Bajo la luz del luminar pequeño, el de la noche, e inmóvil en el cenit.
El escenario: el de siempre. La casa de Leslie. Entramos directamente desde la calle hasta la habitación.
¡Apartemos esta cama y la llevamos hasta aquella esquina, allí no va a estorbar!- Pensamos, dijimos e hicimos todos sincrónicamente-.
La cama levitó y se confinó a una de las esquinas del cuarto, mientras el espejo era llevado al centro de la habitación, entre tres. Éste, que era el objeto más favorito de la gravedad en toda la casa, no se atrevió a moverse por su cuenta (tanto pesaba).
Encendimos las velas una por cada extremo del espejo. Era uno de esos espejos de marco de yeso y modelado después a lo rococó, con todas sus volutas florales y dorado por todas partes, especial para verse desde todos los ángulos, perfecto para la vanidad.
Una vez encendidas las llamas de las velas ascienden y proyectan ya una luz que se refleja doblemente, dos por las velas y cuatro por los reflejos de la superficie. Cuaternidad, uno de los números mágicos del complemento ya que tres no son suficientes, y por eso y con la seguridad de estar completos, nos sentamos en círculo, que estuvo rotundo, como debe ser, cuatro personas a catapultarse, y un testigo.
Marcio hurgó entre sus bolsillos y de ellos extrajo una bolsita de plástico, que desenrolló inmediatamente y de la que sacó la planta elemental para la proyección. Empezó a deshojar las ramas y a elegir los cogollos. Wolfgang le ofreció su ayuda y entre ambos tenían formado en un minuto dos montoncitos, uno con los detritos y el otro con la selección más pura de la planta.
Durante todo este tiempo casi no hubo palabras, excepto algunos monosílabos y los movimientos de las manos ágiles que dejaban o llevaban semillas y envolvían en el papel de liar lo mejor de la colecta. Ricardo, que era el testigo, y yo, estuvimos en completo silencio. Leslie anduvo dando vueltas por toda la casa en la tarea de cerrar todas las puertas de acceso a la calle, no queríamos interrupciones ni advenedizos.
Todos en posición de despegue.
Con ayuda de las velas, Marcio se acercó hacia las llamas y encendió el primero de los tres cigarros: la crepitación en rojo brasa se hizo más notable en la semioscuridad, mientras la humareda subía hasta el techo y otra vez el síndrome boca mano boca mano se hizo presente, hasta que fue necesario poner la segunda carga y que empezase otra vez la circulación, hasta la consumación de la última brizna de la hierba. Todos, excepto el testigo (Ricardo, para que no le olviden, insistió mucho en el detalle), habíamos fumado, por eso era el testigo, pues ya que no tenía confianza en el método, había decidido ser imparcial y sólo presenciar el fenómeno por su cuenta y unos pasos detrás de los proyectiles humanos.
¿Quién empieza?- preguntó Wolfgang. Todos volteamos a ver al más cercano, y los ojos empezaron a sugerir. Como nadie se animaba el más impulsivo, como siempre, fue el que dio el salto y entonces se adelantó Marcio hasta sentarse en el suelo inmediatamente frente al espejo. Se puso delante del espejo el primero, mientras los otros tres nos colocamos, uno detrás de Marcio y los otros dos a ambos lados, pero unos centímetros detrás, de tal manera que todos podíamos tener la imágen del reflejo de Marcio en el espejo. El testigo, sentado en una silla detrás de todos, también tenía asiento de primera fila en el juego de los reflejos.
El efecto esperado llegó sin avisar y por sorpresa, las llamas de las velas empezaron a elevarse y como dos fuegos fatuos iluminaron las oscuridades de los rincones.
Ese es el primer aviso.
El segundo llamado fue cuando a pesar de las llamas una oscuridad envolvente nos circundó a todos y las sombras danzantes empezaron a notarse más en las paredes, imaginamos que tal como las vio Ulises cuando consultó a las almas del Orco.
El tercer paso definitivo fue fijar las miradas en la figura que Marcio proyectaba en la superficie del espejo, especialmente en los rasgos de su cara y de las cuencas de sus ojos, en su mirada. Marcio estaba fijado al suelo como una estaca, sedente, viéndose a sí mismo, sin apartar la mirada de su propia mirada, ni siquiera para parpadear. Los acompañantes hacíamos básicamente lo mismo, fijar nuestra vista a la mirada de Marcio y a lo que he dicho antes, a sus contornos.
La luz proyectada titilaba y las siluetas de la imagen empezaron a cambiar con los vaivenes de la intensidad de luz.
Entonces se presentó el primer antepasado de Marcio, el rostro de la imagen del espejo empezó a trasfigurarse y adoptó una forma femenina, el cabello creció y se recogió después en un moño y se desveló la imagen de una mujer de rasgos orientales, ojos rasgados, de una mirada tan tierna que nos tuvo cautivos un momento, que en estas condiciones no tiene medida, pues se pierde la relación espacial y temporal a la que estamos acostumbrados, una mirada que embelesaba. Luego poco a poco se volvió a disolver en el espejo y no volvió a aparecer más. Atravesamos un breve periodo en que tuvimos empañados los ojos y en breve surgió desde el fondo de la oscuridad de los reflejos del espejo la segunda habitante en Marcio, otra vez una mujer, madura, el cabello otra vez creció pero luego se acomodó a unas trenzas de una mujer de fisionomía indígena americana, que también tenía una expresión muy agradable y un semblante sereno. Permanecimos viéndonos con ella hasta que Marcio rompió la conexión y se levantó.
Entonces pasé a ocupar su lugar.
Y nos catapultamos a no sabemos cuántos años atrás con la mirada, hasta que apareció una nubosidad de mortaja que al dispersarse mostró poco a poco y facción a facción, como desde fondo de un sepulcro, el rostro de un hombre maduro, lleno de pelos en la cara, y renegrido de sufrimientos. Se irguió en pleno, con el parecido a un minero, que sepultado en vida en su tumba mineral, hacía un llamado de atención a fijarse en sus ojos, que profundos y tristes, llevaban a una hondura insondable.
Así estuve y estuvimos viendo al ser que desde el fondo de la tierra clamaba.
A esos yo les llamo los huesos de nuestros antepasados.
Los huesos no rescatados.
Se sabe que Quetzacoátl, en su descenso a los infiernos para recuperar los huesos de sus antepasados, se transfigura en Xolotl, su doble con forma de perro, y que cegado, mortificado y sufriente baja al reino sublunar, a reclamar a los señores del inframundo los huesos de sus antepasados, y que no recuperando todos, los pocos que logra arrebatar a las divinidades ctónicas, al renacer desde el fondo los convierte en las saetas solares, y así nace el quinto sol. Así de luminosa fue mi salida de ese sitio tan oscuro, y tan difícil desprenderme de la mirada anterior a la de hoy. De una mirada así uno jamás se olvida, porque es tu propia mirada desde el fondo de los tiempos.
Cuando a Leslie le tocó el turno de sentarse para encontrarse consigo mismo, tuvimos unos instantes de espera, pues demoró bastante tiempo en disolverse la atmósfera opaca del cristal, hasta que poco a poco emergió llena de pelos, y con unas orejas puntiagudas, la silueta de una mezcla en un cánido humanizado. Al contar esto no puedo dejar de reírme y de imaginarme también tu sonrisa, querido lector o lectora, pues más que temor a una fantasmagoría como ésta es de risa y carcajadas, además sabiendo con las imaginativas bromas que agasajaríamos a Leslie después de la velada (calladamente le decíamos el animal). De tal manera que la divertida figura del licántropo pasó más como una revista de variedades de la noche, hasta que hartos de ella cambiamos de imagen con el siguiente hombre proyectil.
El sondeo de profundidades continuó con Wolfgangm que gracias a una magnífica pirueta de manos y piernas, ejemplo de destreza y equilibrio al pasar entre los que estábamos sentados, se situó en un movimiento de frente a la catapulta, y casi sin espera fue proyectado hacia lo insondable, de tal manera que todos juntos empezamos a ver que de las brumas del espejo empezó a surgir un rostro que eran primeramente unos ojos, porque eran los que definían la visión. Un hombre delgado y con una calvicie avanzada se mostró a los reunidos complementando los rasgos que se ocultaban con la fuerza de la vista, eran como los ojos que todo lo ven, ubicuos, como de esa clase de pinturas de artilugio, que les veas desde cualquier ángulo en que te encuentres o te muevas, te hacen presa de su campo visual y que te persiguen, sea que te desplaces a la derecha o izquierda, abajo o arriba, la vista continúa destrás de vos.
Pero eran unos ojos que tenían algo inquietante, estremecedores, porque estaban inyectados de odio, brillantes de envidia, y no bastando con lo torvo que ya eran, fueron transfigurándose hasta mostrarnos su aspecto menos amable, y de la piel de la cara fue mudando hasta cubrirse de quemaduras cicatrizadas, sinequias, piel derretida, desfigurado, un terrible espectro, que nos puso el corazón a latir como caballo de velódromo, hasta que no soportando más a la visión, Ricardo, el testigo, al que ya teníamos en el olvido, dio un alarido y dijo que se venía ese hombre horrible a salir del espejo y enseguida huyó despavorido con su séquito de horrorizados detrás, y se formó un tumulto a la salida de la puerta de la habitación, luchando todos por no quedar el último, y cuanto más acelerábamos hacia la salida de la casa, más se adelantaba Ricardo el primero, creyéndose que era el calvo de la visión el que ya le tomaba por las espaldas.
Todos, y uno detrás de otro, salimos volando desde la casa hasta la calle, y ya afuera, como de maravilla, se disipó el ambiente opresivo, nuestros ojos se tornaron como brasas, y tomando con más calma el evento y el susto, nos marchamos abrazados a tomar una cerveza a la Colinita del Susto, el bar de la esquina, para disolver los últimos restos de lastre que deja una noche tormentosa.