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C U E N T O S (cue)


LA CARRETERA (2000)

El auto se deslizaba por la autopista como una gota de agua y el potente motor ronroneaba en la caja metálica como una leona en celo. Apenas podía ver a través del parabrisas: el barro seco y el polvo cubrían casi la totalidad del Mustang rojo.

- ¡Estás seguro que ya no nos siguen?
- No del todo.

Los ojos celestes siguieron preguntando a mi lado izquierdo y en silencio. Asustada como un conejo cabalgando sobre un galgo, giró el rostro hacia la ventanilla del lado izquierdo.

- No tengas miedo, ya no creo que nos sigan.

La oscuridad y el viento seco entraban por las ventanas abiertas. También la noche entraba iluminándole el rostro con fría y azul luz lunar.

- ¿ Por qué nos estacionamos?
- No hagas ruido. Quiero escuchar si viene alguien.

Escuché el silencio de grillos, ranas y perros en la lejanía, el tranquilizador roce de la hierba con el viento; escuché los sonidos del silencio, el olor a tierras perdidas. Me senté en el capó del Mustang y encendí un cigarro.

La luz rojiza, incandescente luciérnaga de humo iba y venía de mis labios a mis manos sucias. Un par de pequeñas estrellas iluminaban desde dentro del auto: los celestes luceros parpadeaban mirándome fumar.

Salió arropada por la manta gris. Su delgado cuerpo se asomaba tembloroso y semidesnudo por entre la gruesa manta. Recordé que hacía unas horas esa misma manta había servido para cargar a un perro que había atropellado en la carretera. Ella no lo sabía y tampoco se lo iba a decir.

La luna le iluminó el cabello y las pálidas mejillas. Se acercó mirándome como un animalito asustado. - ¿Estás bien? - pregunté mientras se acercaba. Su voz se deslizaba por la garganta cansada - No, no estoy bien - Sus ojos iluminaban la hierba del suelo. Vi que estaba descalza.

- Mejor recuéstate en el carro.- Abrí la puerta e incliné el asiento delantero.

La tomé del hombro y la llevé al auto. Se cubrió un poco más con la manta y se recostó. El suelo cubrió sus ojos cansados y su pecho se mecía suavemente al compás de la respiración. Pensé que en el susto que me dio al salir del restaurante. Acababa de cerrar la puerta y la reja como todos los domingos antes de la medianoche. Me acerqué al auto en el estacionamiento y al abrir la puerta la encontré: Asustada, con barro en los brazos y cubierta con la manta. Recuerdo el hormigueo producto de la sorpresa. Un pequeño hormigueo en la nuca, como el que sentí cuando a los diez años encontré en mi cuarto una paloma moribunda. La pobre entró en mi habitación e intentó salir varias veces, golpeándose en el cristal, desnucándose. Mi segunda reacción fue la de agresión. En lugares alejados, como éste, pueden ocurrir muchas cosas. Al dueño del bar del Km. 52 lo esperaron hasta la hora del cierre cuando les dijo a los tres últimos clientes que salieran, pues iba a cerrar, sacaron sus armas y lo encañonaron. El pobre no se debió defender. Lo dejaron muy golpeado.

- ¡Qué mierda haces en mi carro!
- ¡Ayúdame, por favor!

Ni su desnudez, ni el barro, ni sus raspones me convencieron tanto como sus ojos. Veía más desnudez en sus ojos que en su cuerpo.

- ¡Me van a matar!

Sus lágrimas reemplazaron sus razones. Intenté mantener la serenidad al obligarla a pasarse al asiento delantero. En el camino me explicó que había huido de una casa donde la tenían encerrada. Un titular más de periódico barato, pensé. Alguno de esos casos jalados de los pelos que ocurren por todos lados.

Sus palabras eran cortas, hablaba entrecortado como saboreando las frases, como demorando el sabor de suave caramelo de su voz. La noche la hizo dormir y yo manejando sin rumbo fijo pensaba en lo que dirían en casa cuando les contara esto. Duerme. Si duerme confía y si confía no oculta nada. Pensaba mientras mordisqueaba el cigarrillo apagado y sin ánimo de prenderlo.

La luz de las estrellas se alejaba y se derramaba en su lugar un etéreo vaho azul. Las estrellas se disuelven en esa ligera niebla opaca y la iluminan con su materia, como el hielo en el Whisky.

Encontré una botella en la maletera del carro. Hubiera sido mejor con hielo, pero me da lo mismo. Abrí la botella y bebí el líquido dorado. Miré dentro del carro y encontré a la mujer en la misma posición de la noche anterior, seguía arropada por la manta gris. Me senté en el asiento del conductor y miré al frente.

Estábamos dentro de una especie de huerto o chacra. A lo lejos la carretera soltaba el chispeante reflejo de un automóvil desplazándose hacia el sur. Volví a mirarla y encontré sus ojos celestes observándome. La vi más tranquila, mucho mejor que la noche anterior.

- ¿ Quieres un trago?
- No, gracias...
- ¿Un cigarro?
- No, no me gustan...

Una pequeña sonrisa asomó por sus labios finos y creó un par de líneas en sus mejillas. Sonreí también. ¿Te molesta que yo fume? Negó suavemente con la cabeza y siguió sonriendo. Se sentó y acomodó la manta.

- ¿Dónde está tu casa?
- No tengo, ahora no tengo...
- ¿Cómo te conseguimos ropa...?

Se incomodó un poco, como si no hubiera visto que estaba desnuda. Se inclinó sobre sus rodillas y se cubrió un poco más.

- Disculpa, si te molesté con mi pregunta...

Me quité la camisa y se la entregué. Salí del auto y caminé unos metros. Al regresar al auto no la encontré. Busqué a mi alrededor pensando que no podía estar muy lejos.

Vi su figura caminando al fondo, entre el maíz y la hierba alta. Mi camisa le quedaba hasta las rodillas. Sus piernas largas estaban heridas y cojeaba un poco de la pierna derecha. Me acerqué para ayudarla a regresar al auto.

- ¿Adónde vas?
- Necesito... agua.
- Me lo hubieras dicho, vamos en el carro y la buscamos. ¿No crees que es más fácil?

Su sonrisa me alivió. Habían momentos en su mirada en los que parecía que estaba muy enferma. En los ojos claros se veía el campo de maíz verde, fresco e infinito. Decidí dar la vuelta a la carretera, para regresar al restaurante, pero una mirada de espanto se clavó en la carretera.

- ¡No, no puedes regresar!
- Ya no creo que te busquen
- Si, me van a encontrar...

Me detuve en el borde de la pista. Encendí nuevamente mi cigarro, pues hacía buen rato se me había apagado. Con el brazo sobre el respaldar de mi asiento pregunté:

- Primero que nada dime tu nombre. Segundo, de quién huyes y tercero por qué huyes.

Su mirada bajó nuevamente y sus labios se abrieron como para decir algo. Dio un suspiro y dijo:

- Tengo sed. Llévame a algún lugar donde haya agua... donde sea...

Encendí nuevamente el carro y nos dirigimos rumbo al restaurante.


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- Pasa, no tengas miedo. Aún es temprano y no creo que venga nadie dentro de una hora.
- ¿Es tuyo... todo?
- Si. Tenía un socio, pero falleció hace un tiempo.
- Es bonito, pero oscuro.

Saqué una gaseosa helada y se la serví. Tomó el líquido como si no hubiera bebido en años. Cuando terminó me preguntó:

- ¿Tienes agua?

Sonreí y le serví un vaso.

- ¿Cuál es tu nombre?
- En esa casa donde estuve me llamaban Ziva, pero en realidad ese no es mi nombre.
- ¿Cuál es?
- No podrías pronunciarlo.
- ¿De dónde eres?
- De aquí cerca...
- ¿Por qué no puedes decirme tu nombre?
- Primero déjame descansar un rato...

Mi curiosidad aumentó con su negativa, pero la olvidé pronto al ver su pierna herida.

- Qué mal está esa herida... - dije mientras me levantaba para revisarla.
- No es mucho... pero duele...
- Claro que debe doler... cualquiera se estaría quejando...

Sonrió haciendo un mohín de dolor mientras mojaba con una gasa húmeda para quitarle la tierra y el barro seco de la raspadura. Mientras pasaba la gasa descubría la blanca piel encendida en un tono rosáceo.

- ¿No prefieres bañarte?
- Me encantaría....¿Tienes ducha aquí?
- Claro... ven.

La llevé a la pequeña habitación que hay a la espalda de la barra y le mostré la puerta del baño. Fui a la cocina y saqué unas toallas. Encontré sobre la cama mi camisa, la recogí y me acerqué a la puerta del baño con la toalla en la mano. La puerta estaba entreabierta, la empujé y me acerqué un poco. La luz se difuminaba como estrellándose en el aire lleno de vapor. No vi a nadie a través de la cortina del baño.

Extrañado me aproximé y la abrí. Oí un gruñido a mis espaldas. Sentía el vapor caliente en los ojos y al voltear encontré una silueta oscura frente a mí. No tuve tiempo de nada.

La silueta, como la de un animal, saltó contra mi cuello derribándome contra las llaves de la ducha.

- ¿Te sientes mejor?

Me dolía la nuca. Acerqué mi mano a ella y la sentí húmeda y golpeada.

- Al menos ya despertaste.
- ¿Qué pasó?
- Parece que te caíste.
- No... creo... algo me atacó...

Me senté en la cama y vi la sonrisa burlona. Miré la puerta del baño y su cabellera mojada y peinada. Estaba preciosa. Sus ojos me miraron fijos, se me acercó y me abrazó. Intenté acomodarme para besarla, pero no pude. Acercó lentamente su boca y mordió mis labios suavemente.

- Gracias... por haberme ayudado.
- Creo que te debo las gracias también...

La volví a abrazar y la besé. Se levantó lentamente de la cama y pude ver que vestía otra camisa mía. Volteó y me dijo con su acento extranjero:

- ¿ Crees que puedas conseguir ropa de mujer?
- No debe ser difícil. Pero me parece más fácil no conseguirla.

Me miró como si no entendiera. Sonrió suavemente y fue hacia el baño. Me levanté y me sentí un poco mareado. Pregunté si había llegado el cocinero y las azafatas. Me dijo que sí. Y que la habían visto con malos ojos. Por eso me pidió la ropa.


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Fui a comprar algo de ropa. El día soleado se estrellaba contra el sucio parabrisas. Cuando salí de la tienda pude ver mi parachoques completamente doblado. "Perro de mierda", pensé. Cogí la bolsa y la puse en el asiento trasero. Encontré la manta gris que cobijó en la noche a Ziva o como se llame. Y la saqué. Tenía sangre. ¿Sería del perro o de Ziva? El perro estaba golpeado, pero no muy herido. Con todo el whisky que había tomado y en medio de esa lluvia no podía manejar, así que lo arropé con la manta y lo dejé a un lado de la carretera.


Llegué al restaurante y estacioné el auto. Me incliné para sacar la bolsa y pude ver por la ventanilla de atrás que habían algunas personas en el local. Carros estacionados en la puerta y algunos choferes que caían a la hora del almuerzo.

Bajé el asiento de adelante y antes de cerrar la puerta vi la manta. "Mejor la saco de aquí antes que el carro huela a perro muerto". La saqué y entré por la puerta trasera. Dejé la bolsa en el piso y saqué las llaves. Ya en la cocina recordé que Ziva no había comido nada.

Le pregunté al cocinero si le había ofrecido algo y me dijo que no. Llevé una hamburguesa con papas a la habitación y dejé el plato en la mesa. No encontré a nadie. No puede haberse ido, dije para mí. No sin ropa.

Era aproximadamente medianoche. Los últimos empleados salían de la cocina y se despedían hasta el martes, pues no atendíamos los lunes. Tomé la bolsa de la ropa sucia y la de los manteles sucios para llevarlos a lavar. Los subí en el auto. Recordé la manta ensangrentada, la puse en la maletera y cerré.

Cuando encendí el auto vi una figura aparecer de detrás de la puerta del restaurante. Era Ziva. Acercó su silueta azulada por la luna. Su desnudez me extrañó.

- ¿Conseguiste la ropa?
- Si... la tengo adentro...
- Tengo frío...

Su rostro estaba pálido como marfil y su cuerpo temblaba cuando era acariciada por el viento. Bajé del auto y abrí el local de nuevo. Entramos.

- ¿Por qué te fuiste?
- Tenía hambre...
- ¿Por qué no me esperaste?

Miró al piso como buscando traducir algunas palabras. De nuevo sus ojos iluminaron la habitación.

- ¿Y por qué estás sin ropa?

No respondió. Me miró a los ojos y se recostó en mis brazos. Pasé mis manos por su espalda desnuda y buscó mi mirada. Acaricié nuevamente sus muslos, sentí su dolor. Aún tenía muy golpeadas las piernas y se quejó suavemente. Me puse de pié y le alcancé la ropa que le había comprado. Abrió la bolsa y se rió.

- ¡Ropa, me compraste ropa!
- ¿Te gusta?
- ¡Sí, me encanta!

Sus ojos se iluminaron aún más. Miraba el Jean y las blusas con emoción, como si nunca antes hubiera poseído prenda alguna. Se vistió delante de mí sin ningún recato. Mientras se vestía yo pensaba cuál podía ser la historia de esta preciosa extranjera que hasta hace un tiempo estaba cautiva en algún lugar y el por qué de sus heridas. Su alegría despejaba las oscuras incógnitas que se arremolinaban en mi mente y me embriagaba de su risa de niña.

- ¿Me queda bien?
- Eres preciosa...

Se me acercó dando saltos y me abrazó fuerte, me besó varias veces y corrió a verse al espejo del baño. Me acerqué a la puerta y la miré.

- ¿Puedo preguntarte algo?
- ¿Qué?
- Tu nombre...

Me miró sonriendo a los ojos y se acercó a mis labios susurrando suavemente:

- No lo vas poder pronunciar... ahora me llamo Ziva. Ahora soy Ziva...

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Desperté casi a las cuatro de la mañana. No acostumbro levantarme a esa hora y menos si duermo con alguien al lado. Pero esa noche algo me despertó. Tal vez era el ruido de la lluvia o tal vez era que Ziva se había ido.

Me senté en la cama y no escuché ningún ruido. Apoyé mi cabeza en mis rodillas e imaginé su rostro: Sus ojos llorosos, su cuerpo desnudo y húmedo oculto bajo la manta. La manta ensangrentada. La manta que había dejado con el perro al lado de la carretera y con la que Ziva apareció misteriosamente en mi auto.

Un suave hielo me recorrió la espalda. Las heridas de Ziva en la pierna, el parachoques doblado, el barro en sus brazos y piernas. Sus ojos celestes, claros y lobunos. Ziva no estaba y yo estaba solo con un extraño presentimiento en una noche lluviosa.

Me vestí y fui hacia el auto. La lluvia me mojaba, pero no me importaba. Lo único que quería era largarme de ahí lo más rápido posible. No podía creer que me estuviera yendo por una estúpida pesadilla. Porque todo debería ser una pesadilla. Era posible que Ziva haya encontrado la manta que dejé en la carretera...

Tengo en la mano la manija del carro, la estoy a punto de abrir. No sé qué me detiene. Unos pasos en la lluvia o alguna presencia fuerte a mis espaldas. Me decido por no abrir. Volteo a ver qué es lo que no me deja ir y veo al mismo perro - lobo que atropellé hacía tres noches. Sus ojos celeste claro fijos en mí, a unos cuatro metros de distancia. Lo miro sin miedo. Lo miro a los ojos. Se detiene y cierra el hocico lentamente.

- ¿Ziva?

Me mira con esa mirada melancólica que sólo los animales pueden hacer y hace un sonido extraño, como un aullido suave, como un quejido de dolor.

- ¿Ziva, eres tú?

El perro se da la vuelta y camina lentamente unos cinco metros con una ligera cojera en la pierna derecha. Voltea la cabeza y vuelve a hacer el mismo sonido extraño. Mientras se va alejando por entre las chacras se oye en la noche lluviosa el mismo aullido suave y repetido, como quejido, como de llanto. Y mientras el aullido se aleja me voy convenciendo de lo increíble.

La lluvia se calma y el sol opaca las estrellas cuando decido irme convencido que ya sé su nombre, pero que jamás podré pronunciarlo.

14-02-2000

MIGUEL VILLALOBOS DENEGRI