: Pensando, enredando sombras
    Poema XVIII: Aquí te amo
    Poema XIX: Niña morena y ágil
    Poema XX: Puedo escribir los versos más tristes
    Una canción desesperada

    Agua sexual
    Al golpe de la ola
    Amo el trozo de tierra que tú eres
    Amor
    Amor, América
    Amor, cuántos caminos
    Amor mío, si muero y tú no mueres
    Ángela adónica
    Antes de amarte, amor, nada era mío
    Ausencia
    Barcarola
    Canción del macho y de la hembra
    Cuántas veces, amor, te amé sin verte
    De noche, amada, amarra tu corazón
    Desnuda eres
    El alfarero
    El amor
    El daño
    El firme amor
    El hijo
    El inconstante
    El insecto
    El viento en la isla
    En ti la tierra
    En vano te buscamos
    Es bueno, amor, sentirte cerca
    Era mi corazón un ala viva y turbia
    Eres toda de espumas
    Farewell
    Juntos nosotros
    La estudiante
    La jiribilla
    La luz de tus pies
    La noche en la isla
    La poesía
    La rama robada
    La reina
    La vulgar que pasó
    Llénate de mí
    Materia nupcial
    Me falta tiempo para celebrar tus cabellos
    Mujer, nada me has dado
    No te amo como si fueras rosa de sal
    No te quiero sino porque te quiero
    Oda a la bella desnuda
    Oda a la jardinera
    Oda a la pobreza
    Oda a la tristeza
    Oda a los números
    Oda a una estrella
    Oda al amor secreto
    Oda al primer día del año
    Plena mujer, manzana carnal
    Sabrás que no te amo y que te amo
    Sed de ti
    Si muero sobrevíveme
    Si no fuera porque tus ojos
    Siempre
    Siento tu ternura
    Tango del viudo
    Tengo hambre de tu boca
    Testamento de otoño
    Tu risa
    Tú venías
    Tus manos
    Tus pies
    Vendrás conmigo
    Ya te perdí, mujer
    Yo aquí me despido
    Yo te soñé una tarde







    Información biográfica

      Nombre: Pablo
      Apellido: Neruda
      Fecha Nacimiento: 1904
      Fecha Defunción: 23 Septiembre 1973
      País: Chile
      Idioma: Castellano

    Neftalí Ricardo Reyes Basoalto (quien escribiría posteriormente con el pseudónimo de Pablo Neruda) nació en Parral el año 1904, hijo de don José del Carmen Reyes Morales, obrero ferroviario y doña Rosa Basoalto Opazo, maestra de escuela, fallecida poco años después del nacimiento del poeta.

    En 1906 la familia se traslada a Temuco, donde su padre se casa con Trinidad Candia Marverde, a quien el poeta menciona en diversos textos como 'Confieso que he vivido' y 'Memorial de Isla Negra con el nombre de Mamadre'. Realiza sus estudios en el Liceo de Hombres de esta ciudad, donde también publica sus primeros poemas en el periódico regional La Mañana. En 1919 obtiene el tercer premio en los Juegos Florales de Maule con su poema Nocturno ideal.

    En 1921 se radica en Santiago y estudia pedagogía en francés en la Universidad de Chile, donde obtiene el primer premio de la fiesta de la Primavera con el poema La canción de fiesta, publicado posteriormente en la revista Juventud. En 1923, publica 'Crepusculario', que es reconocido por escritores como Alone, Raúl Silva Castro y Pedro Prado. Al año siguiente aparece en Editorial Nascimento sus 'Veinte poemas de amor y una canción desesperada', en el que todavía se nota una influencia del modernismo. Posteriormente se manifiesta un propósito de renovación formal de intención vanguardista en tres breves libros publicados en 1926: 'El habitante y su esperanza', 'Anillos' (en colaboración con Tomás Lagos) y 'Tentativa del hombre infinito'.

    En 1927 comienza su larga carrera diplomática, cuando es nombrado cónsul en Rangún, Birmania. En sus múltiples viajes conoce en Buenos Aires a Federico García Lorca y en Barcelona a Rafael Alberti. En 1935, Manuel Altolaguirre le entrega la dirección a Neruda de la revista Caballo verde para la poesía en la cual es compañero de los poetas de la generación del 27. Ese mismo año aparece la edición madrileña de Residencia en la tierra.

    En 1936, al estallar la guerra civil española, muere García Lorca, Neruda es destituido de su cargo consular, y escribe 'España en el corazón'.

    En 1945 obtiene el premio Nacional de Literatura.

    En 1950 publica 'Canto General', texto en que su poesía adopta una intención social, ética y política. En 1952 publica 'Los versos del capitán' y en 1954 'Las uvas y el viento y Odas elementales'. En 1958 aparece 'Estravagario' con un nuevo cambio en su poesía. En 1965 se le otorga el título de doctor honoris causa en la Universidad de Oxford , Gran Bretaña. En octubre de 1971 recibe el Premio Nobel de Literatura.

    Muere en Santiago el 23 de septiembre de 1973 . Póstumamente se publicaron sus memorias en 1974, con el título 'Confieso que he vivido'.

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    Poema I: Cuerpo de mujer

      Cuerpo de mujer, blancas colinas, muslos blancos,
      Te pareces al mundo en tu actitud de entrega.
      Mi cuerpo de labriego salvaje te socava
      Y hace saltar al hijo del fondo de la tierra.

      Fui sólo como un túnel. De mí huían los pájaros,
      Y en mí la noche entraba en su invasión poderosa.
      Para sobrevivirme te forjé como un arma,
      Como una flecha en mi arco, como una piedra en mi honda.

      Pero cae la hora de la venganza, y te amo.
      Cuerpo de piel, de musgo, de leche ávida y firme.
      ¡Ah los vasos del pecho! ¡Ah los ojos de ausencia!
      ¡Ah las rosas del pubis! ¡ Ah tu voz lenta y triste!.

      Cuerpo de mujer mía, persistiré en tu gracia.
      Mi sed, mi ansia sin límite, mi camino indeciso!
      Oscuros cauces donde la sed eterna sigue,
      Y la fatiga sigue y el dolor infinito.

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    Poema II: En su llama mortal la luz te envuelve

      En su llama mortal la luz te envuelve.
      Absorta, pálida doliente, así situada
      Contra las viejas hélices del crepúsculo
      Que en torno a ti da vueltas.

      Muda, mi amiga,
      Sola en lo solitario de esta hora de muertes
      Y llena de las vidas del fuego,
      Pura heredera del día destruido.

      Del sol cae un racimo en tu vestido oscuro.
      De la noche las grandes raíces
      Crecen de súbito desde tu alma,
      Y a lo exterior regresan las cosas en ti ocultas,
      De modo que un pueblo pálido y azul
      De ti recién nacido se alimenta.

      Oh grandiosa y fecunda y magnética esclava
      Del círculo que en negro y dorado sucede,
      Erguida, trata y logra una creación tan viva
      Que sucumben sus flores, y llena es de tristeza.

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    Poema III: Ah, vastedad de pinos

      Ah, vastedad de pinos, rumor de olas quebrándose,
      Lento juego de luces, campana solitaria,
      Crepúsculo cayendo en tus ojos, muñeca,
      Caracola terrestre, en ti la tierra canta!.

      En ti los ríos cantan y mi alma en ellos huye
      Como tú lo desees y hacia donde tú quieras.
      Márcame mi camino en tu arco de esperanza
      Y soltaré en delirio mi bandada de flechas.

      En torno a mí estoy viendo tu cintura de niebla
      Y tu silencio acosa mis horas perseguidas,
      Y eres tú con tus brazos de piedra transparente
      Donde mis besos anclan y mi húmeda ansia anida.

      Ah tu voz misteriosa que el amor tiñe y dobla
      En el atardecer resonante y muriendo!
      Así en horas profundas sobre los campos
      He visto doblarse las espigas en la boca del viento.

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    Poema IV: Es la mañana llena de tempestad

      Es la mañana llena de tempestad
      En el corazón del verano.

      Como pañuelos blancos de adiós viajan las nubes,
      El viento las sacude con sus viajeras manos.

      Innumerable corazón del viento
      Latiendo sobre nuestro silencio enamorado.

      Zumbando entre los árboles, orquestal y divino,
      Como una lengua llena de guerras y de cantos.

      Viento que lleva en rápido robo la hojarasca
      Y desvía las flechas latientes de los pájaros.

      Viento que la derriba en ola sin espuma
      Y sustancia sin peso, y fuegos inclinado.

      Se rompe y se sumerge su volumen de besos
      Combatido en la puerta del viento del verano.

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    Poema V: Para que tú me oigas

      Para que tú me oigas
      Mis palabras
      Se adelgazan a veces
      Como las huellas de las gaviotas en las playas.

      Collar, cascabel ebrio
      Para tus manos suaves como las uvas.

      Y las miro lejanas mis palabras.
      Más que mías son tuyas.
      Van trepando en mi viejo dolor como las yedras.

      Ellas trepan así por las paredes húmedas.
      Eres tú la culpable de este juego sangriento.

      Ellas están huyendo de mi guarida oscura.
      Todo lo llenas tú, todo lo llenas.

      Antes que tú poblaron la soledad que ocupas,
      y están acostumbradas más que tú a mi tristeza.

      Ahora quiero que digan lo que quiero decirte
      para que tú las oigas como quiero que me oigas.

      El viento de la angustia aún las suele arrastrar.
      Huracanes de sueños aún a veces las tumban

      Escuchas otras voces en mi voz dolorida.
      Llanto de viejas bocas, sangre de viejas súplicas.
      Ámame, compañera. No me abandones. Sígueme.
      Sígueme, compañera, en esa ola de angustia.

      Pero se van tiñendo con tu amor mis palabras.
      Todo lo ocupas tú, todo lo ocupas.

      Voy haciendo de todas un collar infinito
      para tus blancas manos, suaves como las uvas.

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    Poema VI: Te recuerdo como eras en el último otoño

      Te recuerdo como eras en el último otoño.
      Eras la boina gris y el corazón en calma.
      En tus ojos peleaban las llamas del crepúsculo.
      Y las hojas caían en el agua de tu alma.

      Apegada a mis brazos como una enredadera,
      Las hojas recogían tu voz lenta y en calma.
      Hoguera de estupor en que mi sed ardía.
      Dulce jacinto azul torcido sobre mi alma.

      Siento viajar tus ojos y es distante el otoño:
      Boina gris, voz de pájaro y corazón de casa
      Hacia donde emigraban mis profundos anhelos
      Y caían mis besos alegres como brasas.

      Cielo desde un navío. Campo desde los cerros.
      Tu recuerdo es de luz, de humo, de estanque en calma,
      Más allá de tus ojos ardían los crepúsculos.
      Hojas secas de otoño giraban en tu alma.

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    Poema VII: Inclinado en las tardes

      Inclinado en las tardes tiro mis tristes redes
      A tus ojos oceánicos.

      Allí se estira y arde en la más alta hoguera
      Mi soledad, que da vueltas los brazos como un
      Náufrago.

      Hago rojas señales sobre tus ojos ausentes
      Que olean como el mar a la orilla de un faro.

      Sólo guardas tinieblas, hembra distante y mía,
      De tu mirada emerge a veces la costa del espanto.

      Inclinado en las tardes echo mis tristes redes
      A ese mar que sacude tus ojos oceánicos.

      Los pájaros nocturnos picotean las primeras estrellas
      Que centellean como mi alma cuando te amo.

      Galopa la noche en su yegua sombría
      Desparramando espigas azules sobre el campo.

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    Poema VIII: Abeja blanca zumbas

      Abeja blanca zumbas -ebria de miel- en mi alma
      Y te tuerces en lentas espirales de humo.

      Soy el desesperado, la palabra sin ecos,
      El que lo perdió todo, y el que todo lo tuvo.

      Ultima amarra, cruje en ti mi ansiedad última.
      En mi tierra desierta eres la última rosa.

      ¡Ah silenciosa!.

      Cierra tus ojos profundos. Allí aletea la noche.
      Ah desnuda tu cuerpo de estatua temerosa.

      Tienes ojos profundos donde la noche alea.
      Frescos brazos de flor y regazo de rosa.

      Se parecen tus senos a los caracoles blancos.
      Ha venido a dormirse en tu vientre una mariposa de sombra.

      ¡Ah silenciosa!.

      He aquí la soledad de donde estás ausente.
      Llueve. El viento del mar caza errantes gaviotas.

      El agua anda descalza por las calles mojadas.
      De aquel árbol se quejan, como enfermos, las hojas.

      Abeja blanca, ausente, aún zumbas en mi alma.
      Revives en el tiempo, delgada y silenciosa.

      ¡Ah silenciosa!.

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    Poema IX: Ebrio de trementina

      Ebrio de trementina y largos besos,
      Estival, el velero de las rosas dirijo,
      Torcido hacia la muerte del delgado día,
      Cimentado en el sólido frenesí marino.

      Pálido y amarrado a mi agua devorante
      Cruzo en el agrio olor del clima descubierto,
      Aún vestido de gris y sonidos amargos,
      Y una cimera triste de abandonada espuma.

      Voy, duro de pasiones, montado en mi ola única,
      Lunar, solar, ardiente y frío, repentino,
      Dormido en la garganta de las afortunadas
      Islas blancas y dulces como caderas frescas.

      Tiembla en la noche húmeda mi vestido de besos
      Locamente cargado de eléctricas gestiones,
      De modo heroico dividido en sueños
      Y embriagadoras rosas practicándose en mí.

      Aguas arriba, en medio de las olas externas,
      Tu paralelo cuerpo se sujeta en mis brazos
      Como un pez infinitamente pegado a mi alma
      Rápido y lento en la energía subceleste.

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    Poema X: Hemos perdido aún este crepúsculo

      Hemos perdido aún este crepúsculo.
      Nadie nos vio esta tarde con las manos unidas
      Mientras la noche azul caía sobre el mundo.

      He visto desde mi ventana
      La fiesta del poniente en los cerros lejanos.

      A veces como una moneda
      Se encendía un pedazo de sol entre mis manos.

      Yo te recordaba con el alma apretada
      De esa tristeza que tú me conoces.

      Entonces, ¿dónde estabas?
      ¿Entre qué gentes?
      ¿Diciendo qué palabras?
      ¿Por qué se me vendrá todo el amor de golpe
      Cuando me siento triste, y te siento lejana?.

      Cayó el libro que siempre se toma en el crepúsculo,
      Y como un perro herido rodó a mis pies mi capa.

      Siempre, siempre te alejas en las tardes
      Hacia donde el crepúsculo corre borrando estatuas.

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    Poema XI: Casi fuera del cielo

      Casi fuera del cielo ancla entre dos montañas
      La mitad de la luna.
      Girante, errante noche, la cavadora de ojos.
      A ver cuántas estrellas trizadas en la charca.

      Hace una cruz de luto entre mis cejas, huye.
      Fragua de metales azules, noches de las calladas luchas,
      Mi corazón da vueltas como un volante loco.
      Niña venida de tan lejos, traída de tan lejos,
      A veces fulgurece su mirada debajo del cielo.
      Quejumbre, tempestad, remolino de furia,
      Cruza encima de mi corazón, sin detenerte.
      Viento de los sepulcros acarrea, destroza, dispersa tu raíz soñolienta.

      Desarraiga los grandes árboles al otro lado de ella.
      Pero tú, clara niña, pregunta de humo, espiga.
      Era la que iba formando el viento con hojas iluminadas.
      Detrás de las montañas nocturnas, blanco lirio de incendio,
      ¡Ah nada puedo decir! Era hecha de todas las cosas.

      Ansiedad que partiste mi pecho a cuchillazos,
      Es hora de seguir otro camino, donde ella no sonría.
      Tempestad que enterró las campanas, turbio revuelo de tormentas
      Para qué tocarla ahora, para qué entristecerla.

      Ay seguir el camino que se aleja de todo,
      Donde no esté atajando la angustia, la muerte, el invierno,
      Con sus ojos abiertos entre el rocío.

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    Poema XII: Para mi corazón basta tu pecho

      Para mi corazón basta tu pecho,
      Para tu libertad bastan mis alas.
      Desde mi boca llegará hasta el cielo
      Lo que estaba dormido sobre tu alma.

      Es en ti la ilusión de cada día.
      Llegas como el rocío a las corolas.
      Socavas el horizonte con tu ausencia,
      Eternamente en fuga como la ola.

      He dicho que cantabas en el viento
      Como los pinos y como los mástiles.
      Como ellos eres alta y taciturna.
      Y entristeces de pronto, como un viaje.

      Acogedora como un viejo camino.
      Te pueblan ecos y voces nostálgicas.
      Yo desperté y a veces emigran y huyen
      Pájaros que dormían en tu alma.

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    Poema XIII: He ido marcando con cruces de fuego

      He ido marcando con cruces de fuego
      El atlas blanco de tu cuerpo.
      Mi boca era una araña que cruzaba escondiéndose.
      En ti, detrás de ti, temerosa, sedienta.

      Historias que contarte a la orilla del crepúsculo,
      Muñeca triste y dulce, para que no estuvieras triste.
      Un cisne, un árbol, algo lejano y alegre.
      El tiempo de las uvas, el tiempo maduro y frutal.

      Yo que viví en un puerto desde donde te amaba.
      La soledad cruzada de sueño y de silencio.
      Acorralado entre el mar y la tristeza.
      Callado, delirante, entre dos gondoleros inmóviles.

      Entre los labios y la voz, algo se va muriendo.
      Algo con alas de pájaro, algo de angustia y de olvido.
      Así como las redes no retienen el agua.
      Muñeca mía, apenas quedan gotas temblando.

      Sin embargo, algo canta entre estas palabras fugaces.
      Algo canta, algo sube hasta mi ávida boca.
      Oh, poder celebrarte con todas las palabras de alegría.
      Cantar, arder, huir, como un campanario en las manos de un Loco.

      Triste ternura mía, ¿qué te haces de repente?
      Cuando he llegado al vértice más atrevido y frío
      Mi corazón se cierra como una flor nocturna.

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    Poema XIV: Juegas todos los días

      Juegas todos los días con la luz del universo.
      Sutil visitadora, llegas en la flor y en el agua.
      Eres más que esta blanca cabecita que aprieto
      Como un racimo entre mis manos cada día.

      A nadie te pareces desde que yo te amo.
      Déjame tenderte entre guirnaldas amarillas.
      Quién escribe tu nombre con letras de humo
      Entre las estrellas del sur?
      Ah déjame recordarte cómo eras entonces,
      Cuando aún no existías.

      De pronto el viento aúlla y golpea mi ventana cerrada.
      El cielo es una red cuajada de peces sombríos.
      Aquí vienen a dar todos los vientos, todos.
      Se desviste la lluvia.

      Pasan huyendo los pájaros.
      El viento. El viento.
      Yo sólo puedo luchar contra la fuerza de los hombres.
      El temporal arremolina hojas oscuras
      Y suelta todas las barcas que anoche amarraron al cielo.

      Tú estás aquí. Ah tú no huyes.
      Tú me responderás hasta el último grito.
      Ovíllate a mi lado como si tuvieras miedo.
      Sin embargo alguna vez corrió una sombra extraña por tus ojos.

      Ahora, ahora también, pequeña, me traes madreselvas,
      Y tienes hasta los senos perfumados.
      Mientras el viento triste galopa matando mariposas
      Yo te amo, y mi alegría muerde tu boca de ciruela.

      Cuanto te habrá dolido acostumbrarte a mí,
      A mi alma sola y salvaje, a mi nombre que todos ahuyentan.
      Hemos visto arder tantas veces el lucero besándonos los ojos
      Y sobre nuestras cabezas destorcerse los crepúsculos en abanicos girantes.

      Mis palabras llovieron sobre ti acariciándote.
      Amé desde hace tiempo tu cuerpo de nácar soleado.
      Hasta te creo dueña del universo.
      Te traeré de las montañas flores alegres, copihues,
      Avellanas oscuras, y cestas silvestres de besos.

      Quiero hacer contigo
      Lo que la primavera hace con los cerezos.

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    Poema XV: Me gusta cuando callas

      Me gusta cuando callas por que estás como ausente,
      Y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca.
      Parece que los ojos se te hubieran volado
      Y parece que un beso te cerrara la boca.

      Como todas las cosas están llenas de mi alma
      Emerges de las cosas, llena del alma mía.
      Mariposa de sueño, te pareces a mi alma,
      Y te pareces a la palabra melancolía.

      Me gusta cuando callas y estás como distante.
      Y estás como quejándote, mariposa de arrullo.
      Y me oyes desde lejos, y mi voz no te alcanza,
      Déjame que me calle con el silencio tuyo.

      Déjame que te hable también con tu silencio
      Claro como una lámpara, simple como un anillo.
      Eres como la noche, callada y constelada.
      Tu silencio es de estrella, tan lejano y sencillo.

      Me gusta cuando callas porque estás como ausente.
      Distante y dolorosa como si hubieras muerto.
      Una palabra entonces, una sonrisa bastan.
      Y estoy alegre, alegre de que no sea cierto.

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    Poema XVI: En mi cielo al crepúsculo

      En mi cielo al crepúsculo eres como una nube
      Y tu color y forma son como yo los quiero.
      Eres mía, eres mía, mujer de labios dulces,
      Y viven en tu vida mis infinitos sueños.

      La lámpara de mi alma te sonrosa los pies,
      El agrio vino mío es más dulce en tus labios:
      Oh, segadora de mi canción de atardecer,
      Cómo te sienten mía mis sueños solitarios!.

      Eres mía, eres mía, voy gritando en la brisa
      De la tarde, y el viento arrastra mi voz viuda.
      Cazadora del fondo de mis ojos, tu robo
      Estanca como el agua tu mirada nocturna.

      En la red de mi música estás presa, amor mío,
      Y mis redes de música son anchas como el cielo.
      Mi alma nace a la orilla de tus ojos de luto.
      En tus ojos de luto comienza el país del sueño.

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    Poema XVII: Pensando, enredando sombras

      Pensando, enredando sombras en la profunda soledad.
      Tú también estás lejos, ah más lejos que nadie.
      Pensando, soltando pájaros, desvaneciendo imágenes,
      Enterrando lámparas.
      Campanario de brumas, ¡qué lejos, allá arriba!
      Ahogando lamentos, moliendo esperanzas sombrías,
      Molinero taciturno,
      Se te viene de bruces la noche, lejos de la ciudad.

      Tu presencia es ajena, extraña a mí como una cosa.
      Pienso, camino largamente mi vida antes de ti.
      Mi vida antes de nadie, mi áspera vida.
      El grito frente al mar, entre las piedras,
      Corriendo libre, loco, en el vaho del mar.
      La furia triste, el grito, la soledad del mar.
      Desbocado, violento, estirado hacia el cielo.

      Tú, mujer, ¿qué eras allí, qué raya, qué varilla
      De ese abanico inmenso? Estabas lejos como ahora.
      Incendio en el bosque, arde en cruces azules.
      Arde, arde, llamea, chispea en árboles de luz.
      Se derrumba, crepita. Incendio. Incendio.

      Y mi alma baila herida de virutas de fuego.
      ¿Quién llama? Qué silencio poblado de ecos?
      Hora de la nostalgia, hora de la alegría, hora de la soledad,
      ¡Hora mía entre todas!
      Bocina en que el viento pasa cantando.
      Tanta pasión de llanto anudada a mi cuerpo.

      ¡Sacudida de todas las raíces,
      Asalto de todas las olas!
      Rodaba, alegre, triste, interminable, mi alma.

      Pensando, enterrando lámparas en la profunda soledad.
      ¿Quién eres tú, quién eres?.

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    Poema XVIII: Aquí te amo

      Aquí te amo.
      En los oscuros pinos se desenreda el viento.
      Fosforece la luna sobre las aguas errantes.
      Andan días iguales persiguiéndose.

      Se desciñe la niebla en danzantes figuras.
      Una gaviota de plata se descuelga del ocaso.
      A veces una vela. Altas, altas estrellas.

      O la cruz negra de un barco. Solo.
      A veces amanezco, y hasta mi alma está húmeda.
      Suena, resuena el mar lejano.
      Este es un puerto.
      Aquí te amo.

      Aquí te amo y en vano te oculta el horizonte.
      Te estoy amando aún entre estas frías cosas.
      A veces van mis besos en esos barcos graves,
      Que corren por el mar hacia donde no llegan.

      Ya me veo olvidado como estas viejas anclas.
      Son más tristes los muelles cuando atraca la tarde.
      Se fatiga mi vida inútilmente hambrienta.
      Amo lo que no tengo. Estás tú tan distante.

      Mi hastío forcejea con los lentos crepúsculos.
      Pero la noche llega y comienza a cantarme.
      La luna hace girar su rodaje de sueño.

      Me miran con tus ojos las estrellas más grandes.
      Y, como yo te amo, los pinos en el viento
      Quieren cantar tu nombre con sus hojas de alambre.

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    Poema XIX: Niña morena y ágil

      Niña morena y ágil, el sol que hace las frutas,
      El que cuaja los trigos, el que tuerce las algas,
      Hizo tu cuerpo alegre, tus luminosos ojos
      Y tu boca que tiene la sonrisa del agua.

      Un sol negro y ansioso se te arrolla en las hebras
      De la negra melena, cuando estiras los brazos.
      Tú juegas con el sol como con un estero
      Y él te deja en los ojos dos oscuros remansos.

      Niña morena y ágil, nada hacia ti me acerca.
      Todo de ti me aleja, como del mediodía.
      Eres la delirante juventud de la abeja,
      La embriaguez de la ola, la fuerza de la espiga.

      Mi corazón sombrío te busca, sin embargo,
      Y amo tu cuerpo alegre, tu voz suelta y delgada.
      Mariposa morena dulce y definitiva
      Como el trigal y el sol, la amapola y el agua.

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    Poema XX: Puedo escribir los versos más tristes

      Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
      Escribir, por ejemplo "La noche está estrellada,
      Y titilan, azules, los astros, a lo lejos".

      El viento de la noche gira en el cielo y canta.
      Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
      Yo la quise, y a veces ella también me quiso.

      En noches como ésta la tuve entre mis brazos.
      La besé tantas veces bajo el cielo infinito.
      Ella me quiso, a veces yo también la quería.
      Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos.

      Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
      Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido.
      Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella.
      Y el verso cae al alma como al pasto el rocío.

      Qué importa que mi amor no pudiera guardarla.
      La noche está estrellada y ella no está conmigo.
      Eso no es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos.
      Mi alma no se contenta con haberla perdido.

      Como para acercarla mi mirada la busca.
      Mi corazón la busca, y ella no está conmigo.
      La misma noche que hace blanquear los mismos árboles.
      Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.

      Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise.
      Mi voz buscaba el viento para tocar su oído.
      De otro. Será de otro. Como antes de mis besos.
      Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos.

      Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.
      Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.
      Porque en noches como ésta la tuve entre mis brazos,
      Mi alma no se contenta con haberla perdido.

      Aunque éste sea el último dolor que ella me causa,
      Y éstos sean los últimos versos que yo le escribo.

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    Una canción desesperada

      Emerge tu recuerdo de la noche en que estoy.
      El río anuda al mar su lamento obstinado.

      Abandonado como los muelles en el alba.
      Es la hora de partir ¡oh abandonado!.

      Sobre mi corazón llueven frías corolas.
      ¡Oh, sentina de escombros, feroz cueva de náufragos!.

      En ti se acumularon las guerras y los vuelos.
      De ti alzaron las alas los pájaros del canto.

      Todo te lo tragaste, como la lejanía.
      Como el mar, como el tiempo. ¡Todo en ti fue naufragio!.

      Era la alegre hora del asalto y el beso.
      La hora del estupor que ardía como un faro.

      Ansiedad de piloto, furia de buzo ciego,
      Turbia embriaguez de amor, ¡todo en ti fue naufragio!.

      En la infancia de niebla mi alma alada y herida.
      Descubridor perdido, ¡todo en ti fue naufragio!.

      Te ceñiste al dolor, te agarraste al deseo.
      Te tumbó la tristeza, ¡todo en ti fue naufragio!.

      Hice retroceder la muralla de sombra,
      Anduve más allá del deseo y del acto.

      Oh, carne, carne mía, mujer que amé y perdí,
      A ti en esta hora húmeda evoco y hago canto.

      Como un vaso albergaste la infinita ternura,
      Y el infinito olvido te trizó como a un vaso.

      Era la negra, negra soledad de las islas,
      Y allí, mujer de amor, me acogieron tus brazos.

      Era la sed y el hambre, y tú fuiste la fruta.
      Era el duelo y las ruinas, y tú fuiste el milagro.

      ¡Ah mujer, no sé cómo pudiste contenerme
      En la tierra de tu alma, y en la cruz de tus brazos!.

      Mi deseo de ti fue el más terrible y corto,
      El más revuelto y ebrio, el más tirante y ávido.

      Cementerio de besos, aún hay fuego en tus tumbas,
      Aún los racimos arden picoteados de pájaros.

      Oh la boca mordida, oh los besados miembros,
      Oh los hambrientos dientes, oh los cuerpos trenzados.

      Oh la cópula loca de esperanza y esfuerzo
      En que nos anudamos y nos desesperamos.

      Y la ternura, leve como el agua y la harina.
      Y la palabra apenas comenzada en los labios.

      Ése fue mi destino y en él viajó mi anhelo,
      Y en él cayó mi anhelo, ¡todo en ti fue naufragio!.

      Oh sentina de escombros, en ti todo caía,
      Qué dolor no exprimiste, qué olas no te ahogaron.

      De tumbo en tumbo aún llameaste y cantaste
      De pie como un marino en la proa de un barco.

      Aún floreciste en cantos, aún rompiste en corrientes.
      Oh sentina de escombros, pozo abierto y amargo.

      Pálido buzo ciego, desventurado hondero,
      Descubridor perdido, ¡todo en ti fue naufragio!.

      Es la hora de partir, la dura y fría hora
      Que la noche sujeta a todo horario.

      El cinturón ruidoso del mar ciñe la costa.
      Surgen frías estrellas, emigran negros pájaros.

      Abandonado como los muelles en el alba.
      Sólo la sombra trémula se retuerce en mis manos.

      Ah más allá de todo. Ah más allá de todo.

      Es la hora de partir. ¡Oh abandonado!.

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    Agua sexual

      Rudando a goterones solos,
      A gotas como dientes,
      A espesos goterones de mermelada y sangre,
      Rodando a goterones
      Cae el agua,
      Como una espada en gotas,
      Como un desgarrador río de vidrio,
      Cae mordiendo,
      Golpeando el eje de la simetría, pegando en las costuras del alma,
      Rompiendo cosas abandonadas, empapando lo oscuro.

      Solamente es un soplo, más húmedo que el llanto,
      Un líquido, un sudor, un aceite sin nombre,
      Un movimiento agudo,
      Haciéndose, espesándose,
      Cae el agua,
      A goterones lentos,
      Hacia su mar, hacia su seco océano,
      Hacia su ola sin agua.

      Veo el verano extenso, y un estertor saliendo de un granero,
      Bodegas, cigarras,
      Poblaciones, estímulos,
      Habitaciones, niñas
      Durmiendo con las manos en el corazón,
      Soñando con bandidos, con incendios,
      Veo barcos,
      Veo árboles de médula
      Erizados como gatos rabiosos,
      Veo sangre, puñales y medias de mujer,
      Y pelos de hombre,
      Veo camas, veo corredores donde grita una virgen,
      Veo frazadas y órganos y hoteles.

      Veo los sueños sigilosos,
      Admito los postreros días,
      Y también los orígenes, y también los recuerdos,
      Como un párpado atrozmente levantado a la fuerza
      Estoy mirando.

      Y entonces hay este sonido:
      Un ruido rojo de huesos,
      Un pegarse de carne,
      Y piernas amarillas como espigas juntándose.
      Yo escucho entre el disparo de los besos,
      Escucho, sacudido entre respiraciones y sollozos.

      Estoy mirando, oyendo,
      Con la mitad del alma en el mar y la mitad del alma en la tierra,
      Y con las dos mitades del alma miro el mundo.

      Y aunque cierre los ojos y me cubra el corazón enteramente,
      Veo caer agua sorda,
      A goterones sordos.
      Es como un huracán de gelatina,
      Como una catarata de espermas y medusas.
      Veo correr un arco iris turbio.
      Veo pasar sus aguas a través de los huesos.

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    Al golpe de la ola

      Al golpe de la ola contra la piedra indócil
      La claridad estalla y establece su rosa
      Y el círculo del mar se reduce a un racimo,
      A una sola gota de sal azul que cae.

      Oh radiante magnolia desatada en la espuma,
      Magnética viajera cuya muerte florece
      Y eternamente vuelve a ser y a no ser nada:
      Sal rota, deslumbrante movimiento marino.

      Juntos tú y yo, amor mío, sellamos el silencio,
      Mientras destruye el mar sus constantes estatuas
      Y derrumba sus torres de arrebato y blancura,
      Porque en la trama de estos tejidos invisibles
      Del agua desbocada, de la incesante arena,
      Sostenemos la única y acosada ternura.

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    Amo el trozo de tierra que tú eres

      Amo el trozo de tierra que tú eres,
      Porque de las praderas planetarias
      Otra estrella no tengo. Tú repites
      La multiplicación del universo.

      Tus anchos ojos son la luz que tengo
      De las constelaciones derrotadas,
      Tu piel palpita como los caminos
      Que recorre en la lluvia el meteoro.

      De tanta luna fueron para mí tus caderas,
      De todo el sol tu boca profunda y su delicia,
      De tanta luz ardiente como miel en la sombra.

      Tu corazón quemado por largos rayos rojos,
      Y así recorro el fuego de tu forma besándote,
      Pequeña y planetaria, paloma y geografía.

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    Amor

      Mujer, yo hubiera sido tu hijo, por beberte
      La leche de los senos como de un manantial,
      Por mirarte y sentirte a mi lado, y tenerte
      En la risa de oro y la voz de cristal.
      Por sentirte en mis venas como Dios en los ríos
      Y adorarte en los tristes huesos de polvo y cal,
      Porque tu ser pasara sin pena al lado mío
      Y saliera en la estrofa -limpio de todo mal-.

      ¡Cómo sabría amarte, mujer cómo sabría
      Amarte, amarte como nadie supo jamás!
      Morir y todavía
      Amarte más.
      Y todavía
      Amarte más.

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    Amor, América

      Antes de la peluca y la casaca
      Fueron los ríos, ríos arteriales:
      Fueron las cordilleras, en cuya onda raída
      El cóndor o la nieve parecían inmóviles:
      Fue la humedad y la espesura, el trueno
      Sin nombre todavía, las pampas planetarias.

      El hombre tierra fue, vasija, párpado
      Del barro trémulo, forma de la arcilla,
      Fue cántaro caribe, piedra chibcba,
      Copa imperial o sílice araucana.
      Tierno y sangriento fue, pero en la empuñadura
      De su arma de cristal humedecido,
      Las iniciales de la tierra estaban
      Escritas.
      Nadie pudo
      Recordarlas después: el viento
      Las olvidó, el idioma del agua
      Fue enterrado, las claves se perdieron
      O se inundaron de silencio o sangre.

      No se perdió la vida, hermanos pastorales.
      Pero como una rosa salvaje
      Cayó una gota roja en la espesura
      Y se apagó una lámpara de tierra.

      Yo estoy aquí para contar la historia.
      Desde la paz del búfalo
      Hasta las azotadas arenas
      De la tierra final, en las espumas
      Acumuladas de la luz antártica,
      Y por las madrigueras despeñadas
      De la sombría paz venezolana,
      Te busqué, padre mío,
      Joven guerrero de tiniebla y cobre,
      Oh tú, planta nupcial, cabellera indomable,
      Madre caimán, metálica paloma.

      Yo, incásico del légamo,
      Toqué la piedra y dije:
      ¿Quién
      Me espera? Y apreté la mano
      Sobre un puñado de cristal vacío,
      Pero anduve entre flores zapotecas
      Y dulce era la luz como un venado,
      Y era la sombra como un párpado verde.

      Tierra mía sin nombre, sin América,
      Estambre equinoccial, lanza de púrpura,
      Tu aroma me trepó por las raíces
      Hasta la copa que bebía, hasta la más delgada
      Palabra aún no nacida de mi boca.

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    Amor, cuántos caminos

      ¡Amor, cuántos caminos hasta llegar a un beso,
      Qué soledad errante hasta tu compañía!
      Siguen los trenes solos rodando con la lluvia.
      En Taltal no amanece aún la primavera.

      Pero tú y yo, amor mío, estamos juntos,
      Juntos desde la ropa a las raíces,
      Juntos de otoño, de agua, de caderas,
      Hasta ser sólo tú, sólo yo juntos.

      Pensar que costó tantas piedras que lleva el río,
      La desembocadura del agua de Boroa,
      Pensar que separados por trenes y naciones

      Tú y yo teníamos que simplemente amarnos,
      Con todos confundidos, con hombres y mujeres,
      Con la tierra que implanta y educa los claveles.

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    Amor mío, si muero y tú no mueres

      Amor mío, si muero y tú no mueres,
      No demos al dolor más territorio:
      Amor mío, si mueres y no muero,
      No hay extensión como la que vivimos.

      Polvo en el trigo, arena en las arenas
      El tiempo, el agua errante, el viento vago
      Nos llevó como grano navegante.
      Pudimos no encontrarnos en el tiempo.

      Esta pradera en que nos encontramos,
      Oh pequeño infinito! devolvemos.
      Pero este amor, amor, no ha terminado,

      Y así como no tuvo nacimiento
      No tiene muerte, es como un largo río,
      Sólo cambia de tierras y de labios.

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    Ángela adónica

      Hoy me he tendido junto a una joven pura
      Como a la orilla de un océano blanco,
      Como en el centro de una ardiente estrella
      De lento espacio.

      De su mirada largamente verde
      La luz caía como un agua seca,
      En transparentes y profundos círculos
      De fresca fuerza.

      Su pecho como un fuego de dos llamas
      Ardía en dos regiones levantado,
      Y en doble río llegaba a sus pies,
      Grandes y claros.

      Un clima de oro maduraba apenas
      Las diurnas longitudes de su cuerpo
      Llenándolo de frutas extendidas
      Y oculto fuego.

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    Antes de amarte, amor, nada era mío

      Antes de amarte, amor, nada era mío,
      Vacilé por las calles y las cosas,
      Nada contaba ni tenía nombre,
      El mundo era del aire que esperaba.

      Yo conocí salones cenicientos,
      Túneles habitados por la luna,
      Hangares crueles que se despedían,
      Preguntas que insistían en la arena.

      Todo estaba vacío, muerto y mudo,
      Caído, abandonado y decaído,
      Todo era inalienablemente ajeno,

      Todo era de los otros y de nadie,
      Hasta que tu belleza y tu pobreza
      Llenaron el Otoño de regalos.

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    Ausencia

      Apenas te he dejado
      Vas en mí, cristalina
      O temblorosa,
      O inquieta, herida por mí mismo
      O colmada de amor, como cuando tus ojos
      Se cierran sobre el don de la vida
      Que sin cesar te entrego.

      Amor mío,
      Nos hemos encontrado
      Sedientos y nos hemos
      Bebido toda el agua y la sangre,
      Nos encontramos
      Con hambre
      Y nos mordimos
      Como el fuego muerde,
      Dejándonos heridas.

      Pero espérame,
      Guárdame tu dulzura.
      Yo te daré también
      Una rosa.

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    Barcarola

      Si solamente me tocaras el corazón,
      Si solamente pusieras tu boca en mi corazón,
      Tu fina boca, tus dientes,
      Si pusieras tu lengua como una flecha roja
      Allí donde mi corazón polvoriento golpea,
      Si soplaras en mi corazón, cerca del mar, llorando,
      Sonaría con un ruido oscuro,
      Con sonido de ruedas de tren con sueño,
      Como aguas vacilantes,
      Como el otoño en hojas,
      Como sangre,
      Con un ruido de llamas húmedas quemando el cielo,
      Sonando como sueños o ramas o lluvias,
      O bocinas de puerto triste,
      Si tú soplaras en mi corazón cerca del mar,
      Como un fantasma blanco,
      Al borde de la espuma,
      En mitad del viento,
      Como un fantasma desencadenado,
      A la orilla del mar, llorando.

      Como ausencia extendida, como campana súbita,
      El mar reparte el sonido del corazón,
      Lloviendo, atardeciendo, en una costa sola:
      La noche cae sin duda,
      Y su lúgubre azul de estandarte en naufragio
      Se puebla de planetas de plata enronquecida.

      Y suena el corazón como un caracol agrio,
      Llama, oh mar, oh lamento, oh derretido espanto
      Esparcido en desgracias y olas desvencijadas:
      De lo sonoro el mar acusa
      Sus sombras recostadas, sus amapolas verdes.

      Si existieras de pronto, en una costa lúgubre,
      Rodeada por el día muerto,
      Frente a una nueva noche,
      Llena de olas,
      Y soplaras en mi corazón de miedo frío,
      Soplaras en la sangre sola de mi corazón,
      Soplaras en su movimiento de paloma con llamas,
      Sonarían sus negras sílabas de sangre,
      Crecerían sus incesantes aguas rojas,
      Y sonaría, sonaría a sombras,
      Sonaría como la muerte,
      Llamaría como un tubo lleno de viento o llanto,
      O una botella echando espanto a borbotones.

      Así es, y los relámpagos cubrirían tus trenzas
      Y la lluvia entraría por tus ojos abiertos
      A preparar el llanto que sordamente encierras,
      Y las alas negras del mar girarían en torno
      De ti, con grandes garras, y graznidos, y vuelos.

      ¿Quieres ser el fantasma que sople, solitario,
      Cerca del mar su estéril, triste instrumento?
      Si solamente llamaras,
      Su prolongado son, su maléfico pito,
      Su orden de olas heridas,
      Alguien vendría acaso,
      Alguien vendría,
      Desde las cimas de las islas,
      Desde el fondo rojo del mar,
      Alguien vendría, alguien vendría.

      Alguien vendría, sopla con furia,
      Que suene como sirena de barco roto,
      Como lamento,
      Como un relincho
      En medio de la espuma y la sangre,
      Como un agua feroz mordiéndose y sonando.

      En la estación marina
      Su caracol de sombra circula como un grito,
      Los pájaros del mar lo desestiman y huyen,
      Sus listas de sonido, sus lúgubres barrotes
      Se levantan a orillas del océano solo.

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    Canción del macho y de la hembra

      ¡Canción del macho y de la hembra!
      La fruta de los siglos
      Exprimiendo su jugo
      En nuestras venas.

      Mi alma derramándose en tu carne extendida
      Para salir de ti más buena,
      El corazón desparramándose
      Estirándose como una pantera,
      Y mi vida, hecha astillas, anudándose
      A ti como la luz a las estrellas!.

      Me recibes
      Como al viento la vela.

      Te recibo
      Como el surco a la siembra.

      Duérmete sobre mis dolores
      Si mis dolores no te queman,
      Amárrate a mis alas
      Acaso mis alas te llevan,
      Endereza mis deseos
      Acaso te lastima su pelea.

      ¡Tú eres lo único que tengo
      Desde que perdí mi tristeza!
      ¡Desgárrame como una espada
      O táctame como una antena!
      Bésame
      Muérdeme,
      Incéndiame,
      Que yo vengo a la tierra
      Sólo por el naufragio de mis ojos de macho
      En el agua infinita de tus ojos de hembra!.

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    Cuántas veces, amor, te amé sin verte

      Cuántas veces, amor, te amé sin verte y tal vez sin recuerdo,
      Sin reconocer tu mirada, sin mirarte, centaura,
      En regiones contrarias, en un mediodía quemante,
      Eras sólo el aroma de los cereales que amo.

      Tal vez te vi, te supuse al pasar levantando una copa
      En Angol, a la luz de la luna de Junio,
      O eras tú la cintura de aquella guitarra
      Que toqué en las tinieblas y sonó como el mar desmedido.

      Te amé sin que yo lo supiera, y busqué tu memoria.
      En las casas vacías entré con linterna a robar tu retrato.
      Pero yo ya sabía cómo era. De pronto
      Mientras ibas conmigo te toqué y se detuvo mi vida:
      Frente a mis ojos estabas, reinándome y reinas.
      Como hoguera en los bosques el fuego es tu reino.

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    De noche, amada, amarra tu corazón

      De noche, amada, amarra tu corazón al mío
      Y que ellos en el sueño derroten las tinieblas
      Como un doble tambor combatiendo en el bosque
      Contra el espeso muro de las hojas mojadas.

      Nocturna travesía, brasa negra del sueño
      Interceptando el hilo de las uvas terrestres
      Con la puntualidad de un tren descabellado
      Que sombra y piedras frías sin cesar arrastrara.

      Por eso, amor, amárrame el movimiento puro,
      A la tenacidad que en tu pecho golpea
      Con las alas de un cisne sumergido,

      Para que a las preguntas estrelladas del cielo
      Responda nuestro sueño con una sola llave,
      Con una sola puerta cerrada por la sombra.

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    Desnuda eres

      Desnuda eres tan simple como una de tus manos,
      Lisa, terrestre, mínima, redonda, transparente,
      Tienes líneas de luna, caminos de manzana,
      Desnuda eres delgada como el trigo desnudo.

      Desnuda eres azul como la noche en Cuba,
      Tienes enredaderas y estrellas en el pelo,
      Desnuda eres enorme y amarilla
      Como el verano en una iglesia de oro.

      Desnuda eres pequeña como una de tus uñas,
      Curva, sutil, rosada hasta que nace el día
      Y te metes en el subterráneo del mundo
      Como en un largo túnel de trajes y trabajos:
      Tu claridad se apaga, se viste, se deshoja
      Y otra vez vuelve a ser una mano desnuda.

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    El alfarero

      Todo tu cuerpo tiene
      Copa o dulzura destinada a mí.

      Cuando subo la mano
      Encuentro en cada sitio una paloma
      Que me buscaba, como
      Si te hubieran, amor, hecho de arcilla
      Para mis propias manos de alfarero.

      Tus rodillas, tus senos,
      Tu cintura
      Faltan en mí como en el hueco
      De una tierra sedienta
      De la que desprendieron
      Una forma,
      Y juntos
      Somos completos, como un solo río,
      Como una sola arena.

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    El amor

      Pequeña
      Rosa,
      Rosa pequeña,
      A veces,
      Diminuta y desnuda,
      Parece
      Que en una mano mía
      Cabes,
      Que así voy a cerrarte
      Y a llevarte a mi boca,
      Pero
      De pronto
      Mis pies tocan tus pies y mi boca tus labios,
      Has crecido,
      Suben tus hombros como dos colinas,
      Tus pechos se pasean por mi pecho,
      Mi brazo alcanza apenas a rodear la delgada
      Línea de luna nueva que tiene tu cintura:
      En el amor como agua de mar te has desatado:
      Mido apenas los ojos más extensos del cielo
      Y me inclino a tu boca para besar la tierra.

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    El daño

      Te he hecho daño, alma mía
      He desgarrado tu alma.

      Entiéndeme.
      Todos saben quien soy,
      Pero ese Soy
      Es además un hombre
      Para ti.

      En ti vacilo, caigo
      Y me levanto ardiendo.
      Tú entre todos los seres
      Tienes derecho
      A verme débil.
      Y tu pequeña mano
      De pan y de guitarra
      Debe tocar mi pecho
      Cuando sale al combate.

      Por eso busco en ti la firme piedra.
      Ásperas manos en tu sangre clavo
      Buscando tu firmeza
      Y la profundidad que necesito,
      Y si no encuentro
      Sino tu risa de metal, si no hallo
      Nada en qué sostener mis firmes pasos,
      Adorada, recibe mi tristeza y mi cólera,
      Mis manos enemigas
      Destruyéndote un poco
      Para que te levantes de la arcilla,
      Hecha de nuevo para mis combates.

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    El firme amor

      XI

      El firme amor, me diste con tus dones.
      Vino a mí la ternura que esperaba
      Y me acompaña la que lleva el beso
      Más profundo a mi boca.

      No pudieron
      Apartarla de mí las tempestades
      Ni las distancias agregaron tierra
      Al espacio de amor que conquistamos.

      Cuando antes del incendio, entre las mieses
      De España apareció tu vestidura,
      Yo fui doble nación, luz duplicada,
      Y la amargura resbaló en tu rostro
      Hasta caer sobre piedras perdidas.

      De un gran dolor, de arpones erizados
      Desemboqué en tus aguas, amor mío,
      Como un caballo que galopa en medio
      De la ira y la muerte, y lo recibe
      De pronto una manzana matutina,
      Una cascada de temblor silvestre.

      Desde entonces, amor, te conocieron
      Los páramos que hicieron mi conducta,
      El océano oscuro que me sigue
      Y los castaños del Otoño inmenso.

      ¿Quién no te vio, amorosa, dulce mía,
      En la lucha, a mi lado, como una
      Aparición, con todas las señales
      De la estrella? ¿Quién, si anduvo
      Entre las multitudes a buscarme,
      Porque soy grano del granero humano,
      No te encontró, apretada a mis raíces,
      Elevada en el canto de mi sangre?.

      No sé, mi amor, si tendré tiempo y sitio
      De escribir otra vez tu sombra fina
      Extendida en mis páginas, esposa:
      Son duros estos días y radiantes,
      Y recogemos de ellos la dulzura
      Amasada con párpados y espinas.

      Ya no sé recordar cuando comienzas:
      Estabas antes del amor,
      Venías con todas las esencias del destino,
      Y antes de ti, la soledad fue tuya,
      Fue tal vez tu dormida cabellera.

      Hoy, copa de mi amor, te nombro apenas,
      Título de mis días, adorada,
      Y en el espacio ocupas como el día
      Toda la luz que tiene el universo.

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    El hijo

      Ay hijo, sabes, ¿sabes
      De dónde vienes?.

      De un lago con gaviotas
      Blancas y hambrientas.

      Junto al agua de invierno
      Ella y yo levantamos
      Una fogata roja
      Gastándonos los labios
      De besarnos el alma,
      Echando al fuego todo,
      Quemándonos la vida.

      Así llegaste al mundo.

      Pero ella para verme
      Y para verte un día
      Atravesó los mares
      Y yo para abrazar
      Su pequeña cintura
      Toda la tierra anduve,
      Con guerras y montañas,
      Con arenas y espinas.
      Así llegaste al mundo.

      De tantos sitios vienes,
      Del agua y de la tierra,
      Del fuego y de la nieve,
      De tan lejos caminas
      Hacia nosotros dos,
      Desde el amor terrible
      Que nos ha encadenado,
      Que queremos saber
      Cómo eres, qué nos dices,
      Porque tú sabes más
      Del mundo que te dimos.

      Como una gran tormenta
      Sacudimos nosotros
      El árbol de la vida
      Hasta las más ocultas
      Fibras de las raíces
      Y apareces ahora
      Cantando en el follaje,
      En la más alta rama
      Que contigo alcanzamos.

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    El inconstante

      Los ojos se me fueron
      Tras de una morena que pasó.

      Era de nácar negro,
      Era de uvas moradas,
      Y me azotó la sangre
      Con su cola de fuego.

      Detrás de todas
      Me voy.

      Pasó una clara rubia
      Como una planta de oro
      Balanceando sus dones.
      Y mi boca se fue
      Como con una ola
      Descargando en su pecho
      Relámpagos de sangre.

      Detrás de todas
      Me voy.

      Pero a ti sin moverme,
      Sin verte, tu distante,
      Van mi sangre y mis besos,
      Morena y clara mía,
      Alta y pequeña mía,
      Ancha y delgada mía,
      Mi fea, mi hermosura,
      Hecha de todo el oro,
      Y de toda la plata,
      Hecha de todo el trigo
      Y de toda la tierra,
      Hecha de toda el agua
      De las olas marinas,
      Hecha para mis brazos,
      Hecha para mis besos,
      Hecha para mi alma.

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    El insecto

      De tus caderas a tus pies
      Quiero hacer un largo viaje.

      Soy más pequeño que un insecto.

      Voy por estas colinas,
      Son de color de avena,
      Tienen delgadas huellas
      Que sólo yo conozco,
      Centímetros quemados,
      Pálidas perspectivas.

      Aquí hay una montaña.
      No saldré nunca de ella.
      ¡Oh qué musgo gigante!
      ¡Y un cráter, una rosa
      De fuego humedecido!.

      Por las piernas desciendo
      Hilando una espiral
      O durmiendo en el viaje
      Y llego a tus rodillas
      De redonda dureza
      Como a las cimas duras
      De un claro continente.

      Hacia tus pies resbalo,
      A las ocho aberturas,
      De tus dedos agudos,
      Lentos, peninsulares,
      Y de ellos el vacío
      De la sábana blanca
      Caigo, buscando ciego
      Y hambriento tu contorno
      De vasija quemante!.

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    El viento en la isla

      El viento es un caballo:
      Óyelo cómo corre
      Por el mar, por el cielo.

      Quiere llevarme: escucha
      Cómo recorre el mundo
      Para llevarme lejos.

      Escóndeme en tus brazos
      Por esta noche sola,
      Mientras la lluvia rompe
      Contra el mar y la tierra
      Su boca innumerable.

      Escucha cómo el viento
      Me llama galopando
      Para llevarme lejos.

      Con tu frente en mi frente,
      Con tu boca en mi boca,
      Atados nuestros cuerpos
      Al amor que nos quema,
      Deja que el viento pase
      Sin que pueda llevarme.

      Deja que el viento corra
      Coronado de espuma,
      Que me llame y me busque
      Galopando en la sombra,
      Mientras yo, sumergido
      Bajo tus grandes ojos,
      Por esta noche sola
      Descansaré, amor mío.

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    En ti la tierra

      Pequeña rosa, rosa pequeña,
      A veces,
      Diminuta y desnuda,
      Parece que en una mano mía cabes,
      Que así voy a cercarte y a llevarte a mi boca,
      Pero de pronto
      Mis pies tocan tus pies y mi boca tus labios,
      Has crecido
      Suben tus hombros como dos colinas,
      Tus pechos se pasean por mi pecho,
      Mi brazo alcanza apenas a rodear la delgada
      Línea de luna nueva que tiene tu cintura:
      En el amor como agua de mar te has desatado:
      Mido apenas los ojos más extensos del cielo
      Y me inclino a tu boca para besar la tierra.

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    En vano te buscamos

      No, nadie reunirá tu firme forma,
      Ni resucitará tu arena ardiente,
      No volverá tu boca a abrir su doble pétalo,
      Ni se hinchará en tus senos la blanca vestidura.

      La soledad dispuso sal, silencio, sargazo,
      Y tu silueta fue comida por la arena,
      Se perdió en el espacio tu silvestre cintura,
      Sola, sin el contacto del jinete imperioso
      Que galopó en el fuego hasta la muerte.

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    Es bueno, amor, sentirte cerca

      Es bueno, amor, sentirte cerca de mí en la noche,
      Invisible en tu sueño, seriamente nocturna,
      Mientras yo desenredo mis preocupaciones
      Como si fueran redes confundidas.

      Ausente, por los sueños tu corazón navega,
      Pero tu cuerpo así abandonado respira
      Buscándome sin verme, completando mi sueño
      Como una planta que se duplica en la sombra.

      Erguida, serás otra que vivirá mañana,
      Pero de las fronteras perdidas en la noche,
      De este ser y no ser en que nos encontramos

      Algo queda acercándonos en la luz de la vida
      Como si el sello de la sombra señalara
      Con fuego sus secretas criaturas.

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    Era mi corazón un ala viva y turbia

      Era mi corazón un ala viva y turbia...
      Un ala pavorosa llena de luz y anhelo.
      Era la primavera sobre los campos verdes.
      Azul era la altura y era esmeralda el suelo.

      Ella -la que me amaba- se murió en primavera.
      Recuerdo aún sus ojos de paloma en desvelo.
      Ella -la que me amaba- cerro sus ojos... tarde.
      Tarde de campo, azul. Tarde de alas y vuelos.
      Ella -la que me amaba- se murió en primavera...
      Y se llevó la primavera al cielo.

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    Eres toda de espumas

      Eres toda de espumas delgadas y ligeras
      Y te cruzan los besos y te riegan los días.
      Mi gesto, mi ansiedad cuelgan de tu mirada.
      Vaso de resonancias y de estrellas cautivas.
      Estoy cansado, todas las hojas caen, mueren.
      Caen, mueren los pájaros. Caen, mueren las vidas.

      Cansado, estoy cansado. Ven, anhélame, víbrame.
      Oh, mi pobre ilusión, mi guirnalda encendida!
      El ansia cae, muere. Cae, muere el deseo.
      Caen, mueren las llamas en la noche infinita.

      Fogonazo de luces, paloma de gredas rubias,
      Líbrame de esta noche que acosa y aniquila.

      Sumérgeme en tu nido de vértigo y caricia.
      Anhélame, retiéneme.
      La embriaguez a ]a sombra florida de tus ojos,
      Las caídas, los triunfos, los saltos de la fiebre.
      Ámame, ámame, ámame.
      De pie te grito! Quiéreme.
      Rompo mi voz gritándote y hago horarios de fuego
      En la noche preñada de estrellas y lebreles.
      Rompo mi voz y grito. Mujer, ámame, anhélame.
      Mi voz arde en los vientos, mi voz que cae y muere.

      Cansado. Estoy cansado. Huye. Aléjate. Extínguete.
      No aprisiones mi estéril cabeza entre tus manos.
      Que me crucen la frente los látigos del hielo.
      Que mi inquietud se azote Con los vientos atlánticos.
      Huye, Aléjate. Extínguete. Mi alma debe estar sola.
      Debe crucificarse, hacerse astillas, rodar,
      Verterse, contaminarse sola,
      Abierta a la marea de los llantos,
      Ardiendo en el ciclón de las furias,
      Erguida entre los cerros y los pájaros,
      Aniquilarse, exterminarse sola,
      Abandonada y única como un faro de espanto.

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    Farewell

      Desde el fondo de ti, y arrodillado,
      Un niño triste, como yo, nos mira.
      Por esa vida que arderá en sus venas
      Tendrían que amarrarse nuestras vidas.
      Por esas manos, hijas de tus manos,
      Tendrían que matar las manos mías.
      Por sus ojos abiertos en la tierra
      Veré en los tuyos lágrimas un día.

      Yo no lo quiero, Amada.
      Para que nada nos amarre
      Que no nos una nada.
      Ni la palabra que aromó tu boca,
      Ni lo que no dijeron las palabras.
      Ni la fiesta de amor que no tuvimos,
      Ni tus sollozos junto a la ventana.

      Amo el amor de los marineros
      Que besan y se van.
      Dejan una promesa.
      No vuelven nunca más.
      En cada puerto una mujer espera:
      Los marineros besan y se van.
      Una noche se acuestan con la muerte
      En el lecho del mar.

      Amo el amor que se reparte
      En besos, lecho y pan.
      Amor que puede ser eterno
      Y puede ser fugaz.
      Amor que quiere libertarse
      Para volver a amar.
      Amor divinizado que se acerca
      Amor divinizado que se va.

      Ya no se encantarán mis ojos en tus ojos,
      Ya no se endulzará junto a ti mi dolor.
      Pero hacia donde vaya llevaré tu mirada
      Y hacia donde camines llevarás mi dolor.
      Fui tuyo, fuiste mía. Qué más? Juntos hicimos
      Un recodo en la ruta donde el amor pasó.
      Fui tuyo, fuiste mía. Tu serás del que te ame,
      Del que corte en tu huerto lo que he sembrado yo.
      Yo me voy. Estoy triste: pero siempre estoy triste.
      Vengo desde tus brazos. No sé hacia dónde voy.
      Desde tu corazón me dice adiós un niño.
      Y yo le digo adiós.

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    Juntos nosotros

      Qué pura eres de sol o de noche caída,
      Qué triunfal desmedida tu órbita de blanco,
      Y tu pecho de pan, alto de clima,
      Tu corona de árboles negros, bienamada,
      Y tu nariz de animal solitario, de oveja salvaje
      Que huele a sombra y a precipitada fuga tiránica.
      Ahora, qué armas espléndidas mis manos,
      Digna su pala de hueso y su lirio de uñas.
      Y el puesto de mi rostro, y el arriendo de mi alma
      Están situados en lo justo de la fuerza terrestre.

      Qué pura mi mirada de nocturna influencia,
      Caída de ojos oscuros y feroz acicate,
      Mi simétrica estatua de piernas gemelas
      Sube hacia estrellas húmedas cada mañana,
      Y mi boca de exilio muerde la carne y la uva,
      Mis brazos de varón, mi pecho tatuado
      En que penetra el vello como ala de estaño,
      Mi cara blanca hecha para la profundidad del sol,
      Mi pelo hecho de ritos, de minerales negros,
      Mi frente, penetrante como golpe o camino,
      Mi piel de hijo maduro, destinado al arado,
      Mis ojos de sal ávida, de matrimonio rápido,
      Mi lengua amiga blanda del dique y del buque,
      Mis dientes de horario blanco, de equidad sistemática,
      La piel que hace a mi frente un vacío de hielos
      Y en mi espalda se torna, y vuela en mis párpados,
      Y se repliega sobre mi más profundo estímulo,
      Y crece hacia las rosas en mis dedos,
      En mi mentón de hueso y en mis pies de riqueza.

      Y tú como un mes de estrellas, como un beso fijo,
      Como estructura de ala, o comienzos de otoño,
      Niña, mi partidaria, mi amorosa,
      La luz hace su lecho bajo tus grandes párpados,
      Dorados como bueyes, y la paloma redonda
      Hace sus nidos blancos frecuentemente en ti.
      Hecha de ola en lingotes y tenazas blancas,
      Tu salud de manzana furiosa se estira sin límite,
      El tonel temblador en que escucha tu estómago,
      Tus manos hijas de la harina y del cielo.

      Qué parecida eres al más largo beso,
      Su sacudida fija parece nutrirte,
      Y su empuje de brasa, de bandera revuelta,
      Va latiendo en tus dominios y subiendo temblando,
      Y entonces tu cabeza se adelgaza en cabellos,
      Y su forma guerrera, su círculo seco,
      Se desploma de súbito en hilos lineales
      Como filos de espadas o herencias de humo.

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    La estudiante

      Oh tú, más dulce, más interminable
      Que la dulzura, carnal enamorada
      Entre las sombras: de otros días
      Surges llenando de pesado polen
      Tu copa, en la delicia.
      Desde la noche llena
      De ultrajes, noche como el vino
      Desbocado, noche de oxidada púrpura
      A ti caí como una torre herida,
      Y entre las pobres sábanas tu estrella
      Palpitó contra mí quemando el cielo.
      Oh redes del jazmín, oh fuego físico
      Alimentado en esta nueva sombra,
      Tinieblas que tocamos apretando
      La cintura central, golpeando el tiempo
      Con sanguinarias ráfagas de espigas.
      Amor sin nada más, en el vacío
      De una burbuja, amor con calles muertas,
      Amor, cuando murió toda la vida
      Y nos dejó encendiendo los rincones.
      Mordí mujer, me hundí desvaneciéndome
      Desde mi fuerza, atesoré racimos,
      Y salí a caminar de beso en beso,
      Atado a las caricias, amarrado
      A esta gruta de fría cabellera,
      A estas piernas por labios recorridas:
      Hambriento entre los labios de la tierra,
      Devorando con labios devorados.

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    La jiribilla

      América, no invoco tu nombre en vano.
      Cuando sujeto al corazón la espada,
      Cuando aguanto en el alma la gotera,
      Cuando por las ventanas
      Un nuevo día tuyo me penetra,
      Soy y estoy en la luz que me produce,
      Vivo en la sombra que me determina,
      Duermo y despierto en tu esencial aurora:
      Dulce como las uvas, y terrible,
      Conductor del azúcar y el castigo,
      Empapado en esperma de tu especie,
      Amamantado en sangre de tu herencia.

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    La luz de tus pies

      La luz que de tus pies sube a tu cabellera,
      La turgencia que envuelve tu forma delicada,
      No es de nácar marino, nunca de plata fría:
      Eres de pan, de pan amado por el fuego.

      La harina levantó su granero contigo
      Y creció incrementada por la edad venturosa,
      Cuando los cereales duplicaron tu pecho
      Mi amor era el carbón trabajando en la tierra.

      Oh, pan tu frente, pan tus piernas, pan tu boca,
      Pan que devoro y nace con luz cada mañana,
      Bienamada, bandera de las panaderías,

      Una lección de sangre te dio el fuego,
      De la harina aprendiste a ser sagrada,
      Y del pan el idioma y el aroma.

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    La noche en la isla

      Toda la noche he dormido contigo
      Junto al mar, en la isla.
      Salvaje y dulce eras entre el placer y el sueño,
      Entre el fuego y el agua.

      Tal vez muy tarde
      Nuestros sueños se unieron
      En lo alto o en el fondo,
      Arriba como ramas que un mismo viento mueve,
      Abajo como rojas raíces que se tocan.

      Tal vez tu sueño
      Se separó del mío
      Y por el mar oscuro
      Me buscaba como antes
      Cuando aún no existías,
      Cuando sin divisarte
      Navegué por tu lado,
      Y tus ojos buscaban
      Lo que ahora
      -Pan, vino, amor y cólera-
      Te doy a manos llenas
      Porque tú eres la copa
      Que esperaba los dones de mi vida.

      He dormido contigo
      Toda la noche mientras
      La oscura tierra gira
      Con vivos y con muertos,
      Y al despertar de pronto
      En medio de la sombra
      Mi brazo rodeaba tu cintura.
      Ni la noche, ni el sueño
      Pudieron separarnos.

      He dormido contigo
      Y al despertar tu boca
      Salida de tu sueño
      Me dio el sabor de tierra,
      De agua marina, de algas,
      Del fondo de tu vida,
      Y recibí tu beso
      Mojado por la aurora
      Como si me llegara
      Del mar que nos rodea.

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    La poesía

      Y fue a esa edad... Llegó la poesía a buscarme.
      No sé, no sé de dónde salió,
      De invierno o río.
      No sé cómo ni cuándo,
      No, no eran voces, no eran palabras, ni silencio,
      Pero desde una calle me llamaba,
      Desde las ramas de la noche,
      De pronto entre los otros,
      Entre fuegos violentos
      O regresando solo,
      Allí estaba sin rostro
      Y me tocaba.

      Yo no sabía qué decir, mi boca no sabía nombrar,
      Mis ojos eran ciegos,
      Y algo golpeaba en mi alma,
      Fiebre o alas perdidas,
      Y me fui haciendo solo,
      Descifrando aquella quemadura,
      Y escribí la primera línea vaga,
      Vaga, sin cuerpo, pura tontería,
      Pura sabiduría
      Del que no sabe nada,
      Y vi de pronto el cielo desgranado
      Y abierto, planetas,
      Plantaciones palpitantes,
      La sombra perforada,
      Acribillada por flechas, fuego y flores,
      La noche arrolladora, el universo.

      Y yo, mínimo ser,
      Ebrio del gran vacío constelado,
      A semejanza, a imagen del misterio,
      Me sentí parte pura del abismo,
      Rodé con las estrellas,
      Mi corazón se desató en el viento.

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    La rama robada

      En la noche entraremos
      A robar
      Una rama florida.

      Pasaremos el muro,
      En las tinieblas del jardín ajeno,
      Dos sombras en la sombra.

      Aún no se fue el invierno,
      Y el manzano aparece
      Convertido de pronto
      En cascada de estrellas olorosas.
      En la noche entraremos
      Hasta su tembloroso firmamento,
      Y tus pequeñas manos y las mías
      Robarán las estrellas.

      Y sigilosamente,
      A nuestra casa,
      En la noche y en la sombra,
      Entrará con tus pasos
      El silencioso paso del perfume
      Y con pies estrellados
      El cuerpo claro de la primavera.

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    La reina

      Yo te he nombrado reina.
      Hay más altas que tú, más altas.
      Hay más puras que tú, más puras.
      Hay más bellas que tú, hay más bellas.
      Pero tú eres la reina.
      Cuando vas por las calles
      Nadie te reconoce.
      Nadie ve tu corona de cristal, nadie mira
      La alfombra de oro rojo
      Que pisas donde pasas,
      La alfombra que no existe.

      Y cuando asomas
      Suenan todos los ríos
      En mi cuerpo, sacuden
      El cielo las campanas,
      Y un himno llena el mundo.

      Sólo tú y Yo,
      Sólo tú y yo, amor mío,
      Lo escuchamos.

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    La vulgar que pasó

      No eras para mis sueños, ni eras para mi vida,
      Ni para mis cansancios aromados de rosas,
      Ni para la impotencia de mi rabia suicida,
      No eras la bella y buena, la bella y dolorosa.

      No eras para mis sueños, no eras para mis cantos,
      No eras para el prestigio de mis amargos llantos,
      No eras para mi vida ni para mi dolor,
      No eras lo fugitivo de todos mis encantos.
      No merecías nada. Ni mi agrio desencanto
      Ni siquiera la lumbre que presintió el Amor.

      Bien hecho, muy bien hecho que hayas pasado en vano
      Que no se haya engarfiado mi vida a tu mirar,
      Que no se hayan juntado a los llantos ancianos
      La amargura doliente de un estéril llorar.

      Eras para un imbécil que te quisiera un poco.
      ¡Oh! mis ensueños buenos, ¡oh! mis ensueños locos.
      Eras para un imbécil, un cualquiera no más
      Que no tuviera nada de mis ensueños, nada,
      Pero que te daría tu dicha animalada
      La corta y bruta crisis del espasmo final.

      No eras para mis sueños, no eras para mi vida
      Ni para mis quebrantos ni para mi dolor,
      No eras para los llantos de mis duras heridas,
      No eras para mis brazos, ni para mi canción.

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    Llénate de mí

      Llénate de mí.
      Ansíame, agótame, viérteme, sacrifícame.
      Pídeme. Recógeme, contiéneme, ocúltame.
      Quiero ser de alguien, quiero ser tuyo, es tu hora.
      Soy el que pasó saltando sobre las cosas,
      El fugante, el doliente.

      Pero siento tu hora,
      La hora de que mi vida gotee sobre tu alma,
      La hora de las ternuras que no derramé nunca,
      La hora de los silencios que no tienen palabras,
      Tu hora, alba de sangre que me nutrió de angustias,
      Tu hora, medianoche que me fue solitaria.

      Libértame de mí. Quiero salir de mi alma.
      Yo soy esto que gime, esto que arde, esto que sufre.
      Yo soy esto que ataca, esto que aúlla, esto que canta.
      No, no quiero ser esto.
      Ayúdame a romper estas puertas inmensas.
      Con tus hombros de seda desentierra estas anclas.
      Así crucificaron mi dolor una tarde.
      Libértame de mí. Quiero salir de mi alma.

      Quiero no tener límites y alzarme hacia aquel astro.
      Mi corazón no debe callar hoy o mañana.
      Debe participar de lo que toca,
      Debe ser de metales, de raíces, de alas.
      No puedo ser la piedra que se alza y que no vuelve,
      No puedo ser la sombra que se deshace y pasa.

      No, no puede ser, no puede ser, no puede ser.
      Entonces gritaría, lloraría, gemiría.
      No puede ser, no puede ser.
      Quién iba a romper esta vibración de mis alas?
      Quién iba a exterminarme? Qué designio, qué palabra?
      No puede ser, no puede ser, no puede ser.
      Libértame de mí. Quiero salir de mi alma.

      Porque tú eres mi ruta. Te forjé en lucha viva.
      De mi pelea oscura contra mí mismo, fuiste.
      Tienes de mí ese sello de avidez no saciada.
      Desde que yo los miro tus ojos son más tristes.
      Vamos juntos, Rompamos este camino juntos.
      Será la ruta tuya. Pasa. Déjame irme.
      Ansíame, agótame, viérteme, sacrifícame.
      Haz tambalear los cercos de mis últimos límites.

      Y que yo pueda, al fin, correr en fuga loca,
      Inundando las tierras como un río terrible,
      Desatando estos nudos, ah Dios mío, estos nudos
      Destrozando,
      Quemando,
      Arrasando
      Como una lava loca lo que existe,
      Correr fuera de mí mismo, perdidamente,
      Libre de mí, furiosamente libre.
      ¡Irme,
      Dios mío,
      Irme!.

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    Materia nupcial

      De pie como un cerezo sin cáscara ni flores,
      Especial, encendido, venas y saliva,
      Y dedos y testículos,
      Miro una niña de papel y luna,
      Horizontal, temblando y respirando y blanca
      Y sus pezones como dos cifras separadas,
      Y la rosal reunión de sus piernas en donde
      Su sexo de pestañas nocturnas parpadea.

      Pálido, desbordante,
      Siento hundirse palabras en mi boca,
      Palabras como niños ahogados,
      Y rumbo y rumbo y dientes crecen naves,
      Y aguas y latitud como quemadas.

      La pondré como una espada o un espejo,
      Y abriré hasta la muerte sus piernas temerosas,
      Y morderé sus orejas y sus venas,
      Y haré que retroceda con los ojos cerrados
      En un espeso río de semen verde.

      La inundaré de amapolas y relámpagos,
      La envolveré en rodillas, en labios, en agujas,
      La entraré con pulgadas de epidermis llorando
      Y presiones de crimen y pelos empapados.

      La haré huir escapándose por uñas y suspiros,
      Hacia nunca, hacia nada,
      Trepándose a la lenta medula y al oxígeno,
      Agarrándose a recuerdos y razones
      Como una sola mano, como un dedo partido
      Agitando una uña de sal desamparada.

      Debe correr durmiendo por caminos de piel
      En un país de goma cenicienta y ceniza,
      Luchando con cuchillos, y sábanas, y hormigas,
      Y con ojos que caen en ella como muertos,
      Y con gotas de negra materia resbalando
      Como pescados ciegos o balas de agua gruesa.

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    Me falta tiempo para celebrar tus cabellos

      Me falta tiempo para celebrar tus cabellos.
      Uno por uno debo contarlos y alabarlos:
      Otros amantes quieren vivir con ciertos ojos,
      Yo sólo quiero ser tu peluquero.

      En Italia te bautizaron Medusa
      Por la encrespada y alta luz de tu cabellera.
      Yo te llamo chascona mía y enmarañada:
      Mi corazón conoce las puertas de tu pelo.

      Cuando tú te extravíes en tus propios cabellos,
      No me olvides, acuérdate que te amo,
      No me dejes perdido ir sin tu cabellera.

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    Mujer, nada me has dado

      Nada me has dado y, para ti, mi vida
      Deshoja su rosal de desconsuelo,
      Porque ves estas cosas que yo miro,
      Las mismas tierras y los mismos cielos.

      Porque la red de nervios y de venas
      Que sostiene tu ser y tu belleza
      Se debe estremecer al beso puro
      Del sol, del mismo sol que a mí me besa.

      Mujer, nada me has dado y, sin embargo,
      A través de tu ser siento las cosas,
      Estoy alegre de mirar la tierra
      En que tu corazón tiembla y reposa.

      Me limitan en vano mis sentidos,
      Dulces flores que se abren en el viento,
      Porque adivino el pájaro que pasa
      Y que mojó de azul tu sentimiento.

      Y sin embargo no me has dado nada,
      No se florecen para mí tus años,
      La cascada de cobre de tu risa
      No apagará la sed de mis rebaños.

      Hostia que no probó tu boca fina,
      Amador del amado que te llame,
      Saldré al camino con mi amor al brazo
      Como un vaso de miel para el que ames.

      Ya ves, noche estrellada, canto y copa
      En que bebes el agua que yo bebo,
      Vivo en tu vida, vives en mi vida,
      Nada me has dado y todo te lo debo.

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    No te amo como si fueras rosa de sal

      No te amo como si fueras rosa de sal, topacio
      O flecha de claveles que propagan el fuego,
      Te amo como se aman ciertas cosas oscuras,
      Secretamente, entre la sombra y el alma.

      Te amo como la planta que no florece y lleva
      Dentro de sí, escondida, la luz de aquellas flores,
      Y gracias a tu amor vive oscuro en mi cuerpo
      El apretado aroma que ascendió de la tierra.

      Te amo sin saber cómo, ni cuándo, ni dónde,
      Te amo directamente sin problemas ni orgullo,
      Así te amo porque no sé amar de otra manera
      Sino así de este modo en que no soy ni eres,
      Tan cerca que tu mano sobre mi pecho es mía,
      Tan cerca que se cierran tus ojos con mi sueño.

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    No te quiero sino porque te quiero

      No te quiero sino porque te quiero
      Y de quererte a no quererte llego
      Y de esperarte cuando no te espero
      Pasa mi corazón del frío al fuego.

      Te quiero sólo porque a ti te quiero,
      Te odio sin fin, y odiándote te ruego,
      Y la medida de mi amor viajero
      Es no verte y amarte como un ciego.

      Tal vez consumirá la luz de enero,
      Su rayo cruel, mi corazón entero,
      Robándome la llave del sosiego.

      En esta historia sólo yo me muero
      Y moriré de amor porque te quiero,
      Porque te quiero, amor, a sangre y fuego.

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    Oda a la bella desnuda

      Con casto corazón, con ojos
      Puros,
      Te celebro, belleza,
      Reteniendo la sangre
      Para que surja y siga
      La línea, tu contorno,
      Para
      Que te acuestes a mi oda
      Como en tierra de bosques o de espuma,
      En aroma terrestre
      O en música marina.

      Bella desnuda,
      Igual
      Tus pies arqueados
      Por un antiguo golpe
      De viento o del sonido
      Que tus orejas,
      Caracolas mínimas
      Del espléndido mar americano.
      Iguales son tus pechos
      De paralela plenitud, colmados
      Por la luz de la vida.
      Iguales son
      Volando
      Tus párpados de trigo
      Que descubren
      O cierran
      Dos países profundos en tus ojos.

      La línea que tu espalda
      Ha dividido
      En pálidas regiones
      Se pierde y surge
      En dos tersas mitades
      De manzana,
      Y sigue separando tu hermosura
      En dos columnas
      De oro quemado, de alabastro fino,
      A perderse en tus pies como en dos uvas,
      Desde donde otra vez arde y se eleva
      El árbol doble de tu simetría,
      Fuego florido, candelabro abierto,
      Turgente fruta erguida
      Sobre el pacto del mar y de la tierra.

      Tu cuerpo, en qué materia,
      Ágata, cuarzo, trigo,
      Se plasmó, fue subiendo
      Como el pan se levanta
      De la temperatura
      Y señaló colinas
      Plateadas,
      Valles de un solo pétalo, dulzuras
      De profundo terciopelo,
      Hasta quedar cuajada
      La fina y firme forma femenina?.

      No sólo es luz que cae
      Sobre el mundo
      Lo que alarga en tu cuerpo
      Su nieve sofocada,
      Sino que se desprende
      De ti la claridad como si fueras
      Encendida por dentro.

      Debajo de tu piel vive la luna.

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    Oda a la jardinera

      Sí, yo sabía que tus manos eran
      El alhelí florido, la azucena
      De plata;
      Algo que ver tenías
      Con el suelo,
      Con el florecimiento de la tierra,
      Pero
      Cuando
      Te vi cavar, cavar,
      Apartar piedrecitas
      Y manejar raíces
      Supe de pronto,
      Agricultora mía,
      Que
      No sólo
      Tus manos,
      Sino tu corazón
      Eran de tierra,
      Que allí
      Estabas
      Haciendo
      Cosas tuyas,
      Tocando
      Puertas
      Húmedas
      Por donde
      Circulan
      Las
      Semillas.

      Así, pues,
      De una a otra
      Planta
      Recién
      Plantada,
      Con el rostro
      Manchado
      Por un beso
      Del barro,
      Ibas
      Y regresabas
      Floreciendo,
      Ibas
      Y de tu mano
      El tallo
      De la astromelia
      Elevó su elegancia solitaria,
      El jazmín
      Aderezó
      La niebla de tu frente
      Con estrellas de aroma y de rocío.
      Todo
      De ti crecía
      Penetrando
      En la tierra
      Y haciéndose
      Inmediata
      Luz verde,
      Follaje y poderío.
      Tú le comunicabas
      Tus semillas,
      Amada mía,
      Jardinera roja.
      Tu mano
      Se tuteaba
      Con la tierra
      Y era instantáneo
      El claro crecimiento.

      Amor, así también
      Tu mano
      De agua,
      Tu corazón de tierra,
      Dieron
      Fertilidad
      Y fuerza a mis canciones.

      Tocas
      Mi pecho
      Mientras duermo
      Y los árboles brotan
      De mi sueño.
      Despierto, abro los ojos,
      Y has plantado
      Dentro de mí
      Asombradas estrellas
      Que suben con mi canto.

      Es así, jardinera:
      Nuestro amor
      Es
      Terrestre:
      Tu boca es planta de la luz, corola,
      Mi corazón trabaja en las raíces.

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    Oda a la pobreza

      Cuando nací,
      Pobreza,
      Me seguiste,
      Me mirabas
      A través
      De las tablas podridas
      Por el profundo invierno.
      De pronto
      Eran tus ojos
      Los que miraban desde los agujeros.
      Las goteras,
      De noche, repetían
      Tu nombre y tu apellido
      O a veces
      El salto quebrado, el traje roto,
      Los zapatos abiertos,
      Me advertían.
      Allí estabas
      Acechándome
      Tus dientes de carcoma,
      Tus ojos de pantano,
      Tu lengua gris
      Que corta
      La ropa, la madera,
      Los huesos y la sangre,
      Allí estabas
      Buscándome,
      Siguiéndome,
      Desde mi nacimiento
      Por las calles.

      Cuando alquilé una pieza
      Pequeña, en los suburbios,
      Sentada en una silla
      Me esperabas,
      O al descorrer las sábanas
      En un hotel oscuro,
      Adolescente,
      No encontré la fragancia
      De la rosa desnuda,
      Sino el silbido frío
      De tu boca.
      Pobreza,
      Me seguiste
      Por los cuarteles y los hospitales,
      Por la paz y la guerra.
      Cuando enfermé tocaron
      A la puerta:
      No era el doctor, entraba
      Otra vez la pobreza.

      Te vi sacar mis muebles
      A la calle:
      Los hombres
      Los dejaban caer como pedradas.
      Tú, con amor horrible,
      De un montón de abandono
      En medio de la calle y de la lluvia
      Ibas haciendo
      Un trono desdentado
      Y mirando a los pobres
      Recogías
      Mi último plato haciéndolo diadema.
      Ahora,
      Pobreza,
      Yo te sigo.
      Como fuiste implacable,
      Soy implacable.
      Junto
      A cada pobre
      Me encontrarás cantando,
      Bajo
      Cada sábana
      De hospital imposible
      Encontrarás mi canto.
      Te sigo,
      Pobreza,
      Te vigilo,
      Te acerco,
      Te disparo,
      Te aislo,
      Te cerceno las uñas,
      Te rompo
      Los dientes que te quedan.

      Estoy
      En todas partes:
      En el océano con los pescadores,
      En la mina
      Los hombres
      Al limpiarse la frente,
      Secarse el sudor negro,
      Encuentran
      Mis poemas.
      Yo salgo cada día
      Con la obrera textil.
      Tengo las manos blancas
      De dar pan en las panaderías.
      Donde vayas,
      Pobreza,
      Mi canto
      Está cantando,
      Mi vida
      Está viviendo,
      Mi sangre
      Está luchando.
      Derrotaré
      Tus pálidas banderas
      En donde se levanten.

      Otros poetas
      Antaño te llamaron
      Santa,
      Veneraron tu capa,
      Se alimentaron de humo
      Y desaparecieron.
      Yo te desafío,
      Con duros versos te golpeo el rostro,
      Te embarco y te destierro.
      Yo con otros,
      Con otros, muchos otros,
      Te vamos expulsando
      De la tierra a la luna
      Para que allí te quedes
      Fría y encarcelada
      Mirando con un ojo
      El pan y los racimos
      Que cubrirá la tierra
      De mañana.

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    Oda a la tristeza

      Tristeza, escarabajo
      De siete patas rotas,
      Huevo de telaraña,
      Rata descalabrada,
      Esqueleto de perra:
      Aquí no entras.
      No pasas.
      Ándate.
      Vuelve
      Al Sur con tu paraguas,
      Vuelve
      Al Norte con tus dientes de culebra.
      Aquí vive un poeta.
      La tristeza no puede
      Entrar por estas puertas.
      Por las ventanas
      Entra el aire del mundo,
      Las rojas rosas nuevas,
      Las banderas bordadas
      Del pueblo y sus victorias.
      No puedes.
      Aquí no entras.
      Sacude
      Tus alas de murciélago,
      Yo pisaré las plumas
      Que caen de tu manto,
      Yo barreré los trozos
      De tu cadáver hacia
      Las cuatro puntas del viento,
      Yo te torceré el cuello,
      Te coseré los ojos,
      Cortaré tu mortaja
      Y enterraré tus huesos roedores
      Bajo la primavera de un manzano.

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    Oda a los números

      ¡Qué sed
      De saber cuánto!
      Qué hambre
      De saber
      Cuántas
      Estrellas tiene el cielo!.

      Nos pasamos
      La infancia
      Contando piedras, plantas,
      Dedos, arenas, dientes,
      La juventud contando
      Pétalos, cabelleras.
      Contamos
      Los colores, los años,
      Las vidas y los besos,
      En el campo
      Los bueyes, en el mar
      Las olas. Los navíos
      Se hicieron cifras que se fecundaban.
      Los números parían.
      Las ciudades
      Eran miles, millones,
      El trigo centenares
      De unidades que adentro
      Tenían otros números pequeños,
      Más pequeños que un grano.
      El tiempo se hizo número.
      La luz fue numerada
      Y por más que corrió con el sonido
      Fue su velocidad un 37.
      Nos rodearon los números.
      Cerrábamos la puerta,
      De noche, fatigados,
      Llegaba un 800,
      Por debajo,
      Hasta entrar con nosottros en la cama,
      Y en el sueño
      Los 4000 y los 77
      Picándonos la frente
      Con sus martillos o sus alicates.
      Los 5
      Agregándose
      Hasta entrar en el mar o en el delirio,
      Hasta que el sol saluda con su cero
      Y nos vamos corriendo
      A la oficina,
      Al taller,
      A la fábrica,
      A comenzar de nuevo el infinito
      Número 1 de cada día.

      Tuvimos, hombre, tiempo
      Para que nuestra sed
      Fuera saciándose,
      El ancestral deseo
      De enumerar las cosas
      Y sumarlas,
      De reducirlas hasta
      Hacerlas polvo,
      Arenales de números.
      Fuimos
      Empapelando el mundo
      Con números y nombres,
      Pero
      Las cosas existian,
      Se fugaban
      Del número,
      Enloquecían en sus cantidades,
      Se evaporaban
      Dejando
      Su olor o su recuerdo
      Y se quedaban los números vacíos.

      Por eso,
      Para ti
      Quiero las cosas.
      Los números
      Que se váyan a la cárcel,
      Que se muevan
      En columnas cerradas
      Procreando
      Hasta darnos la suma
      De la totalidad de infinito.
      Para ti sólo quiero
      Que aquellos
      Números del camino
      Te defiendan
      Y que tu los defiendas.
      La cifra semanal de tu salario
      Se desarrolle hasta cubrir tu pecho.
      Y del número 2 en que se enlazan
      Tu cuerpo y el de la mujer amada
      Salgan los ojos pares de tus hijos
      A contar otra vez
      Las antiguas estrellas
      Y las innnumerables
      Espigas
      Que llenarán la tierra transformada.

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    Oda al primer día del año

      Lo distinguimos
      Como
      Si fuera
      Un caballito
      Diferente de todos
      Los caballos.
      Adornamos
      Su frente
      Con una cinta,
      Le ponemos
      Al cuello cascabeles colorados,
      Y a medianoche
      Vamos a recibirlo
      Como si fuera
      Explorador que baja de una estrella.

      Como el pan se parece
      Al pan de ayer,
      Como un anillo a todos los anillos:
      Los días
      Parpadean
      Claros, tintineante, fugitivos,
      Y se recuestan en la noche oscura.

      Veo el último
      Día
      De este
      Año
      En un ferrocarril, hacia las lluvias
      Del distante archipiélago morado,
      Y el hombre
      De la máquina,
      Complicada como un reloj del cielo,
      Agachando los ojos
      A la infinita
      Pauta de los rieles,
      A las brillantes manivelas,
      A los veloces vínculos del fuego.

      Oh conductor de trenes
      Desbocados
      Hacia estaciones
      Negras de la noche.
      Este final
      Del año
      Sin mujer y sin hijos,
      ¿No es igual al de ayer, al de mañana?
      Desde las vías
      Y las maestranzas
      El primer día, la primera aurora
      De un año que comienza
      El primer día, la primera aurora
      De un año que comienza,
      Tiene el mismo oxidado
      Color de tren de hierro:
      Y saludan
      Los seres del camino,
      Las vacas, las aldeas,
      En el vapor del alba,
      Sin saber
      Que se trata
      De la puerta del año,
      De un día
      Sacudido
      Por campanas,
      Adornado con plumas y claveles,

      La tierra
      No lo
      Sabe:
      Recibirá
      Este día
      Dorado, gris, celeste,
      Lo extenderá en colinas,
      Lo mojará con
      Flechas
      De
      Transparente
      Lluvia,
      Y luego
      Lo enrollará
      En su tubo,
      Lo guardará en la sombra.

      Así es, pero
      Pequeña
      Puerta de la esperanza,
      Nuevo día del año,
      Aunque seas igual
      Como los panes
      A todo pan,
      Te vamos a vivir de otra manera,
      Te vamos a comer, a florecer,
      A esperar.
      Te pondremos
      Como una torta
      En nuestra vida,
      Te encenderemos
      Como candelabro,
      Te beberemos
      Como
      Si fueras un topacio.

      Día
      Del año
      Nuevo,
      Día eléctrico, fresco,
      Todas
      Las hojas salen verdes
      Del
      Tronco de tu tiempo.

      Corónanos
      Con
      Agua,
      Con jazmines
      Abiertos,
      Con todos los aromas
      Desplegados,
      Sí,
      Aunque
      Sólo
      Seas
      Un día,
      Un pobre
      Día humano,
      Tu aureola
      Palpita
      Sobre tantos
      Cansados
      Corazones,
      ¡Y eres,
      Oh día
      Nuevo,
      Oh nube venidera,
      Pan nunca visto,
      Torre
      Permanente!.

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    Oda a una estrella

      Asomando a la noche
      En la terraza
      De un rascacielos altísimo y amargo
      Pude tocar la bóveda nocturna
      Y en un acto de amor extraordinario
      Me apoderé de una celeste estrella.

      Negra estaba la noche
      Y yo me deslizaba
      Por la calle
      Con la estrella robada en el bolsillo.
      De cristal tembloroso
      Parecía
      Y era
      De pronto
      Como si llevara
      Un paquete de hielo
      O una espada de arcángel en el cinto.

      La guardé
      Temeroso
      Debajo de la cama
      Para que no la descubriera nadie,
      Pero su luz
      Atravesó
      Primero
      La lana del colchón,
      Luego
      Las tejas,
      El techo de mi casa.

      Incómodos
      Se hicieron
      Para mí
      Los más privados menesteres.

      Siempre con esa luz
      De astral acetileno
      Que palpitaba como si quisiera
      Regresar a la noche,
      Yo no podía
      Preocuparme de todos
      Mis deberes
      Y así fue que olvidé pagar mis cuentas
      Y me quedé sin pan ni provisiones.

      Mientras tanto, en la calle,
      Se amotinaban
      Tanseúntes, mundanos
      Vendedores
      Atraídos sin duda
      Por el fulgor insólito
      Que veían salir de mi ventana.

      Entonces
      Recogí
      Otra vez mi estrella,
      Con cuidado
      La envolví en mi pañuelo
      Y enmascarado entre la muchedumbre
      Pude pasar sin ser reconocido.
      Me dirigí al oeste,
      Al río Verde,
      Que allí bajo los sauces
      Es sereno.

      Tomé la estrella de la noche fría
      Y suavemente
      La eché sobre las aguas.

      Y no me sorprendió
      Que se alejara
      Como un pez insoluble
      Moviendo
      En la noche del río
      Su cuerpo de diamante.

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    Oda al secreto amor

      Tú sabes
      Que adivinan
      El misterio:
      Me ven,
      Nos ven,
      Y nada
      Se ha dicho,
      Ni tus ojos,
      Ni tu voz, ni tu pelo,
      Ni tu amor han hablado,
      Y lo saben
      De pronto,
      Sin saberlo
      Lo saben:
      Me despido y camino
      Hacia otro lado
      Y saben
      Que me esperas.

      Alegre
      Vivo
      Y canto
      Y sueño,
      Seguro
      De mí mismo,
      Y conocen,
      De algún modo,
      Que tú eres mi alegría.
      Ven
      A través del pantalón oscuro
      Las llaves
      De tu puerta,
      Las llaves
      Del papel, de la luna
      En los jazmines,
      El canto en la cascada.

      Tú, sin abrir la boca,
      Desbocada,
      Tú, cerrando los ojos,
      Cristalina,
      Tú, custodiando
      Entre las hojas negras
      Una paloma roja,
      El vuelo
      De un escondido corazón,
      Y entonces
      Una sílaba,
      Una gota
      Del cielo,
      Un sonido
      Suave de sombra y polen
      En la oreja,
      Y todos
      Lo saben,
      Amor mío,
      Circula entre los hombres,
      En las librerías,
      Junto a las mujeres,
      Cerca
      Del mercado
      Rueda
      El anillo
      De nuestro
      Secreto
      Amor
      Secreto.

      Déjalo
      Que se vaya
      Rodando
      Por las calles,
      Que asuste
      A los retratos,
      A los muros,
      Que vaya y vuelva
      Y salga
      Con las nuevas
      Legumbres del mercado,
      Tiene
      Tierra,
      Raíces,
      Y arriba
      Una amapola,
      Tu boca:
      Una amapola.

      Todo
      Nuestro secreto,
      Nuestra clave,
      Palabra
      Oculta,
      Sombra,
      Murmullo,
      Eso
      Que alguien
      Dijo
      Cuando no estábamos presentes,
      Es sólo una amapola,
      Una amapola.

      Amor,
      Amor,
      Amor,
      ¡Oh flor secreta,
      Llama
      Invisible,
      Clara
      Quemadura!.

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    Sabrás que no te amo y que te amo

      Sabrás que no te amo y que te amo
      Puesto que de dos modos es la vida,
      La palabra es un ala del silencio,
      El fuego tiene una mitad de frío.

      Yo te amo para comenzar a amarte,
      Para recomenzar el infinito
      Y para no dejar de amarte nunca:
      Por eso no te amo todavía.

      Te amo y no te amo como si tuviera
      En mis manos las llaves de la dicha
      Y un incierto destino desdichado.

      Mi amor tiene dos vidas para amarte.
      Por eso te amo cuando no te amo
      Y por eso te amo cuando te amo.

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    Plena mujer, manzana carnal

      Plena mujer, manzana carnal, luna caliente,
      Espeso aroma de algas, lodo y luz machacados,
      ¿Qué oscura claridad se abre entre tus columnas?
      ¿Qué antigua noche el hombre toca con sus sentidos?.

      Ay, amar es un viaje con agua y con estrellas,
      Con aire ahogado y bruscas tempestades de harina:
      Amar es un combate de relámpagos
      Y dos cuerpos por una sola miel derrotados.

      Beso a beso recorro tu pequeño infinito,
      Tus márgenes, tus ríos, tus pueblos diminutos,
      Y el fuego genital transformado en delicia

      Corre por los delgados caminos de la sangre
      Hasta precipitarse como un clavel nocturno,
      Hasta ser y no ser sino un rayo en la sombra.

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    Sed de ti

      Sed de ti me acosa en las noches hambrientas.
      Trémula mano roja que hasta su vida se alza.
      Ebria de sed, loca sed, sed de selva en sequía.
      Sed de metal ardiendo, sed de raíces ávidas...

      Por eso eres la sed y lo que ha de saciarla.
      Cómo poder no amarte si he de amarte por eso.
      Si ésa es la amarra cómo poder cortarla, cómo.
      Cómo si hasta mis huesos tienen sed de tus huesos.
      Sed de ti, guirnalda atroz y dulce.
      Sed de ti que en las noches me muerde como un perro.
      Los ojos tienen sed, para qué están tus ojos.

      La boca tiene sed, para qué están tus besos.
      El alma está incendiada de estas brasas que te aman.
      El cuerpo incendio vivo que ha de quemar tu cuerpo.
      De sed. Sed infinita. Sed que busca tu sed.
      Y en ella se aniquila como el agua en el fuego.

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    Si muero sobrevíveme

      Si muero sobrevíveme con tanta fuerza pura
      Que despiertes la furia del pálido y del frío,
      De sur a sur levanta tus ojos indelebles,
      De sol a sol que suene tu boca de guitarra.

      No quiero que vacilen tu risa ni tus pasos,
      No quiero que se muera mi herencia de alegría,
      No llames a mi pecho, estoy ausente.
      Vive en mi ausencia como en una casa.

      Es una casa tan grande la ausencia
      Que pasarás en ella a través de los muros
      Y colgarás los cuadros en el aire.

      Es una casa tan transparente la ausencia
      Que yo sin vida te veré vivir
      Y si sufres, mi amor, me moriré otra vez.

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    Si no fuera porque tus ojos

      Si no fuera porque tus ojos tienen color de luna,
      De día con arcilla, con trabajo, con fuego,
      Y aprisionada tienes la agilidad del aire,
      Si no fuera porque eres una semana de ámbar.

      Si no fuera porque eres el momento amarillo
      En que el otoño sube por las enredaderas
      Y eres aún el pan que la luna fragante
      Elabora paseando su harina por el cielo.

      ¡Oh bienamada, yo no te amaría!.

      En tu abrazo yo abrazo lo que existe,
      La arena, el tiempo, el árbol de la lluvia,

      Y todo vive para que yo viva,
      Sin ir tan lejos puedo verlo todo,
      veo en tu vida todo lo viviente.

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    Siempre

      Antes de mí
      No tengo celos.

      ¡Ven con un hombre
      A la espalda,
      Ven con cien hombres en tu cabellera,
      Ven con mil hombres entre tu pecho y tus pies,
      Ven como un río lleno de ahogados
      Que encuentra el mar furioso,
      La espuma eterna, el tiempo!.

      ¡Tráelos todos
      Adonde yo te espero:
      Siempre estaremos solos,
      Siempre estaremos tú y yo
      Solos sobre la tierra
      Para comenzar la vida!.

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    Siento tu ternura

      Siento tu ternura allegarse a mi tierra,
      Mirada de mis ojos, huir,
      La veo interrumpirse para seguirme hasta la hora
      De mi silencio absorto y de mi afán de ti.
      Hela aquí tu ternura de ojos dulces que esperan.
      Hela aquí, boca tuya, palabra nunca dicha.
      Siento que se me suben los musgos de tu pena
      Y me crecen a tientas en el alma infinita.

      Era esto el abandono, y lo sabías,
      Era la guerra oscura del corazón y todos,
      Era la queja rota de angustias conmovidas,
      Y la ebriedad, y el deseo, y el dejarse ir,
      Y era eso mi vida,
      Era eso que el agua de tus ojos llevaba,
      Era eso que en el hueco de tus manos cabía.

      ¡Ah, mariposa mía y arrullo de paloma,
      Ah vaso, ah estero, ah compañera mía!
      Te llegó mi reclamo, dímelo, te llegaba,
      En las abiertas noches de estrellas frías
      Ahora, en el otoño, en el baile amarillo
      De los vientos hambrientos y las hojas caídas!.

      Dímelo, ¿te llegaba
      Aullando o cómo o sollozando
      En la hora de la sangre fermentada
      Cuando la tierra crece y se cimbra latiendo
      Bajo el sol que la raya con sus colas de ámbar?

      Dímelo, ¿me sentiste
      Trepar hasta tu forma por todos los silencios,
      Y todas las palabras?.

      Yo me sentí crecer. Nunca supe hacia dónde.
      Es más allá de ti. ¿Lo comprendes, hermana?
      Es que se aleja el fruto cuando llegan mis manos
      Y ruedan las estrellas antes de mi mirada.

      Siento que soy la aguja de una infinita flecha,
      Y va a clavarse lejos, no va a clavarse nunca,
      Tren de dolores húmedos en fuga hacia lo eterno,
      Goteando en cada tierra sollozos y preguntas.

      Pero hela aquí, tu forma familiar, lo que es mío,
      Lo tuyo, lo que es mío, lo que es tuyo y me inunda,
      Hela aquí que me llena los miembros de abandono,
      Hela aquí, tu ternura,
      Amarrándose a las mismas raíces,
      Madurando en la misma caravana de frutas,
      Y saliendo de tu alma rota bajo mis dedos
      Como el licor del vino del centro de la uva.

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    Tango del viudo

      Oh maligna, ya habrás hallado la carta, ya habrás llorado de furia,
      Y habrás insultado el recuerdo de mi madre
      Llamándola perra podrida y madre de perros,
      Ya habrás bebido sola, solitaria, el té del atardecer
      Mirando mis viejos zapatos vacíos para siempre
      Y ya no podrás recordar mis enfermedades, mis sueños nocturnos,
      Mis comidas,
      Sin maldecirme en voz alta como si estuviera allí aún
      Quejándome del trópico de los coolíes corringhis,
      De las venenosas fiebres que me hicieron tanto daño
      Y de los espantosos ingleses que odio todavía.

      ¡Maligna, la verdad, qué noche tan grande, qué tierra tan sola!
      He llegado otra vez a los dormitorios solitarios,
      A almorzar en los restaurantes comida fría, y otra vez
      Tiro al suelo los pantalones y las camisas,
      No hay perchas en mi habitación, ni retratos de nadie en las paredes.
      Cuánta sombra de la que hay en mi alma daría por recobrarte,
      Y qué amenazadores me parecen los nombres de los meses,
      Y la palabra invierno qué sonido de tambor lúgubre tiene.

      Enterrado junto al cocotero hallarás más tarde
      El cuchillo que escondí allí por temor de que me mataras,
      Y ahora repentinamente quisiera oler su acero de cocina
      Acostumbrado al peso de tu mano y al brillo de tu pie:
      Bajo la humedad de la tierra, entre las sordas raíces,
      De los lenguajes humanos el pobre sólo sabría tu nombre,
      Y la espesa tierra no comprende tu nombre
      Hecho de impenetrables substancias divinas.

      Así como me aflige pensar en el claro día de tus piernas
      Recostadas como detenidas y duras aguas solares,
      Y la golondrina que durmiendo y volando vive en tus ojos,
      Y el perro de furia que asilas en el corazón,
      Así también veo las muertes que están entre nosotros desde ahora,
      Y respiro en el aire la ceniza y lo destruido,
      El largo, solitario espacio que me rodea para siempre.

      Daría este viento del mar gigante por tu brusca respiración
      Oída en largas noches sin mezcla de olvido,
      Uniéndose a la atmósfera como el látigo a la piel del caballo.
      Y por oírte orinar, en la oscuridad, en el fondo de la casa,
      Como vertiendo una miel delgada, trémula, argentina, obstinada,
      Cuántas veces entregaría este coro de sombras que poseo,
      Y el ruido de espadas inútiles que se oye en mi alma,
      Y la paloma de sangre que está solitaria en mi frente
      Llamando cosas desaparecidas, seres desaparecidos,
      Substancias extrañamente inseparables y perdidas.

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    Tengo hambre de tu boca

      Tengo hambre de tu boca, de tu voz, de tu pelo
      Y por las calles voy sin nutrirme, callado,
      No me sostiene el pan, el alba me desquicia,
      Busco el sonido líquido de tus pies en el día.

      Estoy hambriento de tu risa resbalada,
      De tus manos color de furioso granero,
      Tengo hambre de la pálida piedra de tus uñas,
      Quiero comer tu piel como una intacta almendra.

      Quiero comer el rayo quemado en tu hermosura,
      La nariz soberana del arrogante rostro,
      Quiero comer la sombra fugaz de tus pestañas

      Y hambriento vengo y voy olfateando el crepúsculo
      Buscándote, buscando tu corazón caliente
      Como un puma en la soledad de Quitratúe.

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    Testamento de otoño

      Matilde Urrutia, aquí te dejo
      Lo que tuve y lo que no tuve,
      Lo que soy y lo que no soy.
      Mi amor es un niño que llora:
      No quiere salir de tus brazos,
      Yo te lo dejo para siempre:
      Eres para mí la más bella.

      Eres para mí la más bella,
      La más tatuada por el viento
      Como un arbolito del sur,
      Como un avellano en agosto.
      Eres para mí suculenta
      Como una panadería,
      Es de tierra tu corazón,
      Pero tus manos son celestes.

      Eres roja y eres picante,
      Eres blanca y eres salada
      Como escabeche de cebolla.
      Eres un piano que ríe
      Con todas las notas del alma
      Y sobre mí cae la música
      De tus pestañas y tu pelo.
      Me baño en tu sombra de oro
      Y me deleitan tus orejas
      Como si las hubiera visto
      En las mareas de coral:
      Por tus uñas luché en las olas
      Contra pescados pavorosos.

      De Sur a Sur se abren tus ojos
      Y de Este a Oeste tu sonrisa,
      No se te pueden ver los pies
      Y el sol se entretiene estrellando
      El amanecer en tu pelo.
      Tu cuerpo y tu rostro llegaron,
      Como yo, de regiones duras,
      De ceremonias lluviosas,
      De antiguas tierras y martirios.

      Sigue cantando el Bío-Bío
      En nuestra arcilla ensangrentada,
      Pero tú trajiste del bosque
      Todos los secretos perfumes
      Y esa manera de lucir
      Un perfil de flecha perdida,
      Una medalla de guerrero.

      Tú fuiste mi vencedora
      Por el amor y por la tierra,
      Porque tu boca me traía
      Antepasados manantiales,
      Citas en bosques de otra edad,
      Oscuros tambores mojados:
      De pronto oí que me llamaban,
      Era de lejos y de cuando
      Me acerqué al antiguo follaje
      Y besé mi sangre en tu boca,
      Corazón mío, mi araucana.

      ¿Qué puedo dejarte si tienes,
      Matilde Urrutia, en tu costado
      Ese aroma de hojas quemadas,
      Esa fragancia de frutillas
      Y entre tus dos pechos marinos
      El crepúsculo de Cauquenes
      Y el olor de peumo de Chile?.

      En el alto otoño del mar
      Lleno de niebla y cavidades,
      La tierra se extiende y respira,
      Se le caen al mes las hojas.
      Y tú inclinada en mi trabajo
      Con tu pasión y tu paciencia
      Deletreando las patas verdes,
      Las telarañas, los insectos
      De mi mortal caligrafía.
      Oh leona de pies pequeñitos,
      Qué haría sin tus manos breves,
      Dónde andaría caminando
      Sin corazón y sin objeto,
      En qué lejanos autobuses,
      Enfermo de fuego o de nieve?.

      Te debo el otoño marino
      Con la humedad de las raíces
      Y la niebla como una uva
      Y el sol silvestre y elegante:
      Te debo este cajón callado
      En que se pierden los dolores
      Y sólo suben a la frente
      Las corolas de la alegría.

      Todo te lo debo a ti,
      Tórtola desencadenada,
      Mi codorniza copetona,
      Mi jilguero de las montañas,
      Mi campesina de Coihueco.

      Alguna vez si ya no somos,
      Si ya no vamos ni venimos
      Bajo siete capas de polvo
      Y los pies secos de la muerte,
      Estaremos juntos, amor ,
      Extrañamente confundidos.
      Nuestras espinas diferentes,
      Nuestros ojos maleducados,
      Nuestros pies que no se encontraban
      Y nuestros besos indelebles,
      Todo estará por fin reunido,
      Pero, ¿de qué nos servirá
      La unidad de un cementerio?

      ¡Que no nos separe la vida
      Y se vaya al diablo la muerte!.

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    Tu risa

      Quítame el pan si quieres
      Quítame el aire, pero
      No me quites tu risa.

      No me quites la rosa,
      La lanza que desgranas,
      El agua que de pronto
      Estalla en tu alegría,
      La repentina ola
      De planta que te nace.

      Mi lucha es dura y vuelo
      Con los ojos cansados
      A veces de haber visto
      La tierra que no cambia,
      Pero al entrar tu risa
      Sube al cielo buscándome
      Y abre para mí todas
      Las puertas de la vida.

      Amor mío, en la hora
      Más oscura desgrana
      Tu risa, y si de pronto
      Ves que mi sangre mancha
      Las piedras de la calle,
      Ríe, porque tu risa
      Será para mis manos
      Como una espada fresca.

      Junto al mar en otoño,
      Tu risa debe alzar
      Su cascada de espuma,
      Y en primavera, amor,
      Quiero tu risa como
      La flor que yo esperaba,
      La flor azul, la rosa
      De mi patria sonora.

      Ríe de la noche
      Del día, de la luna,
      Ríete de las calles
      Torcidas de la isla,
      Ríete del torpe
      Muchacho que te quiere,
      Pero cuando yo abro
      Los ojos y los cierro,
      Cuando mis pasos van,
      Cuando vuelven mis pasos,
      Niégame el pan, el aire,
      La luz, la primavera,
      Pero tu risa nunca
      Porque me moriría.

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    Tú venías

      No me has hecho sufrir
      Sino esperar.
      Aquellas horas
      Enmarañadas,
      Llenas
      De serpientes,
      Cuando
      Se me caía el alma y me ahogaba,
      Tú venías andando,
      Tú venías desnuda y arañada,
      Tú llegabas hambrienta hasta mi lecho,
      Novia mía,
      Y entonces
      Toda la noche caminamos
      Durmiendo
      Y cuando despertamos
      Eras intacta y nueva,
      Como si el grave viento de los sueños
      De nuevo hubiera dado
      Fuego a tu cabellera
      Y en trigo y plata hubiera sumergido
      Tu cuerpo hasta dejarlo deslumbrante.
      Yo no sufrí, amor mío,
      Yo sólo te esperaba.

      Tenías que cambiar de corazón
      Y de mirada
      Después de haber tocado la profunda
      Zona de mar que te entregó mi pecho.
      Tenías que salir del agua
      Pura como una gota levantada
      Por una ola nocturna.

      Novia mía, tuviste
      Que morir y nacer, yo te esperaba.
      Yo no sufrí buscándote,
      Sabía que vendrías,
      Una nueva mujer con lo que adoro
      De la que no adoraba,
      Con tus ojos, tus manos y tu boca
      Pero con otro corazón
      Que amaneció a mi lado
      Como si siempre hubiera estado allí
      Para seguir conmigo para siempre.

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    Tus manos

      Cuando tus manos salen,
      Amor, hacia las mías,
      ¿Qué me traen volando?
      ¿Por qué se detuvieron
      En mi boca, de pronto,
      Por qué las reconozco
      Como si entonces, antes,
      Las hubiera tocado,
      Como si antes de ser
      Hubieran recorrido
      Mi frente, mi cintura?

      Su suavidad venía
      Volando sobre el tiempo,
      Sobre el mar, sobre el humo,
      Sobre la primavera,
      Y cuando tú pusiste
      Tus manos en mi pecho,
      Reconocí estas alas de paloma dorada,
      Reconocí esa greda
      Y ese color de trigo.

      Los años de mi vida
      Yo caminé buscándolas,
      Subí las escaleras,
      Crucé los arrecifes,
      Me llevaron los trenes
      Las aguas me trajeron,
      Y en la piel de las uvas
      Me pareció tocarte.
      La madera de pronto
      Me trajo tu contacto,
      La almendra me anunciaba
      Tu suavidad secreta,
      Hasta que se cerraron
      Tus manos en mi pecho
      Y allí como dos olas
      Terminaron su viaje.

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    Tus pies

      Cuando no puedo mirar tu cara
      Miro tus pies.
      Tus pies de hueso arqueado,
      Tus pequeños pies duros.
      Yo sé que te sostienen,
      Y que tu dulce peso
      Sobre ellos se levanta.
      Tu cintura y tus pechos,
      La duplicada púrpura
      De tus pezones,
      La caja de tus ojos
      Que recién han volado,
      Tu ancha boca de fruta,
      Tu cabellera roja,
      Pequeña torre mía.
      Pero no amo tus pies
      Sino porque anduvieron
      Sobre la tierra y sobre
      El viento y sobre el agua,
      Hasta que me encontraron.

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    Vendrás conmigo

      "Vendrás conmigo" dije, sin que nadie supiera
      Dónde y cómo latía mi estado doloroso,
      Y para mí no había clavel ni barcarola,
      Nada sino una herida por el amor abierta.

      Repetí "ven conmigo", como si me muriera,
      Y nadie vio en mi boca la luna que sangraba,
      Nadie vio aquella sangre que subía al silencio.

      ¡Oh amor, ahora olvidemos la estrella con espinas!.
      Por eso cuando oí que tu voz repetía
      "Vendrás conmigo", fue como si desataras
      Dolor, amor, la furia del vino encarcelado

      Que desde su bodega sumergida subiera,
      Y otra vez en mi boca sentí un sabor de llama,
      De sangre y de claveles, de piedra y quemadura.

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    Ya te perdí, mujer

      Ya te perdí, mujer. En el camino
      Me prendiste una lámpara fragante,
      Entonces se aromaron y se hicieron divinos
      Todos estos cansancios humildes y constantes
      No sé si apenas eras una leyenda o eras
      Un río que afluía para todo dolor
      Pero si fue leyenda para mi
      Enfloreciste aromas dentro de mi canción.

      Hiciste un semillero de ilusiones
      Que vivió ingenuamente en mi tristeza.
      Lentamente. Fue el jugo de rencores
      Echados sobre el jugo de rencores
      Sobre el manto de la ilusión ingenua.

      En mi torre de odios tuviste una ventana
      (Un vidrio ilusionado, transparente y gentil).

      Ya se quebró. Es inútil que te llame mi amada
      Porque, mujer, en una negrura te perdí.

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    Yo aquí me despido

      Yo aquí me despido, vuelvo
      A mi casa, en mis sueños,
      Vuelvo a la Patagonia en donde
      El viento golpea los establos
      Y salpica hielo el Océano.
      Soy nada más que un poeta: os amo a todos,
      Ando errante por el mundo que amo:
      En mi patria encarcelan mineros
      Y los soldados mandan a los jueces.
      Pero yo amo hasta las raíces
      De mi pequeño país frío.
      Si tuviera que morir mil veces
      Allí quiero morir:
      Si tuviera que nacer mil veces,
      Allí quiero nacer,
      Cerca de la araucaria salvaje
      Del vendaval del viento sur,
      De las campanas recién compradas.
      Que nadie piense en mí.
      Pensemos en toda la tierra,
      Golpeando con amor en la mesa.
      No quiero que vuelva la sangre
      A empapar el pan, los frijoles,
      La música: quiero que venga
      Conmigo el minero, la niña,
      El abogado, el marinero,
      El fabricante de muñecas,
      Que entremos al cine y salgamos
      A beber el vino más rojo.

      Yo no vengo a resolver nada.

      Yo vine aquí para cantar
      Y para que cantes conmigo.

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    Yo te soñé una tarde

      Mujer, hecha de todas mis ficciones reunidas
      Has vibrado en mis nervios como una realeza
      Llorando en los senderos de la ilusión perdida
      Siempre he sentido el roce de tu ignota belleza.

      Marchitando mis sueños y mis buenas quimeras
      Te he forjado a pedazos celestes y carnales
      Como un resurgimiento, como una primavera
      En la selva de tantos estúpidos ideales.

      He soñado tu carne divina y perfumada
      En medio de un morboso torturar de mi ser,
      Y aunque eres imprecisa, sé como eres, amada,
      Ficción hecha realeza en carne de mujer.

      Yo te miro en los ojos de todas las mujeres,
      Te miro pero nunca te he podido encontrar
      Y hay en el desencanto el encanto de que eres,
      O que serás más bella que una mujer vulgar...

      Te sentirán mis sueños eternamente mía
      Brotando de la bruma de todas mis tristezas
      Como germinadora de raras alegrías
      Que avivarán la llama de tu ignota belleza.

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