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Bandera

India y Nepal 2002

16 de marzo, sábado

El viaje con Air France ha resultado estupendo; el avión parece recién estrenado y dispone de pantallas de vídeo individuales de selección táctil. He escogido una película india que trata el tema de la corrupción política; el protagonista es un reportero de televisión que entrevista al primer ministro indio en directo y le denuncia por corrupción y además, prueba cada una de sus acusaciones con material videográfico. El primer ministro le ofrece su puesto por un solo día y el reportero lo acepta. En veinticuatro horas lleva a cabo una actividad frenética que incluye la destitución en masa de funcionarios corruptos e ineficaces, y todo ello emitido en vivo por la televisión. En un sólo día despide a más de 60000 funcionarios. El pueblo está entusiasmado con él y se presenta a las elecciones, que gana. A partir de aquí, los corruptos tratan de eliminarlo a cualquier precio. La película está bien llevada y el ritmo es frenético, muy diferente a la idea que yo tenía del cine indio. Eso sí: todos los actores sobreactúan una barbaridad, como los del cine español en los sesenta, para que me entiendas. Me sorprendería que esta película se proyectara en la India; resulta implacable con el poder.
Llegamos a Delhi a medianoche, hace un calor algo pegajoso.
Plaza Connaught en Delhi
El representante de Tour Masters nos espera en el aeropuerto con nuestros nombres escritos sobre un papel.
Este viaje lo hemos organizado con una agencia india. El precio sale parecido a realizarlo con una agencia española; la ventaja reside en que tanto el itinerario como los hoteles los hemos marcado nosotros.
El coche que nos traslada es un todo terreno Tata, bastante espacioso, con los asientos forrados con fundas blancas y dos almohadas para nuestra comodidad. Tata es una marca de coches que pertenece a una rica familia industrial india.
En el aeropuerto hay una discreta presencia de soldados y algunas barricadas con sacos de arena.
Las carreteras están poco iluminadas, son amplias y las altas aceras y las glorietas me recuerdan a Irán. No hay mucha circulación y en veinte minutos llegamos al hotel The Park, situado a pocos metros de la plaza Connaught y enfrente del Jantar Mantar. En el salón del hotel, Singh nos entrega los vales para todos los hoteles, guías y billetes de avión. Todo parece en orden, afortunadamente.

17 de marzo, domingo.

El pobre estado de las carreteras hace que tardemos cuatro horas en recorrer los escasos 250 km que separan Jaipur de Delhi; pero te aseguro que no te aburres, durante el recorrido hay suficientes atracciones para despertar el interés de cualquier occidental.
La circulación es fluida pero densa, y en la carretera se concentran vehículos y animales: bicicletas, coches, motos, tractores, búfalos, cabras, camellos tirando de enormes carretas con pienso, camiones multicolores y vacas por doquier, algunas mochándose en medio de la calzada.
Las reglas de tráfico no se respetan, los adelantamientos se producen al mínimo espacio disponible y todo el tráfico es un caos.
Interior del palacio Samode
En medio de la carretera vemos un camión volcado sobre una vaca muerta y nadie alrededor, lo más espectacular es la ausencia de gente, no hay nadie, se diría que es una escena cotidiana, parte del paisaje.
Cada pocos kilómetros hay controles policiales con improvisadas barreras, algunas funcionan como peaje y otras parecen controles del ejército.
Nuestro primer destino es el Palacio Samode, a 30 km al norte de Jaipur. Para llegar a Samode abandonamos la carretera principal y nos adentramos en una secundaria con algunos tramos de tierra.
El pueblo que rodea el palacio está en la miseria más absoluta, las aguas fecales fluyen a ambos lados de la estrecha calle que conduce al palacio y se ven animales domésticos por todas partes: burritos, cabras, vacas, búfalos de agua, cerdos que más parecen jabalíes y muchos monos correteando por los tejados de las casas. No creo que tengan agua corriente y menos luz eléctrica.
En medio de esta miseria, el palacio es un mundo aparte: el césped está bien cortado, dispone de piscina y hasta de un estanque con ranas. Nuestra habitación es muy amplia, dividida en dos alturas, la cama tiene dosel y mosquitero y también disponemos de minibar y televisión.
El palacio es privado, pertenece al Marajá de Jaipur y fue su residencia antiguamente. La habitación de los espejos bien merece una visita.
Descansamos en la piscina. Se aloja muy poca gente, apenas cuatro parejas más.
Al atardecer, el personal de servicio entra en actividad. Esperan a un grupo de franceses y preparan la bienvenida. En el patio se preparan varios músicos, bailarinas y un tenderete de marionetas.
Entrada al palacio Samode
Les dan un recibimiento por todo lo alto; se iluminan multitud de bombillas que perfilan el contorno del palacio y a ambos lados del camino de entrada a la escalera principal se sitúa el comité de recepción con camellos engalanados. Los franchutes vienen disfrazados para la ocasión, todos con el típico pijama indio, sólo les falta el turbante. Lanzan fuegos artificiales.
Al pasar por la puerta principal también a nosotros nos ponen el kurkúm rojo y los granitos de arroz en la frente. Generalmente, el bindi rojo quiere decir que una mujer está casada, si es negro es que ha enviudado. Aunque el color rojo es el tradicional, también usan otros, según la moda o para hacer juego con el vestido. En realidad, las reglas no son muy estrictas, hay mujeres casadas que no lo llevan y otras solteras que sí lo llevan, y otras que no son hindúes y también lo llevan. Un hombre me dijo que lo llevaba para conseguir concentración. En las celebraciones religiosas se suele utilizar el bindi rojo o el amarillo.
En algunas partes de la India, las mujeres casadas se tiñen una mecha de cabello de bermellón para indicar su estado civil. También los brazaletes o los collares tienen significados especiales.
En realidad, el hinduismo no tiene una autoridad central que establezca con claridad reglas religiosas. Cada individuo, basado en su herencia histórica, toma sus propias decisiones sobre la dieta, costumbres, etc. Aunque la esencia está clara: según el hinduismo, el alma es inmortal y cuando alguien muere, su espíritu continúa entrando en otros cuerpos con el fin de acumular experiencias positivas y a través de sucesivas reencarnaciones llegar a romper este ciclo y conseguir la salvación espiritual. Las malas acciones de la vida generan un mal karma y como consecuencia, ese ser tardará más en liberarse del ciclo de la muerte y reencarnación.
Así que, con nuestro bindi en la frente, tomamos la cena, al aire libre, en un entorno de iluminación discreto y agradable, sobre un césped bien cortado, con un atento servicio y un bien provisto bufé donde abundan los platos indios algo picantes. ¡Qué gozada!
A los franceses les han preparado una cena con baile incluido. En otro patio, los tipos se lo han pasado en grande bailando. Curiosamente, no pernoctan en el palacio.
Después de la cena visitamos el patio interior, nos sentamos a tomar algo en una mesa y el espectáculo de marionetas comienza para nosotros. En un momento dado se requiere mi presencia y el manipulador hace caer una marioneta-serpiente desde lo alto. Menudo susto me da el gachó, a mi las serpientes no me gustan ni de trapo, debo tener fobia a estos bichos.

18 de marzo, domingo.

Antes de llegar a Jaipur visitamos el fuerte Amber. Nuestro guía no aparece, el tipo nos estaba esperando en el hotel, le llaman por el móvil y en diez minutos le tenemos aquí.
Subiendo al fuerte Amber a lomos de elefantes
Subimos la cuesta hasta el fuerte a lomos de un elefante. Nuestro guía habla bastante bien español y frente a la puerta nos cuenta la historia de Ganesh, el simpático dios con cara de elefante que todo el mundo pone en la puerta de casa como protección: la diosa Parvati se estaba bañando, tomó el aceite y los ungüentos usados para el baño y junto con las impurezas que salieron de su cuerpo, hizo la figura de un hombre, a la que dio vida rociándola con las aguas del Ganges. Después lo puso como vigilante en la puerta para prevenir que nadie la viera desnuda mientras se bañaba. Al no permitir que Siva entrara, luchó con él y Siva le cortó la cabeza. Cuando Parvati contó a su marido, Siva, que ella le había ordenado no dejar entrar a nadie, Siva lloró amargamente y mandó que se trajera la primera cabeza que se encontrase, que resultó ser la de un elefante. Siva fijó la cabeza al tronco y Ganesh resucitó.
Todas estas historias de deidades hindúes son de lo más rocambolescas. Ganesh cuenta con cinco historias conocidas y esta es la más sencilla y comprensible.
La religión hindú no ha sido revelada como la cristiana, la judía o el Islam, sino que es un sistema de creencias sociales y espirituales que ha evolucionado a lo largo de 4000 años. Su panteón está construido sobre unos 330 millones de deidades, nada menos, muchos de ellos son locales y sólo conocidos por un puñado de gente. Los hindúes de clase alta bien educados sostienen que estas deidades son manifestaciones del mismo Dios de los cristianos y judíos, pero la mayor parte de la población cree literalmente en los mitos y leyendas como la de Ganesh.
El fuerte contiene palacios que recuerdan la gloria pasada de la familia real de Jaipur.
El color original de las casas en Jaipur era el amarillo y se repintó de rosa, el color tradicional de la bienvenida, para la visita del Príncipe Alberto, consorte de la reina Victoria.
Jaipur está densamente poblado, no hay más que ver sus calles. En el mismísimo centro, el tráfico está compuesto por cabras, vacas, cerdos, búfalos, camellos, rickshaws, coches, camiones y carretillas con las más variopintas mercancías, todo ello muy estrechamente mezclado, por cierto. Cualquier descripción se queda corta, hay que verlo para creerlo. Lo de las vacas es un caso aparte, se encuentran en el lugar más insospechado, nadie las increpa, pueden hacer lo que les venga en gana, a muchas se las ve descansando en la mediana de la carretera. Es un gran contraste verlas tan tranquilas entre el bullicio del tráfico.
Conducir en India es todo un arte y lo más curioso es que nadie se enfada. Sencillamente están acostumbrados a este caos que desborda la imaginación. A nosotros nos abruma, nos sentimos incapaces de sumergirnos en esta marea de gente y animales. Da miedo hasta poner el pie en el suelo.
Afortunadamente, nuestro hotel, el Mansingh Towers, está en una zona algo más tranquila, retirado de la arteria principal.
Enfrente de nuestro hotel están construyendo otro edificio. A los occidentales siempre nos resulta curioso ver a las mujeres acarrear ladrillos, piedras y morteros sobre sus cabezas, es algo habitual en toda Asia.
Por la noche salimos a dar una vuelta por los alrededores del hotel. Torcemos a la izquierda y nos encontramos en una calle de carga y descarga de mercancías, no existe aceras y no se puede pasear tranquilos, siempre estamos pendientes de la trayectoria de todos los vehículos que circulan a nuestro alrededor. El ruido y los humos de los camiones hace que el paseo sea incómodo y desagradable. No llegamos muy lejos, aguantamos sólo veinte minutos y regresamos a la tranquilidad y el aire acondicionado del hotel.

19 de marzo, lunes

Antes de que nos recoja nuestro chofer intentamos de nuevo dar un paseo. Está vez tomamos la calle de la derecha. Tampoco llegamos demasiado lejos por aquí; la gente no nos deja en paz. Deben ver en nosotros a millonarios occidentales y a cada 10 m se nos pega alguien para pedirnos algo, y son realmente insistentes.
Cruzar la calle también es una pequeña aventura. El tráfico de motos, bicicletas y coches es espectacular, incesante. Y la polución ahoga. No recorremos ni 80 m y nos volvemos hacia el hotel. Es agobiante.
Calles de Jaipur y el Hawa Mahal
En la India, los puestos de comida por la calle no son tan abundantes como en otros países; la razón es que la dieta está muy ligada a la religión y las diferentes comunidades hindúes no son uniformes, al no existir unas reglas comunes, cada una tiene sus ideas sobre lo que es un alimento puro o impuro. El resultado es que suelen evitar cualquier comida preparada fuera de casa.
Nuestro chófer llega puntual. Mientras salimos de la ciudad, nos detenemos frente al famoso Hawa Mahal, fachada construida para que las mujeres del Marajá vieran los desfiles sin ser vistas. Hacemos algunas fotos y seguimos nuestro camino hacia la antigua ciudad mogol de Agra. Por el camino pasamos por pueblos muy pobres, míseros. Si quitáramos los vehículos de motor podríamos decir que hemos retrocedido en el tiempo más de mil años. Esta impresión tiene uno cuando ve las caravanas de camellos con indios vestidos con el tradicional dhoti y turbante, es alucinante.
En un mercadillo de un pueblo paramos a comprar algo de fruta, al bajarnos del coche causamos sensación, nos rodean y nos miran de arriba abajo. Compramos unos mangos y también un cuchillo para pelarlos.
Volvemos a la carretera. Singh nos comenta que para conducir en India hace falta buenos frenos, buena bocina y buena suerte. Yo añadiría: nervios de acero y santa paciencia.
Nuestro chofer, Singh, profesa la religión sikh. Todos o casi todos los sikhs se apellidan Singh (león), igual que todos los musulmanes en la India se apellidan Han, es una manera de identificarse entre ellos. La mujeres sikh se apellidan kaur (princesa). La mayor parte de los sikhs llevan turbante y ocultan tras él una cabellera larga hasta la cintura, ya que nunca se cortan ni el pelo ni la barba. Según esto, nuestro chofer es un sikh algo descafeinado, no lleva turbante ni pelo largo, aunque sí barba, pero arregladita. Ah, y el pelo teñido con gena.
De los sikhs se dice que son los catalanes de la India: comerciantes, trabajadores y ahorradores. Por ahora son unos veinte millones y pasa por ser la religión más joven del planeta, se fundó en 1469. Toma cosas del hinduismo y del islamismo. Creen en un solo Dios. Rechazan ídolos, figuras, monjes, sacerdotes, ordenes de monasterios y castas. Pero eso sí, tienen 10 gurús que son los que mandan y sus hijos y otros parientes les suelen suceder en el cargo.
Intenso tráfico en las ciudades indias
Seguimos nuestro camino por este variopinto país. En una llanura vemos pavos reales salvajes, creo que también son sagrados.
A 38 Km de Agra nos encontramos con las ruinas imperiales de Fatehpur Sikri, ciudad realizada en arenisca roja. Su diseño combina varios elementos regionales de arquitectura de Asia Central e Irán. Fatehpur Sikri nació por iniciativa del Emperador mogol Akbar y allí llevó a cabo experimentos en el arte y la arquitectura. Fatehpur Sikri fue una vez la capital, pero la tuvieron que abandonar por la falta de agua.
Agra es una de las ciudades más densamente pobladas de la India, y eso lo notamos enseguida; a las afueras de Agra nos vemos envueltos por un sofocante embotellamiento donde abundan las bicicletas y los rickshaws, el motivo es un cruce conflictivo. El follón es mayúsculo pero nadie pone mala cara.
Nos alojamos en el nuevo y lujoso Jaypee Palace. Cenamos en un bufé al lado de la piscina. La cocina es de primera, un auténtico placer para los sentidos.

20 de marzo, miércoles

Nuestra primera visita de la mañana es el mundialmente conocido palacio Taj, mausoleo de la emperatriz Mumtaz Mahal -elegida de palacio-, la esposa favorita del emperador mogol Shah Jahan.
En los jardines del Taj Mahal
Unos dicen que lo construyó como recuerdo de su amor por ella, otros dicen que por megalomanía, quien sabe, vista la importancia de las mujeres en esta sociedad, yo me inclino por lo segundo. Su construcción comenzó en 1631 y duró 22 años, trabajaron 22000 personas en él.
Para mí, su belleza es hipnótica, impactante. Su secreto radica en el equilibrio de formas y en su perfección geométrica. A media distancia es donde uno aprecia mejor su belleza. Sublime.
El material de construcción es el mármol blanco con infinidad de piedras semipreciosas incrustadas para hacer los dibujos y las frases del Corán. Su interior es sencillo, tan sólo unos biombos de mármol labrado y los cenotafios de Mummatz y de Shah Jahan. El tal Shah Jahan quería construir otro mausoleo para él, igual al Taj, en mármol negro, en la otra orilla del río Yamuna y unirlos mediante un puente de plata. Su hijo vio que con ese despilfarro no le iba a quedar una gorda y lo encerró en el fuerte, donde murió a los setenta y tantos años, después de una noche de orgía sexual y drogas.
Abandonamos con pena uno de las construcciones más bellas del mundo.
Por la tarde visitamos Sikandra para ver otro mausoleo: la tumba del Emperador Akbar. Se encuentra en un espacioso jardín con monos y ciervos. En el lado sur hay una puerta muy alta con cuatro minaretes-torre, y puertas falsas colocadas para simular simetría. El mausoleo se comenzó en tiempos de Akbar, y se completó en 1613 por su hijo, el emperador Jahangir, quien modificó el diseño original. La tumba que en realidad se ve es, como es costumbre, su cenotafio, la tumba real es una simple cripta dentro de una sala. Una cosa curiosa es que no se pueden ver los cuatro minaretes desde un punto, uno de ellos siempre está oculto por la tumba. La visita es interesante por la importancia que tuvo históricamente el emperador Akbar, pero como monumento artístico tiene poco que ofrecer. La sala que alberga el cenotafio está en un estado de abandono total.
Continuamos hacia el fuerte Agra, situado a la orilla del contaminado río Yamuna. Construido por Akbar en el periodo 1565-73, fue sucesivamente ocupado y ampliado por Akbar, Jahangir y Shah Jahan. Los edificios más sobresalientes dentro del fuerte son el Jahangiri Mahal, Khas Mahal, el viñedo Anguri Bagh, los baños del Sheesh Mahal y Masumman Burj donde Shah Jahan murió cautivo por su hijo Aurangzeb.
Los extranjeros escasean y una vez en el interior de los edificios turísticos se está de maravilla, el lado negativo es que los que viven de los turistas vendiendo sus postales y guías de bolsillo realmente nos asedian y no nos dejan en paz desde que salimos hasta que nos introducimos en nuestro vehículo. Todos buscan su negocio, algunos exhiben sus horribles deformaciones corporales, a veces, bastante desagradables de ver.

21 de marzo, jueves

Dejamos el Jaypee Palace y nos dirigimos a áreas más rurales y pobres, si cabe. Esta vez en tren, en el Shatabi Express. Viajamos en primera, pero la limpieza de los vagones deja mucho que desear, aunque desde luego es cien veces mejor que las descripciones de los trenes del libro de viaje “Donde las piedras son Dioses”, vamos, que se puede tolerar.
Nos bajamos en Gwalior, donde nos espera nuestro nuevo chofer, esta vez con un Ambassador, típico coche indio, que parece de los años cincuenta. Los indios están muy orgullosos de su coche aunque tecnológicamente esté a años luz de cualquier coche occidental. Este en concreto está algo cascado y es muy ruidoso. El chófer tampoco nos gusta demasiado, conduce demasiado deprisa y mira de soslayo.
En Gwalior visitamos la fortaleza, el palacio y el museo del Marajá.
Continuamos con el Palacio Jai Vilas, que es la residencia actual de la familia real de Scindia. El Palacio combina los estilos de arquitectura Toscana y Corintia. 35 habitaciones del palacio se han convertido en el museo Jivaji Rao Scindia, y evocan el estilo de vida de la corte real. Vivían a todo lujo, como anécdota, una enorme mesa incluye un tren de plata con vagones de vidrio que circulaba por la mesa para servir las bebidas.
Hindú

En la carretera nos cruzamos con un hombre que camina completamente desnudo, ni sandalias, sólo se apoya en una vara. Nuestro chofer nos aclara que es un monje de una secta jainista: los digambaras. Más adelante, en dirección contraria, nos cruzamos con varios que visten completamente de blanco y llevan las cabezas rapadas, deben ser los svetambaras, otra secta de los jainistas. Seguro que celebran algún congreso.
El punto clave del jainismo se resume en su primer mandamiento: "No mates a ninguna cosa viviente; no lastimes a ninguna cosa viviente mediante la palabra, pensamiento o acto, ni siquiera en defensa propia." Para los jainistas no existe, como para nosotros, diferentes clases de vida, todas tienen el mismo valor. Matar un pollo, dicen, es peor que matar una persona, al menos ésta se puede defender.
Al salir de Gwalior, en una de las escasas cuestas del trayecto, se rompe la correa del ventilador y regresamos a Gwalior para cambiarla. En cuestión de una hora estamos de nuevo en ruta.
En Orchha nos alojamos en el Orchha Resort. Orchha es un pueblo muy pequeño y escasean los alojamientos, de todas formas, el hotel tiene todas las comodidades. Por la noche, charlamos con un guardia de seguridad, que nos enseña el hotel. Tienen también tiendas de campaña con baño y ducha incorporada.

22 de marzo, viernes.

Visitamos Orchha y sus Palacios Mogoles. La vista del paisaje desde los pisos superiores es magnífica, al fondo se aprecia el río con sus puentes y los árboles con sus flores de color rojo. De estas flores se fabrica polvo para tinte y para el kurkúm de la frente.
En el pueblo hay algunos puestecitos bien ordenados y limpios para los escasos turistas que se han acercado a esta remota parte de la India. Aquí, por lo visto, todavía existe el oficio de planchadora, que se calienta con ascuas dentro de la plancha.
Seguimos hasta el hotel Usha Bundela de Kajuraho, donde inmediatamente nos instalamos en la piscina.
Para cenar, nos acercamos al restaurante del Jazz Oberoi. El recorrido de un hotel al otro lo hacemos escoltado por una legión de chavales. Algunos hablan bien español; unos lo quieren aprender y otros simplemente pretenden llevarnos a las tiendas de alfombras. El caso es que es imposible pasear tranquilo, no estaría mal si su compañía fuese desinteresada, pero no es así, siempre insisten en llevarnos a alguna tienda, tampoco se les puede reprochar nada, para ellos somos un banco con piernas.
La pobreza en la India alcanza al 95% de la población, sólo un 1% gana más de 1000 euros al año, la mitad de la población es analfabeta y sólo un tercio de la población ingresa las 2000 calorías al día necesarias para una vida normal. Y semejante pobreza parece destinada a perpetuarse gracias a la religión hindú y a su sistema de castas asociado.
De acuerdo con el hinduismo, la calidad de la vida actual de cada uno es el resultado de su buena o mala conducta en su anterior reencarnación. O sea, que según esta teoría, un hombre rico y poderoso lo es porque en sus vidas anteriores se ha portado de manera ejemplar. Y los intocables y las castas bajas merecen su miseria, ya que se han comportado de manera deplorable en sus pasadas vidas. Total, que quien nace en la casta de los intocables debe morir como intocable y comportarse muy bien durante su vida para que la siguiente reencarnación se produzca en una casta superior. Así no hay manera de progresar. Si a todo esto le añadimos una clase política corrupta hasta decir basta, tendremos un país con pocas esperanzas de salir de la miseria, sobre todo, si continuan .

23 de marzo, sábado

Nuestro guía pertenece a la minoría musulmana y quiere saber sobre nuestro país. Nos pregunta que si es cierto que la gente toma el sol desnuda en la playa. Opina que en occidente disfrutamos de demasiada libertad y eso no es bueno. Tiene 28 años, piedras al riñón y está acomplejado porque está calvo, dice que la cabeza despejada no gusta a las mujeres. Sus padres le están buscando novia.
Desde el punto de vista de los orientales, las religiones de occidente son curiosas, ya que se practican de puertas adentro y no entienden que algo tan importante como es la religión no esté presente en todos los aspectos de la vida. Para los musulmanes y los hindúes, la religión les dicta normas sobre su aseo personal, su dieta, su ropa, sus relaciones personales, como plantar un árbol o la orientación de unos urinarios públicos. Lo cual parece más lógico, ya que para ellos sus Dioses son lo más importante. De esta manera se comprende que existan estados gobernados por un consejo religioso, como es el caso de Irán. Anteponen su doctrina a la libertad. Parece complicado saber cual es el método correcto, ya que todos somos juez y parte.
Esculturas eróticas de Kajuraho
Durante nuestra visita a los templos eróticos de Kajuraho, nos encontramos con un español de Cádiz; el tipo va de viajero independiente y como único equipaje lleva una guía del norte de la India. Tiene previsto permanecer cincuenta días en el país, lleva sólo cuatro días por aquí, come en los puestos callejeros y pernocta en hoteles baratos. Su única experiencia en viajes es el Camino de Santiago. Se le ve un tipo sanote y optimista. Que tenga suerte, la va a necesitar.
Volvemos al Jazz Oberoi para comer, de nuevo nos escolta la chavalería. En el restaurante nos encontramos con un grupo de indios de alguna empresa. Tiran del bufé, así que pedimos a la carta. Si el bufé está preparado para ellos está muy claro que la comida no es apta para nuestros estómagos. Usan la mano derecha para comer y se ayudan del Nam para llevarse la comida a la boca. No utilizan el tenedor, la cuchara la emplean tanto para la sopa como para la carne, costumbre común en toda Asia. Comen con rapidez, como si tuvieran hambre. Nos miramos mutuamente con curiosidad.
En Oriente, no utilizan papel higiénico, sino que se limpian con agua – todos los retretes tienen una manguerita o integran una salida de agua a presión – y con la ayuda de la mano izquierda, por eso, la mano izquierda es tabú, no se debe utilizar para tocar la comida ni para señalar a alguien. Los retretes occidentales son considerados poco higiénicos: ¿me voy a sentar ahí, donde se han sentado otros? Prefieren la placa turca.
Algo parecido pasa con los pies, que se consideran la parte del cuerpo más innoble, y no es de extrañar, a juzgar por los sucios que los llevan algunos.
Volvemos a nuestro hotel para tomar el sol en la piscina hasta las cinco. A esta hora nos conducen a los templos jainistas, son muy parecidos a los hindúes, aunque aquí las imágenes eróticas han sido destruidas, no son del gusto de los jainistas, tan castos ellos. Visitamos un templo jainista activo, todas las figuran se representan desnudas. Nuestro guía musulmán dice que los jainistas no comen animales, sólo lo que crece por encima de la tierra pero muchos jainistas son prestamistas y joden al vecino.
El jainismo lo fundó Mahavira (el gran hombre), contemporáneo de Buda, allá por el 550 a.C. Curiosamente es una religión sin dioses, como el budismo. Son ateos, pero creen en hombres justos que han alcanzado la perfección. Sostienen que el universo es increado e indestructible y está dividido en seres vivos y en cosas inanimadas. Los jainistas hacen cinco votos que equivalen a renunciar a matar a seres vivientes, a mentir, a los placeres sexuales y a los vínculos mundanos. Tienen dos sectas: los digambaras, cuyos sacerdotes van desnudos; y los svetambaras, cuyos sacerdotes visten de blanco.
Tras la visita a los templos, nos dejan en lo que parece el centro del pueblo. En cuanto nos bajamos nos vemos rodeados por ganchos que nos quieren llevar a sus tiendas para turistas. Tardan más de diez minutos en comprender que no tenemos ningún interés en comprar. Ni tan siquiera nos acercamos a sus puestos para ver la mercancía. Simplemente con tocar una de las mercancías es suficiente para que traten de vendértela a toda costa y si no, te sacan otra parecida de distinto color o dibujo y constantemente te invitan a entrar a su tienda. Lo dicho: una pesadez.
En una hornacina, sobre la acera, nos topamos con una representación de dos de sus dioses, parece una cuevita con monigotes de trapo, a su alrededor, la gente ha dejado ofrendas. Le pregunto a un paisano que todavía insiste en que veamos su tienda que qué opina de los occidentales que no creen en dioses. Me contesta sin vacilar que esa manera de pensar es infantil, que hay que pensar en algo más, que todo no se puede acabar aquí. Y yo me quedo mirando a sus muñequitos, perdón, dioses...
Regresamos al hotel andando y nunca solos, claro. Dos o tres chavales se nos pegan al lado. El pueblo está celebrando alguna fiesta y hay un mercadillo muy colorista cerca. Nos acercamos. Venden chucherías: brazaletes y pulseras multicolores, muñecos, telas, cacharros, nada que nos pueda interesar. Aquí al menos nos dejan en paz, saben que sus mercancías no nos interesan. Sin embargo, el suelo es de barro y despide un polvo que nos hace difícil respirar, tanto que tengo que sacar un pañuelo para taparme las narices.
Seguimos hacia nuestro hotel. De nuevo nos encontramos con el insistente chaval que a toda costa nos quiere llevar a la tienda de su padre. Es tal su insistencia que accedemos. El tipo es blanco y tiene barbas blancas de chivo. Su principal interés es vendernos alguna alfombra. Nos sentamos en un banco corrido y nos despliegan unas diez o quince en el suelo. Son bonitas y parecen buenas, estilo Cashemira dice, sin embargo, el diseño de los dibujos resulta muy abigarrado, como le digo, irían muy bien en un palacio pero en una sencilla casa con muebles de aristas rectas como son los muebles modernos no casaría una alfombra así. Retira todas excepto una y nos pregunta que si nos gusta esta. Es la más moderna pero aún así, resulta muy recargada. Lo sentimos, pero no nos gusta. El tipo se desespera, parece que empieza a perder los papeles e incluso, le noto algo agresivo. Se lo hago notar y se tranquiliza. Nos largamos sin comprar nada.
Tienen muy pocos artículos que sean del gusto occidental, la mayor parte de las cosas tienen una estética que parece del siglo pasado. Solamente en los emporios para turistas hay cosas más occidentales, pero claro, también el precio es occidental, así que sólo la gente con un gran poder económico puede permitirse comprar estas cosas que después nunca se va a poner.
Visitamos de nuevo el Jazz Oberoi para cenar. No hay mucha hambre, así que nos instalamos al borde de la piscina con nuestra bebida favorita en India: cerveza con gaseosa bien fría. Los de la empresa de pesticidas, todos hombres, están de juerga. Hay un pequeño escenario con luces donde bailan dos chicas ligeras de ropa, - para su estándar - y algo rellenitas. Aquí estar algo gordo es de buen tono, significa buena posición social.
Sunil, el jefe de camareros, que no es tonto, hace que nos sirvan gratis algunas raciones del bufé, un poco de esto y un poco de lo otro, total, es justo lo que queremos: picar un poco. El tipo busca una buena propina, claro.
El ambiente se empieza a caldear, algunos suben al escenario a besar a las bailarinas, otros bailan entre ellos. Un tipo ofrece anacardos picantes a mi mujer, después le invita a cerveza. Hasta los cocineros han salido para presenciar tan erótico espectáculo. Mi compañera es la única mujer entre el público, así que optamos por desaparecer sigilosamente para evitar situaciones incómodas.

24 de marzo, domingo.

Descansamos en la piscina del hotel hasta la hora del vuelo a Varanasi, una de las siete ciudades santas de la India y lugar de peregrinación por excelencia.
Las medidas de seguridad en el aeropuerto parecen muy meticulosas, pero en la práctica son pura fachada. Hay hasta controles a pie de avión. Nos cachean dos veces y la gente tiene que identificar sus maletas antes de entrar en el avión.
En Varanasi nos espera otro Ambassador y Kumán, un guía que habla español. Llegamos al Clarks a las cuatro, cuando se ha cerrado ya el restaurante, así que nos tomamos una pizza muy cargada en el bar. El hotel parece un poco pasado de moda pero aceptable.
Comenzamos la visita de Benarés con el templo Bharat Mata o de la Madre India, donde hay una gran maqueta en relieve de todo el país realizada en mármol. Parece que se construyó para promover el patriotismo y la unidad entre las distintas comunidades del país.
Varanasi debe su nombre actual a dos afluentes del Ganges: el Varuna y el Asi.
Continuamos con la universidad, de un urbanismo muy inglés, grandes y rectas avenidas entre los campus. Vemos también el templo de la universidad y algún otro más.
En el bufé de la cena nos topamos con una cara conocida, no acertamos a saber donde la hemos visto antes, así que tiene que ser él quien nos lo recuerde. Es el representante de Tour Masters que nos recibió en Delhi, el tipo acompaña a un grupo de doce personas, todos indios.

25 de marzo, lunes

Nuestro despertador suena a las cinco y cuarto. A estas horas ya hay gente por las calles. Me sorprende verlos correr por las calles, algunos con ropa de deporte, otros con ropa de calle.
Según nuestro guía, la hora habitual de levantarse son las cuatro y media. Trabajan seis días a la semana, incluso los escolares, excepto los más pequeños.
Empezamos bien, por el camino vemos a gente llevando un cadáver en dirección al Ganges. Cerca de los ghats hay bastante actividad, a pesar de la hora tan temprana. Por indicación del guía, cambio unos billetes por monedas para dar unas rupias a los que sobreviven con las limosnas de los turistas. Están alineados sobre el barandal que conduce al embarcadero, muchas son viudas que al morir su marido se han quedado sin sustento. Antes morían con ellos en la pira funeraria, ahora tan salvaje costumbre ha quedado olvidada. Todo este tinglado impresiona un poco y es auténtico, no hay demasiado montaje comercial en torno a ello. Todavía.
Muchos peregrinos ya están en los ghats, hacen sus abluciones y sus ofrendas florales, algunos se introducen en el Ganges hasta la cintura y rezan. Aquí también hay separación de sexos: hay ghats para mujeres y ghats para hombres. Montamos en una lancha para recorrer todos los ghats.
Varanasi visto desde el Ganges
A lo largo de las orillas, además de los peregrinos, vemos a los que lavan la ropa, extendiendo los coloridos saris sobre las escalinatas.
Presenciamos también una pelea de perros y algunos turistas de aspecto jipi que se desayunan en las terrazas de las pensiones cercanas al río.
Las cremaciones se realizan fundamentalmente río abajo. Hay abundante leña almacenada y muchas cenizas sobre los pedestales de hormigón, seguramente de las cremaciones de ayer. Parece las incineraciones se desarrollan sobre todo por la tarde. No a todos los hindúes se les quema, se libran los niños, que se les entierra.
Kumán nos señala la casa del individuo que tiene la exclusiva del fuego sagrado. Parece que no le va mal el negocio, su terraza está flanqueada por dos enormes tigres disecados.
Recorremos a pié las estrechas callejuelas que ya empiezan a llenarse de gente y de... vacas. Caminar por estas calles es una experiencia imborrable; a cada dos pasos surge la sorpresa. Hay muchos pequeños templos en cualquier rincón y tiendas minúsculas, panaderías, ultramarinos, etc, todo bastante sucio. Tengo la impresión de haber retrocedido en el tiempo unos mil años. En ciertas zonas no se nos permite pasar con la cámara, se las entregamos confiadamente a un chico que nos las devuelve una calle más abajo.
Uno de los templos es problemático y hay una gran presencia policial, parece que tanto los hindúes como los musulmanes lo reclaman para sí.
Nos encontramos con dos extranjeras, una de ellas con un enorme chichón en su cabeza, no sabemos que le ha pasado.
Me marcho con pena de la zona de los ghats, me gustaría recorrer las callejuelas con más tranquilidad, en este hervidero humano, en cada esquina surge una sorpresa. Varanasi no deja a nadie indiferente, la vida y la muerte confluyen a orillas del Ganges.
Por la tarde visitamos Sarnath, lugar muy importante para los budistas ya que fue aquí donde Siddharta Gautama Sakyamuni, el primer Buda (iluminado), pronunció sus primeras enseñanzas (Dharma), en el 532 a.C., a los 35 años de edad. En el siglo I y II, la filosofía budista fue muy popular en India, China, Japón, Corea, Tíbet y Mongolia. Después remitiría debido a invasiones de musulmanes, hunos y otros pueblos, pero hoy en día aún cuenta con millones de seguidores en todo el mundo.
De los monumentos construidos en la antigüedad sólo queda las ruinas de la Estupa Dhamekh.
Sarnath también es un lugar sagrado para los jainistas, su decimoprimer profeta falleció aquí.
Visitamos el Museo de Sarnath, donde se exponen las esculturas budistas descubiertas en las excavaciones. Después vemos el Templo Mahabodhi, cuyas paredes están pintadas con la historia de la vida de Siddharta, el primer Buda.
Pasamos la tarde en la piscina, nuestro hotel está un poco alejado del centro y además el día ha sido algo duro.

26 de marzo, martes

Volamos hacia Katmandú, capital del único reino hindú del mundo: Nepal. De nuevo nos registran de pies a cabeza. Nos piden seis veces la tarjeta de embarque antes de acceder al avión.
Nepal tiene mucho mejor nivel de vida que la India, el tráfico es más ordenado, las aceras son amplias y se respira una mayor tranquilidad, además, todo está bastante limpio.
Nos alojamos en el Yak & Yeti, un magnífico hotel con todas las comodidades, muy bien situado, en una zona muy tranquila, a quince minutos de la Durbar square, y con la habitación más acogedora de cuantas hayamos estado, gracias a la iluminación basada en luces indirectas.
Katmandú
Salimos inmediatamente a la calle. Nos asombramos de no ser asediados por los cazaturistas. Las tiendas de las calles comerciales están muy bien surtidas. Las mercancías que ofrecen no llegan a la calidad de las de occidente pero están cerca.
A esta hora de la tarde, las calles están atestadas de gente, casi es difícil andar, una señorita amablemente nos conduce hasta la plaza Durbar o del Palacio. Cuando llegamos no nos dejan entrar; está tomada por el ejército. Al parecer, hoy mismo han matado a 30 maoístas en la capital y hay algo de jaleo.
Paseamos por los alrededores de la plaza Durbar cuando empieza a llover, nos refugiamos en una pastelería y aprovechamos para comprar unos dulces y té en una tienda aledaña. Después, paseamos por un centro comercial y ya de noche, tomamos un taxi hasta nuestro hotel.
La tormenta lleva truenos y relámpagos, nos recuerda que no muy lejos de aquí se encuentran ocho de los diez picos más altos del mundo. Entre ellos, el Himalaya, el Annapurna y la cumbre del mundo: el Everest ( 8848 m). Dicen que en alguno de ellos se esconde el abominable hombre de las nieves o Yeti. ¡Uuuuuuh! El K2 se quedó en Pakistán.
En Nepal es donde nació el budismo, en el área del reino del Himalaya. Tomó su nombre de su fundador, Buda (el iluminado). No creen en ningún dios, por tanto, no rezan. Toman a Buda como ejemplo para sus vidas. Creen en la reencarnación, como los hinduistas, y por supuesto, tienen que portarse bien para que la siguiente vida sea mejor que la anterior.
A lo largo de la historia de Nepal se han sucedido periodos de budismo y de hinduismo, de tal manera que ahora ambas religiones están tan mezcladas que es difícil establecer límites entre ellas, de hecho, figuras que el budismo considera sabios, han sido transformadas por los hindúes de Nepal como nuevas manifestaciones de sus dioses. Muchos lugares de culto son comunes para budistas e hindúes.

27 de marzo e 2002, miércoles

Durante la dinastía de los reyes Malla, entre el 1600 y el 1700, se construyeron en el valle de Katmandú edificios y templos impresionantes. Katmandú, Patán y Bhaktapur eran reinos independientes y competían entre sí en la grandiosidad de los edificios. Por esta razón, en un área tan pequeña, de 25 x 20 km, se concentra una gran cantidad de palacios.
Celebrando el Phagu Pornima
Nuestro enlace en Katmandú está un poco despistado, el tío no nos ha dicho a que hora nos recoge hoy, así que le llamamos nosotros. Creo que el problema es su dificultad para hablar inglés, le cuesta un horror.
Por fin aparece el chófer y el guía y nos conducen a Patán, la más antigua de las tres ciudades. Esta mañana he tenido diarrea y me he tomado unas pastillas que lo han cortado instantáneamente. El caso es que parte de los efectos secundarios son las nauseas y las empiezo a sentir con gran intensidad. Aunque procuro aguantar el tipo, en el templo de las ratas sagradas – sagradas y grandes como conejos- ya no puedo más, me mareo y tengo ganas de devolver. Me tengo que tumbar. Después de unos minutos de descanso me incorporo pero no veo que mi situación mejore así que nos volvemos al hotel. Anulamos las visitas de hoy y amablemente nos ofrecen el coche con chofer para mañana, aunque no el guía.
Descanso unas horas en el hotel y por la tarde ya me encuentro mucho mejor. Salimos y hacemos algunas compras, cedés de música local y algo de ropa étnica.

28 de marzo, jueves

Hoy se celebra la fiesta hindú Phagu Pornima o “fiesta del color” que simboliza el triunfo de lo bueno sobre lo malo. En India queman piras de fuego y en Nepal se lanzas pintura rojiza unos a otros y también bolsas con agua.
Visitamos Bhaktapur, que literalmente significa ”la ciudad de los devotos”. Muy pocos turistas a la vista, lo que se agradece. La contrapartida es que a menos turistas más pesados se ponen los vendedores de postales, guías, collares, figuritas de madera, puñales, instrumentos musicales típicos y demás, un auténtico agobio que tenemos que aguantar desde el aparcamiento hasta la entrada al recinto medieval. Una vez dentro, la tranquilidad es total.
En Bhaktapur no son sólo interesantes los templos y palacios, sino las casas particulares, que también resultan curiosas por su antigüedad, parecen pequeñas, oscuras e irregulares y muchas tienen los marcos de las ventanas labrados con abigarrados y densos dibujos. Desde luego, la visita merece la pena.
Estupa Swayambhunath
Los chavales andan envueltos en una guerra total, se lanzan agua con pistolas de plástico, con bolsas o con cubos, pero lo peor son los apostados desde las ventanas y las azoteas, que no respetan a nadie, ni a los turistas, que también somos blancos para ellos. Afortunadamente, la temperatura es alta y nuestros empapados pantalones secan rápido. Peor es cuando somos alcanzados por bombas de agua coloreada, mezclan agua y kurkum y el resultado es un líquido rojo cuya mancha no es fácil de limpiar.
Dejamos Bhaktapur y nuestro chofer nos conduce hasta Patán.
Desde luego, los artesanos de la época labraban la madera y la piedra como nadie, con mucha atención al detalle.
Tomamos un taxi que nos lleva hasta la estupa budista de Swayambhunath, de 2500 años de antigüedad. La estupa es un túmulo hemisférico que representa los cuatro elementos de la tierra: tierra, fuego, viento y agua. Sus trece anillos dorados simbolizan los trece pasos del nirvana. Las estatuas de las diosas Ganga y Yamuna guardan la entrada. La vista del valle de Katmandú desde aquí es magnífica.

29 de marzo, viernes

Hemos pasado la mañana por la plaza Durbar de Katmandú y sus alrededores. En un edificio de la plaza reside la diosa viviente Kumari Devi. Es, ante todo, una virgen. No tiene más de cuatro o cinco años y es la reencarnación de la diosa Durga. Por supuesto, la diosa no es una niña cualquiera, el proceso de selección es riguroso: debe pertenecer a la casta Newari Sakhya, no tener marcas o heridas en el cuerpo y responder a 32 señas particulares, entre ellas la de permanecer impasible ante el pánico. Su reinado concluye con su primera menstruación. De ahí en adelante vuelve al mundo de los mortales, a buscarse la vida.
Hoy no se muestra al público, probablemente porque no está programada la visita de ningún grupo organizado.
Pasamos también por la Freak Street, famosa en los setenta por la gran cantidad de jipis que vivieron por aquí, entre ellos, Bob Marley. Katmandu formaba parte de las tres kas, junto con Kabul y Kuta, aquí venían a por heroína y jachís a bajo precio. Ahora sólo es una calle comercial con pequeñas tiendas de recuerdos para turistas y algo de ropa jipi.
Las callejuelas que rodean la zona histórica están repletas de pequeños negocios de todo tipo: ropa, carnicerías, pescaderías, fruterías, ferreterías, cacharrerías, etc, y entre todo esto, pequeños templos que son un remanso de paz. Hay mucha gente en las calles y cuando miro a mi alrededor me veo transportado al medievo. Tiene un no sé qué que me cautiva, me gustaría quedarme en esta ciudad hasta que mi encantamiento se desvanezca.
Tenemos que dejar Katmandú con gran pena por nuestra parte, nos hubiera gustado quedarnos mucho más tiempo y por supuesto, hacer senderismo cerca de los famosos Annapurnas, pero el tiempo es un bien escaso y no se puede estirar.
En el aeropuerto de Katmandú nos hacen esperar casi media hora para sellar nuestros pasaportes con ¡el visado de entrada! No lo hicieron cuando entramos en el país y nos lo estampan cuando salimos. Parece increíble que nos dejaran entrar sin comprobar que lo teníamos.
Luego están los continuos y absurdos controles y cacheos, mero trámite y poca efectividad. Un funcionario me hurga en la maleta mientras habla con otro; no se percata del cuchillo que está a dos palmos de sus narices. Tampoco los rayos X lo detectan. Los pasajeros que han facturado algún equipaje lo tienen que reconocer a pie de avión. Una vez en el avión esperamos una hora por dos pasajeros que se retrasan. En vista del caos reinante, yo, por si acaso, pregunto a las azafatas si realmente este es el avión que vuela a Delhi.
En el aeropuerto de Delhi nos espera Minostra, de Tour Masters. Mi mujer va más cargada que yo, sin embargo, Minostra agarra mi maleta en vez de la suya. Este es otro malentendido cultural: al contrario que en nuestra sociedad, ayudar a una mujer con los bultos o cederla el asiento en un autobús se considera trato vejatorio, es como rebajarla. A nosotros nos cuesta entenderlo, pero así es su cultura. También es frecuente ver a parejas de hombres de cualquier edad pasear cogidos de la mano, y esto se ve como algo normal, todo lo contrario que entre un hombre y una mujer, que se considera una actitud sexual, al igual que el beso entre sexos opuestos.

30 de marzo, sábado

Comemos en nuestro hotel y conocemos a una pareja de españoles que acaban de adoptar una niña de dos años. El hombre está entusiasmado, muy emocionado.
Nos quedamos sorprendidos cuando nuestro guía nos comenta que en Delhi sólo tienen agua corriente una hora por la mañana y otra por la tarde, en invierno tienen más: cuatro horas en todo el día.
Templo del Loto
Hoy el sol arrea de lo lindo. Visitamos la Mezquita del Viernes y el Templo del Loto, una construcción moderna de hormigón muy visitada por los propios indios de otras zonas del país. Una vez dentro destaca su austeridad, no hay ni una sola señal religiosa, sólo bancos corridos, unos micrófonos y unos destartalados altavoces. Lo más divertido es observar a las mujeres indias con sus elegantes saris y sus adornos. Algunas llevan las plantas de los pies pintadas de rojo y a muchas les cuelga la clásica cadenita desde la nariz a la oreja y no faltan multitud de anillos y pulseras, por supuesto. Encuentro muchos paralelismos entre indios y gitanos.
Visitamos también el monumento en memoria de Gandhi, que consiste en una sencilla losa de mármol negro en un pequeño jardín.
India consiguió la independencia en 1947 y se fraccionó en dos: Pakistán, para albergar a los musulmanes y la actual India, para los hindúes, parsís y otros. Nehru fue el primer jefe de gobierno de la India independiente y Gandhi era considerado como un Santo viviente, pero no vivió mucho tiempo más, un fanático radical que no le perdonó haber deseado la integración de los musulmanes, le pegó un tiro.
Torre de la Victoria
A 15 km al sur de Delhi, visitamos la Torre de la Victoria y la Columna de Hierro. La Columna de Hierro presenta la curiosidad de que a pesar de sus 1700 años de existencia no se ha corroído casi nada, los científicos aún no se explican que semejante pureza de hierro se pudiera conseguir en aquella época. Se construyó en memoria del rey Gupta.
La Torre de la Victoria la mandó construir Qutb-al-din-Aibak, un comandante turco que ascendió al trono de Delhi en 1206, para celebrar la toma de la ciudad. Sirvió también de minarete, para llamar al rezo.
Comemos en nuestro hotel y descansamos en la piscina.
Al atardecer, recorremos las tiendas de la plaza Connaught. Hay mucha actividad y también muchas ganas de vender, a pesar de que se ve a la gente muy cansada.
Sin saber cómo, un limpiabotas me hace el viejo truco de ensuciarme el zapato con mierda. El tipo ha sido muy hábil porque nuestra guía ya avisaba de esta treta y estábamos al quite, pero nada. El muy cabroncete me señala el zapato y me dice que me lo limpia gratis, le mandamos a hacer gárgaras y lo limpio como puedo con un papel. Así que, ya sabéis, cuidado con el paso subterráneo de la plaza Connaught.
Mi mujer se prueba unas zapatillas de cuero realmente exóticas, no están mal del todo, sin embargo, casi no tienen tacón, lo cual le resulta incómodo.
Durante los fines de semana, los restaurantes de los hoteles de lujo son frecuentados por familias indias de clase alta. A nuestro lado come una familia con sus hijos, todos con sobrepeso. Se han puesto muy guapos para la cena. En general, a los hindúes les cuesta entender por qué los adinerados occidentales pasean con ropas andrajosas y se comportan como las clases bajas de la sociedad india. Los pantalones cortos, por ejemplo, son símbolo de las castas bajas.
El bufé está pensado para ellos, es muy picante, así que tenemos que pedir a la carta y no hay muchas alternativas: apenas unos espaguetis a la carbonara y poco más.

31 de marzo, domingo.

Hoy está casi todo cerrado, el sol atiza en serio y hay poca gente por la calle. O sea, buen día para pasarlo bajo el aire acondicionado del Museo Arqueológico. Nos vamos andando, que es la mejor forma de conocer una ciudad.
Su contenido resulta interesante, tiene suficientes atractivos para pasar unas horas. Después nos trasladamos en un autorickshaw hasta el restaurante Ming del hotel Taj Mahal. Excelente servicio para una comida simplemente correcta. Pruebo el famoso tofu y cordero en salsa de ostras.
Llegamos a nuestro hotel con el tiempo suficiente para hacer las maletas, nos han ampliado la hora de dejar la habitación hasta las cinco, pero aún tenemos cuatro horas de espera hasta que nos recojan a las nueve para ir hacia el aeropuerto.
En el aeropuerto, de nuevo el caos, no nos sellan las maletas cuando pasan por los rayos X y nos hacen volver de nuevo a pasar por la máquina, etc.
La India es un país fascinante por sus costumbres, historia, gastronomía, manera de vestir, edificios, todo. Uno no para de asombrarse a cada paso que da, en cierto sentido, es como retroceder en la máquina del tiempo. India también te deja un regusto amargo por la inmensa miseria que les asfixia, sin embargo, tiene un poderoso poder de atracción, el 95% de la gente da un sentido religioso a su vida y eso le convierte en un país muy atractivo para los materialistas occidentales.
Ya estamos pensando en volver, quizá al sur, donde según dicen, la civilización aún ha calado menos que en las regiones del norte. Pero antes necesitamos algún tiempo para digerir todo lo que hemos visto.

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