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Sañogasta La Rioja Noviembre de 2002

Jornada Histórico-Genealógica del Tucumán y Cuyo

23 de Noviembre de 2002




Los comienzos de la más antigua ciudad argentina :

Un triunfo sobre la adversidad



Teresa Piossek Prebisch

Las adversidades  que hoy vive nuestra patria son tan críticas, que ha llegado a decirse  que Argentina ya no existe, que ha muerto. Disiento con esta opinión porque los argentinos  tenemos una tradición heroica  que nos hizo superar muchos otros períodos  de crisis  y  que hoy  nos  inspira para reconstruir el gran país que una vez fuimos y podemos volver a ser.
Hay un caso que  está en la base misma de nuestra Historia y que merece analizarse por ser  paradigmático  de  triunfo sobre la adversidad.  Me refiero al  del primer plantel humano que arraigó en suelo argentino dando origen a la ciudad  de Santiago del Estero:
Era el siglo XVI. En 1536  Pedro de Mendoza, de la corriente conquistadora rioplatense,  fundó la primera Buenos Aires, pero en 1541 Domingo Martínez de Irala  la despobló para concentrar la población en Asunción, con lo que, a partir de entonces,  el  territorio hoy argentino quedó sin ningún asentamiento hispano.
Así permaneció   hasta 1550,  año en que llegó al noroeste el plantel del que he hablado,  integrante de la corriente conquistadora peruana que resultó la iniciadora del poblamiento efectivo de nuestro país, por españoles. A ella se sumó poco después la corriente chilena.

La ciudad del Barco: entre la corriente peruana y  la chilena
Santiago del Estero no siempre se llamó así ni estuvo situada en la
provincia homónima. Por el contrario, el sitio elegido para que el plantel fundador asentara una  ciudad  era la comarca indígena denominada Tucumán
que abarcaba aproximadamente el área que hoy ocupan los departamentos de
Monteros, Chicligasta, Río Chico y Simoca.
El lugar geográfico preciso era el área de la Quebrada del Portugués.  ¿Por
qué? Porque era el camino natural que unía el sur tucumano con los Valles
Calchaquíes. Por éstos corrían los caminos  incaicos  que conducían a Chile
y Perú donde ya había ciudades hispanas afirmadas, en tanto que en el sur
tucumano comenzaba la llanura por la que la expedición de Diego de Rojas
había descubierto, entre 1543 y 1546,  que se podía llegar al Río de la
Plata, salida al Atlántico. Es decir, que el sitio elegido era  muy
importante geopolíticamente.
El  Lic. Pedro La Gasca, entonces máxima autoridad del Virreinato del Perú,
en 1549 designó a Juan Nuñez de Prado capitán general y justicia mayor, y le
dio  mandato y comisión para poblar en Tucumán una  cuidad pionera, que
fuera base de la expansión de la conquista hacia el litoral fluvial y
marítimo. El proyecto era grandioso, sin embargo, iba a estar  condicionado
por una serie de factores adversos que tornarían  su desarrollo  muy difícil
y doloroso.
Lo primero,  que el sitio elegido -Tucumán- se encontraba  en jurisdicción
de la Gobernación de Chile. Esta abarcaba parte de actual Argentina, desde
el paralelo 27º al 41º, y desde la Cordillera de los Andes hasta una línea
irregular cuya máxima proyección hacia el este alcanzaba, aproximadamente,  
al meridiano 64º 25'.
Lo segundo, que el gobernador de Chile era Pedro de Valdivia y aunque en el
texto de su  designación se preveía la posibilidad de que otro fundara un
pueblo en su territorio, él no era hombre de aceptar intromisiones, máxime
porque aspiraba a extender su  dominio  hasta el litoral.
Lo tercero, la ineptitud de Nuñez de Prado para liderar la compleja tarea de
conquistar y poblar. Lo demostró desde el comienzo en la precariedad con que
organizó su hueste compuesta de  sólo 60 hombres, confiando irreflexivamente
en  que su socio en la empresa,  Juan de Santa Cruz, no tendría impedimentos
para seguirlo con 140 hombres más,  cabalgaduras, ganado, herraje,
pertrechos, herramientas  y  suministros varios, cosa que no ocurrió.
Partió en octubre de 1549 de Potosí. A mediados de 1550 estaba en Tucumán
donde, el 29 de junio, fundó la ciudad que llamó Barco.  Lo hizo en un sitio
  que los fundadores, ahora convertidos en vecinos, identificaron como
asiento de Tucumán  que estaba al sur del paralelo 27º, es decir,  en 
jurisdicción  chilena. Allí trazó la planta urbana. Plantó el árbol de
justicia en la plaza. Distribuyó  solares y tierras de labor. Designó
miembros del Cabildo y erigió la Iglesia  perteneciente al primer convento
que existió en territorio argentino: el de la Orden Dominica, denominado de
Nuestro Padre Santo Domingo de Tucumán, a cargo de los frailes Gaspar de
Carvajal  y Alonso Trueno (Donde actualmente resite una replica de
El Santo Sudario)
Pronto los vecinos fundadores se  encontraron ante el primer contraste entre
el proyecto y la realidad: la insuficiencia  de recursos agravada por la
escasez de  cabalgaduras que les limitaba la movilidad, mientras que Nuñez, 
tenido originalmente por hombre razonable, se mostró superado por los hechos
y suplantó su falta de liderazgo por despotismo.
No obstante, lejos de desalentarse, continuaron adelante. Levantaron su
ciudad. Construyeron sus humildes viviendas,  la iglesia y el cabildo con
los materiales que les ofrecía la tierra. Labraron sus campos  e hicieron
corrales para el poco ganado caprino y porcino que habían traído desde
Charcas, Potosí y Tupiza.

Del otro lado de la Cordillera
Valdivia, enterado de la fundación hecha en  el área transcordillerana de su
jurisdicción, por gente de la corriente peruana, tomó medidas y en el mes de
noviembre de 1550, a Nuñez se le apareció sorpresivamente  un enviado suyo.
Era el capitán Francisco de Villagrán quien lo forzó a dejar  su  alto cargo
de capitán general y justicia mayor para asumir el  subalterno de
lugarteniente de Valdivia con lo que la ciudad quedó oficialmente
incorporada a la Gobernación de Chile. A partir de entonces,  la corriente
chilena ejerció, durante 13 años, una fuerte influencia sobre la región.
Sin embargo, una vez ido Villagrán, Nuñez se desdijo ante el Cabildo del
juramento que le había hecho, recuperó su antiguo título y dispuso 
trasladar Barco fuera de jurisdicción chilena. Esto provocó la oposición de
la mayoría de los vecinos, reacios   a abandonar lo construido durante seis 
meses de labor, pero Nuñez  los doblegó recurriendo   a la violencia moral y
física, incluso, a la ejecución de uno de los opositores.
Otro abuso que cometería  fue  sacar encadenados 300 indios  de pueblos de
Tucumán  que lo habían recibido con amistad, para usarlos como  cargueros
durante el traslado.

Una población nómade
En este ambiente tan sombrío y al cabo de sólo un año de estar en el asiento
de Tucumán, a comienzos de junio de 1551 Nuñez mudó Barco  al norte del
paralelo 27º, a Tolombón, un lugar sobre la ruta inca al Perú,  situado en
los  dominios de un  curaca  llamado Calchaquí, por lo que los vecinos  se
referían  al nuevo asiento como  a Valle de Calchaquí.
En él  volvieron a levantar su población convencidos de que, esta vez, el
esfuerzo sería definitivo pues  ignoraban que el real propósito   de Nuñez
era abandonar la conquista y regresar a Perú.  Para esto había escrito a la 
Real Audiencia de Lima pidiendo autorización, pero la respuesta que recibió fue tajante: regresar a Tucumán y  cumplir con la comisión y mandato de poblar.
La noticia de un segundo traslado consternó a los vecinos que nuevamente
expresaron su rechazo,  lo que exacerbó el despotismo de Nuñez  que hizo
ejecutar a dos opositores  más.  Sobre este baño de sangre, en febrero de
1552 despobló la segunda Barco, pasó de largo por el  asiento de Tucumán  y 
avanzó hacia el este con el propósito de franquear el límite oriental de la
Gobernación de Chile (64º 25') y llegar a  los llanos de los juríes,  indios
sedentarios  que vivían de la agricultura, la pesca y la recolección en la
ribera del río Dulce.
El viaje fue muy penoso pues durante  el trayecto sufrieron las represalias
de los indios que los atacaban con flechas envenenadas, hasta que un día, 
cansados, hambreados, heridos, con muertos para llorar, desesperados,
llegaron a los llanos  donde, por fin, se dieron con una circunstancia
favorable:
Un pueblo  de  juríes estaba siendo atacado por sus enemigos tradicionales,
los  lules, indios nómades, saqueadores y antropófagos. Los españoles
propusieron a los juríes ayudarlos  a defenderse, a cambio de  una parcela
tierra. Ellos aceptaron y en esa parcela  próxima a los esteros del río
Dulce, hacia abril de 1552 Núñez  asentó la ciudad por tercera vez 
llamándola Barco del Nuevo Maestrazgo de Santiago.
Los vecinos, semejantes al pájaro que reconstruye el nido destruido por la
tormenta,   por tercera vez levantaron su caserío mientras que los
dominicos, también por tercera vez, construyeron los ranchos que les servían
de iglesia y convento. A partir de entonces,  el pueblo de juríes y el
ambulante pueblo  de los conquistadores convivieron como aliados y pronto
hasta como parientes gracias a las uniones que establecieron con las mujeres
indias.
Sin embargo, aunque perseveraran en la actitud de construir sobreponiéndose
a la adversidad,  todos tenían plena conciencia de lo crítico de su
situación:
La hostilidad de los  indios enemigos.
La inoperancia  en que se había sumido Nuñez.
La inestabilidad provocada por los traslados, a razón de uno por año.
El aislamiento y la falta de perspectivas de mejoramiento ya que las
distancias y la escasez de cabalgaduras les impedían tener  contacto  con
los españoles de Chile o Perú, al extremo que podía ocurrir que todos
murieran a  manos de los indios, o desnutrición o enfermedad, y nadie, en el
resto del Virreinato,  se enteraría de ello.
La desesperante falta de recursos.
El empobrecimiento, pues  la ropa que trajeron de España se les había
destruido, mientras que cada traslado significó el extravío o muerte de
ganado, atrasos en las siembras  e imposibilidad de levantar las cosechas.
Como consecuencia de esto, el  hambre y la desnudez. No obstante, del mismo
modo como hacían sus casas usando lo que hallaban a mano, buscaron cómo
paliar esa hambre y cómo vestirse.
Su alimento prácticamente único, era el maíz,  siempre y cuando las sequías,
las  langostas o los enemigos no les arruinaran los sembrados. Como esto
ocurría a menudo, aprendieron a comer yuyos,  raíces, cigarras, insectos,
salvajina, cueros y los caballos que se les morían.
Para cubrirse y calzarse se confeccionaron pantalones, sombreros y zapatos
de piel de animales o de pellejos de perros, e hilaron una variedad de
cáñamo llamado cabuya para fabricar un lienzo que, aunque áspero, les sirvió
para hacerse camisas.
Flacos, estragados y vestidos con semejante atuendo, parecían una banda de
mendigos y ya desesperaban de su situación cuando sucedió algo:

Francisco de Aguirre
Mientras esto ocurría junto al río Dulce,  Valdivia, enterado por desertores
de Nuñez, de las mudanzas de la ciudad, envío para poner las cosas en orden
a Francisco de Aguirre, a quien nombró capitán general y gobernador de las
ciudades de Barco y La Serena.
Aguirre, hombre ejecutivo por antonomasia,   llegó a fin del verano de 1553
con 60 hombres, caballos  y  socorros diversos.  Tomó  Barco, despachó 
preso, a Chile, a su fundador, y deportó al Perú a sus partidarios,
incluidos   los dos dominicos.
Meses después refundó la ciudad  media legua más al norte y le modificó el
nombre:   suprimió  Barco y le dejó  Nuevo Maestrazgo de Santiago, pero la
usanza popular le dio el que ha perdurado: Santiago del Estero.



Para los vecinos, excepto por el hecho de haber quedado sin servicios
religiosos,  la llegada de Aguirre fue una bendición. Lo fue no sólo porque
trajo  socorros,  porque imponía temor y respeto a los indios y porque tenía
proyectos de expansión,  sino porque al constituir Santiago  y La Serena 
una misma jurisdicción,  bajo su gobierno,  por primera vez después de casi
tres años, veían posibilidades ciertas de romper el aislamiento y poder
comunicarse y recibir ayuda efectiva de Chile. Además, la oportunidad de
revertir la pobreza mediante el comercio, vendiendo a Chile lo único
vendible que entonces  tenían:  productos naturales   tales como añil, cochinilla, miel y cera.
Comprobaban que se les abrían puertas hasta entonces clausuradas y esto despertó en ellos una gran esperanza de mejoramiento, pero, lamentablemente, sufrieron otro golpe de la adversidad:  en marzo  de 1554  todo se desmoronó
cuando Aguirre recibió la noticia de la muerte de Valdivia y como era su
posible sucesor,   viajó a Chile llevándose gran parte de la gente que había
traído, con sus respectivas armas y cabalgaduras.
A pesar de dejar la ciudad en las buenas manos del  capitán Juan Gregorio
Bazán,  y aunque después, dos veces,  envió más socorros, con su partida la
desilusionada Santiago sintió que se le cerraban nuevamente las puertas.
Para agravar la situación, en los dos años  siguientes debió enfrentar  dos
hechos que pusieron en jaque su supervivencia:

El levantamiento  jurí-chiriguano
La ciudad, que había llegado  a tener unos 100 vecinos,  quedó con unos 70 y
limitado número de cabalgaduras. Esto, más la ida de Aguirre,  la ponía en
una situación de vulnerabilidad  frente a levantamientos indígenas. El más
serio de su breve historia ocurrió entre  1555 y 1556:
Juríes insumisos del río Salado se aliaron con los chiriguanos antropófagos
del Chaco para arrasar Santiago. Los vecinos sofocaron el levantamiento,
aunque a costa de varios muertos, y lo que más impresionó a los
sobrevivientes fue ver a sus compañeros morir sin recibir los últimos
sacramentos.
El efecto que esto produjo en algunos  fue tremendo pues si bien aceptaban
la frustración, la guerra, el hambre y  la indigencia, no aguantaban más
carecer de  quien les dijera misa, los bautizara, confesara, diera la
comunión y, sobre todo,  la extremaunción para partir de este mundo
absueltos de los pecados, hacia la salvación  eterna.

Amenaza de despoblamiento y cambios
Este hecho fue la gota que colmó el vaso de la resistencia y la ciudad que
acababa de salvarse de  los insurrectos, se encontró amenazada por un
enemigo más peligroso, aún, por ser de orden  interno: parte de los vecinos,
considerándola inviable, decidió  irse  y así lo comunicó a Gregorio Bazán.
Fue un momento dramático en el que pareció que Santiago  había llegado al
fondo del abismo y que su desaparición era inevitable porque siendo tan
pocos como eran, el que se fuesen 30 o 40 la dejaba imposibilitada de 
sostenerse,   pero  se produjo la reacción: otros vecinos, muchos de ellos
veteranos de  Rojas como Miguel de Ardiles, se negaron rotundamente a
despoblarla e impusieron su opinión de permanecer y perseverar hasta
arraigarla  definitivamente en la tierra.
Pero si bien la idea de despoblar no prosperó, resultó una advertencia
acerca de la necesidad de producir cambios  que contribuyeran a mejorar las
condiciones de vida. ¿Cuáles eran esos cambios que exigía la comunidad?
Tener un sacerdote que les ordenara la existencia  e introducir especies
animales y vegetales que permitieran diversificar la producción de bienes y
alimentos.
Gregorio Bazán aceptó el desafío y aunque comenzaba el invierno,   despachó
cinco hombres a  La Serena, donde  Aguirre tenía un rico fundo,   para
pedirle un sacerdote,  ganado, plantas y semillas.  Los viajeros  partieron
hacia el mes de junio y regresaron   en noviembre con el clérigo  Juan
Cedrón, ex capellán de  la expedición de Rojas, y aunque no trajeron ganado,
sí trajeron  árboles  frutales, vid, semillas de trigo, cebada y algodón,
con lo que comenzó una verdadera revolución agrícola en la región.

La revolución agrícola-ganadera
Estas especies  por primera vez se aclimataron y prosperaron en un pedazo de
nuestro suelo bajo el cuidado de los vecinos de Santiago. De entre ellas, la
que produjo el cambio más trascendente fue el algodón que  transformó la
vida tanto de indios como de españoles y dio origen a industrias
artesanales.
Con su fibra confeccionaron ropa, alpargatas y  manufacturas varias,   para 
consumo doméstico y  para vender a Chile y , sobre todo, a Perú. La razón de
preferir este nuevo mercado era que mientras el camino a Chile se
interrumpía durante el invierno, el que llevaba al Perú -a Potosí y Charcas-
era transitable todo el año y más liviano de andar que el cordillerano.
La empresa  no era fácil por la presencia de  indios belicosos  a lo largo
de los caminos, pero a pesar de ello la acometieron y a fin del verano de
1557 salieron los primeros grupos de comerciantes rumbo a Perú. Estaban 
compuestos por una media docena de hombres armados, acompañados de indios
amigos, que llevaban a vender productos naturales y manufacturas originarias
de El Tucumán , designación que empezó a darse  a la región noroeste.  Con
el producto de las ventas adquirieron ganado bovino, ovino y asnal, 
inexistente en Santiago, que produjo la segunda revolución del período: la
ganadera.
Lo que hicieron fue una verdadera  hazaña en la que arriesgaron  vida y
producción,  por lo que anhelaban que algún día los caminos estuviesen
jalonados de ciudades que garantizaran el tránsito seguro.  Ese sueño se
cumplió con un nuevo lugarteniente.

Un lustro de progreso. La revolución social
Se llamaba Juan Pérez de Zurita,  llegó a Santiago en octubre de 1557 y sus
cinco años de gobierno fueron para el   Tucumán de una prosperidad que hizo
creer a los vecinos  que, finalmente,  los tiempos de desventuras llegaban a
su fin.
Zurita pacificó a  los indios del  Salado y estableció relaciones amistosas
con los que poblaban las áreas catamarqueña y calchaquí por donde corrían
los caminos  a Chile y Perú. Esta buena relación   le permitió fundar tres
nuevas ciudades que sirvieron de apoyo a Santiago:
En 1558, Londres, en Catamarca, sobre el camino a Chile.
En 1559, Córdoba de Calchaquí en dominios del curaca que se hizo  gran amigo
suyo, sobre el camino al Perú.
En 1560, Cañete, en la desembocadura de la estratégica Quebrada del
Portugués.
Para poblar estas ciudades Zurita trajo familias españolas, hecho inédito,
revolucionario en la realidad social  del Tucumán pues desde 1550 hasta
entonces habían llegado  exclusivamente varones que crearon una comunidad
carente de la influencia cultural de la mujer hispana, hecho que ahora se
revertiría.

La revolución en el transporte
Debido a la paz reinante y al apoyo de las nuevas ciudades, la economía de
Santiago tuvo un franco desarrollo, pero hubo algo más que  contribuyó  a
ello: en Cañete comenzaron a construirse carretas, vehículo que produjo la
cuarta revolución del período:  la del transporte de mercadería,  sólo
comparable  a la que produjo el ferrocarril en el siglo XIX.
Y puesto que las carretas sólo podían andar por terrenos llanos o
moderadamente ondulados,  empezó a usarse un nuevo camino al Perú que
evitaba las montañas. Salía de Santiago,  pasaba por Esteco,  valles de
Salta y Jujuy y llegaba a la boca de la Quebrada de Humahuaca donde el
terreno se tornaba fragoso por lo que la mercadería era trasbordada  a 
mulas.
Para favorecer  su frecuentación  Zurita proyectó una cuarta ciudad en el
Valle de Jujuy, pero cuando iba a concretarla, en la primavera de 1562,   
fue destituido del cargo.

La Primera Guerra Calchaquí: la destrucción de lo realizado
El nuevo lugarteniente se llamaba  Gregorio de Castañeda y con él, el
Tucumán sufrió la más brutal de sus adversidades por lo que significó de 
regresión  e interrupción del  proceso  de prosperidad.
Castañeda era la antípoda de Zurita y uno de sus errores fue maltratar al 
curaca Calchaquí cuya reacción fue de violencia desmesurada: convocó a las
comunidades indígenas desde Jujuy hasta La Rioja y desató la Primera Guerra
Calchaquí.
Fue  una de las mayores  tragedias de nuestra historia porque  las tres
ciudades nuevas resultaron arrasadas. Los habitantes de Londres huyeron
hacia Chile; los de Cañete, a Santiago; los de Córdoba de Calchaquí, hacia
Charcas, pero los indios los persiguieron matando indiscriminadamente
hombres, mujeres y niños, de modo que sólo algunos pocos llegaron a destino.
Castañeda, asustado, partió a Chile.

La Gobernación del Tucumán
De esta manera terminó la acción de la corriente chilena en el Tucumán,  con
destrucción de la estructura existente,  con dispersión y con muerte.
El conflicto fue tan grave, que la Corona, para dotar al territorio de un
mejor control, el 29   de agosto de 1563  lo separó de Chile y creó la
Gobernación del Tucumán, dependiente políticamente del virrey del Perú y
judicialmente de la recién fundada Audiencia de Charcas.
Su núcleo y razón de ser era la ciudad de Santiago,  definitivamente
arraigada, pero otra vez sola y más aislada que nunca pues los indios
cerraron los caminos interrumpiendo comercio y comunicación. En Cuyo ya
existían Mendoza (1560) y San Juan (1562), pero la distancia impedía que le
sirvieran de apoyo efectivo.
Los vecinos, que con los refugiados sumarían unas 90 almas,  debieron tener 
un sentimiento de catástrofe, de frustración profunda, tanto mayor como
grande había sido la ilusión con la prosperidad generada por Zurita.
Seguramente  pondrían en duda la  validez  de tantos esfuerzos realizados,
sin embargo, una vez más  reaccionaron y  se sobrepusieron: querían que
Santiago viviera; para ello, debían comenzar todo de nuevo y así lo
hicieron:
Desafiando inconvenientes  reiniciaron el comercio con Chile y Perú.
Continuaron haciendo producir la tierra y sus primitivas industrias, y en
1565 contribuyeron con manifacturas, semillas y ganado a la fundación de San
Miguel de Tucumán dispuesta por Francisco de Aguirre, otra vez  gobernador.
Desde entonces, Santiago jamás  volvió  a estar sola y juntamente con la
nueva ciudad contribuyó a  las fundaciones de Córdoba y Santa Fe,  en 1573, 
y de Salta,  en 1583.
El 2 de setiembre de 1587, ella y San Miguel de Tucumán dieron un  paso
histórico cuando gracias a la acción pionera del Obispo Francisco de
Victoria,  exportaron  al Brasil, por el puerto de Buenos Aires abierto en
1580,  la primera remesa de manufacturas tucumanenses.
Fueron 30 carretas cargadas de 650 varas de sayal, 1.628 varas de lienzo, 92
varas de telilla, 526 cordobanes, 212 sombreros, 160 arrobas de lana, 25
pabellones, 180 costales, 1 cuerón y 1 sobrecama.  Lamentablemente, la nave
que transportaba los productos naufragó, pero el intento estaba hecho y
mostró la posibilidad de  comerciar por el Río de la Plata.
En los años  siguientes el país  fue creciendo. Llegaron más pobladores  y
antes del fin de la centuria, con la fundación de La Rioja, Jujuy y San
Luis,   estaban asentadas todas las llamadas ciudades históricas argentinas.
  Se encontraban enlazadas por caminos, unos prehispánicos, otros,
hispánicos,  de modo que cuando se cerró el siglo XVI, estaba armada la
estructura básica de actual Argentina.

Conclusión
Vistos los hechos  con la perspectiva de los siglos resultan  una hazaña
extraordinaria, realizada en menos de 50 años con una precariedad de
recursos que asombra y conmueve. Una hazaña en la que  desempeñaron el papel
de célula inicial los integrantes del  plantel fundador llegado en 1550 más
aquellos que  fueron sumándoseles.
En el intento padecieron inestabilidad, aislamiento, empobrecimiento,
altibajos entre la ilusión y la desilusión, entre la prosperidad y la
regresión, entre la construcción y la destrucción e, incluso,  peligro de
disolución. Sin embargo, perseveraron y  contribuyeron,  de modo decisivo, 
a sentar las bases de un nuevo país.
¿Qué virtudes poseyeron que los inspiraron para obrar así? Coraje,  
esperanza, realismo, creatividad para hallar respuestas nuevas, una
concepción heroica de las acciones humanas, y,   sobre todo,  auténtico amor
a la tierra que hicieron su patria.


Bibliografía:

Bazán, Armando Raúl: Historia del Noroeste Argentino. Plus Ultra, Buenos
Aires,1986.

Documentos Coloniales relativos a San Miguel de Tucumán y a la Gobernación
del Tucumán. Siglos XVI y XVII. Publicaciones de la Junta Conservadora del
Archivo Histórico de Tucumán.

Levillier, Roberto: Gobernación del Tucumán. Correspondencia de los Cabildos
del siglo XVI. Publicaciones Históricas de la Biblioteca del Congreso
Argentino. Madrid. Sucesores de Rivadeneira, 1918.

Levillier, Roberto: Gobernación del Tucumán. Probanzas de Méritos y
Servicios de los Conquistadores. Tomo I. Publicaciones Históricas de la
Biblioteca del Congreso Argentino. Sucesores de Rivadeneira. Madrid, 1919.

Muñoz Moraleda, Ernesto:  Francisco de Victoria - Primer Obispo y Propulsor
del Tucumán. Junta de Historia Eclesiástica Argentina. Buenos Aires, 1998.

Piossek Prebisch, Teresa: La ruta de entrada de Diego de Rojas y el
poblamiento y estructuración de Argentina. Noveno Congreso Nacional y Regional de Historia Argentina.  Academia Nacional de la Historia. Buenos Aires, 1996.


San Miguel de Tucumán, mayo de 2002


El Santo Sudario

              

 

 


Secretos del Santo Sudario

Nuestro Señor Jesucristo dijo "yo he venido a causar division en el mundo", dentro de los Secretos de la Historia, existen diferentes versiones del Santo Sudario. El rastro histórico de la Sábana de Turín se remonta al año 1355.

El más antiguo evangelista dice que el cuerpo de Jesús muerto en la cruz fue envuelto en un lienzo antes de que se lo sepultara en una tumba de roca. Luego se cerró la puerta con una piedra. La posibilidad de que ese lienzo haya perdurado (y se conserve en la catedral de Turín) deriva de un número de antiguas referencias. 
La peregrina cristiana Santa Nino, una princesa armenia que murió en el 338, menciona “sudarios de Cristo’’ como existentes en Jerusalén.
Eusebio, el historiador de la Iglesia del siglo IV, afirma que la emperatriz Elena, madre de Constantino, primer emperador que reconociera el cristianismo, reunió ciertas reliquias sagradas y las llevó a Constantinopla. Sin embargo, Eusebio omite toda mención de un sudario.
El historiador del siglo IV, Nicéforo Calixto, registra que la emperatriz Pulquería (399-453) recuperó ciertos lienzos sagrados que estaban en poder de la emperadora Eudocia y los colocó en la nueva basílica de Santa María de Blackernae, en Constantinopla. 
El obispo francés Aroulf y san Juan Damasceno se refieren a lienzos llamados “sudarium” en Constantinopla, en los siglos VII y VIII.
Varias referencias igualmente inciertas sugieren la existencia de un sudario o sudarios en Constantinopla en los siglos XII y XIII.
Un peregrino inglés afirma que vio tal lienzo entre los tesoros imperiales en 1150. Cinco años más tarde el abate Benedicto Soermudarson atestiguó su presencia en la catedral de Santa Sofía.
Una referencia más definida procede de Guillermo de Tiro, quien afirma que el emperador Manuel Commenus les mostró al rey Amalrico I de Jerusalén y a él el sudario de Jesús, conservado en el tesoro imperial.
Otro visitante, Nicolás Mesarítes, menciona haber visto en una iglesia de la ciudad “los lienzos funerarios de Cristo; son de lino y aún están fragantes de los untos; desafiaron la corrupción y han envuelto al cuerpo desnudo y cubierto de mirra”.
Robert de Clari, el cronista de la Cuarta Cruzada que tomó Constantinopla, afirma que en 1203 vio el sudario en la Iglesia Blackernae, donde se lo exhibía todos los viernes. La figura de Cristo se podía discernir fácilmente. Dice que el sudario desapareció de la iglesia durante el saqueo de la ciudad por parte de los cruzados y nadie sabía qué se había hecho del lienzo.
La afirmación de Robert de Clari de que la “figura de Cristo se podía discernir fácilmente” es la única relación entre el lienzo que parece haberse exhibido en Constantinopla antes de 1204 y el que presenta la imagen de Cristo que habría aparecido en Francia después del regreso de los cruzados.
El emperador Balduino, en una carta de junio de 1247 a san Luis, rey de Francia, se refiere a “una porción de la tela funeraria” como llegada a Francia. 
Richard de Cluny afirma que el sudario fue llevado a Compiégne.

Dos versiones
Existen dos versiones de la llegada del sudario a Francia. En una, el sudario le correspondió como botín de Constantinopla a Otto de la Roche, capitán de los soldados del marqués de Montferrat.
El capitán se lo envió a su padre, quien en 1206 lo entregó a Amaedus, obispo de Besancon, en cuya catedral se lo exhibía todos los domingos hasta 1349, cuando un incendio destruyó el templo.
En la otra versión, el sudario fue entregado a los señores de Charny por el obispo Garnier. 


En el convento de Santo Domingo de Santiago del Estero existe una réplica de la Sábana Santa de Turín que diariamente es visitada por decenas de turistas. Se trata de un lienzo con la imagen de Jesús, exactamente igual al original.




Un documento conservado en la Biblioteca de París dice: 
“Geoffrey de Charny, caballero y conde de Charny, señor de Lirey, obtuvo del rey Philippe de Valois por sus servicios el Santo Sudario de Nuestro Señor (y otras reliquias) para que las guardara en la iglesia que él deseara construir en honor de la Virgen María”.
Ese obsequio tuvo lugar probablemente en 1349, porque Felipe VI, para quien Geoffrey de Charny se desempeñó como jefe político, murió en 1350. Geoffrey mismo fue muerto por los ingleses en la batalla de Poitiers de 1356.
Un sudario parece haber existido en la iglesia de Lirey, en Champagne, en 1350. Se han hecho algunos esfuerzos por vincular ese sudario de Lirey con el que se suponía que debió haber estado en la catedral de Besancon antes de 1349.
En el incendio de la primavera de ese año desaparecieron la mayoría de las reliquias de la catedral, incluido el sudario.
Tres años más tarde se halló una copia pintada en la catedral reconstruida. Esa copia se conservó en Besancon hasta 1749, cuando se ordenó que se la quemara, pero no antes de que se realizaran varias copias.
Se afirma que el sudario original fue sacado de la catedral en 
el momento del incendio por Geoffrey de Charny quien, para 
ocultar su sacrilegio, pretendió haberlo llevado personalmente 
de Constantinopla. 

El sudario de Turín
La historia posiblemente verídica del sudario que ahora se conserva en la catedral de Turín comienza en 1355.
Ese año, el obispo Henri de Poitiers prohibió a los clérigos de Lirey la exhibición del sudario para su veneración pública.
Cuando el sudario se volvió a exponer en 1389, esa acción de los clérigos suscitó la ira de Pierre D’Arcis, el obispo de Troyes, a cuya diócesis pertenecía Lirey.
Su intervención llevó a una indecorosa reyerta. La causa tal vez haya sido la indignación del obispo ante la veneración de una reliquia espuria o quizá sus celos por el hecho de que los clérigos poseyeran un elemento tan lucrativo.
Parece que en 1353 Geoffrey de Charny eludió al obispo y trató directamente con el Papa sismático en Aviñón, quien dio su aprobación para que se construyera en Lirey una iglesia que albergaría el sudario. 
Cuando en 1389 D’Arcis amenazó con la excomunión a los clérigos de Lirey si no retiraban el sudario de la exposición, éstos y Geoffrey II de Charny solicitaron la intervención del rey de Francia y del legado papal, Pierre de Thury.
Ambos hombres dieron su permiso para la exposición. Cuando el obispo protestó, el Papa sostuvo la validez de la aprobación del legado y le impuso a D’Arcis “silencio eterno” al respecto.
Entonces D’Arcis le dirigió una nota al Papa. Acusaba a los clérigos de obtener permiso papal por medios poco claros. Los tildaba de “avaros traidores” y declaraba que el sudario era una pintura, un fraude descubierto 34 años antes por Henri de Poitiers, quien había realizado una investigación. Los clérigos, decía, habían ocultado el lienzo cuando él intentó asegurarlo.
Las palabras de Pierre D’Arcis acerca de la supuesta impostura por parte de los clérigos de Lirey son de considerable importancia respecto de la historia del sudario de Turín.
Él dice: “Y finalmente, después de concienzudo estudio y exploración de este asunto, él (Henri de Poitiers) descubrió el engaño y el modo en que la tela había sido pintada artificialmente, hecho confirmado por el mismo hombre que la había pintado; que ésa era la obra de un ser humano y no había sido hecha ni concebida milagrosamente”.
Existe cierta duda acerca del sentido exacto de D’Arcis aquí. 
El verbo latino “depingere” pudo haber significado “pintar” o “pintar de”, es decir, hacer una copia, y se afirma que las palabras “el mismo hombre que la había pintado” podía significar “que había realizado una copia de él”. Es posible que el sudario original y la copia que supuestamente se pintó en Besancon se hayan confundido. 
Como resultado de esta objeción, el 4 de agosto de 1389 el rey 
de Francia retiró su permiso para la exposición del sudario, 
pero los clérigos siguieron venerándolo.
Apelaron al papa Clemente VII, quien les ordenó que en cada 
exposición aclararan que el lienzo de ningún modo era el 
sudario verdadero, sino sólo una copia.
Ensalzó la piedad de los clérigos y se abstuvo de 
considerarlos charlatanes. Pocos meses más tarde, en junio de 
1390, Clemente se refirió al lienzo, en términos de encomio, 
en una lista de indulgencias y puso a prueba al obispo de 
Troyes al pedirle que removiera todos los obstáculos a la 
exposición del lienzo, bajo pena de excomunión.
Una vez más se ordenó a los clérigos que aclararan que el 
lienzo sólo era una copia del verdadero sudario.
Así, parece que en opinión de sus propietarios medievales y de 
su celoso opositor, la imagen del sudario era una pintura, una 
figura, como se llamaba entonces a esas obras, un cuadro “no 
realizado con las manos”, la inspirada obra de un artista que 
lo había pintado a partir del verdadero sudario o quien, con 
la guía divina, había retratado fielmente la pasión de Cristo 
en un lienzo.
Pierre D’Arcis continuó sosteniendo que la imagen había sido 
falsificada por un artista del siglo XIV. Los partidarios de 
la autenticidad del sudario afirman que los propietarios 
medievales y los dignatarios eclesiásticos estaban 
equivocados.

Foto reveladora
La imagen del sudario, sólo revelada por completo mediante 
fotografía en 1898 y 1931, no es una pintura. Es la impresión 
del cuerpo de un hombre que había sido crucificado, un hombre 
particular.
La historia del sudario después de 1390 es más clara. Durante 
la Guerra de los Cien Años fue llevado de un lugar seguro a 
otro.
Los clérigos de Lirey lo dieron en 1418 al conde Humbert de 
Roche, cuya viuda se negó a devolverlo en 1443, con otras            
reliquias.
Algunos años más tarde fue legado por el último miembro de la 
familia de Charny a la esposa de Luis I, duque de Saboya, en 
propiedad de cuya familia ha permanecido desde entonces.
El papa Sixto IV autorizó a Luis a construir una capilla en 
Chambéry para guardarlo. En 1516 el sudario parece haber 
estado en Lierre, Bélgica, porque el artista Alberto Durero 
realizó una copia. Su cuadro tiene algún peso en la cuestión 
de la autenticidad del sudario.
El sudario fue devuelto a Chambéry donde, en la noche del 4 de 
diciembre de 1532, fue dañado por el incendio que arrasó la 
capilla.
El historiador Pingonius dice que fue retirado por cuatro 
hombres que abrieron el cofre de plata que lo contenía, pero 
cuando ya había sido marcado por ocho quemaduras simétricas 
ocasionadas por la plata derretida y el agua que se utilizó 
para enfriar el cofre. Fue remendado por monjas y trasladado a 
Turín en 1572.
La confusa historia de ese sudario de Turín carece de 
corroboración. Los antiguos registros indican sólo que un 
número de telas sagradas se veneraban en Constantinopla, quizá 
también en Jerusalén, como el Santo Sudario.
La única relación con el que parece haber conseguido llegar a 
Francia en el siglo XIII es la antigua referencia a una imagen 
desnuda, la peculiaridad del sudario de Turín.
El sudario francés parece haber desaparecido en 1349 y 
reaparecido en Lirey, si los sudarios de Besancon y Lirey son 
idénticos.
La carencia de una historia definida del sudario anterior a 
1355 no sorprende. Sería notable que tal reliquia hubiese sido 
documentada y atestiguada en toda su historia.
Según sus partidarios, la autenticidad no depende, ni en 
verdad puede depender de la historia. La evidencia 
circunstancial y científica es tan sólida, dicen, que supera 
las lagunas históricas.
Hasta 1898 el sudario era aceptado como una pintura sobre 
lienzo, de antiguo y milagroso origen, un retrato. Luego, un 
sorprendente descubrimiento le dio un color totalmente 
distinto al asunto. 
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