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   LA PROMESA DEL ESPÍRITU SANTO

 

(Juan 14:23-29)

 

Este pasaje bíblico nos indica que Jesús ha estado enseñando a sus discípulos que es necesario guardar sus mandamientos como señal de amor, de fidelidad a su persona. La promesa a esta obediencia es la venida del Espíritu Santo, quien ha de consolar y habitar entre los que le aman y le siguen (Jn. 14:15-21).

 

A la pregunta de uno de sus discípulos, Judas: “¿Cómo es que te manifestarás a nosotros y no al mundo?”, Jesús reitera una vez más que sólo los que le aman y obedecen Su palabra pueden tener una comunión verdadera con el Padre. El mundo no le conoce ni le ama, menos obedece Su palabra, por lo tanto, no es posible esta comunión. Tal es el amor de Dios para con los que le aman que una morada celestial está ya preparada para vivir en perfecta comunión con Él. Esa es la promesa divina que tenemos después de esta vida terrenal.

 

Pero mientras tanto, aquí en el mundo, la comunidad de creyentes en Él, debe vivir una vida consagrada, donde el amor de Dios sea manifestado las personas que no creen en Él o no le siguen. El verdadero testimonio de fidelidad al Señor debe ser expresado en una vida de obediencia a Su palabra. En esta tarea los creyentes no están solos. Dios enviará al Espíritu Santo para acompañarlos, para darles valor, enseñar nuevas cosas y recordar las enseñanzas de Jesús. No debe haber ningún temor, no estamos solos en la tarea, tenemos al Espíritu Santo como nuestro guía y consolador. Su misión es dar testimonio de que somos hijos de Dios y herederos d Dios y coherederos con Cristo (Ro. 8:16-17).

 

Es por eso que la Iglesia de hoy no debe tener ningún temor para cumplir su misión aquí en el mundo. Su tarea es proclamar el amor de Dios y hacerlo realidad en cada persona que no conoce ese amor de Dios. La transformación de las personas y de la sociedad no será por medio de la violencia, sino a través del amor de Dios. De ahí que el apóstol Pablo nos recuerda que somos más que vencedores (Ro. 8:37). La Iglesia debe dar testimonio de ese gran amor de Dios (Jn. 3:16-17) en medio de situaciones de violencia, corrupción, inmoralidad, injusticia y falta de solidaridad. No hay nada que temer para cumplir con la misión encomendada por el Señor, porque en todas esas circunstancias la obra del Espíritu Santo será manifiesta.

 

Al final del texto bíblico es importante destacar las palabras de Jesús: La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón ni tenga miedo”. (v. 27). Son palabras de seguridad, de confianza, de amor. La paz que Él nos promete no es una paz humana, de pancartas, de grandes discursos en eventos importantes, ni de marchas ni de organismos defensores de la paz; tampoco de tratados de paz, armisticios, etc. La paz que nos da el Señor es una paz real, no al estilo del mundo, sino a su manera: por medio del amor. Tampoco esta paz es un mero saludo de despedida, es su promesa de que estará con nosotros siempre, hasta el fin del mundo (Mt. 28:20b).

 

Para Reflexión:

 

-    ¿Cómo se ha manifestado el Espíritu Santo en tu vida?

-    ¿Cuáles son los frutos de Espíritu Santo en tu vida diaria?

-    ¿De qué manera se expresa nuestra comunión con Dios?

-    ¿Por qué hay tanto temor, violencia, maldad, inmoralidad, corrupción e injusticia, en nuestra sociedad actual?

 

 

 

Rev. Lic. Jorge Bravo C.

 

 

 

      


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