Recuerdo la historia como si fuera un sueño, pero sé
que ocurrió. Existen días en los que no sé
distinguir entre lo que soñé o lo que me sucedió,
entre mis fantasías y mis realidades, pero estoy seguro
que esto sucedió.
Mi madre
y mi hermana son testigos de lo ocurrido aquella tarde. Es probable
que si ellas no existieran no insistiría en la veracidad
de lo acontecido aquel día.
Eran aproximadamente
las dos de la tarde. Eduardo, el novio de mi hermana Gabriela
llegó a la casa y se sentó a almorzar con nosotros
como era costumbre los sábados. Eduardo tenía
aproximadamente veintisiete años, delgado y alto. Lo
veíamos como una estampa de rectitud y honor cuando hacía
su aparición con el uniforme de la Marina en la sala
de la casa.
Gabriela
no lo veía desde hacía una semana, ya que él
se encontraba en el cuartel y aprovechaba al máximo esas
sobremesas para conversar con él y cambiar una que otra
caricia. Eduardo era un muchacho disciplinado y ordenado. Es
por eso que la hora del almuerzo de los sábados eran
diferentes. Tenían un aura de ritual e ineludible.
Habían
días en los que él estaba destacado en algún
lugar del país. Yo no lo recuerdo muy bien, pues era
pequeño pero eran lugares lejanos y golpeados por el
terrorismo de esa época. Lugares desconocidos por muchos
profesores de geografía.
Sentía
mucha familiaridad con él, la falta de padre de ambos
nos hacía compartir una especie de unión. Formábamos
una especie de complicidad secreta. Ahora mayor entiendo porque
me enseñó tantas cosas: una infancia sin padre
forma adultos con necesidades de niño.
Sería
difícil enumerar los momentos trascendentales que pasamos:
Me enseñó a bailar trompo, volar cometa y a jugar
cartas. En las noches en vela, cuando mi hermana se iba a su
cuarto a cambiar, yo me acercaba de puntillas para conversar
con él a oscuras, en la sala.
Hablábamos
de sus viajes a la sierra y a la selva, de sus encuentros con
los "terrucos", como él decía, de los
buenos ratos en el cuartel, de los tristes en la puna. Hasta
que salía mi hermana y me mandaba a dormir con un palmazo.
En las tardes
se encargaba de regar el gigantesco eucalipto del jardín.
Después de almorzar lo acompañábamos al
jardín a regar el eucalipto al que le conversaba y cuidaba
con ternura. Ahora supongo que el corazón que tenía
grabado en su tronco lo hizo él.Nunca le pregunté
a mi hermana, pero supongo que fue así.
Recuerdo
aquel domingo en el que se me acercó y me dijo:
- ¿Sabes
ver la hora?
- Mas o menos...
- A ver... ¿Qué hora es?
- Son las siete...
- Siete y cuarto.
Se sacó
el reloj dorado y me dijo:
- Toma,
cuídalo. Es un reloj que me dejó mi papá.
Ahora es tuyo.
Nunca entendí
la magnitud de un regalo similar. Recuerdo haberlo llevado al
colegio y alardear con él. Ponerlo más de diez
veces en la mesita de noche de mi habitación, aparentando
acostarme despreocupado, sin verlo, sintiendo que un reloj de
oro me volvía mayor.
Recuerdo
la tarde en que se fue a Huancayo, cuando se escuchó
un terrible estruendo por la ventana de la sala. Nunca entendimos
por qué pronunciamos su nombre cuando vimos el eucalipto
caído sobre el muro. Todos pronunciamos su nombre como
si él tuviera alguna conexión con el árbol.
El grueso
tronco se había partido y cayó sobre el muro de
la casa, desprendiendo un olor que hasta ahora no puedo olvidar.
Y que me transporta a esas épocas, que evoca cuentos
infantiles e historias de guerras.
Podríamos
dar miles de razones por las que pronunciamos su nombre en ese
momento. Pero fueron un puñado de terroristas y algunas
bombas los que saben la verdadera razón que esa misma
tarde, luego de las noticias de las cinco, diéramos una
plegaria entre llantos y lamentos frente al tronco caído
en el jardín.
Puede parecer
algo salido de mi mente, pero ni la memoria de mi madre ni mi
hermana me dejan mentir.
Cuando por
las noches, al llegar a casa tan empapado de los avatares y
problemas cotidianos, cuando empiezo a dudar de mis recuerdos
fantásticos, aspiro el perfume de la seca rama de su
eucalipto y contemplo cómo se mueven aún las manecillas
de su reloj.
1997
MIGUEL
VILLALOBOS DENEGRI