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Soy la hija de Borinquen,
mi herencia es el color
de aquellos que sin temor,
hicieron del sol su esfinge
sin huir de su candor.

Soy de cobre como el indio
con el sabor de mi tierra
y Africa en mi cuerpo ondea,
por mis venas corre el ritmo
y el calor de danza negra.

Mi pelo es de tres raíces,
asomando los matices
de india, negra y con suerte
unas hebras que descienden
de unos blancos de otra estirpe

Como sello bien timbrado,
ese recuerdo dejaron
para que jamás se olvide
que a ésta tierra conquistaron.

Si yo fuera sólo india
no sentiría la vergüenza
de haber mezclado el color
con aquellos que sin razón
doblegaron con la fuerza
el orgullo y el honor.

O tal vez siendo sólo negra
el orgullo de mi raza
lo traería en mis caderas
y con turbante cubriera,
mi pelo grifo con pasa.

Pero jamás quisiera ser
del color de la realeza,
ésa que alardea de pureza
con el corazón de hiel.

Mi bisabuelo era esclavo
de los que Francia vendía
y cuando libre se vio
aquí se quedó asentado.

A una rubia conquistó
y por suerte fue aceptado,
una familia fundó
mezclando negros y blancos.

Nacieron unos muy blanquitos
con los ojos bien azules,
otros fueron jabaos
con el pelo emsortijao
y un apellido ilustre.

El negro francés, le llamaban
todos sus conocidos,
porque en tiempo de esclavos
entre las compras y ventas
sellaban con el carimbo
el nombre del señor amo.

Por eso mis parientes inflan
su pecho al decir su nombre
pues es de ilustre familia
y de su estirpe se tildan
sin importarle colores.

Sin saber de qué raíces
aquel negrito arribó,
como joven él murió
dejándole nombre y estirpe
y sin nadie que lo averigue
ése nombre se quedó.

A mí me cayó el castigo
de ser una negra guapa,
porque mi padre era indio,
mi madre de piel de esclava
pero con ojos castizos
y un salero de africana.

Pues yo, su hija adorada
me enamoré de un negrito
pero ellos huían de su raza
y me tenían un blanquito
para que yo me casara.

Era entre ellos el lema
que para que su color aclare
tenía que ser con la mezcla
de negro y blanco el enlace
pues así su herencia
iba adquiriendo linaje.

Doblegándome esa fuerza
a un blanquito conquisté,
y una boda por lo alto
allá en New York celebré.

Me quiso el blanquito aquel
y yo le adoré también,
pero éste descendía
de la misma sangre mía,
y por mala suerte fue
de los peores que había.

Luego añoré mi negrito
que pudo ser mejor,
pues aunque no era bonito
su corazón enterito
lo iba a disfrutar sólo yo.

Es por eso que me disgusta
escuchar que el blanco es tan puro,
cuando Dios fue tan justo
que sólo en el alma busca
la grandeza, no blancura,
ni algún color que cause orgullo...

Autor: Carmen Flores
(2000)

Este poema fue publicado en la revista,AIMIAR
de España
por Pedro Martínez.

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