EXPERIENCIA 1
Me llamo Thomas Beresford, y quiero relatarles un suceso, del que
fui, a mi pesar, parte y protagonista. Un suceso, que escapa a la razón humana.
Corría el invierno de mil novecientos noventa y cinco, y yo, acababa de heredar
una pequeña cabaña de montaña, propiedad de un viejo tío abuelo mío, por parte
de padre, al que tan sólo había visto un par de veces cuando niño, y del cual,
no guardaba el más mínimo recuerdo, ni bueno, ni malo.
La propiedad en cuestión, se hallaba en un pequeño pueblo, más bien una aldea,
llamado: “Big Mount”, ubicado en la ladera de una ridícula colina, en cuya cima,
se encontraba la casita de mi antepasado.
A decir verdad, los problemas comenzaron nada más bajar de mi coche, y preguntar
a uno de los lugareños por la vieja casa de mi tío abuelo.
-¿Se refiere a la cabaña del viejo Beresford? -El hombre, me dedicó una mirada
larga, me observó, de arriba abajo, y meneó la cabeza-. Olvídese de ella, vuelva
a la ciudad, éste no es un pueblo para la gente de la capital.
-¿Qué quiere decir? -Le pregunté, un tanto mosqueado, por el comentario del
aldeano-. Mi tío abuelo me ha dejado la cabaña en herencia, y me gustaría saber
en qué condiciones se encuentra.
-¡Vuelva a su casa! -De repente, para mi sorpresa, el tipo, se lanzó a correr,
mientras se santiguaba-. ¡No se acerque a la cabaña del viejo Beresford, si
aprecia su vida, amigo!
Yo, como es lógico, me limité a sonreír, y entré en el que parecía ser el único
bar del pueblucho.
-Buenas -me acerqué a la barra, e intenté mostrar mi mejor sonrisa.
-¿Qué desea? -El barman, me dedicó una extraña mirada.
-Una cerveza, por favor.
-No nos gustan los forasteros.
-¿Eh?
-Somos como una gran familia -el hombre, sacó una cerveza de la nevera y, tras
abrirla con el abridor, añadió-. No nos gustan los extraños. Haga lo que tenga
que hacer, y lárguese del pueblo.
Yo, sorprendido y dolido por el comportamiento del dueño del local, tomé le
botella de cristal, y me senté en una de las mesas del lugar, la más cercana a
la puerta, lejos del resto de los clientes, que me miraban, y murmuraban.
Estaba a punto de marcharme del bar, cuando, un hombre, elegantemente vestido,
se acercó a mi mesa, y se sentó. Llevaba un maletín de piel en su mano
izquierda.
-¿Es usted Thomas Beresford? -Me tendió su mano derecha.
-Así es -se la estreché, al tiempo que le miraba a los ojos-. ¿Puedo saber con
quién hablo?
El tipo, sin embargo, parecía no haberme escuchado, y se limitó a abrir el
maletín encima de la mesa, y a sacar un puñado de papeles.
-Me llamo Robert Bakerson -me tendió uno de los papeles-. Era el Abogado de su
tío abuelo.
-Ah -me limité a tomar el folio que me ofrecía, y a leerlo por encima, sin
demasiado interés.
-Estoy aquí por deseo expreso de Mr. Beresford -el hombre, seguía hablando-; me
pidió, antes de morir, que le acompañase a la vieja cabaña, para atestiguar el
buen estado de la misma.
-Si mi tío lo creía conveniente -le devolví el documento-. No voy a ser yo quien
le niegue su última voluntad.
Tras unos breves instantes de charla, Bakerson, se ofreció a pagar mi cerveza, y
su “Gin Tonic”, y salimos del local.
-Gente hostil -me susurró, mientras caminábamos, intentado evitar los charcos
formados por las recientes lluvias, hacia mi viejo “Ford” del 65-. El viejo
Beresford, no se llevaba muy bien con la gente del lugar.
-La gente de los pueblos, ya se sabe -para mi sorpresa, me vi intentando
justificar la hostilidad de los lugareños, mientras daba la vuelta a la llave
del contacto.
-En fin -Bakerson, suspiró hondo, y se acomodó en su asiento.
El coche, se puso en marcha, con un leve petardeo y, diez minutos más tarde, nos
encontrábamos a la puerta de la cabaña del viejo Beresford.
-Bien -Robert Bakerson, maletín en mano, se apeó del vehículo, y caminó hacia la
casita de ladrillo y madera-; hemos llegado.
-No parece estar en mal estado -comenté, más para mí que para mi compañero.
-No, su tío abuelo sabía bastante de albañilería y algo de carpintería. No le
resultó difícil conservar la cabaña en buen estado.
De repente, me di cuenta de que, ni tan sólo sabía de qué había muerto mi
antepasado, ni la edad qué tenía y, en un leve susurro, se lo pregunté al
Abogado.
-Oh, no se preocupe. Murió de viejo -Bakerson me dedicó una sonrisa casi
paternal-. No sufrió.
-Ah -me limité a asentir con la cabeza, mientras abría la puerta de la casita.
He de decir, en honor a la verdad, que la cabaña, por dentro, no tenía que
envidiar a ninguno de los lujosos apartamentos del centro de Los Ángeles y que,
el viejo Beresford, había sabido conservarla a la perfección, sin privarse de
ningún lujo. Televisión, aire acondicionado, dos cuartos de baño, una pequeña,
pero completa cocina, tres dormitorios, y una acogedora sala de estar, que hacía
las veces de comedor, con una pequeña chimenea de ladrillo.
Tan ensimismado me hallaba examinando todas las estancias de la cabaña, que no
me di cuenta de que Bakerson, había sacado una libreta, y se dedicaba a tomar
notas.
-Son para el testimonio de que el lugar se encuentra en buen estado -me explicó.
-Haga lo que crea conveniente.
-Gracias.
Lo dejé tomando sus notas, y me senté a ver la tele.
-Debería hablar con la compañía eléctrica -me gritó mi compañero desde la
cocina-. Mr. Beresford…, poco antes de su muerte, tuvo unas desavenencias con
ellos, y le cortaron el suministro de luz.
-Vaya -dejé el mando sobre el brazo del sillón, y me alcé del mismo-, tanto
lujo, para nada.
-Su tío abuelo, tenía fama de tacaño -Bakerson salió de la cocina, llevaba en
las manos dos bocadillos. Me ofreció uno, al tiempo que me explicaba-. La nevera
funciona con gas.
Mientras daba el primer bocado al bocadillo, me pregunté de qué más cosas
tendría fama mi antepasado, por qué aquel lugar tenía tan mala fama entre los
habitantes de la aldea.
La respuesta, no tardaría en llegar. Aquella misma noche.
Serían alrededor de las nueve y media de la noche, cuando mi acompañante, se
alzó de la silla, y se dirigió a una de las tres alcobas de la cabaña.
-Me voy a dormir, estoy cansado -por suerte para los dos, el viejo, tenía gran
cantidad de velas y un par de lámparas de petróleo, así como una docena de latas
de combustible para la chimenea, y una buena provisión de troncos, y Bakerson,
haciendo uso de una de las velas, pudo llegar a la cama, sin contratiempos-.
Buenas noches, amigo Beresford.
Yo, por mi parte, preferí quedarme un rato más despierto, mirando, como
hipnotizado, el baile de las llamas en la chimenea.
Sin embargo, no habían pasado ni veinte minutos, cuando, mi compañero, se alzo,
y salió del dormitorio.
-No sé qué me pasa -me dijo, mientras se rascaba la barbilla-; no logro
conciliar el sueño.
-¿Le apetece una partida de póquer? -Le pregunte, recordando que, en el cajón de
uno de los muebles de la casa, había visto una vieja baraja.
-Le advierto que sé jugar muy bien.
-¿A cincuenta centavos la apuesta? -Saqué los naipes, y los arrojé sobre la mesa
de la sala.
Bakerson, me dedicó una sonrisa.
¡Debí de hacerle caso!
Media hora después, con cerca de ochenta dólares menos en la cartera, y con la
moral por suelos, me alcé de la silla, y me disculpé por ser tan mal perdedor.
Bakerson, me sonrió comprensivo, y empezó a recoger los naipes.
De repente, una súbita bajada de temperatura, nos hizo tiritar y, me di cuenta
que, el fuego de la chimenea, se había casi extinguido, y no quedaban troncos
para avivarlo.
-Creo que deberíamos ir a por algo más de leña -me dirigí a la puerta de la
cabaña, dispuesto a salir, cuando…
-Espere, amigo Beresford -Robert, se levantó de su asiento, y me puso una mano
sobre el hombro.
-¿Pasa algo?
-¿Es usted supersticioso?
-¿Qué quiere decir? -Dediqué a mi compañero una intensa mirada.
-¿Cree usted en los fantasmas?
-¿De qué demonios está hablando?
Robert, se limitó a permanecer en silencio.
El frío, en el interior de la casa, se hizo más intenso. Demasiado intenso.
-¡Mire! -La voz de Bakerson, me hizo dar un respingo hacia a tras-. ¡La ventana,
mire la ventana!
Lentamente, giré la cabeza, en dirección al lugar donde él me indicaba. Al
instante, noté como una extraña sensación de bienestar me embargaba.
Afuera, a pesar de que soplaba una fuerte y helada brisa, alguien, caminaba
hacia la cabaña de mi tío abuelo Beresford. Era un joven bellísima.
-¿Quién puede ser a estas horas, y con este tiempo? -No podía apartar la mirada
de tan encantadora figura.
No aparentaba más de veinte años.
Era alta y esbelta. De rostro angelical. Con unos ojos oscuros y tristes.
Sus negrísimos y largos cabellos, caían, como una hermosa cascada de ébano,
sobre sus pálidos y desnudos hombros.
Vestía un sencillo traje negro, de terciopelo, y cubría sus manos con guantes de
tela.
De repente, su bella y triste mirada, se dirigió hacia la cabaña. Hacia la
ventana donde me encontraba. Y, la sangre, se me volvió hielo en las venas.
-Es un fantasma -la voz de mi compañero me llegó lejana, como si, en vez de
encontrarse a mi lado, estuviese a decenas de metros-. Sólo sé eso, y que ronda
esta zona cada noche, desde hace años -tras estas palabras, Bakerson, enmudeció.
Volví a mirar por la ventana, mas la misteriosa dama había desaparecido.
Con gesto de clara decepción, me senté junto a Robert.
-¿Quiere explicarme todo eso del fantasma?
-Oh, no hay nada que explicar, amigo Beresford -el hombre, me dirigió una
enigmática mirada, y una no menos misteriosa sonrisa y, sin añadir una sola
palabra más, se levantó de su asiento.
Yo, por mi parte, me encontraba demasiado agotado para seguir pidiendo
explicaciones, y decidí retirarme a dormir a mi dormitorio.
Al amanecer, los sucesos de la noche, seguían en mi mente, como grabados a
fuego.
Me levanté de la cama, y me vestí.
Bakerson me esperaba en el saloncito, cerca de la chimenea de ladrillo, en la
cual ardían un par de buenos troncos. En el rostro de mi compañero bailaba la
misma extraña sonrisa de la madrugada anterior.
-Buenos días, ¿qué tal ha dormido?
-Bien -me di cuenta de que en la mesa de la sala habían dos tazones llenos de
café con leche y, hambriento, sonreí.
-¿Sigue interesado en saber algo acerca de nuestra misteriosa visitante
nocturna? -Se sentó a la mesa, y tomó uno de las tazas.
Yo, le imité, mientras asentía con la cabeza.
-En primer lugar, debería saber que no es buena idea que usted sepa nada acerca
de…, eso.
Di un sorbo al líquido caliente, y dediqué a Bakerson una mirada cargada de
impaciencia.
-¿Va a contarme algo, o no?
-De acuerdo -se encogió de hombros, y me la misma extraña y enigmática mirada de
la noche anterior.
-Le escucho, hable.
Esto es lo que me contó mi extraño acompañante: “Hace cosa de cuatro años, llegó
a la aldea un tipo joven, un buhonero, con la intención de quedarse a vivir en
el pueblo.
Durante varias semanas, el joven, llevó una vida de lo más normal y pacífica,
continuando con su labor de vendedor ambulante hasta que, por azares del Destino
y, para desgracia de ambos, pues quedaba por completo fuera de sus
posibilidades, se enamoró de esa joven que viéramos anoche rondando la cabaña. A
pesar de todo, entre los dos jóvenes, triunfó el Amor y, cada noche, subían
hasta aquí para hablar con el viejo Beresford, o para dar rienda suelta a sus
impulsos amorosos.
El viejo, llevado por un extraño impulso romántico, mantuvo en secreto la
relación de la pareja, pues sabía que la familia de la joven nunca permitiría la
relación de los dos enamorados.
Por desgracia, alguien, seguramente algún joven celoso, descubrió los escarceos
amorosos de la pareja, y puso sobre aviso a los hermanos de la muchacha; dos
energúmenos con menos seso que un mosquito, aunque siempre dispuestos a propinar
una buena paliza a todo aquel que les llevara la contraria.
Una noche, amparados en la oscuridad, estos dos individuos, tomaron al joven
buhonero a traición y, tras propinarle una brutal paliza, que le costó la vida,
lo quemaron en el interior de un viejo coche abandonado.
No hubo testigos. Nadie dijo ni hizo nada por acusar a los asesinos. No se
atrevían. Tal era el miedo que les tenían a estos dos hermanos.
Sólo dos personas lloraron la muerte del joven: El viejo Beresford y su joven
amada, la cual, presa de la pena y la desesperación, huyó de su casa, subió
hasta aquí, y se ahorcó de uno de los árboles que rodean la cabaña”.
Llegado este punto, Bakerson, volvió a callar, se levantó de la mesa, y caminó
hacia una de las ventanas.
-En aquel manzano de allí -me señaló con un leve movimiento de cabeza hacia uno
de los cuatro manzanos que mi difunto pariente plantase años atrás, cuando yo
era un crío-. Aquél fue el lugar escogido por la joven para cometer el suicidio.
-Pero… ¿Qué tiene que ver el fantasma de esa joven con la herencia del viejo?
-De momento, es todo lo que pienso contarle -me dedicó aquella sonrisa suya tan
exasperante, y quedó mudo.
Me limité a encogerme de hombros, con gesto de resignación.
Después, tras recoger los cacharros del desayuno, decidimos bajar al pueblo, en
busca de víveres.
A medio camino entre la cabaña y la aldea, y aprovechando que en ese momento
cruzaba la carretera un rebaño de ovejas, decidí atacar de nuevo con otra
pregunta:
-¿Qué ocurrió con los asesinos del chico?
Mi compañero, pillado por sorpresa, me miró fijamente y respondió:
-Bueno, la verdad no se sabe cierta. Algunos dicen que, arrepentidos por la
muerte del joven y de su hermana, cometieron suicidio; otros que fueron
asesinados. Lo único cierto es que fallecieron de forma harto misteriosa, pues
desaparecieron una semana después de cometer el horrible crimen, y que un vecino
del lugar los encontró muertos en el fondo de un barranco.
Una vez en la villa, y hechas las compras necesarias, entramos en la taberna, y
pedimos un par de botellines de cerveza.
No llevábamos ni cinco minutos, cuando noté como una mano se posaba sobre mi
hombro derecho.
-Veo que no siguió mi consejo.
-¿Eh? -Giré la cabeza, encontrándome de cara con el mismo tipo que me advirtiese
acerca de la cabaña el día anterior, a mi llegada al lugar, me limité a
saludarle con un ligero cabeceo.
Tras apurar las cervezas y sin más incidentes, pagamos y volvimos a la casa de
la montaña.
Al mediodía, mientras comíamos con la mesa arrimada a la chimenea, mi compañero
me dijo algo:
-De acuerdo, Beresford, vamos a dejarnos de rodeos.
-¿Qué? -Le miré sorprendido-. ¿De qué está hablando?
-No soy tonto, amigo Thomas -Robert clavó en mí sus ojos oscuros-. Sé que está
aquí por el asunto del “tesoro”… Que la cabaña le importa una mierda; al igual
que ese viejo tacaño.
Yo, realmente sorprendido, me limité a boquear como un pez que, fuera del agua,
busca el oxígeno para seguir viviendo.
-¿De qué diablos está hablando? -Me levanté de la silla-. ¿Un tesoro aquí, en la
cabaña de mi tío abuelo? ¡No me haga reír, por favor!
Ahora le tocaba a mi compañero abrir y cerrar la boca.
-¡Habla en serio! -Se alzó de la silla, y caminó hacia donde yo me encontraba-.
¡No sabe nada acerca de la fortuna escondida del viejo!
De repente, de algún modo, comprendí…
-Usted no es el abogado de mi abuelo.
-No -Bakerson, sonrió-. Pero eso es algo de lo que no debe enterarse nadie.
-¿Quién es usted?
-Digamos que, alguien inteligente -Bakerson seguía sonriendo-. Usted elige,
amigo Beresford. Unirse a mí o…
-¿Dónde está el abogado del anciano? -Aquella pregunta ya tenía respuesta en mi
mente… Y en la sonrisa de Robert Bakerson.
-Digamos que, se negó a compartir -mi compañero, sacó un cigarro, y se lo llevó
a la boca-; ¿qué va a hacer usted?
Apreté los puños.
-Son más de cien mil dólares, una bonita cantidad a repartir.
-¿Acaso sabe usted dónde están escondidos?
-No, por eso le necesito a usted, amigo Beresford.
-¿A mí?
-Sí. Antes de morir, el albacea del viejo, me dijo que buscara al único heredero
del anciano. Supongo que el ver a su esposa y a su hijo abiertos en canal le
ayudó a recordar.
Me estremecí.
-No sé de qué está hablando -repliqué.
-Yo sí -entonces y para mi sorpresa, Bakerson, sacó de su bolsillo una hoja de
papel, que reconocí como el testamento de mi tío abuelo.
-¿De dónde ha sacado eso?
-Esta mañana, antes de que se levantase, rebusqué sus bolsillos -Bakerson, se
acercó a la mesa y extendió el papel sobre la misma.
-¿Tuvo usted algo que ver con la muerte de mi abuelo? -Tenía que hacerle aquella
pregunta, no sé por qué, pero era mi deber.
-No, nunca tuve que ver nada con el viejo.
Y, como si aquello lo convirtiese en la persona más bondadosa de la Tierra, me
incliné a su lado, sobre el folio extendido.
-¿Ve estos cuatro puntos?
-Sí -me fijé en las marcas a las que se refería Bakerson-. ¿Qué representan?
-Los cuatro manzanos -alzó la mirada del papel-. Esos de ahí fuera.
Me limité a mirar hacia la ventana.
-Su abuelo escondió su fortuna bajo uno de ellos. Sólo hay que buscar.
-¿De cuál de ellos?
-¡Sólo son cuatro! -Me replicó Bakerson-. ¡Sólo cuatro jodidos manzanos!
Suspiré.
Afuera, comenzaba a anochecer y, el recuerdo de la visita de la noche anterior,
acudió a mi mente.
-¿Pasa algo?
-No, nada -mentí.
-¿El fantasma? -Pude notar cierto tono de burla en la voz de mi compañero. De
nuevo sentí un escalofrío. Aquel tipo había matado a tres personas por conseguir
un pedazo de papel-. ¿Qué puede hacernos?
-No va detenerse ante nada, ¿verdad?
-Veo que al fin comprende -me volvió a dedicar una sonrisa.
Y así, un par de horas más tarde, nos hallábamos fuera de la cabaña, llevando un
pico yo, y una pala mi compañero. Los habíamos cogido del cobertizo de mi tío
abuelo. No creo que le importase lo más mínimo. Ya no.
-De acuerdo, ¿por dónde empezamos?
-Usted por aquél, yo por aquél -Bakerson, dicho esto, comenzó a cavar con furia,
como si le fuera la vida en ello.
Llevábamos una media hora de intensa faena, cuando, bajo mi pala, sonó algo
metálico.
-¡Aquí hay algo! -Salté al interior de la fosa, y empecé a escarbar con las
manos, hasta desenterrar una caja metálica de pequeño tamaño, aunque bastante
pesada.
En ese momento, mis ojos se alzaron hacia una de las ramas más altas del árbol.
Y, el cofrecillo metálico, resbaló de entre mis manos.
-¿Ocurre algo?
-Fue en este manzano -logré articular en un débil hilo de voz.
-¿Qué pasa con el manzano? -Bakerson, tomó la caja del suelo, y miró el árbol.
-La chica, se ahorcó en aquella rama -señalé el trozo de soga, que aún se mecía
movido por el viento, y añadí-: Quizás deberíamos dejar eso de nuevo donde
estaba…
-De eso ni hablar -Robert Bakerson, apretó la caja contra su pecho, y entró en
la cabaña.
De repente, y esto es algo que mantendré hasta el día de mi muerte, el aire a mi
alrededor, comenzó a aullar, lo mismo que un animal salvaje herido y, sin
pensarlo dos veces, corrí a refugiarme en la cabaña.
Bakerson, me dedicó otra de sus odiosas sonrisas, y me pidió que me sentase.
Había puesto la caja sobre la mesa, y se afanaba en abrirla con una pequeña
palanca y un martillo.
-Al cincuenta por ciento, recuerde.
-Todo esto, me da muy mala espina -me quedé de pie, viendo como intentaba abrir
la caja metálica-. Sigo pensando que deberíamos dejarla donde estaba.
Finalmente, la palanca, hizo su trabajo, y la tapa del cofrecillo saltó con un
sonoro chasquido, dejando a la vista su contenido. Varios fajos de billetes de
diez dólares, y una carta, escrita a mano. Reconocí, al momento, la letra de mi
tío abuelo y, raudo, la cogí.
-Quédese con la carta, si lo desea -Bakerson, comenzó a sacar el dinero, y a
contarlo-, yo tengo lo que he venido a buscar.
-Espere, Bakerson -mientras leía la carta, alcé la mano, pidiendo calma a mi
compañero-. Escuche esto-. Leí en voz: “Yo, Edward Beresford, en pleno uso de
mis facultades, he llegado a un acuerdo con una criatura de ultratumba, para que
vigile éstas mis pertenencias, que yo guardo bajo el segundo de los cuatro
manzanos que rodea mi casa, a cambio, dicha criatura, podrá vagar, por toda la
eternidad, en ésta mi propiedad, pudiendo castigar a todo aquel que se acerque a
estos lugares con intención de sustraer el cofre del lugar donde éste se
encontrase enterrado” -Suspiré, y dejé la misiva sobre la mesa, junto al dinero.
Bakerson, lanzó una carcajada.
-¡El viejo estaba como una verdadera cabra! ¿No irá a decirme que cree todas
esas idioteces, amigo Beresford?
-¡No soy su amigo! -Con un rápido movimiento, lancé el cofre lejos de Bakerson y
de la mesa-. ¡No es más que un maldito asesino, no tengo nada que ver con usted!
-¡De acuerdo, usted se lo ha buscado! -Para mi horror y sorpresa, Bakerson, sacó
una automática, y me apuntó con ella-. Creía que era más inteligente.
Y, entonces, ocurrió. Por mucho tiempo que pase, no podré borrarlo de mi
memoria.
La puerta y las ventanas de la cabaña, se abrieron de golpe, y una sombra
comenzó a materializarse ante nuestros ojos. El espectro de la joven suicida, me
sonrió dulcemente. La sangre se me heló en las venas mientras, el hermoso
fantasma, alargaba sus blancas manos hacia Bakerson y, tras tomarlo por la
barbilla, lo arrastraba hasta el manzano. Jamás volví a ver a mi compañero, pues
muerto de miedo me desmayé.
Cuando desperté a la mañana siguiente, eran más de las nueve y media, y me
encontraba solo en la cabaña. Ni rastro de Bakerson, del fantasma, ni del cofre
con el dinero.
Y, poco tengo que añadir a lo dicho.
Regresé a la ciudad, con una extraña sensación en el cuerpo, y retomé mi vida
tal y como la había dejado. O, al menos, lo intenté. Pero todavía despierto
muchas noches, con la imagen del bello fantasma en mi cabeza.
Jamás he vuelto a pisar ni la cabaña, ni el pueblo. Y no creo que lo haga.
Mis abogados se desentendieron del asunto de la herencia.
Con el tiempo, todo aquello se ha convertido en un extraño recuerdo en mi mente.
Un recuerdo terrible…
Sólo una cosa me queda por añadir.
Hace cosa de una semana, en un programa de televisión, entrevistaron a uno de
esos tipos que dice investigar los fenómenos extraños. Y habló sobre la cabaña.
Y sobre las extrañas apariciones que, desde tiempo atrás, venían sucediéndose.
Di gracias al Cielo, era la confirmación de que no soy un demente…
FIN
RELATO 2
Cuando me
fui a vivir a casa de mi abuela escuche decir a mi tía que cuando se quedaba a
dormir ahí, el diablo se metía a la habitación donde ella dormía; dijo que
sentía una presencia tan fuerte y malvada, que no se atrevía a moverse ni a
levantarse por el terror que sentía.
Después de varios días de haber velado el cadáver de mi abuelo recién fallecido
me fui a vivir a casa de mi abuela. La única habitación disponible que había era
la habitación donde habían velado a mi abuelo, sentí algo de temor por ser esa
la habitación del velorio, además mi abuelo tenía, cuando aún vivía, un carácter
extravagante y decían mil cosas extrañas de el, yo solo lo ví unas cuantas veces
en mi vida, pero nunca lo traté porque tenía algo que no me gustaba.
Decidí quedarme en la habitación vacía, y por respeto no les dije mi temor a los
demás. En los primeros días dormía pésimamente, a pesar de dormir ocho o nueve
horas diarias despertaba con dolor de cabeza y muy cansado, sentía como si me
hubieran dado una paliza, y casi todos los días, al acostarme sentía ese
malestar, era miedo, había algo en la atmósfera muy desagradable y pavoroso, me
salía casi todas las noches al patio porque no soportaba estar en la habitación,
pero, al final, me ganaba el sueño y entraba a dormir.
Una noche desperté muy sobresaltado y al abrir los ojos ví una silueta humana
que caminaba enfrente de mi, la silueta parecía estar hecha de humo más negro
que la oscuridad y caminaba de una forma muy extraña lancé un grito y casi al
mismo tiempo prendí el foco, pero al encenderlo ya no estaba la extraña silueta,
mi tía, que se había despertado con el grito acudió para ver porqué había
gritado, después llegó mi abuela y les conté lo que había sucedido.
Pasaron varios días y yo seguía durmiendo en la misma habitación y la misma
presencia se sentía cada noche. Antes de dormir le decía mental u oralmente que
se fuera y no invadiera mi espacio (había escuchado que a los fantasmas se les
puede correr diciéndoles que se fueran y toda clase de groserías) y días después
ocurrió otro suceso.
Desperté en la madrugada, estaba acostado de lado y sentí la presencia fuerte y
malvada de algo o alguien que estaba delante de mi, sentí miedo y no sabía que
hacer, quería verlo pero a la vez no, y al final decidí voltearme para poder ver
lo que había delante de mi. En cuanto me moví sentí una pesadez tremenda, como
nunca la había sentido; algo se me subió encima y no me dejaba hacer nada, ni
siquiera podía hablar. Sentí una gran desesperación e hice un gran esfuerzo para
deshacerme de eso que tenía encima, y finalmente lo logré.
Después de averiguar que se podía hacer en un caso como en el mío, hice algunas
cosas que leí que son eficaces. Pasaron los días y ya no ví nada ni sentí esa
presencia ominosa. Después de varios días empecé a dormir como no lo había hecho
tiempo atrás.