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C U E N T O S (cue)


OLOR A EUCALIPTO (1997)


Recuerdo la historia como si fuera un sueño, pero sé que ocurrió. Existen días en los que no sé distinguir entre lo que soñé o lo que me sucedió, entre mis fantasías y mis realidades, pero estoy seguro que esto sucedió.

Mi madre y mi hermana son testigos de lo ocurrido aquella tarde. Es probable que si ellas no existieran no insistiría en la veracidad de lo acontecido aquel día.

Eran aproximadamente las dos de la tarde. Eduardo, el novio de mi hermana Gabriela llegó a la casa y se sentó a almorzar con nosotros como era costumbre los sábados. Eduardo tenía aproximadamente veintisiete años, delgado y alto. Lo veíamos como una estampa de rectitud y honor cuando hacía su aparición con el uniforme de la Marina en la sala de la casa.

Gabriela no lo veía desde hacía una semana, ya que él se encontraba en el cuartel y aprovechaba al máximo esas sobremesas para conversar con él y cambiar una que otra caricia. Eduardo era un muchacho disciplinado y ordenado. Es por eso que la hora del almuerzo de los sábados eran diferentes. Tenían un aura de ritual e ineludible.

Habían días en los que él estaba destacado en algún lugar del país. Yo no lo recuerdo muy bien, pues era pequeño pero eran lugares lejanos y golpeados por el terrorismo de esa época. Lugares desconocidos por muchos profesores de geografía.

Sentía mucha familiaridad con él, la falta de padre de ambos nos hacía compartir una especie de unión. Formábamos una especie de complicidad secreta. Ahora mayor entiendo porque me enseñó tantas cosas: una infancia sin padre forma adultos con necesidades de niño.

Sería difícil enumerar los momentos trascendentales que pasamos: Me enseñó a bailar trompo, volar cometa y a jugar cartas. En las noches en vela, cuando mi hermana se iba a su cuarto a cambiar, yo me acercaba de puntillas para conversar con él a oscuras, en la sala.

Hablábamos de sus viajes a la sierra y a la selva, de sus encuentros con los "terrucos", como él decía, de los buenos ratos en el cuartel, de los tristes en la puna. Hasta que salía mi hermana y me mandaba a dormir con un palmazo.

En las tardes se encargaba de regar el gigantesco eucalipto del jardín. Después de almorzar lo acompañábamos al jardín a regar el eucalipto al que le conversaba y cuidaba con ternura. Ahora supongo que el corazón que tenía grabado en su tronco lo hizo él.Nunca le pregunté a mi hermana, pero supongo que fue así.

Recuerdo aquel domingo en el que se me acercó y me dijo:

- ¿Sabes ver la hora?
- Mas o menos...
- A ver... ¿Qué hora es?
- Son las siete...
- Siete y cuarto.

Se sacó el reloj dorado y me dijo:

- Toma, cuídalo. Es un reloj que me dejó mi papá. Ahora es tuyo.

Nunca entendí la magnitud de un regalo similar. Recuerdo haberlo llevado al colegio y alardear con él. Ponerlo más de diez veces en la mesita de noche de mi habitación, aparentando acostarme despreocupado, sin verlo, sintiendo que un reloj de oro me volvía mayor.

Recuerdo la tarde en que se fue a Huancayo, cuando se escuchó un terrible estruendo por la ventana de la sala. Nunca entendimos por qué pronunciamos su nombre cuando vimos el eucalipto caído sobre el muro. Todos pronunciamos su nombre como si él tuviera alguna conexión con el árbol.

El grueso tronco se había partido y cayó sobre el muro de la casa, desprendiendo un olor que hasta ahora no puedo olvidar. Y que me transporta a esas épocas, que evoca cuentos infantiles e historias de guerras.

Podríamos dar miles de razones por las que pronunciamos su nombre en ese momento. Pero fueron un puñado de terroristas y algunas bombas los que saben la verdadera razón que esa misma tarde, luego de las noticias de las cinco, diéramos una plegaria entre llantos y lamentos frente al tronco caído en el jardín.

Puede parecer algo salido de mi mente, pero ni la memoria de mi madre ni mi hermana me dejan mentir.

Cuando por las noches, al llegar a casa tan empapado de los avatares y problemas cotidianos, cuando empiezo a dudar de mis recuerdos fantásticos, aspiro el perfume de la seca rama de su eucalipto y contemplo cómo se mueven aún las manecillas de su reloj.

1997
MIGUEL VILLALOBOS DENEGRI