El auto
se deslizaba por la autopista como una gota de agua y el potente
motor ronroneaba en la caja metálica como una leona
en celo. Apenas podía ver a través del parabrisas:
el barro seco y el polvo cubrían casi la totalidad
del Mustang rojo.
- ¡Estás
seguro que ya no nos siguen?
- No del todo.
Los ojos
celestes siguieron preguntando a mi lado izquierdo y en silencio.
Asustada como un conejo cabalgando sobre un galgo, giró
el rostro hacia la ventanilla del lado izquierdo.
- No tengas
miedo, ya no creo que nos sigan.
La oscuridad
y el viento seco entraban por las ventanas abiertas. También
la noche entraba iluminándole el rostro con fría
y azul luz lunar.
- ¿
Por qué nos estacionamos?
- No hagas ruido. Quiero escuchar si viene alguien.
Escuché
el silencio de grillos, ranas y perros en la lejanía,
el tranquilizador roce de la hierba con el viento; escuché
los sonidos del silencio, el olor a tierras perdidas. Me senté
en el capó del Mustang y encendí un cigarro.
La luz
rojiza, incandescente luciérnaga de humo iba y venía
de mis labios a mis manos sucias. Un par de pequeñas
estrellas iluminaban desde dentro del auto: los celestes luceros
parpadeaban mirándome fumar.
Salió
arropada por la manta gris. Su delgado cuerpo se asomaba tembloroso
y semidesnudo por entre la gruesa manta. Recordé que
hacía unas horas esa misma manta había servido
para cargar a un perro que había atropellado en la
carretera. Ella no lo sabía y tampoco se lo iba a decir.
La luna
le iluminó el cabello y las pálidas mejillas.
Se acercó mirándome como un animalito asustado.
- ¿Estás bien? - pregunté mientras se
acercaba. Su voz se deslizaba por la garganta cansada - No,
no estoy bien - Sus ojos iluminaban la hierba del suelo. Vi
que estaba descalza.
- Mejor
recuéstate en el carro.- Abrí la puerta e incliné
el asiento delantero.
La tomé
del hombro y la llevé al auto. Se cubrió un
poco más con la manta y se recostó. El suelo
cubrió sus ojos cansados y su pecho se mecía
suavemente al compás de la respiración. Pensé
que en el susto que me dio al salir del restaurante. Acababa
de cerrar la puerta y la reja como todos los domingos antes
de la medianoche. Me acerqué al auto en el estacionamiento
y al abrir la puerta la encontré: Asustada, con barro
en los brazos y cubierta con la manta. Recuerdo el hormigueo
producto de la sorpresa. Un pequeño hormigueo en la
nuca, como el que sentí cuando a los diez años
encontré en mi cuarto una paloma moribunda. La pobre
entró en mi habitación e intentó salir
varias veces, golpeándose en el cristal, desnucándose.
Mi segunda reacción fue la de agresión. En lugares
alejados, como éste, pueden ocurrir muchas cosas. Al
dueño del bar del Km. 52 lo esperaron hasta la hora
del cierre cuando les dijo a los tres últimos clientes
que salieran, pues iba a cerrar, sacaron sus armas y lo encañonaron.
El pobre no se debió defender. Lo dejaron muy golpeado.
- ¡Qué
mierda haces en mi carro!
- ¡Ayúdame, por favor!
Ni su
desnudez, ni el barro, ni sus raspones me convencieron tanto
como sus ojos. Veía más desnudez en sus ojos
que en su cuerpo.
- ¡Me
van a matar!
Sus lágrimas
reemplazaron sus razones. Intenté mantener la serenidad
al obligarla a pasarse al asiento delantero. En el camino
me explicó que había huido de una casa donde
la tenían encerrada. Un titular más de periódico
barato, pensé. Alguno de esos casos jalados de los
pelos que ocurren por todos lados.
Sus palabras
eran cortas, hablaba entrecortado como saboreando las frases,
como demorando el sabor de suave caramelo de su voz. La noche
la hizo dormir y yo manejando sin rumbo fijo pensaba en lo
que dirían en casa cuando les contara esto. Duerme.
Si duerme confía y si confía no oculta nada.
Pensaba mientras mordisqueaba el cigarrillo apagado y sin
ánimo de prenderlo.
La luz
de las estrellas se alejaba y se derramaba en su lugar un
etéreo vaho azul. Las estrellas se disuelven en esa
ligera niebla opaca y la iluminan con su materia, como el
hielo en el Whisky.
Encontré
una botella en la maletera del carro. Hubiera sido mejor con
hielo, pero me da lo mismo. Abrí la botella y bebí
el líquido dorado. Miré dentro del carro y encontré
a la mujer en la misma posición de la noche anterior,
seguía arropada por la manta gris. Me senté
en el asiento del conductor y miré al frente.
Estábamos
dentro de una especie de huerto o chacra. A lo lejos la carretera
soltaba el chispeante reflejo de un automóvil desplazándose
hacia el sur. Volví a mirarla y encontré sus
ojos celestes observándome. La vi más tranquila,
mucho mejor que la noche anterior.
- ¿
Quieres un trago?
- No, gracias...
- ¿Un cigarro?
- No, no me gustan...
Una pequeña
sonrisa asomó por sus labios finos y creó un
par de líneas en sus mejillas. Sonreí también.
¿Te molesta que yo fume? Negó suavemente con
la cabeza y siguió sonriendo. Se sentó y acomodó
la manta.
- ¿Dónde
está tu casa?
- No tengo, ahora no tengo...
- ¿Cómo te conseguimos ropa...?
Se incomodó
un poco, como si no hubiera visto que estaba desnuda. Se inclinó
sobre sus rodillas y se cubrió un poco más.
- Disculpa,
si te molesté con mi pregunta...
Me quité
la camisa y se la entregué. Salí del auto y
caminé unos metros. Al regresar al auto no la encontré.
Busqué a mi alrededor pensando que no podía
estar muy lejos.
Vi su
figura caminando al fondo, entre el maíz y la hierba
alta. Mi camisa le quedaba hasta las rodillas. Sus piernas
largas estaban heridas y cojeaba un poco de la pierna derecha.
Me acerqué para ayudarla a regresar al auto.
- ¿Adónde
vas?
- Necesito... agua.
- Me lo hubieras dicho, vamos en el carro y la buscamos. ¿No
crees que es más fácil?
Su sonrisa
me alivió. Habían momentos en su mirada en los
que parecía que estaba muy enferma. En los ojos claros
se veía el campo de maíz verde, fresco e infinito.
Decidí dar la vuelta a la carretera, para regresar
al restaurante, pero una mirada de espanto se clavó
en la carretera.
- ¡No,
no puedes regresar!
- Ya no creo que te busquen
- Si, me van a encontrar...
Me detuve
en el borde de la pista. Encendí nuevamente mi cigarro,
pues hacía buen rato se me había apagado. Con
el brazo sobre el respaldar de mi asiento pregunté:
- Primero
que nada dime tu nombre. Segundo, de quién huyes y
tercero por qué huyes.
Su mirada
bajó nuevamente y sus labios se abrieron como para
decir algo. Dio un suspiro y dijo:
- Tengo
sed. Llévame a algún lugar donde haya agua...
donde sea...
Encendí
nuevamente el carro y nos dirigimos rumbo al restaurante.
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- Pasa, no tengas miedo. Aún es temprano y no creo
que venga nadie dentro de una hora.
- ¿Es tuyo... todo?
- Si. Tenía un socio, pero falleció hace un
tiempo.
- Es bonito, pero oscuro.
Saqué
una gaseosa helada y se la serví. Tomó el líquido
como si no hubiera bebido en años. Cuando terminó
me preguntó:
- ¿Tienes
agua?
Sonreí
y le serví un vaso.
- ¿Cuál
es tu nombre?
- En esa casa donde estuve me llamaban Ziva, pero en realidad
ese no es mi nombre.
- ¿Cuál es?
- No podrías pronunciarlo.
- ¿De dónde eres?
- De aquí cerca...
- ¿Por qué no puedes decirme tu nombre?
- Primero déjame descansar un rato...
Mi curiosidad
aumentó con su negativa, pero la olvidé pronto
al ver su pierna herida.
- Qué
mal está esa herida... - dije mientras me levantaba
para revisarla.
- No es mucho... pero duele...
- Claro que debe doler... cualquiera se estaría quejando...
Sonrió
haciendo un mohín de dolor mientras mojaba con una
gasa húmeda para quitarle la tierra y el barro seco
de la raspadura. Mientras pasaba la gasa descubría
la blanca piel encendida en un tono rosáceo.
- ¿No
prefieres bañarte?
- Me encantaría....¿Tienes ducha aquí?
- Claro... ven.
La llevé
a la pequeña habitación que hay a la espalda
de la barra y le mostré la puerta del baño.
Fui a la cocina y saqué unas toallas. Encontré
sobre la cama mi camisa, la recogí y me acerqué
a la puerta del baño con la toalla en la mano. La puerta
estaba entreabierta, la empujé y me acerqué
un poco. La luz se difuminaba como estrellándose en
el aire lleno de vapor. No vi a nadie a través de la
cortina del baño.
Extrañado
me aproximé y la abrí. Oí un gruñido
a mis espaldas. Sentía el vapor caliente en los ojos
y al voltear encontré una silueta oscura frente a mí.
No tuve tiempo de nada.
La silueta,
como la de un animal, saltó contra mi cuello derribándome
contra las llaves de la ducha.
- ¿Te
sientes mejor?
Me dolía
la nuca. Acerqué mi mano a ella y la sentí húmeda
y golpeada.
- Al menos
ya despertaste.
- ¿Qué pasó?
- Parece que te caíste.
- No... creo... algo me atacó...
Me senté
en la cama y vi la sonrisa burlona. Miré la puerta
del baño y su cabellera mojada y peinada. Estaba preciosa.
Sus ojos me miraron fijos, se me acercó y me abrazó.
Intenté acomodarme para besarla, pero no pude. Acercó
lentamente su boca y mordió mis labios suavemente.
- Gracias...
por haberme ayudado.
- Creo que te debo las gracias también...
La volví
a abrazar y la besé. Se levantó lentamente de
la cama y pude ver que vestía otra camisa mía.
Volteó y me dijo con su acento extranjero:
- ¿
Crees que puedas conseguir ropa de mujer?
- No debe ser difícil. Pero me parece más fácil
no conseguirla.
Me miró
como si no entendiera. Sonrió suavemente y fue hacia
el baño. Me levanté y me sentí un poco
mareado. Pregunté si había llegado el cocinero
y las azafatas. Me dijo que sí. Y que la habían
visto con malos ojos. Por eso me pidió la ropa.
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Fui a comprar algo de ropa. El día soleado se estrellaba
contra el sucio parabrisas. Cuando salí de la tienda
pude ver mi parachoques completamente doblado. "Perro
de mierda", pensé. Cogí la bolsa y la puse
en el asiento trasero. Encontré la manta gris que cobijó
en la noche a Ziva o como se llame. Y la saqué. Tenía
sangre. ¿Sería del perro o de Ziva? El perro
estaba golpeado, pero no muy herido. Con todo el whisky que
había tomado y en medio de esa lluvia no podía
manejar, así que lo arropé con la manta y lo
dejé a un lado de la carretera.
Llegué al restaurante y estacioné el auto. Me
incliné para sacar la bolsa y pude ver por la ventanilla
de atrás que habían algunas personas en el local.
Carros estacionados en la puerta y algunos choferes que caían
a la hora del almuerzo.
Bajé
el asiento de adelante y antes de cerrar la puerta vi la manta.
"Mejor la saco de aquí antes que el carro huela
a perro muerto". La saqué y entré por la
puerta trasera. Dejé la bolsa en el piso y saqué
las llaves. Ya en la cocina recordé que Ziva no había
comido nada.
Le pregunté
al cocinero si le había ofrecido algo y me dijo que
no. Llevé una hamburguesa con papas a la habitación
y dejé el plato en la mesa. No encontré a nadie.
No puede haberse ido, dije para mí. No sin ropa.
Era aproximadamente
medianoche. Los últimos empleados salían de
la cocina y se despedían hasta el martes, pues no atendíamos
los lunes. Tomé la bolsa de la ropa sucia y la de los
manteles sucios para llevarlos a lavar. Los subí en
el auto. Recordé la manta ensangrentada, la puse en
la maletera y cerré.
Cuando
encendí el auto vi una figura aparecer de detrás
de la puerta del restaurante. Era Ziva. Acercó su silueta
azulada por la luna. Su desnudez me extrañó.
- ¿Conseguiste
la ropa?
- Si... la tengo adentro...
- Tengo frío...
Su rostro
estaba pálido como marfil y su cuerpo temblaba cuando
era acariciada por el viento. Bajé del auto y abrí
el local de nuevo. Entramos.
- ¿Por
qué te fuiste?
- Tenía hambre...
- ¿Por qué no me esperaste?
Miró
al piso como buscando traducir algunas palabras. De nuevo
sus ojos iluminaron la habitación.
- ¿Y
por qué estás sin ropa?
No respondió.
Me miró a los ojos y se recostó en mis brazos.
Pasé mis manos por su espalda desnuda y buscó
mi mirada. Acaricié nuevamente sus muslos, sentí
su dolor. Aún tenía muy golpeadas las piernas
y se quejó suavemente. Me puse de pié y le alcancé
la ropa que le había comprado. Abrió la bolsa
y se rió.
- ¡Ropa,
me compraste ropa!
- ¿Te gusta?
- ¡Sí, me encanta!
Sus ojos
se iluminaron aún más. Miraba el Jean y las
blusas con emoción, como si nunca antes hubiera poseído
prenda alguna. Se vistió delante de mí sin ningún
recato. Mientras se vestía yo pensaba cuál podía
ser la historia de esta preciosa extranjera que hasta hace
un tiempo estaba cautiva en algún lugar y el por qué
de sus heridas. Su alegría despejaba las oscuras incógnitas
que se arremolinaban en mi mente y me embriagaba de su risa
de niña.
- ¿Me
queda bien?
- Eres preciosa...
Se me
acercó dando saltos y me abrazó fuerte, me besó
varias veces y corrió a verse al espejo del baño.
Me acerqué a la puerta y la miré.
- ¿Puedo
preguntarte algo?
- ¿Qué?
- Tu nombre...
Me miró
sonriendo a los ojos y se acercó a mis labios susurrando
suavemente:
- No lo
vas poder pronunciar... ahora me llamo Ziva. Ahora soy Ziva...
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Desperté casi a las cuatro de la mañana. No
acostumbro levantarme a esa hora y menos si duermo con alguien
al lado. Pero esa noche algo me despertó. Tal vez era
el ruido de la lluvia o tal vez era que Ziva se había
ido.
Me senté
en la cama y no escuché ningún ruido. Apoyé
mi cabeza en mis rodillas e imaginé su rostro: Sus
ojos llorosos, su cuerpo desnudo y húmedo oculto bajo
la manta. La manta ensangrentada. La manta que había
dejado con el perro al lado de la carretera y con la que Ziva
apareció misteriosamente en mi auto.
Un suave
hielo me recorrió la espalda. Las heridas de Ziva en
la pierna, el parachoques doblado, el barro en sus brazos
y piernas. Sus ojos celestes, claros y lobunos. Ziva no estaba
y yo estaba solo con un extraño presentimiento en una
noche lluviosa.
Me vestí
y fui hacia el auto. La lluvia me mojaba, pero no me importaba.
Lo único que quería era largarme de ahí
lo más rápido posible. No podía creer
que me estuviera yendo por una estúpida pesadilla.
Porque todo debería ser una pesadilla. Era posible
que Ziva haya encontrado la manta que dejé en la carretera...
Tengo
en la mano la manija del carro, la estoy a punto de abrir.
No sé qué me detiene. Unos pasos en la lluvia
o alguna presencia fuerte a mis espaldas. Me decido por no
abrir. Volteo a ver qué es lo que no me deja ir y veo
al mismo perro - lobo que atropellé hacía tres
noches. Sus ojos celeste claro fijos en mí, a unos
cuatro metros de distancia. Lo miro sin miedo. Lo miro a los
ojos. Se detiene y cierra el hocico lentamente.
- ¿Ziva?
Me mira
con esa mirada melancólica que sólo los animales
pueden hacer y hace un sonido extraño, como un aullido
suave, como un quejido de dolor.
- ¿Ziva,
eres tú?
El perro
se da la vuelta y camina lentamente unos cinco metros con
una ligera cojera en la pierna derecha. Voltea la cabeza y
vuelve a hacer el mismo sonido extraño. Mientras se
va alejando por entre las chacras se oye en la noche lluviosa
el mismo aullido suave y repetido, como quejido, como de llanto.
Y mientras el aullido se aleja me voy convenciendo de lo increíble.
La lluvia
se calma y el sol opaca las estrellas cuando decido irme convencido
que ya sé su nombre, pero que jamás podré
pronunciarlo.
14-02-2000
MIGUEL
VILLALOBOS DENEGRI