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14 de julio, domingo
Aterrizamos en el aeropuerto Atatürk de Estambul a eso de las cinco; el tiempo es magnífico.
Un taxi nos conduce al Avicenna, un sencillo hotel del barrio de Sultanahmet.
Al pasar por la carretera que bordea el mar de Mármara vemos mucha gente de picnic en los parques, a ninguno le falta su barbacoa; esta
es una de las actividades lúdricas más características de Turquía: la parrillada de carne.
Turquía es un pais de profundo mestizaje; la población va desde los rubios de ojos claros hasta el más puro
estilo mediterráneo.
La indumentaria femenina en Estambul es de lo más variopinta: la mayoría visten a la manera occidental; se ven jovencitas con piercings de ombligo
y el pelo teñido de rojo; otras llevan pañuelo en la cabeza y son muy raras las que se cubren con el chador negro.
Estambul cuenta con una historia fascinante; su origen se remonta al año 657 a.C., cuando un colono griego, llamado Byzos, se asentó en el Cuerno de Oro y fundó
Bizancio. En el 191 a.C., Bizancio se sometió a Roma voluntariamente y fue prosperando poco a poco, hasta que, en la guerra civil entre
el emperador Septimio Severo y Cayo Pescenio Níger, en el 196, Septimio la redujo a ruinas después de un asedio de duró tres años. En el 330, el emperador
romano Constantino la embelleció, le dió rango de residencia imperial y la rebautizó como Nueva Roma, aunque popularmente la gente la llamaba Constantinopla.
En 1453 se produjo lo que para los occidentales fue la caída de Constantinopla y para los musulmanes la
conquista de Estambul; el otomano Mehmet II fue el artífice de dicha conquista. Estambul alcanzó su máximo esplendor con Solimán el Magnífico,
allá por el 1500, posteriormente empezó a declinar. En 1930 se le dio oficialmente el nombre de Estambul. Hoy es una ciudad de 12 millones de habitantes y es la
capital universitaria y religiosa del país.
15 de julio, lunes.
Lo primero que visitamos es la Mezquita Azul, cuya construcción se debe al sultán Ahmet I, quien se empeñó en levantar una
mezquita que superara a la iglesia de Santa Sofía de Justiniano, construida mil años antes. El mausoleo del sultán Ahmet I (murió con 27 años de tifus), de sus hermanos
y otros parientes se encuentra próxima a la mezquita. No estaba claro la línea sucesoria y se asesinaban entre hermanos y también a los hijos de estos para alcanzar el trono.
Entramos también en el Palacio Topkapi;
este palacio fue la residencia de los sultanes desde 1450 hasta 1800; en Europa se le conocía como el Serrallo y fue objeto de
la ópera El rapto del Serrallo de Mozart . A destacar la colección de joyas de los sultanes.
En el muelle de Eminönü hay una actividad frenética, desde aquí zarpan la mayor parte de los vaporetos y ferris que van al lado asiático, al Bósforo y a las islas Príncipe.
Seguimos andando hasta la torre Gálata. Desde su terraza panorámica se contempla una fantástica vista de esta inmensa ciudad.
Regresamos de nuevo por el puente y vemos en una pescadería doradas, lubinas, chicharritos, anchoas, sardinas, etc. Sobre el puente
de Gálata se observa mucha afición a la pesca.
En el bullicioso muelle nos tomamos un bocata de pescado con cebolla que venden desde una barca y luego descansamos nuestros derrotados cuerpos en
un banco, al lado de la fuente iluminada del parque Sultanahmet.
16 de julio, martes.
Recorremos algunas de las agencias de alquiler de coches de la plaza Taksim y reservamos un coche para mañana. Nos hemos decidido
por un Fiat Albea nuevecito, de este año, con sólo 1900 Km.
En uno de los restaurantes de comida rápida que abundan en esta zona tomamos un döner kebap de cordero y pollo. Desde aquí, un taxi nos conduce al Palacio Dolmabahçe, que significa, jardín relleno.
El Palacio de Dolmabahçe data del reinado del sultán Ahmet I (1607-1617.) éste se construyó un pabellón de recreo y otros edificios de
madera que posteriormente sucumbieron en un incendio. Años después, el sultán Abdül Mecit edificó este palacio de estilo europeo ya que era el modo de vida que triunfaba en el mundo.
Una curiosidad: todos los relojes del palacio marcan las 9:05, momento en que Atatürk falleció en Dolmabahçe el 10 de noviembre de 1938.
Nos acercamos hasta el muelle de Ortaköy a cenar. Hay mucha animación. Compramos unos cuantos cedés de música otomana cuyas
melodías nos acompañarán durante todo nuestro viaje por Turquía.
Cenamos una lubina demasiado pasada para nuestro gusto y damos un paseo en barco por el Bósforo, hasta un poco más allá del puente
de la Fe. Es de noche y desde el barco se ven las lujosas casas de amplios ventanales sin cortinas del lado asiático. Hay algún concierto
en un castillo y en el mismo muelle de Ortaköy toca un grupo cubano de salsa. Probablemente forman parte del festival de música que todos los
meses de julio se celebra en Estambul.
La agradable temperatura, las incontables luces de esta imponente ciudad y la brisa contribuyen a convertir este paseo en barca en algo
mágico; uno de esos momentos que dan sentido a un viaje entero.
17 de julio, miércoles
Visitamos el Gran Bazar y el Bazar Egipcio o de las especies. En muchas tiendas del Bazar Egipcio venden unas garrafas cerradas
de cristal llenas de sanguijuelas, sospechamos que se trata de algún remedio casero ancestral que aprovecha
el poderoso poder anticoagulante de las sanguijuelas, de hecho, Turquía exporta sanguijuelas con fines terapeuticos desde hace más de un siglo.
De vez en cuando se ve a chavales de ocho o nueve años con trajes de ceremonia camino de la circuncisión. Esta moda viene de antiguo, lo adoptaron los judíos
como parte de la alianza de Alá con Abraham y en el Islam se sigue por el ejemplo del profeta Mohammed, no por el Corán. Simboliza su introducción en
la sociedad religiosa. El caso es que es una gran fiesta para toda la familia, excepto para el protagonista. Es costumbre que en el hospital le
acompañe un padrino. En algunas zonas del este de Turquía, aunque al chaval y al padrino no les una lazos de sangre, no le permiten casarse con
su hija. Se considera un incesto, ya que el padrino pasa a ser alguien como de la familia. Hoy en día, la tradición se está perdiendo y
muchos padres prefieren que su hijo sea circuncidado justo después del momento de nacer, en el hospital.
A las tres nos traen el coche a nuestro hotel y abandonamos Estambul por el puente del Bósforo. Según salimos, vemos muchos bloques de edificios
a medio hacer, una constante en todo el país. Y algo curioso: la mayoría tienen una barbacoa en la terraza; les encanta chamuscar la carne.
A las afueras de Estambul se ve mucho olivo. Las carreteras no son buenas, necesitan un nuevo asfaltado; al menos, no hay baches importantes.
Llegamos a Bursa y nos alojamos en el barrio de Çekirge, en la 217 del hotel Gönlü Ferah, en una amplia habitación algo siniestra.
Para cenar, nos acercamos al centro, al Arap Sükrü Yilmaz, un restaurante de terrazas al aire libre donde nos zampamos unos mezes y unos salmonetes fritos.
Los mezes o entremeses nunca faltan en una comida turca. Muchos restaurantes se ahorran explicaciones mostrándolos sobre una gran bandeja o
en mesas con ruedas, así el cliente puede escoger el que más le gusta. Entre los mezes nunca faltará platos con la verdura estrella: la berenjena, que suele
presentarse frita o en puré. También las ensaladas de tomate y pepino, los dolma o pimientos rellenos de arroz, los mejillones rebozados fritos,
las judías a la vinagreta, yogur con pepino rallado, queso de cabra, anchoas fritas o crudas, etc. El pan siempre es abundante y muy bueno, el
mejor pan de cuantos he probado. Como se ve, todos los platos de la cocina turca nos resultan muy familiares.
Hay gente por la calle y muchas tiendas abiertas incluso a las doce de la noche, hasta modernas peluquerías.
18 de julio, jueves.
A las dos dejamos el hotel y nos dirigimos al centro de Bursa, donde visitamos la mezquita Ulu y su famoso almimbar (púlpito) tallado.
En un parque situado en un risco, visitamos las tumbas de los sultanes Osman Gazi y Orhan, fundadores del imperio Otomano.
En el Koza Han o caravasar de la seda, charlamos con Kurtulius (Salvador), más interesado en aprender español que en vender. Más tarde,
cuando la temperatura desciende, nos acercamos hasta la Yesil Camii o Mezquita Verde, de estilo genuinamente turco. Al lado está enterrado
Mehmet I y sus hijos.
Cruzar las calles principales de Bursa es un poco delicado; hay muy pocos pasos regulados por semáforos y casi es mejor desplazarse hasta ellos,
aunque nos queden lejos, que aventurarse a cruzar la calle sorteando el incesante tráfico.
A eso de las ocho nos acercamos hasta el Kültür Parki. Es un complejo recreativo con un parque de atracciones, un lago artificial con barcas a
pedales, un zoo, un museo arqueológico, una discoteca, muchos restaurantes y zonas verdes para pasear.
Está lleno de familias paseando y chicos y chicas en grupos, nunca mezclados. Si uno se fija bien también se puede descubrir las graciosas
parejas de novios con carabina, y fíjate bien, nunca falla... la carabina siempre es menos atractiva que la novia.
Cenamos en uno de los restaurantes del Kultür Parki. Por supuesto, sin probar el alcohol.
Llegamos derrotados a la cama.
19 de julio, viernes.
Salimos a las doce de Bursa con destino a la costa del Egeo. El camino es malo y se hace largo. Llegamos a las cuatro al mar. En Burhaniye,
un pueblo pequeño, nos comemos una ensalada, una lubina y sandía de postre, que nunca falta.
Pasamos por la turística Ayvalik y en Dikili nos instalamos en un pequeño, moderno y novísimo hotel: el Naciye Dikiciler.
Descansamos en la playa de gruesa arena. Es una localidad de turismo nacional y los chalés están pegados unos a otros y las aceras aún
inacabadas. Algunos son muy peculiares, parecen hechos con las piezas de un Exin Castillos. En los tejados nunca falta los depósitos
horizontales de agua caliente solar que afean mucho la estética de los edificios.
20 de julio, sábado.
Visitamos las ruinas de Pérgamo. Pérgamo alcanzó gran prosperidad con Eumenes II (197-159.a.C.), quien reunió unos 200.000
volúmenes en su biblioteca. Los egipcios temían que Pérgamo atrajera a los eruditos y dejaron de suministrarles el papiro del Nilo. Eumenes
puso a sus sabios a trabajar e inventaron el pergamino, de piel de animal - el papiro estaba hecho prensando juncos -. En los albores de la
era cristiana, la biblioteca de Alejandría se quemó con sus 700.000 volúmenes y Marco Antonio, guerrero pero culto, decidió saquear la de
Pérgamo para obsequiar con libros a Cleopatra.
Desde la acrópolis de Pérgamo se divisa el Asclepion, algo así como un hospital de la antigüedad. Allí se trataban las dolencias con masajes,
baños de barro, brebajes y hierbas. El diagnóstico de la enfermedad se emitía a través de un análisis de los sueños.
Dejamos las interesantes ruinas de Pérgamo y seguimos. Atravesamos La perla del Egeo -Esmirna- sin detenernos. Esmirna es una ciudad de dos millones y medio
de habitantes realmente espectacular, ya que gran parte de ella está construida sobre las laderas de las montañas, y la sucesión de casas
parece no tener fin. Cuenta con abundante historia, ya que se fundó en el 3000 a.C. De aquí escaparon más de un millón de griegos durante los acuerdos
de intercambio de población entre Grecia y el imperio Otomano.
En Çesme tenemos muchas dificultades para encontrar alojamiento. Es una localidad de veraneo y está tomada, no hay nada libre. Después
de intentarlo en unos quince hoteles hemos acabado en el Sheraton, o eso, o dormir en el coche. Es muy tarde y nos contentamos con
cenar la versión turca de la pizza: el pide.
21 de julio, domingo.
El objetivo de venir hasta Çesme era pasar a la isla griega de Kios con el coche en algún ferry. Sin embargo, esto es imposible, no se puede
pasar ningún coche de alquiler a Grecia. Sencillamente, está prohibido. Nos parece un gasto excesivo alquilar otro coche en la isla, así que
nos quedamos sin ver Kios.
Decidimos dejar la costa de Turquía, las pequeñas localidades están sobresaturadas de gente, multiplican por diez su población en verano y
no queremos tener más problemas como el de ayer con el alojamiento. Así que salimos de Çesme y marchamos hacia Éfeso. Seguimos por la
costa y observamos que cualquier playa, por pequeña que sea, de guijarros o de arena, está siempre llena. En algunas, la gente se instala con
sus tiendas de campaña, rulotes o como sea. Con está aglomeración de gente es imposible que estén limpias.
Las carreteras de Turquía están plagadas de gasolineras; demasiadas estaciones para tan poco coche. Anuncian los precios del combustible
en grandes carteles, aunque no siempre coincide lo anunciado con el precio real. Le echan la culpa a la inflación, que es tan grande, que les hace
cambiar los precios cada tres días, muchos se cansan de tanta variación de precio y sencillamente no cambian más los precios de los carteles
anunciadores.
Nos alojamos en el hotel Hitit de Selçuk, a tres kilómetros de las ruinas de Éfeso. Pasamos la tarde en la piscina y a la noche bajamos a la
ciudad a dar un paseo. Selçuk es un pueblo pequeño –25000 habitantes – y tranquilo, con cigüeñas en las columnatas medio derruidas de un
acueducto bizantino. A mediados de enero se celebra aquí las famosas luchas de camellos.
Toda la vega está repleta de frutales, hay sobre
todo melocotones, que se venden en improvisados puestos en los márgenes de la carretera.
22 de julio, lunes.
Una ligera brisa nos alivia el paseo entre las ruinas de la antigua Éfeso. Éfeso fue una gran ciudad comercial y religiosa, centro de culto a la diosa Cibeles; luego, con los jonios, Cibeles
se transformó en Artemisa.
San Pablo vivió en éfeso tres años y tuvo mucho éxito como predicador, tanto que la venta de objetos de culto para Artemisa decayó
enormemente y los plateros y artesanos vieron como disminuían sus ingresos, así que extendieron el rumor por la ciudad de que San Pablo
se estaba comportando irreverentemente con la diosa. Se armó tal escándalo que finalmente se marchó. Es famosa su epístola a los efesios.
La vista sobre el valle es espléndida, está lleno de verdor y se cultivan melocotones, peras e higos. En el mercado, las sandías están
a 6 céntimos de euro el kilo.
Comemos en el centro de Selçuk, en el Selçuk Köftecisi; una ensalada y unas chuletillas. El propietario es un tío simpático que nos enseña
algunas frases básicas en turco: tesekir ederin, gracias; hesap lütfen, la cuenta, por favor; merhaba, hola; iyi günler, buenos días; kaç lira,
¿cuánto?
Como el sol pega fuerte, regreso a descansar al hotel. Mientras, mi mujer, gran amante de la arqueología, se acerca al Museo Arqueológico a disfrutar con su contenido.
A las seis bajamos a la piscina a leer, bañarnos y estudiar para dónde tiramos mañana.
23 de julio, martes.
Conducimos hacia el yacimiento de Afrodisias. El nombre de esta ciudad procede de la palabra griega Afrodita, diosa del amor. Se dice que
hay dos Afroditas: Afrodita Urania, diosa del amor espiritual y Afrodita Pandemos, diosa de la fertilidad, la fornicación y el goce. El caso
es que la ciudad prosperó gracias a su famoso templo, importante lugar de peregrinación. Más tarde, los bizantinos lo convirtieron en casta
iglesia cristiana.
El estadio está muy bien conservado, de los mejores que he visto. Parece que se utilizó como polideportivo con los griegos y para juegos
sangrientos con los romanos.
La visita es interesante y agradable, ya que apenas hay gente, se ve que Afrodisias está fuera de los circuitos de grupos
organizados.
Después de comer, nos dirigimos hacia una de las más conocidas atracciones turísticas de Turquía: los depósitos calcáreos de Pamukkale
(castillo de algodón.)
En la carretera hay un buen desbarajuste: a un camión se le ha caído la carga de melones y sandías y es todo un espectáculo
ver cientos de melones y sandías escachadas sobre la calzada.
Nos cuesta un poco dar con el pueblo, no está bien señalizado.
Aunque llegamos al atardecer, pagamos la entrada, válida también para el día siguiente. Para preservar la blanca superficie calcárea nos
obligan a subir la ladera descalzos. A la derecha de la cuesta hay unas cuantas piscinas artificiales.
Arriba está el Pamukkale Termal, con su piscina de aguas termales con columnas de mármol sumergidas en el agua. Recorremos el lugar
por encima de los canales de agua cubiertos con losas.
Hacemos noche en el mismo pueblo de Pamukkale, en el Koray Hotel.
24 de julio, miércoles.
Subimos de nuevo a las piscinas de Travertino. Esta vez entramos por la necrópolis, para ver Hierápolis. Hierápolis fue un centro curativo
fundado hacia el 190 a.C. por Eumenes II, rey de Pérgamo. Y nada más adecuado que poner una necrópolis al lado de un centro de salud,
claro.
Del teatro romano se conserva casi todo el escenario y el palco de autoridades, de hecho lo aprovechan para representar obras de teatro.
La piscina sagrada está repleta de turistas de grupos organizados, así que dejamos el planeado chapuzón para otra ocasión.
Siguiendo el recorrido del agua llegamos hasta unas piscinas artificiales que iban a formar parte de hoteles que al final han sido,
afortunadamente, derruidos. El emplazamiento no podía ser mejor. La vista sobre el valle es magnífica y las piscinas del hotel estaban
proyectadas de manera que se tenía una visión espléndida de todo el valle, incluso metido en la piscina. Después de recorrer unos
doscientos metros, damos con otras piscinas artificiales, muy parecidas a las naturales. Hay un lugareño en ellas rebañado en barro blanco.
Como venimos ya provistos de bañadores no lo dudamos y nos metemos inmediatamente.
Al lado de las piscinas hay un canal con cristalinas aguas termales que aprovecho para librarme del barro blanco. Tras este refrescante
baño ponemos rumbo al lago de Egirdir.
Pasamos por lagos prácticamente secos, el efecto óptico es curioso. Nos detenemos y caminamos hacia el lago que está cerca de la
carretera. El suelo blanco que veíamos desde la carretera no es sal, como pensábamos, sino barro seco. En realidad es el lecho del lago,
que ahora está sin agua.
A partir de Isparta, la autovía es amplia y está en muy buen estado. Apenas hay tráfico.
Llegamos al lago de Egirdir y nos alojamos en la isla Yesilada, en el hotel Mavigöl.
Cenamos en un restaurante muy frecuentado por lugareños, aquí nos enseñan unos mezes que incluyen cangrejos del lago, muy similares a
los de río, sólo que alguno de ellos es enorme, de casi treinta centímetros.
Cuando finalizamos la cena, nos enseñan fotos con el lago helado: la gente está comiendo en mesas sobre el lago o patinando con
artilugios de madera.
Las olas del lago son tan fuertes que talmente parece un mar. El agua del lago es cristalina.
Después de cenar recorremos el paseo que separa Yesilada del pueblo de Egerdir. Son casi las doce de la noche y están preparando
el mercadillo para mañana.
25 de julio, jueves.
Desayunamos bien en el hotel. Lo de siempre: tomates, pepino, aceitunas, queso, salchichas, miel y mermelada. En esta ocasión hay
mermelada de fresa y de rosas. Y parece casera.
Cambiamos algo de dinero en un banco de Egerdir y visitamos el mercado. Hay mucha actividad, casi resulta difícil andar. Resultan más
coloristas los vendedores que la mercancía en sí.
Echamos una ojeada al lago en el puerto. Nos llaman la atención unos renacuajos gigantes, de casi quince centímetros de longitud, sin
embargo las ranas son de tamaño normal, quizá sean renacuajos de sapo en vez de rana. También hay carramarros en el lago, y de buen
tamaño.
Nos acercamos a un trampolín desde donde se lanzan unos muchachos. Probamos un poco el agua y no la encontramos mal de temperatura,
no obstante, la playa es de cantos rodados, muy incómodos para nuestra espalda.
Nos dirigimos hacia Konya. Sigue sin haber tráfico en las carreteras, vamos solos. Paramos en Beysehir para reponer fuerzas y vemos
también la Mezquita Esrefoglu, con sus 39 pilares de madera.
Las manchas de chopos y pinos dan paso a montes pelados y paisaje desértico. A lo lejos, algunas montañas muestran sus picos
nevados.
Konya tiene setecientos mil habitantes. Nos alojamos en el Huma, al lado de la colina de Aladino.
Esta ciudad se dice que es la más conservadora y musulmana de toda Turquía. Es cierto, Se ven más mujeres con pañuelos en la
cabeza y falda hasta los tobillos que en otras ciudades. También hay hombres en los parques que manosean rosarios de cuentas.
Cosa curiosa: el mini-bar de nuestra habitación tiene más bebidas alcohólicas que ningún otro hotel donde hayamos estado.
Entramos en la Selimiye Camii. Poca gente. Observamos que a veces las líneas y dibujos de las alfombras de las mezquitas sirven para
colocar mejor a la gente durante el rezo, para alinearla.
A la noche damos una vuelta por los alrededores del museo Mevlâna. Mevlâna fue uno de los mayores filósofos místicos de la historia de
Turquía, según dicen.
Es ya tarde y todavía hay gente que intenta vendernos alfombras y nos entran en la calle. Cualquier pretexto es bueno para iniciar una
conversación:
-Tu cara me suena ¿No nos hemos visto antes? En Estambul, ¿puede ser?
Otros tratan de vendernos espectáculos de danza de los Derviches sin Derviches reales, ya que los verdaderos sólo bailan durante el
Festival de Mevlâna, en diciembre.
A estas horas no encontramos restaurantes abiertos, nos conformamos con un asado de cordero que ofrece uno de comida rápida.
26 de julio, viernes.
Desayunamos y salimos del hotel Hüma a eso de las once.
Caminamos Mevlâna abajo hasta el museo de mismo nombre. Entre sus visitantes hay tantos turcos como extranjeros.
El museo Mevlâna es un lugar sagrado para los musulmanes, es el antiguo alojamiento de los derviches danzantes. En el Mevläna
Türbesi está el sarcófago de Mevläna, los enormes turbantes sobre las tumbas son símbolo de autoridad espiritual.
Cuando salimos del museo nos encontramos con un buen espectáculo en la Mezquita Selimiye: hoy es viernes y es día de acudir a
la mezquita. Hay tanta gente que ocupan también los jardines del exterior. Los hombres rezan mientras las mujeres, al fondo, charlan en
animados corros. A nuestro lado, una muchacha cae en redondo, probablemente como consecuencia de una lipotimia. Le sujeto los pies en
alto y la cosa no pasa de un susto.
Después de comer salimos en dirección a la región más turística de Turquía: la Capadocia, que significa “tierra de bellos cabellos”.
La Capadocia es una enorme meseta volcánica formada por la erupción del volcán Erciyes y toda ella está compuesta por materiales
volcánicos: lava y arena volcánica. Materiales blandos que el viento, el agua y el tiempo han moldeado creando paisajes de cuento de hadas.
Aksaray es nuestro primer contacto con esta región, nos detenemos aquí para ver el Alminar Torcido, del año 1200, que está
atirantado y reforzado, ya que su inclinación hace peligrar los edificios colindantes en caso de colapso.
Seguimos hacia Güzelyurt. El paisaje casi desértico cambia y observamos ya manchas verdes de choperas.
En Güzelyurt nos alojamos en el hotel Karballa, un antiguo monasterio reconvertido en hotel. Está situado en lo alto del pueblo sobre un
acantilado. Descansamos al lado de la piscina sobre hamacas de cuerda.
Por los altavoces del pueblo suena una canción de melodía circular, parece india.
Antes de cenar recorremos el pueblo. Es pintoresco y es un adelanto de lo que posteriormente veremos con mucha frecuencia en
otros pueblos de la Capadocia.
Cenamos en el refectorio del Monasterio un estupendo bufé.
El nombre de nuestra habitación es Selime, igual que el monasterio del valle de Ihlara.
27 de julio, sábado.
Hemos llegado temprano al valle de Ihlara para recorrer parte del cañón. El Melendiz, río que discurre por el fondo del cañón está repleto
de ranas. Nunca había visto tantas ni tan grandes. Es muy poco profundo aunque de corriente viva. El río lleva también cangrejos y peces.
Hemos visitado la Yilanki Kilise, que es la mejor conservada. No parece que vigilen mucho sus pinturas, no hay cuidadores de estas
iglesias excavadas en la roca.
Después de comer al lado del río hemos visto el Monasterio de Selime. Ha sido muy divertido ya que unos niños, Mustafá, Sibel y
Funda nos han servido de guía. Este Mustafá es un aprendiz de guía que hasta tenía preparada una tortuga para sorprendernos y
hacernos la foto con ella. Llegará lejos.
Tras un pequeño descanso hemos bajado hasta el lago de Güzelyurt, que también está plagado de vida.
28 de julio, domingo.
Dejamos el tranquilo hotel-monasterio Karballa y ponemos rumbo hacia Derinkuyu, para ver uno de los más famosos pueblos
subterráneos de la Capadocia (se conocen más de 36.)
Estos pueblos subterráneos datan de la época hitita, del 2000 a.C. Aquí se escondían cuando les amenazaban los invasores.
Se supone que también fueron utilizados por los cristianos. Su profundidad acongoja un poco: 80 m, que se aprecian bien cuando
miramos por el pozo vertical de aireación. Hay dormitorios, salas de estar, despensas, bodegas, pozos de agua, chimeneas de aireación,
capillas y puertas de piedra para cerrar el paso en caso de peligro. Dicen que tienen capacidad para albergar diez mil personas.
Penetrar en la cueva es como meterse en un hormiguero y nunca mejor dicho porque hay demasiados turistas. Muchos corredores son
tan estrechos que sólo son transitables por una persona con lo que a veces hay que retroceder cuando hay grupos que suben.
La profundidad es respetable, hasta ocho niveles. No bajamos hasta los más profundos, hay demasiada gente y sentimos
cierta sensación de ansiedad e inseguridad.
Dejamos Derinkuyu y seguimos hacia los pueblos más famosos de la Capadocia: Göreme, Uçhisar, Avanos, Zelve y Ürgup.
La asombrosa orografía de esta zona de la Capadocia se debe a la descomunal erupción, hace 10 millones de años, de
tres volcanes que derramaron lava y ceniza sobre la faz del lugar.
Miles de años de actuación del agua y del viento sobre el tuf han esculpido asombrosas formaciones rocosas: chimeneas,
conos, agujas, champiñones, formas de animales, ... como si un hada juguetona hubiera encantado el lugar y lo hubiera petrificado.
A las dos, el pavimento empedrado de Uçhisar retumba en el interior de nuestro coche. Uçhisar es un pequeño pueblo de tres mil
habitantes construido alrededor de una peculiar kale o fortaleza que parece agujereada por topos gigantes. Nos alojamos al pie de la fortaleza,
en Las Terrazas, una pensión regentada por una familia francesa. La pensión es una casa restaurada mitad casa, mitad cueva y en el precio de
la habitación se incluye un recorrido matutino entre los asombrosos conos del valle. Desde nuestra habitación se contempla una vista espectacular
del valle de Göreme.
Por la tarde, cuando el calor remite, recorremos a pie el Valle de las Espadas.
En Las Terrazas nos recomiendan un viaje en globo por el valle, mi mujer está convencida, yo no tanto, tengo cierto respeto a las alturas.
Sin embargo, no se presentan muchas oportunidades de viajar en globo y además sobre un paisaje tan especial, así que ...adelante.
29 de julio, lunes
El despertador suena a las 4:45. Una buseta nos recoge puntualmente para llevarnos hasta Göreme donde nos reunimos con el resto de
pasajeros, en total, unos once, entre ellos, Antonio Gutierres, anterior primer ministro de Portugal con su mujer e hija.
Nos obsequian con unas pastas y algo de té mientras sueltan unos globitos convencionales para ver la dirección del viento y así determinar
el punto de despegue. Nos trasladan a dicho punto y, mientras inflan el globo, nos dan una clase de cómo aferrarse a la cesta en caso de
aterrizaje forzoso. Por supuesto, nadie piensa que esto de viajar en globo sea peligroso ya que no llevamos ni casco ni paracaídas.
En pocos minutos el globo está inflado y nosotros dentro de la cesta. Nos elevamos con rapidez y en silencio. Quizá sea el silencio lo que
más sorprende del viaje en globo, no hay ruidos, excepto cuando se accionan los quemadores. Un globo no tiene propulsión lateral, sólo
sube o baja. Su manera de desplazarse lateralmente en una dirección determinada es buscar la corriente de aire que le empuje en esa dirección,
para ello sube o baja hasta que encuentra el viento adecuado.
La velocidad de subida y de ascensión también es sorprendente, en poco tiempo pasamos de tocar las nubes a estar a pocos metros del suelo.
Hay ocasiones que parece que fuéramos a chocar con las formaciones rocosas, pero siempre en el último momento el piloto desvía el rumbo y
salimos indemnes. Excepto una vez: el piloto estaba tan absorto en sus explicaciones sobre los entresijos del pilotaje de un globo que chocamos
contra un cono de roca. Yo tampoco lo vi y al golpear con él pensé que se había soltado uno de los cuatro puntos de anclaje de la cesta con
el globo.
La verdad es que estas cestas de mimbre aguantan bien los golpes, se deforman sin romperse, son elásticas. El aterrizaje tampoco estaba en el guión.
Un globo no tiene frenos, entonces ¿cómo se detiene? Al parecer el viento en tierra era superior al normal y no hay otra manera de frenar que por
rozamiento con el duro suelo. Yo vi que los demás se agarraban a las correas de la cesta y se ponían en la posición que nos habían enseñado: de
espaldas al sentido de marcha y con las rodillas flexionadas. Al de pocos segundos, sentimos un fuerte golpe, el sonido del arrastre de la cesta contra
los rastrojos de la era y luego, otro golpe, más fuerte que el anterior y después: nada, inmovilidad total.
Nos miramos los unos a los otros, aun agarrados a las correas y con cara de susto. Kelly toma nuestra cámara y nos hace una foto mientras aún
estamos metidos en la cesta. Parece
que la foto de esta guisa forma parte también del viaje. Realmente, un magnífico final de viaje, sobre todo porque nadie se hizo el más mínimo
rasguño.
Sospecho que esta es la manera habitual de detener un globo, a pesar de que nos aseguran que no fue un aterrizaje normal. Sin embargo, el
viento en tierra era muy ligero, apenas se notaba y el aterrizaje fue como fue.
Para las ocho y media ya estamos de vuelta en Las Terrazas. Desayunamos y nos vamos de marcha con Marco y el resto de huéspedes a dar
un paseo por el valle de Göreme.
Para las once ya estamos de vuelta y marchamos hasta ávanos, donde se encuentra el mayor centro de cerámica y tapices de la zona. Visitamos
la tienda de Galip. Es un artista turco que elabora las piezas de cerámica con el barro rojo de las orillas del río Kizilirmak y las esmalta con motivos
tradicionales. La galería de Galip se extiende por un pasillo de cuevas excavadas en la roca donde están expuestas todas las piezas elaboradas.
En una de ellas hay una colección que no tiene nada que ver con la cerámica: hace 17 años Galip cortó un mechón de cabello a una viajera y
lo pegó con su nombre y dirección en el techo de la cueva. Desde entonces, miles de mechones, sólo de mujeres, se amontonan en las paredes y
el techo de la estancia hasta tal punto que aparece en el libro Guiness de los registros más sorprendentes.
Por la tarde visitamos Ürgup y tras algún regateo, compro un kilim a buen precio, al menos para mí.
30 de julio, martes.
Llegamos a Ankara con dos objetivos: ver el Museo de las Civilizaciones y el Mausoleo de Atatürk.
Ankara es la capital de Turquía y sede del gobierno actual. Tiene cuatro millones de población y un tráfico endiablado, aunque peor
lo tienen los
transeúntes ya que apenas hay semáforos o pasos de cebra. Ankara tiene poco que ver con la ciudad otomana de Angora, que se
asentaba en el mismo emplazamiento, y era un lugar tranquilo donde crecían cabras de largo pelaje con cuya lana se tejían mullidas prendas
de vestir.
Llegamos a la entrada del parque donde se encuentra el Mausoleo de Atatürk: el Anit Kabir. Una barrera nos corta el paso.
Un agente de seguridad nos informa que hasta mañana no estará abierto. Su inglés es escaso y no sabe decirnos porqué hoy está cerrado.
Sospecho que se está celebrando algún acontecimiento de tipo político. De todas formas, como monumento no parece que vale mucho, baste
decir que fue diseñado por un alemán y un italiano, o sea, fascista a tope.
Atatürk fue el político más importante de Turquía. A partir de 1924 llevó a cabo una serie de reformas que han conducido a Turquía
hacia su occidentalización: instauró una constitución, liberó la economía, prohibió la poligamia y el fez, instauró el matrimonio y divorcio civil,
el islamismo dejó de ser la religión del estado, cambió el alfabeto arábigo por el occidental, estableció las actuales fronteras de Turquía, liberó
a la mujer dándole idénticos derechos que al hombre, cambió la capital de Estambul a Ankara, etc.
En realidad, Atatürk se llamaba Mustafá Kemal -Kemal es un apodo de la niñez, se lo puso su profesor de matemáticas y significa
excelencia- y en 1935 impulsó una ley muy curiosa: hasta entonces, los musulmanes sólo tenían nombre de pila y los apellidos eran opcionales,
él se proclamó como Atatürk (Padre de los turcos) e hizo que todos los turcos adoptaran algún apellido.
Todo esto no significa que fuese un santo varón ya que todas estas medidas las adoptó de una manera bastante dictatorial, muchos
de sus opositores acabaron en la horca y encima tenía fama de bebedor; de hecho, murió de cirrosis.
El Museo de las Civilizaciones se centra en las primeras civilizaciones de Anatolia: Reino de Urartu, de Hatti, hititas, frigios y
asirios.
Comemos muy tarde y seguimos hacia la ciudad de Safranbolu, al norte de Ankara. Las casas otomanas de Safranbolu han sido
declaradas Patrimonio de la Humanidad. Parece ser que Safranbolu prosperó en el siglo XVII gracias a que las rutas comerciales pasaban por ella.
Dicen que su caravansar se quiere reconvertir en lujoso hotel, yo diría que las obras tendrán que esperar a tiempos de mayor bonanza económica.
Paramos en la plaza, al lado de sugerentes pastelerías y nos dedicamos a buscar alojamiento a pata. Nos gusta una casa otomana reconvertida
en hotel. El baño es muy curioso: está encerrado en un armario de madera y hay que subir un peldaño para acceder a él. Toda el suelo del hotel está cubierto por alfombras
y es obligatorio descalzarse al entrar en el hotel.
31 de julio, miércoles.
Salimos hacia Amasra. El paisaje cambia por completo, es más montañoso y un bosque frondoso cubre por completo las montañas.
La carretera serpentea y baja hasta el valle. En el fondo, un río cristalino. Nos bajamos para inspeccionarlo. El lecho es de cantos rodados
y hay abundancia de peces, su profundidad media es de treinta centímetros y su anchura de unos cuatro metros. Descubrimos diminutas
sanguijuelas bajo las piedras de las corrientes.
En esta zona hay una importante industria maderera, no cesan de pasar camiones cargados con troncos de árboles.
A los márgenes de la carretera se ven algunos puestos de venta de productos de la zona: sobre todo avellanas y moras.
Llegamos a Amasra, uno de los pueblos más bonitos y turísticos del Mar Negro. En el puerto, comemos unas anchoas y lirios en un
balik restaurant.
La playa no es muy grande; tendrá cien metros de larga y la mitad está ocupada por pequeñas barcas de pesca. Sobre la arena se mezclan
mujeres en bikinis minúsculos con otras que visten bañadores de cuerpo entero; sólo dejan al descubierto las manos, los pies y la cara. Así es Turquía.
Nos alojamos en una sencilla pensión con vistas al mar, a diez metros de la playa.
Al atardecer crece la animación, hay mucha gente por la calle recorriendo las callejuelas llenas de puestos con artesanía local y las terrazas
de los
restaurantes a orilla del mar se llenan. Resulta un pueblo muy agradable y algo pintoresco.
1 de agosto, jueves.
Disfrutamos la mañana tirados en la playa y bañándonos en las cristalinas aguas del mar Negro. Abandonamos Amasra
a las doce y comemos en Safranbolu, en el hotel Havuzlu Asmazlar Konagt, hotel con un estanque en el patio de mucho encanto. Aquí nos
encontramos con Luis y Manuel, dos trotamundos que llevan tan sólo dos días en Turquía y que viajan en autobús. Charlamos un rato con
ellos sobre nuestro viaje y les acercamos hasta la Otogar de Karabuk.
Seguimos nuestro camino hacia Estambul. En la carretera nos encontramos con varios cambios de vía y alguna retención por obras.
Aquí los chavales aprovechan para vender cajas de delicias turcas y los simits, roscos de pan cubiertos de sésamo.
Las delicias turcas es un invento de un pastelero de Kastamonu, que llegó a Estambul a finales del siglo XVIII. Ali Muhiddin inventó una
golosina blanda y elástica a la que llamó rahat lokum o “bocado placentero”. Sus descendientes todavía regentan una tienda en la calle
Istiklal de Estambul.
Entrar en una ciudad tan enorme como Estambul de noche y sobre todo, llegar hasta el barrio de Sultanahmet, no resulta tarea fácil:
algunas zonas están poco iluminadas y hay obras por doquier. Afortunadamente, una vez más, la amabilidad de los turcos nos ayuda
enormemente y el conductor al que preguntamos nos lleva hasta el mismísimo corazón de Sultanahmet. Ahora las calles están
repletas de turistas, por todas partes se oye hablar español. Las cartas de los restaurantes han aumentado el precio y disminuido en calidad.
Nos alojamos en el hotel Spina, a pocos metros de la Mezquita azul.
2 de agosto, viernes.
Increíble pero cierto: llueve sobre Estambul. Ha llovido durante la noche y ha refrescado un poco, inmejorable para patear las calles de esta asombrosa ciudad.
Visitamos el Museo Arqueológico. Aquí se encuentra un pedazo del código de leyes del rey babilónico Hammurabi, del 1800 a.C. Las
leyes están escritas sobre una piedra negra de 230 cm de altura y 183 cm de perímetro y se encuentra en el Louvre de Paris. Consta de
282 leyes. Contiene secciones sociales, morales, religiosas, comerciales y civiles. He aquí algunos ejemplos:
“128. Si un hombre toma por esposa a una mujer pero no tiene relaciones sexuales con ella, esta mujer no es su esposa.”
“129. Si la esposa de un hombre es sorprendida en flagrante delito sexual con otro hombre, ambos serán atados y arrojados al río, pero el
esposo puede perdonar a su mujer”
“135. Si un hombre es hecho prisionero en la guerra y su casa se queda sin sustento, su mujer puede marchar a otra casa y tener hijos con
otro hombre; si más tarde su marido vuelve a casa, la mujer volverá con su marido, pero los niños quedarán con su padre.”
“219. Si un médico hace una gran incisión sobre el esclavo de un hombre liberado y lo mata, repondrá ese esclavo con otro esclavo.”
“224. Si un veterinario cirujano realiza una operación a un asno o buey y lo cura, el propietario pagará al cirujano un sexto de un sekel como
tarifa.”
“229. Si un constructor realiza mal una casa y su propietario muere, el constructor será ejecutado.
También figuran en este museo los sarcófagos encontrados en la necrópolis real de Sidón, uno de ellos llamado de Alejandro “El Magno” que
en realidad no lo es. Los sarcófagos están intactos, muy bien conservados.
Desde el museo nos trasladamos a la concurrida Istiklal Caddesi o avenida de la Independencia y la recorremos en su totalidad: partimos de
la plaza Taksim y terminamos en la torre Galata. Istiklal es una calle comercial peatonal y está atestada de gente, abundan las tiendas de
ropa de moda, las librerías y las tiendas de cedés. Cerca de la torre Galata están concentradas las tiendas de instrumentos musicales.
Desde Karaköy tomamos un taxi a Ortaköy donde cenamos. La elección en esta ocasión no es acertada, no por la comida sino por el ruido.
En principio, las cosas discurrían normalmente hasta que los animadores del restaurante de enfrente, con guitarras y muy mala voz han
empezado a cantar algunas cancioncillas del folclore turco – me imagino–. En esto que los de nuestro restaurante han encendido la música
enlatada y han competido en ruido con los voceras de las guitarras. Insufrible. Hemos comido rápido y nos hemos sentado en un banco del
muelle a ver pasar al personal, que es algo muy entretenido. El tipo de las marionetas de trapo, a lo tonto a lo tonto, las ha vendido todas,
oye.
Regresamos tarde al hotel. Todavía hay bastante turista por la calle.
3 de agosto, sábado.
Visitamos un centro comercial en Bakirköy: la Galería. Es como cualquier otro del mundo. Para ser sábado hay muy poca gente. Compramos
una botella de raki en un súper y poco más.
Tomamos una comida ligera en el concurrido Meshur Tarihi Halk Köftecisi Selim Usta: un köfte y un baklava de postre.
A las tres devolvemos el coche a National sin novedad.
Por la tarde intentamos dar un paseo por el Bósforo sin éxito, los tours regulares ya han acabado. Regresamos a las doce y media derrotados
de patear la ciudad.
4 de agosto, domingo.
Pasamos la mañana viendo el interior de la iglesia Santa Sofía o de la Divina Sabiduría. La ordenó construir Justiniano en el año 537
en un esfuerzo más por restablecer la grandeza del Imperio Romano. Lo más sobresaliente era la aparente falta de sujeción de la cúpula,
aunque no duró mucho: 11 años más tarde se derrumbó en un terremoto.
Después de la caída de Constantinopla en 1453 siguió como mezquita hasta 1935, año en que Atatürk la convirtió en museo.
A la izquierda de la puerta imperial se encuentra la columna que llora; tiene un revestimiento de cobre en el que se ha practicado un agujero;
según la leyenda, aquellos que introducen el dedo y formulan un deseo lograrán verlo realizado si, al sacarlo, se encuentra mojado.
A la izquierda del Mihrab se encuentra el palco del Sultán, construido por Ahmet III, allá por el 1700 para que pudiera rezar sin ser visto.
Y como todo lo que empieza se acaba, a las tres, nos recoge una buseta que nos traslada al Havaalani Atatürk. En el camino
al aeropuerto vemos de nuevo a la gente alrededor de humeantes barbacoas que impregnan el aire del característico tufillo a chamuscado.
Es domingo y medio Estambul estará de picnic.
El viaje a Turquía ha resultado mucho mejor de lo esperado, realmente teníamos pocos conocimientos del país, todos coincidimos en que nos
hemos encontrado con un país mucho más moderno y europeo de lo que imaginábamos. Nos ha faltado tiempo, como siempre, y se han
quedado muchas cosas sin ver: las cabezas de piedra del monte Nemrut Dagi, los Castillos de Anamurium, Antalya y Olimpos, Amsya, el
monasterio de Sumela, el Museo de Antioquia, etc.
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