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EL CONOCERNOS A NOSOTROS MISMOS

 

(Salmos 139)

 

Desde los tiempos de Sócrates (Siglo V a.C.) y para los sofistas, el hombre era el centro de interés. En el pórtico del templo de Delfos, el cual era frecuentado por personas que buscaban iluminación interior, había una inscripción: “CONÓCETE A TI MISMO”. Hoy esta exhortación tiene la misma validez para nosotros.

 

La pregunta fundamental que tenemos que hacernos es: ¿cuál ser humano es el que debemos estudiar o conocer, el creado por Dios originalmente o el que se ha desarrollado después de la caída?.

 

Para conocernos a nosotros mismos tenemos dos espejos que la Biblia nos proporciona, uno es, Génesis 1:26-27, el hombre y la mujer fueron creados a imagen de Dios. El Salmo 8 es el retrato del ser humano creado por Dios. El otro, es el que el apóstol Pablo nos ofrece en Romanos 5:12-21 y 1Corintios 15:21-25, el hombre pecador y su contraste Jesucristo.

 

De ahí que conocer al ser humano y que éste llegue a conocerse a sí mismo es muy complejo, ya que no se agota el conocimiento de sí mismo. El ser humano es mucho más de lo que él puede saber de sí mismo. El ser humano es un ser incompleto, se esfuerza por alcanzar una estatura o nivel de vida ideal, según sus propias capacidades, pero no lo puede lograr. Necesita de la ayuda de Dios. Por eso, Jesucristo es nuestro único arquetipo.

 

El querer conocer al ser humano no debe ser un fin en sí mismo, sino un medio para crecer y servir; no debemos conocer por conocer, sino conocer para ser y servir. Ejemplo tenemos en Jesucristo.

 

No debemos olvidar que en el proceso de ser uno mismo para llegar a un nivel aceptable de vida, mejor dicho, tener una plenitud de vida, existen mecanismos de escape que a veces no podemos manejarlos. Estos mecanismos son las llamadas emociones que se expresan en la ira (Efesios 4:26; Mateo 5:22); y la envidia (Proverbios 14:30; 1Corintios 13:4). Estas emociones negativas generan la cólera y el odio. Como tales, destruyen al ser humano y contaminan el entorno del mismo.

 

Pero hay otras emociones positivas que permiten que vivamos en paz con nosotros mismos, con nuestro prójimo y con Dios. El amor cristiano, es el amor del hombre/mujer como respuesta al amor de Dios y que se produce entre los que experimentan el mismo sentimiento (1Corintios 13). El amor a Dios, es la máxima expresión de nuestros sentimientos hacia nuestro Creador. “El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor” (1 Juan 4:8); “Nosotros le amamos a Él, porque Él nos amó primero” (1 Juan 4:19).

 

Creer en Dios está ligado al descubrimiento de nosotros mismos. A partir de ese descubrimiento de Dios ya no se puede seguir siendo lo que se era antes. Se adquiere una nueva identidad. Es ser un nuevo ser. Se ha renacido a una nueva comprensión de sí mismo. Ya no se necesita de la máscara o careta. Se empieza a ser un ser humano auténtico (Juan 3:1-10; Efesios 4:17-32).

 

Un mecanismo que permite conocernos a nosotros mismos es nuestra conciencia. Sin ella todo nuestro sistema legal y todo nuestro sistema de calificación humana se vendrían al suelo (Salmo 16:7; Juan 8:9; Hechos 23:1; 1 Timoteo 4:2; Tito 1:15). ¿Qué hacemos cuando se le ocurre preguntar por lo que hemos hecho, a examinar nuestras acciones?. A ella no le podemos engañar, es la voz de Dios. Cuando ella nos molesta o nos persigue sin cesar, nos queda un solo camino: arrepentirnos. El Señor nos perdonará, sólo así podremos vivir en paz y ser felices cada día de nuestra existencia. ¡Eso es vivir en plenitud de vida!.

 

 

Rev. Lic. Jorge Bravo C.

 

 

 

     


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