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21 de diciembre, domingo
Viajar a un país caribeño en diciembre es una maravilla, te olvidas de los tristes y oscuros días
del invierno europeo y además ves mundo, que siempre te abre los ojos a otras culturas. Lo difícil es
encontrar a alguien con quién viajar en estas fechas. En España, el sentido religioso de estas
fiestas está perdido por completo, sin embargo, la tradición aún pesa lo suyo y todavía muchos hogares
ven estos días como fiestas familiares más que simplemente vacaciones, por tanto, no es fácil encontrar
compañía, así que como me es muy difícil quedarme en casa disponiendo de quince días libres,
me largo solo sin pensarlo dos veces. A las nueve de la noche empezamos el descenso a la isla
La Española. La temperatura baja desde los –50ºC a 9000 metros hasta los 26ºC al tocar tierra.
Desde el aire llama la atención la escasa iluminación de la capital, Santo Domingo. Cambio todos
los dólares en el mismo aeropuerto a 14 pesos por dólar, sin comisión (eso dice el cartel). Al salir a la
calle noto un golpe de calor, empiezo a sudar, ¡qué gozada! El bullicio de la gente es tremendo, están
todos juntos, apelotonados, esperando a familiares que probablemente trabajan en España y regresan
a pasar las navidades. En cuanto doy tres pasos, los taxistas se me acercan para ofrecerme sus servicios. ¿Cuánto por llevarme
al hostal Nicolás Nader? - 250 pesos. Regateo hasta conseguir 175 pesos. La Avenida de las Américas
que nos lleva hasta Santo Domingo es pintoresca, discurre al borde del mar y está flanqueada
por innumerables cocoteros. La vegetación es tan densa que se diría que estamos atravesando una selva.
El mar rompe con fuerza contra las rocas y los chorros de espuma de varios metros de altura alcanzan
el borde de la carretera. Adelantamos algunos coches que parecen chatarra ambulante. El estado
de la chapa es lamentable, o mejor dicho, lo que les queda de la chapa. Mi taxista conduce un
coche americano enorme y muy antiguo, con el cambio de marchas en la columna de dirección. El firme
de la carretera es bastante aceptable. Ya empezamos, el taxista me la quiere dar con queso: me lleva a un
hotel de nombre Nicolás pero que no se apellida Nader. Está cerrado y él porfía que éste es el que yo
le he dicho. No me convence. Encima me pide 50 pesos más por llevarme a otro hotel. Unos chicos que
pasan por allí me confirman que el hostal Nicolás Nader no es ese y que además se encuentra donde yo
se lo había indicado al taxista. Hombre, ahora se le enciende la luz y me lleva por fin al Nader.
Le doy 200 pesos y me dice que no tiene cambio. El portero del hostal tampoco. Le digo que espere junto
al carro, que voy a buscar a alguien para que me cambie. Son las 22:30 y no va a ser fácil; las calles están
bastante solitarias. El tío capitula: saca 25 pesos y se marcha despotricando contra mí. ¡Qué te den pomada!
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| Calle El Conde de Santo Domingo |
El siguiente contratiempo es la llave de mi habitación: el portero de noche no la encuentra. - No importa - dice - en este hostal la seguridad
es buena. De noche, el Hostal parece lúgubre, antiguo, pobre, poco iluminado y no hablemos de las
calles que me han conducido hasta aquí: los papeles se acumulan en los bordillos de las carreteras y
de las aceras. El aspecto desportillado de algunas fachadas da imagen de guerra. Son casi las doce
y tengo hambre. El portero me indica la dirección hacia el puerto. En el camino encuentro un restaurante
limpio y lustroso: Tu Casona. El propietario es argentino, la cocina cierra a las doce, así que ya no sirven.
Me tomo una Presidente, la cerveza nacional, y arreando hacia el puerto. En el paseo del malecón
la animación es enorme, he coincidido con el Festival del Merengue que se celebra todos los años
por estas fechas. Aquí deben estar todos los adolescentes de Santo Domingo. Cada 200 m. hay grupos
de merengue tocando en vivo y no lo hacen nada mal. En la canción "La mariposa", los
movimientos de las bailarinas son de puro espasmo sexual. A la música de los grupos que tocan en vivo
hay que añadir la que proviene de los coches, muchos chavales abren el portón trasero de su coche dejando
al descubierto enormes altavoces que vomitan más música de merengue a un volumen tremendo, esto parece
la discoteca más grande del mundo. Las marcas nacionales de ron Brugal y Barceló están omnipresentes
patrocinando este sarao musical. Brugal tiene un inmenso anuncio luminoso sobre la ladera de una montaña. Los chicos no
visten nada mal: abundan los pantalones muy anchos, las camisetas de deporte de sus ídolos
estadounidenses, el pelo siempre corto y bien arreglado y la gorrita en la cabeza. Las chicas visten
con pantalones bien ceñidos, tops de generoso escote y zapatos de tacón alto y ancho, el
ombligo siempre al aire. Las dominicanas son guapas, de tipo estilizado, pómulos altos y largos cuellos.
Aguanto hasta las dos y cuando me retiro... me pierdo. Pregunto a un grupo de policías
por el Nader y me piden pesos para un pica-pollo. No cedo al chantaje. Sigo deambulando por
las solitarias calles y en estas que pregunto al menos indicado: un elemento que ha estado en New York
y ha sido deportado: Ronaldo. Tiene un cuelgue encima de ron que no te menees. Apura la
última gota de la botella y la estrella contra un muro. A pesar de todo, parece un buen chico, el
único dispuesto a ayudar y no pedir pesitos a cambio. El tío no se entera, en realidad, cuando me encontré con
él yo iba en la dirección adecuada, de hecho estaba a menos de cien metros de mi hostal, sólo que en ese momento no lo sabía. Andamos durante
una hora. Al final, tras muchos intentos, después de meternos en callejones estrechos realmente peligrosos, de esos
que te encuentras a un tipo fornido guardando puertas que quién sabe lo que hay detrás, se le enciende la lucecita y se da
cuenta que el Hostal Nicolás Nader está cerca de nuestro punto de partida. Yo no iba tan mal encaminado.
Después de reiterarme mil veces que me iba a ayudar desinteresadamente, para mostrarme la amabilidad
de los dominicanos con los turistas, súbitamente cambia de opinión y pide sus pesitos. Le doy 25 y a correr.
22 de diciembre, lunes
A la luz del día el hostal se ve de otra forma, no está tan mal, es una casa colonial restaurada de
dos pisos. Sus paredes hacen de galería de arte. Los techos son altísimos. El patio interior está
lleno de cocos que se alzan en busca de la luz. Tiene diez habitaciones. Algunas con nevera y
televisión. Se construyó en 1502 para servir de residencia a Pedro Alvarado, aunque nunca llegó
a vivir en esta casa debido a sus obligaciones como gobernador de las colonias españolas en
América Central. En 1516 fue reconvertido en convento jesuita y más tarde fue casa de los poetas
Salomé y Pedro Henriquez Ureña. En 1973, Nicolás Nader lo remodeló y lo convirtió en Hostal.
El desayuno cuesta 50 pesos, o sea 3.57 dólares, e incluye dos huevos fritos, pan de molde tostado,
mantequilla, mermelada, café con leche y jugo. Por supuesto, hay que armarse de paciencia, aquí,
el ritmo de vida es más lento. No hay problema, estoy de vacaciones. Para las diez ya ando
en la calle. Aunque no he dormido mucho aún no estoy cansado. El día es caluroso pero natural.
Me dirijo a la Catedral Primada por El Conde, calle comercial por excelencia de Santo Domingo.
No me dejan entrar, llevo pantalones cortos. Aquí también gastan estas tonterías.
En un banco, a la sombra de los árboles del Parque Colón, escribo estas líneas. Parece que los
cazaturistas me dejan en paz. Sólo dos niños se me acercan para pedirme dinero. Se han
aprendido fonéticamente el "uer-ar-yu-from". Por aquí se ve mucho turista. Por la forma de vestir
y la cara se adivina su procedencia. Los guías turísticos parlan de todo: inglés, francés, italiano,
alemán, lo que les echen con tal de sacar unos pesitos. Ahora se me acercan cinco pequeños
limpiabotas con su uniforme y todo. No tendrán más de doce años. Los chavales porfían. ¿Pero qué
coño me van a limpiar si calzo jaguayanas?
Bajo hacia el malecón. En el camino me encuentro con
McDeal Rent a Car. No les queda ni un solo coche. Me temo problemas. Habrá que dedicarse al tema
del alquiler del coche cuanto antes. El calor se hace más pesado. Para comer me paso por
El Cantábrico, según mi guía es un restaurante frecuentado sólo por dominicanos. Pensaba que sus precios
serían populares, pero ya, ya.... Pido un mero relleno de mariscos
que no llega ni a la categoría de plato combinado. Un desastre. Por lo menos el aire acondicionado
me deja como nuevo.
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| Puesto callejero de fruta |
Me siento a la sombra en un banco del Parque de la Independencia
a observar al personal. El tráfico es sumamente ruidoso. Constantemente hacen sonar la bocina.
La razón es que no utilizan los intermitentes y puesto que los cambios de carril se hacen de forma
brusca se llama la atención de los coches que circulan en paralelo sonando el claxon. Es como decir:
¡Cuidado tío, que estoy aquí! Los conchos son chatarra en movimiento, uno se pregunta
cómo es posible que aún circulen y encima llevando a 15 ó 20 personas. Están destartalados. Muchos
no tienen ni puertas, ni luces, ni parachoques. La carrocería está corroída en un 40 por ciento, y aún así
funcionan.
Por la calle hay numerosos puestos con fruta. Envueltos en un papel de plástico transparente venden media
pulpa de un fruto que no reconozco, aquí le llaman lechosa, parece melón pero de color rojo, compro uno y... ¡coño, si es papaya!, la mejor que
he probado nunca, llena de agua y muy, muy dulce. Para las tres vuelvo al hostal, parece que mi cuerpo me pide
siesta. A las nueve me acerco al malecón. Apenas hay gente. En un parque
hay un escenario, altavoces y muchas luces, pero esta noche no parece que se vaya a organizar nada.
Continuo andando hasta la zona de los hoteles. Aquí está el Renaissance: tiene buena pinta por fuera,
sin embargo no es caro. La movida será los fines de semana; los laborables, el malecón está bastante muerto.
23 de diciembre, martes
Intento llegar a pie a la agencia de alquiler de Toyota, me meto por la Duarte hacia arriba, hasta la 27 de Febrero y alucino:
es calle comercial y aquí debe estar concentrada en pocos metros toda la población de Santo Domingo.
La cantidad de personas por metro cuadrado es impresionante, lo nunca visto. Las aceras son estrechas
y a su vera hay vendedores ofreciendo de todo: fruta, comida rápida, relojes, revistas descoloridas,
zapatos, juguetes, bebidas, etc. Los establecimientos están llenos. Hay que caminar por la carretera;
la acera es impracticable. La cantidad de gente es tal que los coches están literalmente rodeados por
la muchedumbre, no comprendo como circulan. En los cruces, el agobio se intensifica. Los guardias de
tráfico pitan su silbato constantemente, los carros también. Y el sol aprieta. La cantidad de vida y
movimiento a mi alrededor me marea, supongo que tendra que ver con las fechas cercanas a la Navidad. Al llegar a la 27 de Febrero el gentío remite. He andado mucho
pero no hay rastro de la Toyota ni de ninguna otra, esta calle es larga de narices. Cuando pregunto,
la gente no lo conoce. Tomo una determinación: volver al hostal en taxi y llamar desde allí a las agencias
de alquiler. En el hostal, un español ha tenido la misma idea y está llamando a las agencias
de alquiler. Me dice que sólo American International tiene dos coches libres. Si los queremos tenemos
que dar nuestros nombres e ir hacia allí inmediatamente. El alquiler es algo caro: doce días por
685 € con una franquicia de 1500 €. No es ninguna ganga, pero esto
es lo que hay, se toma o se deja. Yo lo tomo. El coche bien merece una descripción: la joya que he alquilado es un Toyota Tercel con 138000 km, le falta el manguito del agua del
radiador. Tengo que esperar; han ido a por él. Es de color rojo. Todos los cristales excepto el delantero
son negros. Por la noche sencillamente no veo nada a través de ellos, sólo las luces. Los asientos están
muy gastados por los bordes. Parte de los parachoques delantero y trasero están unidos a la carrocería
mediante tornillos. Todo el conjunto de las luces traseras de la izquierda se mueve visiblemente con la
mano. Los rayones laterales son numerosos. Bollos pequeños; unos cuantos, hasta en el techo. La dirección
hace ñec, ñec. Al arrancar cada mañana, se despereza al de cinco o seis intentos,
cada día necesita uno más. Mucho suspense: ¿será hoy cuando me deje tirado? El cambio automático es tímido
cuando cambiar a a segunda, sobre todo al subir cuestas. Los amortiguadores son muy blandos, me supongo que no se han cambiado
nunca. La carrocería oscila más de lo normal, desde luego, no se pueden tomar curvas a buena velocidad. A veces, al arrancar,
se oye un silbido como si el motor de arranque siguiera enganchado. Hay que parar y volver a arrancar. La puerta del conductor
sólo se abre desde el interior, por tanto, cada vez que quiero cerrar el coche debo entrar desde el lado derecho y cerrar desde
dentro la puerta izquierda. Con todo, no va mal del todo: en línea recta y a ochenta el motor suena bien. Las ruedas se inflan
a ojo; ninguna gasolinera tiene el manómetro del compresor bien tarado. Toda una máquina de matar por 800 pesos diarios.
Mientras llega el taxi que nos llevará a la agencia de alquiler charlo con su compañera Inés. Es gallega, se nota en
cuanto abre la boca. Son aficionados al surf y han venido con las tablas. Habían encontrado un pick-up en una agencia pero al llamar la segunda vez,
apenas cinco minutos más tarde, ya había volado. Se tendrán que conformar con un Festiva y comprar una parrilla para transportar las
tablas. Su primer destino es Barahona, donde según dicen, apenas hay infraestructura turística. Después darán una vuelta por el norte del país, sobre todo por la
zona de Cabarete, donde dicen que las condiciones para surfear son inmejorables. Vamos juntos a recoger los coches. En la agencia
encontramos a dos chavales de Ibiza. Apenas tendrán 22 años. También han venido a surfear. El más hablador es rubio, melena recogida
en una coleta, perilla y muy delgado. Están alojados en Puerto Plata y han venido hasta Santo Domingo porque les han dicho que los coches
aquí son más baratos. Parigual. Les acompaña una negrita preciosa que no tendrá ni 20 años. Los tíos nos anticipan lo que
encontraremos en la zona norte: las magníficas y solitarias playas y la esquizofrénica manera de conducir de los dominicanos. Nos previenen del mar:
es peligroso. Uno de ellos ha estado a punto de palmar. La resaca se lo llevaba mar adentro y no acertaba a ganar la orilla. Dario e Inés tienen
problemas con el límite de su tarjeta de crédito y tienen que volver al hostal a por otra. Les llevó en mi flamante carro. Antes, intentamos inflar las
ruedas en una estación de servicio y llenar el depósito. Ni Dario ni yo entendemos el manómetro, Inés nos quita la manguera de las manos e infla
las cuatro ruedas a ojo en un pispás.
Para comer me recomiendan El Mesón de Bary, cercano al hostal. El mesón resulta genial: ambiente intelectual, buena decoración y mejor comida.
El bistec encebollado está delicioso. Según salgo bien satisfecho y tocándome la barriguita, me encuentro de nuevo con Inés y Dario. Van en un
cochambroso taxi a recoger el coche. Me invitan a ir con ellos a Boca Chica; Inés tiene hambre de mar. El taxi tiene dificultades y nos deja tirados en El Conde. Se vende.
Le empujamos para parquearlo y tomamos otro.
Recogemos el coche de alquiler de Dario e Inés: un Festiva rojo con solo 40000 km. ¡Qué envidia! Inés conduce, tiene veintisiete años y es maestra.
Ha viajado mucho por Sudamérica, por Bali... Cuenta sus andanzas con vehemencia. Cuando era pequeña le encantaba reventar lagartos
y sapos haciéndoles fumar cigarros. En nuestro camino hacia Boca Chica cruzamos los arrabales de Santo Domingo: miles de chabolas en su
mínima expresión, casetas de tablas y tejavanas. La pobreza espesa el aire; la basura les inunda. No hay caminos entre las chabolas, sólo cloacas
de líquido negro. En el peaje de la autopista hay guachimán con pistolón para guardar la recaudación.
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| Playa de Boca Chica |
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La playa de Boca Chica tiene arena blanca y palmeras que se extienden casi hasta el borde del mar. Es algo tarde, la mayor parte del personal se ha marchado, pero
aún quedan muchos vendedores de baratijas en busca de guiris.
Inés es la primera en probar el agua. En un santiamén se planta en la barrera de coral. Le seguimos Dario y yo. La arena es blanca, el agua cristalina y la temperatura del agua es estupenda. Buen sitio para pasar el invierno, pardiez. Tomamos una Presidente en una terraza y volvemos al hostal para cambiarnos y cenar en el Mesón de Bary.
Teníamos pensado acudir a ver bailar son pero a Dario le da el bajón del cambio de horario y nos retiramos a dormir.
24 de diciembre, miércoles
Para las seis ya amanece. Me encantan estos amaneceres tan luminosos del Caribe.
A las nueve y media ya estoy en la carretera. Me cuesta salir de Santo Domingo. Los carteles con los nombres de las calles son además de escasos,
pequeños y muchas veces se camuflan con la publicidad. En cuanto se abandona el centro de la capital sencillamente no existen. En cada bifurcación
o glorieta tengo que bajarme del coche y preguntar. La forma de conducir de los dominicanos es terrorífica. Los adelantamientos se realizan por la derecha o por
la izquierda y la velocidad de los que disponen de un coche normal es irracional. No tienen la paciencia
necesaria para esperar el momento oportuno de adelantar; utilizan muy poco el freno. En la autovía hay gente que la cruza constantemente, ya sea a pié,
en ciclomotor o en automóvil. Muchas veces circulan por el arcén en dirección contraria. Mis intermitentes no sirven de nada, jamás me ceden el paso cuando
quiero cambiar de carril, me lo tengo que ganar. Otra cosa que me pone de los nervios es que el 90% conduce con las largas durante la noche. Y los que no tienen
ni una sola luz no se quedan en casa. Afortunadamente, una vez en la autopista, el tráfico es muy escaso.
A lo largo de la carretera el espectáculo humano no deja de asombrar al foráneo. Hay gente por todas partes. Los puestos de fruta y de refrescos abundan; muchos
y minúsculos. Aquí, Pepsi le ha ganado la batalla a la Coca-Cola. Mi próximo destino es Jarabacoa y sus cascadas. En la autovía no hay cartel que lo indique,
así que paro en un colmado para refrescarme y preguntar. Cuando intento cerrar el coche me doy cuenta que la cerradura de la puerta del conductor no funciona; tiene aspecto de haber sido forzada. No importa, se cierra desde dentro y en paz. En el colmado, la música de merengue está omnipresente. El volumen es tal que el sonido sale distorsionado. Los altavoces tendrán más de medio metro de altura. No sé de donde los sacan pero
tienen buen aspecto. Me resulta extraño estar en medio del campo, a las doce del mediodía, preguntando a grito pelado a la señora de la frutería la dirección
para Jarabacoa. Me dicen que me he pasado, tengo que volver atrás 4 km y tomar la
primera desviación a la derecha. A las orillas de la carretera venden mucha comida, es muy habitual el cochinillo, que se muestra empalado y asado. Los hay
por todas partes y de todos los tamaños. La naturaleza en Jarabacoa es un prodigio. Se trata de un valle rodeado por montañas. La vegetación
es exuberante. Hay un parque nacional y campos de golf y muchas casitas adosadas de ladrillo, parece una colonia de vacaciones para dominicanos. El centro de
Jarabacoa tiene muy buen aspecto. Mucho restaurante y tiendas de recuerdos. Todo muy limpio. En un supermercado compro una botella de ron Barceló añejo.
Pregunto por el
camino hasta las cascadas y más o menos me orientan. La carretera se vuelve forestal, así que aparco el coche frente a unas minúsculas casas de madera y me
dispongo a caminar.
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| Salto de Baiguate |
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Intento llegar al Salto de Baiguate. No hay ni un mísero cartel que lo indique. A la salida del pueblo, en un diminuto colmado, compro un botellín de Pepsi de medio litro, hacía tiempo que no veía semejante tamaño; el precio:10 pesos y si regreso el envase me devuelven algo. Después de muchas vueltas y preguntas parece que estoy en camino. Le pregunto a un paisano que da de comer a las vacas, me dice que sí, que más adelante está, que está muy cerca. Pruebo por caminos más estrechos, sigo por el principal y nada, no lo encuentro. Por fin, oigo el ruido de una cascada que me indica que cada vez estoy más cerca. Por todas partes hay canales de agua cristalina que discurre a buena velocidad. Por fin llego al famoso salto. En sus cristalinas aguas me encuentro a varios mozos bañándose en bolas. No se inmutan cuando
me acerco. Tienen aspecto de esperar divertirse ante mi asombro por su desnudez. Lo tienen claro. La poza donde se bañan invita a probar el agua, así que sin pensármelo dos veces me despeloto yo también y me baño con ellos, los tipos se ríen las muelas, no se lo esperaban. El agua está más fría de lo que pensaba y no aguanto más de ocho minutos. Mientras me seco al sol charlo con ellos. Al parecer, el objetivo del baño
no es lúdicro, sino higiénico, no tienen ducha en casa y usan el río para asearse. Las chicas frecuentan otra zona del río diferente a la de los hombres. Desde luego, la caminata para llegar hasta aquí ha merecido la pena: el silencio, el sol llevadero, la brisa, las zancudas que comen en los campos, las suaves curvas del camino y el chapuzón final. La belleza de esta zona me asombra.
Contrasta mucho ver las rollizas vacas, las huertas impecablemente cuidadas y ordenadas, con el tamaño y estado de sus viviendas, aunque
muchos empiezan a sustituir las paredes de tabla por bloques de hormigón. A pesar de su pobreza, su ropa siempre está limpia.
Después de visitar el salto de Baiguate me dirijo a ver otro, el de Jimenoa. Lo visito solo, no hay ni un solo turista, supongo que será por las fechas en que estamos.
El lugar está bien montado. Han instalado un sistema de puentes en catenaria muy divertidos de cruzar. La clave está
en variar la frecuencia del paso para que la amplitud de la oscilación no se sumen. El salto estaría bien si no fuera porque más del 60% del caudal
se desvía hacia una pequeña central hidroeléctrica.
Jarabacoa está visto, sigo mi camino hacia Puerto Plata. Santiago no tiene interés. Tengo que preguntar constantemente dada la ausencia de
señalizaciones, pero no hay problema, la gente es solícita con el turista.
Conducir de noche es un poco delicado: casi todos los vehículos circulan con las luces largas y no hay señalización sobre el asfalto, tampoco iluminación. Afortunadamente, el firme es bueno y la carretera es ancha.
Una constante en mi recorrido por las carreteras del país son los policias que te paran en la autopista para
nada, ni tan siquiera te piden los papeles, simplemente te hacen una seña para que pares, te preguntan
con un amplia sonrisa que a dónde vas y poco más. ¿El objetivo? Siempre terminan pidiendo unos pesitos
para una cerveza o para un pica-pollo. Lo mejor es hacerse el loco y no parar. El país es tan pobre que los
policías no tienen ningún vehículo para seguirte, ni coche, ni moto, ni patinete.
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| Familia al completo en moto |
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Paro en una gasolinera para preguntar y repostar. El merengue suena a un volumen infernal, de nuevo tengo que gritar para hacerme entender.
Llego a Puerto Plata para las 21:30. Pruebo a buscar alojamiento en el complejo vacacional Playa Dorada. Por la noche no puedo percibir bien las
dimensiones del lugar, pero parece enorme. Está completamente protegido por vallas metálicas y muros de piedra. El guachimán de la puerta
me deja pasar. Dentro, las instalaciones son de lujo, todo muy cuidado, césped cortadito e iluminación ambiental por doquier. Los precios son
más altos de lo que yo estoy dispuesto a pagar: 72 € por noche y encima no se puede salir a partir de las ocho. Un gueto para
parejitas en luna de miel. El vigilante me aconseja el hotel Montemar. Tengo suerte y en tres minutos doy con él. El hotel está más
que bien. Magníficas y amplias habitaciones, con moqueta, aire acondicionado, televisión y pequeña sala de estar. Todo por 350 pesos.
Bajo al restaurante, todo para mi solo, no hay un alma. El pollo al limón está delicioso y las papayas, melón, sandia y piña del postre,
inmejorables. El jumo que agarro con las dos President es de las que hacía tiempo no recordaba. ¡Excelente cerveza, esta President!
25 de diciembre, jueves
Da pena marcharse de este hotel, es barato, limpio y la piscina rodeada de vegetación tropical invita a coger una tumbona y
olvidarse del mundo. Sosúa es un pequeño pueblo turístico que casi podría pasar por uno del Mediterráneo. Los
menús están en inglés y alemán, con eso está dicho todo. Cabarete es más de lo mismo, además hace mucho viento.
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| Colmado |
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Después de Cabarete la carretera se estrecha pero el firme sigue siendo bueno. En Gaspar Hernández tomo un refresco y
repongo agua en un colmado. El dependiente es un muchacho de unos 20 años que no le da la gana hablar en español,
prefiere el inglés, lo está aprendiendo y quiere practicar. Playa Caletón está llena de dominicanos y de críos gritando,
necesito más tranquilidad. La playa Laguna Grande colma mis expectativas. Es una playa de 2,5 km de larga y unos 90 m
de ancha. La gente está situada en los extremos de la playa, así que no hay ningún problema para tomar el sol desnudo en el centro.
El oleaje es muy agresivo, no apto para el baño. El mar tira para adentro con fuerza. La experiencia de los chavales de Ibiza me
aconseja prudencia y apenas avanzo 4 m ya noto la violencia de la resaca. La temperatura es sumamente agradable, corre la brisa
y la arena es excelente. Sigo adelante por una carretera apenas transitada, de magnífico firme, con cocos a ambos lados y que
discurre paralela al mar y a la playa. El paisaje es de sueño. La infraestructura turística nula. Pernocto en Nagua.
Nagua es un pueblo inmensamente ruidoso. Los motoconchos circulan por todas partes, y a toda velocidad. El ruido es insoportable. La gente en vez de hablar, grita. Los bares vomitan merengue constantemente a un volumen irracional. No hay manera de hablar
con un dominicano sin escuchar de fondo la vorágine del merengue. Se diría que necesitan la música tanto como la sangre que corre por sus venas. Todo el país es una inmensa discoteca. Encuentro una pensión por 150 pesos al día, con parqueo incluido. Ceno un más que aceptable pollo al carbón en el bar más limpio y moderno de la ciudad. Parece increíble pero me cuesta una barbaridad
hacerme entender, no consigo que el empleado me diga en que consiste la preparación al carbón. El ruido aquí es también frenético, no consigo librarme de él. Acompaño el pollo con jugo de limón, que en realidad es lo que nosotros llamamos lima, y es exquisito,
después pruebo el de chinola, bonísimo también. Al volver hacia mi hotel, me llama la atención una aglomeración de gente y el ruido
de unos tambores. Allá voy. Se trata de majoretes. La juventud de las niñas contrasta con los movimientos absolutamente
sexuales: se tumban sobre la espalda con las piernas dobladas hacia atrás y mueven espasmódicamente la pelvis hacia arriba.
Más sexual imposible. Y no hablemos de la gracia con la que mueven el trasero. En cualquier otro país la entrenadora de estas majoretes estaría en la cárcel por incitación al escándalo público. Detrás del hotel alguien tiene la música de merengue a tope,
a ver cuando lo deja. Son las 23:58. Lo que tengo claro es que después de este viaje sabré reconocer perfectamente un merengue haya donde lo escuche.
26 de diciembre, viernes
A partir de Nagua la vegetación se hace aún más frondosa. Las hojas de los árboles son gigantescas. Es una sensación curiosa, parece
que uno hubiera disminuido de tamaño. Al entrar en la península de Samaná la carretera se empina más de lo esperado. Aquí no se han preocupado de hacer desmontes y terraplenes, con lo que empinadas cuestas suceden a pendientes vertiginosas. Muy divertido. Los ojos me empiezan a doler ligeramente por el sol. Paro en el primer bar entre subida y bajada. Parece cerrado. Dicen que disculpe, que aún no han limpiado.
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| Playa Las Terranas |
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Me sacan una silla y una adolescente rechonchita agarra otra y se sienta a mi lado. El jugo de limón tarda, habrán ido a coger la lima del árbol, digo yo. Otra mulata aparece con un balde lleno de colada. Parlo un rato con ellas. Se
asombran de que siendo español esté sin compañía femenina. Me aconsejan que me acerque esta noche por aquí,
que ellas me conseguirán una chica. La playa de Las Terranas es Jico Claro y es otra magnífica playa típicamente paradisíaca: arena blanca, agua cristalina y cocos hasta el borde del agua. Paz y silencio. Por fin, ni asomo de merengue
por ninguna parte. Eso sí, cada 20 minutos hay que zambullirse en el agua para refrescar mi cuero, el sol atiza fuerte.
Pregunto por las ballenas al dueño de un hotel donde intento pasar la noche. Aún no han llegado. Lástima. Intento llegar a Samaná por El Limón antes del anochecer. Me dicen que la carretera es mala, alterna tramos malos con
tramos peores. Lo que no me dicen, probablemente porque jamás han ido por ella, es que el noventa por ciento no está asfaltada, sino que es tierra, y que las escorrentías han deformado tanto el firme que sólo es transitable para todo-terrenos. Aún así llego
hasta El Limón, un pequeño pueblo de chabolas, por supuesto, sin agua ni electricidad, donde las casas y sus habitantes se confunden con el color de la tierra. No quiero ni pensar lo que será esto cuando llueva. Imposible conducir los 20 Km.
que me separan de Samaná con este firme. Doy la vuelta. En Las Terranas me alojo en las cabañas de madera Santa Klaus.
Todas las camas de los hoteles tienen una red alrededor para mantener a raya a los mosquitos. Las ventanas también tienen una
malla muy tupida, sin embargo, hasta ahora no he visto ni uno solo, probablemente serán más abundantes en verano. Ceno al lado de la playa, en Casa Pepa, propiedad de un madrileño con patillas de rocabili y parche en el ojo. Las langostas a la plancha no son nada del otro mundo, me recomiendan la langostina para la próxima vez. Esto está lleno de canadienses francófonos. El moderno supermercado donde compré jugos esta mañana también estaba regentado por francoparlantes
y una camarera que me atendió en un bar también hablaba en francés. Después de cenar paseo por la playa. La noche es
perfecta: la temperatura de unos 23ºC, el mar en calma, lucecitas de navidad en los cocos de la playa y el cielo completamente
despejado y lleno de estrellas hasta el horizonte. Impresionante...me encanta. Los jadeos, gemidos, bufidos y resoplidos de
la pareja de la habitación de al lado se oyen como si los tuviera en mi cama. Vaya morbo que tiene esto de ser voyeur de oyente.
27 de diciembre, sábado.
En las cabañas no dan desayunos así que paro en un pequeño colmado de la carretera a ver que tienen. El colmado
es como un pequeño puesto de helados donde sirven cuatro refrescos y algún bocata de jamonada. La gordita chavala
que me atiende me saca una silla y me la pone al lado de un banano de enormes hojas. Antes de prepararme los bocatas de
jamón y tomate, desaparece en la espesura de la selva y vuelve a aparecer con un gigantesco radiocasete. Esta vez no es
merengue, sino bachata y el volumen sigue siendo demencial. Mientras aguardo a los bocatas me entretengo observando
la vida que bulle en la carretera. La gente carece de medios de transporte y tiene que caminar para desplazarse. Muchas mujeres
llevan cargas de todo tipo sobre la cabeza en equilibrio milagroso. El trasiego de bidones de agua es constante. Casi siempre son
las mujeres las que hacen los trabajos más duros. La cinta que está sonando cada vez me gusta más, las canciones son lentas
y sencillas, la instrumentación muy básica y los punteos de la guitarra lideran la melodía. Las sílabas se alargan y parece que vinieran
montadas en cada golpe de aire caliente. Pregunto a la chica por el nombre del cantante. - Es bachata, la última de Antony Sánchez, el Mayimbe -, me asegura. Guardo mentalmente este nombre. La República Dominicana, además de ser la cuna del merengue, es también la tierra de la bachata, un género que me recuerda el bolero y el reggae jamaicano. Su origen está en la década de los 30 y mientras que en Cuba se conoce como bachata una juerga en el campo, los dominicanos la llaman "la canción del amargue", una música relegada a las capas marginales. Lo que más me gusta de la bachata es ese sonido limpio de la guitarra. Desde el primer instante que escuché esta música me dejó prendado, más por el tratamiento de la guitarra que por los textos, que me parecen demasiado edulcorados y simples. Mis intentos por encontrar partituras para tocar bachata con la guitarra han sido vanos. Si alguien me puede indicar como encontrarlos se lo agradeceré eternamente. Otro ritmo popular en el norte es el perico ripiao, aunque este es menos popular en el extranjero. La vista desde el mirador de Anthony´s Place es espectacular. El coco es el árbol por excelencia en Samaná y da alegría al paisaje. La pendiente desde Las Terranas a Sánchez es de aupa. Me detengo para no calentar los frenos. Aprovecho para darme protector solar en los hombros, el sol pica fuerte. La playa de Samaná no es
gran cosa. Hay cuatro adolescentes bañándose y cantando: “Tengo una puta que se acuesta por dinero...”.
Me llaman la atención los Cayos unidos por puentes de hormigón. Hacia allí voy. Bajo a la playa de uno de los Cayos y un pelícano planea y baja en picado a engullir un pez. En las orillas de los Cayos se acumula la basura. Enfrente de mí se encuentra
Samaná y a pesar de que estoy a más de un kilómetro y medio, la música de merengue se escucha desde aquí. Sudo por todos los poros de mi cuerpo, así que en la terraza de un pequeño bar tomo un jugo de limón y una Presidente. Al oírme hablar, la camarera me pregunta que si soy suizo. No lo entiendo, hablo español y generalmente me entienden, ¿a qué viene eso de que si soy suizo, italiano o francés? Al parquear en el malecón se me echan encima los cazaturistas. Me ofrecen excursiones a Cayo Levantado, al Parque Nacional de los Haitises, a saltos de agua, etc. Cayo Levantado es una pequeña isla con algunos hoteles y seis playas, no me interesa. El parque de los Haitises es otra cosa. La excursión sale mañana a las ocho y cuesta 400 pesos. El negrito me quiere llevar a ver el salto de Indiana Jones. Debe ser un salto de reciente creación por el nombre que le han puesto. En la playa de La Goleta se está de cine. Muy poca gente y de nuevo arena blanca, cocos y un mar limpio y cristalino. Hay un estanque de color casi negro pero de aguas limpias, parece como si fuera agua rica en hierro. Los cangrejos de la playa hacen
agujeros en la arena y se mueven con una aceleración impresionante. Por aquí hay gente recogiendo cocos. Por cierto, cuando uno parquea el coche o se tumba en la arena hay que andarse con ojo donde lo hace, si te cae un coco en la cabeza, la doblas.
Me instalo en el King de Samaná por 200 pesos. En un restaurante francés pido unos boquerones y una buena chuleta. El camarero me trae camarones en vez de boquerones. El camarero es un tranquilo negrazo alto, delgado y cuarentón, camina como escocido, ¿la razón?: un amigo le ha traído unos zapatos de Haití baratísimos, aunque tienen un pequeño problema, son dos números más pequeños. El caso es
que está probando a ver si a base de ponérselos, sus pies se hacen a los zapatos. Qué ocurrencias tiene el gachó. El vino chileno me deja fuera de combate, agarro un jumo impresionante y eso que no soy de los que apuran la botella. Si sobra, me la llevo, que es mía. El caso es que no llego ni al hotel, tengo que dormirla en el coche; dos horas transpuesto. Después, me paso por la terraza de La Rotonda a ver bailar
a los prietos. Aquí la música no es tan estridente como en Santo Domingo, incluso hay bailables lentos para moverse con tu flaca bien prieto. Habrá que mercarse algún compacto de bachata y merengue, algunas melodías están logradas. Las chicas llevan unos modelitos de quitar el hipo. ¡Vaya mamacitas!
28 de diciembre, domingo
Ayer me acosté a las cuatro, así que hoy no me he levantado a tiempo para embarcar hacia los Haitises, a pesar de que he llegado a
las nueve al puerto. Pregunto a las camareras que me sirven el desayuno por las playas de Cayo Levantado, no parecen muy entusiasmadas, pongo
pues de nuevo rumbo a La Goleta. Antes de llegar tomo un desvío con rumbo desconocido. El paisaje aquí es todavía más espectacular. A la
vegetación típica de palmeras hay que añadir las montañas. También hay otro tipo de palmeras que crecen en la paredes
verticales, son muy delgadas y altas y tienen pocas hojas en la coronación. Las raíces están casi al descubierto. También hay cuevas
y oquedades por todas partes. La tierra es rojiza y las casas están coloreadas de rosa y añil. Parece un paisaje digno de una
película de King Kong. Ceno en la playa de La Goleta, en un chiringuito de madera montado por los lugareños. El pescadito está
más que bien. Las peleas de gallos son muy populares en el trópico y aquí no podían ser menos, los sábados y domingos se ve a muchos
hombres por la carretera con su gallo debajo del brazo camino de las galleras.
29 de diciembre, lunes
Como me temía, no hay excursión a Los Haitises. Un dominicano, el mismo que me abordó los dos días anteriores, me recomienda que me llegué a
Sánchez y contrate la excursión allí. Así lo hago, Sánchez es el pueblo más sucio que he visto en mi vida. Sin embargo, el bar de Amilka
Tours está impecable. Ya han salido dos excursiones esta mañana y a las 10:30 esperan a cuatro españoles que vienen desde Puerto
Plata. Espero. Llegan a las once. La excursión cuesta 450 $RD. Partimos a toda máquina hacia Los Haitises. El guía es un apuesto
mozo de unos 26 años que bien podía pasar por modelo. Me saluda con un: ¿qué tal le va, doktol? El viaje en la lancha dura más de
media hora. La lancha golpea con fuerza en las olas, asombrado me quedo de que no se rompa en mil pedazos.
Ante todo, Los Haitises es una reserva cinegética. En los manglares, anidan las tijeretas, pelícanos y otras especies. Vemos unas cuantas
cuevas: la de La Línea, la de San Gabriel y alguna otra. Están mal conservadas, cualquiera puede entrar en ellas y hacer todo tipo de pintadas.
Junto a las representaciones de danzas y de animales originales se ven otros dibujos más contemporáneos y de contenido más irreverente.
A veces, como en la representación de un indio con cara enojada, duda uno si se trata de una pintura original o de la pantera rosa con cara de pocos
amigos. Total, tres horas entretenidas y diferentes. Aquí sí que hay mosquitos, se hace necesario una buena rociada de insecticida por las piernas.
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| Parque Nacional Los Haitises |
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El viaje de vuelta sí que es divertido. La mar está algo agitada, nada más recorrer unos metros, un ola nos moja más de lo habitual. El timonel
para la lancha y nos pregunta si queremos impermeables. El único cobarde soy yo, me lo pongo. Al de cinco minutos, el oleaje se intensifica.
Todos los demás piden ahora el chubasquero, pero ya es tarde, están empapados. El mar cada vez se agita más y el cielo se oscurece.
La cantidad de agua que cae sobre nosotros en cada golpe de ola empieza a ser ligeramente preocupante. El silencio en la lancha es total,
nadie rechista. Además, cada golpe de la lancha contra las olas es un golpe para nuestros traseros. Total, he salido cansado de la aventura.
Los demás se quedan a comer, a mí me esperan las playas del este y no hay otra forma para llegar hasta allí que atravesar Santo Domingo.
¡Horror! La circulación en Santo Domingo es tan loca como siempre, con la agravante de que lo atravieso de noche. Además no hay
circunvalación y tengo que llegar hasta el centro, de hecho paso cerca de la zona colonial. Desde Santo Domingo a Boca Chica apenas hay
tráfico. Llego a las diez. Me encuentro con que el agua de la calle está cortada. Se supone que los hoteles disponen de su propia bomba.
Sin embargo, en el primero que visito la bomba no funciona, en el segundo hay que pedir que te den el agua cada vez que la quieres utilizar.
Son las pequeñas incomodidades del paraíso. Ceno en una churrasquería argentina bajo un cielo estrellado y rodeado de palmeras.
El dueño se pone de cháchara conmigo y me cuenta su experiencia con cuatro sevillanos. Estaban en paro, vinieron a Boca Chica y él
los contrató. Despidió a diez dominicanos que hasta entonces trabajaban para él. Ellos hacían de camareros, cocineros y además traían a los
clientes. Según él, jamás le fue mejor y trabajó menos.
30 de diciembre, martes
Decido seguir en Boca Chica. Me cambio al hotel Europa, de 500 pesos el día, al lado de la playa.
La playa de Boca Chica es buena. Se da un aire a la de Puerto Alcudia, aunque menos organizada.
La cantidad de vendedores ambulante agobia un poco, de un vistazo cuento diez. Venden de todo,
también comida. A un gachó le pido un plato de fruta con coco, lechosa, piña, manzana,
naranja, etc. Se supone que te lo trae hasta la toalla pero el mandria no aparece. Dos negritas
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| Atardecer en la playa de Boca Chica |
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culonas recorren la playa gritando: ¡Massage, massage! No parece que tengan mucho éxito. A las ocho ceno en un italiano, uno de los escasos restaurantes de la calle principal. A las diez salgo de nuevo. Me tomo una fría en la terraza de un bar. La calle empieza a tener ambiente, no en vano este es uno de los centros de más marcha de toda la isla. La calle Duarte de Boca Chica es muy frecuentada por la juventud que va en busca de ligue. Muchas chavalas lucen unas ceñidas
mallas que describen con precisión casa rincón de su cuerpo. Una chica de color de la mesa de al lado me invita a cenar con ella, le digo que ya he cenado pero que gustosamente me beberé una fría con ella. Se interesa por las condiciones de vida en España, ella tiene amigas que han trabajado en España y dice que algunas les va bien. Ganan lo suficiente para vivir y además mandan dinero a sus familias. Me pregunta que por qué les gustan tanto las dominicanas a los españoles. Le respondo que es natural, lo tienen todo: cariñosas, guapas, delgadas y buena conversación. Seguimos charlando hasta las tantas. No se puede negar la facilidad para iniciar una conversación que tienen los dominicanos. Es algo que echaré de menos en España los primeros días después de vacaciones. Comparados con ellos, los europeos somos fríos como témpanos.
31 de diciembre, miércoles
La Casa de Campo es un complejo turístico de lujo. Los Altos del Chavón parece que quisieran
imitar a un pueblo mediterráneo, a mi modo de ver no lo consigue. El anfiteatro es bonito. La vista sobre
el río Chavón es lo mejor del lugar. En las orillas, el césped está bien cortado y abundan los cocos. Hoy están
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| La Casa de Campo de los Altos del Chavón |
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preparando la fiesta de fin de año con un escenario para algún grupo musical. Cuando vuelvo al parqueo observo que una rueda trasera de mi carro está completamente deshinchada, a cero. Los tornillos no ceden y tengo que pedir ayuda a los guachimanes. Por un momento pienso en un pinchazo pero al verlos salir con toda la herramienta adecuada ya empiezo a sospechar. Haciendo palanca con un tubo largo logran girar los tornillos y en cinco minutos la rueda está cambiada. En una gasolinera la hincho, veremos si está pinchada o la han desinflado los propios guachimanes para conseguir una propina. En Higuey paro para preguntar por el camino a Punta Cana. El hombre al que pregunto me dice que si no me importa llevar a una chica
durante unos kilómetros. ¡Cómo no! La primera pregunta de la chica es si estoy soltero y la última si me quiero casar con ella. Tiene 19 años, se casó a los 12 y ya tiene 2 hijos. Gana 80 $ al mes de camarera y sólo en leche se gasta 22. Se interesa por el visado a España. Dudo si sabrá leer o escribir. Quiere que le regale algo, una camiseta. Al llegar, bajo del coche para abrir mi bolsa de viaje y regalarle una, ella, sin mediar palabra, se baja sus mallas y las bragas y ala, se pone a mear enfrente de
mí, sin gota de pudor, oye. Al charlar con los dominicanos se sospecha un sistema educativo muy deficiente, yo diría que el grado de escolarización es muy bajo y su calidad deja mucho que desear. En Punta Cana hay mucho complejo turístico con el sistema todo incluido, 120 € por noche es más de lo que pensaba pagar, así que busco algo más modesto. El Rincón Criollo es el elegido. Para
cenar me acerco a los restaurantes de la playa. Muchos han cerrado hoy. Mientras ceno se levanta un temporal de agua y viento. A pesar del viento, las hojas de lechuga aguantan bien en el plato. Durante la noche sigue lloviendo. Plaza Bávaro es un centro comercial para turistas de bonito diseño
y algo caro. En el centro hay un restaurante y un gran estanque con peces que a los dominicanos les sirve para aclarar la fregona y tirar los desperdicios del bar. Poco finos estos chicos.
1 de enero de 1998, jueves
Ha amanecido con una buena tromba de agua. En poco tiempo se han formado charcos por todas partes y mi terraza ya tiene un centímetro de agua. Muy pronto las nubes han dejado paso a los claros. Según un estudio de las Naciones Unidas, estas playas, las situadas entre Punta Cana y Macao, están consideradas entre las más bellas del mundo. Doy una vuelta por la famosa playa de Punta Cana. Es la típica playa con cocos hasta la orilla. El color del agua es precioso, paradisíaco, pero tiene mucho peralte y algas negras. La parte que pertenece a los complejos turísticos estará impoluta, pero fuera de ellos hay mucha basura y puercos enormes escarbando en los escombros.
En Plaza Bávaro tomo un plato de fruta, jugo de china y café con leche. La lechosa me encanta, sueño con ella. De nuevo se equivocan en la factura. Llevo contadas cuatro equivocaciones: tres a mi favor y una en contra. La carretera hasta las playas de Macao no está asfaltada. Son 20 Km. de carretera de tierra roja llena de baches enormes. No hay pueblos, no hay nada. Grandes
extensiones de terreno están en venta. En Higüey está todo cerrado, no hay un alma por la calle, algo increíble en una ciudad dominicana. En La Romana más de lo mismo. ¿Será que están durmiendo la resaca de la noche anterior? Mi intención es alojarme en un hotel cerca de las playas de Juan Dolio o Guayacanes, pero la infraestructura da pena: la calle principal es de tierra, llena de charcos y baches. La playa es muy estrecha, vale poco. La única alternativa decente es Boca Chica.
Esta vez me alojo en el hotel Italia. Las vacaciones no dan para más. Me quedan tres días que voy a aprovechar para total relax, sol y playa. El país está visto, lo mejor ha sido la península de Samaná. El paisaje es para asombrar al más incrédulo. Como mi guía afirma: a Dios se le fue la mano. Los mejores recuerdos los tengo de las zonas no turísticas, donde se ve al pueblo en su salsa. Las mejores playas: Las Goletas, Jigo Claro y Boca Chica.
2 de enero de 1998, viernes
Poco que decir, he decidido pasar estos días en el hotel, leyendo y tumbado en una hamaca al borde de la piscina. Por la noche me he acercado al restaurante Pequeña Suiza en la calle Duarte, eran las ocho y estaba lleno. Hay pocas alternativas más así que me he armado de paciencia y a esperar. ¡Hora y media! Estaba tan lleno que una pareja de suizos de mediana edad ha compartido conmigo la mesa. Me han recomendado que visite el Mesón de Castilla, un restaurante subterráneo de Santo Domingo que está a 20 m de profundidad.
3 de enero de 1998, sábado
He marchado a San Pedro de Marcorís con intención de comprar música de merengue y bachata. En el parque central hay mucho movimiento. Los puestos callejeros con juguetes abundan. Una manta sobre la acera y unos juguetes muy simples sobre ella. Como siempre, el número de personas y motoconchos por metro cuadrado es superior al soportable. Los propietarios de los motoconchos en cuanto me ven hacen
sonar su bocina para llamar mi atención y transportarme a donde quiera por una módica cantidad.
Donde quiera que vaya me veo envuelto en una vorágine de ruido y humo. En una pequeña tienda de música, aconsejado por el hijo del dueño, selecciono once casetes de merengue y bachata. Después de pasar casi una hora escuchando casetes, aguanto quince minutos más para que desde Juan Dolio den confirmación a mi Visa. No hay manera, tras innumerables intentos, no consiguen establecer comunicación. Apunto el nombre de las cintas y me largo sin la música a otra parte. Lo mismo me ocurre en un supermercado cuando intento comprar unas botellas de Barceló Imperial. No hay comunicación con Visa, y están así durante todo el día. Mañana perdida.
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| Discoteca de Boca Chica |
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Entre merengue y merengue, la radio comenta que en el norte de la isla las lluvias han producido doscientos damnificados y las pérdidas en la agricultura han sido cuantiosas. El locutor informa de esta desgracia con la misma alegría que anuncia unas rebajas en unos grandes almacenes, o que las ballenas ya han llegado a Las Terranas. Al atardecer, ceno en un restaurante de marisco de Boca Chica. Los colores del atardecer son magníficos desde la terraza. A las nueve doy una vuelta por la calle principal de Boca Chica, que dicho sea de paso, tiene menos de cien metros. El ambiente está ya bastante caliente: hay más cueros que turistas y muchas son realmente espectaculares. Alguna me para y se insinúa, le sonrío amablemente y por mera
curiosidad le pregunto por las tarifas: 300 pesos por una hora y 100 más para el hotel. Declino amablemente su invitación, no me atraen los polvos comerciales.
4 de enero de 1998, domingo
No ha habido suerte en la galería de arte de Boca Chica; los cuadros que me gustan no bajan de los 3500 pesos y además, no los valen. Los típicos cuadros de Haití no me van, estallan en color pero están muertos de movimiento, no me convencen. Según lo previsto, llego al Hostal Nader de Santo Domingo a las doce. Esta vez me dan la habitación nueve. Apenas llevo cinco minutos en el Hostal cuando recibo
una llamada de la agencia de alquiler de coches: quieren saber si dejaré hoy el coche. Les confirmo que lo tendrán antes de las dos, hora que expira el plazo del alquiler. Después de dejar el coche en la Avenida de la Independencia, vuelvo al centro de la ciudad andando. En el camino me sorprende un aguacero. Sólo han sido ocho minutos y las calles se transforman en torrentes que bajan a buena velocidad,
arrastrando toda la basura que encuentran. La calle El Conde es un hervidero de gente. Los juguetes son las estrellas del consumo en los escaparates. Por fin, me hago con unos cuantos cedés de merengue y bachata. Los turistas se los llevan por docenas. Compro algo de Antony Santos, Los Hermanos Rosario, Raulín Rodríguez, Pochy y su Cocoband, Los Toros Band, Paulito y su élite, Joe Veras y Fernando Villalona.
En el puerto ha atracado un crucero enorme. Un crío me pregunta que si soy del barco, le digo que no, que a ver si adivina; él dice que si soy italiano, no; que si suizo, y dale. No comprendo que asociación de ideas se hacen para oír a un andoba hablar castellano y pensar en un suizo. Después de muchos intentos y algunas pistas para facilitarle la labor, el chaval da con el enigma: Español. ¡Bien! En la zona colonial encuentro una galería de arte con muy buena pinta. Me gustan la mayor parte de los cuadros. Tengo pocas esperanzas de comprar alguno; parecen caros. Después de mucho regatear, me llevo uno de un tal Morillo, un pintor de 20 años que ha ganado algunos premios de pintura, y otro pequeño de Jorge Salas. No sé, no sé, me parece que el galerista es un vivo: sabe vender. Hasta la una deambulo
por los bares del malecón; poca cosa, el consabido merengue de los chiringuitos y muy poca gente en la calle. Media vuelta y a casa.
5 de enero de 1998, lunes
Día de regreso a casa. No tengo ni pizca de ganas de volver a la fría Europa pero las vacaciones se terminan y están estrujadas al máximo. Esto de recorrer el mundo me encanta, cada vez más. La prieta que me sirve el desayuno se lo toma con calma, por lo que tarda se diría que ha ido a comprarlo todo al súper
de la esquina. Le pregunto al portero de día si realmente me lo están preparando y se ríe. No me queda mucho tiempo hasta la una. Lo aprovecho para pasear tranquilamente por El Conde, comprar más discos de bachata y saborear algún helado. Negocio el precio con un taxista para que me lleve hasta el
aeropuerto. Otra vez me pide 250 pesos. Ni hablar, me llevará por 175. A las doce entro en un bar para comer algo ligero, unos sanduches. Mientras espero, algo curioso ocurre: una mujer de unos 35 años, rubia, con minifalda, tacones altos y buen tipo entra en el bar y se sienta al lado de un hombre esmirriado en la
mesa contigua a la mía. Esto ya me llama la atención, mucha mujer para hombre tan birria. Hablan alto, les oigo perfectamente. Él parece español y ella argentina; ambos tienen una labia impresionante. Ella habla no
sé qué de un tipo que no se lo podía quitar de encima, hasta aquí todo normal, con el tipazo que tiene la moza
y su forma provocativa de vestir no me extraña que tenga muchos moscones alrededor. De eso pasan
a comentar que él tiene un producto farmacéutico casi milagroso, avalado por la Universidad de Columbia,
que no tiene contraindicaciones. Hablan de cifras, de lo que se puede ganar con él, miles de dólares. Pero
necesitan, como no, un socio que aporte dinero para lanzar el producto. Yo les oigo decir. Su perorata va
dirigida a mí, estoy seguro, soy el único extranjero del local y se me nota. Yo ni caso, ni les miro. Me levanto
y me dirijo al mostrador para pagar. Disparan sus últimos cartuchos: ahora se deshacen en elogios por el jamón serrano y añoran la última vez que lo probaron en Málaga. Aquí no hay nada parecido, aseguran.
Pues vale, ahí os quedáis. Salgo del local. Vigilo por el rabillo del ojo por si me siguen. Me asombra lo rápido
que han preparado la actuación y lo bien ensayado que lo tenían, son unos profesionales del timo. Mi
taxista ya está a la puerta del Hostal Nader, puntual. El aeropuerto es un caos; está atestado de gente
y no hay aire acondicionado. Se ven algunas acompañantes con lágrimas en los ojos despidiendo
a sus amantes blancos. La espera en la cola para acceder a la zona de embarque se hace eterna. Las
mujeres se abanican con periódicos. La algarabía no cesa. Todo el mundo habla con todo el mundo. En
la sala de embarque no hay sillas suficientes para todos. Nos sentamos en el suelo. El ruido es tal que es imposible entender
las llamadas que se hacen por los altavoces. Un tipo de azul sale de un pasillo y hace las llamadas a viva voz. Sólo le oyen
los próximos a él, todos los demás nos preguntamos unos a otros: ¿Qué ha dicho? Atrás dejo un país con un potencial impresionante,
sobre todo turístico. El tiempo es maravilloso, la gente no puede ser más simpática, amistosa y bullanguera y el paisaje es
de sueño. Un lugar idílico para pasarlo en grande. Hasta pronto, calorcito del Caribe. Volveré.
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