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17 de abril, jueves
Aterrizamos entre dos luces en el aeropuerto Juan Santamaría de Costa Rica.
Nada más bajar del avión ya empieza uno a oler el sabor de la aventura. Todo se siente diferente: la iluminación, los coches, los árboles, las caras de la gente, las baldosas de las aceras, las combinaciones de colores, la ropa, el grado de la humedad, el olor del aire... todo.
Tomamos un taxi hasta la ciudad universitaria de Heredia, a 8 km de distancia del aeropuerto, y nos alojamos en el hotel Valladolid. Somos los únicos clientes del hotel; es Jueves Santo y por tanto, festivo. Damos un paseo por la noche por los alrededores del hotel; hay muy poca gente por la calle. Comemos algo en uno de los muchos restaurantes de comida rápida que hay cerca de la universidad. Nos metemos pronto en el sobre; el viaje ha sido largo.
18 de abril, viernes
Hemos dormido doce horas, nada menos. Desayunamos en el bar de enfrente. El día comienza genial, con piña y papaya, entre otras cosas; el sabor de la piña me asombra: es el mejor que haya probado hasta ahora.
Alquilamos un pequeño todo terreno, un Dahiatsu Terios y ponemos rumbo al Parque Nacional Tortuguero, en la costa norte del Caribe. Pasamos por la capital, San José, y atravesamos el bosque lluvioso Braulio Carrillo.
Los carteles escasean en las carreteras; ni tan siquiera el nombre de los pueblos está señalizado; ante cualquier bifurcación lo mejor es parar y preguntar.
Lo contrario ocurre con los ríos, nunca falta el cartel con su nombre. Los ríos son espectaculares, de corrientes rápidas y agua cristalina, el lecho siempre de enormes cantos rodados.
La Semana Santa es la fiesta más importante del año para los ticos y hay mucho movimiento en la carretera. Nos detenemos sobre un puente para ver el río -no lo puedo evitar, soy pescador de truchas-. Muchas familias pasan el día de picnic en la orilla.
Hacemos un alto en un cruce. Además de preguntar el camino hacia Cariari, compramos unos mangos filipinos y un fruto parecido a castañas grandes que lo venden ya cocido y lo utilizan también para dar sabor al caldo. Resulta muy nutritivo.
Más allá de Cariari, la carretera deja de estar asfaltada, es zona de plataneras. Llegamos hasta la barrera de Casas Verdes. El guardia de la plantación de plátanos nos informa que la última lancha ya han zarpado hacia Tortuguero y no salen más hasta mañana. Esto nos obliga a pasar la noche en la pequeña localidad de Cariari, en un hotel bastante cutre: el Tropical. Nos resignamos, es tarde para llegar a Limón.
Paseamos por el pueblo; de repente, nos topamos con una procesión. Nos unimos a ella y terminamos en una sencilla iglesia de paredes encaladas sin cristales en las ventanas. Eso sí, al clérigo no le falta el micrófono inalámbrico. Lo más divertido es el nido sobre una viga, justo encima del altar. Las idas y venidas continuas de mamá pájaro alimentando a las crías nos entretienen.
La gente es muy educada y amable; usan expresiones que nos suenan muy peculiares: “vaya usted con Dios”, “pura vida”, y cosas por el estilo.
En un pueblo tan pequeño no hay muchos lugares donde llenar la barriga; casi todo está cerrado. Tomamos una pizza en una sencilla taberna y volvemos al hotel.
Las habitaciones del hotel están al nivel de la calle y por supuesto incluye todo tipo de animalitos inofensivos: cucarachas, lagartijas, hormigas bala…
19 de abril, sábado
A las 7:30 nos presentamos en la estación de guaguas para subir al de las ocho hacia Casas Verdes. En Cariari aún no hay gente de pie, pero es un autobús de línea y se detiene en cada pueblo o cruce de caminos. Hace calor y por los altavoces suenan a buen volumen: Karina, el Mediterráneo de Serrat, Julio Iglesias, Nino Bravo, etc.
El autobús se va llenando. La gente tiene dificultades para moverse por el pasillo. Sostengo en mis brazos a una niña de dos años para que no la arrastre la gente al pasar. Su madre se queja, con una sonrisa en los labios, que la vida es muy dura,. Al llegar a la barrera de Casas Verdes todos bajamos del autobús para pasar por unas alfombras impregnadas en lejía, se supone que debemos desinfectar nuestros pies y eliminar todo germen que pueda afectar a las plantaciones de bananas.
La guagua nos deja a la orilla del río, en pleno campo. Inmediatamente aparece un bote a motor, éste no nos puede llevar, espera a veinte turistas de un grupo organizado para trasladarlos a Tortuguero. En medio minuto se presenta otro y subimos.
El viaje a Tortuguero en barca dura una hora más o menos y es espectacular, divertidísimo. La anchura del río es de unos 20 m y el lecho y las orillas son de barro, hay multitud de troncos de árboles y ramas sobre el río que la lancha sortea con continuos zigzags. El río discurre encajonado entre la frondosa vegetación de las orillas. A veces, pegamos con el fondo. El agua no es cristalina pero se ve bien los peces en las orillas. Dado lo salvaje de la zona, sospecho de la existencia de cocodrilos; efectivamente, el conductor de la lancha me lo confirma: hay caimanes. Vemos nidos de oropéndolas y algún mono. No sabemos dónde mirar, si a las orillas para descubrir algún caimán o a los árboles para divisar algún mono. La vegetación es impresionante, muy densa.
El pueblo de Tortuguero da la sensación de estar aislado de la civilización; se nota inmediatamente que aquí el ritmo de vida está ralentizado, no hay prisas. La música reggae suena por todas partes. La mayor parte de la gente es descendiente de jamaicanos que llegaron a Costa Rica para la construcción del ferrocarril.
Nos alojamos en las cabinas Miss Junnie, una de las fundadoras del pueblo.
La humedad es muy alta, sudamos por todos los poros del cuerpo.
Nos acercamos hasta La Casona para degustar un red snapper con zanahorias al ajillo y un pastel de plátano sublime (tengo que pedirle la receta.) Las piñas son exquisitas.
Andrés, el propietario de La Casona, es un chaval blanco con pelo rasta hasta media espalda, nos comenta que ahora es difícil ver las tortugas, sólo las baula están entrando, además, hay luna llena y las tortugas no entran a desovar más que con oscuridad total. Es una lástima, nos hubiera gustado mucho ver salir del agua estos bichos prehistóricos de más de metro y medio de longitud.
Andrés nos asegura que en esta época del año hay muchos bancos de sardinas y que los tiburones y los chicharros las acorralan cerca de la orilla y a veces saltan a la arena para volver inmediatamente al mar. Andrés nos presenta a Chico, quien mañana nos dará un recorrido por los canales de Tortuguero.
En el campo de fútbol aledaño juegan un partido las chicas y seguidamente los mozos. El reggae de Bob Marley y Peter Tosh suena fuerte por los altavoces.
Este lugar tiene un atractivo innegable: no hay un solo coche, larga playa de arena por un lado, el río por el otro, unos cuantos caseríos distribuidos por aquí y por allá, una diminuta iglesia, dos tiendas de ultramarinos destartaladas y mucha música reggae por todas partes.
Al pasear por la playa vemos nidos antiguos de tortugas y también restos de los huevos.
De nuevo nos encontramos con Andrés, que está intentando pescar algo. Estudia derecho en San José y suele volar hasta la capital para examinarse.
Cenamos en Miss Junnie. Aún no nos hemos acostumbrado a la lentitud del servicio, que a veces nos resulta exasperante, pero ya se sabe, aquí se vive a otro ritmo. ¿Además, qué prisa hay?
Visitamos el centro de interpretación, donde se puede ver fotografías de las tortugas desovando y las matanzas a las que han estado sometidas hace unos años.
20 de abril, domingo
A eso de las cinco de la mañana cae una tormenta de campeonato. Francisco, o Chico, como todo el mundo le conoce, llega puntual a las seis. Esperamos media hora más para ver si el cielo define alguna tendencia; si por fin despeja o descarga más lluvia.
La canoa de Chico es de una sola pieza y no todo lo estable que uno quisiera, claro que esto también tiene su atractivo. Según Chico, la canoa es segura, no vuelca, a no ser que los manatíes, unos bichos de más de 300 kilos parecidos a lobos marinos, les dé por jugar con nosotros,
pero esto rara vez ocurre. Nos consuela saberlo.
Aquí, la anchura del río es de más de 200 m y da cierto respeto navegar sobre semejante masa de agua en tan endeble embarcación. Poco a poco nos introducimos hacia el interior de los manglares. Nos deslizamos silenciosamente a corta distancia de las orillas. Chico emplea un solo remo, el mejor método para no asustar a los animales. La superficie del agua es plana como una tabla. Entre tanta frondosidad no es fácil ver animales. Los más fáciles son los caimanes; no superan el metro y medio y toman el sol sobre el barro de las orillas. Vemos también un enorme basilisco, reptil muy abundante en Costa Rica.
Desembarcamos y seguimos a Chico por una estrecha trocha. Descubrimos una ranita venenosa al andar. Chico va delante y nos previene: ¡cuidado, una serpiente terciopelo!, la más venenosa del país. Está a orilla del sendero y no es muy grande, apenas medio metro. La condenada se camufla perfectamente entre la hojarasca. Seguimos. Ahora nos enseña el fruto del cacao. Luego se para y nos dice: mirad delante, ¿veis algo? Ya lo creo, lo veo al instante: otra jodida serpiente, sobre el tronco de un árbol, a dos metros sobre el suelo, y amarillo chillón, una oropel, también venenosa. No sé, no sé... aunque desconozco los hábitos de las serpientes, yo juraría que están puestas con premeditación, como en un escenario, sobre todo la oropel. Estos guías…
Desandamos el camino y volvemos al bote. Allí nos encontramos con otro guía y su grupo, andan buscando la terciopelo. Como no la encuentre se le va a fastidiar el negocio.
Preguntamos a Chico por las tortugas. Tortuguero es un lugar de anidamiento de las tortugas verdes que acuden por decenas de miles a desovar en los 35 km de playa que hay entre la boca del río Tortuguero y el río Parismina, esto se produce en los meses de verano, ahora, sin embargo, es la temporada de la tortuga baula, el reptil más grande del mundo, su caparazón suele medir unos 150 cm. A diferencia de la tortuga verde, la baula no llega a las playas en masa sino en cantidades mucho más modestas, unas mil al año. Aunque abril es
uno de los mejores meses, a las baula no les gusta la luz y esta noche hay luna llena. Chico nos desaconseja la excursión ya que las últimas noches no se ha monitorizado ninguna.
En el mismo pueblo de Tortuguero, a escasos 20 m de nuestro alojamiento está la Corporación de Conservación del Caribe, un grupo de investigación que desarrolla un programa de estudio de anidación y protección de las tortugas. Patrullan la playa durante toda la noche y marcan
a las tortugas baula en las aletas traseras, inmediatamente después de la anidación. Han tenido algunos incidentes con saqueadores y ahora llevan spray de pimienta como protección. Cualquiera puede ejercer como voluntario o asistente de investigación y trabajar aquí, aunque no resulta barato, hay que pagar nada menos que unos 2000 $ al mes.
Tras una refrescante ducha y un reparador desayuno, tomamos el sol en el césped, bajo los cocoteros, al borde de río. Por el césped merodean también los basiliscos y las iguanas.
Los chicos de La Casona se han tomado el día libre, así que comemos un pescado en el restaurante de al lado, en Miss Myriam. En el campo de fútbol juegan los mismos de ayer.
Después de comer hacemos un recorrido a pie por el interior del parque, hasta su salida a la playa. Esta vez, nada de serpientes, sólo monos, hormigas y pájaros.
Al salir a la playa encontramos a Andrés y compañía pescando. No han cogido aún nada, ni tan siquiera tienen cebo.
Paseamos un poco por la playa y ya en casa tomamos la fresca al lado del río. El atardecer y el amanecer son es las mejores hora del día en Tortuguero, la temperatura y la humedad remiten y se está de maravilla.
Tras la cena, charlamos con el hijo de Miss Junnie. Nos cuenta que han puesto el nombre de su madre a varias tortugas verdes monitorizadas mediante GPS. A la primera Miss Junnie la mataron en Cayo Miskitos, en Nicaragua. La trayectoria de la segunda, Miss Junnie 2, se puede seguir a través de Internet.
21 de abril, lunes
A las seis, regresamos en bote hacia Casas Verdes. Por recomendación de Chico, viajamos esta vez con Juan Castro, el precio es el mismo y el recorrido es mejor, según él.
El viaje es de nuevo un placer, maravilloso, me encanta la perspectiva desde la barca. Esta vez no vemos ningún caimán, sólo monos y algún basilisco caminando sobre el agua. La sorpresa nos espera en los últimos metros del recorrido: estamos al final de la temporada seca y el nivel del río es muy bajo, tan bajo que los últimos 100 m se hacen muy complicados de pasar, por la estrechez del río - casi no cabe la barca -, y por la escasa profundidad, tanta que tenemos que bajar del bote para eliminar peso y evitar que la lancha roce con el lecho del río.
El autobús nos espera en pleno campo y nos conduce hasta Cariari por las pedregosas carreteras. Recogemos sin novedad nuestro coche del Hotel Tropical y desayunamos en una pastelería de la ciudad.
En un supermercado nos mercamos una garrafa de cinco litros de agua y por fin, insecticida. El insecticida es fundamental en Sudamérica para evitar la picadura de la vinchuca domiciliaria, que produce la enfermedad de Chagas, incurable hasta el día de hoy. Suele picar mientras se duerme aunque es muy improbable que lo haga en los hoteles de los turistas; le gusta más las paredes con grietas de aspecto desvencijado.
Seguimos en el Caribe, ahora hacia Limón. Cruzamos numerosos ríos, algunos caudalosos, como el río Vizcaya. A eso de las tres llegamos a Puerto Viejo de Limón. Hay hambre, así que preguntamos por el Guti, un catalán que regenta el restaurante Salsa Brava, recomendado por unas amigas. Encontramos el local pero está cerrado, el tipo anda de vacaciones. Echamos mano de nuestra guía y nos vamos directamente al A mi modo
donde nos zampamos una sabrosa langosta a la Buzarda. El propietario nos felicita por nuestra perfecta disección del bicho.
Para compensar la cutrez del anterior hotel, escogemos algo más decente, el Cariblue, 2 km a las afueras de Puerto Viejo.
Los jardines del hotel están llenos de agujeros que acogen al cangrejo violinista. Es curioso lo que ocurre con este cangrejo: una de sus pinzas está mucho más desarrollada que la otra y la utiliza, entre otras cosas, para cortejar a la hembra. En algunos países, les cortan esta pinza por su valor culinario y con el tiempo se regenera. El problema es que, sin la pinza no pueden emparejarse, y la población está disminuyendo alarmantemente.
22 de abril, martes
Visitamos el Parque Nacional Cahuita. Las playas están muy bien, en realidad, toda la costa del Caribe es una playa continua, la típica postal caribeña: arena blanca y altas y delgadas palmeras, un regalo para la vista. Además, no hay un alma. Eso sí, cuidado donde te bañas, hay muchas corrientes y para rematar, tiburones.
Pasear por el parque Cahuita es muy agradable, el parque está bastante civilizado. El sendero discurre paralelo a la playa, es amplio y bien definido. Pocos animales se dejan ver, como siempre: monos, mucha lagartija, cangrejos rojos y violinista y alguna que otra culebra.
A 20 m de la orilla, cerca de la entrada del parque, descubrimos un pozo con aguas termales, remojo un poco los pies para comprobar la temperatura, está caliente y no se ve el fondo, me da un poco reparo bañarme.
Nos topamos con un guía y sus turistas, están haciendo fotos a una serpiente oropel sobre una ramita. El guía desaparece un instante y vuelve con una boa constrictor pequeña, como de un metro. Nos pregunta que si no hemos visto más serpientes,
que hay muchas, probablemente hemos pasado cerca de treinta y no las hemos visto (por no llevar guía, claro.) Sigo pensando que la escena estaba preparada. De hecho, cuando vuelve a desaparecer para liberar la boa, pregunto a su amigo y me asegura que esa serpiente suele andar siempre por ahí.
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Al parecer muchas serpientes son territoriales y la mayoría de ellas, como la oropel o la bocarara, simplemente permanecen quietas esperando a que pase algún animal cerca para echarse sobre él. Unos jubilados alemanes me dicen que ellos también han visto una muy grande. No me creo nada. Con la juerga que se traían es imposible que hayan visto otra cosa que lagartijas.
Sobre la playa descansan unos pocos turistas que acaban de hacer buceo superficial en la barrera de coral. Parece interesante. Un guía nos promete que en diez minutos estará de vuelta para llevarnos al coral. El tipo no cumple, pasan las horas y no aparece.
Al volver por el camino veo otra serpiente oropel amarilla en el tronco de un árbol, otra que está puesta ahí, para los guiris, seguro. Hasta el árbol está señalizado con un plástico amarillo.
Volvemos a Cahuita. Damos un paseo por el pueblo, que es muy pequeño y está orientado al turismo. Las calles no están asfaltadas, sólo hay unos cuantos restaurantes, algunas tiendas de ultramarinos, negocios ofreciendo recorridos turísticos... y mucho rasta.
Vemos una pelea entre escolares, siempre van de uniforme: pantalones azules y camisa blanca.
Regresamos a Puerto Viejo e intentamos cenar en el Garden. Está cerrado, así que probamos de nuevo en el A mi modo. El jamón de tiburón y la carne de vaca india resultan excelentes.
Al volver al Cariblue nos encontramos con la desagradable sorpresa de que no tenemos habitación, han sacado nuestras cosas de la habitación y las tienen en recepción. Argumentan que no les habíamos confirmado si nos quedábamos un día más o no; de acuerdo, pero a las cuatro de la tarde nuestras maletas y nuestra ropa estaba esparcida por la habitación, señal inequívoca de que nos quedábamos. En fin, pondré al Cariblue en mi lista negra.
Obligado por las circunstancias, nos mudamos al hotel Casa Verde, en el centro de Puerto Viejo. Y no hay mal que por bien no venga, porque el Casa Verde está realmente bien, cuesta la mitad y tiene un magnífico jardín. Los mosquiteros sobre la cama nos previenen de los malditos mosquitos, en realidad en esta época del año no molestan mucho, pero durante
la noche es diferente, basta que haya uno para que te dé la noche y no te deje dormir.
Llamamos por teléfono a un guía para concertar una visita nocturna para ver anidar a las tortugas baula. Contesta que hoy no puede ser, pero sí mañana. Vale, quedamos mañana a las nueve y media de la noche. El contrato incluye, al menos, cuatro horas de espera.
23 de abril, miércoles
Mientras desayunamos, observamos a nuestra derecha, entre las flores del jardín, unas diminutas ranitas croando entre las hojas del jardín, son las famosas ranas venenosas. Miden poco más de 1 cm y son de colores muy vivos, anaranjado y azul generalmente. Parece que se han escapado de los ranarios del jardín. Su piel es venenosa y los indios utilizaban este veneno para impregnar con él la punta de sus flechas. Parecen muy activas, están constantemente en movimiento.
El jardín botánico de Casa Verde tiene varios ranarios con ranas verdes y negras además de las venenosas. También una lapa y un árbol con frutos como melones que desconocemos.
Volvemos a la playa de Cahuita para nadar en la barrera de coral. A las doce y media, Ronald nos traslada en una lancha hasta allí. Este es el mejor arrecife de coral de Costa Rica. La riqueza de peces es espectacular, hay cardúmenes bastante grandes y es una gozada nadar a menos de un metro de ellos. Los más pequeños suelen ser los más vistosos. También vemos un tiburón como de 1 m, inofensivo.
Es hora de volver al hotel a descansar unas horas, esta noche tenemos que monitorizar tortugas y puede ser dura.
Tras la siesta, se presentan puntualmente nuestros guías. Aseguran que no es necesario ir hasta la playa de Gandoca-Manzanillo, la más famosa de esta zona para el avistamiento de baulas, dicen que están saliendo en Playa Negra, a 2 km de Puerto Viejo.
Una vez en la playa, descubrimos patrullas nocturnas recorriéndola, igual que en Tortuguero. Se comunican entre ellos mediante linternas cubiertas por trapos rojos, tres guiños de linterna significa que han monitorizado una tortuga. Recorremos parte de la playa sin éxito. Según él, la noche es buena y pueden salir en cualquier momento, paciencia. En el horizonte centellean relámpagos, eso indica tortuga, señala nuestro guía. Se ven a lo lejos otras linternas, acudimos hacia ellas, es la patrulla nocturna: Maribel y dos voluntarios extranjeros. Maribel interroga a nuestro guía, parece que no se fía. Por fin, nos dice que ha entrado una tortuga, está más adelante y la podemos ver.
Mientras nos acercamos, observamos el gran rastro que ha dejado la tortuga en la arena. Las tortugas recorren la playa buscando el mejor sitio para anidar. El rastro tiene una anchura de 2 m y una longitud de unos 20. Lo seguimos y nos conduce hasta una tortuga baula enorme, gigantesca. Acaba de desovar y está cubriendo los huevos con arena. La observamos unos diez minutos. La tortuga no cesa de trabajar, resopla. Finalmente, da un giro de 360º sobre el nido y se dirige al mar. La seguimos a escasa distancia hasta que desaparece en el agua.
Las tortugas baula suelen poner una media de 70 huevos por nido a una profundidad de 80 cm. La temperatura del nido es fundamental y suele definir el sexo del animal. El periodo de incubación es de dos meses. Antes de anidar no se las debe molestar ya que si observan
presencia humana o cualquier ruido extraño vuelven al agua y lo intentan en otro lugar. Sin embargo, una vez que han empezado la puesta continúan hasta el final sin prestar demasiada atención a la presencia humana. El proceso completo, desde que salen del mar hasta que regresan a él suele durar hora y media.
Es una lástima, me hubiera gustado ver el proceso completo, aunque sospecho que los guardas no hacen las señales hasta que los huevos están puestos. Parecen que se toman las cosas muy en serio. En un nuevo paseo por la playa nos encontramos con Maribel que está borrando con una rama todas las huellas que ha dejado la tortuga. Maribel nos miente cuando nos dice que más tarde se llevan los huevos a un lugar más seguro. No es verdad, los huevos se quedan donde los ha enterrado la tortuga. Lo dice para que no intentemos desenterrarlos.
Ver emerger un animal así del agua tiene que ser algo impresionante. Si fuera por mí, me hubiera quedado toda la noche hasta ver alguna más, pero no está permitido la estancia en la playa sin la compañía de un guía oficial, así que permanecemos hasta las doce por si sale alguna más y como no se ven más señales de linterna abandonamos la playa.
Son las dos de la mañana cuando llegamos a nuestro hotel, nos zampamos unos mangos y a dormir. Nos sentimos satisfechos; lo hemos conseguido.
24 de abril, jueves
Decimos adiós a Puerto Viejo y ponemos rumbo al bosque lluvioso Braulio Carrillo. Antes, paramos en Limón para cambiar dinero. El cambio para los euros es abusivo, cobran una comisión del diez por ciento, está visto que sólo les interesan los dólares. La amable y eficiente señorita de información nos comunica que podemos obtener dólares contra nuestra visa y, ¡sin ninguna comisión!. Ella misma realiza la operación y además, al instante. Asunto arreglado.
Los perezosos del parque Vargas no se dejan ver con facilidad. Una funcionaria del parque nos ayuda a buscarlos. Hace poco ha visto bajar uno al suelo, sin embargo, ni con su ayuda logramos verlos. Finalmente diviso uno en lo más alto, apenas se mueve, es como un muñeco de trapo con largos pelos marrones. El perezoso sería la mascota ideal de cualquier crío, claro, que el animal no saldría bien parado, eso seguro, demasiado para sus nervios.
Nuestra amable interlocutora nos quiere demostrar la riqueza de la vida animal del parque... cabreando a las hormigas. Golpea repetidamente con el pie sobre un hormiguero y salen como locas cientos de hormigas soldado. Calzo sandalias y uno de mis dedos es atacado con saña por una de ellas. El resultado es una herida más grande de lo esperado. La cantidad de sangre que sale de la herida es algo aparatosa, no es de extrañar, el mordisco ha sido de unos 3 mm, casi nada.
Nos quedamos asombrados al ver que en las pescaderías se venden huevos de tortuga. Parece que se tolera la venta ya que se trata de algo cultural, se ha estado haciendo en Costa Rica desde los tiempos de los indios. Los saqueadores los venden a intermediarios que a su
vez los ofrecen en el mercado y en los bares. El precio de un huevo de baula cocinado varía entre los 200-250 colones, algo menos de un dólar.
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El bosque lluvioso Braulio Carrillo nos recibe con una fina lluvia, como debe ser.
El parque presenta gran variedad de vida salvaje; contiene unas 515 especies, entre ellas, el pájaro sombrilla y el quetzal, entre otros. Entre los mamíferos están el mono cariblanco, dantas, pumas y jaguares, el saíno, osos, martillas, el cabro de monte, la guatuza y el coyote. También hay especies en peligro de extinción debido a la cacería, como el pavón y el tepezcuinte. Las ranas son muy comunes es este área. En el Volcán Barva se encuenta el sapo Bufa Holdridgei, también el matabuey y la serpiente venenosa más grande del continente.
Llegamos justo a tiempo para coger el último turno del teleférico.
El recorrido con el teleférico es guiado. Pasa por las copas de los árboles, lo que los naturalistas llaman el dosel. Este teleférico lo inventó un naturalista para estudiar el dosel sin necesidad de tener que escalar a los árboles, cosa complicada dada la abundancia de
animales peligrosos que abundan entre los árboles, como serpientes u hormigas bala.
El guía nos enseña el árbol del brocoli, las hormigas arrieras y las bala, la casita para los murciélagos y en un rincón de un pequeño jardín, enfrente de la tienda de recuerdos, nos señala una serpiente bocarara mimetizada, esperando a que alguna presa pase por allí.
Nos habla también de la vinchuca, cuya picadura produce la enfermedad de Chagas, que causa 50000 muertes al año en toda Sudamérica.
Seguimos hacia Alajuela. La lluvia ha lanzado ramas de árboles sobre la carretera y ha provocado varios accidentes, entre ellos, un camión se ha ido por un terraplén y lo intentan sacar tirando con cuerdas.
En Alajuela nos alojamos en el Hotel 1915. Aquí encontramos a Javier, un jubilado de San Sebastián que durante los últimos seis años se pasa siete meses en este hotel. Nos resulta incomprensible, ya que no vemos atractivos suficientes a esta ciudad. Es simplemente una ciudad de paso. Javier asegura que el hotel tiene una buena relación calidad precio. A Javier le gusta cascar. Confiamos en él para la elección de restaurante y mejor no haberlo hecho, nos acompaña hasta un restaurante algo ruidoso. Cenamos en la terraza, al menos fuera, nos libramos del elevado volumen de la música.
Desde aquí vemos un espectáculo curioso: un coche se detiene frente a un banco, ya cerrado, es tarde. Bajan tres hombres con algunas herramientas; con un cubo y una paleta limpian el cristal de la puerta de entrada al banco. Lo limpian una y otra vez, hasta que queda relimpio, de seguro mejor que los cristales de su casa. Seguidamente empapelan el cristal con publicidad de otro banco, el Banex. La operación de centrado y pegado del pasquín les lleva su tiempo. Los tres dan su opinión. Desde luego, si todos los ticos se toman tan en serio su trabajo como estos tres, Costa Rica sería un modelo de calidad para el mundo. Al menos, nos reímos las muelas con ellos y nos hace olvidar la insulsa comida.
De regreso al hotel, Javier, el jubilado, nos pilla por banda y nos cuenta que ha vivido en mucho sitios, diez años en Francia, otros diez en Suecia y veinte en Suiza. Luego, se nos une a la conversación el simpático portero de noche y la conversación gira en torno a las serpientes, parece que la guarda-caminos es muy agresiva y pendenciera. ¿Es que no hay otra cosa en Costa Rica que serpientes?
25 de abril, viernes
Buen golpe se han dado dos coches a pocos metros de nuestro hotel.
Javier, el jubileta de Sanse, se nos pega también en el desayuno. No sé como quitármelo de encima. Mi compañera abandona la mesa con alguna excusa y yo la sigo en pocos minutos. Siento no poder darle más conversación pero tenemos que llegar temprano al volcán Poás, antes de que se eche la neblina. Estamos a 37 km del volcán.
La carretera que nos lleva al Poás pasa por un paisaje realmente sugerente: verdes lomas de suaves curvas, muchas vacas indias y tráfico casi nulo. Arriba, la carretera desemboca en un parqueo aún con pocos vehículos.
Tenemos mucha suerte, cuando llegamos, el cielo está despejado, ni una sola nube en el horizonte.
La temperatura es algo fresca, estamos a 2700 m de altura. A orilla del camino, un colibrí toma el sol todo ahuecado sobre el césped. No se inmuta cuando pasamos a menos de un metro de él.
Un paseo asfaltado, flanqueado por sombrillas para pobres, nos conduce hasta una magnífica vista del volcán. El volcán es de una gran belleza escénica. En su última erupción importante, en 1910, expulsó una inmensa nube de ceniza que se elevó hasta los 8000 m. Ahora sus fumarolas siguen emitiendo gases, lo que hace que la flora se resienta de la lluvia ácida. Las continuas emisiones de gases son palpables, nuestras gargantas se ven afectadas. Huele a huevos podridos y nos pica la garganta.
Un estrecho camino entre el bosque nos conduce hasta la laguna Botos. Sus aguas son tan ácidas que no permiten la vida. Cuando bajamos de nuevo al mirador del volcán nos quedamos asombrados, está completamente cubierto por las nubes, no se ve nada. Lo siento por los turistas que no han sido tan madrugadores.
En la carretera de bajada vemos muchos puestos con artesanía local y productos para turistas. Los dulces tienen un aspecto imponente, los compraría todos, pero como hay que cuidarse, nos contentamos con unas simples fresas del país y una bolsita de plátanos a la leña.
Paramos en Grecia para ver su magnífica catedral roja y también en Sarchi, pueblo conocido por la calidad de su artesanía en madera.
Seguimos nuestro camino hacia el volcán Arenal, pasamos por inmensas plantaciones de café. El volcán Arenal dista 90 km y se divisa desde muchos kilómetros antes. El alojamiento más cercano al volcán es el Observatorio, así que hacia allí nos dirigimos.
Abandonamos la carretera general bien asfaltada y tomamos un ancho camino de tierra que nos conduce hasta el hotel.
El Observatorio está muy bien, casi todas las habitaciones tienen grandes ventanales que dan al volcán, de tal forma que desde la cama se puede ver la lava caer por la ladera. Lo comprobaremos esta noche. Debajo de nuestra habitación tenemos un sismógrafo que registra los pequeños temblores de cada erupción.
Para llegar a nuestra habitación hay que salvar una depresión del terreno de unos 20 m mediante un puente de catenaria, que se mueve una barbaridad cuando se cruza.
Después de cenar, nos relajamos en el jacuzzi al aire libre.
Desde la habitación se ve la lava roja que cae del cráter y las fumarolas. También se escuchan las explosiones.
26 de abril, sábado
El desayuno es de mis favoritos: bufé con cantidades industriales de piña, mango y papaya.
A las ocho, hacemos un recorrido guiado hasta la lava nueva del volcán.
Mientras esperamos a la buseta, leemos la siguiente recomendación grabada sobre madera:
”Leave nothing but your footprint
Take nothing but pictures
Kill nothing but the time”
El guía tiene la gripa, aún así se las arregla para mostrarnos un nido, la planta del anís, los árboles andadores, etc. Los chavales de la pareja de Valencia descubren al borde del camino la rana de cristal, una pequeña rana cuya piel transparente deja ver sus órganos internos. A la orilla del río encontramos también cientos de sapos minúsculos.
Con los prismáticos se ven mejor la lava y las piedras caer por la pendiente. El guía nos cuenta que hace pocos años los gases mataron a varias personas que se acercaron demasiado al cráter.
Pasamos el resto de la mañana descansando en la piscina del hotel, además, tenemos que cambiar de habitación, parece que el Observatorio está muy solicitado.
Bajamos hasta La Fortuna para cenar. Aprovechamos una liquidación de mangos y compramos unos pocos; y en un súper, macadamias para picar en los trayectos con el coche.
Hay mucha gente paseando por la calle, por aquí, muchos hombres visten con sombrero vaquero y camperas, como los vaqueros del oeste.
Desde cualquier calle del pueblo se ve el volcán. La Fortuna vive del turismo, hay multitud de hoteles y restaurantes para guiris, alguno con nombres tan graciosos como el Erupciones Inn.
Cenamos en La Vaca Muda. La carne de vaca india me sigue pareciendo magnífica.
A la vuelta probamos a ver la lava desde la finca El Silencio pero está cerrada, hay niebla en la cumbre y nos desaconsejan la excursión.
Volvemos por el camino de tierra, en las charcas croan muchas ranas y algún gracioso ha dejado una culebra muerta en medio del camino.
Antes de meternos al sobre probamos de nuevo el jacuzzi.
27 de abril, domingo
Salimos temprano rumbo a Monteverde. Bordeamos el lago artificial Arenal. Esta zona es preciosa, se ve mucho lote en venta y por la calidad de las casas parece una zona de vacaciones de ticos acomodados. El paisaje cambia y es como si estuviéramos en Suiza: praderas con pasto para vacas y pocas masas arbóreas.
En un determinado punto, la carretera deja de estar asfaltada y se vuelve pedregosa, no se puede pasar de 15 Km/h de promedio, al menos, con nuestro coche.
Llegamos a las dos a Monteverde, no es como lo imaginábamos, su principal defecto es la carretera polvorienta, las calles del pueblo tampoco están asfaltadas y toda la vegetación de los márgenes de la carretera está cubierta por el polvo que levantan los coches. El pueblo
mejoraría lo indecible si lo asfaltaran. Si nos olvidamos de este aspecto, la zona resulta idílica: galerías de arte, ranarios, mariposarios, serpentarios y algunos restaurantes decentes.
La mayor parte de los establecimientos tienen las paredes forradas en madera, lo que da un tono de distinción y calidez. En Monteverde hay muy poca gente, esto nos permite regatear en el precio de las habitaciones y alojarnos en un buen hotel, escogemos el hotel Familia Trapp, el
más cercano a la entrada al bosque nuboso.
Vemos unas cuantas galerías de arte y la tienda de los colibríes. Los colibríes son pájaros curiosos, vuelan a una velocidad tremenda y de repente, ¡zas!, frenan en seco a un milímetro del objetivo. En Costa Rica se les ve en cualquier sitio que haya flores.
Visitamos también un jardín de orquídeas, a mi compañera le encantan.
A la salida del jardín nos encontramos con la familia de Valencia. Llevan una actividad incesante: está mañana han hecho tiro línea y dentro de una hora van de marcha nocturna. Se apuntan a todo. Se les ve cansados, pero el esfuerzo vale la pena, sus dos retoños no olvidarán este viaje en su vida.
Nuestro restaurante escogido para cenar, el Lucia, está cerrado, probamos con el Heliconia. El pargo tiene demasiadas espinas y me resulta un suplicio.
Visitamos la entrada del parque y compramos unas camisetas con la leyenda: “cuando todos los árboles hayan sido talados y todos los peces pescados, nos daremos cuenta que no nos podemos comer el dinero”.
28 de abril, lunes
A las 7:30 ya estamos en marcha hacia la entrada de la reserva. Hay poca gente en Monteverde, a juzgar por los pocos vehículos en el parqueo, somos de los primeros en llegar.
Escogemos el sendero más largo, de una duración aproximada de cuatro horas. Está interpretado, lo que siempre es una ayuda.
Esta reserva es el hogar del queztal resplandeciente, símbolo de Costa Rica. Han colocado un nido artificial para el queztal al comienzo del sendero y los guardas nos aseguran que ha anidado una pareja, pero no la vemos, ni rastro del queztal resplandeciente. Sí oímos el canto del solitario carinegro, nos acompaña en todo el recorrido, pero tampoco se le ve. De hecho es una de las reservas que menos animales hemos visto: unos cuantos pájaros y algunos monos, poco más. Eso sí, la vegetación, las epifitas y lianas retorcidas asfixiando los
árboles, hacen del recorrido un espectáculo fascinante.
Pasamos por una pequeña catarata que se abre paso entre la densa vegetación.
Al final del recorrido se empiezan a echar nubes sobre el bosque, nada extraño tratándose de un bosque nuboso.
A la una terminamos nuestro recorrido. Entramos de nuevo en el sendero para ver si esta vez tenemos más suerte con el queztal que dicen ha
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anidado. Nada, no se le ve.
Comemos en una panadería una tarta de palmito con espinacas en salsa de espárragos y un queque de chocolate regado con un jugo de fresas con leche. De rechupete.
El mariposario resulta más interesante de lo esperado. Vemos las crisálidas y las pupas de diferentes mariposas. Hay unas crisálidas en la mesa de la entrada y voy yo y las echo mano creyendo que eran pines dorados y no, ¡están vivas! También tienen cucarachas doradas, la Hércules, insectos mimetizados como ramitas, tarántulas, escorpiones, etc. Cuando se conocen a estos maestros del camuflaje se comprende que veamos tan pocos animales en nuestros paseos por el bosque.
En enormes jaulas parecidas a viveros vemos las mariposas: la transparente, la morpho, los falsos correos, etc.
Ya fuera, tomamos un sendero para dar un paseo sin rumbo fijo y no llevamos recorridos ni 20 m que nos topamos con un zorro gris. En vez de escapar se sienta tranquilamente sobre lo alto de una gran roca a esperar a que pasemos. Nosotros nos sentamos también a observarlo y así pasamos diez minutos, en contemplación mutua.
También vemos algunos pájaros en dura lucha contra un rapaz. Total, que hemos visto más animales en quince minutos aquí que en cuatro horas en el bosque nuboso.
Hoy sí, cenamos en Lucía.
29 de abril, martes
A estas alturas del viaje ya nos hemos dado cuenta que tenemos que renunciar a visitar Corcovado, no disponemos de días suficientes para llegar hasta allí.
Nos conformaremos con llegar a Manuel Antonio, que será nuestra última meta en cuanto a parques naturales se refiere.
Por el camino se ven muchos árboles de hojas amarillas y cantidad de nidos de termitas. Llueve de lo lindo. A ambos lados de la carretera hay plantaciones de palmera para obtener aceite de palma.
Nos alojamos en el Mono Azul. Escogemos este hotel en parte por el restaurante, uno de los mejores de la zona y también porque es un centro de recogida de animales. Actualmente tienen tres perezosos, uno de ellos, de tres meses.
Una vez instalados, y a pesar de la incesante lluvia, volvemos unos kilómetros para visitar Quepos. La altura de las aceras en Quepos es de más de medio metro, esto indica que la están preparados para lluvias torrenciales.
30 de abril, miércoles
Con la tromba de agua que cayó ayer parece mentira, pero hoy el día invita a la playa.
Somos los primeros en llegar al parqueo del Manuel Antonio. Antes de llegar a la entrada del parque cruzamos un pequeño riachuelo que desemboca en la playa, hay que descalzarse y procurar no pisar ningún cangrejo rojo, aunque esto es una cuestión de suerte, se entierran de tal forma en la arena que es imposible descubrirlos.
Nada más entrar hay unos letreros que nos advierten sobre el manzanillo, un árbol algo peligroso por venenoso.
Las iguanas abundan, se ven en las orillas del sendero, tomando el sol para cargar pilas y empezar su actividad diaria. Algunas son realmente grandes. Generalmente no se alejan mucho de su cueva en los agujeros de los árboles.
Subiendo un amplio sendero sombreado vemos correr dos guatusas, parecidos a pequeños jabalís. Cruzan una y otra vez el sendero a buena marcha, parece que se estuvieran exhibiendo.
Más adelante vemos un camaleón, un perezoso y como siempre muchas lagartijas de variados colores y dibujos.
El camino que hemos escogido nos saca del parque. Tras un reparador sandy, entramos de nuevo para darnos un bañito en la playa número tres: Manuel Antonio, la mejor del parque. Dejamos pasar las horas sobre la blanca arena y nos bañamos, el agua tiene buena temperatura, muy agradable.
Salimos del parque y nos quedamos en la playa anterior a la entrada al Manuel Antonio hasta el atardecer. En lo alto de las palmeras hay una bandada de periquitos armando jaleo.
Cenamos unas langostas pequeñas en La Cantina y luego nos conectamos a Internet en el vagón de tren para ver las noticias que mis compañeros me han enviado a mi dirección de correo desde España.
1 de mayo, jueves.
Pasamos el tiempo tirados en la playa. Cambio de lugar el coche porque está debajo de una alta palmera cargada de enormes cocos. Si cae un coco desde esa altura nos lo escacha.
Me doy un paseo por la playa, hay miles de avispas marrones muertas sobre la arena, todas en el límite de la marea, parece como si hubieran muerto en el mar y la marea las hubiera devuelto a la playa.
Para las once regresamos al Mono Azul y salimos hacia San José, nuestro último destino. Paramos en Quepos para abastecernos con agua y continuamos.
Hacemos otro alto en el Puente de los Cocodrilos. Estos sí son cocodrilos en toda regla, algunos alcanzan una longitud de 3 m. Son grandes, enormes. Con razón se ven carteles en el sendero de acceso al río que advierte: ¡Cuidado, lagartos!
Paramos también en el zoo de aves de Pócima. Este pueblo ha sido escogido por la revista National Geographic como el de mejor clima del mundo. Mientras visitamos el zoo, nos cae encima una buena tromba de agua. Cortamos unas hojas y las utilizamos como paraguas. Por fin, vemos el queztal, aunque sea entre rejas.
Llegamos a la abarrotada avenida central de San José y nos alojamos en la octava planta del hotel Gran Vía, al lado del Teatro Nacional.
Para cenar, se nos antoja una buena pizza. Buscamos algunos restaurantes italianos que resultan estar cerrados. Terminamos cenando
en la terraza del restaurante del Gran Hotel comiendo vaca india otra vez. Esta terraza es un buen punto de observación de los josefinos.
Hay amanerados, predicadores zumbados, etc. En el Teatro Nacional se celebra alguna gala importante, la gente va muy puesta.
Justo a la entrada de nuestro hotel hay unos cuantos vendedores callejeros de artesanías. Marconi vende unas pulseritas y collares de bambú que nos
interesan, están bien hechos. Me encapricho de una pulsera y Marconi, a pesar de que no le quedan más, me promete que mañana me hará una para mí.
2 de mayo, viernes.
Devolvemos el coche a la agencia y visitamos el centro de artesanía La Casona. Visita prescindible totalmente, sólo se pasa calor.
El Museo de Jade, el más importante de Costa Rica, está cerrado por mejoras. Nos conformamos con visitar el Museo de Oro Precolombino. Las piezas que guarda este museo deben ser realmente valiosas porque jamás he visto semejantes medidas de seguridad: las paredes son de grueso hormigón armado y las puertas del museo son de acero de medio metro de espesor.
Nos acercamos hasta otro centro de artesanía: el Pueblo Español. No hay mucha actividad, un guardia nos advierte que a partir de las seis de la tarde hay mucha más animación. Ahora sólo están abiertas las tiendas de recuerdos y algún restaurante.
Callejeamos por la zona de la avenida central. Hay mucha gente por la calle, a todas horas. Nos llama la atención la cantidad de guardias de seguridad a la entrada de cualquier establecimiento de importancia. También se ve mucha furgoneta blindada, una de ellas circula por la zona peatonal para recoger la recaudación de un establecimiento de comida rápida. Le pregunto a un josefino que observa la acción junto a mí que qué pasa, por qué tanta seguridad. Me responde que hace unos meses una banda de venezolanos atracó numerosos comercios y desde entonces ha aumentado la inseguridad. No falla, siempre el mal viene de fuera.
Cenamos otra vez en el Gran Hotel y luego, en la Avenida Central, nos encontramos de nuevo con Marconi, quien fiel a su palabra, me trae la prometida pulsera para mi tobillo.
3 de mayo, sábado.
Damos una vuelta por el Mercado Central y por el Parque Nacional. Estoy deprimido, el final de las vacaciones siempre me cambia el humor. Nunca tengo ganas de regresar, esté donde esté.
A las dos, cogemos una buseta que nos conduce hasta al moderno y eficiente aeropuerto Juan Santamaría.
Aún no nos hemos marchado y ya estamos haciendo planes para volver. Lo que hemos dejado de ver daría para un mes más.
En Costa Rica nos hemos encontrado como en casa, o mejor, y el idioma ayuda mucho. La gente siempre está dispuesta a ayudarte con una sonrisa.
Aquí te das cuenta de la fragilidad del equilibrio ecológico, un grado más de temperatura, o un poco menos de humedad, y una especie más que se nos va para siempre. La política de Costa Rica de protección de la naturaleza es elogiable y necesaria, no sólo para ellos, sino para todos los que poblamos el planeta. Que sea por muchos años.
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