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El Desarrollo del Carácter del Líder Cristiano

 

Por: Rev. Ramón A. Sierra

 

 

 

Introducción

 

I.   Un Déficit Personal y Eclesial en la Experiencia Pasada.

 

II.  Una Necesidad Actual en el Ministerio

 

III. Un Desafío Imperativo para el Futuro de la Iglesia

 

Conclusión


 

Introducción

 

Las siguientes palabras se encuentran escritas en la tumba de un obispo anglicano de la Abadía de Westminster:

 

“Cuando era joven y libre, y mi imaginación no tenía límites, soñaba con cambiar el mundo. Cuando me volví más viejo y sabio descubrí que el mundo no cambiaría, así que acorté mis anhelos un poco y decidí cambiar sólo mi país. Pero este también parecía inmutable. Cuando entré en el ocaso de mi vida, en un último y desesperado intento decidí sólo cambiar mi familia, a los que estaban más cerca de mí, pero igualmente ellos no cambiarían. Y ahora, mientras me encuentro en mi lecho de muerte, repentinamente me doy cuenta: Si hubiera podido cambiarme a mí mismo, entonces por el ejemplo habría cambiado mi familia. Por su inspiración y valor hubiera entonces podido cambiar mi país, y a lo mejor hubiera podido cambiar al mundo” (Canfield/Hansen, “Comienza Contigo Mismo,” Sopa de Pollo para el Alma, 72).

 

Hoy día, la importancia y el valor de la persona, quién ella es interiormente, y su necesario desarrollo personal permanente, son resaltados en todos los ámbitos de la vida. Se reconoce más y más, fuera de los círculos eclesiásticos, que los beneficios del desempeño de funciones, tareas, trabajos y más específicamente, de métodos y técnicas en cualquier campo del accionar humano dependen directamente de la calidad de persona que los ejerce, o sea, de su carácter.

 

"Generalmente, carácter puede ser comprendido como el patrón de conducta que persiste en el tiempo y 'caracteriza' o 'define' a una persona. El carácter de una persona indica los rasgos y hábitos persistentes de un individuo. Específicamente, el carácter comúnmente se refiere al comportamiento moral de una persona con relación a su patrón de conducta que intenta hacer el bien o el mal a otras personas" (Cully/Cully, Encyclopedia of Religion Education, 106). Por lo que el carácter de una persona, tiene que ver con patrones de conducta, lo que nos caracteriza o define individualmente, rasgos persistentes, hábitos, hacer el bien o el mal a otros.

 

En este sentido el carácter es algo que emana del interior del ser humano pero que se evidencia o se refleja en sus actos exteriores, aunque los actos visibles ante otros puedan ser mal interpretados. A pesar de que no podemos o no debemos separar el “ser” del “quehacer,” lo que hacemos la conducta, la realización de cualquier tarea según las Escrituras, fluye o emana de nuestro carácter (corazón = centro espiritual de decisiones, que incluye el intelecto y la capacidad de escoger), nuestra calidad de persona interior y moral. Dicho de otra manera, “la imagen moral de Dios en el ser humano tiene que ver con las disposiciones y las tendencias que aloja en su corazón. Forman parte del carácter o la calidad de la persona, se trata de la corrección o la incorrección con que haga uso de los poderes que le han sido otorgados. Otorga al ser humano su naturaleza moral, y hace posible que posea santidad de carácter” (Purkiser, Explorando la Fe Cristiana, 223). Por lo tanto, todos estos rasgos arriba mencionados tienen que ver con nuestros fundamentos, los cimientos que nos sostienen en el transcurso de la vida.

 

En este sentido, si la persona procura mejorar y desarrollarse como tal, no sólo podrá realizar su labor con mayor eficacia sino que estará nutriendo la misma fuente, su propia persona, que en última instancia es lo más significativo que puede compartir con y aportar a otro ser humano. Tomemos dos ejemplos del mundo no-cristiano, uno del ambiente empresarial y otro del campo de la educación.

(1) David Fischman en su libro El Espejo del Líder sostiene constantemente que el problema mayor del hombre o la mujer de negocios es que por lo general funciona en base del egoísmo, la competitividad y el logro personal a toda costa, que a final de cuentas, le lleva al estrés y a la insatisfacción personal lo que le impulsará a cada vez más y mayores logros. En el prólogo de este libro nos dice:

Un ejecutivo estresado no sirve de mucho y, en realidad, sólo llega a ser una pérdida para sí mismo y su empresa. ‘Soy trabajólico’, es una afirmación que quizá muchos han usado sinceramente —las más de las veces— en sus entrevistas de trabajo, otorgándole a esa deliciosa manía de trabajar —para que lo vamos a negar— el carácter de valor agregado al producto, de plus a ese ejecutivo calificado. No obstante, olvidamos en forma constante que el principal activo de nosotros mismos y de nuestras compañías es un gerente sano, con la mente despejada y los sentidos intactos, listo para reaccionar frente a cualquier imprevisto (p. 14).

Fischman también afirma que “nos es imposible dirigir a otras personas si primero no nos podemos dirigir a nosotros mismos” (p.20). Este libro se inicia con los conceptos de liderazgo personal donde el autor profundiza los temas del equilibrio, control del ego, despego y responsabilidad. Este autor no-cristiano sugiere que los empresarios para realizar su trabajo efectivamente necesitan estar mirando constantemente a su “espejo interior,” su persona interior, para remover los obstáculos internos, “quitarse las máscaras” y luego orientar su profesión al servicio y amor hacia los demás.

(2) En el contexto de la educación no-religiosa, Parker Palmer, uno de los autores norteamericanos más leído y solicitado en la actualidad comparte con pasión:

Enseñamos lo que somos...La enseñanza como cualquier actividad verdaderamente humana, surge, para bien o para mal, del interior de uno. Al enseñar, proyecto la condición de mi corazón hacia mis estudiantes, hacia mi materia y hacia nuestra manera de estar juntos. Los enredos que experimento en el aula a menudo no son más que las convulsiones de mi vida interior (The Courage to Teach, El coraje de enseñar, 2).

Nos advierte Palmer que

Este autor insiste que la pregunta más importante en la educación “secular” hoy es sobre ¿quién es el ser que enseña? Persiste en esta pregunta subrayando que “...es la pregunta en el corazón de mi vocación. Creo que es la pregunta más fundamental que podemos hacer sobre la enseñanza y sobre aquellos que enseñan –para el bien del aprendizaje y de aquellos que aprenden. Al contestarla abierta y honestamente, solos y juntos, podemos servir a nuestros estudiantes más fielmente, enriquecer nuestro propio bienestar, hacer causa común con nuestros colegas, y ayudar a que la educación traiga más luz y vida al mundo” (p. 7).

Sin embargo, esta es una verdad que la fe cristiana siempre ha proclamado pero que en años pasados ha sido olvidada e ignorada, pues quiénes somos en nuestro interior, inevitablemente se reflejará en cómo hacemos las cosas cotidianas y especialmente en momentos de tensión y en el ejercicio del poder en la iglesia.

 

Por eso, la fe cristiana enfatiza el cambio interior en la conversión y los cambios posteriores y continuos al aceptar a Cristo como el Señor (dueño absoluto) de nuestras vidas introduciéndonos al discipulado cristiano. De esa manera, le vamos permitiendo a Dios que nos imparta y refine sus virtudes espirituales en nosotros, imprima en nosotros sus motivaciones y estilo de vida de siervo (esclavo) en nuestras vidas y ministerios, que vaya moldeando nuestro carácter, haciendo necesario un discipulado comprometido para toda la vida. Es a partir de esta forma de ser y de ser transformados profunda y radicalmente que atraemos a otros a Cristo, y luego les podemos compartir con autoridad “la esperanza que hay en nosotros”.

 

I. Un Déficit Personal y Eclesial en la Experiencia Pasada.

 

Creo que a la luz de lo que acabamos de compartir podemos afirmar como pastores y líderes cristianos que ministramos a partir de quiénes somos. Que la realización del ministerio cristiano no es tanto una tarea sino mucho más un ser el ministerio, o sea, el ministerio es la integración consciente y permanente de quiénes somos, y estamos siendo en Cristo, en el tipo de servicio abnegado, motivado por su amor, al cual Él nos ha llamado.

 

Tenemos que hacernos algunas preguntas que nos podrían incomodar: ¿Quién realmente soy, en este momento, en Cristo? ¿Qué estoy revelando a otros sobre mi persona al desempeñar mi ministerio? ¿Habrá algunas grietas o asuntos no resueltos correctamente en mi interior que quizá nadie más conozca pero que me están afectando? ¿Son puros mis móviles o intenciones para estar en el ministerio e incluso para alcanzar a otros? ¿Quién debo ser a la luz de los valores y conocimientos que tengo? ¿Estoy mirando permanentemente mi “espejo interior” para ver lo que hay en mí? ¿Estoy involucrado en un plan o proceso para el desarrollo de la totalidad de mi persona, o sea, desarrollándome espiritualmente?

 

Sin afán de excusarnos o justificar nuestra carencia en esta dimensión de nuestra vida, debemos reconocer que, en términos generales la mayoría de nosotros, venimos arrastrando un déficit que no nos ha ayudado a enfocar esta imperiosa necesidad personal y ministerial.

 

Por un lado, nuestra capacitación teológica-ministerial no se ha orientado en desarrollar nuestro ser como ministros. Hemos sido expuestos a una enseñanza dirigida más bien a ser entrenados, es decir, a hacer cosas, realizar tareas ministeriales. Por ejemplo, en los mejores de los casos, se nos ha enseñado cómo interpretar las Escrituras, cómo predicar y enseñar, cómo visitar, cómo llevar a cabo la administración de la iglesia, cómo aconsejar, cómo evangelizar, etc. Todas estas cosas son buenas y necesarias, pero ha habido un descuido (quizá no intencionado) de enseñarnos cómo crecer internamente como personas que ministran ante las tensiones y desafíos del mismo ministerio.

 

Se ha tomado por sentado que esto es un asunto netamente personal y que cada uno debe resolverlo como mejor crea conveniente. En algunos casos se ha asumido que con algunos cultos de capilla, con algunas expediciones esporádicas haciendo algunos trabajos en algunas iglesias locales, o con un curso de teología pastoral es suficiente.

 

Pero la experiencia nos ha demostrado que hay una cantidad significativa de pastores y líderes cristianos (y que a veces incluso alcanzan logros importantes) que no han crecido espiritualmente en sus ministerios. Esto tiene consecuencias directas y a veces dramáticas con la iglesia y el cumplimiento de su misión, pues, el crecimiento de la iglesia depende del crecimiento personal del pastor y de su habilidad de proveer una atmósfera de crecimiento mutuo y recíproco de la iglesia como comunidad de fe. En síntesis, requiere de una iglesia y un pastor saludable en cuanto a su carácter que reproducirán su salud y no su enfermedad al realizar los ministerios de la iglesia (adoración, enseñanza, servicio, predicación, evangelismo) y al comenzar nuevas iglesias.

 

Más impactante aún en la experiencia es que los reveses y fracasos más notorios y difíciles de revertir dentro del seno de la iglesia son aquellos relacionados con conductas inmorales e inapropiadas de pastores y laicos, que son fallos en el carácter del líder. William Willimon, en su libro Calling & Character: Virtues of the Ordained Life (Llamamiento y Carácter: Virtudes de la Vida Ordenada), hablando de pastores menciona que “el carácter es esencial” (pp. 38), le atribuye los fracasos morales de pastores “no a una propensidad dramática al pecado sino principalmente a una debilidad de carácter, el fracaso en perseverar, el permanecer con los desafíos del ministerio cuando las cosas se ponen difíciles.” Interesantemente agrega, “un número de laicos ha sido dañado profundamente por actos sexuales impropios de sus pastores. Pero uno apenas puede concebir los millones de laicos que han sido expuestos a los atropellos morales de malos sermones, una administración descuidada y un cuidado pastoral sin preocupación genuina por las personas” (p. 51).

 

Otro déficit que muchos tenemos como pastores es que la orientación de nuestros ministerios e iglesias ha sido a eventos, a veces a espectáculos: el culto, lo emotivo, decisiones por Cristo sin seguimiento alguno. Nos hemos desatendido del trabajo pastoral enfocado en el crecimiento día a día de nuestras vidas y de la de los hermanos. Nos llenamos con actividades y compromisos para luego no encontrar tiempo para desarrollarnos como hijos de Dios, así que como iglesia y pastores esperamos con ansias el próximo concierto, la conferencia con el pastor de “éxito” de turno, la más ingeniosa nueva “moda evangélica” que cruzará nuestras fronteras. Nos preparamos para la próxima gran “inyección espiritual” de vitalidad ministerial y anímica.

 

II. Una Necesidad Actual en el Ministerio

 

El tomar tiempo y dedicarle esfuerzo intencionado a tratar el desarrollo del carácter del pastor y de los líderes cristianos es una urgente necesidad en la iglesia hoy. Además de intentar suplir las deficiencias que vamos arrastrando en esta área ministerial ya mencionadas, también lo hace imperativo la naturaleza misma del ministerio pastoral en la actualidad.

 

Thomas Oden, autor contemporáneo hablando del ministerio pastoral comenta: “Supongamos que uno se topa con un perfil vocacional en que las horas de trabajo son largas, el pago es el mínimo, los riesgos altos, los logros son principalmente ignorados y el nivel de conflictos a menudo es intenso. ¿No sería razonable evitar esto a todo costo?” (Classical Pastoral Care, Vol. 2 (Cuidado Pastoral Clásico, Vol. 2), 10). Esta declaración subraya que realmente, las demandas del ministerio pastoral son grandes y complejas. Si a esto le añadimos las expectativas irrealistas que a menudo algunas personas de una congregación ponen sobre su pastor y su familia, se torna en una situación crítica que va requerir de una persona de gran calidad interior.

 

En adición a esto, el ministerio trae consigo sus tentaciones propias. Si el ministerio le va bien uno se expone al orgullo y la vanagloria. Si el ministerio no va como uno esperaba le vienen sentimientos de menosprecio personal, de culpa, fracaso y a veces hasta de hastío. A menudo uno es tentado a usar su poder indebidamente para “arreglar a alguien” o terminar definitivamente una situación. Oden comenta que “debido a la cercanía única de conversaciones confesionales que une a hombres y mujeres en un plano confidencial y personal, el clero es acercado a la posibilidad de irresponsabilidades sexuales” (Ibíd., 25).

 

Interesantemente, Oden observa que “hay una fuerte tentación antinominiana (rechazo de la necesidad del cumplimiento de la ley moral para los cristianos) única al sagrado ministerio, que creyendo que Dios ha escogido de manera especial a los ministros, como consecuencia tiende a verlos como personas en una posición sobre y más allá de la ley de Dios,” además, añade, “el clero es capaz de hacer racionalizaciones elaboradas” para justificar su conducta impropia (p. 26, 27). Todas estas situaciones ponen a prueba constantemente nuestro carácter como ministros.

 

A menudo, por el exceso activismo que tiende a caracterizar nuestros ministerios más la falta de renovación en nuestras vidas, relaciones y en el propio ministerio se asoma la fatiga ministerial. Nos pasamos dando e invirtiendo o vaciando nuestras emociones, nuestra energía intelectual y aun la actividad física intensa al punto de que nos agotamos y pasamos por períodos, a veces prolongados, de desmoralización pero igual nos forzamos a “poner una buena cara” y seguir adelante hasta que quedamos “en pana,” exhaustos. Un peligro del cual tenemos que cuidarnos cuando experimentamos el cansancio ministerial es que nuestras defensas morales y espirituales tienden a decaerse y nos exponemos a ceder más fácilmente a la tentación en lo secreto.

 

Uno puede caer en una depresión crónica o sencillamente perder el idealismo del ministerio que gozábamos cuando más jóvenes y resignarse a vivir con la idea de que la vida y el ministerio son tan sólo lindas metas inalcanzables en este mundo. A veces le damos paso al cinismo, al sarcasmo y al pesimismo ministerial. Podríamos también llegar a la conclusión equivocadamente de que no somos aptos para el ministerio y quizá no hemos escogido la vocación correcta. Luego podríamos abrigar el deseo de retirarnos del ministerio, aunque estoy seguro que por diversas razones todos hemos considerado, aunque sea mentalmente, esta opción.

 

Finalmente, otra serie de tentaciones nos la provee la libertad de acción que tenemos en la realización diaria del ministerio. Normalmente, manejamos nuestros propios horarios, itinerarios y prioridades. La mayoría de nosotros no marcamos tarjeta en el ministerio, ni pasamos 40 horas con un equipo de oficina o bajo supervisión directa de alguien todos los días. Nuestros horarios son flexibles y rara vez le rendimos cuentas a alguien por el uso de nuestro tiempo y por las actividades privadas y públicas a las que asistimos. Y aun la supervisión que recibimos esporádicamente está cimentada en la confianza, haciendo sumamente difícil prevenir situaciones, muchas de las cuales nos enteramos cuando han estallado. A esto le añadimos que suele ser nuestra costumbre realizar nuestros ministerios pastorales solos sin ser acompañados o aconsejados por otros colegas, pues nos cuesta mostrar nuestras debilidades, y hemos captado que esto es innecesario e inconveniente, pues estamos en competencia uno con el otro y mi próximo “ascenso” puede estar en juego. Esto hace que la disciplina diaria nos la tengamos que auto-imponer y para esto se precisa de un ministro con un carácter firme y limpio.

 

El autor citado previamente, Oden, admite que “involucrarse en el ministerio sin sucumbir a varias tentaciones es como andar en una cuerda fina extendida en el vacío, como balancearse en el filo de una navaja” (Ibíd., 11). Esto nuevamente enfatiza que “cuidar el rebaño no se puede hacer a menos que primero nos cuidemos a nosotros mismos como ministros, velando por el bienestar propio, nutriendo y alimentando nuestro propio cuerpo y alma” (Ibíd., 7). Cuidarnos a nosotros mismos no es un acto de egoísmo, sino que es un hábito necesario de sobrevivencia y desarrollo personal ministerial.

 

III.  Un Desafío Imperativo para el Futuro de la Iglesia

 

Nos debe ser obvio que el desafío más importante para el futuro de la iglesia es cuidar y desarrollar “el alma de la iglesia.” Esta “alma” se cultiva mediante el desarrollo del carácter de los componentes humanos de la iglesia, es decir, de sus pastores y por medio de ellos(as) de sus laicos. El encarar este desafío hoy es prepararnos para un futuro glorioso y fructífero como iglesia, es traspasarle una “nueva” iglesia a las generaciones venideras.

Pero, ¿cómo podemos concretar este desafío presente-futuro? Deseo sugerirles tres principios que considero que son vitales, y varios enfoques complementarios desde la perspectiva cristiana contemporánea que nos pueden asistir en esta aventura de fe.

Primero, tenemos que gozar de una honestidad reflexiva (que nos podría aterrorizar) respecto a nosotros mismos. Necesitamos mirar con sinceridad y gracia hacia atrás y hacia dentro en nuestras vidas para descubrir lo que realmente somos con nuestras virtudes, valores, vicios (limitaciones, trabas, obstáculos). Willimon nos hace recordar que para Aristóteles el auto-conocimiento es sumamente importante para personas que ocupan funciones de poder, es el requisito supremo para un buen carácter. Pregunta este autor, “¿y quién tiene más poder que un pastor? El pastor se presenta como sacerdote, como mediador entre las personas y Dios. El pastor sirve el cuerpo y sangre de Cristo en la mesa del Señor, tiene las llaves que atan y desatan los pecados, y es mayordomo de los misterios de Dios. No podemos dejar que aquellos que son ignorantes de sí mismos estén ocupando el rol moralmente exigente de pastor” (p. 37). Con esta honestidad atrevida nos presentamos sobre todo ante nuestro Dios amante.

 

Segundo, necesitamos estar en una búsqueda permanente de una integridad inquebrantable. La integridad “quiere decir ‘entero’, ‘total’. Integridad significa rectitud moral y firmeza, especialmente cuando se expresa en situaciones que prueban la dedicación a la verdad, honestidad, propósitos, responsabilidades, y a la confianza puesta en uno...Vivir en integridad es alcanzar madurez...La persona que ha alcanzado esta madurez ya no es llevada de aquí para allá por ilusiones y engaños humanos, sino que se caracteriza por creencias firmes, carácter moral sólido y amor perfecto; alguien que ha sido probado en la cambiante fortuna de la vida” (Diccionario Bíblico Beacon, 367). En resumen, la integridad es poseer un corazón sin divisiones, es singularidad de obediencia y lealtad, es compromiso inquebrantable, en nuestro caso, a Cristo, a su obra y a las personas. La integridad tiene todo que ver con quiénes somos en privado, especialmente cuando estamos a solas y en tensiones.

 

En tercer lugar, nos ayuda enormemente el participar de una comunidad de fe, donde nos edifiquemos constantemente uno al otro en nuestro peregrinaje común y nos sorprenda con su constante aceptación, comprensión y apoyo. No hemos sido llamado a vivir la fe y a desarrollarnos en ella solos, sin la ayuda de otros y sin ayudar a otros. Somos parte de una familia, un cuerpo, en el cual necesitamos crecer juntos en todas las dimensiones de nuestro ser. Como pastor y líder cristiano tenemos que recordarnos incesantemente que nosotros necesitamos de la iglesia tanto o más de lo que la iglesia necesita de nosotros. Busquemos un mentor o consejero espiritual en colegas y hasta laicos, quizá de otras congregaciones, que consideremos que están en condición de ayudarnos íntimamente y quieran ser ayudados por nosotros. Tarde o temprano a todos nos tocará, lo más seguro en más de una ocasión, pasar por “la noche oscura del alma.” Recalcamos que el desarrollo de nuestro carácter cristiano no es netamente un asunto privado o individual, sino que se requiere de otros, de la comunidad en la cual Dios nos ha insertado, pues nosotros somos ciegos a algunas de nuestras debilidades y conductas.

 

Además de estos principios, —honestidad reflexiva, integridad inquebrantable, participar en la comunidad de fe— también podemos echar mano de los siguientes siete enfoques cristianos para el desarrollo de nuestro carácter como ministros:

 

1.        El modelo centrado en la salud integral y el crecimiento de Howard Clinebell, norteamericano, profesor y consejero cristiano, escritor de muchos textos sobre consejería cristiana. Como parte de su orientación de la psicología pastoral postula enérgicamente que “¡Para poder nutrir y hacer crecer con efectividad, los pastores deben continuar creciendo! Para poder contagiar vida, debemos permanecer vivos. Para brindar sanidad, debemos ser lo suficientemente vulnerables como para encarar y aceptar nuestra propia necesidad de sanidad. Así, nos convertimos en ‘sanadores heridos’ (Henri Nouwen). Clinebell enfatiza basado en su experiencia que esta es el área más desafiante, difícil y excitante del ministerio pastoral” (Asesoramiento y Cuidado Pastoral, 31). Su modelo está basado en las seis dimensiones de la plenitud, que son:

 

—Animar la mente

—Revitalizar el cuerpo

—Renovar y enriquecer las relaciones íntimas

—Profundizar la relación personal con la naturaleza y biosfera

—Crecer en relación con las instituciones significativas en la vida

—Profundizar y vivificar la relación personal con Dios. (Ibíd., 35).

 

El autor menciona que el centro de su modelo es la relación personal con Dios que es nutrida por el Espíritu por medio del amor de Dios. (Ver, además, las siete necesidades espirituales que todos tenemos, Clinebell, Well Being, 25-36).

2.     El énfasis reciente en nuestro contexto de la formación espiritual, el cultivo de la espiritualidad cristiana, en la educación teológica ha venido a apoyar grandemente el desarrollo del carácter del ministro. El libro Formación Espiritual por varios autores sostiene que “el elemento básico de la formación espiritual es la relación con Dios que nos capacita, y que se basa en la gracia sola. La formación espiritual ocurre a través de la relación dinámica y creciente con Dios. La única norma o regla para medir la formación espiritual es la semejanza a Cristo” (Tracy/Freeborn/Tartaglia/Weigelt, 9).

      “Este libro presenta la vida espiritual como un viaje...La gracia es el inicio...aparte de la gracia no puede haber formación espiritual ni vida santa...las disciplinas son los medios por los cuales fluye la gracia en nuestra vida, para crecer espiritualmente...la vida de santidad (formación espiritual) es asunto de comunidad. En el camino de santidad (formación espiritual), los cristianos se ayudan unos a otros en la iglesia, en las clases, en los grupos pequeños y en la familia, como amigos espirituales y mentores en la fe...la espiritualidad que no resulta en servicio abnegado es una farsa. Si tenemos el corazón de Cristo, nuestra meta será tocar a nuestra familia, iglesia y comunidad con las manos de Cristo” (pp. 10-11).

 

3.        William Willimon enfoca el carácter del ministro como un asunto de moralidad y ética. Afirma que “el carácter es una predisposición a cierta conducta en vez de prescribirla. Por supuesto, en las consideraciones del carácter como significativo moralmente, hace toda la diferencia lo que el agente moral va a hacer, ha hecho y está haciendo. Por medio del carácter, los principios y valores que una persona profesa son encarnados y vivenciados” (p. 34). Nos advierte que “cuando examinamos las destrezas que un pastor necesita, podemos observar que aun las destrezas tienen como requisito un componente de carácter...en otras palabras, quién uno es (su carácter) va a hacer una gran diferencia en cómo uno puede entender las Escrituras” (p. 41) y realizar toda su tarea pastoral. Citando al filósofo danés, Soren Kierkegard, Willimon considera que “es absolutamente anti-ético cuando una persona está tan ocupada comunicando que se le olvida ser lo que enseña” (p. 49). Sostiene que la pregunta ética que el pastor debe contestar honestamente es: “¿mi carácter, es una ayuda o un estorbo al servicio de mi congregación?” (p. 51).

 

4.        Ya hicimos alusión a este enfoque del profesor Parker Palmer de la identidad e integridad desde el campo de la educación. Para este autor, “la identidad y la integridad tienen que ver tanto con nuestras sombras y límites, nuestras heridas y temores, que con nuestras fortalezas y potenciales...estas son dimensiones sutiles, exigentes, y el proceso de toda la vida del auto-descubrimiento. La identidad se encuentra en la intersección de las diversas fuerzas que componen mi vida, y la integridad se encuentra al relacionarme con esas fuerzas de tal manera que me traiga plenitud y vida en vez de fragmentación y muerte” (p. 13). Podemos aplicar todos estos principios a la vida personal íntima, el desarrollo del carácter, de un ministro de Cristo.

 

5.       Poner orden en nuestro mundo interior es la manera que Gordon MacDonald expresa lo que significa para él desarrollar el carácter cristiano. El autor declara abiertamente su intención con este enfoque: “Quiero que quede perfectamente claro que baso todo este tratamiento del orden en nuestro mundo interior, en el principio de que Cristo mora en nosotros, quien entra en nuestra vida, misteriosa pero indudablemente, en respuesta a nuestra invitación y nuestro compromiso personal...Poner orden en la vida personal de uno es invitar a Cristo a controlar cada sección de la misma” (Ponga Orden en su Mundo Interior, 10-11).

 

       Además, el autor sostiene que “el mundo interior se puede dividir en cinco partes: la primera trata de lo que nos mueve a actuar como lo hacemos –nuestra motivación...Otra parte de nuestro mundo interior se centra en lo que hacemos con la cantidad limitada de tiempo que tenemos en esta vida. Algo clave para nuestra salud como individuos es cuánto tiempo asignamos a los propósitos de crecimiento personal y de servicio a otros. La tercera parte es intelectual...sugeriría que la cuarta sea la del espíritu...y por último, dentro de nosotros hay una parte que nos mueve a descansar, a una paz sabática” (Ibíd., 11-12). Este libro está dividido en estas cinco secciones y son interesantes las dimensiones del ser humano interior que el autor destaca.

 

6.       Muy relacionada con la formación espiritual que ya mencionamos es la conocida dirección espiritual, al plantear que la función ministerial principal del pastor es de ser el director espiritual de su congregación. En tiempos pasados y recientes hemos navegado entre una variedad impresionante de modelos de pastor, por ejemplo, el pastor como predicador principal, pastor como motivador, pastor como terapeuta (consejero), pastor como gerente, líder, pastor como director de adoración, pastor como evangelista, pastor como estratega, pastor como apóstol y la lista sigue. En realidad, el pastor como director espiritual, no es un nuevo concepto, más bien es un llamado a regresar a un modelo ya antiguo, conocido, con un enfoque más en el desarrollo del carácter del pastor y sus feligreses trabajando la espiritualidad del creyente como base para todo lo que hacemos en la iglesia.

 

       Eugene Peterson, pastor de renombre y autor de varios libros significativos sobre la pastoral, en uno de sus primeros libros, Working the Angles (Trabajando los Ángulos) menciona que la “dirección espiritual se lleva a cabo cuando dos personas acuerdan prestar su atención completa a lo que Dios está haciendo en una o ambas de sus vidas y buscan responder a ello en fe” (p. 104). Estas reuniones entre personas, se pueden dar en encuentros informales, espontáneos, o en sesiones planificadas y estructuradas. Añade el autor que “tres convicciones están detrás de estas reuniones: (1) Dios siempre está haciendo algo: una gracia activa está moldeando nuestras vidas hacia una salvación madura; (2) responder a Dios no es mero trabajo de adivinación: la comunidad cristiana ha adquirido sabiduría a través de los siglos que provee dirección; (3) cada alma es única: ninguna sabiduría puede ser simplemente aplicada sin discernir los detalles específicos de nuestras vidas, la situación...En la dirección espiritual no aplicamos la verdad tanto, sino es más descubrir tentaciones particulares y gracias actuales” (pp. 104, 108).

 

       En El Pastor Como Guía Espiritual Howard Rice señala que “la herramienta principal de los pastores no es una destreza o técnica en particular; sino es nuestro ser más profundo. La herramienta principal para la tarea del ministerio pastoral es la propia fe del ministro. Los pastores que tienen una fe genuina y madura siempre tendrán algo que decir a las almas atribuladas que los buscan para escucharles predicar o para solicitar su consejo” (p. 34). Peterson sostiene que cada pastor debe tener su propio director espiritual, pues “nadie es dotado con tanta prudencia y sabiduría como para ser adecuado para la dirección de su propia vida espiritual” (p. 115).

 

       Howard aboga para que la dirección espiritual del pastor se refleje en todas las funciones de su ministerio para ayudar al desarrollo integral de la iglesia. Por eso afirma enérgicamente que “el pastor como guía espiritual para la congregación puede tener gran efecto en la naturaleza de la congregación. Este efecto tiene lugar por medio de la manera en que el pastor atiende a las necesidades espirituales de la congregación: sus heridas y sus señales de salud. El cambio ocurrirá cuando el pastor vea su responsabilidad principal no como un mantenedor exitoso de la institución sino como dirigiendo exitosamente a su pueblo a una relación cada vez más profunda con Dios. La tarea pastoral es tarea de almas, bien que se practique con individuos o con grupos, y cada aspecto de la actividad pastoral debería servir como objetivo general del crecimiento espiritual de la congregación” (p. 69).

 

7.        El énfasis contemporáneo en la excelencia cristiana y en la calidad total de la iglesia también responde a la necesidad de retornar al desarrollo del ser cristiano, su carácter. Su meta central es llegar a ser todo lo que Dios quiere que seamos, es decir, realizar el potencial humano que Dios ha depositado en cada uno de nosotros. La entrada a este camino de excelencia es la aceptación del Señorío de Cristo sobre nuestras vidas. Jon Johnston, profesor y escritor cristiano, reafirma “ la Biblia es enfática. Si deseamos la excelencia--la clase que traerá la mayor cantidad de gloria a nuestro Padre celestial--tenemos que profundizar nuestro entendimiento de, y nuestro compromiso al amor ágapeauténtico, un amor que es incondicional, sacrificial, y disponible para todos” (Christian Excellence: Alternative to Success (La Excelencia Cristiana: Una Alternativa al Éxito), 49).

 

      Pero, para este autor no es suficiente estar consciente de la oferta generosa de Dios a nosotros de su amor ilimitado. “Necesitamos escoger concientemente invitarle a entrar en nuestras vidas...Primero, le invitamos por medio de la confesión sincera...Segundo, en un momento subsecuente le invitamos por medio de la consagración completa...Luego de confesar y consagrar, estamos listos a invitarle a Dios a que nos ayude con nuestra constancia. Después de ser transformados en la pureza, debemos enfocar la madurez cristiana” (pp. 56, 57, 59). Luego todo esto se desemboca en una vida de permanente y gozoso servicio hacia los demás. Es en este proceso renovador y relacional que consiste la excelencia cristiana, la excelencia de carácter reflejado en una iglesia de calidad total.

 

Conclusión

 

Para concluir, permítanme hacer una referencia explícita a mi herencia wesleyana por su pertenencia a nuestro tema. En el libro Leadership in the Wesleyan Spirit (Liderazgo en el Espíritu Wesleyano) Lovett Weems nos hace recordar que “el liderazgo y la espiritualidad están conectados inevitablemente. El liderazgo es sólo posible hasta el punto que podamos discernir una visión motivadora e impactante de lo que es bueno, aceptable y perfecto. Uno no puede liderar sin una visión. Tal visión sólo puede provenir de la cercanía a Dios y a una comunidad de creyentes” (p. 118). Agrega este autor, “el desafío comienza con los líderes de la iglesia. El principio, intermedio, y fin de todo lo que hacemos tiene que surgir de una búsqueda para conocer a Dios, discernir el llamado de Dios para nuestros tiempos, y de hacer su voluntad” (Ibíd, 121).

 

Juan Wesley mismo en su sermón muy conocido titulado La Circuncisión del Corazón les recordaba frecuentemente a sus líderes pastorales y laicos que “no tuvieran otro propósito, otro fin último, sino Dios. No añore otra cosa que no sea alabar el nombre de Dios: que todos sus pensamientos, palabras y obras se dirijan a la gloria de Dios. Dispongan su corazón firmemente en Dios y en todas las otras cosas en la medida que estén en Dios y sean de Dios” (Ibíd, 116).

Todos estos son asuntos de búsqueda, cercanía, apertura, disponibilidad a Dios, en resumen, exponernos a que Dios consistente y tiernamente moldee nuestro carácter como hijos(as) e instrumentos suyos de gracia.

Los autores bíblicos, Lucas y Pablo, nos advierten con sabiduría:

“Por tanto, mirad por vosotros, y por todo el rebaño en que el Espíritu Santo os ha puesto por obispos, para apacentar la iglesia del Señor, la cual él ganó por su propia sangre” (Hch. 20:2).

“Ten cuidado de ti mismo y de la doctrina; persiste en ello, pues haciendo esto, te salvarás a ti mismo y a los que te oyeren (1 Tim. 4:16).

Pero Pablo también desafió a Timoteo diciéndole:

“Ejercítate para la piedad; porque el ejercicio corporal para poco es provechoso, pero la piedad para todo aprovecha, pues tiene promesa de esta vida presente, y de la venidera. Palabra fiel es esta, y digna de ser recibida por todos. Que por eso mismo trabajamos y sufrimos oprobio, porque esperamos en el Dios viviente, que es el Salvador de todos los hombres, mayormente de los que creen” (1 Tim. 4:8-10).

Es evidente que por nuestras limitaciones y debilidades humanas (no por pecados en nuestras vidas) y aún a pesar de nuestra constante y fiel obediencia a Dios siempre nos encontramos cortos o por debajo del ideal supremo de Dios para nuestras vidas. Siempre habrá una diferencia entre lo que somos en un momento determinado de nuestras vidas y en lo que Dios en última instancia desea para nosotros. Lo que tenemos que cuidar es que esta diferencia no se convierta en “un abismo” por nuestro descuido, nuestra indisposición de permitirle a Dios obrar en nosotros, nuestro intento de encubrir nuestras debilidades y flaquezas interiores, o por cualquier otro motivo. Podemos decidir ser transparentes delante de Dios y honestos antes los demás y con nosotros mismos. En una palabra, ser auténticamente genuinos, confesando diariamente nuestras necesidades y humildemente recibiendo el regalo de la gracia de Dios para nuestras vidas por medio de las personas, incluyendo a la iglesia, y los medios que Él decida utilizar; que a veces podrían ser las personas que menos esperamos.

 

Por lo tanto, es asunto de estar en el camino correcto, es embarcarnos intencional, tenaz, y diariamente en un peregrinaje de una búsqueda íntima de Dios. De esta manera viviremos de transformación en transformación de nuestro carácter, nuestro ser interior, que se debe reflejar en la realización más que en nuestro quehacer en la encarnación de nuestra “razón de ser,” nuestra misión personal como pastores y líderes y nuestra misión colectiva como iglesia en el mundo que nos ha tocado vivir. De esta manera, podemos hacer una gran diferencia en nuestro mundo para la honra y gloria de Dios.

 

“Una mujer sabia que viajaba por las montañas encontró una piedra preciosa en un arroyo. Al día siguiente se cruzó con otro viajero que estaba hambriento, y la mujer abrió su bolsa para compartir con él su comida. El viajero hambriento vio la piedra preciosa en la bolsa, se quedó admirado de su belleza y le pidió que se la regalara. La mujer lo hizo sin vacilar.

El viajero partió, alegrándose de su buena suerte. Sabía que la joya valía lo suficiente como para darle seguridad por el resto de sus días.

Pero a los pocos días regresó en busca de la mujer sabia. Cuando la encontró, le devolvió la piedra y le dijo:

—He estado pensando. Sé cuán valiosa es esta piedra, pero se la devuelvo con la esperanza de que pueda obsequiarme algo mucho más precioso. Si puede, déme lo que hay en su interior que le permitió regalarme la piedra” (Sopa de Pollo para el alma, 192).

 

Este hombre se dio cuenta que la verdadera riqueza proviene del interior del ser humano, su carácter que le permite desprenderse de las cosas y buscar el bienestar de otros.

 

¡Permitamos que Dios siga moldeando y desarrollando nuestro carácter para que cada día nos parezcamos más y más a Cristo! ¡Echemos manos de los medios de gracia que Dios ha puesto delante de nosotros! ¡Seamos la calidad de pastores y líderes que nuestro tiempo exige!

 

 

                                 


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