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HISTORIA

09 de March de 2006

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HISTORIA DE LA CHARRERIA

 La Historia antigua de México floreció hacia la parte sur de la línea imaginaria trazada. El pueblo de México-Tenochtitlán era el principal del territorio del Anáhuac: se asentaba en la altiplanicie, entre valles y lagunas. Desde aquí tuvo su proyección militar, económica y cultural, con influencia efectiva hasta Centroamérica.

 

La ciudad azteca imperó desde 1935 hasta 1521 y con la acción de los guerreros de la Triple Alianza (México, Tacuba y Descocó), dio a su denominación la apariencia de una cultura unitaria.

 

En el siglo XVI los hombres de a caballo sojuzgaron a México-Tenochtitlán, e impusieron la dominación con la imperial de Carlos V, que fue cristiana, española y de aprovechamiento económico.  

México-Tenochtitlán tuvo una admirable organización en lo político, religioso, económico y social. Testimonian Hernán Cortés y Bernal Díaz del Castillo, cuando en sus crónicas describen la plaza de Tlatelolco; comentan que había orden, policía autoridad y dicen que se conseguían todos los productos de la tierra, fueran de labranzas explotadas en el Calpulli (maíz, chile o verduras), en las chinampas, o animales de crianza, asimismo; se vendían objetos muy estimados y de gran valor por los chalchihues, las plumas exóticas y caracoles rojos.

  

Aquella sociedad de trueque, no pocas veces utilizó el cacao como moneda, aunque también era un producto de consumo.  

Cuando los conquistadores españoles desembarcaron con Cortés en México en 1519, traían consigo 14 caballos. Para la población indígena que nunca había visto antes al animal, caballo y jinete lo confundían en un solo ser; para los españoles en cambio, el noble bruto constituía un indispensable medio de transporte y conquista.  

 

Con las huestes del extremeño llegaron 16 caballos que en Tabasco hicieron por primera vez su aparición bélica con 'pretales y cascabeles', mostrando el arte de montar a los aborígenes. Bernal Díaz del Castillo, conquistador y hombre de campo, entendido en equinos, supo relacionarlos con los nombres de sus dueños. El dato es interesante, porque aquellos caballos y yeguas, fueron los primeros que trotaron por el territorio: sin embargo por razones de tiempo y de la guerra no deben considerarse aún como la simiente de la caballada mexicana.  

 

He aquí la lista de Bernal Díaz: "un caballo zaino, una yegua alazana muy buena, de juego y de carrera; una yegua rucia de buena carrera; otra yegua rucia muy poderosa, un caballo castaño oscuro muy bueno y gran corredor: un buen caballo castaño, perfecto castaño, buen corredor; un caballo overo, labrado de las manos y era bien revuelto; un caballo overo, algo sobre morcillo, no bueno para cosa ninguna; un caballo muy bueno de color castaño algo claro y muy buen corredor, es muy buen caballo oscuro, que le decían el Arriero y una yegua castaña que parió en el navío; es decir el primero nacido en tierra mexicana. Por el lienzo de Tlaxcala, conocemos las 17 marcas de los hierros quemadores; y por cierto, los caballos se herraban del lado de la garrocha; y además se aprecian caballeros montados que llevan el muslo vertical y a partir de la rodilla la pierna se dobla hacia atrás, para conservar el contacto con el flanco del caballo".  

 

Aunque sin descripción, participaron más caballos en la conquista de México. En efecto, tuvo refuerzos la pequeña tropa de Cortés. Apenas fundada la Villa Rica de la Veracruz, llegaron y se le incorporaron Francisco de Saucedo con un caballo y Luis Marín con una yegua.  

Los caballos traían un arnés o armadura llamada barda; era de baqueta o de fierro o de ambas cosas, y les protegía cabeza, cuello, el pecho parte de las piernas y las ancas.  

 

La silla brida tenía menos altos los borrenes, con estribos largos, siendo anchas las camas de freno; a la brida montaba la caballería pesada. La silla media, entre la jineta y la brida, así como al modo de andar en ella se le decía bastarda. La silla estradiota tenía borrenes en que se encajaban los muslos y los estribos eran largos y anchas las camas de los frenos, el jinete cabalgaba con las piernas extendidas, y se le nombraba estradiote. Los caballeros usaban espada, puñal y una lanza, la jineta era corta, con el hierro dorado, y a veces con una borla en la guarnición. La estradiota era muy larga, con dos tiras de hierro hacia abajo, a veces llevaba arandela para resguardar la mano.  

 

Los caballeros portaban armadura, a veces mallas, yelmo y rodela. La caballería fue un arma de gran provecho en la conquista,  y aun muchos años después, exploraba e iba al descubierto  a buen trecho de los infantes. Existen unos estribos, hallados en los médanos de Veracruz: son romos por la parte que roza la barriga del caballo, y hacia afuera y por debajo del pie llevan cuchillas, así se comprende por qué los jinetes también se defendían con los pies. 

   Hasta 1619, los caballos estaban prohibidos para los indígenas y los criollos, aunque fueran descendientes de reyes.  

Conocido es que la legislación europea fue inflexible para castigar a los infractores hasta con la pena de muerte. En 1619 , el virrey Luis de Tovar Godínez otorgó el primer permiso escrito para que 20 indígenas en la Hacienda de San Javier (en Pachuca, actual capital de Hidalgo) "pudieran montar libremente caballos con silla, freno y espuelas. Las necesidades rurales variaron las circunstancias, pues se precisó de la ayuda de los aborígenes para la guerra y los servicios rurales.  

Se puede imaginar que, cuando los indios y los mestizos, al principio considerados bastardos, quedaron frente a los caballos y los bovinos tuvo lugar la más remota escena charra y cuando se integraron a las faenas campiranas, primero a pie y luego montados,  ofrecieron el más antiguo cuadro de la charrería mexicana, que nació en forma modesta y con previo permiso oficial.

 

Con el tiempo, el jinete mexicano se haría famoso por su destreza como vaquero, pero hubo de pasar mucho tiempo para que formara parte de la civilización a caballo, ya que la discriminación racial retrasó el proceso; sin embargo, desde el siglo de la conquista, se reconoció en España la calidad de nuestros primeros jinetes.   

 

Desde fechas tempranas del siglo XVI, en la Nueva España, hubo crianza de caballos, yeguas y bovinos. Cuando los conquistadores y después los colonizadores eventualmente perdieron sus monturas, en las empresas de conquista y pacificación , la caballada extraviada se reprodujo en las montañas, la selva y los campos de agostadero y nacieron buen número de potros y potrancas que los indios domaron y amansaron para su servicio. Por eso los fierros sirvieron para localizar los mostrencos y también para responsabilizar a los dueños por los destrozos y daños causados en sus campos por estos animales.  

 

 

Los indios y los mestizos, tuvieron impedimento expreso para montar a caballo: "El indio, aun el descendiente de reyes, no podía ser caballero, pues sería enjuiciado bajo pena de muerte", en 1572, consignan la prohibición para que éstos anduvieran a caballo o en mula, todavía el 11 de enero de 1611, la legislación indiana estableció: "no consientan que los indios traigan armas y anden a caballo".  

 

En la vida práctica atendieron junto con los mestizos las necesidades rurales de las estancias ganaderas, de los criadores de vacas, yeguas, poseedores de su hierro marcador  que estaban registrados en el ayuntamiento (1529), y se conoce la lista de las primeras 24 personas dedicadas a estos menesteres, mismos que padecieron necesidad de pasturas y yerbas; hubo entonces mucho trabajo para los herraderos (en un tiempo fue más barato herrar con plata que con hierro, ya que este último era más caro por ser de importación ), y calzaban los caballos para los albéitares que curaban los animales  (Cristóbal Ruíz fue el primer herrador. 1525) Así cobró impulso el oficio de la correduría de bestias (remates, proveeduría de empresas, etc.)  

 

Al principio, los españoles les tramitaron los permisos requeridos para montar y para lo referente a su indumentaria. A partir de su miseria confeccionaron sus atuendos y ya desde la época precortesiana, tejían telas de algodón; así mismo, cuando conocieron la  lana, usaron este material, lo mismo que las fibras de maguey, la lechuguilla o el algodón para hacer reatas y, poco a poco, todo fue tomando carácter y estilo; con pieles de venado confeccionaron prendas para protegerse sobre el caballo a realizar las faenas campiranas, y aprendieron a elaborar sus propios fustes en una época en que, inclusive, para los españoles era difícil la adquisición de equipos y clásicos de la jineta y arreos. Por eso hubo muchas mixtificaciones y un estilo peculiar para montar, enjaezar a los caballos y para ataviarse.  

A don Luis de Velasco I, los charros lo toman como el inventor de la silla vaquera y del freno mexicano.  

Don Luis de Velasco I merece un espacio especial en este relato, porque con su sello gobernante (1550-1565) favoreció a los caballeros y dio auge a la cría de caballos; tal ambiente acusa a su época.  

Suárez de Peralta, historiador contemporáneo, gran jinete y autor de un libro de equinos, narra que don Luis de Velasco I fue amante de los Indios y que "tenía la mejor caballeriza de caballos . . . los mejores del mundo y muchos, y muy liberal de darlos a quien le parecía.  

La gente de a caballo participaba en diversos actos solemnes, o simplemente montaba por gusto. Cuando la frecuencia de los alardes fue menguando, tomó gran forma y tradición el paseo del Pendón, para conmemorar el 13 de agosto (San Hipólito).  

En aquella época con el virrey, todas las autoridades y religiosos, desfilaban ostentando aparejos de lujo en las sillas de montar y en las espuelas, además de joyas, etc., marchando desde los mejor ataviados hasta los viejos conquistadores con sus armaduras y yelmos aboyados, que por sí mismos aludían a todas las batallas en que habían participado. Al decaer este paseo, tomaron auge los juegos de cañas.  

No había caballero que no se empeñara en participar en dichos juegos, cuyo desarrollo y lujo fue proverbial. Se  celebraban para festejar la llegada de los virreyes, la dedicación de un templo, la jura de un monarca, los onomásticos de los principales, etc. se realizaban en la Plaza del Volador, donde se ponían graderías y cajones, adornados con ricas colgaduras del Oriente; los sirvientes llevaban las varas para "alancear" toros y las cuadrillas de cuatro a diez caballeros, hacían entradas y evolucionaban simulando combates, hacían alardes de habilidad y todo era digno de admiración.  

En el siglo XVI, el virrey Velasco I emprendió la conquista de Querétaro (chichimecas) y autorizó bestias y armas para dos caciques aliados que fueron los pioneros de la charrería: Nicolás Montañas de San Luis, descendiente de nobles de Tula y Jilotepec. Asimismo, es importante el instructor portugués dominico, fray Pedro Barrientos, quien enseñó a los indios la cría y conservación de los caballos y el arte de dominarlos, montarlos y correrlos.    

Pero a quien se reconoce como máximo profesor de equitación, es el beato Sebastián de Aparicio (1502-1596); actualmente en proceso de canonización y cuyo cadáver incorrupto se conserva en la Iglesia de San Francisco, Puebla, considerado mentor en las labores del campo (siembra y pizca, carga y desgrane de maíz, cosecha de trigo, fríjol y tareas de riego), guía de los indígenas en la realización de las faenas de domesticación y aprovechamiento de las bestias: tiro, carga y después a la silla, instruyó a los arrieros, inventó una carreta tirada por dos bueyes para sustituir la carga de los naturales y enseñó a manejar una buena yunta.  

Aparicio adquirió la hacienda de Careaga, ubicada entre Azcapotzalco y Tlalnepantla y en ella se dedicó a la agricultura y a la ganadería, lo mismo que a enseñar a los aborígenes a sembrar maíz y trigo.  

Adiestró a estos a la doma de bovinos y, cautelosamente, en la de caballos, práctica o habilidad que era exclusiva para los españoles. Por esto, se le tiene como el verdadero precursor de la charrería, arte local que poco a poco se extendió  desde la mesa central; principalmente del actual estado de Hidalgo, a los confines del Virreinato.  

Los criadores de caballos que proveyeran a los expedicionarios fueron los que propiamente armaron el espacio o zona para que naciera la charrería.  

Para fines del siglo XVIII, la Nueva España era francamente una tierra de jinetes y ya había aparecido el charro mexicano con sus propios rasgos.  

Por su parte Leovigildo Islas Escárcega, refiriéndose a los inicios de la charrería, resume así: "cuando se extendió el uso de los caballos entre los habitantes de nuestro país, sin distinción de castas y jerarquías, debido a las necesidades de la vida del campo en la concerniente al manejo de ganado mayor, surgió la charrería entre los servidores de las grandes haciendas, donde los animales equinos y bovinos, se contaban por millares. Expertos vaqueros y caporales, hombres de campo en general, consumaban admirables maniobras en las que campeaban el arrojo y la destreza, en herraderos, tuzaderos o por simple divertimiento o traveseada. Durante mucho tiempo, la ejecución de estas rudas faenas fue el dominio exclusivo de la gente campirana, y en un prolongado lapso se intensificó, con modalidades propias y singularísimas, la suerte de lazar, creándose la de colear, que en ninguna parte del mundo se ejecuta como en México."  

 Madame Calderón de la Barca, con hermosa pluma y gran finura, relata cómo el Presidente, general Anastasio Bustamante, recorría la ciudad a caballo. Cuenta de sus viajes a caballo por la campiña mexicana y de sus peligros, tratando con excelencia los asuntos de herraderos, de coleadas y sucesos taurinos, y de la tradición de la gente montada de México, por lo que nos damos cuenta del ambiente de los charros en 1843.  

La dirección de Acción Cívica del Departamento del Distrito Federal, oficializó la costumbre a partir de 1930, autorizando concursos de charros y otorgando premios y con dicha motivación se agregaron otras suertes, tales como coleaderos, lazos, jineteadas, etc.  

Es innegable que los charros actúan con la autenticidad de un producto cultural mexicano cuya "solera", de origen mestizo, tiene más de 450 años de "añejamiento", no obstante, fue hasta 1932 cuando empezó a celebrarse el día del charro.  

En lo que atañe a la charrería y a Maximiliano, ha de considerarse que el noble nacido en el palacio de Schöenbrunn (6 de julio 1832), quiso gobernar para todos los mexicanos, aunque falló en su intento. Al llegar lo cautivó el país y el arte de la charrería. Maximiliano se vistió de charro, su ropa fue confeccionada ajustándola, en lo general, a la idea de la ropa charra aunque de paño negro, pero tuvo detalles muy propios, como la chaqueta recta, corta y sin adornos, pantalón cerrado adornado con doble botonadura, desechando las botas altas de gamuza; gustó de tocarse con un sombrero negro de ala planchada, con toquilla y galón de plata; sin embargo elevó y ennobleció la prenda no para hacerse popular.  

 

Los charros fueron determinantes en la lucha para obtener la independencia política y después para mantenerla. A partir de 1810 son mexicanos patriotas y ya con derecho a tener caballos y ser caballeros, representaron la insuperable arma de la caballería, pues las cargas causan mucho daño y los equinos son insustituibles en los terrenos difíciles. Los hombres de a caballo, los vaqueros y los charros que montan con galanura pueden penetrar en la montaña por los sitios más intrincados, por veredas o abriendo brechas y en la selva o por los breñales y mezquitales.  

La monta en la silla mexicana, con reata, sarape y armas con tapaderas en los estribos, ofrece muchas ventajas en el terreno práctico; como también el llevar chaparreras. Esto cobra sentido si recordamos que el verdadero charro es quien jinetea, colea y laza pues la reata sirvió de arma adicional y brutal, para mantener al enemigo, para capturar cañones, o gringos, zuavos belgas y austriacos.  

 

Desde la conquista los indios conocieron las cargas de caballería con la lanza en ristre; pacificada la tierra, tanto los indios como los mestizos admiraron la monta, los juegos de cañas y las sortijas; y vieron  "alancear" y "desjarretear" toros. Cuando fueron vaqueros y se improvisaron como charros, cuidaron el ganado menor y mayor y lo arriaron primero con garrochas de otate y después usando maravillosamente la reata.  

  

El indio llamó china a su mujer, por su aspecto y su atavismo oriental; la china llamó a su hombre chinaco, y de ellos abundan cuadros con escenas costumbristas donde aparecen con su indumentaria, que varía según la época. La evolución de la vestimenta es esencial para la charrería, porque del calzón blanco se llegó al traje vaquero o campirano y de éste al de plateado, de chinaco, de rural y de charro, quien con la china poblana representa la esencia de lo mexicano. 

 

Respecto a la china poblana cuenta la leyenda que una princesa china llegó a la Nueva España en la nao de Filipinas, la dama, recordando su origen, confeccionaba sus trajes al estilo de su tierra, mismos que se copiaron, pasado el tiempo acabó  sus días en Puebla, entregada a la Religión  y en una total pobreza. Hay otras versiones sobre el origen que nos ocupa, la que refiere que las mujeres compraban en las ferias mexicanas, objetos y paño de seda provenientes de la nao de Filipinas, y que luego cosían para usarlos como falda.  

 

Geográficamente los charros tienen una zona de influencia, pues este arte nació en los estados de Hidalgo y de México y se extendió a los limítrofes con el D.F. del Centro se desplazó hacia el Bajío y tomó sus características en Guanajuato, San Luis Potosí, Michoacán, Guerrero, Colima y especialmente en Jalisco, donde la indumentaria configuró al "típico" charro y a su "china poblana".  

   

 

La Revolución Mexicana significó la lucha armada del ejército federal contra el pueblo mestizo, por lo general bien montado y convencido de sus causa. Los charros "entrenados" en las faenas campiranas de los ranchos y de las haciendas como miembros de las defensas civiles, lucharon en los  estados de Chihuahua, Durango y Coahuila, prestos a vencer al enemigo.  

Los rurales como corporación, dependieron en un principio de la Secretaría de Guerra (1861-1866) y posteriormente, hasta su disolución, de la Secretaría de Gobernación. Como voluntarios fueron leales, honrados y siempre prestaron un buen servicio y, como charros, fueron amantes del orden; se vestían con la clásica indumentaria  y llevaban sombrero gris galoneado de plata; los jefes traían anchos galones. El general Francisco M. Ramírez. "príncipe de la charrería" que había peleado en las guerras de Reforma e Intervención, fue su último inspector general durante el porfirismo.  

 

Sin minimizar la importancia de las infanterías y de la artillería hay que reconocer que las batallas más espectaculares  de la revolución las protagonizó con decisión y maña la gente montada, mostrando en sus acciones la destreza y el oficio campiranos.  

La revolución nos heredó magníficos jinetes como los generales Joaquín Amaro, Manuel y Maximiliano Ávila Camacho, Humberto Mariles entre muchos otros. Todavía es notable la  fuerza montada del ejército y, con ella, los charros que oficialmente están considerados reserva armada, razón que les autoriza concluir las paradas militares del 16 de septiembre.  

 

Los indígenas, durante el tiempo de la Colonia, en casi todo lo que hacían eran menospreciados, vejados y juzgados con rigidez, por tanto siendo el caballo un animal muy útil en la conquista, le tuvieron gran estima y no fue fácil permitir que los recién conquistados, los tuvieran, ni siquiera para amansarlos, pues se temía que descubrieran uno de sus secretos claves en la lucha por la conquista y los derrotaran.

 

Una de las primeras autorizaciones de que se tiene conocimiento - porque existe escrito -, fue la otorgada por el Marqués de Guadalcazar Don Diego Fernández de Córdova, quien otorgó autorización por mandato del Virrey Luis de Tovar Godínez al padre jesuita Gabriel de Tapia - procurador de la Compañía de Jesús - para que 22 indios, montarán a caballo, y así poder cuidar y pastorear más de 100 mil cabezas de ganado menor pertenecientes a la Hacienda de Santa Lucía, filial de la de San Javier en el distrito de Pachuca - ahora Estado de Hidalgo -. Esto ocurrió el 16 de noviembre de 1619, en la primera mitad del siglo XVII..

 

Ya en 1555, segunda mitad del siglo XVI, el segundo Virrey de la Nueva España, Don Luis de Velasco, había puesto en uso una montura distinta a la que usaban los españoles; así surgieron las primeras sillas mexicanas y los primeros frenos de estilo diferente, con características propias para las necesidades vaqueriles de la Nueva España.

 

Los caciques Otomíes, Nicolás Montañéz; Fernando de Tapia y el instructor Fray Pedro Barrientos, contribuyeron mucho a la cimentación de la cacharrería. ( Años 1531 a 1555 ). Por ese tiempo el santo varón Sebastián de Aparicio, adquirió la hacienda de Careaga, - entre Azcapotzalco y Tlalnepantla, en el Estado de México -, donde de se dedico a la agricultura y la ganadería, enseñando los indígenas que no mostraron interés en la agricultura una nueva actividad; la doma de bovinos y más tarde la del ganado caballar, a pesar de estar prohibido hacerlo, pues su uso era reservado sólo a los conquistadores. Surgiendo así este nuevo oficio que luego se extendió floreciente desde la Mesa Central, a todos los confines del Virreinato con el nombre de Charrería. Este ejemplar y virtuoso varón a los 71 años dejó la actividad civil donando sus propiedades al convento de Santa Clara en el Estado de México.

 

Así nació la charrería en las haciendas de los estados de Hidalgo, - cuna de la Charrería -, Puebla y Estado de México, extendiéndose más tarde por toda la Nueva España y floreciendo en el Virreinato de la Nueva Galicia, - actual Estado de Jalisco y sus alrededores-.

 

Posteriormente y poco a poco la Charrería creció, al generalizarse el uso de los caballos entre los habitantes de nuestro país, donde los hacendados y sus servidores de confianza hacían gala de su pericia y destreza en el manejo de los animales, consumando útiles y valiosas maniobras con arrojo, valentía y pericia.

 

En 1880 la Charrería profesional tuvo su origen, fue entonces cuando apareció el famoso "Charro Ponciano” cuyas hazañas reconocemos por los corridos y canciones.

 

Su nombre fue Ponciano Díaz, originario de la Hacienda de Atenco, en el Estado de Hidalgo - la primera ganadería que se estableció en América -, dio gran impulso e incremento a la Charrería, convirtiéndola en espectáculo de valentía y pericia digna de admirar. Combinaba la Charrería con la Tauromaquia, siendo así el primero en ejecutar la suerte de banderillas a caballo, inventada por Ignacio Gadea, otro charro mexicano, que perteneció al equipo de Don Ponciano Díaz, junto con Agustín y Vicente Oropeza, Celso González, Vicente Conde y Manuel González Aragón, pioneros de la Charrería actual con quienes partió a España en 1889, a dar una exhibición de Charrería y Toros al estilo mexicano.

 

 En 1894 se reunió en Monterrey un grupo de 12 Charros capitaneados por Vicente Oropeza que salieron por primera vez a Nueva York y recorrieron varios lugares de aquel país con grandes éxitos. A Vicente Oropeza los norteamericanos le dieron el calificativo de Campeón de Lazo en el mundo, sorprendidos de la maestría y destreza con que floreada y lazaba.

 

En 1900 hubo otra expedición de charros a París, promocionando el arte de la Cacharrería, quienes después viajaron a Europa con otros grupos de charros, los que regresaban contentos y gloriosos por la aceptación de lo que exhibían.

 

De entonces a la fecha, se han efectuado muchas excursiones al extranjero llevando esta inmortal tradición y arte. La mayoría a países donde existe alguna tradición relacionada con el uso del caballo, entre los países que sobresalen están: Argentina, Colombia; Venezuela, Chile; Estados Unidos, Canadá, España, Francia y Portugal.

 

La Charrería ha sido tema de poetas, pintores, músicos, historiadores, artesanos y personas de reconocida cultura; todos ellos amantes de nuestras tradiciones y raíces.

 

La Charrería por otra parte esta relacionada con la sastrería, sombrerería, platería, zapatería, fustería, talabartería, curtiduría, fabricación de sarapes, elaboración de reatas, herrajes, bordados y trabajos en pita. Así que, adentrándose en el tema de la Charrería, resulta interesante hasta para tomarlo como un tema para un programa cultural, a nivel escolar por tratarse de un valor histórico muy importantes.

 

La Charrería fue declarada “Deporte Nacional” por el Sr. presidente de la República Don Manuel Ávila Camacho, e instituido el 14 de septiembre como “Día del Charro”.

 

Por lo cual debe quedar claro que la Charrería nació en el campo y se reglamento en la ciudad, surgiendo la primera asociación en el Distrito Federal, con el nombre de “La Nacional” el 4 de junio de 1921. Posteriormente surge el 29 de abril de 1923, la segunda asociación de la República con el nombre de “club Nacional de Charros Potosinos”, ahora Potosina de Charros en la capital del Estado de San Luis Potosí y, el 8 de agosto de 1923, en Toluca Estado de México, la tercera asociación de charros del estado de México.

 

El 16 de diciembre de 1933 se funda la Federación Nacional de Charros que se dio a la doble y fructífera tarea de agrupar a todas las asociaciones de charros del país, para organizar competencias y elaborar un reglamento común que unificará criterios en la práctica de este deporte nacional.

 

La práctica de la Charrería se divide en 10 suertes, llamadas así porque el éxito de la ejecución dependerá en gran parte de la voluntad de la bestia con la cual se van a ejecutar, pues aunque exista la experiencia suficiente, en algunas ocasiones el animal no se presta y estas ejecuciones no se realizan con el lucimiento y éxito esperados.

 

El deporte de la Charrería está catalogado como uno de los más completos porque se practica al aire libre y en el se activan todos los músculos del cuerpo al comenzar el movimiento del caballo, o al aplicar la fuerza de poder a poder con los animales que están siendo sometidos.

 

Los Charros no perciben sueldo por actuar, aunque tengan que recorrer grandes distancias para hacerlo, y la cooperación que el público da por presenciar una charreada, subsidia parcialmente los gastos de la misma, siendo que el saldo lo pagan los integrantes del equipo o a veces toda la asociación. Ahí estriba también la nobleza del deporte, pues arriesgan su integridad siempre, desde que comienza su relación con el caballo, quien no tiene palabra de honor por nada y menos en cuestión de temperamento. Por lo cual se dice que, en el momento de meter el pie en el primer estribo, se toca el escalón más importante para llegar al cielo, acortando así la distancia entre este mundo y el de la eternidad.

 

Es el único deporte en el cual pueden quedarse a deber puntos, por no ejecutar las suertes bien, de tal modo que su resultado podría ser de 0 por no ejecutar la suerte, meno los puntos que acumule negativos como sanción por hacerlo además mal.

 

Cada año se ejecutan competencias entre los equipos del Estado para eliminarse y tiene derecho a competir en el Congreso Nacional, donde se eliminarán entre todos los de la República, para seleccionar a los mejores equipos del país. Tanto en los Congresos Estatales como en los Nacionales.

 

Los Congresos Nacionales de Charrería son muy solicitados por los gobiernos de los principales Estados, por la afluencia turística que éstos generan y por la difusión que se da a una importante tradición..

 

La Charrería esta considerada como reserva del Ejército en la rama de caballería, por lo que además de la disciplina deportiva, existe la obligación de observar ciertas normas adicionales al deporte.

 

En la Charrería todo esta reglamentado, hasta el modo de vestir; por lo cual conviene leer algo relacionado con la misma señalado en el reglamento de competencias. Para vestir con propiedad, pues debemos tener en mente que los colores adecuados en la práctica de la Charrería, deben ser colores serios, quedan eliminados - definitivamente - aquellos que son llamativos. Nunca deben verse en la Charrería, todos los tintes claros que denigren o pongan en tela de juicio la virilidad de quien los usa.

 

Actualmente, los adornos de las chaquetas deben ser sobrios y de buen gusto;  pues en estos tiempos lo más sencillo es lo más moderno, a excepción de los trajes y pantalones " cachiruleados” o adornados en minuciosa y artesanal combinación de gamuzas cortadas con gran maestría y esmero, lo que resulta ser una valiosa artesanía.

 

La camisa, cuando se usa con traje debe ser clara, estilo Charro, con botones de hueso en forma de pequeños bolillos alargados, a los cuales se les denomina " Tarugos " tomado el nombre de los trozos de madera prismática que se usaba en algunos pisos antiguos.

 

La corbata debe ser en forma de moños y en colores serios, siendo el color rojo el único permitido; por ser alegre y combinarse con todo.

 

Los zapatos deben ser de una pieza y contar con tacón plano espuelero. Cafés en sus distintas tonalidades, y grises ( éstos últimos más difíciles de combinar ) usando negros sólo con traje negro, o muy oscuro y de preferencia cuando no se necesite montar.

 

 

Para abreviar, sólo recordaré que actualmente existen cinco atuendos reglamentados por la Federación, estos son: el de Faenas, Media Gala, Atuendo de Gala, Gran Gala y Etiqueta ( estos dos últimos propios para usarse en ceremonias especiales o fiestas de noche) 

 

Lo menos que debe usar quien desee o practique la Charrería, es el traje de Faena. Este consiste en un sombrero liso de fieltro o Palma, camisa estilo pachuqueño, de cuello pegado o corto, tipo militar, pantalón de corte charro, aunque sea sin adornos, botines estilo charro, corbata de moño en color serio, espuelas y chaparreras.

 

En otros tiempos no había tantos escrúpulos en el uso del atuendo charro por qué estas actividades se desarrollaban sólo en el campo, pero ahora debe presentarse el Charro vestido lo mejor posible, o sea con la mayor propiedad, conservando así la tradición y una personalidad uniforme de categoría y buen gusto. Y, en esto debe tenerse cuidado, pues con frecuencia vemos algunos cantantes, artistas y mariachis, portando trajes charros que denigran a la Charrería; además usan el pelo largo, lo cual también está prohibido por el reglamento de Charrería, por ser anti estético, antihigiénico y de poca personalidad.

 

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