Me remití a la mirada tierna de Blanca, acurrucada en el escalón de la vereda. Perdida entre arrugas, dejaba caer su
mano a cada paso de los transeúntes. Con una pollera, que recorría las baldosas a modo de lampazo, y un pañuelo ajustado a su
cabeza, imploraba una moneda. Bajo la llovizna matutina o el invierno desatado, siempre estaba allí, con una mueca de
resignación, levantando su rostro dolorido hacia los otros, quienes nunca la veíamos. Yo siempre había querido ponerme en
su lugar, para sentir el peso de la soledad y la desidia. Y esa tarde, lo decidí. Imité su atuendo, y me fui a sentar a su
lado. Al principio sus ojos indignados, parecían ser testigos de una burla, pero luego, al ver mi preocupación para
ayudarla, hizo que entabláramos un diálogo.
La arrebaté con preguntas bienintencionadas, las cuales, me respondió coherentemente. Estaba lisiada, y su marido, la iba
a
buscar siempre a la misma hora; la acomodaba en su silla de ruedas, como a una muñeca de porcelana trunca, y volvían juntos
al hogar, donde su hija la esperaba, con la comida caliente. Esa tarde, su esposo ya no llegaría, me confesó que había
fallecido recientemente, y que necesitaba mendigar para seguir manteniendo su casa. Me sentí aún más dolorida con la
historia, casi al borde de la desesperación. Y pensando en voz alta, me dije: - ¿cómo se puede vivír así?.
Había sentido los ojos de la gente mirarme con desprecio, respuestas evasivas, y gestos especulativos. No pude evitar que
las
lágrimas recorrieran mi piel, como tampoco que la vergüenza se instalara dentro de mi rostro, en una suerte de ofrenda
recogida de la calle. Ella extendió sus dedos, en un lenguaje mudo, para secarme las mejillas. Me dejé mimar por su piel
áspera y sinuosa, abandonando mi vida, bajo el hueco de sus manos. Pero no pude aguantar ni una tarde allí. Sus relatos y la
viudez, junto a la rudeza de la calle, habían surcado en mi cuerpo cicatrices muy profundas. Me fui despacio, con su figura
prendida en mi retina que yacía en el umbral de una puerta, inmóvil de felicidad.
El viento me llevó por otros lados, y otras sombras. Me casé, y nos fuimos a vivír lejos de aquí. Así que nunca más la
volví
a ver.
Hoy, después de varios meses, mi hija Juana, vino a visitarme, con sus collares de perlas y tapado de visón. Yo la recibí
como siempre lo hacía, tendida en la vereda, con un pañuelo en la cabeza, que tapaba mis canas, y mis manos abiertas a las
dádivas ajenas.