Sonreír como tú sólo la lluvia o las parvadas de la más perfecta hora entre esta primavera. Una laguna estremecida sutilmente por vientos iniciales, una vertiente de origen solamente imaginado en el más alto resplandor de una montaña. El aire filtrado entre los juncos tiernos o las noches de viento si se encuentra uno mirando las estrellas. La espuma primera de las olas últimas. El giro de la palma datilera cuando la toca el sol. Un movimiento aprisa de la arena en un desierto por más deshabitado y un guijarro insostenible que de pronto cayó. La primera llamarada cuando se parte el rayo. Una abeja temblando en la frontera de este mismo cristal. El árbol que brotó sus hojas. Las voces enlazadas y el silencio completo. Sonreír como tú sólo tu risa para que exista en este mundo maldito la posibilidad de una canción.
ESTOS PEDAZOS DE LA ÚLTIMA LUNA
Estos pedazos de la última luna no dejan ver la orilla del camino. Tampoco dejan ver la magnitud de la catástrofe. Será que los secretos, devastados y mustios, no pudieron fraguar su cometido. O quizás anteriores escalones ya nos hubieron puesto sobre el borde del precipicio donde todos hunden su gemido final. Pero son fragmentos que no existen sino por tu mirada, por tu animosidad hacia ti misma: lo que soy en esta temporada de tu espejo. Labra la luna el labrador, los leñadores talan árboles blancos y aquellos pescadores silenciosos hacen brillar peces de lívido mercurio. Y yo que sólo tuve vasta miel, leonadas azucenas, botes de oro increíble y fuego vivo para uncirte la piel con esta lengua invisible, soy ahora el desterrado, el desollado de tu piel y convertido en un río sin mar dónde fundir su cauce extraviado o su torrente universal. Abriré cotidianas amapolas al oriente, las lámparas votivas de cada atardecer seguirán indagando la luz de tu nombre y por tus ojos habrán otras canciones y los trazos de figuras o imágenes. Tal vez un día en que tus labios se maduren se recompongan las estrellas en sus constelaciones álgidas y pueda entonces descansar en tu regazo como el que vence una batalla o como aquél que regresa de un viaje demasiado largo sin saber dónde fue.
EN NUESTRO LECHO DE RAÍCES VIVAS
En nuestro lecho de raíces vivas lumbrean los látigos de lívidos latidos: somos la forma misma de la tierra, concentración de llamaradas a mitad de la frente: la latitud de un sueño incomparable. Por eso brotan manantiales del orden natural retenido en las breves temporadas en que nos encontramos: los habitantes de un reino especular, prisioneros del mundo que formaron. Siete soles hastían tu corona de maga sin final, los lapislázulis profundos vetearon tu veste al momento de las revelaciones. No existen marcas en tu espíritu callado más allá de las huellas digitales del mar o de la sombra o de las álgidas señales de mis ojos al mirar en tu espíritu las huellas de las manos del mar. Gobernamos la noche y nuestro sueño reitera los oleajes del día: estás de nuevo aquí: línea y espacio de los orígenes o de la devastación. Retengo tu talle, aduzco tu argumento. Igual a los silencios hay un sol que quisiera apagarse en las orillas del tiempo sucesivo.
A MI LUZ ALUMBRARÍA TU SOMBRA
A mi luz alumbraría tu sombra, tu fundamento material, sensible, corpóreo y mortal, irracional, anverso. Toda la flama negra de encendidos espejos devastarías tú, espesa llamarada de piel y movimiento. El sol mismo, el altísimo sol derrumbarías a la forma cerrada de lo oscuro al besarme los párpados en un cenit irrefutable. ¿Quién eres en el punto crepitante de esta cancelación de la altura, en este mundo semejante a la caverna del planeta augural, en este precipicio horizontal de vivir al alimón los días en la tierra? ¿Revelarás tu nombre último, la clave de la sustancia críptica, el método en silencio del beso presentido al pronunciar en seco el océano de tu nombre? Así venga la luz en torbellinos, remolinante despertar formado en cuerpo: destello y mapa de fulgor: tu mera sombra de mundo es suficiente para callarme el universo en la lengua y en los labios.
RAPSODIA EN BLANCO
Bordado en la blancura de tu pecho un seguimiento de hojarasca y brillo confluye hacia tu cuello y se te enreda:
Entintas una página, dices aquella frase, desamparas un gesto.
El río de minutos nos persigue dentro del tono blanco del estremecimiento.