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Bandera

Myanmar 2006

3 de diciembre, domingo

Aterrizamos de noche, a las 6:30 p.m., a bordo de un avión de la Thai Airways. Los trámites en el pequeño aeropuerto de Yangó son mínimos y muy rápidos. Nos recibe Ko Yee, quien será nuestro guía durante toda la gira por Myanmar; tiene 37 años y aparenta 10 menos, de prominente barriga, cara rechoncha y perenne sonrisa, viste el tradicional pareo o longyi y es un tío salado que se desternilla a la menor ocasión y contagia su alegría a todo el mundo. Lleva 14 años como guía de habla inglesa y ahora está probando con el castellano porque, "cada día vienen más". Cuando nos instruye en los aspectos culturales de su país pone semblante serio, cierra los ojos y es como si mentalmente estuviera leyendo su perorata. Hay que prestar mucha atención para entender su castellano, pero día a día notaremos como progresa en la pronunciación; demuestra verdadero interés por aprenderlo.
Seguimos a Ko Yee hacia un Totoya Cresta muy aparente, un cochazo para lo que se ve por aquí. En Myanmar circulan como en Europa, por la derecha, sin embargo, la mayor parte de los coches son de segunda mano y vienen de Japón, por tanto, con el volante a la derecha, ¡vaya lío!
Para la cena de bienvenida nos conducen al Royal Thazin, un restaurante chino que alterna en su carta algún que otro plato birmano. En Myanmar no es costumbre hablar mientras se come, uno debería concentrarse en los sabores y hacer como ellos, callar y comer, pero no lo podemos evitar y estamos seguros que nuestro guía sabe perdonar nuestra curiosidad, además tenemos la suerte que le encanta charlar.
Aunque Yangó sigue siendo el centro económico de Myanmar, desde hace un año, la nueva capital es Naypyidaw, situada a medio camino entre Mandalay y Yangó. La situación de la nueva capital permite a los militares controlar mejor a las tribus "rebeldes" y además, sus lujosas mansiones y otros excesos pasan más desapercibidos.
Preguntamos a Ko Yee por la fecha actual, ¿es verdad que están en el 2500 después de Buda? ¿Es verdad que la semana tiene ocho días? Pues sí y no, en realidad utilizan dos calendarios: para temas oficiales y de comercio se rigen por el calendario solar que el papa Gregorio instauró en el siglo XV en occidente, o sea, el "nuestro", y para todo lo demás (religión, cuestiones sociales y familiares, fiestas, etc) recurren al calendario lunar birmano, que tampoco tiene que ver con el budista, aunque deriva de él; total, que ahora andan en el año 1368 de su era.
En Myanmar conceden enorme importancia al día de la semana que nacen, de hecho, la gente se llama Don Miércoles, Sr. Lunes, etc, y menos mal que existe varias formas de nombrar cada día de la semana, así, los que nacen en sábado pueden escoger entre Nu, Tun, New o Yin, los que nacen en lunes, entre Kyi, Khin, Kyaw o Kyin, etc. Todas las sílabas de su nombre son elegidas, no heredadas, no tienen, por tanto, apellidos.
Son muy supersticiosos y se toman muy en serio las incompatibilidades entre nacidos en según qué día de la semana, así, uno nacido en jueves se debería llevar bien con alguien nacido en martes y muy mal con quién ha nacido en sábado. Importante para buscar pareja o socio para tu negocio.
Y esa manía de hacer preguntas tan descaradas como: ¿cuánto ganas?, ¿qué edad tienes?, ¿estás casado? Esto guarda relación con el lenguaje; es vital para ellos clasificarnos jerárquicamente para saber como tratarnos: antes del nombre de cada persona emplean una partícula que indica el tratamiento, por ejemplo, U indica que nos referimos a un hombre de igual o superior rango, Ko es una forma coloquial para referirse entre hombres del mismo rango, Maung es para designar a varones de inferior rango, como niños o jóvenes, Daw se emplea con todas las mujeres adultas y Ma es para hablar con mujeres de igual o inferior condición. Así, nuestro guía Ko Yee (miércoles) es hijo de U San Swe (Don martes Swe) y de Daw Khin Khin (señora lunes lunes). Divertido, ¿no? Como véis, es vital para ellos clasificarnos para saber como tratarnos.
¿Y qué tal nuestra primera cena en Myanmar? Pues decente, tienen mucha influencia india y china, aunque, tranquilos, la comida no es tan picante como en la India. Ko Yee ha pedido para nosotros un curry de pescado, curry de pollo, ensalada de berenjenas, una sopa de lentejas con pimienta negra y lo mejor de todo: pescado molido, fermentado y picante, que sabe estupendo con el arroz; como postre: sandía y papaya. Las cervezas se presentan en botellas de tamaño generoso, como debe ser: 600 cl.
Continuamos hacia el hotel. Las calles son amplias y poco iluminadas; el tráfico, inexistente. A lo lejos se aprecia el resplandor dorado de la aguja de su venerada pagoda Schwedagon (ver foto de la derecha); orgullo del país y centro de peregrinación de los budistas therevadas.
A los birmanos les encanta regalar, en todas las ciudades que visitemos nos obsequiarán con un presente. El regalo de bienvenida en Yangó es, ¡cómo no!, un longy, tubo cerrado de algodón de talla única que puede servir para ocultar nuestras carnes cuando entremos en los numerosos templos del país. Por cierto, ¿qué visten los birmanos bajo el longy? Como respuesta a mi pregunta, Ko Yee se levanta la falda hasta el trasero -convenientemente ladeado para evitar que mi mujer le vea- y... efectivamente, no lleva nada.
Y del tiempo, ¿qué? Fabuloso. Por la noche refresca un poco pero sólo durante las mañanas del lago Inle necesitaremos algo más que una camiseta de manga corta. Y olvidarse de ese calor pegajoso y húmedo del resto del año, esta es la mejor época para visitar Myanmar, aunque reconozco que la época de lluvias también tiene su magia.
Descansamos en el hotel Sedona, muy cerca del lago Inya.

4 de diciembre, lunes

Después de un estupendo desayuno, mezcla de cocina internacional, india y china, salimos a descubrir Yangó.
La primera visita del día pasa por los elefantes blancos, que no son blancos, sino albinos, muy claros de piel, algo así como la de un ser humano. Antiguamente, eran tratados con auténtica veneración y fueron muy valorados por la realeza como símbolo de buena suerte, tanto que cuando encontraban uno era motivo de celebración nacional. La vida de los elefantes blancos actuales poco tiene que ver con los lujos del pasado: vemos cuatro ejemplares jóvenes sobre un desnudo solar de hormigón, una de sus patas traseras atada con una cadena a una columna que sostiene una techumbre que les protege del sol. La longitud de la cadena es tal que no les permite el contacto físico entre ellos, apenas tienen un radio de cuatro metros para moverse. Uno de los elefantes muestra claros síntomas de excitación sexual, excitación que alcanza algo más de un metro, y lo nunca visto: ¡el elefante se rasca la panza con el pene! Están prohibidas las fotos así que no ha quedado registro gráfico de tamaña proeza.
Pagoda Shule en el centro de Yangó
La primera pregunta que me hago cuando diviso el Buda Reclinado de la paya Chauk Htat Kyi es, ¿por qué está reclinado sobre el lado derecho?, ¿está cansado? Pues no, representa el momento de su muerte y el paso al nirvana. ¿Y sus largas orejas? Larga vida, dicen unos, señal de sabiduría, aseguran otros. Este Buda mide 65 m de largo y el dinero para su construcción ha salido del bolsillo de los particulares, como todas las demás pagodas.
Frente al ayuntamiento, divisamos la céntrica pagoda Sule, cuyos orígenes se remontan a hace 20 siglos. Esta pagoda sirve ahora de glorieta para la plaza que la alberga y está rodeada por varias tiendas de lectores de manos y astrólogos. No parece tener interés religioso, a pesar de que la leyenda dice que en su interior se encerraron unos cuantos pelos de Buda. Al lado, una iglesia cristiana con su arbolito de navidad. Los birmanos son respetuosos con todas las religiones de los habitantes del país y guardan festivo el 25 de diciembre, en deferencia con los cristianos.
La fiesta de Año Nuevo la celebran a mediados de abril, se conoce como la Fiesta del Agua y durante tres días la gente se divierte mojándose con agua, con mangueras, globos, baldes; cualquier sistema es válido; nadie se enfada si llega a casa como una sopa, es lo habitual. Hay tres razones que explican esta costumbre: en primer lugar, se considera el baño como el símbolo de lavar las impurezas del año viejo; en segundo, abril es el mes más caluroso del año y el agua es un modo de refrescarse; y por último, se trata simplemente de pasarlo bien.
Visitamos también el histórico hotel Strand, donde nos alojaremos la última noche del viaje. Por sus habitaciones han pasado políticos, millonarios y estrellas del rock´n´roll. Comunica con una galería de arte que vende cuadros al óleo interesantes con precios entre los 90 y 6700$. Los cuadros que representan bonzos o monjas caminado en fila y de espalda con sus pequeños paraguas abiertos parecen ser los más queridos por los turistas.
Hoy no hay mercado en Bogyoke, así que mi mujer sugiere una visita al jardín zoológico, donde vemos algunos animales de los que no habíamos oído hablar en la vida: el binturong, el gato leopardo, la marta de garganta amarilla, el bucero, el chacal asiático, el gato pescador, el goral, el takín, etc. En el folleto del zoo reza el lema "Sé amable con los animales", sin embargo, no lo aplican ni con los elefantes, -encadenados por dos de sus patas, con muy poco espacio para moverse-, ni con el pobre mono disfrazado de lagarterana al que obligan a dar interminables piruetas sobre un alambre.
Mientras almorzamos al borde del lago Kandawgyi, en el Sandy´s Myanmar Cuisine, Ko Yee nos comenta que sigue soltero a sus 37 años, su novia se ha ido con otro pero está seguro que volverá de nuevo con él. A pesar de su juventud ya tiene algunas canas y se tiñe el pelo, algo muy habitual en los países asiáticos.
En Birmania las bodas se celebran en la casa de ella y viven en la casa de él. Si los padres son pudientes les compran una casa.
Al atardecer nos acercamos al lugar más sagrado de Myanmar: la venerada estupa Schwedagon, verdadero icono de Yangó. La leyenda dice que contiene varios pelos del cabello del cuarto Buda, bien guardados por una sucesión de estupas de oro, plata, bronce y ladrillo, cada una de ellas encerrando la anterior, como las muñecas rusas. Al lado de la principal andan reconstruyendo otra: la Estupa Mayor Dorada. En unos puestos recaudan dinero para restaurarla; te venden unas papelinas con pan de oro que depositas sobre un barco dorado; el barquito zarpa cada veinte minutos y unido a una catenaria se eleva hasta una abertura de la estupa y desaparece en sus entrañas.
Limpiando el suelo con mopa
Naturalmente, nos descalzamos. Hay que reconocer que el suelo de mármol está impoluto; además, cada poco tiempo, como se ve en la foto de la derecha, se organizan escuadrones de limpieza con voluntarios, agarran uno de los mangos de una mopa gigantesca y disciplinadamente avanzan dejando el suelo como un espejo tras de sí.
Y esos de allí, ¿que hacen, por qué mojan con tanta insistencia las imágenes de Buda? La tradición establece que si viertes agua sobre la imagen, -no sobre cualquiera, no, sino sobre la que corresponda al día de la semana de tu nacimiento-, tantas veces como años tienes, tendrás una buena vida y prosperidad. En todo el sudeste asiático se da una importancia extrema al tema de la buena suerte, se diría que confían poco en el esfuerzo personal para mejorar.
Entre los turistas veréis bonzos con camisola y pantalón gris, de aspecto más próspero que los locales, (están más gorditos y calzan zapatillas de diseño); estos son monjes de budismo mahayana, probablemente de Japón, Corea del Sur o Taiwán. Los mahayanas no mendigan como los therevadas sino que trabajan, de ahí su mejor aspecto.
Antes de acostarnos, requerimos los servicios de masaje del hotel. En pocos minutos, dos señoritas muy sonrientes suben a nuestra habitación para darnos un masaje tailandés que nos deja en estado de iluminación. Si crees que exagero, pruébalo y ya me dirás, ya... Por cierto, el masaje tailandés, a pesar de su nombre, es de origen indio, lo llevaron a Tailandia bonzos indios...

5 de diciembre, martes

A las 9:30 salimos hacia el aeropuerto internacional de Yangó para tomar un vuelo a Kyaing Tong, en las montañas del este. Es un vuelo con escalas en Eo, Mandalay y Tachileik; al parecer, existen vuelos directos pero estaban completos. En Tachileik sube al avión una mujer importante, a juzgar por el número de personas que revolotean a su alrededor. Embarca discretamente la última y avanza hasta la primera fila. En Kyaing Tong le espera otra cohorte de personas, entre ellos varios militares.
El día es soleado y cristalino, lo que nos permite observar desde el avión la complicada orografía de esta zona. Venir por carretera hasta aquí parece tarea imposible, las montañas dan la sensación que hubieran sido arañados por las garras de algún gato gigante y rabioso.
En Kyaing Tong nos aguarda un conductor y un guía local, un chaval llamado Maung Ee. Antes de ir al hotel, damos una vuelta a pie por los alrededores del lago Nyaung Tone y Ko Yee nos invita a tomar unos fritos de verduras rebozados en la terraza de un bar. En Kyaing Tong el nivel de vida es elevado; se nota en los modernos diseños de los chandals de la gente que corre alrededor del lago o en las magníficas bicicletas de montaña que pedalea la chavalería. Los edificios también muestran buen aspecto, se ve que circula el dinero. Nuestro joven guía local nos asegura que la prosperidad de la ciudad se debe al cultivo del opio, principal fuente de ingresos del país. Myanmar es el segundo productor del mundo y los militares no parecen muy interesados en luchar contra el narcotráfico organizado.
En esta zona de Myanmar se observan diferencias culturales en la manera de vestir: muchas mujeres llevan pantalones y pocos son los hombres con el tradicional longy a la cintura. Otros pueblos, otras costumbres.
Ko Yee nos cuenta hasta qué punto la dictadura militar lo controla todo: si alguien visita a un amigo en otro pueblo y pasa la noche en su casa debe comunicarlo a la policía, de lo contrario... puede tener "problemas".
Cenamos en un comedero, el Golden Banyam, y nos alojamos en un sencillo hotel, el Princess. Casualmente, la primera cadena que sintonizamos cuando encendemos el televisor es el canal internacional español, así que, ¿qué más queremos? ...como en casa.

6 de diciembre, miércoles

Pocos turistas a la hora del desayuno. Las camareras se desviven por complacernos. Desayunamos a la carta: té, huevos fritos, plátanos, papaya, mermelada y churros.
Hoy visitaremos las aldeas de varias etnias de las montañas, así que toca andar un poco. Tras media hora de coche por carretera asfaltada, caminamos por una senda bastante empinada y húmeda. En ambos lados de la trocha observamos muchas cañas de bambú saqueadas; un gusano muy valorado gastronómicamente vive dentro y se cotiza muy bien, en los mercados los veremos vivos o fritos y carísimo, a 8 € la bolsita, todo un artículo de lujo por estos lares.
También vemos arañas que tejen su trampa a la entrada de su madriguera y a juzgar por el tamaño de la cueva excavada en las paredes de tierra, su tamaño es respetable.
Niños Enn sobre la terraza de una casa
Al final de una prolongada subida, la presencia de animales domésticos sueltos nos anuncia la cercanía de las aldeas. Llegamos, por fin, hasta el poblado de la tribu Enn. Esta pequeña aldea -apenas quince chabolas- está construida sobre la pendiente de una colina, los tejados son de hoja de palmera y las paredes de tablas, para evitar la humedad toda la casa está elevada del suelo casi metro y medio, como si se tratara de palafitos. Para evitar que el agua de lluvia se lleve la casa en la época de los monzones, apilan maderas debajo de la casa con objeto de mantener las columnas rectas. Aunque no disponen de luz eléctrica, una tubería rudimentaria fabricada con medias cañas de bambú les suministra abundante agua cristalina procedente de la parte alta de la montaña.
Subimos a su cabaña y nos ofrecen unos pequeños taburetes de madera mientras ellos siguen haciendo sus labores. Muestran unos dientes completamente negros de tanto mascar la nuez de la palmera de betel, esto lo ha prohibido el Gobierno por cancerígeno, sin embargo, mascar hojas de betel forma parte de su cultura y pasarán muchos años antes de que abandonen la costumbre.
La gente de la etnia Enn sostiene curiosas creencias: cuando una mujer tiene dos hijos, uno de ellos debe ser un espíritu maligno -piensan que lo "normal" es tener uno- ya que sólo los animales pueden tener más de uno y como no saben cuál es el mal espíritu, matan a los dos. Y al revés: si una hembra de un animal doméstico pare un solo cachorro también lo matan, ya que se parece al hombre, es como si estuviera poseído por algún espíritu humano. Ancestrales costumbres, ¡pardiez!
Visitamos la tribu Wa. Antiguamente eran especialistas en cocinar a la barbacoa las orejas de los prisioneros y hacérselas comer después. Mascan betel porque dicen que así se diferencian de los animales, porque los animales tienen la dentadura blanca. En el pueblo hay una chica que dicen se ha reencarnado en una europea, por la claridad de su piel, casualmente sale de su casa con un balde de ropa y vemos que en realidad, se trata de una mujer albina que se tiñe el pelo.
Tocando con un lugareño
Saludamos también a los Palaung, que han sido desplazados por los guerrilleros desde las montañas al valle.
Nuestro guía local, Maung Ee, reparte aspirinas dondequiera que va, advirtiendo siempre que sólo se deben tomar cuando realmente se sientan mal.
Cenamos en el Seik Tie Kye. Lo encontramos tras recorrer a pie las callejuelas completamente a oscuras, sólo iluminadas ocasionalmente por los focos de algún coche. Nuestra guía lo califica como uno de los cinco mejores restaurantes del país, esto es una exageración pero hay que reconocer que todo resulta sabroso: noodles con gambas, pollo con jengibre, langostinos en salsa agridulce, ¿el precio?... irrisorio: 5$ por cabeza incluida la bebida. Vale la pena desplazarse hasta aquí para cenar.
La luna llena ilumina nuestro regreso al hotel.

7 de diciembre, jueves

Visitamos temprano el mercado de Kyaing Tong, el mejor con diferencia de todos los que veremos en Myanmar, por variedad, limpieza, calidad de los productos y porque el grueso de clientes aún no ha llegado y nos podemos mover sin agobios.
Vendiendo tofu en el mercado de Kyang Tong
Me encantan los mercados asiáticos; aquí todos los productos son diferentes a los que conocemos, cuando no, completamente novedosos. Los limones y aguacates son enormes, la variedad de nabos y tubérculos es sorprendente, hay decenas de tipos de patatas, flor del plátano, flor del pan, algas de río para ensalada, brotes de bambú enormes, carambola para tomar con chile, mango fermentado para comer con arroz o pollo, pepinos secos con aspecto de esponjas, tortas de alubias, pan de soja, kakis secos y... gusanos de bambú, fritos o al natural. En unas bolsitas venden champú tradicional para el cabello, contiene hojas de acacia y limón mezclado con té fresco.
Dada la cercanía con China y Tailandia, en el mercado funcionan las tres monedas, el baht, el yuan y el kyat, la frontera está a tan solo 40 Km. Hay mucho intercambio, no solo de productos, también de personas, ya que muchos birmanos trabajan en Tailandia.
Entramos en el templo Zon Kham; ¿por qué hay tantas imágenes de Buda en casi todos los templos, no es suficiente con una o dos? Las numerosas imágenes suelen ser ofrendas de donantes -entonces un cartelito en la base de la imagen indica su nombre- o bien se traen de otros templos que amenazan ruina. Ko Yee quiere que nos fijemos en algunos símbolos: tanto la encina de la cabeza como el tercer ojo son símbolos de iluminación, las orejas largas indican sabiduría.
Todas las estatuas de Buda no son iguales, los entendidos en los mudras o posturas místicas de las manos reconocen hasta 55 posturas diferentes, cada una de ellas con su significado, los mudras tienen su origen en la danza hindú, que es la expresión más elevada de religiosidad. La mayor parte de la gente sólo conoce unas pocas posturas; la más popular, sin duda, es la postura de iluminación.
Al salir del templo, la brisa nos trae una letanía monótona que parece como una oración, -¿qué dice?-, es el rezo de los bonzos que unos altavoces esparcen por todos los rincones de la ciudad.
Visitamos ahora el templo Mahamuni, dicen que aquí venía el rey de la etnia Shan a meditar todos los días. Ko Yee nos asegura que el bonzo mayor de este templo es un tipo famoso en el país y ahora está de viaje en California. La imagen de Buda de este templo se fabricó en Mandalay y tuvieron que cortarla en tres partes para poder transportarla hasta aquí en carretas tiradas por búfalos. Tardaron seis meses en el traslado. ¿Y por qué este Buda lleva corona? En el siglo XVII un rey prestó su corona y vestidos reales a una imagen de Buda y a partir de entonces se impuso la moda de cubrir las cabezas de los Budas con una corona. La original fue expoliada por los ingleses, la que se ve en la foto de abajo fue instalada después de la independencia y es mucho menos valiosa.
Buda del templo Mahamuni
En el aeropuerto encontramos a nuestro guía con una revista que al parecer les obligan a comprar (500 kyats), a veces, más de una, ¿y qué, es interesante?: ¡Qué va!, la edita el Gobierno y no es más que un panfleto de propaganda y autobombo, a veces nos hacen comprar hasta dos ejemplares, ¡y siempre es la misma revista! - dice Ko Yee, con su perenne sonrisa.
Almorzamos en el restaurante Lok Thar: unos noodles, tempura, pollo con verdura, verdura con tofu y pescado al jengibre. Todo estupendo.
Algunos hombres se dejan crecer una diminuta mata de pelo en la mejilla, ¿para ocultar alguna verruga?. Que va, una vez más, se considera un amuleto para atraer la buena suerte.
Salimos a las 14:45 hacia Heho. Es como coger el autobús, no llevamos ni un minuto en el avión y ... ¿estamos todos?... ¿sí?...y despega. Los que tengáis recelo por la seguridad de los aviones, podéis volar tranquilos -si evitáis la compañía aérea del Gobierno, Myanmar Airways, claro-; los aviones son modernos y el tráfico aéreo escaso.
Bonzo y vendedor de miel en el aeropuerto de Heho
Desde Kyang Tong a Heho es una continua sucesión de montañas añosas cubiertas por un manto verde, con profundas gargantas, cicatrices que delatan las torrenteras de la temporada de lluvías y de vez en cuando, algunas calvas donde se asientan diminutas aldeas.
Fijaros en el bonzo de la foto; viajó con nosotros desde Kyaing Tong a Heho y en el parqueo del aeropuerto le esperaba un Toyota Grand Royal con chofer y todo, ¡caramba, qué bien se cuidan algunos bonzos! seguro que es uno de esos bonzos de alto rango que se saben de memoria las 16000 páginas del Tipitaka.
El chico del pareo azul nos ofrece miel en panal, de buena gana le hubiera comprado algo, pero es un pringue viajar con ella.
La carretera hasta Nyaung Shwe es estrecha y muy transitada, flanqueada por filas de enormes árboles. Hace 500 años estas tierras eran parte del lago, ahora, el aumento de la población en sus orillas y la tala de árboles han hecho que las lluvias arrastren más lodos de los deseados y la consecuencia ha sido la disminución del nivel del agua.
Nos detenemos veinte minutos para visitar el interior del monasterio Shwe Yan Pyay, construido totalmente en madera, de techos y fachada labrada. Penetramos en las habitaciones de los bonzos y me sorprendo una vez más que nos reciban con una sonrisa, jamás veremos una mala cara ante esta evidente intromisión en su intimidad, realmente sus rostros transmiten felicidad y paz.
Llegamos con las últimas luces del atardecer al embarcadero de Nyaung Shwe, donde tomamos una barca a motor hacia nuestro alojamiento en el lago.
La llegada al anochecer al Inle Princess Resort es inolvidable: cientos de farolillos sobre el agua dibujan el camino hacia el embarcadero del hotel, totalmente construido en madera. Nos alojamos en palafitos individuales de amplios ventanales y decoración austera pero con detalles de buen gusto.

8 de diciembre, viernes

La mañana es algo fresca pero el sol ya se abre paso lánguidamente entre la calina. Cuando terminamos de desayunar y subimos a la barca la temperatura ha subido y es muy agradable.
Dos mujeres remando en el lago Inle.
El de Ywama es el mercado flotante más famoso del lago Inle, pero hoy no le toca; en su lugar visitamos el mercado Nam Pan, a unos 20 km. al sur de nuestro hotel. Aunque es muy temprano ya está bastante concurrido. Lo más interesante son los numerosos puestos - una simple tela sobre el suelo - donde se exponen los peces recién pescados del lago, la mayor parte de ellos aún vivos y coleando. El lago contiene 32 tipos de peces y una carpa endémica. También son llamativos los panes de arroz, parecidos a papadums pero mucho más grandes e inflados.
Visitamos la pagoda Phaung Daw Oo, la más venerada del lago. Contiene cinco imágenes: tres de Buda y dos de sacerdotes. A las mujeres les está prohibido acercarse a las figuras, sólo los hombres pueden realizar ofrendas. Las fiestas de esta pagoda son todo un acontecimiento en el país y durante los 18 días que duran las fiestas se lleva en procesión las imágenes en una suntuosa barcaza real. La leyenda cuenta que durante la procesión de las fiestas de 1965, al llevar las imágenes de un monasterio a otro, cayeron al agua y sólo se recuperaron cuatro de ellas, la quinta apareció de nuevo en la Pagoda. Los lugareños interpretaron que no le gustaba las procesiones y desde entonces sólo pasean cuatro de ellas, la quinta se queda en el templo. También suelen organizar carreras de barcas con unos cien remeros, remando al estilo tradicional del lago Inle; todo un espectáculo.
Mujeres jirafa paduang
Almorzamos en el restaurante del hotel Paramount, propiedad de Adventure Myanmar. ¿El menú?: ensalada de hojas verdes de té, ensalada de col y soja crujiente con chili, tempura de hortalizas, judías verdes con huevo, sopa de hortalizas, guiso de tomate verde y cacahuetes, guiso de pollo con jengibre y cebollas y guisado de cerdo. Para disfrutar.
En la foto de la izquierda vemos dos mujeres jirafa de la tribu paduang tejiendo en una tienda de ropa para turistas.
Visitamos uno de los 200 talleres textiles de Ywama, donde tejen con seda y flor de loto. Las máquinas son rudimentarias y la mayor parte de las operarias son muy jóvenes, el relevo generacional está garantizado.

9 de diciembre, sábado

El despertador suena a las 5:30; desayunamos y nos presentamos en el embarcadero donde varios obreros ya trabajan en colocar unas rampas de madera para alcanzar el agua; al parecer, el nivel del lago se regula según las necesidades de una central hidroeléctrica y si el agua baja, las actuales pasarelas de madera no llegan hasta las lanchas, así que andan en la labor de construir un añadido por donde los turistas puedan caminar hasta las lanchas.
Amanecer en el lago Inle
Los paraguas que llevan todas las lanchas tienen otro uso además de protegernos de un chaparrón ocasional: resguardamos del viento al avanzar a buena velocidad. Ko Yee nos informa que ayer por la noche murió un guía que acompañaba a unos turistas; dos canoas chocaron en la noche y la proa le rebanó el cuello. No estaría de más que las barcas llevaran algún tipo de farolillo al navegar por la noche.
A eso de las 7 los bonzos ya andan trajinando por los márgenes de las carreteras, bien alineados, caminan en silencio, con sus cuencos de comida en el regazo, el más jovencito se adelanta unos cincuenta metros y hace sonar una campanilla. Algunas mujeres ya les esperan con cazuelas de arroz y alguna fruta.
Las dos horas y media hasta Pindaya se hacen cortas, el tráfico es casi inexistente y la carretera serpentea entre la campiña, salpicada de estanques con miles de patos y los caserios de madera de los lugareños. Hacemos un pequeño alto en el camino mientras nuestro conductor desayuna. Reanudamos la marcha y ya sólo nos detenemos ante los puestos de peaje que hay en todas las carreteras; cobran para financiar la construcción de nuevas o para mejorar las existentes.
Entrada a la cueva de Pindaya
En el aparcamiento de las cuevas de Pindaya encontramos apenas dos o tres coches más... y una araña gigantesca, ¿la véis en la foto?. Esta araña está relacionada con una de las abundantes leyendas sobre la cueva: siete princesas se bañaban en un lago y fueron capturadas por una araña gigante y encerradas en la cueva, pero el valiente príncipe Kummabhaya luchó con la araña y las rescató.
El origen de las cerca de 8000 estatuas de Buda son las donaciones de autoridades y de particulares. Algunas tienen casi 300 años; las más valiosas se trasladaron a otro lugar durante una renovación de la cueva y un bombardeo durante la segunda guerra mundial las destruyó por completo. Fijaros en las imágenes de los Budas con una semilla en la palma de la mano derecha; sólo las vereis aquí, son típicas del culto Mahayana, lo que hace suponer que esta cueva fue en algún momento utilizada por los seguidores de esta rama del budismo.
Los que no quieran subir los 200 escalones tienen la opción del ascensor, donación de un conocido fabricante de productos multimedia.
Los Budas más antiguos son blancos, de caliza; a finales del siglo XVIII se empezaron a lacar de negro y cubrir con pan de oro; el oro se fija muy bien a la laca. ¿Y por qué se utiliza tanto el pan de oro como ofrenda a Buda? Porque para Buda, siempre lo mejor, y el oro es el elemento más noble.
Muy cerca de la cueva, visitamos una pequeña empresa familiar donde fabrican paraguas a mano; con una navaja para cortar el bambú, un punzón para hacer los agujeros de las varillas, una tijera para recortar el papel y una pequeña sierra te hacen una sombrilla en un pispás.
Al lado, hay una campiña con unos árboles variedad del ficus religioso con unas formas fantásticas.
Almorzamos en el recién estrenado restaurante Green Tea; nos reciben con un parasol y nos conducen hasta una terraza con vistas al lago Boutaloke. El trato es exquisito y los detalles son propios de restaurante de alto copete. Como aperitivo: tiras fritas de tofú de garbanzos; el resto: sopa de lentejas, tempura de patata, zanahoria, brócoli y vainas, pollo con piña, pescado agridulce, coliflor y ensalada de tallos de lechuga. Excelente y saludable.
Mientras seguimos camino hacia el aeropuerto, nuestro conductor nos cuenta que tuvo un pequeño accidente con el coche y lo tiene que pagar de su bolsillo, la agencia se lo quita de su sueldo; todavía le quedan muchos meses por pagar.
En el aeropuerto de Eho nos topamos con un español solitario, dice que hay una mafia de taxistas terrible, todos obedecen a un capo y le piden 25$ por llevarle hasta Kalaw; según nuestro guía la tarifa no debería subir de 10$.
Volar con Air Bagan es como montar en autobús: apenas vemos aterrizar el avión y ya nos están llamando para embarcar; subimos y en dos minutos despega, veinte minutos antes de la hora. Otros veinte minutos son suficientes para aterrizar en el moderno aeropuerto internacional de Mandalay, inaugurado hace seis años y que cuenta con una pista de aterrizaje de 4270 m, ideal para aviones grandes. 35 Km. nos separan del centro de Mandalay.
Las "gasolineras" de aquí son un poco rudimentarias: no tienen máquina ni pistola, sólo un bidón con grifo. Se abre el grifo, se recoge en una jarra y con un embudo se echa al coche. Además no es gasolina, sino petrolina, pero ... ¿qué demonios es eso?
Vemos mucha circulación de motos y bicicletas saliendo del centro, según Ko Yee, los comerciantes chinos han acaparado el centro y los birmanos viven en las afueras. Mandalay es la segunda ciudad de Myanmar, tiene más de un millón de almas y es el centro de distribución de la mayoría de los productos del país. La ciudad toma el nombre de la colina Mandalay que significa "el centro".
Nos alojamos en el Mandalay Hill Resort, situado en la falda de la colina Mandalay, con unas vistas estupendas sobre el Palacio de Cristal, aunque demasiado alejado de la ciudad como para dar una vuelta por la noche. Quizá el Sedona hubiera sido mejor, aunque el restaurante oriental del Mandalay Hill Resort será el mejor de todo el viaje.

10 de diciembre, domingo

A pesar de ser domingo, hoy es un día laborable normal; las calles están llenas de gente y las tiendas abiertas. En este país sólo son festivos las fiestas religiosas, políticas y los cambios de fase de la luna, lo que no significa que trabajen mucho, más bien lo contrario: raro es el comercio, estatal o privado que abre antes de las 9:30 y casi todos candan para las 4:30 p.m., sólo unas pocas tiendas cierran más tarde. Los bancos trabajan de 10 a 2 y cierran sábados y domingos. ¿No está mal, eh? El estrés laboral es desconocido en Myanmar.
Alrededor de Mandalay se hallan las "ciudades desiertas" de Sagaing, Ava, Amarapura y Mingún. Cada rey creaba una nueva capital para que su nombre se recordara mejor después de su muerte. Con cada nuevo rey, toda la corte se trasladaba a la nueva capital, quedando la anterior desierta y pronto devorada por la naturaleza. Los edificios religiosos se construían de piedra y ladrillo y han perdurado, no así los palacios, que eran de madera.
Aprendiendo a atar el longy mientras vamos en el barquito a Mingún
De las cuatro mencionadas, todas fueron capitales del reino, excepto Mingún. Mingún está situado a 11 Km. arriba de Mandalay por el río Ayeyarwaddy. Es un pueblo pequeño de unos 5000 habitantes.
Sorpresa: navegamos hasta Mingún en un barquito para nosotros solos. Nos reímos las muelas cuando Ko Yee me enseña a atarme el longy; la verdad es que es bastante fácil aunque se afloja con frecuencia y hay que estar pendiente de él si no quieres quedarte en ropa interior de repente.
Visitamos la campana de 90 tons, la segunda más pesada del mundo, y la pagoda inacabada, proyectada para alcanzar una altura de 150 m, se quedo en 50 m por culpa de un terremoto que la destruyó parcialmente.
De vuelta a Mandalay, comemos en el restaurante Myanandar, con vistas al río. Sudamos lo nuestro, la humedad es grande y hoy el calor aprieta fuerte, me podría beber litros de cerveza. Justo al salir del aparcamiento, nuestro chófer frena bruscamente sin aparente motivo, ¿qué pasa? señala al suelo y vemos avanzar una culebra de metro y medio entre las ralas hierbas del solar.
Ko Yee nos lleva ahora al barrio de los escultores de figuras de Buda; diferentes según el mercado de destino: Buda Hotei gordito y sonriente para los chinos y Buda Gautama de figura más estilizada, casi femenina, para el consumo interno.
Subimos a la colina Mandalay para ver el atardecer, desde aquí se ve las obras de la nueva Universidad budista. El budismo goza de magnífica salud en Myanmar; es tal la demanda que andan construyendo otra Universidad en Yangó. El 80% de los bonzos de Myanmar reside en Mandalay, es el monasterio más importante; aquí estudian los bonzos "profesionales" las enseñanzas de Buda. Ko Yee nos cuenta que desde hace unos quince años, los bonzos tienen un jerarca máximo escogido democráticamente.
En Mandalay se ven bonzos por todas partes y en la terraza de la colina no podía ser menos; charlamos con algunos, muy interesados casi siempre en conocer nuestra opinión sobre su país.

11 de diciembre, lunes

Mañana soleada, luminosa y cristalina. Ni calor ni fresco; simplemente un día delicioso.
Hoy para las ocho ya estamos en la carretera camino de la paya Kuthodaw, conocida como "el libro más grande del mundo". En pocos minutos llegamos; está muy cerca. Ni un turista a la vista.
Esta pagoda fue construida durante el gobierno del rey Mindon en 1868 y desde entonces acoge 729 pequeñas templetes bien alineados, formando cuadrícula, que albergan el texto de los quince libros del Tripitaka -enseñanzas de Buda-, escritos en idioma pali. Cada templete contiene una losa de mármol tallada con el texto de una enseñanza. Tripitaka significa "las tres cestas"; se cree que los textos, que antes se escribían en hojas de palma, se transportaban en tres cestas. En realidad, pasaron siglos después de la muerte de Buda hasta que sus enseñanzas empezaron a escribirse en hojas de palma, hasta entonces se transmitían oralmente y no porque hubiera dificultades técnicas, sino porque la escritura no se consideraba adecuada para tratar temas sagrados. Con el paso de los siglos, algunos fragmentos de sus enseñanzas se recogieron en sánscrito pero la versión completa está en pali. El sánscrito era considerada una lengua sagrada y sólo era conocida por los indios cultos, por la élite. Sin embargo, Buda enseñó en magadhi, una lengua prácrita, más vulgar que el sánscrito pero más popular y conocida por toda la población. Al final, los textos budistas se redactaron en "sánscrito budista híbrido": una mezcla entre sánscrito clásico y lenguas prácritas. En Myanmar, los textos buditas se escribieron en pali, lo mismo que en Sri Lanka y Tailandia. Hoy el pali no lo habla nadie, es una lengua muerta.
Parte del Gran Palacio Rel Dorado de Mandalay
Mandalay fue la última capital del reino y el Gran Palacio Real fue la morada del último rey: el rey Mindon. El Palacio se acabó en 1857, poco antes de la invasión británica. La colonización británica puso fin a la monarquía, aunque los británicos, en su país, aún mantienen una reina y un príncipe para entretenimiento de la población.
En realidad, el palacio fue completamente incendiado durante la II guerra mundial y lo que hoy vemos es una reconstrucción algo insulsa. De nuevo, nadie a la vista; parece una ciudad fantasma. Los myanmarenses saben que en su reconstrucción se emplearon presos políticos y es un lugar poco querido ya que muchos "pantalones verdes" importantes viven dentro de los límites marcados por la muralla.
El fuerte está rodeado por un foso de agua con carpas doradas. La cría de carpas en estanques tiene su origen en el siglo VIII en China. La dinastia Tang ya las criaba y hoy en día aún son más abundantes las carpas rojas que las doradas; a pesar de que éstas últimas son más fáciles de criar. El motivo es que una emperadora de la dinastia Song prohibió que la gente criara las doradas, ya que era el color real.
Ahora nos dirigimos a Amarapura, a 11 Km. al sur de Mandalay. El Monasterio de Maha Gandayone recibe numerosas donaciones de empresas privadas -incluidas españolas- que figuran sobre unas pizarras en el patio de entrada al monasterio. Las donaciones les permiten disponer de comida propia, aunque por lo visto no son suficientes para satisfacer las necesidades de los más de mil monjes que habitan en el monasterio. Cuando llegamos, forman dos largas filas en la entrada y sujetan su cuenco de madera lacado con la comida que han recibido esta mañana tras su peregrinaje habitual por la ciudad. Cuando suena el gong, entran ordenadamente en el comedor y se acomodan con las piernas cruzadas sobre los bancos corridos. En completo silencio toman asiento frente a su cuenco y esperan la señal para empezar a comer. La mayoría utiliza la cuchara y unos pocos prefieren las manos. Nadie abre el pico. Los más jóvenes, alrededor de los siete años, visten túnica blanca y, con expresión concentrada, se afanan en ingerir las suficientes calorías para afrontar el resto del día. Los bonzos de mayor rango comen juntos en una mesa redonda con mantel; sobre la mesa no cabe un solo plato más y el contenido luce apetitoso, nada que ver con el triste arroz a secas de los cuencos de los bonzos de a pie. Contrasta enormemente la orondez de los jefes con de la delgadez de los novicios.
Bonzos entrando al comedor del Monasterio de Maha Gandayone
Transcurridos diez minutos empiezan a abandonar el comedor y regresan a sus habitaciones donde se les puede ver aún dando buena cuenta del contenido de su cuenco. No es de extrañar, desde las doce del mediodía hasta las cuatro de la mañana siguiente no les está permitido llevarse nada sólido a la boca; sí que pueden beber agua, alguna infusión y pocas cosas más.
En Myanmar no solo hay bonzos, también monjas, aunque en número sensiblemente menor; se distinguen de los bonzos en el color rosado de las túnicas. A juzgar por la enorme cantidad de bonzos y monjas menores de edad, el budismo therevada goza de magnifica salud en Myanmar. ¿Y cómo llegó este país a adoptar el budismo como filosofía de vida? Pues una vez más, fue un rey quien apoyó fervientemente esta filosofía, rápidamente adoptada por el pueblo. El rey Ashoka fue para los budistas lo que el emperador romano Constantino sería cuatro siglos más tarde para los cristianos y por parecidas razones.

12 de diciembre, martes

El despertador suena a las cinco. A las siete embarcamos hacia Bagán. En el barco viajamos sólo 18 personas de un total de 110 asientos disponibles, todos turistas. El sol ya calienta suavemente. En Mandalay la anchura del río es considerable, más de 500 m. Las extensiones de los bancales de arena en las orillas nos hablan de niveles de agua mucho más altos. Comemos unos fideos fritos en el comedor. No hay mucho tráfico marítimo, algunas barcazas con troncos de madera de teca y poco más. A las cuatro de la tarde llegamos al "embarcadero" de la Ciudad Vieja de Bagán (ver foto de la izquierda, abajo). Nos alojamos en el hotel Therabar, a tiro de piedra del embarcadero y de los templos; de hecho, la mayor parte de ellos se puede visitar andando desde el hotel, o mejor aún: en bicicleta.
Embarcadero de la Ciudad
 Vieja de Bagán
Dejamos las maletas en la recepción del hotel y sin perder tiempo nos acercamos hasta la pagoda Shwe San Daw justo a tiempo para presenciar la puesta de sol. Nos descalzamos y subimos por las empinadas escaleras hasta el nivel superior donde ya se concentran numerosos turistas y vendedores de "artesanías".
Otros turistas más alternativos han preferido subir a las ruinas de templos menos concurridos y a lo lejos se divisa uno que ha cometido la torpeza de subir sin descalzarse de sus chanclas. Desde nuestra pagoda, uno de los vendedores le pega cuatro voces y le reconviene para que se descalze. ¡Un respeto a las pagodas, por favor!
Paladeamos los minutos que permanecemos en la terraza superior de la pagoda; desde aquí se aprecia de maravilla el dédalo de caminillos de tierra que se entreveran en el paisaje. Las lejanas polvaredas delatan los turistas rezagados que, presurosos, se aproximan en taxi para no perderse el ocaso en tan histórico lugar.
Hay que tener un poco de cuidado al bajar las escaleras exteriores del templo; la pendiente es considerable, afortunadamente, algunas escaleras mantienen un barandal metálico. Al llegar abajo, nos calzamos y regresamos dando un paseo hasta el hotel.
El hotel Therabar resulta muy agradable e integrado en la naturaleza, alrededor de las cabañas discurre un pequeño riachuelo con cascadas y peces de colores. Después de cenar al lado de la piscina, solicitamos los servicios de masaje del hotel...

13 de diciembre, miércoles

Nos acercamos temprano hasta el mercado local de Nyaung U. Los mercados asiáticos me fascinan; desconozco la mayor parte de los alimentos que se exhiben, a veces son similares a los nuestros, pero con formas y colores diferentes; me produce cierta angustia no disponer de tiempo suficiente para profundizar en cómo saben, cómo los emplean...
Al pasar al lado de una escuela, paramos y damos al director todos los bolígrafos que traíamos para esta ocasión. En las escuelas no se enseña la doctrina de Buda, eso queda sólo para los monasterios.
Nat
Cenamos en un restaurante aledaño a nuestro hotel, el Sharaba Food Centre; ¿qué hemos comido?, pues ahí va: un pescado con anacardos, rollos de primavera estilo vietnamita, fideos fritos con verduras, arroz y de postre, plátanos fritos caramelizados. De beber: una cerveza Myanmar de 0,6 l. y un sprite. Todo por 11200 kyats, es decir, 7.2€ (a 3.6€ por barba). Barato, saludable y ligero.
Aunque los polvos tanaka parecen de uso exclusivamente femenino, no me resisto a probarlos y le pido a Koo Ye que me embadurne la cara con ellos; la sensación es igual que si te aplicas un poco de barro en la cara. La piel no absorbe el tanaka y se siente un frescor inicial que pasadas unas horas se convierte en una ligera incomodidad, imaginate con una capa de barro seco en la cara... Lo que está claro es que el tanaka no tiene ningún efecto protector contra los rayos del sol; las mujeres están tan morenas como los hombres.
Visitamos una de las pagodas más antiguas de Bagán: la Shwe Zigon, que alberga una de las cuatro réplicas de un diente de Buda -el original se encuentra en Sri Lanka. Las otras tres réplicas no andan muy lejos: una en la pagoda Lawkananda, al sur de la ciudad, otra en la pagoda Tan Kyi Taung, al oeste del río Ayeyarwady y la cuarta en Tu Yuan, en lo alto de una colina, a 32 km al este. Se dice que si eres capaz de visitar las cuatro réplicas en un solo día, disfrutarás de prósperidad y suerte en tu vida.
Shwe Zigon es conocida también como el lugar donde la monarquía oficializó a los 37 nats pre-budistas.El rey Anawrahta -el mismo que construyó la pagoda Schwedagon de Yangó- en su afán de convertir a Burma en un país budista, prohibió el culto a los nats, cosa que no consiguió, ya que la tradición de los nats estaba demasiado arraigada en la población, así que después de algún tiempo tuvo que capitular y designó un panteón oficial con 37 nats.
La fachada del templo Gu Byauk Kyi es visualmente interesante; es de estilo típicamente Mon y dicen que las pinturas del interior son originales pero para visitarlo hay que quedar previamente con un señor del pueblo, que guarda las llaves.
El templo Htilominlo data de 1218 y fue el último construido en Bagán. El rey Nantaungmya lo edificó aquí porque fue el lugar donde fue elegido, de entre cinco hermanos, para ser coronado rey. La elección del heredero al trono seguía una tradición: se levantaba una sombrilla blanca y el futuro rey sería aquel hacia el que se inclinaba la sombrilla después de hacerla girar. Los dioses habían hablado.
El más sagrado de los templos de Bagán es el Ananda. Se construyó en el 1105; ha sido restaurado muchas veces ya que los terremotos se han cebado en él. Ananda era primo y uno de los principales discípulos del buda Gautama, al que acompañó durante muchos años. Tenía una memoria colosal y fue el que se encargó de recitar los sutras en el primer concilio budista, después de la muerte del Maestro.
A los arquitectos del templo Ananda les rebanaron el cuello para asegurarse que no repitieran la obra en otro lugar.

14 de diciembre, jueves

Tomamos el vuelo 362 con Air Mandalay con destino Yangó. Ko Yee nos avisó ayer que han cambiado el itinerario y hará una escala en Sittwe, en la costa. A las 9:45 aterrizamos en Sittwe, sobre una pista que nace en el mar. El paisaje: todo palmeras y aguas cristalinas. La mayor parte del pasaje son turistas que vienen a descansar unos días en las playas.
A las once aterrizamos en el aeropuerto de Yangó donde nos espera un coche de la agencia para trasladarnos a Kyaiktiyo. Al eso del mediodía paramos en Bagó para almorzar en el restaurante Hanthawaddy. Muy bueno.
Terminal de transporte de Yatetaung
Durante el viaje charlamos con Ko Yee del origen del hombre: ¿Conoce a Charles Darwin? - Por supuesto - ¿Y qué dijo el cuarto Buda sobre el origen del mundo? Ya se lo preguntaron, ya, pero dijo que no tenía respuesta, que era demasiado complicado; de todas formas, existiera o no un dios creador, eso no cambiaría para nada su filosofía.
Llegamos a la estación de transporte de Kyaiktiyo a las tres e inmediatamente nos acomodamos en uno de los pequeños camiones que suben a la Roca Dorada. Este transporte no sabe de horarios: parten cuando en el camión no cabe una aguja, así que esperamos hasta que se alcanzan los 35 pasajeros. La subida es de una pendiente considerable y el camión toma carrerilla antes de cada tramo recto, así que la inercia en las curvas nos empuja contra nuestros compañeros de viaje. Tras 45 minutos de divertido viaje, llegamos a la terminal de camionetas de Yatetaung. Nuestro alojamiento, el hotel Golden Rock, se encuentra a pocos metros de la terminal. Otra opción es el hotel Mountain Top, en la cumbre, muy cerca de la Roca Dorada, sin embargo, aún queda una buena tirada desde la terminal de camiones y habría que subir andando o mejor, contratar una parihuela.
Somos pocos los turistas que andamos por aquí. El personal del Golden Rock es muy atento y nos preparan una cena a la carta: pollo al estilo Mon. La habitación del Golden Rock es amplia y sencilla; estamos inmersos en plena naturaleza.
Al atardecer refresca un poco.

15 de diciembre, viernes

Madrugamos a las 5:30 con intención de ver amanecer desde la Roca Dorada. Desde nuestro hotel hasta la cumbre todavía queda una buena tirada y la carretera, bien asfaltada, tiene una pendiente considerable. Aún es noche cerrada y esto parece una romería; muchos chavales bajan de pasar la noche junto a la venerada Roca. ¿Y qué tiene esta roca que tanto interesa a la gente? Ni te lo imaginas: la leyenda dice que
La Roca Dorada al fondo
alberga un mechón de pelo del cuarto Buda y por si esto fuera poco, se transportó hasta aquí desde el fondo del mar.
A ambos lados del camino menudean los tenderetes de comida; en las trastiendas se ve a las familias desperezarse, asearse con agua de baldes mientras los niños, aún en pijama, se restriegan los ojos. Según avanzamos, la oferta comercial se diversifica: pistolas, fusiles y bazokas de bambú, especias -sobre todo pimienta negra y verde-, y en dos o tres puestos observamos un surtido ennegrecido y aceitoso de ciempiés enormes sobre los que descansa una cabeza de cabra junto con sus pezuñas, pieles de serpientes, calaveras de animales, etc...¿ofrendas para los nats? No, son remedios medicinales, por ejemplo, el ciempiés machacado va de miedo para aliviar las contracciones musculares.
Fijaros en los barandales de acero inoxidable de la foto en la que estoy haciendo cosquillas a la Roca: en el centro de la flor de loto, siempre aparece el nombre del donante; el afán de inmortalidad es universal.
Uno de mis pasatiempos favoritos es adivinar qué tipo de comida se ofrece en los interminables tenderetes que reclaman la atención del viajero con sus variopintas formas y colores, si te digo la verdad, la mitad de las veces ni sé lo que venden, aunque mal aspecto no tienen, para nada.
Multitud de gente en el camino hacia la Roca Dorada
Cuando alcanzamos la cima ya ha amanecido y entre tanto bonzo, peregrinos y turistas, esto es un hervidero de gente. Supongo que muchos han pernoctado en los hoteles aledaños a la Roca y otros muchos han llegado en las pequeñas camionetas que no cesan de subir y bajar.
La tradición sólo permite realizar la ofrenda del pan de oro a los hombres, las mujeres llenan el barandal más cercano a la Roca con otro tipo de obsequios, sobre todo, cestos con fruta. ¿Y quién termina comiéndose tan apetitosa comida? Pues los bonzos, ¿quién si no? Los bonzos no cesan de pedir por los altavoces, solicitan donaciones para el mantenimiento del santuario y lo cierto es que la gente responde muy bien, hay una docena de urnas de cristal repletas de billetes pequeños.
No es mala idea llevar en el bolsillo unos pañuelos higiénicos húmedos para limpiarse la planta de los pies antes de calzarse de nuevo.
Aunque también desde aquí circulan camionetas abarrotadas de gente con destino a la terminal Yatetaung, nuestro guía nos aclara que no se permite que transporten a turistas, parece que no son seguras. Una alternativa a los camiones es contratar los servicios de unas parihuelas de bambú, también las maletas te las llevan en unas enormes cestas de mimbre que acarrean sobre los hombros. El caso es que entre tanta gente, el descenso está de lo más animado.
Una vez en la terminal de Yatetaung, subimos a otro camión que nos conduce hasta Kyaiktiyo. El trayecto está vez se hace más corto, a pesar de que viajamos como piojos en costura, la gente se lo toma con mucha alegría, hay momentos hasta para cantar hip hop.
Salimos de Kyaiktiyo a las 10 en dirección a Bagó. Por el camino nos detenemos en una arboleda para echar un vistazo a los árboles de caucho. A eso de las 12:40 nos detenemos ante una caravana de coches, los militares no dejan pasar a nadie. Nuestro guía va a investigar… la parada es debida a una carrera de coches, ¿qué...?, ¿he oído bien? ¿un rally en Myanmar?, no lo puedo creer. Transcurridos diez minutos, un potente e impecable Toyota Land Cruiser se detiene a nuestra altura, la ventanilla se baja y un bonzo de semblante serio, gafas de sol y aire de mandamás nos indica que los turistas podemos pasar. El soldado que mantiene el orden en la caravana no es de la misma opinión y seguimos en la fila hasta nueva orden.
Mientras esperamos, a unos cincuenta metros, vemos pasar un tren ¡con dos tipos de pie andando sobre su techo!
En Bagó almorzamos en un comedero muy poco recomendable: Kyaw Swar.
Llegamos al hotel Strand de Yangó donde pasamos la última noche de este inolvidable viaje. Por ser la última cena, Ko Yee nos invita a un buen restaurante.

16 de diciembre, sábado

Aprovechamos la mañana visitando los mercados más populares
Bonzos caminando entre ruinas, obra de Myaw Shein
y pasamos por unas galerías de arte donde nos hacemos con uno de los recuerdos que más me agrada adquirir en los viajes: unos cuadros al oleo, ¿el motivo?; fácil: unos bonzos paseando al atardecer entre las ruinas de los templos de Bagán (ver foto de la izquierda).
Regresamos para tomar una ligera comida en el Strand y para las cinco decimos adiós a este magnífico país donde hemos pasado unos días inolvidables.
A todos los que améis Asia no debéis esperar más para visitar Myanmar; el ritmo de vida es aún sosegado y las tradiciones se llevan a flor de piel.

Datos económicos del viaje:

Tour:

Tras recibir varias ofertas, nos quedamos con una agencia local muy conocida de Yangó: Adventure Myanmar que da servicio a conocidos tour-operadores europeos. Nuestra elección es una adaptación de su tour AM-112, a nuestras necesidades de duración del viaje.
Toda la comunicación se realizó mediante correo electrónico en idioma inglés. La LOI (Letter of Invitation) nos la enviaron por e-mail y se presenta en los puestos de facturación del aeropuerto de Bangkok.
El precio total fue de 1798$ por persona incluyendo una noche en el Hotel Strand (180$ por persona). Adelantamos la mitad del importe mediante transferencia bancaria internacional. Al llegar, pagamos el resto en la agencia de Yangó.
No tuvimos ningún problema en todo el viaje y ha sido uno de los más cómodos y satisfactorios que hemos hecho. Se incluía cuatro desplazamientos internos en avión, algo importante dado el mal estado de algunas carreteras.

Aviones:

Vuelo Bilbao-París-Bangkok-París-Bilbao (Air France 899,57€)
Vuelo Bangkok-Yangó-Bangkok (Thai Airways 289,10€)

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