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Bandera

Viaje a Sudáfrica 2005

9 de marzo, sábado

Desde el aire, Pretoria y Johannesburgo parecen ciudades residenciales, muy al estilo americano, completamente planas y cuadriculadas, plagadas de magnificas casas unifamiliares con piscina y rodeadas de vegetación. Pero también se ven las manchas grises de los campamentos ilegales, con chabolas apelotonadas que desde el avión asemejan cementerios. Son ciudades llenas de contrastes, donde la riqueza y la pobreza se dan la mano.
Aterrizamos al mediodía puntualmente en el aeropuerto Jan Smuts de Johannesburgo y tardamos más de lo deseable en cruzar la aduana. Cambiamos dinero en Master Currency y por fin, recogemos un Nissan Almera en National-Alamo, previamente reservado a través de internet. Desde que hemos aterrizado hasta que pisamos la carretera con el coche han pasado tres largas horas.
En el mostrador de Alamo preguntamos por la salida a la autopista y un cubano de Miami se ofrece a guiarnos hasta la N-12, le seguimos y ya estamos rumbo a nuestro principal objetivo del viaje: el parque Kruger. Por delante nos esperan casi cinco horas de camino hasta llegar al pueblo de Sabie, nuestra meta para pernoctar.
Una alternativa al viaje en coche hubiera sido volar desde Jo´burg hasta Nelspruit o Hoedspruit, en los aledaños del parque Kruger, sin embargo, los horarios de los vuelos obligan a esperar a mañana para tomarlos.
Conducir en Sudáfrica no reviste ningún problema, apenas hay tráfico, las carreteras son amplias, muy bien señalizadas y el firme es impecable.
Carretera hacia Kruger
A mitad del recorrido nos detenemos cerca de un pequeño lago y visitamos un complejo de tiendas donde venden productos del país. Exquisiteces y golosinas muy bien presentadas: miel, frutos secos, quesos, etc. Compramos unos trozos de mango secos y unas tiras de plátanos, muy parecidos a los que venden en Ecuador o Costa Rica, así entretenemos al estómago durante el viaje.
Uno se imagina Sudáfrica con una vegetación salvaje y poco civilizada pero qué va, todo lo contrario: los bosques de esta zona de Mpumalanga han sido reforestados, así que a ambos lados de la carretera se suceden interminables masas verdes de pinos y eucaliptos, todos de la misma altura y guardando la misma separación; demasiado civilizado para los ojos del turista aventurero. Más parece que estuviéramos en Canada que en África.
Antes de que el sol se oculte, llegamos al tranquilo pueblecito de Sabie. La mayor parte de las casas son de piedra, estilo inglés, y los céspedes están bien cuidados.
El primer alojamiento que visitamos está completo, por suerte, la mujer que nos recibe hace una llamada y ella misma nos conduce hasta el bed and breakfast Azalea, en la calle Cycad, apenas a cien metros del suyo. Aquí, ocupamos la única habitación libre que queda. Al parecer, es un fin de semana largo y los alojamientos de los alrededores están llenos.
Esta zona es muy tranquila, llena de casas unifamiliares con amplias zonas de césped con sus vallas pintadas de blanco. Es zona de blancos, claro. De hecho, durante todo el viaje tendremos muy poco contacto con negros, son los blancos los que dirigen este país y cualquier actividad económica, ya sea un bar o un kiosko de periódicos, está controlada por ellos. Los negros trabajan siempre en los puestos de menor cualificación.

20 de marzo, domingo

Dejamos Sabie pronto, a las 8:30. Vale la pena explorar esta zona, es magnífica para hacer senderismo, lástima que nuestro tiempo sea tan limitado. El día ha salido nublado y algo fresco.
Cataratas Mec Mec
A 13 Km. al norte de Sabie se encuentran las cataratas Mac-Mac, nombre dado en homenaje a los escoceses que murieron buscando oro. Son una atracción turística y hay un aparcamiento vigilado muy cerca, al lado, puestos de artesanías, ya sabes, tallas en madera de elefantes, jirafas, hipopótamos, máscaras, etc. Se puede pasear tranquilamente entre los puestos; los vendedores te dejan hacer hasta que muestras interés por alguna de sus mercancías, entonces se levantan y porfían por venderla, aunque no con mucha convicción, la verdad.
En esta zona es muy popular la pesca de la trucha, ya que se incluye en todos los menús de los restaurantes. En Graskop paramos unos minutos para comprar un enchufe eléctrico para poder utilizar mi máquina de afeitar y vemos una tienda de pesca bien surtida, por lo visto es muy popular la pesca con pez artificial tipo Rapala, lo que me sorprende es el tamaño de muchos de los señuelos, ¿cuántos kilos pesan las truchas de aquí?
El pueblecito Pilgrim´s Rest es poca más que una calle llena de tiendas para los turistas, nos parece algo desangelada y demasiado orientado a la venta de las típicas artesanías para los turistas.
Para mí, lo mejor de esta zona es la naturaleza que rodea al cañón del río Blyde. A lo largo de la carretera que discurre paralela al cañón hay muchos miradores, el más famoso es La ventana de Dios o God´s Window. Hoy la vista no es todo lo buena que quisiéramos, hay bastante niebla. Esta zona es realmente interesante y merecería la pena pasar al menos un día más, pero Kruger nos espera.
Para las once ponemos rumbo a la Kruger Gate. En realidad, buscamos la Shaws Gate y nos la pasamos. Al dar la vuelta, al lado de la carretera, al otro lado de la valla, divisamos dos elefantes casi negros arrancando ramas de los árboles.
Dejamos la carretera asfaltada y entramos al Kruger por la Shaws Gate. A partir de aquí circulamos por caminos de tierra, ya dentro del parque, a nuestro propio riesgo, como advierten los carteles.
El parque lleva el nombre del primer presidente de Sudáfrica, Paul Kruger, buen aficionado a la caza.
La verdad es que el parque no tiene aspecto salvaje, la vegetación está compuesta de arbustos que no superan los cuatro metros de altura, la sábana arbolada, como ellos le llaman, la bushveld. Nada parece anunciar la presencia de animales salvajes, sin embargo, las apariencias engañan, en las horas centrales del día es difícil encontrarse con animal alguno, pero haberlos, haílos, os lo aseguro. Si os tenéis que bajar del coche por alguna razón no os separéis demasiado de él, y por supuesto, ni se os ocurra dar un paseo entre la vegetación, puede ser realmente peligroso.
Después de recorrer unos 30 Km. por un camino de tierra, llegamos al Dulini Bush, algo cansados por los continuos baches del recorrido. Enseguida salen a recibirnos, nos ofrecen un cóctel y unas toallitas húmedas para refrescarnos. El lugar está compuesto por un edificio con techo de paja que hace de recepción y una amplia zona de césped bien cortado a la sombra de unos altos árboles, hay una piscina pequeña que no invita al baño, el agua es cristalina pero el lecho tiene muchos sedimentos naturales.
Alojamientos individuales del Dulini Lodge
Nos conducen a nuestro alojamiento, que por cierto, nunca se cierra con llave. Es una cabaña de piedra unifamiliar de altos techos de paja que da al río, ahora seco, y que resulta muy amplia y con todas las comodidades de un buen hotel: cama con dosel, yacusi en la terraza, ducha en el exterior, etc.
La reserva la realizamos por internet, donde también se puede regatear. Al final, lo conseguimos por 2450 rands (294 euros) por cabeza y noche. Este precio incluye dos safaris al día.
El Dulini Bush está lleno, hay once personas. Tomamos los restos de un bufé, bastante corriente, y nos retiramos a descansar un rato.
A las 16:30 comienza el primer safari. Los vehículos son unos magníficos todo terreno sin techo. Nos acompañan dos guías: uno negro, Remember, quien va en una silla en el frontal izquierdo del vehículo, para advertir de las irregularidades del terreno y otro blanco, Dries, quien conduce y maneja la radio. Sobre el salpicadero, un rifle de grueso calibre. Impresiona un poco pensar que necesitamos semejante arma para estar seguros.
Bueno, ¿y cómo encuentran a los animales en un territorio tan grande como la provincia de Cáceres? Pues nada más fácil si se dispone de un sistema de GPS. En Kruger, el CyberTracker se introdujo en el verano del 2004, así que nada de encontrar a los animales por casualidad, desde la central echan un vistazo a su pantalla e informan a Dries de los animales más cercanos a nuestro recorrido y de su situación exacta.
El safari resulta fructífero. El primer animal que vemos es un leopardo devorando los restos de un impala. Nos quedamos alucinados al ver como nuestro vehículo abandona el sendero de tierra y se introduce entre la espesura de la vegetación, no hay nada que lo detenga, arbustos enormes de grueso tronco ceden ante el paso del todo terreno como si fueran flexibles hierbecillas. El GPS funciona de maravilla, vamos directos al animal. Otra sorpresa: el jeep se acerca a menos de dos metros del leopardo y el animal tan terne, como si fuéramos invisibles, ni se inmuta. Dries apaga el motor, el único ruido que escuchamos ahora es el crujir de los huesos bajo las fauces del depredador. Observamos al leopardo durante quince minutos y cuando ya nos marchamos divisamos a su cachorro que estaba a menos de seis metros y nadie lo había visto.
Abandonamos los leopardos y regresamos al sendero. Dries sigue en constante contacto por radio. Al de poco tiempo acelera y comunica a Remember el próximo destino. Remember es quien realmente indica el camino. En cada cruce de este laberinto de senderos, con un discreto movimiento de su mano, señala a Dries la dirección a tomar.
Boa cruzando el camino en Kruger
Inesperadamente, nos topamos con un animal sin GPS: una pitón de dos metros que cruza tranquilamente el sendero. Dries frena bruscamente, se detiene en el lado izquierdo del camino y rápidamente saca su cámara. Su excitación nos indica que una pitón no es un animal habitual en los safaris. En menos de diez segundos desaparece entre las hierbas del camino, cerca de la rueda derecha de nuestro vehículo. Parece mentira que un bicho tan grande se oculte con tanta facilidad. A partir de ahora tendré mucho cuidado por donde piso.
Lo próximo es una familia de estilizados guepardos: una hembra y dos cachorros ya creciditos. Están de caza y les seguimos allá donde van. Esta zona es mucho más despejada de lo habitual. Así y todo, el parque Kruger no tiene nada que ver con los habituales reportajes de animales que dan por televisión, donde siempre se presentan enormes espacios abiertos con manadas de cebras, antílopes o ñus; estas imágenes corresponden probablemente al Masai Mara o Serengueti de Kenia y Tanzania pero Kruger es diferente; esto es la bushveld o sábana de arbustos y los animales no forman grupos tan numerosos, serían presa fácil ya que los arbustos y el resto de la manada les dificultarían los movimientos en caso de un ataque.
Los guepardos aprovechan nuestro vehículo para ocultarse. Tenemos la suerte de ver un intento de caza de los tres guepardos sobre unos impalas. Los quiebros de los impalas en su huida frustran el ataque. Magnífica estampa la de estos felinos. Es fácil distinguirlos de los leopardos, son más delgados y tienen una línea oscura desde el ojo a la mandíbula. Son muy veloces, pero se cansan pronto.
La fauna avícola es también espectacular y abundante aunque el guía no hace mucho hincapie en ella. Aquí venimos a ver a los cinco grandes y los pajarillos no parecen importar mucho.
Ya de vuelta, es noche cerrada. Los focos del coche alumbran una gruesa figura que abandona una charca, es un hipopótamo, ¡a menos de cien metros de la entrada al Dulini Bush!. Nuestro guía nos asegura que es extraño ver a hipos remojarse en masas de agua que no les cubra por completo.
Al bajar del todo terreno echo un vistazo a la chapa de los laterales: ni un rasguño, ¿de qué material están hechos estos vehículos?, ¿acero cementado?
Cenamos todos juntos en una larga mesa al aire libre. Dries está a mi izquierda y nos da algunos consejos para el resto de nuestro viaje por Sudáfrica: debemos evitar las ciudades como Durban o Port Elizabeth, por seguridad. Nos advierte que el lago de Santa Lucía tiene menos de la mitad de agua de lo que es habitual, aún así, la visita vale la pena.
Cuando ve el pastillazo contra la malaria que nos echamos al gaznate lo echa a barato, no cree que corramos ningún peligro. La verdad es que los mosquitos brillan por su ausencia aunque, según las guías, Kruger es uno de los lugares de mayor riesgo, asi que a pesar de la lata que es tomar las pastillas, seguimos con la medicación, por si acaso.
Después de cenar, Dries nos escolta los cuarenta metros que nos separan de nuestro alojamiento. Leemos un rato en la terraza aunque no dejo de mirar a mi alrededor de vez en cuando, por si acaso una pitón se acerca silenciosamente a darnos un susto.
Tras bañarnos desnudos en el yacusi nos disponemos a descansar para estar frescos para los safaris de mañana.

21 de marzo, lunes

El despertador suena a las 5:30. Media hora más tarde estamos sentados de nuevo en el todo terreno. Todavía es de noche, esta vez somos sólo cuatro personas. La mañana es algo fresca, visto una camiseta y un chubasquero ligero que me abriga de la brisa matutina.
León descansando
El primer animal de la mañana es un kudú, animal bastante grande. Los impalas, antílopes, kudús y alces son frecuentes y Dries no se detiene por ellos. Más tarde, nuestro guía recibe la noticia de que han divisado un león. Allá vamos. Después de quince minutos de conducir por el laberinto de caminos damos con él. Como el leopardo de ayer, no está al borde del camino, sino dentro de la vegetación. El león está tumbado y tiene aspecto de cansado, ni se inmuta ante la presencia de dos jeeps a su alrededor, a menos de dos metros.
Dentro del parque, y no a demasiada distancia de nuestro alojamiento, hay un campo de aterrizaje de tierra para avionetas, hacia allí nos conduce Dries, le han dado el chivatazo de que por allí hay un animal de peso. Cuando llegamos los divisamos desde lejos: son dos rinocerontes blancos que pastan tranquilamente y disfrutan de los primeros rayos de sol de la mañana. Los rinos impresionan bastante más que los leones, un toro comparado con ellos es un lindo gatito. Los rinos pueden pasar de las dos toneladas.
Esta vez, Dries mantiene las distancias, no se acerca como con los leones o los leopardos, de hecho,
Rinocerontes blancos en el campo de aterrizaje
pasamos unos segundos angustiosos cuando uno de los rinos nos enfila, agacha la cabeza y nervioso, golpea con sus patas traseras en el suelo. Por suerte para nosotros, la carga no se produce.
El adjetivo blanco no tiene nada que ver con su color, -son iguales al rinoceronte negro-, en realidad se les llamaba wide, ancho en inglés, ya que su boca es más ancha que la del negro, sin embargo, los nativos confundieron wide por white y por esa razón se les llama blancos.
Pasamos unos quince minutos observándolos y Dries se pone en camino hacia el próximo destino, un leopardo comiendo restos de un impala en un árbol con una hiena a sus pies. A lo lejos, varios bisontes, cerca del río.
En el recorrido de vuelta hacia el Dulini, Remember hace una seña y Dries detiene el coche, regresamos unos metros y Remember nos muestra el objeto de su atención: una tortuga leopardo. Es asombrosa la vista de Remember, porque el caparazón de la tortuga se mimetiza con el terreno de manera perfecta.
A la una y media, nos preparan un almuerzo al aire libre. Sólo queda una pareja más que se marcha después de comer.
A las 16:30 emprendemos otro safari con otras tres personas que no se alojan en el Dulini, han venido expresamente a realizar el safari.
Leopardo
El safari de la tarde resulta inolvidable. Para empezar, sorprendemos a un leopardo comiéndose un impala sobre un árbol mientras, otra vez, una hiena espera los restos abajo. La cría del leopardo no anda muy lejos, a pocos metros.
Más tarde, Dries nos pregunta que qué queremos ver, le contestamos que aún no hemos visto ninguna jirafa; habla por el parlante y en unos minutos nos plantamos enfrente de una hembra y su cachorro.
Sobre unas pequeñas colinas divisamos los alojamientos propiedad del millonario inglés Charles Bronson, parecen algo tétricos desde la distancia.
Más tarde aparecen varios kudús con una cornamenta impresionante, también búfalos en la lejanía y una colonia de babuinos, todo esto bajo un sol de justicia, cosa rara. Regresamos a la zona del río y nos topamos con un león que anda tranquilamente por el sendero. No, no es casualidad, la emisora le ha dictado a Dries el lugar exacto donde encontrarlo. Le seguimos dos vehículos todo terrenos; el león ni se inmuta, actúa como si fuéramos invisibles. Sigue por el sendero, atraviesa el río por un vado y aquí nos quedamos nosotros. La otra parte del río es privada. es una zona con el césped bien cortado y una magnífica casa aparentemente cerrada. Nos olvidamos del león y seguimos recorriendo los caminos del parque.
Vemos unos animales parecidos a burros y muchos ungulados, sobre todo, impalas
Impalas sobre el camino
El cielo se está cargando de nubes y Dries nos propone olvidarnos de la parada habitual para tomar unas pastas y refrescos y concentrarnos en el safari, porque la cosa se va a poner interesante, las nubes oscurecen la luz del atardecer y la sábana de arbustos hierve en actividad. Y efectivamente está en lo cierto, estamos ente dos luces y vemos manadas de impalas como ningún día. En pocos minutos oscurece y es necesario utilizar el potente foco que maneja Remember.
En principio, de noche parece más difícil encontrar los animales, sin embargo, Remember es capaz de descubrir hasta una pequeña liebre que se queda inmóvil ante la luz del foco a dos metros del vehículo. De repente, dejamos el campo de aterrizaje y Dries acelera el coche; uno de los cinco grandes anda cerca. 500 metros adelante, otros todo terreno dirigen sus focos sobre un leopardo. Dries nos cuenta que se trata de un viejo leopardo que vuelve a su antiguo territorio y lo está marcando de nuevo. Bueno, ¿y en qué consiste eso de marcar el territorio? Pues en echar un buen chorro de orina dirigida hacia atrás, sobre ramas y tocones y sobre todo, en la secreción de sus dos glándulas anales, y ¡hay que olerlo para creerlo! Ahora entiendo el significado de la frase "oler a tigre", el caso es que el aire se vuelve irrespirable, huele a rayos, es como si hubiera explotado una inmensa bomba fétida. Con esta oscuridad y a pesar de los focos, uno piensa que perderemos al leopardo a las primeras de cambio, pues nada de eso, los dos todo terreno le siguen haya donde vaya, derribando todo lo que se encuentran a su paso.
Persecución del leopardo por la noche
Una gruesa rama se ensarta en la barra antivuelco, Dries nos ordena tirarnos al suelo del vehículo y sigue adelante, la rama cruje, rompe y cae sobre nosotros. Con este follón que armamos parece mentira que el leopardo siga a lo suyo, tan terne, de vez en cuando se entretiene más de la cuenta con algunos arbustos para dejar su "huella" y sigue, aparentemente ajeno a nuestros focos y a los dos jeeps. En un momento dado, cruza por una estrecha franja entre un talud y un árbol.
-Ya está, lo perdemos-, pienso para mí. Nos quedamos blancos cuando nuestro guía mete primera y enfila el vehículo hacia el estrecho espacio entre el talud casi vertical y el árbol. Lo veo y no lo creo. El vehículo camina unos pocos metros por el talud y oscila peligrosamente, por un momento, todos pensamos que volcamos, Remember salta del coche y nosotros nos echamos sobre el coche que parece oscilar unos segundos antes de querer volcar. Afortunadamente, Dries frena a tiempo el coche. Realmente lo hemos pasado mal. Un coche de estos no debe andar lejos de las dos toneladas y no me gustaría que me cayera encima.
Después de este incidente, nuestro guía se da cuenta de que estamos algo alterados y da por perdido al leopardo. Volvemos al Dulini satisfechos: el safari ha sido divertido y emocionante.
A las ocho nos han preparado una cena romántica en la terraza de nuestro alojamiento. La sopa de tomate estaba decente pero la carne del segundo plato era dura y seca como suela de zapato y el postre simple nocilla en una copa. Hasta ahora, poco podemos alabar la cocina sudafricana.

22 de marzo, martes

De nuevo nos ponemos en marcha a las 5:30. Nuestro guía nos pregunta que qué nos falta por ver. De los cinco grandes, sólo los elefantes, le respondemos. Pues a por ellos, venga. Dries agarra la radio, pregunta por los elefantes y ya está, en diez minutos nos plantamos ante dos enormes elefantes, en una zona de árboles algo más densa y alta de lo habitual. Al principio parecen algo nerviosos, así que Dries apaga el motor y nos quedamos unos minutos contemplándolos. Uno de los elefantes avanza despacio hacia nosotros
Elefante africano
y nos observa con curiosidad, se planta a menos de tres metros. Cuando despliega sus inmensas orejas nos impresiona. Ahora los que estamos nerviosos somos nosotros, Dries parece tranquilo así que no debemos correr peligro, pero por si acaso no nos movemos demasiado.
Los animalitos pueden pesar la friolera de unas tres toneladas y los pedos que se tiran corresponden a su mole, ¡vaya peste!
Dries recibe otra noticia, han descubierto a dos leonas al borde del camino. Las leonas no dan espectáculo, siguen descansando todo el tiempo que los observamos, tan solo una de ellas se da la vuelta como para no vernos.
Después, tomamos unas pastas y un café a la orilla de un río de aguas cristalinas. Dries nos advierte que no nos alejemos demasiado y por supuesto, le hacemos caso. Cuando nos ponemos de nuevo en marcha, a pocos metros de donde estábamos, divisamos a una leona con dos cachorros sobre una enorme roca. Desde donde estamos, la leona parece inaccesible, es una zona de arena, altos juncos y rocas enormes. Nuestra sorpresa es grande cuando vemos que Dries enfila el vehículo hacia la leona.
Tomando unas pastas al lado del río
Los juncos ceden ante el empuje del todo terreno y poco a poco nos vamos acercando, aunque no sin sobresaltos: el jeep se inclina y golpea contra una roca, imposible seguir, marcha atrás, las ruedas giran en la arena sin avanzar. Completamente rodeados por juncos altísimos me imagino a la leona saliendo de cualquier esquina y saltando sobre nosotros, ¡demonios!, que esto no es broma, hay una leona con dos cachorros a menos de viente metros y nosotros aquí sin poder movernos, pienso en el rifle y en la radio y me tranquilizo, pero... Dries gira el volante y poco a poco nos saca de allí, retrocede y lo intenta de nuevo por otro lugar, ahora salimos entre las rocas por detrás de donde descansaba la leona, pero ya no está, se ha esfumado.
De vuelta al campamento nos encontramos con una familia de jirafas, babuinos y cómo no, impalas a patadas.
Desayunamos con nuestro guía y las chicas de la recepción, llevan aquí dos meses y medio y se supone que disfrutaran de doce días libres cada tres meses.
Después de descansar un poco, a las 11:30, decimos adiós al parque Kruger, ahora miramos con más respeto la sabana, sabemos que en cualquier recodo del camino puede surgir la sorpresa. Como era de esperar, desde el Dulini a la carretera no vemos ninguna señal de vida. Está visto que para ver los animales hay que madrugar.
Mercadillo en un pueblo. Mucho mango.
Después de lo que hemos visto no me bajaría del coche por nada, a pesar de lo inofensiva que parece la sabana.
50 Km. nos separan de Swazilandia. Hacemos un alto en el camino para comprar unos mangos y macadamias en un animado mercadillo de un pueblo.
Cometemos el error de querer entrar en Swazilandia por la frontera de Barberton, si miramos el mapa este el camino más corto y aunque la carretera es de tierra y piedras, en principio parece fácilmente transitable. La cosa se pone fea cuando a medio camino empieza a llover, el camino se embarra y sopla un fuerte viento que comba los árboles, la carretera empeora y el agua forma escorrentías desde la ladera izquierda hasta el precipicio de nuestra derecha. Al girar una curva, encontramos un camión maderero empotrado contra el talud izquierdo y parte de los troncos por el suelo, en medio de la carretera. Doscientos metros más allá, dos negros nos hacen una tímida seña con la mano y paramos. Están calados hasta los huesos. Les invitamos a entrar en el coche y acceden.
No sabemos bien a dónde van puesto que no hablan una palabra de inglés, supongo que debemos ir en la dirección adecuada ya que no protestan. Pues no. Quince minutos después nos cruzamos con otro camión lleno de trabajadores, nuestros invitados nos hacen señas para que paremos, se bajan del coche y corren hacia sus compañeros del camión.
Cuando llegamos a la frontera de Bulembu la encontramos cerrada. Candan a las cuatro y son ya las cinco. Volvemos atrás, no sin dificultades, y nos alojamos en Barberton, en un sencillo hotel, el Cocnick Lizz. Cenamos unas pizzas cerca cerca del hotel, el pueblo no da para más.

23 de marzo, miércoles

Desayunamos unos estupendos mangos y ponemos rumbo hacia Swazilandia. Esta vez no queremos sorpresas, tomamos la carretera que entra por Jeep´s Reef, de impecable estado aunque de recorrido más largo.
Apenas hay tráfico. Las instalaciones de la frontera son rudimentarias y la desorganización es la norma. Pagamos una simbólica cantidad como impuesto de circulación y cruzamos sin más problemas al pequeño reino de Swazilandia. Nos sorprende la belleza del paisaje que contrasta con la pobreza de la gente.
Las ayudas internacionales que recibe Swazilandia son cada día más escasas, ya que hay fundadas sospechas de que el pueblo no ve un duro. Eso sí, las doce esposas del rey Mswati viajan cada una en un BMW con chofer. La respuesta del rey ante semejante dispendio es que el país se tiene que modernizar. De todos es conocido los titulares en los periódicos cuando se supo que el rey se quería comprar un avión para su uso personal.
Seguimos hacia la capital Mbabane y nos alojamos en la habitación 13 del Mountain Inn por 600 rands, con buenas vistas al valle Ezulwini.
Dejamos las maletas y nos marchamos al santuario de vida salvaje Mlilwane, donde damos unas vueltas viendo impalas, fagoceros y unos cuantos hipos y cocodrilos en el estanque. Un lugar muy adecuado para dar un paseo entretenido viendo la fauna salvaje.
Para las siete regresamos a nuestro alojamiento. Cenamos una carne decente y nos quedamos descansando en el hotel.

24 de marzo, jueves

Bailarinas del espectáculo
Volvemos al valle para ver el centro de artesanías Mantenga y también el centro de cultura Swazi Mantenga Nature Reserve, donde visitamos un antiguo poblado Swazi, compuesto por unas dieciséis cabañas. La visita es guiada y por supuesto, no faltan los bailes tradicionales, realizados por unos bailarines un tanto amateurs, diría yo.
Entre las atracciones, no puede faltar la consulta con el curandero de la aldea, el sangoma. Los sangomas son muy populares, tres de cada cuatro pacientes acuden antes a un sangoma que al médico. Se supone que se comunican con los antepasados del enfermo y éstos le cuentan su enfermedad. En Sudáfrica hay unos 200000 sangomas. Los sangomas están tan enraizados en la sociedad que sus prácticas están reguladas por ley. Muchos rechazan esta ley porque creen que es una treta para conocer sus prácticas y temen que alguna empresa farmacéutica patente sus brebajes.
Salimos de Swazilandia por la frontera de Golela y continuamos hacia Santa Lucía Wetlands. Tras tres horas de monótona carretera y un paisaje sin apenas relieve, llegamos al atardecer a la Costa de los Elefantes. Santa Lucía es un pueblo completamente orientado al turismo, está repleto de hoteles y bungalows para turistas. El grado de ocupación es muy alto. Nos alojamos en el hotel Elephant Lake, al lado del lago.
Cenamos en la terraza del hotel, no hay mucho donde escoger en cuanto a restaurantes. Comemos carne a la brasa, muy al estilo americano, con esas salsas de bote que uniformizan los sabores.

25 de marzo, viernes

A las 8:15 nos presentamos puntuales en el embarcadero del lago Santa Lucia. Hay muy poca gente y el día es estupendo, sol radiante y un poco de brisa. Cuando estamos a punto de zarpar, se presenta un divertido grupo de italianos que trastoca todo el horario de salida.
El viaje en el barquito resulta entretenido. El maestro de ceremonias tiene muchas tablas y hace bien su trabajo. Vemos muchos hipopótamos a lo largo del recorrido. Los pequeños salen poco a la superficie, son difíciles de ver. Los cocodrilos son también numerosos, siempre atentos para ver si consiguen hincar le diente a las crías de los hipos. En las orillas se ven también babuinos. El recorrido en barca es un auténtico placer y las tres horas se hacen cortas.
Nos acercamos con el coche hasta el cabo Vidal. En el camino vemos algunos ungulados y un fagocero. Llegamos a la reserva y aparcamos cerca de la playa. Paseamos por ella; es larga y da sensación de haber poca gente. Sólo los dos guardas que cuidan de que nadie se meta en la zona de corrientes son negros; los demás, todos blancos.
Hay mucha afición a la pesca, el mar está realmente movido. A la playa llegan dos lanchas de pesca, la primera con tres hermosos peces.
Tras el almuerzo, ponemos rumbo a Shakaland, un pueblo construido como decorado para la serie televisiva Shaka Zulu. Después de abandonar una carretera secundaria nos introducimos por un corto camino sin asfaltar y llegamos al aparcamiento de Shakaland que hace unos pocos meses ha sido comprado por la cadena hotelera Homa.
Exhibición de lucha en Shakaland
Inmediatamente que nos bajamos del coche, suenan unos tambores y un joven musculoso en taparrabos nos da la bienvenida y nos conduce a la recepción. Después de regatear un poco conseguimos una cabaña por 550 rands, ¡cuatro veces menos que el precio inicial! Por el recinto andan algunos grupos organizados disfrutando de las atracciones.
El show tan solo cuesta 90 rands y la cena 180, este paquete de cena + show + traslado en autobús lo han vendido a una pareja española que disfruta su luna de miel por ¡600 rands!
A las seis cenamos junto con los grupos organizados. Mucha carne y ni rastro de comida autóctona. Comestible sin más.
A las 8:30 nos conducen, entre cánticos y antorchas encendidas, a la cabaña de las ceremonias, uno se siente como si lo llevaran a la olla, pero no, tranquilo, se trata de presenciar las danzas tribales de los guerreros zulús, bastante gimnásticas por cierto. La chicas también bailan, éstas sin lanzas ni escudos, con los pechos desnudos y grandes collares al cuello.

26 de marzo, sábado

Lanzamiento de lanzas
A las diez seguimos con el "programa cultural". Mi mujer y yo somos los únicos turistas de Shakaland esta mañana. Está visto que lo que funciona aquí son los grupos organizados. Lo siento, no les queda otro remedio que dar el espectáculo para nosotros, así que ¡a trabajar! La representación nos muestra cómo un guerrero zulú se declara a una moza del pueblo, por supuesto, la declaración conlleva unas cuantas danzas gimnásticas y la colaboración de su cuadrilla, afortunadamente para el pretendiente, la chica le acepta.
Uno de los guerreros zulúes me reta a un lanzamiento de lanzas, acepto y por poco me descoyunto los huesos además de quedar en ridículo porque encima mi lance no llega ni a la mitad del suyo, para mí que tiene la lanza amaestrada. Vemos cuatro representaciones más y salimos hacia Durban. Mi conclusión de Shakaland: prescindir de esta visita, ¡menuda turistada!
Durban parece una ciudad muy dinámica, las calles están abarrotadas de gente haciendo las compras del sábado. Nos alojamos en el centro, en el hotel Royal. Pedimos un taxi y el hotel pone a nuestra disposición una magnífica buseta que nos transporta hasta la Natal Society of Arts Gallery. La galería no vale gran cosa, lo mejor es el rato que pasamos tomando un café en la terraza de la cafetería. Es la primera vez que vemos camareras blancas.
Volvemos al hotel en taxi y después nos llegamos andando hasta las cercanías de la Mezquita. A pesar de que todas las tiendas cierran por la tarde hay bastante gente en la calle, casi todos negros. No hay mucho que ver, sólo tiendas cerradas, mucha basura por las calles y busetas que hacen de autobuses con la música a todo volumen, como los conchos de la República Dominicana, pero en fino.

27 de marzo, domingo

La reserva por internet del vuelo Durban-Port Elizabeth ha funcionado sin problemas. En el aeropuerto vemos una variedad genética y cultural impresionante: negros, indios, blancos, judíos, etc. En Port Elizabeth alquilamos otro Nissan Almera.
Área de descanso en la carretera
Por la carretera se me pega una señora que me sigue hasta Knysna, incluso se para para ver el desfiladero a la vez que nosotros. Nos espera en el coche y al pasar a su lado me dice que le gusta como conduzco, “at such a comfortable pace”, y después nos sigue de nuevo.
Las guías turísticas advierten de la salvaje forma de conducir de los sudafricanos, nuestra experiencia es que se conduce muy parecido a Europa, aunque la conducción tiene sus particularidades, la más extraña es que es habitual facilitar los adelantamientos echándonos al arcén izquierdo aunque de frente no se aproxime ningún vehículo, luego, la costumbre es que el que nos adelanta nos dé las gracias haciendo parpadear las luces de emergencia unos segundos.
En Knysna nos alojamos en el Russell Hotel, un agradable hotelito. Knysna es un pueblo algo desangelado, atravesado por la carretera general, me recuerda los pueblos de las películas de vaqueros, en la calle principal se encuentra todo lo importante: la gasolinera, algún banco, las tiendas de recuerdos para turistas y los restaurantes, si te aventuras por las calles perpendiculares apenas hay nada.
Cenamos ostras y pescado en el restaurante Anchorage. Las ostras no me sientan bien y me dan náuseas, ganas de vomitar. Afortunadamente, tras unos tragos de agua el malestar desaparece y la cosa no pasa a mayores.

28 de marzo, lunes

Paseando por el pueblo nos encontramos una tienda de comida internacional, llena de exquisiteces. Aquí se encuentra de todo, desde queso manchego a wasabi japonés.
Después de comer nos ponemos de nuevo en marcha. En general, la conducción por las carreteras sudafricanas es aburridísima, las rectas son interminables y encima, el paisaje por esta zona es monótono, el campo presenta ligeras ondulaciones, está agostado y apenas hay árboles, de vez en cuando se ven algunos rebaños de avestruces.
Llegamos al pueblecito de Swellendam, la tercera ciudad más antigua de Sudáfrica. Nos alojamos en La Rachelle, un bed & breakfast muy agradable por 550 rands.
En el B&B disponen de todas las cartas de los restaurantes de la ciudad, así que vamos directos al Powell House. La señora de la casa nos acompaña en su coche para que no nos perdamos. El restaurante está situado en la calle principal del pueblo y no se ve un alma por la calle. Dejamos el coche en el aparcamiento del restaurante y damos una vuelta por la calle principal, en cinco minutos estamos de vuelta, el único punto de interés es una gasolinera. Apenas pasan coches. En el restaurante somos los únicos clientes. Las camareras son dos adolescentes negras de cierta soltura y simpatía. Pido una marmita de avestruz a las hierbas que resulta francamente bien.

29 de marzo, martes

A las afueras de Ciudad del Cabo vemos numerosos suburbios míseros, casas hechas de remiendos de chapa ondulada, de apenas 9 m², pegadas unas a otras. Al otro lado de la carretera centros comerciales impolutos, de un blanco resplandeciente, concesionarios de coches japoneses con enormes cristaleras y en ambos arcenes de la carretera, cientos de negros trasladándose a pie.
Después de dar algunas vueltas para encontrar alojamiento, nos decidimos por el Protea, cerca del paseo marítimo Victoria & Alfred. El Victoria & Alfred no es más que un mega centro comercial con tiendas, supermercados, restaurantes de comida rápida y algún hotel, también hay un acuario, un museo marítimo y un mercado de artesanías. Nada espectacular, pero si quieres, al menos, ver gente, este es el lugar adecuado. En la Market Square encontramos una tienda de cedés bien surtida y nos hacemos con unos cuantos con música del país: Ladysmith & Black Mambazo, Amaryoni, etc.
Cenamos en el restaurante del hotel Victoria & Albert hotel. Muy bien y a buen precio, exceptuando los vinos; los del país resultan tan caros como el resto de la comida, eso sí, son bastante aceptables.

30 de marzo, miércoles

Nos acercamos al centro de Ciudad del Cabo para ver algunas cosillas: el Mercado Verde, St George Mall, la catedral, los jardines, el Parlamento, el museo de Ciencia Natural, el ayuntamiento, el hotel Heritage y para las seis y media volvemos destrozados de patear esta ciudad de aceras demasiado estrechas para la cantidad de gente que circula.

31 de marzo, jueves

Llegamos demasiado tarde a la falda de la Table Mountain, a las 11:30 ya no hay donde aparcar el coche, la carretera es estrecha y no disponen de ninguna explanada donde dejar los coches y los autobuses, así que nos encontramos
Costa próxima de Ciudad del Cabo
con una cola kilométrica para entrar al teleférico. Damos la vuelta y tiramos hacia Camps Bay por la carretera que discurre paralela al mar y llegamos hasta el Sea Point. Hay bonitas playas de arena blanca y algunas rocas llenas de mejillones.
Desde aquí conducimos por estrechas carreteras entre barrios residenciales hasta el jardín botánico Kirstenbosch, el más grande y antiguo de Sudáfrica. No hay mucha gente, apenas veinte coches aparcados y algún autobús de jubilados. No soy ningún experto en flores y arbustos pero aún así la visita merece la pena, el entorno es muy agradable y regala la vista. Hay un paseo con plantas aromáticas para visitantes ciegos y la hierba cortada invita a tumbarse. Mi mujer lo disfruta aún más que yo, ha trabajado durante dos años en un jardín botánico y conoce muchas de las plantas hasta por su nombre en latín. Algunas son fósiles vivientes, como el ginkgo biloba, que desapareció de Europa hace unos 2,5 millones de años y sólo sobrevivió en la región central de China.
Dejamos el jardín botánico a eso de las seis y nos encaminanos de nuevo hacia la Table Mountain. Esta vez no hay nadie, pero el servicio se ha suspendido por el intenso viento.
Está anocheciendo y la vista de Ciudad del Cabo desde aquí es magnífica.
Terminamos, como todas las noches recorriendo las tiendas del paseo marítimo y cenando de nuevo en el restaurante del hotel Victoria & Alfred. Después paseamos por el muelle del este, compramos algún recuerdo y aprovechamos las últimas luces del día para subir hasta la colina Signal, una montañita de 300 m. donde a pesar del viento una pareja de modelos se preparan para hacerse unas fotos.

1 de abril, viernes

Aunque el día es soleado y cristalino, el viento sigue soplando con mucha fuerza. Volvemos al jardín botánico a comprar unas semillas.
Llegamos hasta el pueblo de pescadores Hout Bay donde nos zampamos unos cryfish estupendos. Desde el mirador del restaurante se ve de vez en cuando los lobos marinos jugar entre las algas.
Pinguinos
Nos acercamos hasta la playa Boulders del pueblo Simon donde reside una colonia de pingüinos bastante considerable, se dice que hay unos 3500 y que empiezan a causar problemas a los residentes. Se han acostumbrado a la presencia humana y aparecen en la playa tan tranquilos. Hay un camino paralelo a la orilla que pasa por la colonia, desde aquí se ven los nidos de los pingüinos. A estas horas muchos regresan de alimentarse en el mar y se dirigen al nido. Los pingüinos tienen muy mala uva, si uno de ellos pasa demasiado cerca de otro nido, le amenazan pegando gritos (suena como un rebuzno) y no es raro que reciba algún picotazo, más de uno lleva la cara ensangrentada.

2 de abril, sábado

El día es soleado y luminoso, sigue el viento.
Para afrontar con energía el largo viaje de vuelta, nos acercamos hasta el bufé del Sheraton Arabella para desayunar y salimos hacia el aeropuerto a las 11.
A ver, ¿quién es el guapo que se marcha de Sudáfrica sin su jirafa o hipopótamo de madera? También nosotros hemos sucumbido a la tentación y nos llevamos una psicodélica jirafa multicolor de recuerdo, son la pesadilla de las azafatas. El problema no es su peso sino el volumen que ocupan y sobre todo, su fragilidad, por eso, casi todos optamos por subirlas como equipaje de mano cuando claramente exceden las dimensiones permitidas.
En el aeropuerto se puede reclamar lo pagado en impuestos, hay que presentar lo comprado y la factura tiene que cumplir algunos requisitos: debe figurar el nombre del comprador y vendedor, una descripción del artículo comprado, etc.
Sudáfrica es un país demasiado grande para un viaje de quince días. Nos ha gustado mucho Mpumalanga, Kwazulu-Natal y también Swazilandia, tienen suficientes atractivos para pasar dos semanas muy entretenidas. Por contra, las ciudades, incluida Ciudad del Cabo me han parecido insulsas y carentes de atractivo.

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